II

Mientras que Nazarín parecía connaturalizado con la fétida atmósfera

de las lóbregas estancias, con la espantable catadura de los enfermos,

y con la suciedad y miseria que les rodeaba, Ándara y Beatriz no

podían hacerse, no, no podían, infelices mujeres, a una ocupación que

instantáneamente las elevaba de la vulgaridad al heroísmo. Habían

visto, del ideal religioso, tan solo lo bonito y halagüeño; veían ya la

parte impregnada de verdad dolorosa. Beatriz lo expresaba en su tosco

lenguaje:

—Eso de irse al cielo, muy pronto se dice; ¿pero por dónde y por qué

caminos se va?

Ándara llegó a adquirir una actividad estúpida. Se movía como una

máquina, y desempeñaba todos aquellos horribles menesteres casi de

un modo inconsciente. Sus manos y pies se movían _de por sí_. Si la

hubieran en otro tiempo condenado a tal vida, poniéndola en el dilema

de adoptarla o morir, habría preferido mil veces que le retorcieran el

pescuezo. Procedía bajo la sugestión del beato Nazarín, como un muñeco

dotado de fácil movimiento. Sus sentidos estaban atrofiados. Creía

imposible volver a comer.

Beatriz obraba conscientemente, ahogando su natural repugnancia por

medio de un trabajo mental de argumentación, sacado de las ideas y

frases del maestro. Era por naturaleza más delicada que la otra, de

epidermis más fina, de más selecta complexión física y moral, y de

gustos relativamente refinados. Pero en cambio de esta desventaja,

poseía energías espirituales con que vencer su flaqueza e imponerse

aquel durísimo deber. Evocando su fe naciente, la avivaba como se

aviva y agranda un débil fuego a fuerza de soplar sobre él; sabía

remontarse a una esfera psicológica vedada para la otra, y en sí misma,

en su aprobación interior y en el gozo del bien obrar, encontraba

consuelos que la otra pedía a su amor propio sin recibirlos en

proporción de tan gran sacrificio. Por esta diferencia, al llegar la

noche, la de Polvoranca se rindió displicente, aunque sin dar su brazo

a torcer; la de Móstoles se rindió gozosa, como soldado herido que no

se cura más que del honor.

El árabe manchego sí que no se rendía. Infatigable hasta lo sublime,

después de haber estado todo el día revolviendo enfermos, limpiándoles,

dándoles medicinas, viendo morir a unos en sus brazos, oyendo los

conceptos delirantes de otros, al llegar la noche no apetecía más

descanso que enterrar los doce muertos que esperaban sepultura. Así

lo propuso al alcalde, diciéndole que con dos hombres que le ayudaran

bastaría, y que si no había más que uno, ya se arreglaría con él y con

las dos mujeres. Autorizole el representante del pueblo para que se

despachase a su gusto, admirado de tanta diligencia y religiosidad, y

_puso a su disposición_ el cementerio, como se ofrece a un invitado la

sala de billar para que juegue, o el salón de música para que toque.

Ayudado de un viejo taciturno y al parecer idiota, que, según se

supo después, era pastor de guarros; ayudado también de Beatriz, que

quiso apurar el sacrificio y adiestrarse en tan horrenda como eficaz

escuela, Nazarín empezó a sacar muertos de las casas, y los llevaba a

cuestas, por no tener angarillas, y los iba dejando sobre la tierra,

hasta que estuvieron todos reunidos. La penitente y el pastor cavaban,

y el alcalde iba y venía, echando una mano a cualquier dificultad,

y encargando que no se hiciera de mogollón, como en las obras

municipales, sino todo a conciencia, los cuerpos al fondo y la tierra

bien puestecita encima. Ándara se había ido a dormir tres horas,

pasadas las cuales, se levantaría para que su compañera se acostase

otro tanto tiempo. Esto disponía el jefe, para no agotar las fuerzas de

su aguerrida mesnada.

Y concluidos los entierros, el heroico Nazarín, sin tomar más alimento

que un poco de pan y agua de lo que le brindó el alcalde, volvió a las

pestilentes casas de los enfermos, a cuidarles, a decirles palabras de

consuelo si podían oírlas, y a limpiarles y darles de beber. Asistió

Ándara desde media noche a tres niñas hermanas, que habían perdido a su

madre de la misma enfermedad; don Nazario a una mujerona que deliraba

horriblemente, y a un mozalbete del cual decían que era muy guapo, mas

ya no se le conocía la hermosura debajo de la máscara horrible que

ocultaba su rostro.

