VII

—Siéntese usted. Tengo que hacerle algunas preguntas.

—Me siento. Usted dirá.

—Pues delante de todo ese gentío, no he querido avergonzarle. Le tienen

a usted por moro. ¡Cosas del pueblo sin ilustración! Y ello es que lo

parece, con esa cara propiamente africana, esa barba en pico, y ese

turbante. Pero yo sé que no es usted moro, sino cristiano, al menos de

nombre. Y hay más: no lo pensara si no lo dijera el oficio mandándome

detenerle: es usted sacerdote.

—Sí señor, y me llamo Nazario Zaharín, para servir a Dios y a usted.

—Por consiguiente, declara usted ser el don Nazario Zaharín que reclama

el juez de la Inclusa. ¿Y aquella feona es la que llaman Ándara?

—La que ha venido atada. La otra se llama Beatriz, y es natural de

Móstoles.

—¡A quién se lo cuenta! Si la conozco. El Pinto es primo mío.

—¿Qué más?

—¿Le parece poco? Pero venga acá, y hablemos ahora como amigos —dijo el

alcalde, quitándose el ancho pavero y poniéndolo sobre la mesa, en la

cual un farol alumbraba por igual la cara regocijada y reluciente del

uno, y la mustia y ascética del otro—. ¿Le parece a usted que está bien

que un señor eclesiástico ande en estos trotes..., descalzo por los

caminos, acompañado de dos mujeronas..., vamos, de Beatriz no digo...,

¿pero la otra?... ¡Por Dios, señor cura de mi alma! Allá, supongo que

su abogado le defenderá por loco, porque por cuerdo no hay cristiano

que le defienda, ni ley que no le condene.

—Creo estar en mi sano juicio —contestó serenamente Nazarín.

—Eso se verá. Yo creo que no. ¡Claro; usted cómo ha de conocer que está

loco! ¡Pero, por Dios, padre Zaharín, echarse a una vida de vagabundo,

con ese par de pencos!... Y no lo digo por la religión mismamente; que

todos, el que más y el que menos, si decimos que creemos, es por el

buen parecer, y por el respeto a lo establecido... Dígolo por su propia

conveniencia, y por el miramiento de la sociedad, en estos tiempos de

ilustración. ¡Un sacerdote andar así!... ¡Pues no le acusan de nada

en gracia de Dios! Que ocultó en su casa a esa zarandaina, cuando

dio de puñaladas a otra pública como ella, que después entre los dos

pegaron fuego a un edificio, o finca urbana particular... Y por fin de

fiesta se echan a los caminos, usted de apóstol y ella de apóstola, y

se dedican a embaucar a la gente, curando enfermos con salutaciones

de agua potable, resucitando difuntos fingidos, y echando sermones

contra los que tenemos algunos posibles... ¡Ay, ay, señor sacerdote, y

sostiene que no está loco! Dígame: ¿cuántos milagros ha hecho por esta

jurisdicción? Oí que usted amansó al león de los leones, el señor de la

Coreja... Tenga confianza conmigo, que yo no he de hacerle ningún mal,

ni he de vender sus secretos. Cuénteme, y no repare en que soy alcalde

y usted un mero procesado. De esa puerta para adentro no hay más que

dos sujetos de buena sombra: un alcalde muy campechano y muy francote,

y un curita correntón que va a contar ahora mismo sus aventuras

apostólicas y mahometanas..., pero con franqueza... Espérese: mandaré

que nos traigan unas copas.

—No, no se moleste —dijo Nazarín, deteniendo el movimiento del

alcalde—. Oiga mi respuesta, que será breve. Lo primero, señor mío, yo

no bebo vino.

—¡Caramba! ¿Ni siquiera una gaseosa? Vea por qué le toman por moro.

—Lo segundo, soy inocente de los delitos que me imputan. Así lo diré

al señor juez, y si no me cree, Dios sabe mi inocencia, y eso me

basta. Tercero: yo no soy apóstol, ni predico a nadie; tan solo enseño

la doctrina cristiana, la más elemental y sencilla, a quien quiere

aprenderla. La enseño con la palabra y con el ejemplo. Todo lo que

digo, lo hago, y no veo en ello mérito alguno. Si por esto me han

confundido con los criminales, no me importa. Mi conciencia no me acusa

de ningún delito. Yo no he resucitado muertos, ni curado enfermos:

ni soy médico, ni hago milagros, porque el Señor, a quien adoro y

sirvo, no me ha dado poder para ello. Con esto concluyo, señor mío, y

no teniendo más que decir, haga usted de mí lo que quiera, y cuantas

tribulaciones y vergüenzas caigan sobre mí, las acepto resignado y

tranquilo, sin miedo y también sin jactancia, que nadie verá en mí ni

la soberbia del pecador ni la vanagloria del que se cree perfecto.

