IV

—¿Oyó usted anoche, desde su dormitorio, lo que hablamos Ándara y yo?

—No, mujer. Desde mis _aposentos_ no puede oírse nada. Además, dormí

profundamente. Es que... Anoche, cuando rezábamos, noté que te

equivocabas, que te distraías, tú que jamás te distraes ni te

equivocas. Luego observé en tus miradas un cierto temor... Comprendí

que en el pueblo, al bajar por agua, habías tenido un mal encuentro.

Hablaba tu cara casi tan claramente como lo habría hecho tu boca. Y

después..., bien lo dice tu rostro..., hubo temporal fuerte en tu

alma, rayos y truenos. Estas borrascas o luchas de las pasiones no se

pueden disimular: sus estragos son patentes, como en la naturaleza

los destrozos causados por un huracán. Has luchado... Satanás te

tocó en el corazón con su dedo tiznado del hollín de los infiernos, y

después te lo pasó por toda tu pobre humanidad. Los ángeles quisieron

defenderte. Tú no les dabas todo el terreno que necesitaban para la

batalla. Dudaste, dudaste mucho antes de decidir a quién darías el

terreno, y por fin...

Beatriz rompió a llorar amargamente.

—Llora, llora hasta que te vuelvas toda agua, que esa es la señal de

que los ángeles ganaron la batalla. Por hoy estás triunfante. Dispón

bien tu alma para que otra vez no vuelvas a verte en tales apreturas.

El mal te tenderá nuevas redes. Fortalécete para no caer en ellas.

Poco más necesitó decir la dolorida para poner en conocimiento de

Nazarín la historia de su encuentro con el Pinto, y el conflicto moral

que fue su consecuencia. Entre lágrimas y suspiros lo fue contando

todo, y agregó que su conciencia le daba ya las seguridades de no

volver a pecar ni aun con el pensamiento; que las horribles dudas no

volverían a trastornarla, ni el demonio a ponerle encima mano ni dedo.

Ándara no podía dejar de meter su cucharada en aquello, como en todo, y

oficiosamente dijo:

—Pues ya que esta escapó de tan feas tentaciones, escapemos nosotros

del cuchillo de ese maldito, que tan cierto como me llamo Ana, lo es

que el Pinto viene acá esta noche con sus matarifes, y a los tres nos

degüella.

—Sí, sí —añadió Beatriz—. La fuga nos salva. Podemos bajarnos muy

quedito por esta otra parte del cerro, que está cubierta de carrascas,

y nadie nos ve. Luego nos escabullimos por aquel monte, y cuando llegue

la noche ya estaremos a tres o cuatro leguas de distancia, y que venga

a buscarnos ese pillo.

—Y que lo hará como lo dice. ¡Buen punto está ese y los que vienen con

él! Vámonos, señor.

—Señor, vámonos sin tardanza.

—¡Huir..., huir! ¿Pero sois tontas, o habéis perdido el juicio? —dijo

Nazarín sereno y sonriente, después que las dejó desahogar su miedo—.

¡Huir nosotros, huir yo! ¿Y de quién? Huyen los criminales, no los

inocentes. Huyen los ladrones, no los que carecen de toda propiedad,

y entregan cuanto poseen a quien lo necesite. ¿Y por qué esa fuga?

¡Porque un hombre soberbio y despechado ha dicho que viene a matarnos!

Que venga en buen hora. Bien sé que, por nuestra humildísima condición,

la justicia humana no se cuidaría mucho de ampararnos. Pero la divina,

la eterna Justicia que así se manifiesta arriba como abajo, lo mismo en

los hechos culminantes que en los hechos menudos, ¿había de dejarnos

indefensos? Poca fe tenéis en la Justicia, poca fe en la protección

tutelar de Dios omnipotente, cuando así tembláis porque un villano nos

amenace. ¿No sabéis que los débiles son los fuertes, como los pobres

de solemnidad son los verdaderos ricos? No, hijas mías, no está bien

en nosotros la fuga, ni hemos de entregar las fortalezas de nuestras

conciencias, que siempre han de ser invencibles, y para esto forzoso es

que no temamos ni las persecuciones, ni los ultrajes, ni los martirios,

ni la muerte misma. Venga, pues, el tiranuelo que pretende degollarnos.

¿No hay más que inmolar a gente indefensa y que no hace mal a nadie?

