De pronto, Belmonte empezó a reñir con los criados, por si habían o
no habían dejado escapar una cabra que se comió un rosal. Llamábales
gandules, renegados, beduinos, zulúes, y les amenazaba con desollarles
vivos, cortarles las orejas o abrirles en canal. Nazarín estaba
indignado; pero se reprimía. «Si de este modo trata a sus servidores,
que son como de la familia —pensaba—, ¿qué hará conmigo, pobrecito de
las calles? Lo que me maravilla es que todos mis huesos estén enteros a
la hora presente». Volvió el caballero a su lado, pasada la borrasca, y
aún estuvo bufando un ratito, como volcán que arroja escorias y gases
después de la erupción.
—Esta canalla le acaba a uno la paciencia. A propósito hacen las cosas
mal para fastidiarme y aburrirme. ¡Lástima que no viviéramos en los
tiempos del feudalismo, para tener el gusto de colgar de un árbol a
todo el que no anduviese derecho!
—Señor —dijo Nazarín, resuelto a dar una lección de cristianismo
al noble caballero, sin temor a las consecuencias funestísimas
de su cólera—, usted pensará de mí lo que guste, y me tendrá por
impertinente; pero yo reviento si no le digo que esa manera de tratar a
sus servidores es anticristiana, y antisocial, y bárbara y soez. Tómelo
usted por donde quiera, que yo, tan pobre y tan desnudo como entré en
su casa, saldré de ella. Los sirvientes son personas, no animales, y
tan hijos de Dios como usted, y tienen su dignidad y su pundonor, como
cualquier señor feudal, o que pretende serlo, de los tiempos pasados
y futuros. Y dicho esto, que es en mi un deber de conciencia, deme
permiso para marcharme.
Volvió el señor a examinarle detenidamente, cara, traje, manos, los
pies desnudos, el cráneo de admirable estructura, y lo que veía, así
como el lenguaje urbano del mendigo, tan desconforme con su aparente
condición, debió de asombrarlo y confundirle.
—Y tú, moro auténtico, o pordiosero falsificado —le dijo—, ¿cómo sabes
esas cosas, y cuándo y dónde aprendiste a expresarlas tan bien?
Y antes de oír la respuesta, se levantó y ordenó al peregrino
imperiosamente que le siguiera.
—Ven acá... Quiero examinarte, antes de responderte.
Llevole a una estancia espaciosa, amueblada con antiguos sillones de
nogal, mesas de lo mismo, arcones y estantes, y señalándole un asiento,
se sentó él también; mas pronto se puso en pie, y fue de un lado para
otro mostrando una inquietud nerviosa, que habría desconcertado a
hombres de peor temple que el gran Nazarín.
—Tengo una idea..., ¡oh, qué idea!... ¡Si fuera...! Pero no, no puede
ser. Sí que es... El demonio me lleve si no puede ser. Cosas más
extraordinarias se han visto... ¡Rayos! Desde el primer momento lo
sospeché... No soy hombre que se deja engañar... ¡Oh, el Oriente! ¡Qué
grandeza!... Solo allí existe la vida espiritual...
Y no decía más que esto, paseo arriba, paseo abajo, sin mirar al
clérigo, o parándose para mirarle de hito en hito con asombro y cierta
turbación. Don Nazario no sabía qué pensar, y ya creía ver en el señor
de la Coreja el mayor extravagante que Dios había echado al mundo, ya
un tirano de refinada crueldad, que preparaba a su huésped algún atroz
suplicio, y jugaba con él, como el gato con el ratón antes de comérselo.
«Si me achico —pensó—, seré sacrificado de una manera desairada y
estúpida. Saquemos partido de la situación, y si este gigante furioso
ha de hacer en mí una barbaridad, que no sea sin oír antes las verdades
evangélicas».
