I
Guiados por la _señá_ Polonia, dejaron en varias casas muy pobres de
Sevilla la Nueva parte de los víveres de la Coreja, y sin detenerse más
que lo preciso para este piadoso objeto, continuaron andando, pues a
Nazarín no se le cocía el pan hasta no meterse en el foco de la peste.
—No comprendo vuestra repugnancia, hijas mías —les dijo—, pues ya
debisteis calcular que no veníamos acá a darnos vida de regalo y
ociosidad, sin peligro. Es todo lo contrario: vamos tras el dolor
para aplicarle consuelo, y cuando se anda entre dolores, algo se ha
de pegar. No corremos en busca de placeres y regocijos, sino en busca
de miserias y lástimas. El Señor nos ha deparado una epidemia, en
cuyo seno pestífero hemos de zambullirnos, como nadadores intrépidos
que se lanzan a las olas para salvar a infelices náufragos. Si
perecemos, Dios nos dará nuestro merecido. Si no, algún desdichado
sacaremos a la orilla. Hasta la hora presente, Dios ha querido que en
nuestra peregrinación no nos salgan más que bienandanzas. No hemos
tenido hambre, hemos comido y dormido como príncipes, y nadie nos ha
castigado, ni nos ha puesto mala cara. Todo por la buena, todo como
si nos acompañara una escolta de ángeles encargados de depararnos
cuantos bienes hay en la tierra. Ya comprenderéis que esto no puede
continuar así. O el mundo deja de ser lo que es, o hemos de encontrar
pronto males gravísimos, contratiempos, calamidades, abstinencias, y
crueldades de hombres, secuaces de Satanás.
Esta exhortación bastó para convencer a las dos mujeres, sobre todo
a Beatriz, que más fácilmente que la otra se dejaba inflamar del
entusiasmo del novel asceta. Como habían tomado una andadura harto
presurosa, al caer de la tarde el cansancio les obligó a sentarse en
lo alto de un cerro, desde donde se veían dos aldeas, una por levante,
otra por poniente, y entre una y otra, campiñas bien labradas, y
manchas de verde arboleda. La vista era hermosa, y más aún a tal hora,
por el encanto melancólico que presta el crepúsculo vespertino a toda
la tierra. De los humildes techos salían los humos de los hogares
donde se preparaba la cena; oíase son de esquilas de ganados que a
los apriscos se recogían, y las campanas de ambos pueblos tocaban
a oraciones. Los humos, las esquilas, la amenidad del valle, las
campanadas, la puesta del sol, todo era voces de un lenguaje misterioso
que hablaba al alma, sin que esta pudiera saber fijamente lo que le
decía. Los tres peregrinos permanecieron un rato mudos ante aquella
belleza difundida en términos tan vastos, y Beatriz, que fatigada yacía
a los pies de Nazarín, se incorporó para decirle:
—Señor, explíqueme: ¿ese son de las campanas, a esta hora en que no se
sabe si es día, o noche, ese son..., explíquemelo..., es alegre o es
triste?
—Si he de decirte la verdad, no lo sé. Me pasa lo que a ti: ignoro
si es alegre o triste. Y creo que los dos sentimientos, alegría y
tristeza, produce en nuestra alma, juntándolos de tal modo que no hay
manera de separarlos.
—Yo creo que es triste —afirmó Beatriz.
—Y yo que es alegre... —dijo Ándara—, porque se alegra uno cuando
descansa, y a esta hora el día se tumba en la cama de la noche.
—Yo sostengo que triste y alegre —repitió Nazarín—, porque esos sones
y esa placidez no hacen más que reflejar el estado de nuestra alma,
triste porque ve acabarse un día, y un día menos, es un paso más hacia
la muerte; alegre, porque vuelve al hogar con la conciencia satisfecha
de haber cumplido los deberes del día, y en el hogar, el alma encuentra
otras almas que le son caras; triste, porque la noche lleva en sí una
dulce tristeza, la desilusión del día pasado; alegre, porque toda noche
es esperanza y seguridad de otro día, del mañana, que ya está tras el
oriente acechando para venir.
Las dos mujeres suspiraron y se callaron.
—En esto —prosiguió el árabe manchego— debéis ver una imagen de lo
que será el crepúsculo de la muerte. Tras él viene el mañana eterno.
