IX

—¡Jesús, Jesús! —exclamaba el bendito clérigo—. ¿Qué hombre es este?

Taravilla igual no he visto nunca. ¡Pero si no me dejaba responderle ni

explicarle...! ¿Y creerá eso que dice?... Que yo soy patriarca armenio,

y que me llamo Esdras y... ¡Jesús, Madre amantísima, permitidme salir

pronto de esta casa, pues la cabeza de este hombre es como una gran

jaula llena de jilgueros, mirlos, calandrias, cotorras y papagayos,

cantando todos a la vez!..., y temo que me contagie. ¡Alabada sea la

Santísima Misericordia!... ¡Y qué cosas cría el Señor, qué variedad de

tipos y seres! Cuando uno cree haberlo visto todo, aún le quedan más

maravillas o rarezas que ver... ¡Y pretende que yo me acueste en esa

cama tan maja, con colcha de damasco...! ¡En el nombre del Padre...! ¡Y

yo que creí hallar aquí vejaciones, desprecios, el martirio quizás...,

y me encuentro con un gigante socarrón, que me sienta a su mesa, y me

llama obispo, y me mete en esta linda alcoba para dormir la siesta!

¿Pero este hombre es malo o es bueno...?

La cavilación en que cayó el pobre cura semítico no llevaba trazas de

concluir; tan embrollado y difícil era el punto que su magín se propuso

dilucidar. Antes de que definir pudiera el ser moral de don Pedro de

Belmonte, volvió este de echar la siesta. En cuanto le vio, Nazarín

llegose resueltamente a él, y sin dejarle pegar la hebra, le cogió por

la solapa, y lo dijo con extraordinaria viveza:

—Venga usted acá, señor mío, que como no me daba respiro, no pude

decirle que yo no soy árabe, ni obispo, ni patriarca, ni me llamo

Esdras, ni soy de la Mesopotamia, sino de Miguelturra, y mi nombre es

Nazario Zaharín. Sepa que nada de lo que ve en mí es comedia, como no

llame así al voto de pobreza que hacer he querido, sin renunciar...

—Monseñor, monseñor..., comprendo que tan tenazmente disimule...

—Sin renunciar, digo, a honores ni emolumentos porque no los tenía, ni

los quiero, ni...

—¡Si yo no he de vender su secreto, rayos! Me parece bien que sostenga

su papel, y que...

—Y que nada... Pues cuanto ha dicho usted es un disparate, y un sueño,

y un delirio. Me he lanzado a esta vida de penitencia por un anhelo

ardiente de mi corazón, que a ella me llama desde niño. Soy sacerdote,

y aunque a nadie he pedido permiso para abandonar los hábitos, y salir

al ejercicio de la mendicidad, me creo dentro de la más pura ortodoxia,

y acato y venero todo lo que manda la Iglesia. Si he preferido la

libertad a la clausura, es porque en la penitencia libre veo más

trabajos, más humillación, y más patente la renuncia a todos los bienes

del mundo. Desprecio la opinión, desafío las hambres y desnudeces;

apetezco los ultrajes y el martirio. Y con esto, me despido del

señor de la Coreja, diciéndole que estoy agradecidísimo a sus muchas

bondades, y que le tendré siempre presente en mis oraciones.

—El agradecido soy yo, no solo por el honor que me ha proporcionado Su

Reverencia...

—¡Y dale!

—El honor altísimo de tenerle en mi casa, sino por su ofrecimiento de

orar por mí, y de encomendarme a Dios; que bien lo necesito, créame.

—Lo creo... Pero haga el favor de no llamarme Reverencia...

—Bueno: le daré tratamiento llano, en obsequio a su humildad —replicó

el caballero, que antes se dejara desollar vivo que desdecirse de cosa

por él sostenida y afirmada—. Hace bien usted en guardar el incógnito,

para evitar indiscreciones...

—¡Pero, señor...! En fin, deme licencia para retirarme. Yo pido a Dios

que le corrija de su terquedad, la cual es una forma de la soberbia,

y así como el fruto amargo de esta es la cólera, el fruto de aquella

es la mentira. Ya ve cuántos males acarrea el orgullo. Mis últimas

palabras, al salir de esta noble casa, son para rogarle que se enmiende

de ese y otros pecados, que piense en la inmortalidad, a cuya puerta

no debe usted llamar con el alma cargada de tantos goces, y de tanta

satisfacción de apetitos materiales. Porque la vida que usted se da,

señor mío, podrá ser buena para llegar a una vejez robusta; pero no a

la salud eterna.

