En cuanto se juntaron mujeres y hombres, ya de día claro, para
proseguir el triste viaje, Beatriz y su compañera corrieron a ver a
Nazarín, y a informarse de cómo había pasado la noche. No hay que decir
la amargura hondísima que les causó ver en su venerable faz señales de
golpes, magulladuras horrorosas en brazos y piernas, y en todo él un
triste decaimiento. La de Móstoles se puso lívida, y en su turbación
no acertó a preguntarle quién había sido el autor de tan monstruosa
barbarie. La de Polvoranca se retorcía los brazos cual si tuviera
ligaduras y quisiese romperlas; apretaba los puños y rechinaba los
dientes. La caravana se puso en marcha en el mismo orden que el día
anterior, solo que Nazarín llevaba de la mano a la niña, y a Beatriz
a su lado, y Ándara iba delante con el viejo. Este la informó de lo
ocurrido la noche anterior en el departamento de hombres.
—Del principio de la cuestión no pude enterarme, porque estaba
durmiendo. Cuando desperté a los gritos de aquellos brutos, vi que
caían sobre el pobre sacerdote y le daban muchísimos golpes..., no
exagero. Todos le pegaron menos uno, el cual salió después a la defensa
de Nazarín, y se impuso a la canalla. De los dos criminales que van
a retaguardia atados codo con codo, el de la derecha, el procesado
por parricidio, fue quien maltrató a tu maestro, y quien le llenó
de ultrajes; el de la izquierda, procesado por robar candeleros y
vinajeras de las parroquias, tomó el partido del débil contra los
fuertes. Se hizo después amigo del sacerdote, y este le dijo muchas
cosas de religión para que se arrepintiera.
Con estas noticias, Ándara les examinó y diferenció perfectamente,
fijándose en uno y otro: mala traza los dos; el malo, de cara lívida,
barbas erizadas, recia musculatura, gordura enfermiza y paso perezoso;
el bueno, enjuto de carnes, fisonomía melancólica, ceja corrida y
barbas ralas, la mirada en el suelo, el paso decidido.
Andando, contó Nazarín el caso a Beatriz, sin darle importancia. No
sentía más sino que, al recibir el primer golpe, en poco estuvo que se
revolviera colérico y agresivo contra la canalla; mas tanto forcejeó
sobre sí, que la bestia de la ira quedó pronto sofocada, y triunfante
el espíritu cristiano. Pero entre las ocurrencias de aquella noche,
ninguna tan lisonjera y grata como la bravura con que uno de los
facinerosos había salido a su defensa.
—No fue el guapo que por fatuidad de valentía provoca a sus compañeros;
fue más bien el pecador, a quien Dios toca en el corazón. Y después
hablamos, y vi con gozo que se le clareaba el alma, y que en ella
lucían los resplandores del arrepentimiento. ¡Benditos golpes que
recibí, benditos ultrajes, si por ellos consigo que ese hombre sea
nuestro!
Hablaron luego de la vergüenza que ella sentía de entrar en Móstoles,
y de la conformidad con que la aceptaba como expiación de sus culpas.
Nazarín la exhortó al desprecio de la opinión, sin lo cual nada
adelantarían en aquella vida, y añadió que no había por qué ponerse a
imaginar los sucesos futuros, fingiéndolos en nuestra mente favorables
o adversos, porque nunca sabemos, ni aun aplicando las reglas de la
lógica, lo que pasará en las horas venideras. Caminamos por la vida
palpando en las tinieblas, como ciegos, y solo Dios sabe lo que nos
sucederá mañana. De lo que resulta que, comúnmente, cuando pensamos
ir hacia lo malo, nos sorprende el encuentro de lo bueno, y al revés.
Adelante, y cúmplase mañana, como hoy, la voluntad del que todo lo
gobierna.
Con estas palabras, se sintió Beatriz muy fortalecida, y ya no temió
tanto la entrada en su pueblo natal. Ándara se les unió, para separarse
de ellos después de charlar un poco de las fatigas del camino, y tan
pronto se aproximaba a los delanteros, como a los de retaguardia.
Observó que los dos criminales atados uno con otro no se hablaban, como
el día anterior, ni distraían el aburrimiento del viaje con chirigotas
o cantares. Caminando un ratito junto al de la izquierda, le habló,
pues los guardias toleraban la conversación entre sueltos y atados,
acto de caridad que en muchos casos no perjudica al buen servicio.
—Tú —le dijo—, ¿vas cansadito? Si los guardias me amarraran a mí en tu
lugar, yo iría con gusto, porque tú fueras libre. Todo te lo mereces,
valiente, por haberle cortado el resuello a ese trasto que va contigo.
Dios te lo premiará. Arrepiéntete de corazón, y tu arrepentimiento lo
mirará el Señor como si toda la plata que le robaste se la restituyeras
con oro encima.
