—Señor, no busquemos tres pies al gato —dijo Ándara—, que si ese hombre
tan bruto nos arrima una paliza, con ella hemos de quedarnos.
En esto llegaban a un caminito estrecho, con dos filas de chopos, el
cual parecía la entrada de la finca, y lo mismo fue poner su planta en
él los tres peregrinos, que se abalanzaron dos perrazos como leones,
ladrando desaforadamente, y antes que pudieran huir, les embistieron
furiosos. ¡Qué bocas, que feroces dientes! A Nazarín le mordieron una
pierna, a Beatriz una mano, y a la otra le hicieron trizas la falda, y
aunque los tres se defendían con sus palos bravamente, los terribles
canes habrían dado cuenta de ellos, si no los contuviera un guarda que
salió de entre unos matojos.
Ándara se puso en jarras, y no fueron injurias las que echó de su
boca contra la casa y sus endiablados perros. Nazarín y Beatriz no se
quejaban. Y el maldito guarda, en vez de mostrarse condolido del daño
causado por los fieros animales, endilgó a los peregrinos esta grosera
intimación:
—Váyanse de aquí, granujas, holgazanes, taifa de ladrones. Y den
gracias a Dios de que no les ha visto el amo; que si les ve, ¡Cristo!,
no les quedan ganas de asomar las narices a la Coreja.
Apartáronse medrosas las dos mujeres, llevándose casi a la fuerza
a Nazarín, que, al parecer, no se asustaba de cosa alguna. En una
frondosa olmeda, por donde pasaba un arroyuelo, se sentaron a descansar
del sofoco, y a lavarle las heridas al bendito clérigo, vendándoselas
con trapos que la previsora Beatriz llevaba. En todo el resto de la
tarde y prima noche, hasta la hora del rezo, no se habló más que del
peligro que habían corrido, y la de Móstoles contó nuevos desmanes del
señor de Belmonte. Decía la fama que era viudo y que había matado a su
mujer. La familia, de la nobleza de Madrid, no se trataba con él, y le
recluía en aquella campestre residencia como en un presidio, con muchos
y buenos criados, unos para cuidarle y asistirle en sus cacerías, otros
para tenerle bien vigilado, y prevenir a sus parientes si se escapaba.
Con estas noticias se avivó más y más el deseo que Nazarín sentía de
encararse con semejante fiera. Acordando pasar la noche en la espesura
de aquellos olmos, allí rezaron y cenaron, y de _sobremesa_ dijo que
por nada de este mundo dejaría de hacer una visita a la Coreja, donde
le daba el corazón que encontraría algún padecimiento grande, o cuando
menos castigos, desprecios, y contrariedades, ambición única de su alma.
—¡Y qué, hijas mías, todo no ha de ser bienandanzas! Si no nos salieran
al encuentro ocasiones de padecer, y grandes desventuras, terribles
hambres, maldades de hombres y ferocidades de bestias, esta vida
sería deliciosa, y buenos tontos serían todos los hombres y mujeres
del mundo si no la adoptaran. ¿Pues qué os habíais figurado vosotras?
¿Que íbamos a entrar en un mundo de amenidades y abundancias? ¡Tanto
empeño por seguirme, y en cuanto se presenta coyuntura de sufrir, ya
queréis esquivarla! Pues para eso no hacía ninguna falta que vinierais
conmigo; y de veras os digo que si no tenéis aliento para las cuestas
enmarañadas de abrojos, y solo os gusta el caminito llano y florido,
debéis volveros y dejarme solo.
Trataron de disuadirle con cuantas razones se les ocurrieron, entre
ellas algunas que no carecían de sentido práctico, verbigracia, que
cuando el mal les acometiese, debían apechugar con él y resistirlo;
pero que en ningún caso era prudente buscarlo con temeridad. Esto
arguyeron ellas en su tosco estilo, sin lograr convencerle ni aquella
noche, ni a la siguiente mañana.
—Por lo mismo que el señor de la Coreja goza fama de corazón duro —les
dijo—, por lo mismo que es cruel con los inferiores, sañudo con los
débiles, yo quiero llamar a su puerta y hablar con él. De este modo
veré por mí mismo si es justa o no la opinión, la cual a veces, señoras
mías, yerra grandemente. Y si en efecto es malo el señor... ¿cómo dices
que se llama?
—Don Pedro de Belmonte.
—Pues si es un dragón ese don Pedro, yo quiero pedirle una limosna por
amor de Dios, a ver si el dragón se ablanda y me la da. Y si no, peor
para él y para su alma.
No quiso oír más razones, y viendo que las dos mujeronas palidecían de
miedo y daban diente con diente, les ordenó que le aguardasen allí, que
él iría solo, impávido, y decidido a cuanto pudiera sucederle, desde la
muerte, que era lo más, a las mordidas de los canes, que eran lo menos.
Púsose en marcha, y ellas le gritaban:
—No vaya, no vaya, que ese bruto le va a matar... ¡Ay, señor Nazarín de
mi alma, que no le volvemos a ver!... Vuélvase, vuélvase para atrás,
que ya salen los perros, y muchos hombres, y uno que parece el amo, con
escopeta... ¡Dios mío, Virgen Santísima, socorrednos!
Fue don Nazario en derechura de la entrada del predio, y avanzó
resuelto por la calle de árboles sin encontrar a nadie. Ya cerca del
edificio, vio que hacia él iban dos hombres, y oyó ladrar de perros;
mas eran de caza, no los furiosos mastines del día anterior. Avanzó
con paso firme, y ya próximo a los hombres, observó que ambos se
plantaron como esperándole. Él les miró también, y encomendose a Dios,
conservando su paso reposado y tranquilo. Al llegar junto a ellos, y
antes de que pudiera hacerse cargo de cómo eran los tales, una voz
imperativa y furibunda le dijo:
—¡A dónde va usted por aquí, demonio de hombre! Esto no es camino,
¡rayos!, no es camino más que para mi casa.
