VII

De pronto, Belmonte empezó a reñir con los criados, por si habían o

no habían dejado escapar una cabra que se comió un rosal. Llamábales

gandules, renegados, beduinos, zulúes, y les amenazaba con desollarles

vivos, cortarles las orejas o abrirles en canal. Nazarín estaba

indignado; pero se reprimía. «Si de este modo trata a sus servidores,

que son como de la familia —pensaba—, ¿qué hará conmigo, pobrecito de

las calles? Lo que me maravilla es que todos mis huesos estén enteros a

la hora presente». Volvió el caballero a su lado, pasada la borrasca, y

aún estuvo bufando un ratito, como volcán que arroja escorias y gases

después de la erupción.

—Esta canalla le acaba a uno la paciencia. A propósito hacen las cosas

mal para fastidiarme y aburrirme. ¡Lástima que no viviéramos en los

tiempos del feudalismo, para tener el gusto de colgar de un árbol a

todo el que no anduviese derecho!

—Señor —dijo Nazarín, resuelto a dar una lección de cristianismo

al noble caballero, sin temor a las consecuencias funestísimas

de su cólera—, usted pensará de mí lo que guste, y me tendrá por

impertinente; pero yo reviento si no le digo que esa manera de tratar a

sus servidores es anticristiana, y antisocial, y bárbara y soez. Tómelo

usted por donde quiera, que yo, tan pobre y tan desnudo como entré en

su casa, saldré de ella. Los sirvientes son personas, no animales, y

tan hijos de Dios como usted, y tienen su dignidad y su pundonor, como

cualquier señor feudal, o que pretende serlo, de los tiempos pasados

y futuros. Y dicho esto, que es en mi un deber de conciencia, deme

permiso para marcharme.

Volvió el señor a examinarle detenidamente, cara, traje, manos, los

pies desnudos, el cráneo de admirable estructura, y lo que veía, así

como el lenguaje urbano del mendigo, tan desconforme con su aparente

condición, debió de asombrarlo y confundirle.

—Y tú, moro auténtico, o pordiosero falsificado —le dijo—, ¿cómo sabes

esas cosas, y cuándo y dónde aprendiste a expresarlas tan bien?

Y antes de oír la respuesta, se levantó y ordenó al peregrino

imperiosamente que le siguiera.

—Ven acá... Quiero examinarte, antes de responderte.

Llevole a una estancia espaciosa, amueblada con antiguos sillones de

nogal, mesas de lo mismo, arcones y estantes, y señalándole un asiento,

se sentó él también; mas pronto se puso en pie, y fue de un lado para

otro mostrando una inquietud nerviosa, que habría desconcertado a

hombres de peor temple que el gran Nazarín.

—Tengo una idea..., ¡oh, qué idea!... ¡Si fuera...! Pero no, no puede

ser. Sí que es... El demonio me lleve si no puede ser. Cosas más

extraordinarias se han visto... ¡Rayos! Desde el primer momento lo

sospeché... No soy hombre que se deja engañar... ¡Oh, el Oriente! ¡Qué

grandeza!... Solo allí existe la vida espiritual...

Y no decía más que esto, paseo arriba, paseo abajo, sin mirar al

clérigo, o parándose para mirarle de hito en hito con asombro y cierta

turbación. Don Nazario no sabía qué pensar, y ya creía ver en el señor

de la Coreja el mayor extravagante que Dios había echado al mundo, ya

un tirano de refinada crueldad, que preparaba a su huésped algún atroz

suplicio, y jugaba con él, como el gato con el ratón antes de comérselo.

«Si me achico —pensó—, seré sacrificado de una manera desairada y

estúpida. Saquemos partido de la situación, y si este gigante furioso

ha de hacer en mí una barbaridad, que no sea sin oír antes las verdades

evangélicas».

