VII

Acabose la visión, y todo volvió a los términos de nebulosa y triste

realidad. El áspero camino fue nuevamente lo que antes era, y los que

acompañaban al mártir Nazarín recobraron su forma y vestimenta, los

guardias eran guardias, y Ándara y Beatriz mujeres vulgarísimas, la

una batalladora, la otra pacífica, con sus pañuelos a la cabeza. Llegó

un momento en que el venerable peregrino, ni aun acumulando toda su

energía, pudo dar un paso. De su frente brotaba sudor angustioso; le

dolía el cráneo como si en él le clavaran un hacha, y en su hombro

derecho sentía un peso irresistible. Las piernas se le doblaban, y sus

pies magullados iban dejando pedazos de piel sobre las piedras del

camino. Ándara y Beatriz lo alzaron en sus brazos. ¡Qué descanso, qué

alivio sentirse en el aire, como pluma balanceada del viento! Pero

al poco trecho las dos mujeres se cansaron de llevarle, y el ladrón

sacrílego, que era forzudo y resistente, le cogió en brazos como un

niño, diciendo que no solo le llevaría hasta Madrid, sino hasta el fin

del mundo si necesario fuese. Los guardias se compadecían de él, y

creyendo consolarle le decían:

—No tenga cuidado, padre, que allá le absolverán por loco. Los dos

tercios de los procesados que pasan por nuestras manos, por locos se

escapan del castigo, si es que castigo merecen. Y presuponiendo que

sea usted un santo, no por santo le han de soltar, sino por loco; que

ahora priva mucho la razón de la sinrazón, o sea que la locura es quien

hace a los muy sabios y a los muy ignorantes, a los que sobresalen por

arriba y por abajo.

Vio después Nazarín que entraban por una empinada calle, y la gente

curiosa se detenía para verle pasar en brazos del _Sacrílego_,

llevando al lado a sus dos compañeras de penitencia, y detrás a los

demás infelices recogidos en los caminos por la Guardia civil. Dudaba

entonces, como antes, si eran realidad o ficción de su desquiciada

mente las cosas y personas que en el doloroso trayecto veía. Al extremo

de la calle, vio que se alzaba una cruz grandísima, y si por un momento

el gozo de ser clavado en ella inundó su alma, pronto volvió sobre

sí, diciéndose: «No merezco, Señor, no merezco la honra excelsa de ser

sacrificado en vuestra cruz. No quiero ese género de suplicio, en que

el cadalso es un altar, y la agonía se confunde con la apoteosis. Soy

el último de los siervos de Dios, y quiero morir olvidado y oscuro,

sin que me rodeen las muchedumbres, ni la fama corone mi martirio.

Quiero que nadie me vea perecer, que no se hable de mí, ni me miren,

ni me compadezcan. Fuera de mí toda vanidad. Fuera de mí la vanagloria

del mártir. Si he de ser sacrificado, hágase en la mayor oscuridad y

silencio. Que mis verdugos no sean perseguidos ni execrados, que solo

me asista Dios, y Él me reciba, sin que el mundo trompetee mi muerte,

ni en papeles sea pregonada, ni la canten poetas, ni se haga de ello un

ruidoso acontecimiento para escándalo de unos y regocijo de otros. Que

me arrojen a un muladar y me dejen morir, o me maten sin bullicio, y me

entierren como a una pobre bestia».

Dicho esto, vio desaparecer la cruz, y la calle y el gentío, y pasado

un tiempo que no pudo apreciar, se sintió enteramente solo. ¿Dónde

estaba? Fue como si recobrara el conocimiento después de un profundo

sopor. Por más que miraba en torno suyo, no pudo hacerse cargo de cuál

era la parte del universo donde se encontraba. ¿Era una región de la

vida transitoria, o de la perdurable? Pensó que había muerto; pensó

también que aún vivía. Un ardiente anhelo de decir misa y de ponerse en

comunicación con la Suprema Verdad lo llenó toda el alma, y lo mismo

fue sentirlo que verse revestido delante del altar, un altar purísimo,

que no parecía tocado de manos de hombres. Celebró con inmensa piedad,

y cuando tomaba en sus manos la hostia, el divino Jesús lo dijo:

—Hijo mío, aún vives. Estás en mi santo hospital, padeciendo por mí.

Tus compañeros, las dos perdidas y el ladrón que siguen tu enseñanza,

están en la cárcel. No puedes celebrar, no puedo estar contigo en

cuerpo y sangre, y esta misa es figuración insana de tu mente.

Descansa, que bien te lo mereces.

»Algo has hecho por mí. No estés descontento. Yo sé que has de hacer

mucho más.

Santander. San Quintín. — Mayo de 1895.

Nazarín · 第 34 / 35 题