—¿Oyó usted anoche, desde su dormitorio, lo que hablamos Ándara y yo?
—No, mujer. Desde mis _aposentos_ no puede oírse nada. Además, dormí
profundamente. Es que... Anoche, cuando rezábamos, noté que te
equivocabas, que te distraías, tú que jamás te distraes ni te
equivocas. Luego observé en tus miradas un cierto temor... Comprendí
que en el pueblo, al bajar por agua, habías tenido un mal encuentro.
Hablaba tu cara casi tan claramente como lo habría hecho tu boca. Y
después..., bien lo dice tu rostro..., hubo temporal fuerte en tu
alma, rayos y truenos. Estas borrascas o luchas de las pasiones no se
pueden disimular: sus estragos son patentes, como en la naturaleza
los destrozos causados por un huracán. Has luchado... Satanás te
tocó en el corazón con su dedo tiznado del hollín de los infiernos, y
después te lo pasó por toda tu pobre humanidad. Los ángeles quisieron
defenderte. Tú no les dabas todo el terreno que necesitaban para la
batalla. Dudaste, dudaste mucho antes de decidir a quién darías el
terreno, y por fin...
Beatriz rompió a llorar amargamente.
—Llora, llora hasta que te vuelvas toda agua, que esa es la señal de
que los ángeles ganaron la batalla. Por hoy estás triunfante. Dispón
bien tu alma para que otra vez no vuelvas a verte en tales apreturas.
El mal te tenderá nuevas redes. Fortalécete para no caer en ellas.
Poco más necesitó decir la dolorida para poner en conocimiento de
Nazarín la historia de su encuentro con el Pinto, y el conflicto moral
que fue su consecuencia. Entre lágrimas y suspiros lo fue contando
todo, y agregó que su conciencia le daba ya las seguridades de no
volver a pecar ni aun con el pensamiento; que las horribles dudas no
volverían a trastornarla, ni el demonio a ponerle encima mano ni dedo.
Ándara no podía dejar de meter su cucharada en aquello, como en todo, y
oficiosamente dijo:
—Pues ya que esta escapó de tan feas tentaciones, escapemos nosotros
del cuchillo de ese maldito, que tan cierto como me llamo Ana, lo es
que el Pinto viene acá esta noche con sus matarifes, y a los tres nos
degüella.
—Sí, sí —añadió Beatriz—. La fuga nos salva. Podemos bajarnos muy
quedito por esta otra parte del cerro, que está cubierta de carrascas,
y nadie nos ve. Luego nos escabullimos por aquel monte, y cuando llegue
la noche ya estaremos a tres o cuatro leguas de distancia, y que venga
a buscarnos ese pillo.
—Y que lo hará como lo dice. ¡Buen punto está ese y los que vienen con
él! Vámonos, señor.
—Señor, vámonos sin tardanza.
—¡Huir..., huir! ¿Pero sois tontas, o habéis perdido el juicio? —dijo
Nazarín sereno y sonriente, después que las dejó desahogar su miedo—.
¡Huir nosotros, huir yo! ¿Y de quién? Huyen los criminales, no los
inocentes. Huyen los ladrones, no los que carecen de toda propiedad,
y entregan cuanto poseen a quien lo necesite. ¿Y por qué esa fuga?
¡Porque un hombre soberbio y despechado ha dicho que viene a matarnos!
Que venga en buen hora. Bien sé que, por nuestra humildísima condición,
la justicia humana no se cuidaría mucho de ampararnos. Pero la divina,
la eterna Justicia que así se manifiesta arriba como abajo, lo mismo en
los hechos culminantes que en los hechos menudos, ¿había de dejarnos
indefensos? Poca fe tenéis en la Justicia, poca fe en la protección
tutelar de Dios omnipotente, cuando así tembláis porque un villano nos
amenace. ¿No sabéis que los débiles son los fuertes, como los pobres
de solemnidad son los verdaderos ricos? No, hijas mías, no está bien
en nosotros la fuga, ni hemos de entregar las fortalezas de nuestras
conciencias, que siempre han de ser invencibles, y para esto forzoso es
que no temamos ni las persecuciones, ni los ultrajes, ni los martirios,
ni la muerte misma. Venga, pues, el tiranuelo que pretende degollarnos.
¿No hay más que inmolar a gente indefensa y que no hace mal a nadie?