Nada le contrató el ladrón, que agobiado iba cual si llevara sobre sí
un invisible peso. Después, la traviesa mujer se pasó al otro lado,
junto al criminal parricida, y con mucho secreto le iba diciendo estas
palabras:
—Quisiera ser culebra, una culebrona muy grande y con mucho veneno,
para enroscarme en ti y ahogarte, y mandarte a los infiernos,
grandísimo traidor, cobarde.
—Guardias —gritó el bandido sin fiereza, más bien con plañidera
entonación—, que esta señora me está _fartando_.
—Yo no soy señora.
—Pues esta pública... Yo no _farto_ a nadie..., y ella me dice que es
culebra y que quié abrazarse conmigo... No estamos para fiestas ni
abrazos, compañera. Desapártese, y deje a un hombre que no pué ver
mujeres a su lado, ni escritas.
Los guardias la mandaron ir hacia adelante, y a poco descansó la
partida en una venta. Puestos de nuevo en marcha, antes de anochecido
vieron las torres y chapiteles del gran pueblo de Móstoles, y ya
cerca de él, salieron a recibirles algunos vecinos y gran enjambre
de chicuelos, porque se había corrido la voz de que iba preso con la
Beatriz el moro manchego de los milagros. Faltaban como unos doscientos
metros para llegar a las primeras casas, cuando se aparecieron tres
hombres que hablaron a los guardias, rogándoles que se detuvieran un
instante para hablar dos palabritas. Desde que los vio venir, les
conoció Beatriz: uno de ellos era el Pinto; el otro, su hermano Blas,
y el tercero, un tío de ella. Necesitó la pobre mujer de todas las
energías de su espíritu para no caerse muerta de vergüenza. No traían
los tales otro objeto que enterarse de si la llevaban presa, y al
saber que iba en tal compañía _por su gusto_, se asombraron, y a todo
trance querían apartarla de la conducta y llevársela con ellos, para
evitarle el bochorno de entrar en el pueblo en una cuerda de asesinos,
ladrones y _apóstoles_. Y su asombro subió de punto cuando oyeron decir
a Beatriz con animoso acento que por nada del mundo se separaría de sus
compañeros en la desgracia, y que con ellos iría hasta el fin de la
jornada, sin temor a los sufrimientos, ni a la cárcel, ni al patíbulo.
La cólera de los tres mostolenses no puede describirse, y es de creer
que la hubieran desahogado en golpes y bofetadas sobre la moza, si la
presencia de los guardias no les contuviera.
—¡Infame, ruin pécora! —le dijo el Pinto lívido de coraje—. Ya me
maliciaba yo que acabarías en pública, salteadora, por los caminos.
Pero no pensé que llegarías a deshonrarte tanto... ¡Quítate allá,
putrefacción del mundo! Ni sé cómo te miro. ¡Lo veo y no lo creo!...
Tú, hecha un pingo indecente, corriendo detrás de ese estafermo, de
ese charlatán asqueroso, sacamantecas, que va engañando a la gente de
pueblo en pueblo con embustes, brujerías y mil gatuperios _majometanos_.
—Pinto —le contestó Beatriz gravemente, haciendo de tripas corazón,
el pañuelo de la cabeza muy echado hacia adelante, para dar sombra a
la cara, la mano envuelta en una de las puntas y delante de la boca—.
Pinto, apártate y déjame seguir, que yo no me meto contigo, ni quiero
nada contigo... Si paso vergüenza, que la pase: no es cuenta tuya. ¿A
qué sales a encontrarme, si tú eres para mí como lo que ya no existe,
como lo que es muerto y sepultado? Vete, y no me hables.
—¡Tunanta!...
Los guardias cortaron la cuestión, dando orden de seguir. Pero el
Pinto, furioso, insistía en sus bárbaros insultos:
—¡Bribona, agradece que tu cuerpo villano va escoltado por estos
caballeros, que si no, ahora mismo te dejaba en el sitio, y a ese pillo
le cortaba las orejas!
Allí se quedaron los tres hombres furiosos, tocando el cielo con
las manos, y la conducta de presos desfiló por la calle principal
de Móstoles, hostigada de la curiosa muchedumbre que verlos quería,
especialmente a Beatriz. Esta, con supremo tesón, sin arrogancia, sin
flaqueza, como quien apura un cáliz muy amargo, pero en cuya amargura
cree firmemente hallar la salud, arrostró el doloroso tránsito, y creyó
entrar en la Gloria cuando entraba en la cárcel.