De veras os digo, hijas mías, que si conforme viene ese desdichado por

instigación de Satanás, viniera el propio Satanás en persona seguido de

toda la patulea de los diablos más malos y feroces, yo no lo tendría

miedo ni me movería de este sitio. No tembléis, y aquí esperaremos

esta noche a esos señores sicarios, que vienen de parte de Herodes a

reproducir en nuestro siglo la degollación de los inocentes.

—Pero no sería malo —manifestó Ándara, cuyo amor propio y guerreros

instintos se enardecían con las palabras del maestro— que nos

preparáramos y nos surtiéramos de armas. ¡Peregrinos, a defenderse!

Yo, aunque sea con el cuchillo de pelar las patatas, algo he de

hacer, para que vean esos granujas que no se deja una descabezar tan

fácilmente.

—Yo no tengo más que mis tijeras, que ni cortan ni pinchan —dijo

Beatriz.

Y Nazarín, sonriendo, agregó:

—Ni tijeras ni puñales, ni escopetas certeras ni cañones terroríficos

necesitamos, pues tenemos mejores y más eficaces armas para todos

cuantos enemigos pueda desatar el infierno contra nosotros. Estad,

pues, tranquilas, y no dejéis vuestros quehaceres habituales en todo

el día. Si hay que bajar por agua, que vaya Ándara, y tú, Beatriz, te

quedas aquí. Haced como si nada ocurriera, ni nada temierais, y que

vuestros corazones estén alegres como vuestras conciencias sosegadas.

Ambas se tranquilizaron con estas palabras, y a Beatriz se le disipó el

neurosismo que desde la tarde anterior le amagara. Después del desayuno

ocupáronse en diversos menesteres: la una remendaba la ropa, la otra

preparaba los pucheros para la comida, o recogía leña en el monte

cercano. Por la tarde bajó Ándara, estuvo en la iglesia, recorrió todo

el pueblo pidiendo limosna, y no le fue mal. En una casa le dieron pan

duro en abundancia, y en otra un huevo, y en diversas partes cuartos

y hortalizas. Después fue a llenar su cántaro a la fuente, y se volvió

a su castillo cuando empezaba a cerrar la noche. Ningún mal encuentro

tuvo, y una sola de las personas que hablaron con ella le dijo algo que

la inquietó. ¿Qué persona era esta? Ahora lo sabremos.

Las dos veces que ella y Beatriz habían estado en la iglesia con

Nazarín, vieron en ella al más feo, deforme y ridículo enano que es

posible imaginar. Era también mendigo, y en la calle le encontraban,

siempre que ejercían la mendicidad. Entraba y salía el tal en las

casas ricas y pobres, como Pedro por la suya, y en todas era objeto de

chacota y befa. Le arrojaban los mendrugos de pan para verlos rebotar

en su cabeza enorme; le daban los andrajos más grotescos para que en

el acto se los pusiera; le hacían comer mil cosas inmundas a cambio de

dinero o cigarros, y los chicos del pueblo tenían con él un Carnaval

continuo. Iba el pobre a la iglesia para descansar de aquel ajetreo

fatigoso de su popularidad, y allí se estaba a las horas de misa o de

rosario, arrimado a un banco, o al pie de la pila de agua bendita. La

primera impresión que producía el verle era la de una cabeza que andaba

por sí, moviendo dos piececillos debajo de la barba. Por los costados

de un capisayo verde que gastaba, semejante a las fundas que cubren

las jaulas de machos de perdiz, salían dos bracitos de una pequeñez

increíble. En cambio, la cabeza era más voluminosa de lo regular,

feísima, con una trompa por nariz, dos alpargatas por orejas, unos

pelos lacios en bigote y barba, y ojuelos de ratón que miraban el uno

para el otro, porque bizcaban horriblemente. Su voz era como la de un

niño, el habla bárbara y maliciosa. Le llamaban _Ujo_, palabra que no

se sabe si era nombre o apellido, o las dos cosas juntas.

Los que entraban en la iglesia, sin tener noticia de aquella lastimosa

equivocación de la naturaleza, quedábanse aterrados, viendo avanzar a

tres cuartas del suelo una cabeza de gigante, y creían que era algún

demonio escapado del retablo de las Ánimas benditas. Tal creyó Beatriz

al verle por primera voz, y sus gritos alarmaron a la media docena de

beatas que en el templo había. Ándara se echó a reír, enzarzándose

con él en chicoleos. Desde entonces quedaron amigos, y siempre que se

veían, se saludaban:

—¿Cómo va?...

