Acabose la visión, y todo volvió a los términos de nebulosa y triste
realidad. El áspero camino fue nuevamente lo que antes era, y los que
acompañaban al mártir Nazarín recobraron su forma y vestimenta, los
guardias eran guardias, y Ándara y Beatriz mujeres vulgarísimas, la
una batalladora, la otra pacífica, con sus pañuelos a la cabeza. Llegó
un momento en que el venerable peregrino, ni aun acumulando toda su
energía, pudo dar un paso. De su frente brotaba sudor angustioso; le
dolía el cráneo como si en él le clavaran un hacha, y en su hombro
derecho sentía un peso irresistible. Las piernas se le doblaban, y sus
pies magullados iban dejando pedazos de piel sobre las piedras del
camino. Ándara y Beatriz lo alzaron en sus brazos. ¡Qué descanso, qué
alivio sentirse en el aire, como pluma balanceada del viento! Pero
al poco trecho las dos mujeres se cansaron de llevarle, y el ladrón
sacrílego, que era forzudo y resistente, le cogió en brazos como un
niño, diciendo que no solo le llevaría hasta Madrid, sino hasta el fin
del mundo si necesario fuese. Los guardias se compadecían de él, y
creyendo consolarle le decían:
—No tenga cuidado, padre, que allá le absolverán por loco. Los dos
tercios de los procesados que pasan por nuestras manos, por locos se
escapan del castigo, si es que castigo merecen. Y presuponiendo que
sea usted un santo, no por santo le han de soltar, sino por loco; que
ahora priva mucho la razón de la sinrazón, o sea que la locura es quien
hace a los muy sabios y a los muy ignorantes, a los que sobresalen por
arriba y por abajo.
Vio después Nazarín que entraban por una empinada calle, y la gente
curiosa se detenía para verle pasar en brazos del _Sacrílego_,
llevando al lado a sus dos compañeras de penitencia, y detrás a los
demás infelices recogidos en los caminos por la Guardia civil. Dudaba
entonces, como antes, si eran realidad o ficción de su desquiciada
mente las cosas y personas que en el doloroso trayecto veía. Al extremo
de la calle, vio que se alzaba una cruz grandísima, y si por un momento
el gozo de ser clavado en ella inundó su alma, pronto volvió sobre
sí, diciéndose: «No merezco, Señor, no merezco la honra excelsa de ser
sacrificado en vuestra cruz. No quiero ese género de suplicio, en que
el cadalso es un altar, y la agonía se confunde con la apoteosis. Soy
el último de los siervos de Dios, y quiero morir olvidado y oscuro,
sin que me rodeen las muchedumbres, ni la fama corone mi martirio.
Quiero que nadie me vea perecer, que no se hable de mí, ni me miren,
ni me compadezcan. Fuera de mí toda vanidad. Fuera de mí la vanagloria
del mártir. Si he de ser sacrificado, hágase en la mayor oscuridad y
silencio. Que mis verdugos no sean perseguidos ni execrados, que solo
me asista Dios, y Él me reciba, sin que el mundo trompetee mi muerte,
ni en papeles sea pregonada, ni la canten poetas, ni se haga de ello un
ruidoso acontecimiento para escándalo de unos y regocijo de otros. Que
me arrojen a un muladar y me dejen morir, o me maten sin bullicio, y me
entierren como a una pobre bestia».
Dicho esto, vio desaparecer la cruz, y la calle y el gentío, y pasado
un tiempo que no pudo apreciar, se sintió enteramente solo. ¿Dónde
estaba? Fue como si recobrara el conocimiento después de un profundo
sopor. Por más que miraba en torno suyo, no pudo hacerse cargo de cuál
era la parte del universo donde se encontraba. ¿Era una región de la
vida transitoria, o de la perdurable? Pensó que había muerto; pensó
también que aún vivía. Un ardiente anhelo de decir misa y de ponerse en
comunicación con la Suprema Verdad lo llenó toda el alma, y lo mismo
fue sentirlo que verse revestido delante del altar, un altar purísimo,
que no parecía tocado de manos de hombres. Celebró con inmensa piedad,
y cuando tomaba en sus manos la hostia, el divino Jesús lo dijo:
—Hijo mío, aún vives. Estás en mi santo hospital, padeciendo por mí.
Tus compañeros, las dos perdidas y el ladrón que siguen tu enseñanza,
están en la cárcel. No puedes celebrar, no puedo estar contigo en
cuerpo y sangre, y esta misa es figuración insana de tu mente.
Descansa, que bien te lo mereces.
»Algo has hecho por mí. No estés descontento. Yo sé que has de hacer
mucho más.
Santander. San Quintín. — Mayo de 1895.