Al anochecer, cuando salió del templo, las primeras personas con que
tropezó don Nazario fueron Ándara y Beatriz, que iban a encontrarle.
—La niña no está peor —le dijeron—. Aun parece que está algo
despejadita... Abrió los ojos un rato, y nos miraba... Veremos qué tal
pasa la noche.
Añadieron que le habían preparado una modesta cena, la cual aceptó por
no parecer huraño y desagradecido. Reunidos todos en el bodegón, la
Fabiana parecía un poquito más animada, por haber notado en la niña,
hacia el mediodía, algún despejo; pero a la tarde había vuelto el
recargo. Ordenole Nazarín que siguiese dándole la medicina prescrita
por el médico.
Alumbrados por un candilejo fúnebre pendiente del techo, cenaron,
extremando el convidado su sobriedad hasta el punto de no tomar más
que medio huevo cocido y un platito de menestra con ración exigua de
pan. Vino, ni verlo. Aunque le habían preparado una cama bien mullida
con paja y unas mantas, se resistió a pernoctar allí, y defendiéndose
como pudo de las afables instancias de aquella buena gente, determinó
dormir con su perro en el espacioso solar donde pasado había la
anterior noche. Antes de retirarse al descanso, estuvieron un ratito de
tertulia, sin poder hablar de otra cosa que de la niña enferma, y de
cuán vanas son, en todo caso de enfermedad, las esperanzas de alivio.
—Pues esta —dijo Fabiana señalando a Beatriz—, también está malucha.
—Pues no lo parece —observó Nazarín, mirándola con más atención que lo
había hecho hasta entonces.
—Son cosas —dijo Ándara— de los condenados nervios. Está así desde que
vino de Madrid; pero no se le conoce en la cara, ¿verdad? Cada día más
guapa... Todo es por un susto, por muchísimos sustos que le hizo pasar
aquel _chavó_...
—Cállate, tonta.
—Pues no lo digo...
—Lo que tiene —agregó Fabiana— es pasmo de corazón, vamos al decir,
maleficio, porque crea usted, padre Nazarín, que en los pueblos hay
malos quereres, y gente que hace daño con solo mirar por el rabo del
ojo.
—No seáis supersticiosas os he dicho; y vuelvo a repetíroslo.
—Pues lo que tengo —afirmó Beatriz no sin cierta cortedad— es que hace
tres meses perdí las ganas de comer, pero tan en punto, que no entraba
por mi boca ni el peso de un grano de trigo. Si me embrujaron o no me
embrujaron, yo no lo sé. Y tras el no comer, vino el no dormir; y me
pasaba las noches dando vueltas por la casa, con un bulto aquí, en la
boca del estómago, como si tuviera atravesado un sillar de berroqueña
de los más grandones.
—Después —añadió Fabiana—, le daban unos ataques tan fuertes, pero tan
fuertes, señor de Nazarín, que entre todos no la podíamos sujetar.
Bramaba y espumarajeaba, y luego salía pegando gritos, y _pronunciando_
cosas que la avergonzaban a una.
—No seáis simples —dijo Ándara con sincera convicción—; eso es tener
los demonios metidos en el cuerpo. Yo también los tuve cuando pasé de
la edad del pavo, y me curé con unos polvos que los llaman... cosa de
_broma dura_..., o no sé qué.
—Fueran o no demonios —manifestó Beatriz—, yo padecía lo que _no hay
idea_, señor cura, y cuando me daba, yo era capaz de matar a mi madre
si la tuviera, y habría cogido un niño crudo o una pierna de persona
para comérmela, o destrozarla con los dientes... Y después, ¡qué
angustias mortales, qué ganitas de morirme! A veces no pensaba más que
en la muerte, y en las muchas maneras que hay de matarse una. Y lo
peor era cuando me entraban los horrores de las cosas. No podía pasar
por junto a la iglesia sin sentir que se me ponían los pelos de punta.
¿Entrar en ella? Antes morir... Ver a un cura con hábitos, ver un mirlo
en su jaula, un jorobado, o una cerda con crías, eran las cosas que más
me horrorizaban. ¿Y oír campanas? Esto me volvía loca.
