En tanto, en la cárcel propiamente dicha, las dos mujeres, los dos
guardias civiles y algunas otras personas que se habían colado, entre
ellas el gran Ujo, hablaban familiarmente. Beatriz, desde que entraron,
llegose a uno de los guardias, alto, buen mozo, de agradable fisonomía
militar, y tocándole el brazo le dijo:
—Oye tú, ¿eres el preferente Mondéjar?
—Para servirte, Beatriz.
—¿Me has conocido?
—¡Pues no!
—Yo dudaba, y decía para entre mí: «Juraría que este es el preferente
Cirilo Mondéjar, que estuvo en Móstoles».
—Yo te conocí; pero no quise decirte nada. Me dio pena verte entre
esa gente. Y para que lo sepas, contigo no va nada, y tú estás en la
cárcel porque quieres. La orden de prisión es para él y la otra. A ti
te hemos traído por estar allá. En fin, el alcalde te dirá si te vas o
te quedas.
—Diga el alcalde lo que quiera, yo sigo con mis compañeros.
—¿Por tránsitos?
—Por lo que sea, y si ellos entran en la cárcel, yo también. Y si van a
la Audiencia, yo con ellos. Y si hay patíbulo, que nos ahorquen a los
tres.
—Beatriz, tú estás loca. Te dejaremos en Móstoles con tu hermana.
—He dicho que voy a donde don Nazario vaya, y que por nada del mundo
le abandono en su desgracia. Si yo pudiera, ¿sabes tú lo que haría?
Pues tomar para mí todas las penalidades que le esperan, las injurias
que han de decirle, y los malos tratos y castigos que ha de recibir...
¡Pero qué distraída estoy, Cirilo! No te había preguntado por Demetria,
tu mujer.
—Está buena.
—¡Mucho quiero yo a Demetria! Y dime, ¿cuántos niños tienes ya?
—Uno..., y otro que pronto ha de venir...
—Dios te los conserve... Serás feliz, ¿verdad?
—No hay queja.
—Pues mira, no ofendas a Dios, que podría castigarte.
—¿A mí? ¿Por que?
—Por perseguir a los buenos, y esto de los buenos no lo digo por mí.
—Lo dices por el preso. Nosotros, los guardias, nada tenemos que ver.
Eso el juez.
—El juez, y el alcalde y los guardias, todos sois unos. No tienen
conciencia, ni saben lo que es virtud... Y no lo digo por ti, Cirilo,
que eres buen cristiano. No perseguirás al escogido de Dios, ni
consentirás que los infames le martiricen.
—Beatriz, ¿estás loca, o qué te pasa?
—Cirilo, el loco eres tú, si consientes que tu alma se pierda por
ponerte del lado de los malos contra los buenos. Piensa en tu mujer, en
tus hijitos, y hazte cuenta de que para que el Señor te los conserve,
es preciso que tú defiendas la causa del Señor.
—¿Cómo?
Beatriz bajó la voz, pues aunque los demás presentes rodeaban a Ándara,
charlando y riendo al otro extremo de la prisión, temía que la oyesen.
—Pues muy sencillo. Cuando nos lleves presos, te harás el tonto y nos
escaparemos.
—Sí, y a lo tonto, os dejaré secos de un tiro. Beatriz, no digas
disparates. ¿Sabes tú lo que es la Ordenanza? ¿Conoces el Reglamento
de la Benemérita? ¡Y a buena parte vienes con esas bromas! Yo no falto
a mi deber por nada de este mundo, y antes que deshonrar mi uniforme,
consentiría en perderlo todo, la mujer y los hijos. Pone uno su honra
en esto, y no es uno, Beatriz, es el Cuerpo... ¡Qué más quisiera uno
que tener lástima! Pues no busques en toda la Fuerza un solo número que
la tenga, digo lástima, para cosas del servicio, porque no lo hallarás.