La muerte es también alegre y triste: alegre, porque nos libra de las
cadenas de la esclavitud vital; triste, porque amamos nuestra carne,
como a un compañero fiel, y nos duele separarnos de ella.
Siguieron andando, y más adelante volvieron a descansar, ya cerrada
la noche, el cielo sereno, inmensamente limpio y cuajado de innúmeras
estrellas.
—Pienso —dijo Beatriz, después de una larga pausa de arrobamiento— que
hasta ahora no he visto el cielo, o que ahora lo veo por primera vez,
según lo que me gusta mirarlo, y lo que me asombra ver tantísima luz.
—Sí —replicó Nazarín—, es tan bello que siempre parece nuevo, y como
acabadito de salir de las manos del Creador.
—¡Qué grande es todo eso! —observó Ándara—. Yo tampoco lo había mirado
nunca como ahora... Y diga, padre, ¿todo eso lo hemos de ver de cerca
cuando nos muramos y subamos a la Gloria?
—¿Ya estás tú segura de ir a la Gloria? Mucho decir es eso. Allá no hay
cerca ni lejos...
—Todo es infinito —dijo Beatriz con suficiencia—. Infinito quiere decir
lo que no se acaba por ninguna parte.
—Esto de que una sea infinita —añadió Ándara— es lo que yo no puedo
entender.
—Sed buenas, y lo entenderéis. Dos cosas hay en este bajo mundo por
donde nos pueda ser comprensible lo infinito: el amor y la muerte. Amad
a Dios y al prójimo, acariciad en vuestras almas el sentimiento del
tránsito a la otra vida, y lo infinito no os parecerá tan oscuro. Pero
estas son enseñanzas muy hondas para vuestros pobres entendimientos,
y antes habéis de aprender cosas más comprensibles. Admirad la obra
de Dios, y decidme si ante el que ha hecho esa maravilla no es bien
que nos humillemos para ofrecerle todos nuestros actos, todas nuestras
ideas. Después de mirar un rato para arriba, ved cuán indigna es esta
pobre tierra de que deseemos morar en ella. Considerad que antes de que
nacierais, todo lo que veis arriba existió por miles de siglos, y que
por miles de siglos existirá después que os muráis. Vivimos solo un
instante. ¿No es lógico despreciar ese instante, y querer subir a los
siglos que no se acaban?
Volvieron a suspirar ellas, y a pensar en todo aquello que el clérigo
les refería. La conversación hízose luego más positiva, porque Ándara,
reconociendo que el contenido del morral debía ser para otros pobres,
no se avenía con dejar de probarlo.
—Para ser buenos, para llegar a lo que vulgarmente llamamos perfección,
siendo en realidad un estado relativo —afirmó Nazarín—, debe empezarse
por lo más fácil. Antes de atacar los vicios gordos, combatamos los
menudos. Dígolo, porque esto de ser tú tan golosa paréceme inclinación
no muy difícil de vencer, a poca voluntad que pongas en ello.
—Sí que soy golosa: yo conozco mis flacos. Y la verdad, quisiera saber
a qué sabe este comestible, que trasciende a gloria.
—Pues pruébalo, y tú nos contarás a qué sabe, pues esta y yo nos
pasaremos muy bien sin catarlo.
La de Móstoles se conformaba con todo lo que fuera abstinencia y
edificación, porque su espíritu se iba encendiendo en el místico fuego,
con las chispas que el otro lanzaba del rescoldo de su santidad. Habría
ella querido llegar al caso absurdo de no comer absolutamente nada;
pero como esto era imposible, se resignaba a transigir con la vil
materia.