Parose en firme Nazarín ante don Pedro de Belmonte, pues no era otro
el que así le hablaba, y con voz segura y humilde, sin que en ella la
humildad delatara cobardía, le dijo:
—Señor, vengo a pedirle una caridad, por amor de Dios. Bien sé que esto
no es camino más que para su casa, y como doy por cierto que en toda
casa de esta cristiana tierra viven buenas almas, por eso he entrado
sin licencia. Si en ello le ofendí, perdóneme.
Dicho esto, Nazarín pudo contemplar a sus anchas la arrogantísima
figura del anciano señor de la Coreja, don Pedro de Belmonte. Era
hombre de tan alta estatura que bien se le podía llamar gigante, bien
plantado, airoso, como de sesenta y dos años; pero vejez más hermosa
difícilmente se encontraría. Su rostro, del sol curtido, su nariz
un poco gruesa y de pronunciada curva, sus ojos vivos bajo espesas
cejas, su barba blanca, puntiaguda y rizosa, su ancha y despejada
frente revelaban un tipo noble, altanero, más amigo de mandar que de
obedecer. A las primeras palabras que le oyó, pudo observar Nazarín la
fiereza de su genio, y la gallardía despótica de sus ademanes. Lo más
particular fue que después de echarle a cajas destempladas, y cuando ya
el penitente, con humilde acento, gorra en mano, se despedía, don Pedro
se puso a mirarle fijamente, poseído de una intensísima curiosidad.
—Ven acá —le dijo—. No acostumbro dar a los holgazanes y vagabundos más
que una buena mano de palos, cuando se acercan a mi casa. Ven acá, te
digo.
Turbose Nazarín un instante, pues con todo el valor del mundo era
imposible no desmayar ante la fiereza de aquellos ojos, y la voz
terrorífica del orgulloso caballero. Vestía traje ligero y elegante,
con el descuido gracioso de las personas hechas al refinado trato
social, botas de campo, y en la cabeza un livianillo oscuro, ladeado
sobre la oreja izquierda. A la espalda llevaba la escopeta de caza, y
en un cinto muy majo las municiones.
«Ahora —pensó Nazarín—, este buen señor coge la escopeta, y me destripa
de un culatazo, o me da con el cañón en la cabeza y me la parte. Dios
sea conmigo».
Pero el señor de Belmonte seguía mirándole, mirándole, sin decir nada,
y el hombre que iba en su compañía, también armado de escopeta, les
miraba a los dos.
—Pascual —dijo el caballero a su criado—, ¿qué te parece este tipo?
Como Pascual no respondiese, sin duda por respeto, don Pedro soltó una
risotada estrepitosa, y encarándose con Nazarín añadió:
—Tú eres moro... Pascual, ¿verdad que es moro?
—Señor, soy cristiano —replicó el peregrino.
—Cristiano de religión... ¡Y a saber...! Pero eso no quita que seas de
pura raza arábiga. ¡Ah!, conozco yo bien a mi gente. Eres árabe, y de
Oriente, del poético, del sublime Oriente. ¡Si tengo yo un ojo...! ¡En
seguida que te vi...! Ven conmigo.
Y echó a andar hacia la casa, llevando a su lado al pordiosero, y
detrás al sirviente.
—Señor —repitió Nazarín—, soy cristiano.
—Eso lo veremos... ¡A mí con esas! Para que te enteres, yo he sido
diplomático, y cónsul, primero en Beirut, después en Jerusalén. En
Oriente pasé quince años, los mejores de mi vida. Aquello es país.
Creyó Nazarín prudente no contradecirle, y se dejó llevar, hasta ver en
qué paraba todo aquello. Entraron en un largo patio, donde oyó ladrar
los perros del día anterior... Les conocía por el metal de voz. Luego
atravesaron una segunda portalada, para pasar a otro corralón más
grande que el primero, donde algunos carneros y dos vacas holandesas
pastaban la abundante hierba que allí crecía. Tras aquel patio, otro
más chico, con una noria en el centro. Tan extraña serie de recintos
murados pareciéronle a Nazarín fortaleza o ciudadela. Vio también la
torre que desde tan lejos se divisaba, y que era un inmenso palomar, en
torno del cual revoloteaban miles de parejas de aquellas lindas aves.
Desembarazose el caballero de su escopeta, que entregó al criado,
mandándole que se alejara, y se sentó en un poyo de piedra.
Las primeras frases de la conversación entre el mendigo y Belmonte
fueron de lo más extraño que puede imaginarse.
—Dime: si ahora te arrojara yo a ese pozo, ¿qué harías?
—¿Qué había de hacer, señor? Pues ahogarme, si tiene agua; y si no la
tiene, estrellarme.
—¿Y tú que crees? ¿Que soy capaz de arrojarte?... ¿Qué opinión tienes
de mí? Habrás oído en el pueblo que soy muy malo.
—Como siempre hablo con verdad, señor, en efecto, le diré que la
opinión que traigo de usted no es muy buena. Pero yo me permito creer
que la aspereza de su genio no quita que posea un corazón noble, un
espíritu recto y cristiano, amante y temeroso de Dios.
Volvió a mirarle el caballero con atención y curiosidad tan intensas,
que Nazarín no sabía qué pensar, y estaba un sí es no es aturdido.