—Siéntese usted. Tengo que hacerle algunas preguntas.
—Me siento. Usted dirá.
—Pues delante de todo ese gentío, no he querido avergonzarle. Le tienen
a usted por moro. ¡Cosas del pueblo sin ilustración! Y ello es que lo
parece, con esa cara propiamente africana, esa barba en pico, y ese
turbante. Pero yo sé que no es usted moro, sino cristiano, al menos de
nombre. Y hay más: no lo pensara si no lo dijera el oficio mandándome
detenerle: es usted sacerdote.
—Sí señor, y me llamo Nazario Zaharín, para servir a Dios y a usted.
—Por consiguiente, declara usted ser el don Nazario Zaharín que reclama
el juez de la Inclusa. ¿Y aquella feona es la que llaman Ándara?
—La que ha venido atada. La otra se llama Beatriz, y es natural de
Móstoles.
—¡A quién se lo cuenta! Si la conozco. El Pinto es primo mío.
—¿Qué más?
—¿Le parece poco? Pero venga acá, y hablemos ahora como amigos —dijo el
alcalde, quitándose el ancho pavero y poniéndolo sobre la mesa, en la
cual un farol alumbraba por igual la cara regocijada y reluciente del
uno, y la mustia y ascética del otro—. ¿Le parece a usted que está bien
que un señor eclesiástico ande en estos trotes..., descalzo por los
caminos, acompañado de dos mujeronas..., vamos, de Beatriz no digo...,
¿pero la otra?... ¡Por Dios, señor cura de mi alma! Allá, supongo que
su abogado le defenderá por loco, porque por cuerdo no hay cristiano
que le defienda, ni ley que no le condene.
—Creo estar en mi sano juicio —contestó serenamente Nazarín.
—Eso se verá. Yo creo que no. ¡Claro; usted cómo ha de conocer que está
loco! ¡Pero, por Dios, padre Zaharín, echarse a una vida de vagabundo,
con ese par de pencos!... Y no lo digo por la religión mismamente; que
todos, el que más y el que menos, si decimos que creemos, es por el
buen parecer, y por el respeto a lo establecido... Dígolo por su propia
conveniencia, y por el miramiento de la sociedad, en estos tiempos de
ilustración. ¡Un sacerdote andar así!... ¡Pues no le acusan de nada
en gracia de Dios! Que ocultó en su casa a esa zarandaina, cuando
dio de puñaladas a otra pública como ella, que después entre los dos
pegaron fuego a un edificio, o finca urbana particular... Y por fin de
fiesta se echan a los caminos, usted de apóstol y ella de apóstola, y
se dedican a embaucar a la gente, curando enfermos con salutaciones
de agua potable, resucitando difuntos fingidos, y echando sermones
contra los que tenemos algunos posibles... ¡Ay, ay, señor sacerdote, y
sostiene que no está loco! Dígame: ¿cuántos milagros ha hecho por esta
jurisdicción? Oí que usted amansó al león de los leones, el señor de la
Coreja... Tenga confianza conmigo, que yo no he de hacerle ningún mal,
ni he de vender sus secretos. Cuénteme, y no repare en que soy alcalde
y usted un mero procesado. De esa puerta para adentro no hay más que
dos sujetos de buena sombra: un alcalde muy campechano y muy francote,
y un curita correntón que va a contar ahora mismo sus aventuras
apostólicas y mahometanas..., pero con franqueza... Espérese: mandaré
que nos traigan unas copas.
—No, no se moleste —dijo Nazarín, deteniendo el movimiento del
alcalde—. Oiga mi respuesta, que será breve. Lo primero, señor mío, yo
no bebo vino.
—¡Caramba! ¿Ni siquiera una gaseosa? Vea por qué le toman por moro.
—Lo segundo, soy inocente de los delitos que me imputan. Así lo diré
al señor juez, y si no me cree, Dios sabe mi inocencia, y eso me
basta. Tercero: yo no soy apóstol, ni predico a nadie; tan solo enseño
la doctrina cristiana, la más elemental y sencilla, a quien quiere
aprenderla. La enseño con la palabra y con el ejemplo. Todo lo que
digo, lo hago, y no veo en ello mérito alguno. Si por esto me han
confundido con los criminales, no me importa. Mi conciencia no me acusa
de ningún delito. Yo no he resucitado muertos, ni curado enfermos:
ni soy médico, ni hago milagros, porque el Señor, a quien adoro y
sirvo, no me ha dado poder para ello. Con esto concluyo, señor mío, y
no teniendo más que decir, haga usted de mí lo que quiera, y cuantas
tribulaciones y vergüenzas caigan sobre mí, las acepto resignado y
tranquilo, sin miedo y también sin jactancia, que nadie verá en mí ni
la soberbia del pecador ni la vanagloria del que se cree perfecto.
