Al anochecer, subía la moza por la enriscada pendiente con tal
agitación en su alma, y en sus piernas tan grande flojedad, que hubo
de quitarse el cántaro de la cabeza, y sentarse en el suelo, para
cobrar aliento. ¿Qué le había pasado en la fuente del pueblo, situada
entre la espesura de una chopera próxima al río? Pues ocurrió un hecho
inesperado, de absoluta insignificancia en la vida total, mas para
Beatriz de una gravedad extrema, uno de esos hechos que en la vida
individual equivalen a un cataclismo, diluvio, terremoto, o fuego del
cielo. ¿Qué era?... Nada, ¡que había visto al Pinto!
El Pinto fue su amor y su tormento, el burlador de su honra, el
estímulo de sus esperanzas, el que había despertado en su alma ensueños
de ventura, y despechos ardientes. Y cuando ella había conseguido, si
no olvidarle, ponerle en segundo término en su pensamiento, cuando con
aquel ascetismo y las saludables guerras de la caridad había conseguido
curar el mal profundo de su alma, se le presentaba el indino, para
quitarle toda su cristiandad, y precipitarla otra vez en los abismos.
¡Maldito Pinto, y maldita la hora en que a ella se le ocurrió bajar a
la fuente!
Esto lo pensaba en aquel descanso que se tomó a mitad de la cuesta. Aún
creía estarle viendo, en su aparición súbita a dos pasos de la fuente,
cuando ya ella volvía con el cántaro lleno en la cabeza. Él la llamó
por su nombre, y ella echó mano al cántaro, que tambaleándose, estuvo a
punto de caerse. La impresión fue tal que se quedó como muerta en pie,
y no podía moverse ni articular palabra.
—Ya sabía que andabas por aquí, mala cría —le había dicho él, las manos
metidas en los bolsillos de la chaquetilla o blusa, el aire jaquetón,
la voz dura, mezcla extraña de enojo y desprecio—. Ya te vi ayer, ya
te vi bajar al pueblo con un prójimo harapiento que parece el moro de
los dátiles, y una mujer más fea que Tito... ¿Qué vida haces, loca?
¿Con qué zurrapas andas? Bien te dije que te habías de ver perdida,
pidiendo limosna, como una callejera vergonzante o sin vergüenza...,
y así ha salido. Ya sé, ya sé, grandísima puerca, que te escapaste
de Móstoles, con ese que diz que es apóstol, y que echa los mesmos
demonios con la santiguación del misal, y viceversa los vuelve a meter.
—¡Pinto, Pinto, por Dios —había respondido ella recobrando al fin el
uso de la palabra—, déjame en paz! Yo concluí contigo y con el mundo.
No me hables, sigo mi camino.
—Espérate un poco..., siquiera por la educación, mujer. ¿Semos o no
semos personas cabales? Oye: yo siempre te quiero. Descalza y hecha
un ánima del purgatorio, como estás, te quiero, Beatriz. La ley es la
misma. ¿Sabes lo que te digo? Que no te perdono el alternar con ese
fantasma... ¿Quieres volverte conmigo a Móstoles?
—No, de ninguna manera.
—Piénsalo, Beatriz; yo te mando que lo calcules, mujer. Mira que me
darías que sentir. Yo, verbigracia, te quiero; pero ya sabes que gasto
un genio muy bravo. Es mi ley. He venido a este pueblo con Gregorio
Portela y los dos Ortiz a comprar ganado para el matadero de Madrid, y
viceversa tenemos que volvernos allá mañana a la noche. En el mesón del
tío Lucas, ¿sabes?, te espero mañana en todo el día para estar contigo
en particular, y que hablemos de nuestra comenencia... Que vayas,
Beatriz.
—No iré; no me esperes.
—Que vayas te digo. Ya sabes que yo, cuando digo lo que digo, lo digo...
diciéndolo, quiere decirse, como el que sabe hacer lo que dice.
—No me esperes, Manuel.
—Que vayas... Por la cuenta que te tiene, Beatriz, no seas terca, y
arrepara en tu honor, que está tirado como una alpargata vieja por los
caminos. Vas y hablamos. ¿No vas? Pues a la noche subo con mis amigos
al castillo, donde sé que paráis, y pasamos a cuchillo al apóstol y a
la _apóstola_, y a toda la corte infernal de los abismos celestiales...
Ea, con Dios. Sigue tu camino.