Pidieron hospitalidad en una venta, y cuando allí les oyeron decir
que iban a Villamantilla, tuviéronles por locos, pues en el pueblo
había muy poca gente a más de los enfermos; el socorro pedido a Madrid
no había llegado, y todo era allí desolación, hambre y muerte. En un
corral armaron su alcoba, entre gallinas y carneros que se despertaban
oyéndoles rezar, y con unas migas que recibieron de limosna cenaron a
lo pastoril. Ándara probó de lo de Belmonte sin excederse, y toda la
noche, aun después de dormida, estuvo relamiéndose. En cambio, Beatriz
no pegó los ojos: sentíase amagada de su mal constitutivo; pero en una
forma nueva y para ella desconocida. Consistía la novedad en que sus
angustias y el azoramiento precursor del arrechucho eran buenas, quiere
decir, que eran angustias en cierto modo placenteras, y un azoramiento
gozoso. Ello es que sentía... como una satisfacción de sentirse mal,
y el presentimiento de que iba a ocurrirle algo muy lisonjero. La
opresión torácica la molestaba un poco; pero compensaban esta molestia
los efluvios que corrían por toda su epidermis, vibraciones erráticas
que iban a parar al cerebro, donde se convertían en imágenes hermosas,
antes soñadas que percibidas. «Es lo de siempre —se decía—; pero no
patadas de demonios, sino revuelos de ángeles. ¡Bendito mal si es como
un bien, y viene siempre así!». De madrugada tuvo frío, y bien envuelta
en su manta se tendió de largo, para descansar más que dormir, y con
la conciencia de hallarse despierta, ¡_vio cosas_! Pero si antes veía
cosas malas, ahora las veía buenas, aunque no pudo explicarse lo que
era, ni asegurarse de ver lo que veía. ¡Inaudita rareza! Y tenía que
reprimirse para vencer el ciego impulso de abalanzarse hacia aquello
que viendo estaba. ¿Era Dios, eran los ángeles, el alma de algún santo,
o un purísimo espíritu que quería tomar forma sin poder conseguirlo?
Guardose bien de contar a don Nazario, cuando este despertó, lo que
le pasaba, porque el día anterior, en una de sus pláticas, le oyó
decir que desconfiaba de las visiones, y que había que mirarse mucho
antes que dar por efectivas cosas (él había dicho _fenómenos_) solo
existentes en la imaginación y en los nervios de personas de dudosa
salud. Y restablecida, después de lavarse cara y manos, de aquel
plácido soponcio, se desayunaron los tres con pan y unas pocas nueces,
y en marcha tan contentos para el lugar infestado. No eran aún las
nueve cuando llegaron, y una soledad lúgubre, una huraña tristeza les
salieron al encuentro al poner el pie en la única calle del pueblo,
tortuosa y llena de zanjas, charcos inmundos y guijarros cortantes. Las
dos o tres personas que hallaron en el trayecto hasta la plaza, les
miraban recelosas, y frente a la iglesia, en el portal de un caserón
cuarteado que parecía el Ayuntamiento, vieron a un tío muy flaco, que
se adelantó a ellos, con esta a arenga de bienvenida:
—Eh, buena gente, si vienen al merodeo, o a limosnear, vuélvanse por el
mismo camino, que aquí no hay más que miseria, muerte y desamparo hasta
de la misericordia divina. Soy el alcalde, y lo que digo digo. Aquí
estamos solos yo y el cura, y un médico que nos han mandado, porque
el nuestro se murió, y unos veinte vecinos en junto, sin contar los
enfermos y cadáveres de hoy, que todavía no se han podido enterrar.
Ya lo saben, y tomen el olivo pronto, que aquí no hay lugar para la
vagancia.
Contestó Nazarín que ellos no iban a pedir socorro, sino a llevarlo, y
que les designara el señor alcalde los enfermos más desamparados, para
asistirlos con todo el esmero y la paciencia que ordena Cristo Nuestro
Señor.
—Más urgente que nada —dijo el alcalde— es enterrar siete muertos de
ambos sexos que tenemos.
—Ya son nueve —dijo el cura, que de una casa próxima salía—. La tía
Casiana ya expiró, y una de las chicas del esquilador está acabando. Yo
me voy de prisa y corriendo a tomar un bocado, y vuelvo.
No se hizo de rogar el alcalde para satisfacer los cristianos deseos
de Nazarín y comparsa, y pronto entraron los tres en funciones.
Pero las dos mujeres, ¡ay!, en presencia de aquellos cuadros de
horror, podredumbre y miseria, más espantables de lo que en su pueril
entusiasmo ascético imaginaban, flaquearon como niños llevados a un
feroz combate y que ven correr la sangre por primera vez. La caridad,
cosa nueva en ellas, no les daba energías para tanto, y hubieron de
pedirlas al amor propio. Las primera horas fueron de indecisión, de
pánico, y rebeldía absoluta del estómago y los nervios. Nazarín tuvo
que exhortarlas con elocuente ira de guerrero desesperado que ve
perdida la batalla. Al fin, ¡vive Dios!, fueron entrando, entrando en
fuego, y a la tarde, ya eran otras, ya pudo la fe triunfar del asco, y
la caridad del terror.