—Pues eso —dijo Nazarín— no es brujería ni nada de demonios; es una
enfermedad muy común y muy bien estudiada, que se llama histerismo.
—_Esterismo_, cabal; eso decía el médico. Me entraba el ataque sin
saber por qué, y se me pasaba sin saber cómo. ¿Tomar? ¡Dios mío las
cosas que he tomado! Los palitos de saúco puestos de remojo un viernes,
el suero de la vaca negra, las hormigas machacadas con cebolla... ¡Pues
y las cruces, y medallas, y muelas de muerto que me he colgado del
pescuezo!
—¿Y está usted curada ya? —le preguntó Nazarín mirándola otra vez.
—Curada no. Hace tres días me dio la malquerencia, esto de aborrecer
una; pero ya menos fuerte que antes. Voy mejorando.
—Pues la compadezco a usted. Esa dolencia debe de ser muy mala. ¿Cómo
se cura? Mucha parte tiene en ella la imaginación, y con la imaginación
debe intentarse el remedio.
—¿Cómo, señor?
—Procurando penetrarse bien de la idea de que tales trastornos son
imaginarios. ¿No dice usted que le causaba horror la santa iglesia?
Pues vencer ese horror y entrar en ella, y pedir fervorosamente al
Señor el alivio. Yo le aseguro a usted que no tiene ya dentro del
cuerpo ningún demonio, llamemos así a esas extrañas aberraciones de la
sensibilidad que produce nuestro sistema nervioso. Persuádase usted
de que esos fenómenos no significan lesión ni avería de ninguna
entraña, y no volverá a padecerlos. Rechace usted la tristeza,
pasee, distráigase, coma todo lo que pueda, aleje de su cerebro las
cavilaciones, procure dormir, y ya está usted buena. Ea, señoras, que
es tarde, y yo voy a recogerme.
Ándara y Beatriz le acompañaron hasta su domicilio, en el solar, y
dejáronle allí después de arreglarle con hierba y piedras el mejor
lecho posible.
—No crea usted, padre —le dijo Beatriz al despedirse—; me ha consolado
mucho con lo que me ha dicho de este mal que padezco. Si son demonios,
porque son demonios, si no, porque son nervios..., ello es que más fe
tengo en usted que en todo el medicato facultativo del mundo entero...
Conque..., buenas noches.
Rezó largo rato Nazarín, y después se durmió como un bendito hasta el
amanecer. El canto gracioso de los pajarillos, que en aquellos ásperos
bardales tenían sus aposentos, le despertó, y a poco entraron Ándara y
su amiga a darle las albricias. ¡La niña mejor! Había pasado la noche
más tranquilita, y desde el alba tenía un despejo y un brillar de ojos
que eran señales de mejoría.
—¡Si no es esto milagro, que venga Dios y lo vea!
—Milagro no es —les dijo con gravedad—. Dios se apiada de esa infeliz
madre. Habríalo hecho quizás sin nuestras oraciones.
Fueron todos allá, y encontraron a Fabiana loca de contento. Echó al
curita los brazos, y aun quiso besarle, a lo que él resueltamente se
opuso. Había esperanzas; pero no motivo aún para confiar en la curación
de la niña. Podía venir un retroceso, y entonces, ¡cuánto mayor sería
la pena de la pobre madre! En fin, cualquiera que fuese el resultado
ya lo verían ellas, que él, si no mandaban otra cosa, se marchaba
en aquel mismo momento, después de tomar un frugalísimo desayuno.
Inútiles fueron las instancias y afabilidades de las tres hembras
para detenerle. Nada tenía que hacer allí; estaba perdiendo el tiempo
muy sin sustancia, y érale forzoso partir para dar cumplimiento a su
peregrina y santa idea.