—Señor mío, hermano mío —le dijo levantándose, y tomando el tono
sereno y cortés que usar solía para reprender a los malos—, perdone
a mi pequeñez que se atreva a medirse con su grandeza. Cristo me lo
manda: debo hablar y hablaré. Veo al Goliat ante mí, y sin reparar en
su poder, me voy derecho a él con mi honda. Es propio de mi ministerio
amonestar a los que yerran; no me acobarda la arrogancia del que me
escucha; mis apariencias humildes no significan ignorancia de la fe
que profeso, ni de la doctrina que puedo enseñar a quien lo necesite.
No temo nada, y si alguien me impusiera el martirio en pago de las
verdades cristianas, al martirio iría gozoso. Pero antes he de decirle
que está usted en pecado mortal, que ofende a Dios gravemente con su
soberbia, y que si no se corrige, no le servirán de nada su estirpe,
ni sus honores y riquezas, vanidad de vanidades, inútil peso que le
hundirá más cuanto más quiera remontarse. La ira es daño gravísimo, que
sirve de cebo a los demás pecados, y priva al alma de la serenidad que
necesita para vencer el mal en otras esferas. El colérico está vendido
a Satanás, quien ya sabe cuán poco tiene que luchar con las almas que
fácilmente se inflaman en rabia. Modere usted sus arrebatos, sea cortés
y humano con los inferiores. Ignoro si siente usted el amor de Dios;
pero sin el del prójimo, aquel grande amor es imposible, pues la planta
amorosa tiene sus raíces en nuestro suelo, raíces que son el cariño
a nuestros semejantes, y si estas raíces están secas, ¿cómo hemos de
esperar flores ni frutos allá arriba? La sorpresa con que usted me
escucha, me prueba que no está acostumbrado a oír verdades como estas,
y menos de un infeliz haraposo y descalzo. Por eso la voz de Cristo en
mi corazón me dijo una y otra vez que entrase, sin temor a nada ni a
nadie, y por eso entré, y heme puesto delante del dragón. Abra usted
sus fauces, alargue sus uñas, devóreme si gusta; pero expirando le diré
que se enmiende, que Cristo me manda aquí para llamarlo a la verdad, y
anunciarle su condenación si no acude pronto al llamamiento.
Grande fue la sorpresa de Nazarín al ver que el señor de la Coreja no
solo no se enfurecía oyéndole, sino que le oía con atención y hasta con
respeto, no ciertamente humillándose ante el sacerdote, sino vencido
del asombro que tales conceptos en boca de persona tan humilde le
causaban.
—Ya hablaremos de eso —le dijo con calma—. Tengo una idea..., una idea
que me atormenta..., porque has de saber que de algún tiempo acá, la
pérdida de la memoria es el mayor suplicio de mi vida, y la causa de
todas mis rabietas...
De repente se dio una palmada en la frente, y diciendo: «Ya la cogí.
¡_Eureka, eureka_!», se fue casi de un salto al cuarto próximo, dejando
solo y cada vez más desconcertado al buen peregrino. El cual, como
Belmonte dejara abierta la puerta, pudo verle en la estancia inmediata,
que era al modo de biblioteca o despacho, revolviendo papeles de los
muchos que sobre una gran mesa había. Ya pasaba la vista rápidamente
por periódicos grandísimos, al parecer extranjeros, ya hojeaba
revistas, y por fin sacó de un estante legajos que examinaba con
febril presteza. Duró esto cerca de una hora. Vio Nazarín que entraron
criados en el despacho, que el señor les daba órdenes, por cierto con
mejor modo que antes, y por último, criados y señor desaparecieron por
otra puerta que daba a las interioridades de aquel vasto edificio. Al
quedarse solo, el buen padrito examinó con más calma la habitación en
que se encontraba; vio en las paredes cuadros antiguos, religiosos,
bastante buenos: san Juan reprendiendo a Herodes delante de Herodías;
Salomé bailando; Salomé con la cabeza del Bautista; por otro lado,
santos de la orden de Predicadores, y en el testero principal un buen
retrato de Pío IX. Pues, señor, seguía sin entender la casa, ni al
dueño de ella, ni nada de lo que veía. Ya empezaba a temer que le
abandonaban en aquel solitario aposento, cuando entró un criado a
llamarle y le dijo que le siguiera.