Amaneció sobre tanta tristeza, y el nuevo día llevó al ánimo de las

dos mujeres un mayor dominio de la situación, y más confianza en

sus propias fuerzas. Una y otra creían haber pasado largo tiempo en

aquella meritoria campaña; y es que los días crecen en proporción de

la cantidad y extensión de vida que en ellos se desarrolla. Ya no les

causaban tanto horror las caras monstruosas, ya no temían el contagio,

ni sentían tan viva en sus nervios y estómago la protesta contra

la podredumbre. El médico hizo justicia al celo piadoso de los tres

penitentes, diciendo al alcalde que aquel hombre de facha morisca y sus

dos compañeras habían sido para el vecindario de Villamantilla como

ángeles bajados del cielo. Antes de medio día, sonaron las campanas de

la iglesia en señal de regocijo público; y fue que se supo llegaría

pronto el socorro enviado desde Madrid por la Dirección de Beneficencia

y Sanidad. ¡A buenas horas! Pero en fin, siempre era de agradecer.

Consistía la misericordia oficial en un médico, dos practicantes, un

comisionado _del ramo_, y sin fin de drogas para desinfectar personas

y cosas. Al propio tiempo que se enteró Nazarín de la feliz llegada

de la comisión sanitaria, supo también que en Villamanta reinaba con

igual fuerza la epidemia, y que no se tenía noticia de que el Gobierno

mandara allá ningún socorro. Adoptando al instante una resolución

práctica, como gran estratégico que sabe dirigir sus fuerzas con

la celeridad del rayo al terreno conveniente, tocó a llamada en su

reducido ejército; acudieron el ala derecha y el ala izquierda, y el

general les dio esta orden del día:

—Al momento en marcha.

—¿A dónde vamos?

—A Villanmanta. Aquí no hacemos falta ya. El otro pueblo está

desamparado.

—En marcha. Adelante.

Y antes de las dos, iban a campo traviesa por un sendero que les indicó

el pastor de guarros. De los víveres de la Coreja, nada tenían ya,

y Ándara no quiso llevar otros de Villamantilla. Las dos mujeres se

lavaron en un arroyo, y don Nazario hizo lo mismo a distancia de ellas.

Frescos los cuerpos, contentas las almas, prosiguieron andando, sin más

contratiempo que el haber tropezado con unos chicos de las familias

fugitivas de Villamantilla, alojadas en miserables chozas en lo alto de

un cerro. Los angelitos solían matar el aburrimiento de la emigración,

apedreando a todo el que pasaba, y aquella tarde fueron víctimas de

este inocente _sport_, o _deporte_, Nazarín y los suyos. Al general

le dieron en la cabeza y al ala derecha en un brazo. El ala izquierda

quiso tomar la ofensiva, disparando también contra ellos. Pero el

maestro la contuvo diciendo:

—No tires, no tires. No debemos herir ni matar, ni aun en defensa

propia. Avivemos el paso, y pongámonos lejos de los disparos de estos

inocentes diablillos.

Así se hizo, mas no pudieron llegar de día a Villamanta. Como no

llevaban provisiones ni dinero para adquirirlas, Ándara, que iba

delante, como a cien pasos, pedía limosna a cuantos encontraba. Pero

tales eran la pobreza y desolación del país que nada caía. Tuvieron

hambre, verdadera necesidad de echar a sus cuerpos algún alimento. La

de Polvoranca se condolía, la de Móstoles disimulaba su inanición, y

el de Miguelturra las animaba, asegurándoles que antes de la noche

encontrarían sustento en alguna parte. Por fin, en un campo donde

trabajaban hombres y mujeres, dando una vuelta a la tierra con el

arado, hallaron su remedio, consistente en algunos pedazos de pan,

puñados de garbanzos, almortas y algarroba, y además dos piezas

de a dos céntimos, con lo cual se creyeron poseedores de una gran

riqueza. Acamparon al aire libre, porque Beatriz decía que necesitaban

ventilarse bien antes de entrar en otro pueblo infestado. Reuniendo

carrasca seca, hicieron candela, cocieron las legumbres, con la

añadidura de cardillos, achicorias y verdolagas que Ándara supo escoger

en el campo; cenaron con tanta frugalidad como alegría, rezaron, el

maestro les dio una explicación de la vida y muerte de san Francisco de

Asís y de la fundación de la orden Seráfica, y a dormir se ha dicho. Al

romper el día entraron en Villamanta.