Esto fue lo que hablaron y nada más. Muerta de miedo se dirigió la
infeliz moza a su salvaje morada, y su temor se aumentaba creyendo
sentir tras sí las pisadas de Pinto. No era, no: pero en la oscuridad
de la noche creía verle amenazador, bien plantado, eso sí, fiero y
despótico, dominándola por el terror como por el deleite la dominara
antes. Un poco se serenó en el breve descanso que hizo a mitad de la
cuesta; pero apartar no podía de su pensamiento el bárbaro mandato de
aquel hombre, ni su imagen imborrable, el cuerpo muy derecho, la ropa
ceñida, a estilo torero, la cara hermosa, cetrina y bien afeitada, los
ojos que despedían lumbre, junto a la boca un lunar de pelo muy rizado,
que parecía un borlón.
Al llegar arriba, la primera idea de Beatriz fue contar al beato
Nazarín lo ocurrido. Pero un secreto inexplicable impulso, cuyo
origen desconocía, la hizo enmudecer. Comprendiendo que no referir el
suceso era una falta, la cohonestó con el aplazamiento, y se dijo:
«Cuando cenemos se lo contaré». Pero cenaron, y en el momento de
romper a decirlo, sentía como si echaran un candado a su lengua. Era
una discreción, una cautela que de las profundidades de su instinto
salía, y la infeliz mujer no hallaba en su sinceridad fuerza igual que
oponerle.
Y, ¡qué casualidad!, aunque hablar quisiera con el padre Nazarín no
podría. Ved aquí por qué. Uno de los ángulos de la torre principal del
castillo permanecía en pie, desafiando siglo tras siglo el furor de las
tempestades y la injuria del tiempo. Desde lejos parecía un hueso,
la mandíbula de un inmenso animal. Componíase de gruesos sillares
descarnados, pero bien sujetos uno contra otro, y por un lado formaban
lo que de lejos tenía apariencias de encía, al modo de peldaños, por
donde no era difícil subir hasta las piedras más altas. En estas había
un hueco bastante capaz para acomodarse una persona, y era la mejor
atalaya para dominar cielo y tierra. Pues allá trepó Nazarín, y se
acostó en las piedras últimas, echando la cabeza para atrás, los pies
colgando sobre el abismo, iluminada por la luna, que ya era llena, su
escueta figura, la cabeza, manos y pies aparecían como de una cerámica
recocha, recortándose sobre el cielo. Nunca se vio más patente el tipo
arábigo que en aquella ocasión y postura. Se le tomaría por un santo
profeta, que buscando el aislamiento en los altos espacios, a donde
no llegaran el ruido y las vanidades del mundo, no se creyera seguro
hasta no usurpar sus nidos a las cigüeñas, su espigón a las veletas de
las torres. Las dos mozas miraron, y le vieron en aquella eminencia,
coronado de las estrellas, orando quizás, o dejando volar sus ideas por
las inmensidades del cielo para recoger con ellas la verdad.
Beatriz, en tanto, a la tierra miraba con los ojos del alma más que
con los del cuerpo, y mientras su señor se recreaba en la contemplación
del firmamento, y en tender sus ideas por él, ocupando no menos espacio
que el de las muchedumbres siderales, ella sostenía en su espíritu una
lucha horrenda. Diéranle a curar a todos los leprosos de la tierra, y
a los enfermos más inmundos, y lo preferiría a la turbación de aquella
interna batalla y a las probables consecuencias de ella. Desde el
pueblo la llamaba una tentación de poderosa virtud magnética, y algo
sentía dentro de sí que la mandaba obedecer el reclamo del Pinto.
Contarle todo a don Nazario era lo prudente, lo recto, lo cristiano;
pero si se lo contaba no podría ir, y si no se lo contaba y a la
cita acudía, ¡adiós gracia, adiós méritos ganados por su alma en
aquella vida de penitencia! Pues otra: si no iba, el Pinto cumpliría
su terrible amenaza. De modo que el gusto de ir se le acibaraba con
la reprobación de su conciencia, y el triunfo de esta, si no iba,
sería causa de la muerte de todos. ¿Qué era lo mejor? ¿Ir o no ir?