—No tan bien como tú... Y la familia, ¿buena?

Parecía que no; pero era un buen hombre, mejor dicho, un buen enano

o un buen monstruo, el pobre Ujo. Como que una tarde dio a Beatriz

dos naranjas, fruta rara en aquel país, y a la otra tres fresas, y un

puñado de guisantes de lo mucho que él sacaba dejándose embromar de

todo el mundo. Y les dijo que si estuvieran por allí en tiempo de la

uva, él les daría cuantos racimos quisieran. Inútil es decir que Ujo

conocía uno por uno a todos los habitantes del pueblo, y a cuantos lo

frecuentaban en días de mercado, pues era como parte integrante del

pueblo mismo, como la veleta de la torre, o el escudo del Ayuntamiento,

o el mascarón del caño de la fuente. No hay función sin tarasca, ni

aldea sin Ujo. Pues aquella tarde, después de saludar a Ándara en la

iglesia, sostuvo con ella el siguiente diálogo:

—¿Y tu compañera?

—Allá quedó.

—¡Qué guapa es, caraifa!... Y diz que favorece... Oye, caraifa, que

miréis lo que hacéis, vos los del castillo, y lo mejor que haríais era

_dirvos_ de aquí, que en el pueblo hay unos matarifes, caraifa, que

vos conocen, y diz que tú, la fea, como diz, fuiste allá mesmamente

pública, y _quillotra_, la guapa, tuvo lo que tuvo con Manolito, el

sobrino de la Vinagre, que es de acá, y a él le apellidan el _Pinto_. Y

diz que tú y ella, y _quillotro_, ese que paice un público moro, vos

ajuntáis para la ratería... No, si ya sé que es mentira; pero lo diz,

y el cuento es que de esta que traéis no saldrá cosa buena, caraifa...

Yo que tú, me quedaba; y que se jueran ellos, _quillotros_... Hazlo,

Ándara; yo te estimo... Aquí que no nos oyen, te diré que te estimo,

Ándara... El otro día, cuando te di el huevo, ¿te acuerdas? iba a

decirte: «Ándara, te estimo»; pero no me atreví, caraifa. ¿Quies otro

huevo? ¿Quies unos pocos de chicharrones?...

La moza no le dejó concluir, y escapó a la calle. ¡Vaya que decirle

aquellas cosas en la iglesia! ¡Maldito _nano_! Pero si las noticias de

la malquerencia del Pinto y de la opinión de ladrones que en el pueblo

tenían, la llenaba de inquietud y zozobra, la declaración que le espetó

Ujo en lugar sagrado, delante del Señor Santísimo y de las imágenes

benditas, la movió a risa. ¡Vaya con el renacuajo indecente, hombre

empezado, y persona sin concluir! ¡Ni que fuera ella una _monstrua_

como él! ¡Que la estimaba!, ja, ja... ¡Vaya con el feo, _jediondo_!

Cuesta arriba, hacia el castillo, se olvidó de la grotesca declaración

para no pensar más que en el peligro; pero en aquellas frescas y

despejadas alturas, la vista grata de sus compañeros despejó su ánimo

del miedo, y acordándose de la cara que ponía Ujo cuando se declaraba,

no podía tener la risa. Contó que le había salido un novio en la

santísima iglesia, y al decir que era el _nano_, don Nazario y Beatriz

rieron también, y con estas cosas pasaron agradablemente el tiempo

hasta la hora del rezo y la cena, que fue divertida porque nadie se

quería comer el huevo, y en vista de las tres negativas, acordaron

rifarlo. Así se hizo, y le tocó a Beatriz, que tampoco por designación

de la suerte admitía la preferencia, y al fin el maestro resolvió el

problema, partiéndolo en tres pedazos, o porciones iguales.

Avanzaba la noche, y la luna iluminaba espléndidamente los altos

cielos. Subió el moro a su atalaya, desde donde miraba más que al

firmamento, a la tierra, y lo mismo hacían las dos mozas, asomadas a un

resto de saetera, temerosas y vigilantes. Desde lo alto del descarnado

paredón que semejaba una mandíbula, Nazarín trataba de quitarles el

miedo con palabras alegres y hasta jocosas. Ave mística, recorría los

espacios de lo ideal, sin olvidar la realidad, ni el cuidado de sus

polluelos. En los flancos del monte, silencio profundísimo reinaba,

turbado a ratos por gemidos del viento acariciando los carcomidos

muros, o por el revuelo de alimañas nocturnas que en la maleza, o entre

las rocas del cimiento vivían.