De veras os digo, hijas mías, que si conforme viene ese desdichado por
instigación de Satanás, viniera el propio Satanás en persona seguido de
toda la patulea de los diablos más malos y feroces, yo no lo tendría
miedo ni me movería de este sitio. No tembléis, y aquí esperaremos
esta noche a esos señores sicarios, que vienen de parte de Herodes a
reproducir en nuestro siglo la degollación de los inocentes.
—Pero no sería malo —manifestó Ándara, cuyo amor propio y guerreros
instintos se enardecían con las palabras del maestro— que nos
preparáramos y nos surtiéramos de armas. ¡Peregrinos, a defenderse!
Yo, aunque sea con el cuchillo de pelar las patatas, algo he de
hacer, para que vean esos granujas que no se deja una descabezar tan
fácilmente.
—Yo no tengo más que mis tijeras, que ni cortan ni pinchan —dijo
Beatriz.
Y Nazarín, sonriendo, agregó:
—Ni tijeras ni puñales, ni escopetas certeras ni cañones terroríficos
necesitamos, pues tenemos mejores y más eficaces armas para todos
cuantos enemigos pueda desatar el infierno contra nosotros. Estad,
pues, tranquilas, y no dejéis vuestros quehaceres habituales en todo
el día. Si hay que bajar por agua, que vaya Ándara, y tú, Beatriz, te
quedas aquí. Haced como si nada ocurriera, ni nada temierais, y que
vuestros corazones estén alegres como vuestras conciencias sosegadas.
Ambas se tranquilizaron con estas palabras, y a Beatriz se le disipó el
neurosismo que desde la tarde anterior le amagara. Después del desayuno
ocupáronse en diversos menesteres: la una remendaba la ropa, la otra
preparaba los pucheros para la comida, o recogía leña en el monte
cercano. Por la tarde bajó Ándara, estuvo en la iglesia, recorrió todo
el pueblo pidiendo limosna, y no le fue mal. En una casa le dieron pan
duro en abundancia, y en otra un huevo, y en diversas partes cuartos
y hortalizas. Después fue a llenar su cántaro a la fuente, y se volvió
a su castillo cuando empezaba a cerrar la noche. Ningún mal encuentro
tuvo, y una sola de las personas que hablaron con ella le dijo algo que
la inquietó. ¿Qué persona era esta? Ahora lo sabremos.
Las dos veces que ella y Beatriz habían estado en la iglesia con
Nazarín, vieron en ella al más feo, deforme y ridículo enano que es
posible imaginar. Era también mendigo, y en la calle le encontraban,
siempre que ejercían la mendicidad. Entraba y salía el tal en las
casas ricas y pobres, como Pedro por la suya, y en todas era objeto de
chacota y befa. Le arrojaban los mendrugos de pan para verlos rebotar
en su cabeza enorme; le daban los andrajos más grotescos para que en
el acto se los pusiera; le hacían comer mil cosas inmundas a cambio de
dinero o cigarros, y los chicos del pueblo tenían con él un Carnaval
continuo. Iba el pobre a la iglesia para descansar de aquel ajetreo
fatigoso de su popularidad, y allí se estaba a las horas de misa o de
rosario, arrimado a un banco, o al pie de la pila de agua bendita. La
primera impresión que producía el verle era la de una cabeza que andaba
por sí, moviendo dos piececillos debajo de la barba. Por los costados
de un capisayo verde que gastaba, semejante a las fundas que cubren
las jaulas de machos de perdiz, salían dos bracitos de una pequeñez
increíble. En cambio, la cabeza era más voluminosa de lo regular,
feísima, con una trompa por nariz, dos alpargatas por orejas, unos
pelos lacios en bigote y barba, y ojuelos de ratón que miraban el uno
para el otro, porque bizcaban horriblemente. Su voz era como la de un
niño, el habla bárbara y maliciosa. Le llamaban _Ujo_, palabra que no
se sabe si era nombre o apellido, o las dos cosas juntas.
Los que entraban en la iglesia, sin tener noticia de aquella lastimosa
equivocación de la naturaleza, quedábanse aterrados, viendo avanzar a
tres cuartas del suelo una cabeza de gigante, y creían que era algún
demonio escapado del retablo de las Ánimas benditas. Tal creyó Beatriz
al verle por primera voz, y sus gritos alarmaron a la media docena de
beatas que en el templo había. Ándara se echó a reír, enzarzándose
con él en chicoleos. Desde entonces quedaron amigos, y siempre que se
veían, se saludaban:
—¿Cómo va?...
