IV

En cuanto se juntaron mujeres y hombres, ya de día claro, para

proseguir el triste viaje, Beatriz y su compañera corrieron a ver a

Nazarín, y a informarse de cómo había pasado la noche. No hay que decir

la amargura hondísima que les causó ver en su venerable faz señales de

golpes, magulladuras horrorosas en brazos y piernas, y en todo él un

triste decaimiento. La de Móstoles se puso lívida, y en su turbación

no acertó a preguntarle quién había sido el autor de tan monstruosa

barbarie. La de Polvoranca se retorcía los brazos cual si tuviera

ligaduras y quisiese romperlas; apretaba los puños y rechinaba los

dientes. La caravana se puso en marcha en el mismo orden que el día

anterior, solo que Nazarín llevaba de la mano a la niña, y a Beatriz

a su lado, y Ándara iba delante con el viejo. Este la informó de lo

ocurrido la noche anterior en el departamento de hombres.

—Del principio de la cuestión no pude enterarme, porque estaba

durmiendo. Cuando desperté a los gritos de aquellos brutos, vi que

caían sobre el pobre sacerdote y le daban muchísimos golpes..., no

exagero. Todos le pegaron menos uno, el cual salió después a la defensa

de Nazarín, y se impuso a la canalla. De los dos criminales que van

a retaguardia atados codo con codo, el de la derecha, el procesado

por parricidio, fue quien maltrató a tu maestro, y quien le llenó

de ultrajes; el de la izquierda, procesado por robar candeleros y

vinajeras de las parroquias, tomó el partido del débil contra los

fuertes. Se hizo después amigo del sacerdote, y este le dijo muchas

cosas de religión para que se arrepintiera.

Con estas noticias, Ándara les examinó y diferenció perfectamente,

fijándose en uno y otro: mala traza los dos; el malo, de cara lívida,

barbas erizadas, recia musculatura, gordura enfermiza y paso perezoso;

el bueno, enjuto de carnes, fisonomía melancólica, ceja corrida y

barbas ralas, la mirada en el suelo, el paso decidido.

Andando, contó Nazarín el caso a Beatriz, sin darle importancia. No

sentía más sino que, al recibir el primer golpe, en poco estuvo que se

revolviera colérico y agresivo contra la canalla; mas tanto forcejeó

sobre sí, que la bestia de la ira quedó pronto sofocada, y triunfante

el espíritu cristiano. Pero entre las ocurrencias de aquella noche,

ninguna tan lisonjera y grata como la bravura con que uno de los

facinerosos había salido a su defensa.

—No fue el guapo que por fatuidad de valentía provoca a sus compañeros;

fue más bien el pecador, a quien Dios toca en el corazón. Y después

hablamos, y vi con gozo que se le clareaba el alma, y que en ella

lucían los resplandores del arrepentimiento. ¡Benditos golpes que

recibí, benditos ultrajes, si por ellos consigo que ese hombre sea

nuestro!

Hablaron luego de la vergüenza que ella sentía de entrar en Móstoles,

y de la conformidad con que la aceptaba como expiación de sus culpas.

Nazarín la exhortó al desprecio de la opinión, sin lo cual nada

adelantarían en aquella vida, y añadió que no había por qué ponerse a

imaginar los sucesos futuros, fingiéndolos en nuestra mente favorables

o adversos, porque nunca sabemos, ni aun aplicando las reglas de la

lógica, lo que pasará en las horas venideras. Caminamos por la vida

palpando en las tinieblas, como ciegos, y solo Dios sabe lo que nos

sucederá mañana. De lo que resulta que, comúnmente, cuando pensamos

ir hacia lo malo, nos sorprende el encuentro de lo bueno, y al revés.

Adelante, y cúmplase mañana, como hoy, la voluntad del que todo lo

gobierna.

Con estas palabras, se sintió Beatriz muy fortalecida, y ya no temió

tanto la entrada en su pueblo natal. Ándara se les unió, para separarse

de ellos después de charlar un poco de las fatigas del camino, y tan

pronto se aproximaba a los delanteros, como a los de retaguardia.

Observó que los dos criminales atados uno con otro no se hablaban, como

el día anterior, ni distraían el aburrimiento del viaje con chirigotas

o cantares. Caminando un ratito junto al de la izquierda, le habló,

pues los guardias toleraban la conversación entre sueltos y atados,

acto de caridad que en muchos casos no perjudica al buen servicio.

—Tú —le dijo—, ¿vas cansadito? Si los guardias me amarraran a mí en tu

lugar, yo iría con gusto, porque tú fueras libre. Todo te lo mereces,

valiente, por haberle cortado el resuello a ese trasto que va contigo.

Dios te lo premiará. Arrepiéntete de corazón, y tu arrepentimiento lo

mirará el Señor como si toda la plata que le robaste se la restituyeras

con oro encima.

