Observando al buen Nazarín, taciturno y caviloso él, que siempre
las animaba con el ejemplo de su serena actitud y aun con joviales
palabras, Beatriz sintió que en su alma se encendía súbitamente como
una hoguera de cariño hacia el santo que las dirigía y las guiaba.
Otras veces sintiera el mismo fuego, mas nunca tan intenso como en
aquella ocasión. Después, observándose hasta lo más profundo, creyó que
no debía comparar aquel estado del alma al voraz incendio que abrasa y
destruye, sino a un raudal de agua que milagrosamente brota de una peña
y todo lo inunda. Era un río lo que por su alma corría, y saliéndosele
a la boca, se derramaba fuera en estas palabras:
—Señor, cuando venga ese padecer tan grande, sepa usted que quiero
quererle con todo el amor que cabe en el alma, y con toda la pureza
con que se quiere a los ángeles. Y si tomando yo para mí el padecer, a
usted se lo quitara, lo tomaría, aunque fuera lo más horrible que se
pudiera imaginar.
—Hija mía, me quieres como a un maestro que sabe un poquito más que tú,
y que te enseña lo que no sabes. Yo te quiero a ti, os quiero a las
dos, como el pastor a las ovejas, y si os perdéis os buscaré.
—Prométame, señor —añadió Beatriz en el colmo de su exaltación—,
querernos siempre lo mismo, y júreme que, pase lo que pase, no habremos
de separarnos nunca.
—Yo no juro, y aunque jurara, ¿cómo había de hacerlo asegurándote
lo que pretendes? Por mi voluntad juntos estaremos; pero, ¿y si los
hombres nos separan?
—¿Y qué tienen que ver los hombres con nosotros?
—¡Ah! Ellos mandan, ellos gobiernan en todo este reino que está por
bajo de las almas. Hace poco vinieron dos pecadores y nos robaron.
Otros pueden venir que por la violencia nos separen.
—Eso no será, Ándara y yo no lo consentiríamos.
—No contáis con vuestra debilidad, con vuestro miedo.
—¡Miedo nosotras! Señor, no diga tal.
—Además, vuestro deber es la obediencia, el respeto a todo el mundo, y
la conformidad con los designios de Dios.
Acercose Ándara para enseñar las bellotas, y volvió a retirarse. Pasado
un breve rato, determinose bruscamente en Beatriz una laxitud intensa.
Era como la sedación de aquel espasmo de piadoso amor. Se le cerraban
los párpados.
—Señor —dijo a Nazarín—, como anoche no dormimos, tengo sueño.
—Pues duérmete ahora, que es muy fácil que esta noche tampoco duermas.
Con una sencillez y una inocencia propiamente idílicas, Beatriz dejó
gravitar su cabeza sobre el hombro de Nazarín, y se quedó dormidita,
como un niño en el seno de su madre. El ermitaño andante seguía
cabizbajo. Pensando al fin que era hora de regresar al castillo, buscó
con los ojos a la otra moza, y la vio sentada, como a treinta pasos, de
espaldas a él, caída la cabeza sobre el pecho:
—Ándara, ¿qué te pasa?
La moza no contestó.
—¿Pero qué te pasa, hija? Ven acá. ¿Qué haces? ¿Llorar?
Levantose Ándara y despacio acudió a él, llevándose a los ojos el borde
de la falda en que guardaba las bellotas recogidas del suelo.
—Ven acá... ¿Qué tienes...?
—Nada, señor.
—No; algo tienes tú. ¿Se te ha ocurrido algún mal pensamiento? ¿O es
que tu corazón te anuncia desventuras? Dímelo a mí.
—No es eso... —respondió al fin la moza, que no hallaba las palabras
propias para expresar su pensamiento—. Es que... Una tiene su amor
propio..., vamos..., su aquel de vanidá..., y no le gusta a una...
Vamos, lo diré redondo y claro: que usted quiere a Beatriz más que a mí.
—¡Jesús!... ¿Y es eso lo que...?