—No tan bien como tú... Y la familia, ¿buena?
Parecía que no; pero era un buen hombre, mejor dicho, un buen enano
o un buen monstruo, el pobre Ujo. Como que una tarde dio a Beatriz
dos naranjas, fruta rara en aquel país, y a la otra tres fresas, y un
puñado de guisantes de lo mucho que él sacaba dejándose embromar de
todo el mundo. Y les dijo que si estuvieran por allí en tiempo de la
uva, él les daría cuantos racimos quisieran. Inútil es decir que Ujo
conocía uno por uno a todos los habitantes del pueblo, y a cuantos lo
frecuentaban en días de mercado, pues era como parte integrante del
pueblo mismo, como la veleta de la torre, o el escudo del Ayuntamiento,
o el mascarón del caño de la fuente. No hay función sin tarasca, ni
aldea sin Ujo. Pues aquella tarde, después de saludar a Ándara en la
iglesia, sostuvo con ella el siguiente diálogo:
—¿Y tu compañera?
—Allá quedó.
—¡Qué guapa es, caraifa!... Y diz que favorece... Oye, caraifa, que
miréis lo que hacéis, vos los del castillo, y lo mejor que haríais era
_dirvos_ de aquí, que en el pueblo hay unos matarifes, caraifa, que
vos conocen, y diz que tú, la fea, como diz, fuiste allá mesmamente
pública, y _quillotra_, la guapa, tuvo lo que tuvo con Manolito, el
sobrino de la Vinagre, que es de acá, y a él le apellidan el _Pinto_. Y
diz que tú y ella, y _quillotro_, ese que paice un público moro, vos
ajuntáis para la ratería... No, si ya sé que es mentira; pero lo diz,
y el cuento es que de esta que traéis no saldrá cosa buena, caraifa...
Yo que tú, me quedaba; y que se jueran ellos, _quillotros_... Hazlo,
Ándara; yo te estimo... Aquí que no nos oyen, te diré que te estimo,
Ándara... El otro día, cuando te di el huevo, ¿te acuerdas? iba a
decirte: «Ándara, te estimo»; pero no me atreví, caraifa. ¿Quies otro
huevo? ¿Quies unos pocos de chicharrones?...
La moza no le dejó concluir, y escapó a la calle. ¡Vaya que decirle
aquellas cosas en la iglesia! ¡Maldito _nano_! Pero si las noticias de
la malquerencia del Pinto y de la opinión de ladrones que en el pueblo
tenían, la llenaba de inquietud y zozobra, la declaración que le espetó
Ujo en lugar sagrado, delante del Señor Santísimo y de las imágenes
benditas, la movió a risa. ¡Vaya con el renacuajo indecente, hombre
empezado, y persona sin concluir! ¡Ni que fuera ella una _monstrua_
como él! ¡Que la estimaba!, ja, ja... ¡Vaya con el feo, _jediondo_!
Cuesta arriba, hacia el castillo, se olvidó de la grotesca declaración
para no pensar más que en el peligro; pero en aquellas frescas y
despejadas alturas, la vista grata de sus compañeros despejó su ánimo
del miedo, y acordándose de la cara que ponía Ujo cuando se declaraba,
no podía tener la risa. Contó que le había salido un novio en la
santísima iglesia, y al decir que era el _nano_, don Nazario y Beatriz
rieron también, y con estas cosas pasaron agradablemente el tiempo
hasta la hora del rezo y la cena, que fue divertida porque nadie se
quería comer el huevo, y en vista de las tres negativas, acordaron
rifarlo. Así se hizo, y le tocó a Beatriz, que tampoco por designación
de la suerte admitía la preferencia, y al fin el maestro resolvió el
problema, partiéndolo en tres pedazos, o porciones iguales.
Avanzaba la noche, y la luna iluminaba espléndidamente los altos
cielos. Subió el moro a su atalaya, desde donde miraba más que al
firmamento, a la tierra, y lo mismo hacían las dos mozas, asomadas a un
resto de saetera, temerosas y vigilantes. Desde lo alto del descarnado
paredón que semejaba una mandíbula, Nazarín trataba de quitarles el
miedo con palabras alegres y hasta jocosas. Ave mística, recorría los
espacios de lo ideal, sin olvidar la realidad, ni el cuidado de sus
polluelos. En los flancos del monte, silencio profundísimo reinaba,
turbado a ratos por gemidos del viento acariciando los carcomidos
muros, o por el revuelo de alimañas nocturnas que en la maleza, o entre
las rocas del cimiento vivían.
