Mientras que Nazarín parecía connaturalizado con la fétida atmósfera
de las lóbregas estancias, con la espantable catadura de los enfermos,
y con la suciedad y miseria que les rodeaba, Ándara y Beatriz no
podían hacerse, no, no podían, infelices mujeres, a una ocupación que
instantáneamente las elevaba de la vulgaridad al heroísmo. Habían
visto, del ideal religioso, tan solo lo bonito y halagüeño; veían ya la
parte impregnada de verdad dolorosa. Beatriz lo expresaba en su tosco
lenguaje:
—Eso de irse al cielo, muy pronto se dice; ¿pero por dónde y por qué
caminos se va?
Ándara llegó a adquirir una actividad estúpida. Se movía como una
máquina, y desempeñaba todos aquellos horribles menesteres casi de
un modo inconsciente. Sus manos y pies se movían _de por sí_. Si la
hubieran en otro tiempo condenado a tal vida, poniéndola en el dilema
de adoptarla o morir, habría preferido mil veces que le retorcieran el
pescuezo. Procedía bajo la sugestión del beato Nazarín, como un muñeco
dotado de fácil movimiento. Sus sentidos estaban atrofiados. Creía
imposible volver a comer.
Beatriz obraba conscientemente, ahogando su natural repugnancia por
medio de un trabajo mental de argumentación, sacado de las ideas y
frases del maestro. Era por naturaleza más delicada que la otra, de
epidermis más fina, de más selecta complexión física y moral, y de
gustos relativamente refinados. Pero en cambio de esta desventaja,
poseía energías espirituales con que vencer su flaqueza e imponerse
aquel durísimo deber. Evocando su fe naciente, la avivaba como se
aviva y agranda un débil fuego a fuerza de soplar sobre él; sabía
remontarse a una esfera psicológica vedada para la otra, y en sí misma,
en su aprobación interior y en el gozo del bien obrar, encontraba
consuelos que la otra pedía a su amor propio sin recibirlos en
proporción de tan gran sacrificio. Por esta diferencia, al llegar la
noche, la de Polvoranca se rindió displicente, aunque sin dar su brazo
a torcer; la de Móstoles se rindió gozosa, como soldado herido que no
se cura más que del honor.
El árabe manchego sí que no se rendía. Infatigable hasta lo sublime,
después de haber estado todo el día revolviendo enfermos, limpiándoles,
dándoles medicinas, viendo morir a unos en sus brazos, oyendo los
conceptos delirantes de otros, al llegar la noche no apetecía más
descanso que enterrar los doce muertos que esperaban sepultura. Así
lo propuso al alcalde, diciéndole que con dos hombres que le ayudaran
bastaría, y que si no había más que uno, ya se arreglaría con él y con
las dos mujeres. Autorizole el representante del pueblo para que se
despachase a su gusto, admirado de tanta diligencia y religiosidad, y
_puso a su disposición_ el cementerio, como se ofrece a un invitado la
sala de billar para que juegue, o el salón de música para que toque.
Ayudado de un viejo taciturno y al parecer idiota, que, según se
supo después, era pastor de guarros; ayudado también de Beatriz, que
quiso apurar el sacrificio y adiestrarse en tan horrenda como eficaz
escuela, Nazarín empezó a sacar muertos de las casas, y los llevaba a
cuestas, por no tener angarillas, y los iba dejando sobre la tierra,
hasta que estuvieron todos reunidos. La penitente y el pastor cavaban,
y el alcalde iba y venía, echando una mano a cualquier dificultad,
y encargando que no se hiciera de mogollón, como en las obras
municipales, sino todo a conciencia, los cuerpos al fondo y la tierra
bien puestecita encima. Ándara se había ido a dormir tres horas,
pasadas las cuales, se levantaría para que su compañera se acostase
otro tanto tiempo. Esto disponía el jefe, para no agotar las fuerzas de
su aguerrida mesnada.
Y concluidos los entierros, el heroico Nazarín, sin tomar más alimento
que un poco de pan y agua de lo que le brindó el alcalde, volvió a las
pestilentes casas de los enfermos, a cuidarles, a decirles palabras de
consuelo si podían oírlas, y a limpiarles y darles de beber. Asistió
Ándara desde media noche a tres niñas hermanas, que habían perdido a su
madre de la misma enfermedad; don Nazario a una mujerona que deliraba
horriblemente, y a un mozalbete del cual decían que era muy guapo, mas
ya no se le conocía la hermosura debajo de la máscara horrible que
ocultaba su rostro.