El Cuerpo no sabe lo que es compasión, y cuando el alma, que es la Ley,
le manda prender, prende, y si le manila fusilar, fusila.
Dijo esto con tan gallarda convicción y sinceridad el buen preferente,
y tan claro revelaban sus ojos, su ademán, su acento, el culto
fervoroso de la orden de caballería que profesaba, que la moza inclinó
su cabeza suspirando, y le dijo:
—Tienes razón, no sé lo que digo. Cirilo, no me hagas caso. Cada uno a
su religión.
Los curiosos abandonaron el rincón donde estaba Ándara, y se corrieron
al lado de Beatriz y el preferente. Junto a la otra no quedó más que
Ujo, que en pie alzaba poco más que la cintura de su amiga sentada.
—A lo que diba —le dijo cuando se vio solo con ella—. Mal te portéis
conmigo, caraifa... Yo pensé que eras más fina, caraifa... Pero manque
de fina no ties un pelo, y me has escupitado mismamente en la cara, yo
diz que te estimo... Manque me escupites otra vez, te lo diz.
—¿Que yo te escupí? —replicó Ándara jovial, repuesta ya del espasmo
de furia—. Sería sin pensarlo, chiquitín del pueblo, mi coquito, mi
_nanito_ gracioso. Es que yo soy así: cuando quiero decir que estimo,
escupo.
—¿Quies más? Pues cuando le pegaites la cuchillada a Lucas, el del
mesón..., te volvites guapa. Yo miraite, y no te conocéi, caraifa.
Porque tú seis fea, Ándara, y por fea y horrorosa te estimo yo,
caraifa, y me peleo con la Verba divina por defendeite, recaraifa.
—¡Viva mi renacuajo, mi caracol cabezudito! ¿Has dicho que el tío ese a
quien le tiré con el cuchillo es el mesonero?
—El tío Lucas.
—Me dijiste el otro día que vivías en el mesón.
—Pero mudeime ayer, porque una mula me arrimó una coz. Ahora vivo en
cas del tío Juan el herrero.
—¡Oh, y qué bien estará mi caracolito en casa del herrero! Pues mira,
caraifa: ¿tú dices que me estimas?
—Con alma.
—Pues para que yo te lo crea, vas a traerme de tu casa, de la casa del
herrero..., lo que yo te diga.
—¿Qué?
—Mucho jierro. Yo quiero jierro... Tú arréglatelas como puedas. Allí
habrá de todo. Me traerás clavos... No, clavos no... Sí, sí; un par de
clavos grandes, y también un cuchillo bueno; pero que corte, ¿sabes? Y
una lima..., pero que coma... Te lo traes todo bien guardadito, aquí
debajo de tu sayal, y...
Callaron, porque entró Nazarín acompañado del alcalde, y este,
echándoselas de hombre benévolo y humanitario, cualidades que no
excluían la dominante de la buena sombra, les dijo:
—Ahora, estas madamas van a cenar alguna cosita. Conste que la cena es
de mi bolsillo, porque en el presupuesto no lo hay. Y usted, reverendo
señor Nazarín, ya que no come, dé un poco de descanso a sus huesos...
Señores guardias, el preso nos da su palabra de no intentar escaparse.
¿Verdad, señor profeta? Y ustedes, señoras discípulas, mucho ojo. A
bien que tenemos aquí una cárcel que no nos la merecemos, con unas
rejas que ya las quisiera el Abanico de Madrid. Total, que como no haya
una chispa de milagro, de aquí no salen. Conque... los que han venido
a curiosear, están de más. Despéjenme la cárcel. Ujo, largo de aquí.