Aunque el jefe de la comunidad penitente conservaba su ánimo sereno,
resolvió que velaran los tres toda la noche, para que no tuvieran que
despertarles los carniceros. Nada ocurrió hasta las doce, hora en
que creyeron sentir ruido de gente en la base del monte, ladrar de
perros... Sí, alguien subía. Pero los que fuesen estaban aún muy lejos.
Después cesó el ruido como si se retiraran, y a la media hora sonaba
más fuerte, bien determinado ya, como conversación de tres o cuatro
personas que empezaban a franquear la cuesta.
Don Nazario bajó de su torreón para observar de más cerca, y a poco
de estar los tres en acecho, notaron que no se veía bien el valle. Se
levantaba una nieblecilla que poco a poco se iba espesando, y nada de
lo de abajo pudo distinguirse, porque la claridad de la luna formaba,
al difundirse en la niebla, una opacidad lechosa. Las voces se oían más
cerca.
En menos de un cuarto de hora, la neblina creció en intensidad y
extensión, subiendo hasta envolver en su vago cendal como un tercio del
cerro. Las voces se alejaban. Media hora más, y la evaporación cubría
la mitad de la eminencia. La cúspide quedaba libre, y los que estaban
en ella, creíanse en un inmenso bajel flotando en un mar de algodón.
Las voces se perdieron.
V
Ordenándoles que se acostaran, Nazarín se quedó en vela, y estuvo
en oración hasta el amanecer, de cuya belleza no pudo disfrutar por
causa de la neblina. A las ocho, aún aparecía el valle cubierto del
manto vaporoso, y cuando Ándara y Beatriz salieron de sus gazaperas,
alabaron a Dios por aquel bendito socorro enviado tan a tiempo para
salvarles, porque indudablemente los infames asesinos quisieron subir,
y la oscuridad blanca les cerró el camino. Recomendoles Nazarín
que no empleasen contra nadie, ni aun contra sus mayores enemigos,
calificativos de odio; lo primero que les enseñaba era el perdón de
las ofensas, el amor de los que nos hacen mal, y la extinción de todo
sentimiento rencoroso en los corazones. El Pinto y compinches serían
malos o no. Esto, ¿quién lo sabía? Allá se entendieran con el Juez
Supremo. Ellas no debían juzgarles, no debían pronunciar contra ellos
palabra injuriosa, ni aun en el caso de verles blandiendo el cuchillo
para matarlas.
—Y por último, hijas mías, paréceme que prolongamos demasiado esta
holganza que la fatiga nos impuso. Mañana hemos de seguir nuestra
peregrinación, y hoy, último día que pasaremos en esta fondal
vivienda, saldremos a recorrer toda la orilla izquierda del río hasta
aquellas aldeas que desde aquí se divisan.
A poco de decir esto, oyeron una voz que subía, entonando alegre
cantar. Miraron y no veían a nadie; pero las dos mozas conocieron
aquella voz, aunque no recordaban a quién pertenecía. Por fin, entre
unos matojos distinguieron una cabeza carnavalesca, que ascendía por la
montaba.
—¡Si es Ujo, mi novio! —exclamó Ándara riendo—. Aquí viene el chiquitín
del mundo... Ujo, prenda, _nano_ mío, caraifa. ¿Dónde te has dejado el
cuerpecico? No vemos más que tu cabeza.
Cuando llegó arriba, no podía respirar el pobre monstruo. Doblando las
piernas, asentó sobre ellas su casi invisible cuerpo, y sobre este
irguió la cabezota. Como no tenía cuello, su barba casi tocaba las
tetillas. Traía gorra de soldado, y la funda verde de jaula de perdiz.
Sentado abultaba poco menos que en pie.
—¿Quieres comer algo, Ujito gracioso? —le dijo la moza—. ¿Qué traes por
acá?
—Na más que el aquel de decirte que te estimo, caraifa.
—Y yo a ti más, coquito, caracol de la casa. ¿Te has cansado? ¿Quieres
pan?