Aunque el jefe de la comunidad penitente conservaba su ánimo sereno,

resolvió que velaran los tres toda la noche, para que no tuvieran que

despertarles los carniceros. Nada ocurrió hasta las doce, hora en

que creyeron sentir ruido de gente en la base del monte, ladrar de

perros... Sí, alguien subía. Pero los que fuesen estaban aún muy lejos.

Después cesó el ruido como si se retiraran, y a la media hora sonaba

más fuerte, bien determinado ya, como conversación de tres o cuatro

personas que empezaban a franquear la cuesta.

Don Nazario bajó de su torreón para observar de más cerca, y a poco

de estar los tres en acecho, notaron que no se veía bien el valle. Se

levantaba una nieblecilla que poco a poco se iba espesando, y nada de

lo de abajo pudo distinguirse, porque la claridad de la luna formaba,

al difundirse en la niebla, una opacidad lechosa. Las voces se oían más

cerca.

En menos de un cuarto de hora, la neblina creció en intensidad y

extensión, subiendo hasta envolver en su vago cendal como un tercio del

cerro. Las voces se alejaban. Media hora más, y la evaporación cubría

la mitad de la eminencia. La cúspide quedaba libre, y los que estaban

en ella, creíanse en un inmenso bajel flotando en un mar de algodón.

Las voces se perdieron.

V

Ordenándoles que se acostaran, Nazarín se quedó en vela, y estuvo

en oración hasta el amanecer, de cuya belleza no pudo disfrutar por

causa de la neblina. A las ocho, aún aparecía el valle cubierto del

manto vaporoso, y cuando Ándara y Beatriz salieron de sus gazaperas,

alabaron a Dios por aquel bendito socorro enviado tan a tiempo para

salvarles, porque indudablemente los infames asesinos quisieron subir,

y la oscuridad blanca les cerró el camino. Recomendoles Nazarín

que no empleasen contra nadie, ni aun contra sus mayores enemigos,

calificativos de odio; lo primero que les enseñaba era el perdón de

las ofensas, el amor de los que nos hacen mal, y la extinción de todo

sentimiento rencoroso en los corazones. El Pinto y compinches serían

malos o no. Esto, ¿quién lo sabía? Allá se entendieran con el Juez

Supremo. Ellas no debían juzgarles, no debían pronunciar contra ellos

palabra injuriosa, ni aun en el caso de verles blandiendo el cuchillo

para matarlas.

—Y por último, hijas mías, paréceme que prolongamos demasiado esta

holganza que la fatiga nos impuso. Mañana hemos de seguir nuestra

peregrinación, y hoy, último día que pasaremos en esta fondal

vivienda, saldremos a recorrer toda la orilla izquierda del río hasta

aquellas aldeas que desde aquí se divisan.

A poco de decir esto, oyeron una voz que subía, entonando alegre

cantar. Miraron y no veían a nadie; pero las dos mozas conocieron

aquella voz, aunque no recordaban a quién pertenecía. Por fin, entre

unos matojos distinguieron una cabeza carnavalesca, que ascendía por la

montaba.

—¡Si es Ujo, mi novio! —exclamó Ándara riendo—. Aquí viene el chiquitín

del mundo... Ujo, prenda, _nano_ mío, caraifa. ¿Dónde te has dejado el

cuerpecico? No vemos más que tu cabeza.

Cuando llegó arriba, no podía respirar el pobre monstruo. Doblando las

piernas, asentó sobre ellas su casi invisible cuerpo, y sobre este

irguió la cabezota. Como no tenía cuello, su barba casi tocaba las

tetillas. Traía gorra de soldado, y la funda verde de jaula de perdiz.

Sentado abultaba poco menos que en pie.

—¿Quieres comer algo, Ujito gracioso? —le dijo la moza—. ¿Qué traes por

acá?

—Na más que el aquel de decirte que te estimo, caraifa.

—Y yo a ti más, coquito, caracol de la casa. ¿Te has cansado? ¿Quieres

pan?