—Lo sé, lo sé —decía el buen don Pedro con melancólica sonrisa,

acompañando a Nazarín por el primer patio—. ¿Pero qué quiere usted,

eximio señor?, no todos tenemos esa poderosa energía de usted...

¡Ah!, cuando se llega a cierta edad, ya están los huesos duros para

meterse uno en abstinencias, y en correcciones del carácter. Créame a

mí: cuando al pobre cuerpo le queda poco más que vivir, es crueldad

negarle aquello a que está acostumbradito. Soy débil, lo reconozco,

y a veces pienso que debo ponerle las peras a cuarto al cuerpo. Pero

luego me da lástima y digo: «¡pobrecito cuerpo, para los días que te

quedan ya...!». Algo de caridad hay también en esto, ¿eh? Vamos, que

al pícaro le gusta la buena mesa, los buenos vinos, ¿y qué he de hacer

más que dárselos...? ¿Le agrada reñir?, pues que riña... Todo ello es

inocente. La vejez necesita juguetes como la infancia. ¡Ah!, cuando

tenía algunos años menos, se pirraba por otras cosas..., las buenas

chicas, por ejemplo... De eso sí que le he privado en absoluto... No,

no, no faltaba más. Prohibición radical. Que se fastidie... No le dejo

más que las fruslerías del pecado, el comer, la bebida, el tabaco y el

pelearse con la servidumbre... En fin, señor, no quiero entretenerlo.

Pídale a Dios por mi. Es una suerte, para los que no somos buenos, que

existan seres perfectos como usted, prontos a interceder por todos, y a

conseguir, con sus estupendas virtudes, la salvación propia y la ajena.

—Eso no, eso no vale.

—Vale en tanto que uno también hace por sí lo que puede. Yo sé lo que

digo... Que sus penitencias, padre beatísimo, le lleven a la perfección

que desea, y que Dios le dé fuerzas para proseguir en obra tan santa y

meritoria... Adiós, adiós...

—Adiós, señor mío: no pase usted de aquí —le dijo Nazarín en el último

patio—. Y ahora que me acuerdo, he dejado mi morral allá, junto a la

noria.

—Ya, ya se lo traen —replicó Belmonte—. He mandado que le pongan en él

algunas vituallas, que nunca están de más, créame, y aunque a usted no

le guste comer más que hierbas y pan duro, no es malo que lleve algo de

sustancia para un caso de enfermedad...

Quiso besarle la mano, pero don Nazario, con grandes esfuerzos, se lo

impidió, y en el campo frontero a la casa se despidieron con mutuas

demostraciones afectuosas. Como viese don Pedro que los mastines

andaban sueltos por el campo, dio orden de que los ataran, indicando a

Nazarín que se detuviese un momento.

—Ya supe —le dijo—, y me disgustó mucho, que ayer, por descuido de esta

canalla, los perros le mordieron a usted y a dos santas mujeres que le

acompañan.

—Esas mujeres no son santas, sino todo lo contrario.

—Disimule, disimule... ¡Como si no hablara también de ellas la prensa

europea! La una es dama principal, canonesa de la Turingia, la otra una

sudanita descalza...

—¡Ay, cuánto desatino...!

—¡Si lo dice el periódico! En fin, respeto su santo incógnito... Adiós.

Ya están sujetos los animales.

—Adiós... Y que el Señor le ilumine —dijo Nazarín, que ya no quería

discutir más, y todo su afán era largarse a prisa.

El morral, atestado de paquetes de comestibles, pesaba bastante, por

lo cual y por la rapidez de la marcha llegó muy sofocado a la olmeda

donde Ándara y Beatriz habían quedado esperándole. Impacientes y

sobresaltadas por su tardanza, en cuanto le divisaron las dos mujeres

salieron gozosas a su encuentro, pues creyeron no volver a verle, o

que saldría de la Coreja con la cabeza rota. Grande fue su asombro y

alegría al verlo sano y alegre. Por las primeras palabras que el beato

les dijo, comprendieron que tenía mucho que contar, y el volumen y peso

del saco les despertó la curiosidad en demasía. En la olmeda, encontró

Nazarín a una vieja desconocida, la _señá_ Polonia, paisana de Beatriz,

y vecina de Sevilla la Nueva. Había pasado por allí de vuelta de unas

tierras de su propiedad, a donde fue a sembrar nabos, y viendo a su

amiga se detuvo para chismorrear con ella.

—¡Ay, qué señor, qué hombre tan raro es ese don Pedro! —dijo el

padrito echándose en el suelo, después que Ándara le quitó el morral

para examinar lo que contenía—. No he visto otro caso. Cosas tiene de

persona muy mala, esclava de los vicios; cosas de persona bonísima,

cortés y caballeresca. Ilustración no le falta, finura le sobra, mal

genio también, y no hay quien le gane en terquedad para sostener sus

errores.