Tierna fue la despedida, y aunque reiteradamente exhortó a la feróstica
de Madrid a que no le acompañara, ella dijo, en su tosco estilo, que
hasta el fin del mundo le seguiría gozosa, pues se lo pedía el corazón
de una manera tal, que su voluntad era impotente para resistir aquel
mandato. Salieron, pues, juntos, y tras ellos multitud de chiquillos y
algunas vejanconas del lugar; tanto que, por librarse de una escolta
que le desagradaba, Nazarín se apartó de la carretera, y, metiéndose
por el campo a la izquierda del camino real, siguió en derechura de una
arboleda que a lo lejos se veía.
—¿No sabe? —le dijo Ándara, cuando se retiraron los últimos del
séquito—. Me ha dicho anoche Beatriz que si la niña cura hará lo mismo
que yo.
—¿Qué hará, pues?
—Pues seguirle a usted a donde quiera que vaya.
—Que no piense en tal cosa. Yo no quiero que nadie me siga. Voy mejor
solito.
—Pues ella lo desea. Dice que por penitencia.
—Si la llama la penitencia, adóptela en buen hora; pero para eso no
necesita ir conmigo. Que abandone toda su hacienda, en lo cual paréceme
que no hace un gran sacrificio, y que salga a pedir limosna..., pero
solita. Cada cual con su conciencia, cada cual con su soledad.
—Pues yo le contesté que sí, que la llevaríamos...
—¿Y quién te mete a ti...?
—Me meto, sí señor, porque quiero a la Beatriz, y sé que le probará
esta vida. Como que le viene bien el ejercicio penitente para quitarse
de lo que la está matando el alma, que es un mal hombre llamado el
_Pinto_, o el _Pintón_, no estoy bien segura. Pero le conozco, buen
mozo, viudo, con un lunar de pelo aquí. Pues ese es el que le sorbe
el sentido, y el que le metió los demonios en el cuerpo. La tiene
engañada: hoy la desprecia, mañana le hace mil figuras, y _vele_ aquí
por qué se ha puesto tan _estericada_. Le conviene, sí señor, le
conviene el echarse a peregrina para limpiarse la cabeza de maldades,
que si no, lleva los demonios en el vientre y pecho, y en los vacíos,
en la cabeza cerebral sí que tiene sin fin de ellos. Y todo desde un
mal parto; y por la cuenta fueron dos...
—¿Para qué me traes a mi esas vanas historias, habladora, entrometida?
—le dijo Nazarín con enfado—. ¿Qué tengo yo que ver con Beatriz, ni con
el Pinto, ni con...?
—Porque usted debe ampararla, que si no se mete pronto a penitente
con nosotros, mirando un poco para lo del alma, se meterá a otra cosa
mala, tocante a lo del cuerpo, ¡mal ajo! ¡Si estuvo en un tris! Cuando
la niña cayó mala, ya tenía ella su ropa en el baúl para marcharse a
Madrid. Me enseñó la carta de la Seve llamándola y...
—Que no me cuentes historias, ea.
—Acabo ya... La Seve le decía que se fuera pronto, y que allá...,
pues...
—¡Que te calles! Vaya la Beatriz a donde quiera... No, eso no: que no
acuda al llamamiento de esa embaucadora..., que no muerda el anzuelo
que el demonio le tiende, cebado con vanidades ilusorias... Dile que
no vaya, que allí la esperan el pecado, la corrupción, el vicio, y una
muerte ignominiosa, cuando ya no tenga tiempo de arrepentirse.
—¿Pero cómo le digo todas esas cosas, padrito, si no volvemos a
Móstoles?
V
—Puedes ir tú, y yo te espero aquí.
—No se convencerá por lo que yo le hable. Yendo usted en persona y
parlándoselo bien, es seguro que no se pierde. En usted tiene fe, pues
con lo poquito que le oyó explicar de su enfermedad, ya se tiene por
curada, y no le entra más el arrechucho. Conque volvamos, si le parece
bien.
—Déjame, déjame que lo piense.
—Y con eso, sabremos si al fin se ha muerto la nena, o vive.
—Me da el corazón que vive.
—Pues volvamos, señor..., para verlo.
—No; vas tú, y le dices a tu amiga... En fin, mañana lo determinaré.