Un sí es no es confuso y cortado se quedó el buen alcalde con estas
razones, sin duda porque esperaba ver salir al clérigo por el registro
de una cínica franqueza, o, en otros términos, que bailase al son que
él le tocaba. Pero no bailaba, no. Y una de dos: o era don Nazario el
pillo más ingenioso y solapado que había echado Dios al mundo, como
prueba de su fecundidad creadora, o era..., ¿pero quién demonios sabía
lo que era, ni cómo se había de discernir la certeza o falsedad de
aquellas graves palabras, dichas con tanta sencillez y dignidad?
—Bueno, señor, bueno —dijo el alcalde chancero, comprendiendo que con
tal hombre de nada valían las chirigotas—. Pues con tanta conciencia
y tanto rigorismo, lo va usted a pasar mal. Véngase a razones, y haga
caso de mí, que soy hombre muy práctico, y aunque me esté mal el
decirlo, con sus miajas de ilustración; hombre algo corto de latines,
pero muy largo de entendederas. Aquí donde usted me ve, yo empecé
a estudiar para cura; pero no me petaba la Iglesia, por ser yo más
inclinado a lo que se ve con los ojos y se toca con las manos, quiero
decir, que lo positivo, o sea la ilustración, es mi fuerte. ¿Y cómo he
de creer yo que un hombre de sentido en nuestros tiempos prácticos,
esencialmente prácticos, o si se quiere de tanta ilustración, puede
tomar en serio eso de enseñar con el ejemplo todo lo que dice la
doctrina? ¡Si no puede ser, hombre, si no puede ser, y el que lo
intente, o es loco, o acabará por ser víctima..., sí, señor, víctima
de...!
No sabía concluir la frase. Nazarín no quería discusiones, y le
contestó con seca urbanidad:
—Yo creo lo contrario. Tan puede ser, que es.
—Pero venga usted acá —prosiguió el alcalde, que comprendía o adivinaba
el poder dialéctico de su contrario, y quiso batirse en regla apelando
a los argumentos que recordaba de sus vanas y superficiales lecturas—.
¿Cómo me va usted a convencer de que eso es posible?... A mí, que vivo
en este siglo XIX, el siglo del vapor, del teléfono eléctrico y de la
imprenta, ¡esa palanca...! de las libertades públicas y particulares,
en este siglo del progreso, ¡esa corriente...! en este siglo en que la
ilustración nos ha emancipado de todo el fanatismo de la antigüedad.
Pues eso que usted dice y hace, ¿qué es más que fanatismo? Yo no
critico la religión en sí, ni me opongo a que admitamos la Santísima
Trinidad, aunque ni los primeros matemáticos la comprenden; yo respeto
las creencias de nuestros mayores, la misa, las procesiones, los
bautizos y entierros con honras, etcétera... Voy más allá, le concedo
a usted que _haiga_..., quiero decir, que haya almas del Purgatorio, y
que tengamos clero episcopal y cardenalicio, por de contado parroquial
también... Y si usted me apura, paso por las bulas..., vaya..., paso
también porque tiene que haber un _más allá_, y porque todo lo que
sea hablar de eso se diga en latín... Pero no me saque usted de ahí,
de la consideración que debemos a lo que fue. Yo respeto la religión,
respeto mayormente a la Virgen, y aun le rezo cuando se me ponen malos
los niños... Pero déjeme usted con mi tira y afloja, y no me pida
que yo crea cosas que están bien para mujeres, pero que no debemos
creerlas los hombres... No, eso no. No me toque usted esa tecla. Yo
no creo que se puede llevar a la práctica todo lo que dijo y predicó
el gran reformador de la sociedad, ¡ese genio...!, yo no le rebajo,
no, ¡ese extraordinario ser...! Y para sostener que no se puede,
razono así: «El fin del hombre es vivir. No se vive sin comer. No se
come sin trabajar. Y en este siglo ilustrado, ¿a qué tiene que mirar
el hombre? A la industria, a la agricultura, a la administración, al
comercio. He aquí el problema. Dar salida a nuestros caldos, nivelar
los presupuestos públicos y particulares..., que haya la mar de
fábricas..., vías de comunicación..., casinos para obreros..., barrios
obreros..., ilustración, escuelas, beneficencia pública y particular...
¿Y dónde me deja usted la higiene, la urbanización, y otras grandes
conquistas? Pues nada de eso tendrá usted con el misticismo, que es
lo que usted practica; no tendrá más que hambre, miseria pública y
particular... ¡Lo mismo que los conventos de frailes y monjas! El
siglo XIX ha dicho: “No quiero conventos ni seminarios, sino tratados
de comercio. No quiero ermitaños, sino grandes economistas, No quiero
sermones, sino ferrocarriles de vía estrecha. No quiero santos padres,
sino abonos químicos”. ¡Ah, señor mío, el día que tengamos una
universidad en cada población ilustrada, un banco agrícola en cada
calle, y una máquina eléctrica para hacer de comer en la cocina de
cada casa, ah, ese día no podrá existir el misticismo! Y yo me permito
creer..., es idea mía..., que si Nuestro Señor Jesucristo viviera,
había de pensar lo mismo que pienso yo, y sería el primero en echar su
bendición a los adelantos, y diría: “Este es mi siglo, no aquel...; mi
siglo este, aquel no”».