—Ese vejestorio grandón y bonito —dijo Polonia, que hacía punto de

media— está más loco que una cabra. Cuentan que se pasó mucho tiempo

en tierras de moros y judíos, y que al volver acá, se metió en tales

estudios de cosas de religión y de _tiología_ que se le trabucaron los

sesos.

—Ya lo decía yo. El señor don Pedro no rige bien. ¡Qué lástima! ¡Quiera

Dios darle el juicio que le falta!

—Está reñido con toda la familia de los Belmontes, sobrinos y primos,

que no le pueden aguantar, y por eso no sale de aquí. Es hombre muy

pagano y muy gentil para todos los vicios de buena mesa, y no ve una

falda que no le entre por el ojo derecho. Pero como mal corazón, no

tiene. Cuentan que cuando le hablan de las cosas de religión católica

o pagana, o de las idolatrías, si a mano viene, es cuando pierde el

sentido, por ser esta _leyenda_ y el revolver papeles de Escritura

Sagrada lo que le trastornó.

—¡Desventurado señor! ¿Querréis creer, hijas mías, que me sentó a su

mesa, una mesa magnífica, con vajilla de cardenal? ¡Y qué platos, qué

manjares riquísimos!... Y después se empeñó en que había de dormir la

siesta en una cama con colcha de damasco... ¡Vaya, que a mí...!

—¡Y nosotras tan creídas de que le rompería algún hueso!

—Pues digo... Salió con la tecla de que yo soy obispo, más, más,

patriarca, y de que nací en Algeciras..., o sea la Mesopotamia, y que

me llamo Esdras... También se dejó decir que vosotras sois canonesas...

Y nada me valía negarlo, y manifestarle la verdad. Como si no.

—Pues ya se conoce que se da buena vida el hijo de tal —dijo Ándara

gozosa, sacando paquetes de fiambres—. Lengua escarlata..., y otra

lengua..., y jamón... ¡Jesús, cuánta cosa rica! ¿Y qué es esto? Un

pastelón como la rueda de un carro. ¡Qué bien huele!... También

empanadas: una, dos, tres; chorizo, embutidos.

—Guarda, guarda todo eso —le dijo Nazarín.

—Ya lo guardo, que a la hora de comer, lo cataremos.

—No, hija, eso no se cata.

—¿Que no?

—No; es para los pobres.

—¿Pero quién más pobres que nosotros, señor?

—Nosotros no somos pobres, somos ricos, porque tenemos el caudal

inmenso y las inagotables provisiones de la conformidad cristiana.

—Ha dicho muy bien —indicó Beatriz ayudando a reponer los paquetes en

el morral.

—Y si ahora tenemos esto, si nada nos hace falta hoy, porque nuestras

necesidades están satisfechas —indicó don Nazario—, debemos darlo a

otros más necesitados.

—Pues en Sevilla la Nueva no falta pobretería —manifestó la _señá_

Polonia—, y allí tienen ustedes donde repartir buenos caudales. Pueblo

más mísero y pobre no le hay por acá.

—¿De veras? Pues a él llevaremos estas sobras de la mesa del rico

avariento, ya que han venido a nuestras manos. Guíenos usted, _señá_

Polonia, y desígnenos las casas de los más menesterosos.

—¿Pero de veras entran en Sevilla? Estas me dijeron que no querían

acercarse allá.

—¿Por qué?

—Porque hay viruela.

—¡Que me place!... Digo, no me place. Es que celebro encontrar el mal

humano, para luchar con él y vencerlo.

—No es epidemia. Cuatro casos saltaron estos días. Donde hay una

mortandad horrorosa es en Villamantilla, dos leguas más allá.

—¿Epidemia horrorosa... y de viruela?

—Tremenda, sí señor. Como que no hay quien asista a los enfermos, y los

sanos huyen despavoridos.

—Ándara, Beatriz... —dijo Nazarín levantándose—. En marcha. No nos

detengamos ni un momento.

—¿A Villamantilla?

—El Señor nos llama. Hacemos falta allí. ¿Qué? ¿Tenéis miedo? La que

tenga miedo, o repugnancia, que se quede.

—Vamos allá. ¿Quién dijo miedo?

Sin pérdida de tiempo emprendieron la marcha, y por el camino iba

refiriéndoles Nazarín, con graciosos pormenores, el singularísimo

episodio de su visita a don Pedro de Belmonte, señor de la Coreja.

Nazarín · 第 21 / 35 题