¿Qué podrá decirse de aquel inmenso trabajo de seis días, en los

cuales Beatriz llegó a sentir en sí una segunda naturaleza, nutrida

de la indiferencia de todo peligro, y de un valor sereno y sin

jactancia, Ándara una actividad y diligencia que dieron al traste con

sus hábitos de pereza? La primera luchaba con el mal, segura de su

superioridad y sin alabarse de ello, por rutina de la fe desinteresada

y un convencimiento que sostenían las altas temperaturas del alma en

ebullición; la segunda por rutina de su amor propio satisfecho y de

su pericia bien probada, gustando de alabarse y echar incienso a su

egoísmo, como soldado que entra en combate movido de las ambiciones

del ascenso. ¿Y de Nazarín qué puede decirse, sino que en aquellos

seis días fue un héroe cristiano, y que su resistencia física igualó

por arte milagroso a sus increíbles bríos espirituales? Salieron de

Villamanta, por la misma razón que habían salido de Villamantilla, o

sea la llegada del socorro del Gobierno. Satisfechos de su conducta,

inundada la conciencia de una claridad hermosa, la certeza del bien

obrar, hicieron verbal reseña de su doble campaña, permitiéndose la

inocente vanagloria de recontar los enfermos que cada cual asistiera,

los que habían salvado, los cadáveres a que dieron sepultura, con mil

y mil episodios patéticos que serían maravilla del mundo si alguien

los escribiera. Pero nadie los escribiría ciertamente, y solo en los

archivos del cielo constaban aquellas memorables hazañas. Y en cuanto

a la jactancia con que las enumeraron y repitieron, Dios perdonaría de

fijo el inocente alarde de soberbia, pues es justo que todo héroe tenga

su historia, aunque sea contada familiarmente por sí mismo.

Se encaminaron a un pueblo, que no sabemos si era Méntrida o Aldea

del Fresno, pues las referencias _nazarinistas_ son algo oscuras en

la designación de esta localidad. Solo consta que era lugar ameno,

y relativamente rico, rodeado de una fértil campiña. Próximos a él,

vieron sobre una eminencia las ruinas de un castillo; las reconocieron,

y hallaron en ellas lugar propicio para instalarse por unos días y

hacer vida de recogimiento y descanso, pues Nazarín fue el primero que

encareció la necesidad de reposo. No, no quería Dios que trabajasen

de continuo, pues urgía conservar las fuerzas corporales para nuevas

y más terribles campañas. Dispuso, pues, el jefe que se acomodara la

partida en las ruinas de la feudal morada, y que allí atenderían a

la reparación conveniente de sus agotadas naturalezas. El sitio era

en verdad hermosísimo, y desde él se descubría en gran extensión la

feraz vega por donde serpea el río Perales, huertas bien cultivadas, y

preciosos viñedos. Para llegar arriba, había que franquear empinadísima

cuesta; pero una vez en lo alto, ¡qué deliciosa soledad, qué puro

ambiente! Creíanse en mayor familiaridad con la naturaleza, en libertad

absoluta, y como águilas lo dominaban todo, sin que nadie les dominase.

Elegido el lugar de las ruinas donde aposentarse debían, bajaron al

pueblo a mendigar, y les fue muy bien el primer día: Beatriz recogió

algunos cuartos, Nazarín lechugas, berzas y patatas, y Ándara se

procuró dos pucheros y un cántaro para traer agua.

—Esto sí que me gusta —decía—. Señor, ¿por qué no nos quedamos siempre

aquí?

—Nuestra misión no es de sosiego y comodidad —replicó el jefe—, sino

de inquietud errabunda y de privaciones. Ahora descansamos; mas luego

volveremos a quebrantar nuestros cuerpos.

—Y sabe Dios si nos dejarían estar aquí —indicó Beatriz—. El pobre no

tiene casa fija en ninguna parte, y como el caracol, siempre la lleva

consigo.

—Pues yo, si me dejaran, labraría un pedacito de esta ladera —dijo

Ándara— y plantaría algo de patata, cebolla y coles _para el gasto_ de

casa.

—Nosotros —declaró Nazarín— no necesitamos propiedad de tierra, ni

de cosa alguna que arraigue en ella, ni de animales domésticos,

porque nada debe ser nuestro; y de esta absoluta negación resulta la

afirmación de que todo puede venir a nuestras manos por la limosna.

Al tercer día, la de Polvoranca fue al río a lavar unas piezas de ropa,

y cuando regresó al castillo, bajó Beatriz por agua, hecho vulgarísimo

que no puede pasar sin mención en esta verídica historia, porque de él

se derivan otros hechos de indudable importancia y gravedad.

Nazarín · 第 23 / 35 题