«Ahí es nada la preguntita —dijo Nazarín para su sayo—. Tan compleja es
la cuestión que no sé por dónde tomarla».
—Quiero decir, el estado presente de las creencias religiosas en Europa
y América.
—Creo, señor mío, que los progresos del catolicismo son tales, que
el siglo próximo ha de ver casi reducidas a la insignificancia las
iglesias disidentes. Y no tiene poca parte en ello la sabiduría, la
bondad angélica, el tacto exquisito del incomparable pontífice que
gobierna la Iglesia...
—Su Santidad León XIII —dijo gallardamente el señor de Belmonte—, a
cuya salud beberemos esta copa.
—No. Dispénseme. Yo no bebo, ni a la salud del Papa, porque ni el Papa,
ni Cristo nuestro Salvador han de querer que yo altere mi régimen de
vida... Decía que en la humanidad se notan la fatiga y el desengaño
de las especulaciones científicas, y una feliz reversión hacia lo
espiritual. No podía ser de otra manera. La ciencia no resuelve ninguna
cuestión de trascendencia en los problemas de nuestro origen y destino,
y sus peregrinas aplicaciones en el orden material tampoco dan el
resultado que se creía. Después de los progresos de la mecánica, la
humanidad es más desgraciada; el número de pobres y hambrientos, mayor;
los desequilibrios del bienestar, más crueles. Todo clama por la vuelta
a los abandonados caminos que conducen a la única fuente de la verdad,
la idea religiosa, el ideal católico, cuya permanencia y perdurabilidad
están bien probadas.
—Exactamente —afirmó el gigantesco prócer, que, entre paréntesis,
comía con voraz apetito, mientras su huésped apenas probaba los
variados y ricos manjares—. Veo con júbilo que sus ideas concuerdan con
las mías.
—La situación del mundo es tal —prosiguió Nazarín animándose—, que
ciego estará quien no vea las señales precursoras de la edad de oro
religiosa. Viene de allá un ambiente fresco que nos da de cara,
anunciándonos que el desierto toca a su fin, y que la tierra prometida
está próxima, con sus risueños valles y fertilísimas laderas.
—Es verdad, es verdad. Pienso lo mismo. Pero no me negará usted que la
sociedad se fatiga de andar por el desierto, y como tarda en llegar a
lo que anhela, se impacientará y hará mil desatinos. ¿Dónde está el
Moisés que la calme, ya con rigores, ya con blanduras?
—¡Ah, el Moisés...! No sé.
—Ese Moisés, ¿lo hemos de buscar en la filosofía?
—No, seguramente: la filosofía es en suma un juego de conceptos y
palabras, tras el cual está el vacío, y los filósofos son el aire seco
que sofoca y desalienta a la humanidad en su áspero camino.
—¿Encontraremos ese Moisés en la política?
—No, porque la política es agua pasada. Cumplió su misión, y los que
se llamaban problemas políticos, tocantes a libertad, derechos, etc.,
están ya resueltos, sin que por eso la humanidad haya descubierto el
nuevo paraíso terrenal. Conquistados tantísimos derechos, los pueblos
tienen la misma hambre que antes tenían. Mucho progreso político,
y poco pan. Mucho adelanto material, y cada día menos trabajo, y
una infinidad de manos desocupadas. De la política no esperemos ya
nada bueno, pues dio de sí todo lo que tenía que dar. Bastante nos
ha mareado a todos, tirios y troyanos, con sus querellas públicas y
domésticas. Métanse en su casa los políticos, que nada han de traer
provechoso a la humanidad; basta de discursos vanos, de fórmulas
ridículas, y del funestísimo encumbramiento de las nulidades a
medianías, y de las medianías a notabilidades, y de las notabilidades a
grandes hombres.
—Bien, muy bien. Ha expresado usted la idea con una exactitud que me
maravilla. ¿Encontraremos ese Moisés en la tribu de la fuerza? ¿Será un
dictador, un militar, un César...?
—No le diré a usted que no, ni que sí. Nuestra inteligencia, al menos
la mía, no alcanza a tanto. No puedo afirmar más que una cosa: que nos
quedan pocas leguas de desierto, y quien dice leguas dice distancias
relativamente grandes.
—Pues para mí, el Moisés que ha de guiarnos hasta el fin no puedo salir
sino de la cepa religiosa. ¿No cree usted que aparecerá, cuando menos
se piense, uno de esos hombres extraordinarios, uno de esos genios de
la fe cristiana, no menos grande que un Francisco de Asís, o quizás
más, más grande, que conduzca a la humanidad hasta el límite de sus
sufrimientos, antes de que la desesperación la arrastre al cataclismo?