—Señor mío, hermano mío —le dijo levantándose, y tomando el tono

sereno y cortés que usar solía para reprender a los malos—, perdone

a mi pequeñez que se atreva a medirse con su grandeza. Cristo me lo

manda: debo hablar y hablaré. Veo al Goliat ante mí, y sin reparar en

su poder, me voy derecho a él con mi honda. Es propio de mi ministerio

amonestar a los que yerran; no me acobarda la arrogancia del que me

escucha; mis apariencias humildes no significan ignorancia de la fe

que profeso, ni de la doctrina que puedo enseñar a quien lo necesite.

No temo nada, y si alguien me impusiera el martirio en pago de las

verdades cristianas, al martirio iría gozoso. Pero antes he de decirle

que está usted en pecado mortal, que ofende a Dios gravemente con su

soberbia, y que si no se corrige, no le servirán de nada su estirpe,

ni sus honores y riquezas, vanidad de vanidades, inútil peso que le

hundirá más cuanto más quiera remontarse. La ira es daño gravísimo, que

sirve de cebo a los demás pecados, y priva al alma de la serenidad que

necesita para vencer el mal en otras esferas. El colérico está vendido

a Satanás, quien ya sabe cuán poco tiene que luchar con las almas que

fácilmente se inflaman en rabia. Modere usted sus arrebatos, sea cortés

y humano con los inferiores. Ignoro si siente usted el amor de Dios;

pero sin el del prójimo, aquel grande amor es imposible, pues la planta

amorosa tiene sus raíces en nuestro suelo, raíces que son el cariño

a nuestros semejantes, y si estas raíces están secas, ¿cómo hemos de

esperar flores ni frutos allá arriba? La sorpresa con que usted me

escucha, me prueba que no está acostumbrado a oír verdades como estas,

y menos de un infeliz haraposo y descalzo. Por eso la voz de Cristo en

mi corazón me dijo una y otra vez que entrase, sin temor a nada ni a

nadie, y por eso entré, y heme puesto delante del dragón. Abra usted

sus fauces, alargue sus uñas, devóreme si gusta; pero expirando le diré

que se enmiende, que Cristo me manda aquí para llamarlo a la verdad, y

anunciarle su condenación si no acude pronto al llamamiento.

Grande fue la sorpresa de Nazarín al ver que el señor de la Coreja no

solo no se enfurecía oyéndole, sino que le oía con atención y hasta con

respeto, no ciertamente humillándose ante el sacerdote, sino vencido

del asombro que tales conceptos en boca de persona tan humilde le

causaban.

—Ya hablaremos de eso —le dijo con calma—. Tengo una idea..., una idea

que me atormenta..., porque has de saber que de algún tiempo acá, la

pérdida de la memoria es el mayor suplicio de mi vida, y la causa de

todas mis rabietas...

De repente se dio una palmada en la frente, y diciendo: «Ya la cogí.

¡_Eureka, eureka_!», se fue casi de un salto al cuarto próximo, dejando

solo y cada vez más desconcertado al buen peregrino. El cual, como

Belmonte dejara abierta la puerta, pudo verle en la estancia inmediata,

que era al modo de biblioteca o despacho, revolviendo papeles de los

muchos que sobre una gran mesa había. Ya pasaba la vista rápidamente

por periódicos grandísimos, al parecer extranjeros, ya hojeaba

revistas, y por fin sacó de un estante legajos que examinaba con

febril presteza. Duró esto cerca de una hora. Vio Nazarín que entraron

criados en el despacho, que el señor les daba órdenes, por cierto con

mejor modo que antes, y por último, criados y señor desaparecieron por

otra puerta que daba a las interioridades de aquel vasto edificio. Al

quedarse solo, el buen padrito examinó con más calma la habitación en

que se encontraba; vio en las paredes cuadros antiguos, religiosos,

bastante buenos: san Juan reprendiendo a Herodes delante de Herodías;

Salomé bailando; Salomé con la cabeza del Bautista; por otro lado,

santos de la orden de Predicadores, y en el testero principal un buen

retrato de Pío IX. Pues, señor, seguía sin entender la casa, ni al

dueño de ella, ni nada de lo que veía. Ya empezaba a temer que le

abandonaban en aquel solitario aposento, cuando entró un criado a

llamarle y le dijo que le siguiera.