Despejaron, y solo permanecieron allí, además de los desgraciados
penitentes, el alcalde y el juez municipal, tratando de la conducta de
presos, que era forzoso aplazar un día para esperar a otros vagabundos
y criminales recogidos en la Villa del Prado y en Cadalso. Trajo
después el alguacil la cena, que Ándara y Beatriz apenas probaron, el
alcalde les dio las buenas noches, los guardias y el alguacil cerraron
con ruidoso voltear de llaves y corrimiento de cerrojos, y los tres
infelices presos pasaron la primera mitad de la noche rezando, y la
otra mitad durmiendo sobre las baldosas. El día siguiente les trajo el
consuelo de que muchas personas del pueblo se interesaron por su triste
situación, ofreciéndoles comida y ropas que no fueron aceptadas. Ujo se
ingeniaba para trepar a la reja del patio como una araña, y departía
con las dos mozas. Por la noche llegaron los otros presos que debían ir
también a Madrid, a saber: un mendigo viejo, acompañado de una niña,
cuya procedencia era objeto de las investigaciones de la justicia, y
dos hombres de muy mala facha, en quienes Nazarín reconoció al punto
a los vagabundos que les robaron la tarde aquella que precedió a la
noche de la captura. Ambos se habían escapado de la cárcel de Madrid,
en cuya Audiencia les seguían causa, al uno por parricidio, al otro por
robo sacrílego. A los cuatro les enchiqueraron en el mismo estrecho
local, donde apenas podían revolverse, por lo cual todos deseaban que
les sacaran al aire y diera principio la conducta. Por penosa que
esta fuera, nunca lo sería tanto como la aglomeración de cuerpos nada
limpios en un oscuro, reducido y malsano aposento.
A la siguiente mañana, tempranito, despachada la documentación,
se dispuso la marcha. Presentose el alcalde a despedir a Nazarín,
diciéndole con su habitual sorna:
—Lo cortés no quita lo valiente, señor profeta; no vea en mí más que el
amigo, un ciudadano de buen humor, a quien le hace mucha gracia usted
y su cuadrilla, y la _sombra_ con que ha convertido la vagancia en una
religión muy cómoda y muy desahogada..., ja, ja... Esto no es ofensa,
porque hay que reconocerle el talento, la trastienda... En fin, que
el tío es muy largo, pero muy largo, y yo siento que no haya querido
clarearse conmigo... Repito que no hay ofensa. ¡Si me ha sido usted muy
simpático!... No quiero que se vaya sin que quedemos amigos. Aquí le
traigo algunos víveres para que se los lleve en su morral.
—Gracias mil, señor alcalde.
—Y dígame: ¿no quiere algo de ropa, unos calzones míos, zapatos,
alpargatas...?
—Infinitas gracias. No necesito ropa, ni calzado.
—¡Vaya con el orgullo! Pues crea que es de corazón. Usted se lo pierde.
—Muy agradecido a sus bondades.
—Pues adiós. Sabe que aquí quedamos. Me alegraré que salga en bien, y
que siga su campaña. No crea, ya sacará discípulos, sobre todo si el
gobierno sigue recargando las contribuciones... Adiós... Buen viaje...
Niñas, divertirse.
Salieron, y como era tan de mañana, poca gente salió a despedirles. Al
frente de los curiosos se veía la cabeza oscilante de Ujo, el cual fue
dando convoy a la estimada de su corazón hasta donde la debilidad de
sus cortas piernas se lo permitía. Cuando tuvo que quedarse atrás, se
le vio arrimado a un árbol, con la mano en los ojos.
Los guardias echaron de delanteros a Nazarín y el anciano mendigo.
Seguían: la niña de este dando la mano a Beatriz, luego Ándara, y
detrás los dos criminales, atados codo con codo; a retaguardia los
civiles, fusil al hombro. La triste caravana emprendió su camino por
la polvorienta carretera. Iban silenciosos, pensando cada cual en sus
cosas, que eran, ¡ay!, tan distintas... Cada cual llevaba su mundo
entre ceja y ceja, y los caminantes o campesinos que al paso les veían,
formaban de todas aquellas existencias una sola opinión: «Vagancia,
desvergüenza, pillería».