Amaneció sobre tanta tristeza, y el nuevo día llevó al ánimo de las
dos mujeres un mayor dominio de la situación, y más confianza en
sus propias fuerzas. Una y otra creían haber pasado largo tiempo en
aquella meritoria campaña; y es que los días crecen en proporción de
la cantidad y extensión de vida que en ellos se desarrolla. Ya no les
causaban tanto horror las caras monstruosas, ya no temían el contagio,
ni sentían tan viva en sus nervios y estómago la protesta contra
la podredumbre. El médico hizo justicia al celo piadoso de los tres
penitentes, diciendo al alcalde que aquel hombre de facha morisca y sus
dos compañeras habían sido para el vecindario de Villamantilla como
ángeles bajados del cielo. Antes de medio día, sonaron las campanas de
la iglesia en señal de regocijo público; y fue que se supo llegaría
pronto el socorro enviado desde Madrid por la Dirección de Beneficencia
y Sanidad. ¡A buenas horas! Pero en fin, siempre era de agradecer.
Consistía la misericordia oficial en un médico, dos practicantes, un
comisionado _del ramo_, y sin fin de drogas para desinfectar personas
y cosas. Al propio tiempo que se enteró Nazarín de la feliz llegada
de la comisión sanitaria, supo también que en Villamanta reinaba con
igual fuerza la epidemia, y que no se tenía noticia de que el Gobierno
mandara allá ningún socorro. Adoptando al instante una resolución
práctica, como gran estratégico que sabe dirigir sus fuerzas con
la celeridad del rayo al terreno conveniente, tocó a llamada en su
reducido ejército; acudieron el ala derecha y el ala izquierda, y el
general les dio esta orden del día:
—Al momento en marcha.
—¿A dónde vamos?
—A Villanmanta. Aquí no hacemos falta ya. El otro pueblo está
desamparado.
—En marcha. Adelante.
Y antes de las dos, iban a campo traviesa por un sendero que les indicó
el pastor de guarros. De los víveres de la Coreja, nada tenían ya,
y Ándara no quiso llevar otros de Villamantilla. Las dos mujeres se
lavaron en un arroyo, y don Nazario hizo lo mismo a distancia de ellas.
Frescos los cuerpos, contentas las almas, prosiguieron andando, sin más
contratiempo que el haber tropezado con unos chicos de las familias
fugitivas de Villamantilla, alojadas en miserables chozas en lo alto de
un cerro. Los angelitos solían matar el aburrimiento de la emigración,
apedreando a todo el que pasaba, y aquella tarde fueron víctimas de
este inocente _sport_, o _deporte_, Nazarín y los suyos. Al general
le dieron en la cabeza y al ala derecha en un brazo. El ala izquierda
quiso tomar la ofensiva, disparando también contra ellos. Pero el
maestro la contuvo diciendo:
—No tires, no tires. No debemos herir ni matar, ni aun en defensa
propia. Avivemos el paso, y pongámonos lejos de los disparos de estos
inocentes diablillos.
Así se hizo, mas no pudieron llegar de día a Villamanta. Como no
llevaban provisiones ni dinero para adquirirlas, Ándara, que iba
delante, como a cien pasos, pedía limosna a cuantos encontraba. Pero
tales eran la pobreza y desolación del país que nada caía. Tuvieron
hambre, verdadera necesidad de echar a sus cuerpos algún alimento. La
de Polvoranca se condolía, la de Móstoles disimulaba su inanición, y
el de Miguelturra las animaba, asegurándoles que antes de la noche
encontrarían sustento en alguna parte. Por fin, en un campo donde
trabajaban hombres y mujeres, dando una vuelta a la tierra con el
arado, hallaron su remedio, consistente en algunos pedazos de pan,
puñados de garbanzos, almortas y algarroba, y además dos piezas
de a dos céntimos, con lo cual se creyeron poseedores de una gran
riqueza. Acamparon al aire libre, porque Beatriz decía que necesitaban
ventilarse bien antes de entrar en otro pueblo infestado. Reuniendo
carrasca seca, hicieron candela, cocieron las legumbres, con la
añadidura de cardillos, achicorias y verdolagas que Ándara supo escoger
en el campo; cenaron con tanta frugalidad como alegría, rezaron, el
maestro les dio una explicación de la vida y muerte de san Francisco de
Asís y de la fundación de la orden Seráfica, y a dormir se ha dicho. Al
romper el día entraron en Villamanta.