V
Malísimo alojamiento tenían los infelices presos en Móstoles (o en
donde fuese, que también esta localidad no está bien determinada
en las crónicas _nazaristas_), pues la llamada cárcel no merecía
tal nombre más que por el horror inherente a todo local dedicado al
encierro de criminales. Era una vetusta casa a la malicia, agregada
al Ayuntamiento, y que por el frente daba a la calle, por detrás a
un corral lleno de escombros, maderas viejas, y ortigas viciosas.
Si la higiene y el decoro de la ley no existían allí, la seguridad
de los presos _era un mito_, como decía la exposición de la Junta
penitenciaria, pidiendo al Gobierno fondos para construir cárcel de
nueva planta. La vieja, que no sabemos si existe aún, había adquirido
fama por la escandalosa frecuencia con que de ella se evadían los
criminales, sin necesidad de hacer escalos difíciles y peligrosos,
ni de abrir subterráneos conductos. Comúnmente se escapaban por el
techo, que era de una fragilidad e inconsistencia maravillosas, pues
cualquiera rompía las podridas vigas, y quitaba y ponía tejas donde le
daba la gana.
Desde que lo metieron en aquel infame tugurio, sintió Nazarín un frío
intensísimo, como si el local fuese una nevera o helado Purgatorio, y
con el frío le acometió un horroroso quebrantamiento de huesos, como si
se los partieran con un hacha para hacer astillas con que encender la
lumbre. Tumbose en el suelo, arropándose en su capote, y a poco ardía
en calor insoportable. En aquel Purgatorio, del hielo brotaban llamas.
«Esto es calentura —se dijo—, una calentura tremenda. Pero ya pasará».
Nadie se acercó a preguntarle si estaba enfermo; trajéronle un plato de
latón con rancho, que no quiso probar.
A Beatriz la hicieron salir por la sencilla razón de que no era presa,
y naturalmente, _no tenía derecho_ a ocupar un espacio en el local
correspondiente a los perseguidos de la justicia. Por más que rogó y
gimió la infeliz para que lo permitieran estar allí, pintándose como
criminal voluntaria y procesada por ministerio de sí misma, nada pudo
conseguir. A la pena de abandonar a sus compañeros se agregaba el temor
de salir por las calles mostolenses, donde seguramente encontraría
caras conocidas. Solo a una persona deseaba ver, su hermana, y esta,
según le dijo una vecina con quien habló a la entrada de la cárcel,
se había ido a Madrid dos días antes con la niña, restablecida ya
completamente. «¡Qué cosas más raras me pasan a mí! —decía—. Los
criminales odian la prisión y solo desean la libertad. Yo detesto la
libertad, no quiero salir a la calle, y todo mi gusto es estar presa».
Por fin, el secretario del Ayuntamiento, que allí mismo vivía, se
compadeció de ella, y en su casa le dio hospitalidad, con lo que se
cumplieron a medias los deseos de la exaltada penitente.
Mucha pena causó a don Nazario el no ver a su lado a Beatriz; pero
se consoló sabiendo que pernoctaba en el edificio próximo, y que
continuarían juntos hasta el término de su _viacrucis_. Entrada la
noche, se sentía muy mal el buen ermitaño andante, y de un modo tan
pavoroso gravitaba sobre su alma la impresión de soledad y desamparo,
que poco le faltó para echarse a llorar como un niño. Creyérase que
súbitamente se le agotaba la energía, y que un desmayo femenil era
el término desairado de sus cristianas aventuras. Pidió al Señor
asistencia para soportar las amarguras que aún le faltaban, y las
maravillosas energías resurgieron en su alma, pero acompañadas de
un terrible aumento de la fiebre. Ándara se acercó a él para darle
agua, que por dos o tres veces le había pedido, y hablaron breve rato
con extraña confusión y desacuerdo en lo que uno y otro decían. O él
no sabía explicarse, o ella no podía, en las réplicas, ajustar su
pensamiento al del infeliz asceta.
—Hija mía, échate a dormir, y descansa.
—Señor, no me llame más. No duerma. Rece en voz alta para que _haiga_
ruido.
—Ándara, ¿qué hora será?
—Señor, si tiene frío, paséese por la cárcel. Yo quiero que se acaben
pronto nuestras penas. Me alegro que no esté Beatriz, que no es
guerrera, y todo lo quiere arreglar con lágrimas y suspiros.
—Oye tú, ¿duermen todos? ¿En dónde estamos? ¿Hemos llegado a Madrid?
—Estamos aquí. Soy muy guerrera. No duerma, señor...
Y se alejó de súbito, como sombra que se desvanece, o luz que se apaga.
Desde que fueron pronunciadas las cláusulas incoherentes de este
diálogo, sintiose molestado el clérigo por una tremenda duda: «¿Lo que
veía y oía era la realidad, o una proyección externa de los delirios
de su fiebre ardentísima? Lo verdadero, ¿dónde estaba? ¿Dentro o fuera
de su pensamiento? ¿Los sentidos percibían las cosas, o las creaban?».