—No; traigo. Y pa ti este, que es de flor y huevo... Toma. Hola, _señá_
Beatriz; tío Zarín, Dios les guarde... Pues vengo a decirvos que vos
vaigáis... Anoche salieron pa subir acá el Pinto y _quillotros_; pero
por mor de la _neblija_ se golvieron. No vedían, caraifa. Hoy se han
dido con el vacuno..., mucha res, caraifa. Al toque de la primera
misa, se jueron... Pero no penséis que estéis seguros, caraifa. Anda
el run de que hay latrocinio... ¡Mentira! Yo te estimo, Ándara... Pero
desapartaos de la Guardia civila, pues diz que diz que si vos coge, vos
lleva como _relincuentes_ públicos y criminales, caraifa.
Nazarín le respondió que ellos no eran delincuentes, y que si la
Guardia por tales los tomaba, pronto se desengañaría, por lo cual ni
escapaban, ni dejarían de permanecer donde no estorbasen a nadie. El
_nano_, sin prestar gran atención a esta negativa, tiró a Ándara de la
falda para llevarla aparte, y le dijo:
—Se vaiga el moro con la mora, y quédate tú, fea, que a ti por fea no
te cogen, y yo te estimo... ¿No sabes que te estimo, Ándara? ¿Qué diz?
¿Que más feo yo? Caraifa, por eso. Tú fea, tú pública, yo te estimo...
Es la primera vez que estimo..., y eso dende que te vi, caraifa.
Las risotadas de la moza atrajeron a los otros, y el pobre Ujo,
corrido, no hacía más que decir:
—Dirvos, dirvos de aquí, y si no, veráislo... Latrocinio, Guardia
civila...
—El _nanito_ me estima. Dejarlo que lo diga... Es mi novio, ¿verdad?
Pues claro que me quedaré contigo, con mi galápago de mi alma, con mi
coquito. Di otra vez que me estimas. A una le gusta...
—Sí, te estimo —repitió Ujo rechinando los dientes, al notar que
Beatriz le miraba burlona—. Manque rabien, te estimo, caraifa.
Y echó a correr. Ándara le despedía con fuertes voces, y él enfurruñado
y dándose golpes en el cráneo bajó, más bien parecía que rodaba, sin
mirar a los tres habitantes del castillo. Los cuales una hora después
descendían por la parte opuesta al pueblo, y se encaminaban por la
margen izquierda del Perales, aguas abajo. Pasaron por donde este se
junta con el Alberche, y a poca distancia de la confluencia vieron
a unos labradores que estaban cavando viñas. Nazarín les propuso
ayudarles, por una limosnica, y si nada les daban, trabajarían lo
mismo, siempre que lo consintiesen. Los labradores, que parecían gente
acomodada y buena, entregaron a Nazarín una azada, a Beatriz otra, y a
la de Polvoranca un mazo para desterronar. Uno de ellos cogió del suelo
su escopeta, y a los pocos tiros que disparó en un matorro cercano,
cobró tres conejos, de los cuales ofreció uno a los penitentes.
—Señor —le dijo Nazarín—, esta viña le dará a usted un buen agosto.
Una de las mujeres trabó conversación con Beatriz, en un rato de
descanso, y le preguntó si Nazarín era su marido, y como respondiese
que no, y que ninguna de las dos era casada, se hizo muchas cruces
en la cara y pechos. Luego quiso averiguar si eran gitanos, o de
esos que andan por los pueblos componiendo sartenes... ¿Eran ellos
los que el año anterior estuvieron allí con un oso encadenado por la
ternilla, y un mico que disparaba la pistola? Tampoco; pues entonces,
¿qué demonches eran? ¿Pertenecían a la cristiandad, o a alguna _seta_
idólatra? Respondió Beatriz que por cristianos a machamartillo se
tenían, y que no podía decir más. Otra de las mujeres, muy adusta,
receló que los desconocidos vagabundos hicieran mal de ojo a una niña
encanijada y dormilona que en brazos llevaba. Hubo entre todos ellos
secreteo, y al fin, el de la escopeta llamó a Nazarín para decirle:
—Buen hombre, tenga esta perra y el gazapo, y lárguense de aquí, que la
Ufrasia se malicia que le embrujan la niña.
Sin oponer observación alguna a esta cruel despedida, se retiraron
callados y humildes.
—Soportemos la humillación en silencio, hijas mías, y consolémonos
mirando a nuestras conciencias.