—Pues no es justo, porque las dos le queremos lo mismo.
—Y yo también a vosotras por igual. ¿Pero de dónde sacas tú que yo...?
—Que a Beatriz le dice usted siempre las cosas más bonitas, y a mí
nada... Es que soy muy burra, y ella sabe..., tiene gramática... Por
eso, es para ella todito el mimo, y a mí: «Ándara, ¿tú que sabes? No
blasfemes...». Ya, ya sé que a mí no me estima nadie más que Ujo...
—Pues ahora no has dicho blasfemia, sino un gran desatino. ¡Querer yo
a la una más que a la otra! Si hay diferencia en el modo de tratarlas,
diferencia fundada en el natural de cada una, no la hay en el cariño
que les tengo. Tonta, ven acá, y si tienes sueño, porque anoche no
dormiste, arrímate a mí por este otro lado, y echa también un sueñecico.
—No, que es tarde —dijo Ándara, disipada ya su displicencia—. Si nos
descuidamos, no llegaremos de día.
—De día es ya imposible. Gracias que lleguemos a las nueve... Y esta
noche, buena cena: bellotas al natural.
—Aquellos sinvergüenzas nos limpiaron de veras. ¡Ah, si yo les cojo...!
—No injuries, no amenaces... Ea, ya esta se despierta. Vámonos. En
marcha.
Antes de las nueve, subían fatigados hacia el castillo, y arriba se
tendieron a la fresca. Ninguna molestia les había de ocasionar aquella
noche el hacer la cena, porque no tenían más provisiones que las
bellotas, las cuales fueron servidas inmediatamente, y devoradas con
la salsa de la necesidad más que del apetito. Y cuando empezaban a dar
gracias a Dios por la frugal colación que les había deparado, oyeron
ruido de voces hacia la base del monte, en la vecindad del pueblo.
¿Qué sería? Y no eran dos ni tres los que hablaban, sino mucha, mucha
gente. Asomose Ándara a la saetera y, ¡Virgen Santísima!, no solo oyó
el ruido más tumultuoso, sino que vio un resplandor como de hoguera que
subía, subía también con las voces.
—Viene gente —dijo a sus compañeros, poseída de pánico—. Y traen
hachos, o teas encendidas... Oigan el murmullo...
—Vienen a prendernos —balbució Beatriz, a quien se comunicaba el terror
de su compañera.
—¿A prendernos? ¿Por qué? En fin, pronto lo sabremos —dijo don
Nazario—. Sigamos rezando, que lo que fuere sonará.
Él rezaba, porque su enérgica voluntad a todo sentimiento se
sobreponía; pero ellas, azoradas, inquietas, temblorosas, no hacían más
que correr de aquí para allá, y tan pronto pensaban huir como gritar
pidiendo socorro... ¿Pero a quién, a quién? El cielo no tenía trazas
aquella noche de querer defenderlos, ocultándolos con una gasa de
niebla.
Y el tumulto subía, con el siniestro resplandor de los hachos. Ya se
oían las voces más claras, y risas y chacota; ya se entendían algunas
palabras. Venían hombres, mujeres y chiquillos, y estos eran los que
alumbraban con manojos de escajo seco, dándose y quitándose la lumbre,
con algazara de noche de san Juan.
—¿Pero qué? —murmuró Nazarín sin levantarse del suelo—. ¿Contra estas
tres pobres criaturas manda la autoridad un ejército?
Al llegar arriba la alborotada muchedumbre, las dos mujeres vieron la
pareja de Guardia civil. Ya no quedaba duda.
—Vienen por nosotros.
—Pues aquí estamos.
—Señores guardias —dijo Ándara—, ¿vienen en busca nuestra?
—A ti, y al moro Muza —replicó uno que debía de ser el alcalde, riendo,
como si la libertad o prisión de gente tan humilde fuera cosa de broma.
—¿En dónde está ese morito, que quiero verlo? —vociferó un tío muy
zafio, y muy gordo, destacándose del primer grupo.