Doloroso era su esfuerzo mental por resolver esta duda, y ya pedía
medios de conocimiento a la lógica vulgar, ya los buscaba por la vía de
la observación. ¡Pero si ni aun la observación era posible en aquella
vaga penumbra, que desleía los contornos de cosas y personas, y todo
lo hacía fantástico! Vio la cárcel como una anchurosa cueva, tan baja
de techo que no podía estar en pie dentro de ella sin encorvarse un
hombre de regular estatura. En la bóveda, dos o tres claraboyas, que a
veces eran veinte o treinta, daban paso a la débil luz, que no se sabía
si era de velado sol o de luna. Enfilada con la primera cuadra, vio
otra más pequeña, que a ratos se iluminaba con claridad rojiza de una
linterna o candil. En el suelo yacían los presos envueltos en esteras o
mantas, como fardos de tejidos, o seras de carbón. Hacia el fondo de la
segunda cuadra, vio a Ándara, que por momentos despedía de su cabeza un
resplandor extraño, cual si su cabellera suelta y erizada se compusiese
de lívidos rayos de luz eléctrica. Departía con el _Sacrílego_,
gesticulando con tal violencia y confusión, que con los brazos de
él expresaba ella su voluntad, y con los de ella él. El ladrón de
iglesias se alargaba hasta esconder en el techo la mitad de su cuerpo;
reaparecía como un volatinero con la cabeza para abajo.
En la apreciación del tiempo, la mente y los sentidos de Nazarín
llegaban a mayor confusión y desvarío; después de creer que pasaban
largas horas sin ver nada, creyó que en breves momentos Ándara se
acercaba a él, y le levantaba y le volvía a dejar en el suelo,
diciéndole infinidad de conceptos, que si se escribieran ocuparían
todas las páginas de un mediano libro. «¡Esto no puede ser real —se
decía—, no puede ser! ¡Pero si lo estoy viendo, si lo toco y lo oigo
y lo percibo claramente!». Por fin, la peregrina le cogió por la
muñeca, y, tirando de él fuertemente, le llevó a la segunda cuadra.
De esto sí que no podía dudar, porque le dolía la mano de los tirones
que con nerviosa fuerza le daba la valerosa hija de Polvoranca. Y el
_Sacrílego_ le cogía en brazos para meterle por un boquete abierto en
la techumbre, y arrojarlo fuera como un fardo introducido por audaces
matuteros.
No, no podía ser real la voz de Ándara que le dijo: «Padre, nos
escapamos por arriba, porque por abajo no se puede». Ni tampoco la voz
del _Sacrílego_ que decía: «El señor por delante... Salte del tejado al
corral».
Pero si de todo tenía duda el buen jefe de los _nazaristas_, no la
tuvo, no podía tenerla de esta resolución suya, claramente expresada:
«Yo no huyo; un hombre como yo no huye. Huid vosotros, si os sentís
cobardes, y dejadme solo». Tampoco podía dudar de que luchó contra
fuerzas superiores para defenderse de aquel loco empeño de echarle al
tejado como una pelota. El ladrón de iglesias le puso en el suelo,
y allí se quedó como cuerpo exánime, perdidas todas sus facultades,
menos el sentido de la vista, en una nebulosa de espanto, enojo y
horror de la libertad. No quería libertad, no la quería para sí ni
para los suyos. De la primera cuadra vino, andando como los borrachos,
una de las seras de carbón, que pronto tomó figura humana, y todas
los apariencias personales del _Parricida_. Con prontitud gatuna,
trocándose fácilmente de pesado fardo en animal ligero, hubo de saltar
de un brinco al boquete abierto en el tejado, y desapareció.
Pudo entonces Nazarín con gran esfuerzo articular algunas palabras,
y apartando de su hombro a la mujerona, que pesaba sobre él como un
sillar de berroqueña, murmuró:
—El que quiera salir, que salga... El que huya no será jamás en mi
compañía.
Ándara, que tenía la cara contra el suelo, refregándose boca y nariz en
las sucias baldosas, se incorporó para decir entre gemidos:
—Pues yo me quedo.
El _Sacrílego_, que había subido al tejado como en persecución de su
compañero, volvió muy fosco apretando los puños:
—Libertad, no... —le dijo Ándara con voz sofocada, como de quien se
ahoga—. No quiere..., no, libertad.
Nazarín oyó claramente la voz del _Sacrílego_, que repetía:
—No libertad. Yo me quedo.
Debieron de cogerle en brazos entre los dos, porque el buen peregrino
se sintió llevado por los aires como una pluma, y en la turbación que
le agobiaba, quitándole sentido y palabra, la conciencia de su mal era
lo único que subsistía, manifestándose en esta afirmación:
—Tengo un tifus horroroso.