Dijo, y con su pañuelo de hierbas se limpió el sudor de la frente; que
no le había costado poco trabajo echar de sí, con dolores partúricos,
aquella larga y erudita oración, con la cual pensaba dejar tamañito al
desdichado asceta. Este le miró con lástima; pero como la cortesía y
sus hábitos de humildad le vedaban contestarle con el desprecio que a
su juicio merecía, se limitó a decirle:
—Señor mío, usted habla un lenguaje que no entiendo. El que hablo yo,
tampoco es para usted comprensible, al menos ahora. Callémonos.
No era de este discreto parecer el alcalde, a quien supo muy mal que
sus bien pensados y medidos argumentos no hicieran ningún efecto en
aquel testarudo, socarrón o lo que fuese, y creyó que atacándole con
otras armas le sacaría de sus casillas. Era un galápago, a quien había
que poner fuego en la concha para obligarle a sacar la cabeza. Pues
fuego en él, es decir, la broma insolente, la befa y el escarnio.
—No se incomode, padre, que si lo lleva por lo serio no he dicho nada.
Soy un ignorante, que no he leído más que las cosas de mi siglo, y
no estoy fuerte en teologías. ¿Que es usted santo? Pues yo soy el
primero que me quito el sombrero, y le llevo en procesión, si es
preciso, arrimando un hombro a las andas. Verá cómo le adora el pueblo;
y usted, a buena cuenta, háganos un par de milagros, de los gordos,
¿eh?; multiplíquenos las tinajas, y tráiganos el puente nuevo que está
proyectado, y el ferrocarril del oeste, que es nuestro _desiderátum_...
Y a más de esto, aquí tiene sin fin de jorobados que enderezar, ciegos
a quienes dar vista, y cojos que están deseando que usted les mande
correr, amén de los difuntos del cementerio, que en cuantico que usted
les llame, saldrán todos a dar un paseo por el pueblo, y a ver los
adelantos que a mí se me deben... ¡Vaya con el Jesucristo nuevo...,
género arreglado! ¡Arderá el siglo cuando se entere de que andamos
predicando la segunda salvación del mundo! «Redenciones públicas y
particulares. Precios económicos». Verdad que ahora le metemos en la
cárcel. Camarada, hay que padecer. Pero no le crucificarán: de eso
está libre. No se componga, padre, que ahora no se estila ese género
de patíbulo, propio del oscurantismo; ni entrará en Madrid montado en
burra, sino con la parejita de la Guardia civil; ni le recibirán con
palmos, como no sea de narices. ¿Y qué religión de pateta es la que
nos trae? Calculo que es la mahometana..., por eso se ha traído un par
de moras..., claro, para predicar con el ejemplo...
Como Nazarín no le hacía ningún caso, ni se irritaba, ni dio a entender
que tales bromas le afectasen poco ni mucho, volvió a desconcertarse el
bueno del alcaldillo, y adoptando nueva actitud y tonos de familiaridad
socarrona, le dio palmadas en el hombro diciéndole:
—Vaya, hombre, no se amilane. Hay que llevar estas cosas con paciencia.
Amiguito, esto de echarse a predicar, sobre todo cuando no se da trigo,
tiene sus quiebras. Pero no apurarse; que con meterle en una casa de
locos, cumple la justicia, y ni azotes le darán, que esto ya no se
estila. «Sacrificios higiénicos, es decir, sin azotes... Pasión y
muerte, con chocolate de Astorga...», ja, ja... En fin, mientras esté
en esta culta localidad, le trataremos bien, porque una cosa es la ley
y otra la ilustración. Y si por lo que le dije se picó, échelo a broma,
que a mí me gusta darlas... Soy, como ha visto, de muy buena sombra...
Lo que no quita que me compadezca de su desgracia. Dejo a un lado
la vara, y aquí no somos el alcalde y el preso, sino dos amigos muy
guasones, un par de peines de muchas púas, ¿eh?... Y entre paréntesis,
podía el hombre haber escogido moritas de mejor pelo. La Beatriz, pase.
¡Pero la otra...! ¿De dónde sacó esa merluza?... En fin, usted querrá
que la demos de cenar.
Solo a esta última frase contestó Nazarín:
—Yo no tengo gana, señor alcalde. Pero esas pobres mujeres creo que
tomarán algún alimento.