En una corraliza hallaron albergue, después de procurarse cena con
los pocos cuartos que les produjo la postulación de aquel día, y como
al amanecer del siguiente emprendiera Nazarín la marcha con el mismo
derrotero que desde Móstoles traía, le dijo Ándara:
—¿Pero usted sabe a dónde vamos?
—¿A dónde?
—A mi pueblo, ¡mal ajo!
—Te he dicho que no pronuncies más delante de mí ninguna fea palabra.
Si una sola vez reincides, no te permito acompañarme. Bueno: ¿hacia
dónde dices que caminamos?
—Hacia Polvoranca, que es mi pueblo, señor; y yo, la verdad, no
quisiera ir a mi tierra, donde tengo parientes, algunos en buena
posición, y mi hermana está casada con el del fielato. No se crea usted
que Polvoranca es cualesquiera cosa, que allá tenemos gente muy rica, y
los hay con seis pares... de mulas, quiere decirse.
—Comprendo que te sonrojes de entrar en tu patria —replicó el
peregrino—. ¡Ahí tienes! Si fueras buena, a todas partes podrías ir sin
sonrojarte. No iremos, pues, y encaminémonos por este otro lado, que
para nuestro objeto es lo mismo.
Anduvieron todo aquel día, sin más ocurrencia digna de mencionarse que
la deserción del perro que acompañaba a Nazarín desde Carabanchel.
Bien porque el animal tuviese también parentela honrada en Polvoranca,
bien porque no gustase de salir de su terreno, que era la zona de
Madrid en un corto radio, ello es que al caer de la tarde, _se
despidió_ como un criado descontento, tomando soleta para la Villa y
Corte, en busca de mejor acomodo. Después de hacer noche en campo raso,
al pie de un fresno, los caminantes avistaron nuevamente a Móstoles, a
donde Ándara guiaba, sin que don Nazario se enterase del rumbo.
—¡Calle!, ¿ya estamos otra vez en el poblachón de tus amigas? Pues mira,
hija, yo no entro. Ve tú y entérate de cómo está la niña, y de paso le
dices de mi parte a esa pobre Beatriz lo que ya sabes, que no haga caso
de las solicitudes del vicio, y que si quiere peregrinar y hacer vida
humilde, no necesita de mí para nada... Anda, hija, anda. En aquella
noria vieja, que allí se ve entre dos árboles raquíticos, y que estará
como a un cuarto de legua del pueblo, te espero. No tardes.
Fuese a la noria despacito, bebió un poco de agua, descansó, y no
habían pasado dos horas desde que se alejó la andariega, cuando Nazarín
la vio volver, y no sola, sino acompañada de otra que tal, en quien,
cuando se aproximaron, reconoció a la Beatriz. Seguíanlas algunos
chicos del pueblo. Antes de llegar a donde el mendigo las esperaba, las
dos mozas y los rapaces prorrumpieron en gritos de alborozo.
—¿No sabe?... ¡La niña, buena! ¡Viva el santo Nazarín! ¡Vivaaa! La
niña, buena..., buena del todo. Habla, come, y parece resucitada.
—Hijas, no seáis locas. Para darme la buena noticia, no es preciso
alborotar tanto.
—¡Sí que alborotamos! —gritaba Ándara dando brincos.
—Queremos que lo sepan los pájaros del aire, los peces del río, y hasta
los lagartos que corren entre las piedras —dijo la Beatriz radiante de
júbilo, con los ojos echando lumbre.
—Que es milagro, ¡contro!
—¡Silencio!
—No será milagro, padre Nazarín; pero usted es muy bueno, y el Señor le
concede todo lo que lo pide.
—No me habléis de milagros, ni me llaméis santo, porque me meteré
avergonzado y corrido donde jamás volváis a verme.
Los muchachos alborotaban no menos que las mujeres, llenando el aire de
graciosos chillidos.
—Si entra el señor en el pueblo, le llevan en volandas. Creen que la
niña estaba muerta y que él, con solo ponerle la mano en la frente, la
volvió a la vida.