Nada le contrató el ladrón, que agobiado iba cual si llevara sobre sí

un invisible peso. Después, la traviesa mujer se pasó al otro lado,

junto al criminal parricida, y con mucho secreto le iba diciendo estas

palabras:

—Quisiera ser culebra, una culebrona muy grande y con mucho veneno,

para enroscarme en ti y ahogarte, y mandarte a los infiernos,

grandísimo traidor, cobarde.

—Guardias —gritó el bandido sin fiereza, más bien con plañidera

entonación—, que esta señora me está _fartando_.

—Yo no soy señora.

—Pues esta pública... Yo no _farto_ a nadie..., y ella me dice que es

culebra y que quié abrazarse conmigo... No estamos para fiestas ni

abrazos, compañera. Desapártese, y deje a un hombre que no pué ver

mujeres a su lado, ni escritas.

Los guardias la mandaron ir hacia adelante, y a poco descansó la

partida en una venta. Puestos de nuevo en marcha, antes de anochecido

vieron las torres y chapiteles del gran pueblo de Móstoles, y ya

cerca de él, salieron a recibirles algunos vecinos y gran enjambre

de chicuelos, porque se había corrido la voz de que iba preso con la

Beatriz el moro manchego de los milagros. Faltaban como unos doscientos

metros para llegar a las primeras casas, cuando se aparecieron tres

hombres que hablaron a los guardias, rogándoles que se detuvieran un

instante para hablar dos palabritas. Desde que los vio venir, les

conoció Beatriz: uno de ellos era el Pinto; el otro, su hermano Blas,

y el tercero, un tío de ella. Necesitó la pobre mujer de todas las

energías de su espíritu para no caerse muerta de vergüenza. No traían

los tales otro objeto que enterarse de si la llevaban presa, y al

saber que iba en tal compañía _por su gusto_, se asombraron, y a todo

trance querían apartarla de la conducta y llevársela con ellos, para

evitarle el bochorno de entrar en el pueblo en una cuerda de asesinos,

ladrones y _apóstoles_. Y su asombro subió de punto cuando oyeron decir

a Beatriz con animoso acento que por nada del mundo se separaría de sus

compañeros en la desgracia, y que con ellos iría hasta el fin de la

jornada, sin temor a los sufrimientos, ni a la cárcel, ni al patíbulo.

La cólera de los tres mostolenses no puede describirse, y es de creer

que la hubieran desahogado en golpes y bofetadas sobre la moza, si la

presencia de los guardias no les contuviera.

—¡Infame, ruin pécora! —le dijo el Pinto lívido de coraje—. Ya me

maliciaba yo que acabarías en pública, salteadora, por los caminos.

Pero no pensé que llegarías a deshonrarte tanto... ¡Quítate allá,

putrefacción del mundo! Ni sé cómo te miro. ¡Lo veo y no lo creo!...

Tú, hecha un pingo indecente, corriendo detrás de ese estafermo, de

ese charlatán asqueroso, sacamantecas, que va engañando a la gente de

pueblo en pueblo con embustes, brujerías y mil gatuperios _majometanos_.

—Pinto —le contestó Beatriz gravemente, haciendo de tripas corazón,

el pañuelo de la cabeza muy echado hacia adelante, para dar sombra a

la cara, la mano envuelta en una de las puntas y delante de la boca—.

Pinto, apártate y déjame seguir, que yo no me meto contigo, ni quiero

nada contigo... Si paso vergüenza, que la pase: no es cuenta tuya. ¿A

qué sales a encontrarme, si tú eres para mí como lo que ya no existe,

como lo que es muerto y sepultado? Vete, y no me hables.

—¡Tunanta!...

Los guardias cortaron la cuestión, dando orden de seguir. Pero el

Pinto, furioso, insistía en sus bárbaros insultos:

—¡Bribona, agradece que tu cuerpo villano va escoltado por estos

caballeros, que si no, ahora mismo te dejaba en el sitio, y a ese pillo

le cortaba las orejas!

Allí se quedaron los tres hombres furiosos, tocando el cielo con

las manos, y la conducta de presos desfiló por la calle principal

de Móstoles, hostigada de la curiosa muchedumbre que verlos quería,

especialmente a Beatriz. Esta, con supremo tesón, sin arrogancia, sin

flaqueza, como quien apura un cáliz muy amargo, pero en cuya amargura

cree firmemente hallar la salud, arrostró el doloroso tránsito, y creyó

entrar en la Gloria cuando entraba en la cárcel.

V

Malísimo alojamiento tenían los infelices presos en Móstoles (o en

donde fuese, que también esta localidad no está bien determinada

en las crónicas _nazaristas_), pues la llamada cárcel no merecía

tal nombre más que por el horror inherente a todo local dedicado al

encierro de criminales. Era una vetusta casa a la malicia, agregada

al Ayuntamiento, y que por el frente daba a la calle, por detrás a

un corral lleno de escombros, maderas viejas, y ortigas viciosas.