Un sí es no es confuso y cortado se quedó el buen alcalde con estas

razones, sin duda porque esperaba ver salir al clérigo por el registro

de una cínica franqueza, o, en otros términos, que bailase al son que

él le tocaba. Pero no bailaba, no. Y una de dos: o era don Nazario el

pillo más ingenioso y solapado que había echado Dios al mundo, como

prueba de su fecundidad creadora, o era..., ¿pero quién demonios sabía

lo que era, ni cómo se había de discernir la certeza o falsedad de

aquellas graves palabras, dichas con tanta sencillez y dignidad?

—Bueno, señor, bueno —dijo el alcalde chancero, comprendiendo que con

tal hombre de nada valían las chirigotas—. Pues con tanta conciencia

y tanto rigorismo, lo va usted a pasar mal. Véngase a razones, y haga

caso de mí, que soy hombre muy práctico, y aunque me esté mal el

decirlo, con sus miajas de ilustración; hombre algo corto de latines,

pero muy largo de entendederas. Aquí donde usted me ve, yo empecé

a estudiar para cura; pero no me petaba la Iglesia, por ser yo más

inclinado a lo que se ve con los ojos y se toca con las manos, quiero

decir, que lo positivo, o sea la ilustración, es mi fuerte. ¿Y cómo he

de creer yo que un hombre de sentido en nuestros tiempos prácticos,

esencialmente prácticos, o si se quiere de tanta ilustración, puede

tomar en serio eso de enseñar con el ejemplo todo lo que dice la

doctrina? ¡Si no puede ser, hombre, si no puede ser, y el que lo

intente, o es loco, o acabará por ser víctima..., sí, señor, víctima

de...!

No sabía concluir la frase. Nazarín no quería discusiones, y le

contestó con seca urbanidad:

—Yo creo lo contrario. Tan puede ser, que es.

—Pero venga usted acá —prosiguió el alcalde, que comprendía o adivinaba

el poder dialéctico de su contrario, y quiso batirse en regla apelando

a los argumentos que recordaba de sus vanas y superficiales lecturas—.

¿Cómo me va usted a convencer de que eso es posible?... A mí, que vivo

en este siglo XIX, el siglo del vapor, del teléfono eléctrico y de la

imprenta, ¡esa palanca...! de las libertades públicas y particulares,

en este siglo del progreso, ¡esa corriente...! en este siglo en que la

ilustración nos ha emancipado de todo el fanatismo de la antigüedad.

Pues eso que usted dice y hace, ¿qué es más que fanatismo? Yo no

critico la religión en sí, ni me opongo a que admitamos la Santísima

Trinidad, aunque ni los primeros matemáticos la comprenden; yo respeto

las creencias de nuestros mayores, la misa, las procesiones, los

bautizos y entierros con honras, etcétera... Voy más allá, le concedo

a usted que _haiga_..., quiero decir, que haya almas del Purgatorio, y

que tengamos clero episcopal y cardenalicio, por de contado parroquial

también... Y si usted me apura, paso por las bulas..., vaya..., paso

también porque tiene que haber un _más allá_, y porque todo lo que

sea hablar de eso se diga en latín... Pero no me saque usted de ahí,

de la consideración que debemos a lo que fue. Yo respeto la religión,

respeto mayormente a la Virgen, y aun le rezo cuando se me ponen malos

los niños... Pero déjeme usted con mi tira y afloja, y no me pida

que yo crea cosas que están bien para mujeres, pero que no debemos

creerlas los hombres... No, eso no. No me toque usted esa tecla. Yo

no creo que se puede llevar a la práctica todo lo que dijo y predicó

el gran reformador de la sociedad, ¡ese genio...!, yo no le rebajo,

no, ¡ese extraordinario ser...! Y para sostener que no se puede,

razono así: «El fin del hombre es vivir. No se vive sin comer. No se

come sin trabajar. Y en este siglo ilustrado, ¿a qué tiene que mirar

el hombre? A la industria, a la agricultura, a la administración, al

comercio. He aquí el problema. Dar salida a nuestros caldos, nivelar

los presupuestos públicos y particulares..., que haya la mar de

fábricas..., vías de comunicación..., casinos para obreros..., barrios

obreros..., ilustración, escuelas, beneficencia pública y particular...

¿Y dónde me deja usted la higiene, la urbanización, y otras grandes

conquistas? Pues nada de eso tendrá usted con el misticismo, que es

lo que usted practica; no tendrá más que hambre, miseria pública y

particular... ¡Lo mismo que los conventos de frailes y monjas! El

siglo XIX ha dicho: “No quiero conventos ni seminarios, sino tratados

de comercio. No quiero ermitaños, sino grandes economistas, No quiero

sermones, sino ferrocarriles de vía estrecha. No quiero santos padres,

sino abonos químicos”. ¡Ah, señor mío, el día que tengamos una

universidad en cada población ilustrada, un banco agrícola en cada

calle, y una máquina eléctrica para hacer de comer en la cocina de

cada casa, ah, ese día no podrá existir el misticismo! Y yo me permito

creer..., es idea mía..., que si Nuestro Señor Jesucristo viviera,

había de pensar lo mismo que pienso yo, y sería el primero en echar su

bendición a los adelantos, y diría: “Este es mi siglo, no aquel...; mi

siglo este, aquel no”».