—Me parece lo más lógico pensarlo así —dijo Nazarín—, y, o mucho me
engaño, o ese extraordinario salvador será un Papa.
—¿Lo cree usted?
—Sí, señor... Es una corazonada, una idea de filosofía de la historia,
y líbreme Dios de querer darle autoridad de cosa dogmática.
—Claro... Pues lo mismo, exactamente lo mismo pienso yo. Ha de ser un
Papa. ¿Qué Papa será ese? ¡Vaya usted a saberlo!
—Nuestra inteligencia peca de orgullosa queriendo penetrar tan allá.
El presente ofrece ya bastante materia para nuestras cavilaciones. El
mundo está mal.
—No puede estar peor.
—La sociedad humana padece. Busca su remedio.
—Que no puede ser otro que la fe.
—Y a los que hoy poseen la fe, ese don del cielo, toca el conducir
a los que están privados de ella. En este camino, como en todos,
los ciegos deben ser llevados de la mano por los que tienen vista.
Se necesitan ejemplos, no fraseología gastada. No basta predicar la
doctrina del Cristo, sino darle existencia en la práctica, e imitar su
vida en lo que es posible a lo humano imitar lo divino. Para que la fe
acabe de propagarse, en el estado actual de la sociedad, conviene que
sus mantenedores renuncien a los artificios que vienen de la historia,
como los torrentes bajan de la montaña, y que patrocinen y practiquen
la verdad elemental. ¿No cree usted lo mismo? Para patentizar los
beneficios de la humildad, es indispensable ser humilde; para ensalzar
la pobreza, como el estado mejor, hay que ser pobre, serlo y parecerlo.
Esta es mi doctrina..., no, digo mal, es mi interpretación particular
de la doctrina eterna. El remedio del malestar social y de la lucha
cada vez más enconada entre pobres y ricos, ¿cuál es? La pobreza,
la renuncia de todo bien material. El remedio de las injusticias
que envilecen el mundo, en medio de todos esos decantados progresos
políticos, ¿cuál es? Pues el no luchar con la injusticia, el entregarse
a la maldad humana, como Cristo se entregó indefenso a sus enemigos.
De la resignación absoluta ante el mal, no puede menos de salir el
bien, como de la mansedumbre sale al cabo la fuerza, como del amor de
la pobreza tienen que salir el consuelo de todos y la igualdad ante
los bienes de la naturaleza. Estas son mis ideas, mi manera de ver el
mundo, y mi confianza absoluta en los efectos del principio cristiano
así en el orden espiritual como en el material. No me contento con
salvarme yo solo; quiero que todos se salven, y que desaparezcan del
mundo el odio, la tiranía, el hambre, la injusticia; que no haya amos
ni siervos, que se acaben las disputas, las guerras, la política. Tal
pienso, y si esto le parece disparatado a persona de tantas luces, yo
sigo en mis trece, en mi error, si lo es, en mi verdad, si, como creo,
la llevo en mi mente, y en mi conciencia la luz de Dios.
Oyó don Pedro todo el final de este sustancioso discurso con gran
recogimiento, medio cerrados los párpados, la mano acariciando una copa
de vino generoso, de la cual no había bebido más que la mitad. Luego
murmuraba en voz queda: «Verdad, verdad, todo verdad... Poseerla, ¡qué
dicha...! Practicarla, ¡dicha mayor...!».
Nazarín rezó las oraciones de fin de comida, y don Pedro siguió
rezongando con los ojos cerrados: «La pobreza... ¡qué hermosura!...,
pero yo no puedo, no puedo... ¡Qué delicia!... Hambre, desnudez,
limosna..., hermosísimo..., no puedo, no puedo».
Cuando se levantaron de la mesa, el gigante usaba tono y modales
enteramente distintos de los de por la mañana. Callaba la fiereza, y
hablaba la jovialidad de buena crianza. Era otro hombre; la sonrisa no
se quitaba de sus labios, y el brillo de sus ojos parecía rejuvenecerle.
—Vamos, padre, que usted querrá descansar. Tendrá la costumbre de
dormir la siesta...
—No, señor, yo no duermo más que de noche. Todo el día estoy en pie.
—Pues yo no. Madrugo mucho, y a esta hora necesito descabezar un sueño.
Usted también descansará un rato. Venga, venga conmigo.
Que quieras que no, Nazarín fue llevado a una habitación no distante
del comedor, amueblada con lujo.