Más allá encontraron, a otros hombres limpiando una charca o poceta,
que servía de abrevadero, y que el último temporal había llenado de
fango, raíces y materias arrastradas de próximos albañales. Brindose
Nazarín a trabajar, y su oferta fue aceptada. Mandáronle meterse hasta
la rodilla en la charca negra, y Ándara hizo lo mismo, recogiéndose las
enaguas hasta media pierna. Con cubos que el uno daba al otro y este a
un tercero, fueron vaciando aquel fétido betún mezclado de sustancias
en putrefacción, y los otros ayudaban con palas. Beatriz saltó dando
chillidos, al sentir que una culebra de a vara se le liaba en un pie.
Felizmente no era venenosa. Hubo risas, jarana, cazaron el ofidio, y
por fin el abrevadero quedó agotado en hora y media, y los penitentes
recibieron perra grande y chica por su penoso trabajo.
Fueron al río a lavarse las piernas de aquella inmundicia, y cuando
regresaban ya limpios a coger el camino, viéronse sorprendidos por
dos hombres de muy mala traza, caras famélicas y amarillas, las ropas
hechas girones, que salieron de un espeso matorral, y con voces
descompuestas les dieron el alto. Sin más explicaciones, uno de ellos,
mostrando descomunal navaja, les intimó a que dejasen allí cuanto
llevaban, ya fuese moneda, alhaja, o cosa de comer. El otro, que debía
de ser un terrible humorista, les dijo que ellos eran una pareja de la
Guardia civil disfrazada, y que tenían encargo del Gobierno de detener
a cuantos ladrones encontrasen, quitándoles los objetos robados. La
valerosa Ándara quiso protestar; pero Nazarín dispuso entregar todo,
pan, perras, gazapo, y los malditos les hicieron además un registro
minucioso, por virtud del cual, Beatriz se quedó sin tijeras y la otra
sin peine. Y no paró aquí la broma. Después de retirarse, a una orden
imperiosa de los bandidos, estos se permitieron la estúpida diversión
de apedrearlos, infiriéndole a Nazarín una ligera herida en el cráneo,
de la cual echó no poca sangre. Hubieron de volver al río, donde las
dos mozas le lavaron la cabeza, vendándosela después con dos pañuelos,
uno blanco, y encima el grande de cuadros que Beatriz solía llevar a la
cabeza. Con aquel turbante, nada le faltaba al fervoroso asceta para
completar su arábiga figura. Beatriz se puso la gorra de él, y ¡hala
para el castillo!
—Me parece —dijo Ándara— que ha entrado la mala. Hasta ahora todo
iba por la buena. Nos daban de comer, nos querían, nos obsequiaban,
hacíamos nuestras miajas de milagro en Móstoles, y en Villamanta nos
portábamos como los santos de Dios. La gente contenta, y bailándonos el
agua. Pero ya empiezan a salir los malos números; que esto de lo que a
una le pasa un día y otro, viene a ser como la lotería pública.
—Cállate, habladora, casquivana —le dijo Nazarín, que fatigado del
largo camino y del picor del sol, se sentó a la sombra de unas
encinas—. No confundas las divinas disposiciones con la lotería, que es
el acaso ciego. Si el Señor nos manda calamidades, Él sabrá por qué. No
salga de nuestros labios la más leve queja, ni dudemos un solo instante
de la misericordia de Nuestro Padre que está en los cielos.
Sentose Beatriz junto a él, y la de Polvoranca se puso a buscar por el
suelo bellotas. Callaban los tres sombríos y tristes. No se oía más que
el zumbido de las moscas del campo entre las encinas. Ándara se alejaba
y volvía. La de Móstoles rompió el silencio diciendo a su maestro:
—Señor, me asalta una idea, una idea...
—¿Presentimiento?
—Eso... Pienso que lo vamos a pasar muy mal, que padeceremos.
—También lo pienso yo.
—Si Dios lo quiere, sea.
—Padeceremos, sí, yo más que vosotras.
—¿Nosotras no? Pues eso no estaría bien. No, nosotras lo mismo, y si a
mano viene, más.
—No, dejadme a mí que padezca lo más.
—¿Y es de veras que lo piensa? ¿Lo adivina?
—Adivinar no. El Señor me lo dice en mi interior. Conozco su voz. Tan
cierto es, Beatriz, que padeceremos mucho, como que ahora es de día.
Nuevo silencio. Ándara se alejaba inclinándose, y recogía bellotas en
su falda.