Dijo, y con su pañuelo de hierbas se limpió el sudor de la frente; que

no le había costado poco trabajo echar de sí, con dolores partúricos,

aquella larga y erudita oración, con la cual pensaba dejar tamañito al

desdichado asceta. Este le miró con lástima; pero como la cortesía y

sus hábitos de humildad le vedaban contestarle con el desprecio que a

su juicio merecía, se limitó a decirle:

—Señor mío, usted habla un lenguaje que no entiendo. El que hablo yo,

tampoco es para usted comprensible, al menos ahora. Callémonos.

No era de este discreto parecer el alcalde, a quien supo muy mal que

sus bien pensados y medidos argumentos no hicieran ningún efecto en

aquel testarudo, socarrón o lo que fuese, y creyó que atacándole con

otras armas le sacaría de sus casillas. Era un galápago, a quien había

que poner fuego en la concha para obligarle a sacar la cabeza. Pues

fuego en él, es decir, la broma insolente, la befa y el escarnio.

—No se incomode, padre, que si lo lleva por lo serio no he dicho nada.

Soy un ignorante, que no he leído más que las cosas de mi siglo, y

no estoy fuerte en teologías. ¿Que es usted santo? Pues yo soy el

primero que me quito el sombrero, y le llevo en procesión, si es

preciso, arrimando un hombro a las andas. Verá cómo le adora el pueblo;

y usted, a buena cuenta, háganos un par de milagros, de los gordos,

¿eh?; multiplíquenos las tinajas, y tráiganos el puente nuevo que está

proyectado, y el ferrocarril del oeste, que es nuestro _desiderátum_...

Y a más de esto, aquí tiene sin fin de jorobados que enderezar, ciegos

a quienes dar vista, y cojos que están deseando que usted les mande

correr, amén de los difuntos del cementerio, que en cuantico que usted

les llame, saldrán todos a dar un paseo por el pueblo, y a ver los

adelantos que a mí se me deben... ¡Vaya con el Jesucristo nuevo...,

género arreglado! ¡Arderá el siglo cuando se entere de que andamos

predicando la segunda salvación del mundo! «Redenciones públicas y

particulares. Precios económicos». Verdad que ahora le metemos en la

cárcel. Camarada, hay que padecer. Pero no le crucificarán: de eso

está libre. No se componga, padre, que ahora no se estila ese género

de patíbulo, propio del oscurantismo; ni entrará en Madrid montado en

burra, sino con la parejita de la Guardia civil; ni le recibirán con

palmos, como no sea de narices. ¿Y qué religión de pateta es la que

nos trae? Calculo que es la mahometana..., por eso se ha traído un par

de moras..., claro, para predicar con el ejemplo...

Como Nazarín no le hacía ningún caso, ni se irritaba, ni dio a entender

que tales bromas le afectasen poco ni mucho, volvió a desconcertarse el

bueno del alcaldillo, y adoptando nueva actitud y tonos de familiaridad

socarrona, le dio palmadas en el hombro diciéndole:

—Vaya, hombre, no se amilane. Hay que llevar estas cosas con paciencia.

Amiguito, esto de echarse a predicar, sobre todo cuando no se da trigo,

tiene sus quiebras. Pero no apurarse; que con meterle en una casa de

locos, cumple la justicia, y ni azotes le darán, que esto ya no se

estila. «Sacrificios higiénicos, es decir, sin azotes... Pasión y

muerte, con chocolate de Astorga...», ja, ja... En fin, mientras esté

en esta culta localidad, le trataremos bien, porque una cosa es la ley

y otra la ilustración. Y si por lo que le dije se picó, échelo a broma,

que a mí me gusta darlas... Soy, como ha visto, de muy buena sombra...

Lo que no quita que me compadezca de su desgracia. Dejo a un lado

la vara, y aquí no somos el alcalde y el preso, sino dos amigos muy

guasones, un par de peines de muchas púas, ¿eh?... Y entre paréntesis,

podía el hombre haber escogido moritas de mejor pelo. La Beatriz, pase.

¡Pero la otra...! ¿De dónde sacó esa merluza?... En fin, usted querrá

que la demos de cenar.

Solo a esta última frase contestó Nazarín:

—Yo no tengo gana, señor alcalde. Pero esas pobres mujeres creo que

tomarán algún alimento.

Nazarín · 第 27 / 35 题