—Jesús, ¡qué disparate! Cuánto me alegro de no haber ido allá. En fin,
alabemos la infinita misericordia del Señor... Y la Fabiana, ¡qué
contenta estará!
—Loca, señor, loca de alegría. Dice que si usted no entra en su casa,
la niña se muere. Y yo también lo creo. ¿Y sabe usted lo que hacen las
viejas del pueblo? Entran en nuestra casucha, y nos piden por favor que
las dejemos sentar en la misma banqueta en que el bendito de Dios se
sentó.
—¡Vaya un desatino! ¡Qué simplicidad! ¡Qué inocencia!
Reparó entonces don Nazario que Beatriz iba descalza, con falda negra,
pañuelo corto cruzado en el busto, un morral a la espalda, en la cabeza
otro pañuelo liado en redondo.
—¿Vas de viaje, mujer? —le preguntó; y no es de extrañar que la
tutease, pues esta era en él añeja costumbre, hablando con gente del
pueblo.
—Viene con nosotros —afirmó Ándara con desenfado—. Ya ve, señor. No
tiene más que dos caminos: el que usted sabe, allá, con la Seve, y este.
—Pues que emprenda solita su campaña piadosa. Idos las dos juntas, y
dejadme a mí.
—Eso nunca —replicó la de Móstoles—, pues no es bien que usted vaya
solo. Hay mucha gente mala en este mundo. Llevándonos a nosotras, no
tenga ningún cuidado, que ya sabremos defenderle.
—No, si yo no tengo cuidado, ni temo nada.
—¿Pero en qué le estorbamos? ¡Vaya con el señor!... —dijo la de
Polvoranca con cierto mimo—. Y si se nos llena el cuerpo de demonios,
¿quién nos los echa? ¿Y quién nos enseña las cosas buenas, lo del alma,
de la gloria divina, de la misericordia, y de la pobreza? ¡Esta y yo
solas! Apañadas estábamos. ¡Mire que...! ¡Vaya, que quererle una tanto,
sin malicia, todo por bien, y darle a una este pago!... Malas _semos_;
pero si nos deja atrás, ¿qué va a ser de nosotras?
Beatriz nada decía, y se limpiaba las lágrimas con su pañuelo. Quedose
un rato meditabundo el buen Nazarín, haciendo rayas en el suelo con su
palo, y por fin les dijo:
—Si me prometéis ser buenas, y obedecerme en todo lo que os mandare,
venid.
Despedidos los chicuelos mostolenses, para lo cual fue preciso darles
los poquísimos ochavos de la colecta de aquel día, emprendieron
los tres penitentes su marcha, tomando un senderillo que hay a la
derecha del camino real, conforme vamos a Navalcarnero. La tarde
fue bochornosa; levantose a la noche un fuerte viento que les daba
de cara, pues iban hacia el oeste, brillaron relámpagos espantosos,
seguidos de formidables truenos, y descargó una violentísima lluvia
que les puso perdidos. Felizmente, les deparó la suerte unas ruinas
de antigua cabaña, y allí se guarecieron del furioso temporal. Ándara
reunió leña y hojarasca. Beatriz que, como mujer precavida, llevaba
mixtos, prendió una hermosa hoguera, a la cual se arrimaron los tres
para secar sus ropas. Resueltos a pasar allí la noche, pues no era
probable encontraran sitio más cómodo y seguro, Nazarín les dio la
primera conferencia sobre la Doctrina, que las pobres ignoraban o
habían olvidado. Más de media hora las tuvo pendientes de su palabra
persuasiva, sin retóricas ociosas, hablándoles de los principios del
mundo, del pecado original, con todas sus consecuencias lamentables,
hasta que la infinita misericordia de Dios dispuso sacar al hombre
del cautiverio del mal por medio de la redención. Estas nociones
elementales las explicaba el ermitaño andante con lenguaje sencillo,
dándoles más claridad a veces con la forma de ejemplos, y ellas le
oían embobadas, sobre todo Beatriz, que no perdía sílaba, y todo se
lo asimilaba fácilmente, grabándolo en su memoria. Después rezaron el
rosario y letanías, y repitieron varias oraciones que el buen maestro
quería que aprendiesen de corrido.