Si la higiene y el decoro de la ley no existían allí, la seguridad

de los presos _era un mito_, como decía la exposición de la Junta

penitenciaria, pidiendo al Gobierno fondos para construir cárcel de

nueva planta. La vieja, que no sabemos si existe aún, había adquirido

fama por la escandalosa frecuencia con que de ella se evadían los

criminales, sin necesidad de hacer escalos difíciles y peligrosos,

ni de abrir subterráneos conductos. Comúnmente se escapaban por el

techo, que era de una fragilidad e inconsistencia maravillosas, pues

cualquiera rompía las podridas vigas, y quitaba y ponía tejas donde le

daba la gana.

Desde que lo metieron en aquel infame tugurio, sintió Nazarín un frío

intensísimo, como si el local fuese una nevera o helado Purgatorio, y

con el frío le acometió un horroroso quebrantamiento de huesos, como si

se los partieran con un hacha para hacer astillas con que encender la

lumbre. Tumbose en el suelo, arropándose en su capote, y a poco ardía

en calor insoportable. En aquel Purgatorio, del hielo brotaban llamas.

«Esto es calentura —se dijo—, una calentura tremenda. Pero ya pasará».

Nadie se acercó a preguntarle si estaba enfermo; trajéronle un plato de

latón con rancho, que no quiso probar.

A Beatriz la hicieron salir por la sencilla razón de que no era presa,

y naturalmente, _no tenía derecho_ a ocupar un espacio en el local

correspondiente a los perseguidos de la justicia. Por más que rogó y

gimió la infeliz para que lo permitieran estar allí, pintándose como

criminal voluntaria y procesada por ministerio de sí misma, nada pudo

conseguir. A la pena de abandonar a sus compañeros se agregaba el temor

de salir por las calles mostolenses, donde seguramente encontraría

caras conocidas. Solo a una persona deseaba ver, su hermana, y esta,

según le dijo una vecina con quien habló a la entrada de la cárcel,

se había ido a Madrid dos días antes con la niña, restablecida ya

completamente. «¡Qué cosas más raras me pasan a mí! —decía—. Los

criminales odian la prisión y solo desean la libertad. Yo detesto la

libertad, no quiero salir a la calle, y todo mi gusto es estar presa».

Por fin, el secretario del Ayuntamiento, que allí mismo vivía, se

compadeció de ella, y en su casa le dio hospitalidad, con lo que se

cumplieron a medias los deseos de la exaltada penitente.

Mucha pena causó a don Nazario el no ver a su lado a Beatriz; pero

se consoló sabiendo que pernoctaba en el edificio próximo, y que

continuarían juntos hasta el término de su _viacrucis_. Entrada la

noche, se sentía muy mal el buen ermitaño andante, y de un modo tan

pavoroso gravitaba sobre su alma la impresión de soledad y desamparo,

que poco le faltó para echarse a llorar como un niño. Creyérase que

súbitamente se le agotaba la energía, y que un desmayo femenil era

el término desairado de sus cristianas aventuras. Pidió al Señor

asistencia para soportar las amarguras que aún le faltaban, y las

maravillosas energías resurgieron en su alma, pero acompañadas de

un terrible aumento de la fiebre. Ándara se acercó a él para darle

agua, que por dos o tres veces le había pedido, y hablaron breve rato

con extraña confusión y desacuerdo en lo que uno y otro decían. O él

no sabía explicarse, o ella no podía, en las réplicas, ajustar su

pensamiento al del infeliz asceta.

—Hija mía, échate a dormir, y descansa.

—Señor, no me llame más. No duerma. Rece en voz alta para que _haiga_

ruido.

—Ándara, ¿qué hora será?

—Señor, si tiene frío, paséese por la cárcel. Yo quiero que se acaben

pronto nuestras penas. Me alegro que no esté Beatriz, que no es

guerrera, y todo lo quiere arreglar con lágrimas y suspiros.

—Oye tú, ¿duermen todos? ¿En dónde estamos? ¿Hemos llegado a Madrid?

—Estamos aquí. Soy muy guerrera. No duerma, señor...

Y se alejó de súbito, como sombra que se desvanece, o luz que se apaga.

Desde que fueron pronunciadas las cláusulas incoherentes de este

diálogo, sintiose molestado el clérigo por una tremenda duda: «¿Lo que

veía y oía era la realidad, o una proyección externa de los delirios

de su fiebre ardentísima? Lo verdadero, ¿dónde estaba? ¿Dentro o fuera

de su pensamiento? ¿Los sentidos percibían las cosas, o las creaban?».