—No; traigo. Y pa ti este, que es de flor y huevo... Toma. Hola, _señá_

Beatriz; tío Zarín, Dios les guarde... Pues vengo a decirvos que vos

vaigáis... Anoche salieron pa subir acá el Pinto y _quillotros_; pero

por mor de la _neblija_ se golvieron. No vedían, caraifa. Hoy se han

dido con el vacuno..., mucha res, caraifa. Al toque de la primera

misa, se jueron... Pero no penséis que estéis seguros, caraifa. Anda

el run de que hay latrocinio... ¡Mentira! Yo te estimo, Ándara... Pero

desapartaos de la Guardia civila, pues diz que diz que si vos coge, vos

lleva como _relincuentes_ públicos y criminales, caraifa.

Nazarín le respondió que ellos no eran delincuentes, y que si la

Guardia por tales los tomaba, pronto se desengañaría, por lo cual ni

escapaban, ni dejarían de permanecer donde no estorbasen a nadie. El

_nano_, sin prestar gran atención a esta negativa, tiró a Ándara de la

falda para llevarla aparte, y le dijo:

—Se vaiga el moro con la mora, y quédate tú, fea, que a ti por fea no

te cogen, y yo te estimo... ¿No sabes que te estimo, Ándara? ¿Qué diz?

¿Que más feo yo? Caraifa, por eso. Tú fea, tú pública, yo te estimo...

Es la primera vez que estimo..., y eso dende que te vi, caraifa.

Las risotadas de la moza atrajeron a los otros, y el pobre Ujo,

corrido, no hacía más que decir:

—Dirvos, dirvos de aquí, y si no, veráislo... Latrocinio, Guardia

civila...

—El _nanito_ me estima. Dejarlo que lo diga... Es mi novio, ¿verdad?

Pues claro que me quedaré contigo, con mi galápago de mi alma, con mi

coquito. Di otra vez que me estimas. A una le gusta...

—Sí, te estimo —repitió Ujo rechinando los dientes, al notar que

Beatriz le miraba burlona—. Manque rabien, te estimo, caraifa.

Y echó a correr. Ándara le despedía con fuertes voces, y él enfurruñado

y dándose golpes en el cráneo bajó, más bien parecía que rodaba, sin

mirar a los tres habitantes del castillo. Los cuales una hora después

descendían por la parte opuesta al pueblo, y se encaminaban por la

margen izquierda del Perales, aguas abajo. Pasaron por donde este se

junta con el Alberche, y a poca distancia de la confluencia vieron

a unos labradores que estaban cavando viñas. Nazarín les propuso

ayudarles, por una limosnica, y si nada les daban, trabajarían lo

mismo, siempre que lo consintiesen. Los labradores, que parecían gente

acomodada y buena, entregaron a Nazarín una azada, a Beatriz otra, y a

la de Polvoranca un mazo para desterronar. Uno de ellos cogió del suelo

su escopeta, y a los pocos tiros que disparó en un matorro cercano,

cobró tres conejos, de los cuales ofreció uno a los penitentes.

—Señor —le dijo Nazarín—, esta viña le dará a usted un buen agosto.

Una de las mujeres trabó conversación con Beatriz, en un rato de

descanso, y le preguntó si Nazarín era su marido, y como respondiese

que no, y que ninguna de las dos era casada, se hizo muchas cruces

en la cara y pechos. Luego quiso averiguar si eran gitanos, o de

esos que andan por los pueblos componiendo sartenes... ¿Eran ellos

los que el año anterior estuvieron allí con un oso encadenado por la

ternilla, y un mico que disparaba la pistola? Tampoco; pues entonces,

¿qué demonches eran? ¿Pertenecían a la cristiandad, o a alguna _seta_

idólatra? Respondió Beatriz que por cristianos a machamartillo se

tenían, y que no podía decir más. Otra de las mujeres, muy adusta,

receló que los desconocidos vagabundos hicieran mal de ojo a una niña

encanijada y dormilona que en brazos llevaba. Hubo entre todos ellos

secreteo, y al fin, el de la escopeta llamó a Nazarín para decirle:

—Buen hombre, tenga esta perra y el gazapo, y lárguense de aquí, que la

Ufrasia se malicia que le embrujan la niña.

Sin oponer observación alguna a esta cruel despedida, se retiraron

callados y humildes.

—Soportemos la humillación en silencio, hijas mías, y consolémonos

mirando a nuestras conciencias.