«¿Para qué me querrán? —se decía, atravesando tras el fámulo salas y
corredores—. Dios sea conmigo, y si me llevan por aquí para meterme en
una mazmorra, o arrojarme en una cisterna, o segarme el pescuezo, que
me coja la muerte en la disposición que he deseado toda mi vida».
Pero la mazmorra o cisterna a que le llevaron era un comedor espacioso,
alegre y muy limpio, en el cual vio la mesa puesta, con todo el lujo
de fina loza y cristalería que se estila en Madrid, y en ella dos
cubiertos no más, uno frente a otro. El señor de Belmonte, que allí
estaba, vestido de negro, el cabello y barba muy bien atusados, camisa
con pechera y cuello lustrosos, señaló a Nazarín uno de los asientos.
—Señor —balbució el penitente turbado y confuso—, ¿con esta facha
mísera he de sentarme a mesa tan elegante?
—Que se siente digo, y no me obligue a repetirlo —añadió el caballero
con más aspereza en la palabra que en el tono.
Comprendiendo que la gazmoñería no cuadraba a su humildad sincera, don
Nazario se sentó. Una negativa insistente habría resultado más bien
afectado orgullo que amor de la pobreza.
—Me siento, señor, y acepto el desmedido honor que usted hace,
sentándole a su mesa, a un pobre de los caminos que ayer fue mordido
cruelmente por los perros de esta casa. Parte de lo que dije hace poco
a usted por mandato de mi Señor, queda sin efecto por este acto suyo
de caridad. Quien tal hace, no es, no puede ser enemigo de Cristo.
—¡Enemigo de Cristo! ¿Pero que está usted diciendo, hombre? —exclamó el
gigante del modo más campechano—. ¡Si Él y yo somos muy amigos!
—Bien... Pues si acepto su noble invitación, señor mío, le suplico me
dé licencia para no alterar mi costumbre de comer tan solo lo preciso
para alimentarme. No, no me eche vino: no lo pruebo jamás, ni ninguna
clase de licores.
—Usted come lo que quiere. No acostumbro molestar a mis invitados,
haciéndoles rebasar la medida de su apetito. Se le servirá de todo, y
usted come o no come, o ayuna, o se harta, o se queda con hambre, según
le cuadre... Y en premio de esta concesión, señor mío, yo a mi vez, le
pido me dé licencia...
—¿Para qué? No la necesita usted para mandarme cuanto se le ocurra.
—Licencia para interrogarle...
—¿Sobre qué?
—Sobre los problemas pendientes, del orden social y religioso.
—No sé si mi escasísimo saber me permitirá contestarle con el acierto
que usted sin duda espera de mí...
—¡Oh! Si empieza usted por disimular su ciencia, como disimula su
condición, hemos concluido.
—Yo no disimulo nada; soy tal como usted me ve; y en cuanto a mi
ciencia, si desde luego declaro que es mayor de lo que corresponde a la
vida que llevo y a los trapos que visto, no la tengo por tan superior
que merezca manifestarse ante persona tan ilustrada.
—Eso lo veremos. Yo sé poco; pero algo aprendí en mis viajes por
Oriente y Occidente, algo también en el trato social, que es la
biblioteca más nutrida y la mejor cátedra del mundo, y con lo que
he podido observar, y un poquito de lectura, prestando atención
excepcional a los asuntos religiosos, atesoro unas cuantas ideas que
son para mí la propiedad más estimable. Pero ante todo..., ya rabio por
preguntárselo..., ¿qué piensa usted del estado actual de la conciencia
humana?