Doloroso era su esfuerzo mental por resolver esta duda, y ya pedía

medios de conocimiento a la lógica vulgar, ya los buscaba por la vía de

la observación. ¡Pero si ni aun la observación era posible en aquella

vaga penumbra, que desleía los contornos de cosas y personas, y todo

lo hacía fantástico! Vio la cárcel como una anchurosa cueva, tan baja

de techo que no podía estar en pie dentro de ella sin encorvarse un

hombre de regular estatura. En la bóveda, dos o tres claraboyas, que a

veces eran veinte o treinta, daban paso a la débil luz, que no se sabía

si era de velado sol o de luna. Enfilada con la primera cuadra, vio

otra más pequeña, que a ratos se iluminaba con claridad rojiza de una

linterna o candil. En el suelo yacían los presos envueltos en esteras o

mantas, como fardos de tejidos, o seras de carbón. Hacia el fondo de la

segunda cuadra, vio a Ándara, que por momentos despedía de su cabeza un

resplandor extraño, cual si su cabellera suelta y erizada se compusiese

de lívidos rayos de luz eléctrica. Departía con el _Sacrílego_,

gesticulando con tal violencia y confusión, que con los brazos de

él expresaba ella su voluntad, y con los de ella él. El ladrón de

iglesias se alargaba hasta esconder en el techo la mitad de su cuerpo;

reaparecía como un volatinero con la cabeza para abajo.

En la apreciación del tiempo, la mente y los sentidos de Nazarín

llegaban a mayor confusión y desvarío; después de creer que pasaban

largas horas sin ver nada, creyó que en breves momentos Ándara se

acercaba a él, y le levantaba y le volvía a dejar en el suelo,

diciéndole infinidad de conceptos, que si se escribieran ocuparían

todas las páginas de un mediano libro. «¡Esto no puede ser real —se

decía—, no puede ser! ¡Pero si lo estoy viendo, si lo toco y lo oigo

y lo percibo claramente!». Por fin, la peregrina le cogió por la

muñeca, y, tirando de él fuertemente, le llevó a la segunda cuadra.

De esto sí que no podía dudar, porque le dolía la mano de los tirones

que con nerviosa fuerza le daba la valerosa hija de Polvoranca. Y el

_Sacrílego_ le cogía en brazos para meterle por un boquete abierto en

la techumbre, y arrojarlo fuera como un fardo introducido por audaces

matuteros.

No, no podía ser real la voz de Ándara que le dijo: «Padre, nos

escapamos por arriba, porque por abajo no se puede». Ni tampoco la voz

del _Sacrílego_ que decía: «El señor por delante... Salte del tejado al

corral».

Pero si de todo tenía duda el buen jefe de los _nazaristas_, no la

tuvo, no podía tenerla de esta resolución suya, claramente expresada:

«Yo no huyo; un hombre como yo no huye. Huid vosotros, si os sentís

cobardes, y dejadme solo». Tampoco podía dudar de que luchó contra

fuerzas superiores para defenderse de aquel loco empeño de echarle al

tejado como una pelota. El ladrón de iglesias le puso en el suelo,

y allí se quedó como cuerpo exánime, perdidas todas sus facultades,

menos el sentido de la vista, en una nebulosa de espanto, enojo y

horror de la libertad. No quería libertad, no la quería para sí ni

para los suyos. De la primera cuadra vino, andando como los borrachos,

una de las seras de carbón, que pronto tomó figura humana, y todas

los apariencias personales del _Parricida_. Con prontitud gatuna,

trocándose fácilmente de pesado fardo en animal ligero, hubo de saltar

de un brinco al boquete abierto en el tejado, y desapareció.

Pudo entonces Nazarín con gran esfuerzo articular algunas palabras,

y apartando de su hombro a la mujerona, que pesaba sobre él como un

sillar de berroqueña, murmuró:

—El que quiera salir, que salga... El que huya no será jamás en mi

compañía.

Ándara, que tenía la cara contra el suelo, refregándose boca y nariz en

las sucias baldosas, se incorporó para decir entre gemidos:

—Pues yo me quedo.

El _Sacrílego_, que había subido al tejado como en persecución de su

compañero, volvió muy fosco apretando los puños:

—Libertad, no... —le dijo Ándara con voz sofocada, como de quien se

ahoga—. No quiere..., no, libertad.

Nazarín oyó claramente la voz del _Sacrílego_, que repetía:

—No libertad. Yo me quedo.

Debieron de cogerle en brazos entre los dos, porque el buen peregrino

se sintió llevado por los aires como una pluma, y en la turbación que

le agobiaba, quitándole sentido y palabra, la conciencia de su mal era

lo único que subsistía, manifestándose en esta afirmación:

—Tengo un tifus horroroso.

Nazarín · 第 32 / 35 题