Al día siguiente, después de orar los tres de rodillas, emprendieron
la marcha con buena fortuna: las dos mujeres, que se adelantaban
a pedir en las aldeas o caseríos por donde pasaban, recogieron
bastantes ochavos, hortalizas, zoquetes de pan y otras especies.
Pensaba Nazarín que iban demasiado bien aquellas penitencias para
ser tales penitencias, pues desde que salió de Madrid llovían sobre
él las bienandanzas. Nadie le había tratado mal: no había tenido
ningún tropiezo; le daban limosna casi siempre que la pedía, y éranle
desconocidas el hambre y la sed. Y a mayor abundamiento, gozaba de
preciosa libertad, la alegría se deabordaba de su corazón, y su salud
se robustecía. Ni un triste dolor de muelas lo había molestado desde
que se echó a los caminos, y además, ¡qué ventura no cuidarse del
calzado ni de la ropa, ni inquietarse por si el sombrero era flamante
o viejo, o por si iba bien o mal pergeñado! Como no se afeitaba, ni lo
había hecho desde mucho antes de salir de Madrid, tenía ya la barba
bastante crecida: era negra y canosa, terminada airosamente en punta. Y
con el sol y el aire campesino, su tez iba tomando un color bronceado,
caliente, hermoso. La fisonomía clerical habíase desvanecido por
completo, y el tipo arábigo, libre ya de aquella máscara, resaltaba en
toda su gallarda pureza.
Cortoles el paso el río Guadarrama, que con el reciente temporal venía
bastante lleno; pero no les fue difícil encontrar más arriba sitio
por donde vadearlo, y siguieron por una campiña menos solitaria y
estéril que la de la orilla izquierda, pues de trecho en trecho veían
casas, aldehuelas, tierras bien labradas, sin que faltaran árboles y
bosquecillos muy amenos. A media tarde divisaron unas casonas grandes
y blancas, rodeadas de verde floresta, destacándose entre ellas
una gallarda torre, de ladrillo rojo, que parecía campanario de un
monasterio. Acercándose más, vieron a la izquierda un caserío rastrero
y pobre, del color de la tierra, con otra torrecilla, como de iglesia
parroquial de aldea. Beatriz, que estaba fuerte en la geografía de la
región que iban recorriendo, les dijo:
—Ese lugar es Sevilla la Nueva, de corto vecindario, y aquellas casas
grandonas y blancas con arboleda y una torre, son la finca o estados
que llaman la Coreja. Allí vive ahora su dueño, un tal don Pedro
de Belmonte, rico, noble, no muy viejo, buen cazador, gran jinete,
y el hombre de peor genio que hay en toda Castilla la Nueva. Quién
dice que es persona muy mala, dada a todos los demonios, quién que se
emborracha para olvidar penas, y hallándose en estado peneque, pega
a todo el mundo, y hace mil tropelías... Tiene tanta fuerza que un
día, yendo de caza, porque un hombre que pasaba en su burra no quiso
_desapartarse_, cogió burra y hombre, y levantándolos en vilo los tiró
por un despeñadero... Y a un chico que le espantó unas liebres le dio
tantos palos que le sacaron de la Coreja entre cuatro, medio muerto.
En Sevilla la Nueva le tienen tanto miedo que, cuando le ven venir,
aprietan todos a correr, santiguándose, porque una vez, no es broma,
por no sé qué pendencia de unas aguas, entró mi don Pedro en el pueblo
a la hora que salían de misa, y a bofetada limpia, a este quiero, a
este no quiero, tumbó en el suelo a más de la mitad... En fin, señor,
que me parece prudente que no nos acerquemos, porque suele andar el tal
de caza por estos contornos, y fácil es que nos vea y nos dé el quien
vive.
—¿Sabes que me pones en curiosidad —indicó Nazarín—, y que la pintura
que has hecho de esa fiera más me mueve a seguir hacia allá que a
retroceder?