¿Qué podrá decirse de aquel inmenso trabajo de seis días, en los
cuales Beatriz llegó a sentir en sí una segunda naturaleza, nutrida
de la indiferencia de todo peligro, y de un valor sereno y sin
jactancia, Ándara una actividad y diligencia que dieron al traste con
sus hábitos de pereza? La primera luchaba con el mal, segura de su
superioridad y sin alabarse de ello, por rutina de la fe desinteresada
y un convencimiento que sostenían las altas temperaturas del alma en
ebullición; la segunda por rutina de su amor propio satisfecho y de
su pericia bien probada, gustando de alabarse y echar incienso a su
egoísmo, como soldado que entra en combate movido de las ambiciones
del ascenso. ¿Y de Nazarín qué puede decirse, sino que en aquellos
seis días fue un héroe cristiano, y que su resistencia física igualó
por arte milagroso a sus increíbles bríos espirituales? Salieron de
Villamanta, por la misma razón que habían salido de Villamantilla, o
sea la llegada del socorro del Gobierno. Satisfechos de su conducta,
inundada la conciencia de una claridad hermosa, la certeza del bien
obrar, hicieron verbal reseña de su doble campaña, permitiéndose la
inocente vanagloria de recontar los enfermos que cada cual asistiera,
los que habían salvado, los cadáveres a que dieron sepultura, con mil
y mil episodios patéticos que serían maravilla del mundo si alguien
los escribiera. Pero nadie los escribiría ciertamente, y solo en los
archivos del cielo constaban aquellas memorables hazañas. Y en cuanto
a la jactancia con que las enumeraron y repitieron, Dios perdonaría de
fijo el inocente alarde de soberbia, pues es justo que todo héroe tenga
su historia, aunque sea contada familiarmente por sí mismo.
Se encaminaron a un pueblo, que no sabemos si era Méntrida o Aldea
del Fresno, pues las referencias _nazarinistas_ son algo oscuras en
la designación de esta localidad. Solo consta que era lugar ameno,
y relativamente rico, rodeado de una fértil campiña. Próximos a él,
vieron sobre una eminencia las ruinas de un castillo; las reconocieron,
y hallaron en ellas lugar propicio para instalarse por unos días y
hacer vida de recogimiento y descanso, pues Nazarín fue el primero que
encareció la necesidad de reposo. No, no quería Dios que trabajasen
de continuo, pues urgía conservar las fuerzas corporales para nuevas
y más terribles campañas. Dispuso, pues, el jefe que se acomodara la
partida en las ruinas de la feudal morada, y que allí atenderían a
la reparación conveniente de sus agotadas naturalezas. El sitio era
en verdad hermosísimo, y desde él se descubría en gran extensión la
feraz vega por donde serpea el río Perales, huertas bien cultivadas, y
preciosos viñedos. Para llegar arriba, había que franquear empinadísima
cuesta; pero una vez en lo alto, ¡qué deliciosa soledad, qué puro
ambiente! Creíanse en mayor familiaridad con la naturaleza, en libertad
absoluta, y como águilas lo dominaban todo, sin que nadie les dominase.
Elegido el lugar de las ruinas donde aposentarse debían, bajaron al
pueblo a mendigar, y les fue muy bien el primer día: Beatriz recogió
algunos cuartos, Nazarín lechugas, berzas y patatas, y Ándara se
procuró dos pucheros y un cántaro para traer agua.
—Esto sí que me gusta —decía—. Señor, ¿por qué no nos quedamos siempre
aquí?
—Nuestra misión no es de sosiego y comodidad —replicó el jefe—, sino
de inquietud errabunda y de privaciones. Ahora descansamos; mas luego
volveremos a quebrantar nuestros cuerpos.
—Y sabe Dios si nos dejarían estar aquí —indicó Beatriz—. El pobre no
tiene casa fija en ninguna parte, y como el caracol, siempre la lleva
consigo.
—Pues yo, si me dejaran, labraría un pedacito de esta ladera —dijo
Ándara— y plantaría algo de patata, cebolla y coles _para el gasto_ de
casa.
—Nosotros —declaró Nazarín— no necesitamos propiedad de tierra, ni
de cosa alguna que arraigue en ella, ni de animales domésticos,
porque nada debe ser nuestro; y de esta absoluta negación resulta la
afirmación de que todo puede venir a nuestras manos por la limosna.
Al tercer día, la de Polvoranca fue al río a lavar unas piezas de ropa,
y cuando regresó al castillo, bajó Beatriz por agua, hecho vulgarísimo
que no puede pasar sin mención en esta verídica historia, porque de él
se derivan otros hechos de indudable importancia y gravedad.