«¿Para qué me querrán? —se decía, atravesando tras el fámulo salas y

corredores—. Dios sea conmigo, y si me llevan por aquí para meterme en

una mazmorra, o arrojarme en una cisterna, o segarme el pescuezo, que

me coja la muerte en la disposición que he deseado toda mi vida».

Pero la mazmorra o cisterna a que le llevaron era un comedor espacioso,

alegre y muy limpio, en el cual vio la mesa puesta, con todo el lujo

de fina loza y cristalería que se estila en Madrid, y en ella dos

cubiertos no más, uno frente a otro. El señor de Belmonte, que allí

estaba, vestido de negro, el cabello y barba muy bien atusados, camisa

con pechera y cuello lustrosos, señaló a Nazarín uno de los asientos.

—Señor —balbució el penitente turbado y confuso—, ¿con esta facha

mísera he de sentarme a mesa tan elegante?

—Que se siente digo, y no me obligue a repetirlo —añadió el caballero

con más aspereza en la palabra que en el tono.

Comprendiendo que la gazmoñería no cuadraba a su humildad sincera, don

Nazario se sentó. Una negativa insistente habría resultado más bien

afectado orgullo que amor de la pobreza.

—Me siento, señor, y acepto el desmedido honor que usted hace,

sentándole a su mesa, a un pobre de los caminos que ayer fue mordido

cruelmente por los perros de esta casa. Parte de lo que dije hace poco

a usted por mandato de mi Señor, queda sin efecto por este acto suyo

de caridad. Quien tal hace, no es, no puede ser enemigo de Cristo.

—¡Enemigo de Cristo! ¿Pero que está usted diciendo, hombre? —exclamó el

gigante del modo más campechano—. ¡Si Él y yo somos muy amigos!

—Bien... Pues si acepto su noble invitación, señor mío, le suplico me

dé licencia para no alterar mi costumbre de comer tan solo lo preciso

para alimentarme. No, no me eche vino: no lo pruebo jamás, ni ninguna

clase de licores.

—Usted come lo que quiere. No acostumbro molestar a mis invitados,

haciéndoles rebasar la medida de su apetito. Se le servirá de todo, y

usted come o no come, o ayuna, o se harta, o se queda con hambre, según

le cuadre... Y en premio de esta concesión, señor mío, yo a mi vez, le

pido me dé licencia...

—¿Para qué? No la necesita usted para mandarme cuanto se le ocurra.

—Licencia para interrogarle...

—¿Sobre qué?

—Sobre los problemas pendientes, del orden social y religioso.

—No sé si mi escasísimo saber me permitirá contestarle con el acierto

que usted sin duda espera de mí...

—¡Oh! Si empieza usted por disimular su ciencia, como disimula su

condición, hemos concluido.

—Yo no disimulo nada; soy tal como usted me ve; y en cuanto a mi

ciencia, si desde luego declaro que es mayor de lo que corresponde a la

vida que llevo y a los trapos que visto, no la tengo por tan superior

que merezca manifestarse ante persona tan ilustrada.

—Eso lo veremos. Yo sé poco; pero algo aprendí en mis viajes por

Oriente y Occidente, algo también en el trato social, que es la

biblioteca más nutrida y la mejor cátedra del mundo, y con lo que

he podido observar, y un poquito de lectura, prestando atención

excepcional a los asuntos religiosos, atesoro unas cuantas ideas que

son para mí la propiedad más estimable. Pero ante todo..., ya rabio por

preguntárselo..., ¿qué piensa usted del estado actual de la conciencia

humana?

Nazarín · 第 19 / 35 题