—Si el que buscan soy yo —dijo Nazarín todavía en el suelo—, aquí me
tienen.
—Eh, buen amigo —dijo otro muy flaco—; mal aposentado está su
reverencia morisca en este castillo. Véngase a la cárcel.
Y diciéndolo le dio un fuerte puntapié.
—¡So cobarde! —gritó Ándara, inflamada en súbita cólera y saltando
hacia él como un tigre—, so canalla, ¿no ve que es humilde y se deja
coger?
Y con el cuchillo de pelar patatas le asestó tan tremendo golpe, que
si el arma tuviera filo y punta, lo pasara mal aquel gaznápiro. Así y
todo, le rasgó la manga de la blusa, y del brazo le sacó una tira de
pellejo. Abalanzose la multitud rugiente sobre la brava moza, que fue
defendida por la Guardia civil. Pero con tan nerviosa furia forcejeaba,
que tuvieron que atarla. En esto sintió que le tiraban de la falda, y
vio la cabeza andante de Ujo, que se escabullía por entre las piernas
de los civiles.
—Esto vos pasa, por no hacer lo que diz, caraifa. Pero te estimo, verás
que te estimo.
—Quítate allá, _jediondo_ —replicó Ándara, y le escupió en la cara.
Nazarín se había levantado, y con la mayor serenidad les dijo:
—¿A qué tanto ruido por prender a tres personas indefensas? Llévennos a
donde gusten. ¡Ay, mujer, qué mal has hecho! Para que Dios te perdone,
pídele perdón a este señor a quien has herido.
—¡Perdón de caraifa!
Ciega de ira, ardiendo en sanguinario frenesí, no sabía lo que hacía.
En marcha todo el mundo. Delante iba Ándara atada, rugiendo y
llevándose las manos a la boca para morder la cuerda; detrás el maestro
y Beatriz sueltos, rodeados de gente curiosa, impertinente y cruel.
Los civiles apartaban a la multitud. El hombre gordo, que iba junto a
Nazarín, se permitió decirle:
—¿Conque príncipe moro..., príncipe moro desterrado...? ¡Y se trae todo
su serrallo, concho!
El alcalde, que iba por el otro lado, junto a Beatriz, echose a reír
groseramente, corrigiendo la frase de su amigo:
—Tan moro es este como mi abuelo. Y a esta sultana la conozco yo de
Móstoles.
Beatriz y don Nazario no contestaban..., ni mirar siquiera. Por la
cuesta abajo, siguió la chacota y el escándalo. Más parecía aquello
bullanga de Carnaval, que prendimiento de malhechores. Como se apagaron
los hachos, tropezaban mujeres y chiquillos, caían y se levantaban,
y la cabeza de Ujo fue rodando en una de las vueltas. Risotadas,
cantos, dicharachos, todo era señal de fiesta para un pueblo en que
las ocasiones de divertimiento eran muy raras. Conceptuaban algunos
el caso como una broma, y habrían deseado que llegaran todos los días
moros descarriados que prender o cazar. La entrada en el pueblo fue
lo mejor de la función, porque todo el vecindario salió a las puertas
de las casas a ver a los misteriosos delincuentes reclamados por el
juez de Madrid. Volvieron los chicos a encender los escajos o aliagas
secas, y el humazo asfixiaba. Ándara, extenuada de fatiga, cesó al fin
en su vana protesta. Los otros dos presos aceptaban con silenciosa
resignación su desgracia.
Llamaban cárcel a una cuadra con rejas, en la parte baja del
Ayuntamiento. Se entraba por un patio. Despejó la Guardia civil la
puerta, y los presos fueron llevados a una sala, donde desataron a
Ándara. El alcalde, a quien la desmedida importuna afición a las
bromas no privaba de sentimientos humanitarios, les dijo que se les
prepararía de cenar, y llevando a Nazarín a una estancia próxima, no
menos destartalada y mísera que el aposento destinado a la custodia de
presos, sostuvo con él el diálogo que a continuación puntualmente se
transcribe.