—Sí, señor..., sí —le dijo Belmonte en tono muy cordial—. Descanse
usted, descanse, que bien lo necesita. Esa vida de pobreza errante, esa
vida de anulación voluntaria, de ascetismo, de trabajos y escaseces
bien merece algún reparo. No hay que abusar de las fuerzas corporales,
amigo mío. ¡Oh, yo le admiro a usted, le acato y le reverencio, por lo
mismo que carezco de energía para poder imitarle! ¡Abandonar una gran
posición, ocultar un nombre ilustre, renunciar a las comodidades, a las
riquezas, a...!
—Yo no he tenido que renunciar a eso, porque nunca lo poseí.
—¿Qué? Vamos, señor, basta de ficciones conmigo, y no digo farsas por
no ofenderle.
—¿Qué dice?
—Que usted, con su cristiano disfraz, verdadera túnica de discípulo
de Jesús, podrá engañar a otros, no a mí que le conozco, que tengo el
honor de saber con quién hablo.
—¿Y quién soy yo, señor de Belmonte? Dígamelo, si lo sabe.
—¡Pero si es inútil el disimulo, señor mío! Usted...
Tomó aliento el señor de la Coreja, y en tono de familiar cortesanía,
poniendo la mano en el hombro de su huésped, le dijo:
—Perdóneme si le descubro. Hablo con el reverendísimo obispo armenio
que hace dos años recorre la Europa en santa peregrinación...
—¡Yo..., obispo armenio!
—Mejor dicho..., ¡si lo sé todo!..., mejor dicho, patriarca de la
Iglesia armenia que se sometió a la Iglesia latina, reconociendo la
autoridad de nuestro gran pontífice León XIII.
—¡Señor, señor, por la Virgen Santísima!
—Su Reverencia anda por las naciones europeas en peregrinación,
descalzo y en humildísimo traje, viviendo de la caridad pública, en
cumplimiento del voto que hizo al Señor, si le concedía el ingreso
de su grey en el gran rebaño de Cristo... ¡Sí, no vale negarlo, ni
obstinarse en el disimulo, que respeto! Su Reverencia Ilustrísima
recibió autorización para cumplir en esta forma su voto, renunciando
temporalmente a todas sus dignidades y preeminencias. ¡Si no soy yo el
primero que le descubre! ¡Si ya le descubrieron en Hungría, donde se
susurró que había hecho milagros! Y le descubrieron también en Valencia
de Francia, capital del Delfinado... ¡Pero si tengo aquí los periódicos
que hablan del insigne patriarca, y describen esa fisonomía, ese traje
con pasmosa exactitud!... Como que, en cuanto le vi acercarse a mi
casa, caí en sospecha. Luego busqué el relato en los periódicos. ¡El
mismo, el mismo! ¡Qué honor tan grande para mí!
—Señor, señor mío, yo le suplico que me escuche...
Pero el ofuscado gigante no le dejaba meter baza, sofocando la voz, y
ahogando la palabra de Nazarín en el diluvio de la suya.
—¡Si nos conocemos, si he vivido mucho tiempo en Oriente; y es inútil
que Su Reverencia lleve tan adelante conmigo su piadosa comedia! Le
apearé el tratamiento, si en ello se empeña... Usted es árabe de
nacimiento.
—¡Por la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo!...
—Árabe legítimo. Al dedillo me sé su historia. Nació usted en un país
hermosísimo, donde dicen que estuvo el Paraíso terrenal, entre el
Tigris y el Éufrates, en el territorio de Aldjezira, que también llaman
la Mesopotamia.
—¡Jesús me valga!
—¡Si lo sé, si lo sé todo! Y el nombre arábigo de usted es
Esrrou-Esdras.
—¡Ave María Purísima!
—Y los franciscanos de Monte Carmelo le bautizaron y le dieron
educación, y le enseñaron el hermoso lenguaje español que habla.
Después pasó usted a la Armenia, donde está el monte Ararat, que yo he
visitado..., allá donde tomó tierra el arca de Noé...
—¡Sin pecado concebida!
—Y allí se afilió usted al rito armenio, distinguiéndose por su ciencia
y virtud hasta llegar al Patriarcado, en el cual intentó y realizó
la gloriosa empresa de restituir su iglesia huérfana al seno de la
gran familia católica. Conque no le canso más, reverendísimo señor.
A descansar en ese lecho, que todo no ha de ser dureza, abstinencias
y mortificaciones. De vez en cuando, conviene sacrificarse a la
comodidad; y sobre todo, señor eminentísimo, está usted en mi casa, y
en nombre de la santa ley de hospitalidad, yo le mando a usted que se
acueste y duerma.
Y sin permitirle explicaciones, ni esperar respuesta, salió de la
estancia riendo, y allí se quedó solo el buen Nazarín, con la cabeza
como el que ha estado mucho tiempo oyendo cañonazos, dudando si dormía
o velaba, si era verdad o sueño lo que había visto y oído.