Más allá encontraron, a otros hombres limpiando una charca o poceta,

que servía de abrevadero, y que el último temporal había llenado de

fango, raíces y materias arrastradas de próximos albañales. Brindose

Nazarín a trabajar, y su oferta fue aceptada. Mandáronle meterse hasta

la rodilla en la charca negra, y Ándara hizo lo mismo, recogiéndose las

enaguas hasta media pierna. Con cubos que el uno daba al otro y este a

un tercero, fueron vaciando aquel fétido betún mezclado de sustancias

en putrefacción, y los otros ayudaban con palas. Beatriz saltó dando

chillidos, al sentir que una culebra de a vara se le liaba en un pie.

Felizmente no era venenosa. Hubo risas, jarana, cazaron el ofidio, y

por fin el abrevadero quedó agotado en hora y media, y los penitentes

recibieron perra grande y chica por su penoso trabajo.

Fueron al río a lavarse las piernas de aquella inmundicia, y cuando

regresaban ya limpios a coger el camino, viéronse sorprendidos por

dos hombres de muy mala traza, caras famélicas y amarillas, las ropas

hechas girones, que salieron de un espeso matorral, y con voces

descompuestas les dieron el alto. Sin más explicaciones, uno de ellos,

mostrando descomunal navaja, les intimó a que dejasen allí cuanto

llevaban, ya fuese moneda, alhaja, o cosa de comer. El otro, que debía

de ser un terrible humorista, les dijo que ellos eran una pareja de la

Guardia civil disfrazada, y que tenían encargo del Gobierno de detener

a cuantos ladrones encontrasen, quitándoles los objetos robados. La

valerosa Ándara quiso protestar; pero Nazarín dispuso entregar todo,

pan, perras, gazapo, y los malditos les hicieron además un registro

minucioso, por virtud del cual, Beatriz se quedó sin tijeras y la otra

sin peine. Y no paró aquí la broma. Después de retirarse, a una orden

imperiosa de los bandidos, estos se permitieron la estúpida diversión

de apedrearlos, infiriéndole a Nazarín una ligera herida en el cráneo,

de la cual echó no poca sangre. Hubieron de volver al río, donde las

dos mozas le lavaron la cabeza, vendándosela después con dos pañuelos,

uno blanco, y encima el grande de cuadros que Beatriz solía llevar a la

cabeza. Con aquel turbante, nada le faltaba al fervoroso asceta para

completar su arábiga figura. Beatriz se puso la gorra de él, y ¡hala

para el castillo!

—Me parece —dijo Ándara— que ha entrado la mala. Hasta ahora todo

iba por la buena. Nos daban de comer, nos querían, nos obsequiaban,

hacíamos nuestras miajas de milagro en Móstoles, y en Villamanta nos

portábamos como los santos de Dios. La gente contenta, y bailándonos el

agua. Pero ya empiezan a salir los malos números; que esto de lo que a

una le pasa un día y otro, viene a ser como la lotería pública.

—Cállate, habladora, casquivana —le dijo Nazarín, que fatigado del

largo camino y del picor del sol, se sentó a la sombra de unas

encinas—. No confundas las divinas disposiciones con la lotería, que es

el acaso ciego. Si el Señor nos manda calamidades, Él sabrá por qué. No

salga de nuestros labios la más leve queja, ni dudemos un solo instante

de la misericordia de Nuestro Padre que está en los cielos.

Sentose Beatriz junto a él, y la de Polvoranca se puso a buscar por el

suelo bellotas. Callaban los tres sombríos y tristes. No se oía más que

el zumbido de las moscas del campo entre las encinas. Ándara se alejaba

y volvía. La de Móstoles rompió el silencio diciendo a su maestro:

—Señor, me asalta una idea, una idea...

—¿Presentimiento?

—Eso... Pienso que lo vamos a pasar muy mal, que padeceremos.

—También lo pienso yo.

—Si Dios lo quiere, sea.

—Padeceremos, sí, yo más que vosotras.

—¿Nosotras no? Pues eso no estaría bien. No, nosotras lo mismo, y si a

mano viene, más.

—No, dejadme a mí que padezca lo más.

—¿Y es de veras que lo piensa? ¿Lo adivina?

—Adivinar no. El Señor me lo dice en mi interior. Conozco su voz. Tan

cierto es, Beatriz, que padeceremos mucho, como que ahora es de día.

Nuevo silencio. Ándara se alejaba inclinándose, y recogía bellotas en

su falda.

Nazarín · 第 25 / 35 题