¡Espantoso dilema! Ni la virtud le valía, pues si sofocaba la pícara
tentación que como un rabillo de diablo trazaba ondas de venenoso fuego
por todo su ser, si se conservaba buena y honrada, el otro subía, y
no dejaba títere con cabeza. Y si bajaba, y se perdía para siempre,
¿con qué cara se volvía a presentar al buen Nazarín y a pedirle que
la perdonara? No, no, ¡qué vergüenza! No, no podría volver a verle. Y
luego, la infeliz quedaría para siempre sometida al capricho y a las
volubilidades de aquel demonio... No, no... Esta idea, este miedo de un
porvenir tan vergonzoso como había sido el pasado, la decidió. ¡Gracias
a Dios! Sin duda Cristo y la Virgen, a quienes invocó, la oyeron y le
inspiraron la buena solución: contar todo a su maestro, y arrostrar las
consecuencias de la venganza del Pinto.
Bajó el árabe de su atalaya, fue Beatriz derecha a él con ánimo de
revelarle su conflicto, y otra vez sintió el candado en su boca.
No dijo nada. Durante la cena, haciendo esfuerzos por vencer su
repugnancia de la comida y aparentar serenidad, teníase por la más mala
y depravada mujer del mundo. Y mientras rezaban, sentía dificultad
para pronunciar las palabras más dulces de la oración dominical. Su
mal constitutivo empezó a hacerle guiños en diferentes partes de
su cuerpo, y a remover el sedimento dejado en él por los demonios
fugitivos... Sintió recónditos instintos de destrozar algo, y luego
pánico indecible. Tuvo que actuar sobre sí con toda su voluntad, o la
parte de ella disponible, para no saltar, para no salir de estampida
aullando como las fieras, o precipitarse por aquellos despeñaderos
hasta caer deshecha en el fondo del valle. Felizmente, no llegó a estos
extremos, y consiguió encadenar sus nervios, y contener el rebelado
mal, invocando, para que la auxiliasen, a la Virgen María y a todos
los santos de su devoción. Al acostarse, se sintió más tranquila y con
ganitas de llorar.
Como en aquel local anchuroso tenían habitaciones de sobra, o sea
multitud de huecos muy abrigados y con independencia, las dos hembras
se acostaron en una _alcoba_, y en otra, separada de la primera por
gruesos muros, el benditísimo Nazarín, que no tardó en coger un
sueño sosegado. La de Móstoles, en cambio, no podía dormir, y tantas
vueltas dio en la cama, y tan angustiosos eran sus ayes, suspiros y
exclamaciones de pena, como si a solas hablara, que Ándara hubo de
desvelarse también, y la interrogó. Picotearon, y palabra tras palabra,
la curiosidad hurgando la confianza, al fin Beatriz contó el caso a su
compañera, sin omitir sus horribles dudas y tentaciones.
—Nada, cantas claro, y que don Nazarín lo sepa todo —dijo Ándara—.
¡Pues mira que si el bruto de Pinto sube aquí y nos mata! Capaz es. ¿Y
quién habrá de defendernos, si somos unos pobretes que no valemos nada
en el mundo? Nuestro santo lo dirá... Con este, no hay cuidado. Verás
cómo saca de su cabeza alguna _cencia_ para que, sin hacer tú maldades,
los tres salvemos la pelleja.
Charlando estuvieron hasta la madrugada, en que rendidas del cansancio,
quedáronse dormidas. Cuando despertaron, ya hacía más de una hora que
Nazarín se había encaramado en su atalaya para ver salir el sol.
Ándara dijo a su compañera:
—Llámale, y cuando baje se lo cuentas.
Entonces Beatriz, inundada de un gozo inefable, reconoció que había
caído de su boca el candado que la impidiera revelar al maestro
su desdicha; sintió libres las palabras, antes esclavas de un mal
pensamiento, y no queriendo esperar a que Nazarín bajara, le llamó con
grandes voces:
—Señor, señor, baje, que tengo que hablarle.
—Allá voy —respondió el clérigo, saltando por los sillares—; pero no
tengas prisa, mujer, que tiempo hay. Ya sé para qué me quieres.
—¿Cómo lo sabe si aún no lo he dicho?
—No importa. Ea, ya me tienes aquí. Conque ¿decías que...? Hija,
gracias a Dios que hablas. A ti te pasó algo ayer.
—Pero, señor, ¿cómo lo sabe? —preguntó Beatriz asombrada.
—Yo me entiendo.
—¿Acaso lo adivinó? ¿Usted sabe lo que no ha visto, lo que no le han
dicho?
—A veces, sí... Según quien sea la persona a quien le pasa lo que no
veo.
—¿Pero de veras, adivina...?
—Esto no es adivinar..., es... saber...