III

—Iré —dijo el árabe manchego, después de oír por tercera vez la súplica

de Ándara—, iré, pero solamente por dar a esas pobres mujeres un

consuelo de palabras piadosas... Mis facultades no alcanzan a más. La

compasión, hija mía, el amor de Cristo y del prójimo no son medicina

para el cuerpo. Vamos, sí, enséñame el camino; pero no a curar a la

niña, que eso la ciencia puede hacerlo, y si el caso es desesperado,

Dios Omnipotente.

—¿A mí me viene usted con esas incumbencias? —replicó la moza con el

desgarro que usar solía en su prisión de la calle de las Amazonas—. No

se haga su reverencia el chiquito conmigo; que a mí me consta que es

santo. Vaya, vaya. ¡A mí con esas...! ¿Y qué trabajo le ha de costar

hacer un milagro, si quiere?

—No blasfemes, ignorante, mala cristiana. ¡Milagros yo!

—Pues si usted no los hace, ¿quién?

—¡Yo..., insensata, yo milagros, el último de los siervos de Dios! ¿De

dónde sacas que a mí, que nada soy, que nada valgo, pudo concederme

Su Divina Majestad el don maravilloso que solo gozaron en la tierra

algunos, muy pocos elegidos, ángeles más que hombres? Desdichada,

quítate de mi presencia, que tus simplezas, no hijas de la fe sino de

una credulidad supersticiosa, me enfadan más que de lo que yo quisiera.

Y en efecto, tan enojado parecía, que hasta llegó a levantar el palo

con ademán de pegarle, hecho muy raro en él y que solo ocurría en

extraordinarios casos.

—¿Por quién me tomas, alma llena de errores, mente viciada, naturaleza

insana en cuerpo y espíritu? ¿Soy acaso un impostor? ¿Trato de embaucar

a la gente?... Entra en razón, y no me hables más de milagros, porque

creeré, o que te burlas de mí, o que tu ignorancia y desconocimiento de

las leyes de Dios son hoy tan grandes como lo fue tu perversidad.

No se dio Ándara por convencida, atribuyendo a modestia las palabras

de su protector; pero, sin volver a mentar el milagro, insistió en

llevarlo a ver a sus amigas y a la niña moribunda.

—Eso sí..., visitar a esa pobre gente, consolarla, y pedir al Señor que

las conforte en su tribulación, lo haré..., ya lo creo. Es mi mayor

gusto. Vamos allá.

Ni cinco minutos tardaron en llegar; con tanta prisa le llevó la

tarasca por callejuelas fangosas y llenas de ortigas y guijarros. En

un bodegón mísero, con suelo de tierra, paredes agrietadas que más bien

parecían celosías por donde se filtraban el aire y la luz, el techo

casi invisible de tanta telaraña, y por todas partes barricas vacías,

tinajas rotas, objetos informes, vio Nazarín a la triste familia, dos

mujeres arrebujadas en sus mantones, con los ojos enrojecidos por el

llanto y el insomnio, escalofriadas, trémulas. La Fabiana ceñía su

frente con un pañuelo muy apretado, al nivel de las cejas: era morena,

avejentada, de carnes enjutas, y vestía miserablemente. La Beatriz,

bastante más joven, si bien había cumplido los veintisiete, llevaba

el pañuelo a lo chulesco, puesto con gracia, y su ropa, aunque pobre,

revelaba hábitos de presunción. Su rostro, sin ser bello, agradaba; era

bien proporcionada de formas, alta, esbelta, casi arrogante, de cabello

negro, blanca tez y ojos garzos, rodeados de una intensa oscuridad

rojiza. En las orejas lucía pendientes de filigrana, y en las manos,

más de ciudad que de pueblo, bien cuidadas, sortijas de poco o ningún

valor.

En el fondo de la estancia habían tendido una cuerda, de la cual pendía

una cortina, como telón de teatro. Detrás estaba la alcoba, y en ella

la cama o más bien cuna de la niña enferma. Las dos mujeres recibieron

al ermitaño andante con muestras de grandísimo respeto, sin duda

por lo que de él les había contado Ándara; hiciéronle sentar en un

banquillo, y le sirvieron una taza de leche de cabras con pan, que él

tomó por no desairarlas, partiendo la ración con la mujerona de Madrid,

que gozaba de un mediano apetito. Dos vecinas ancianas se colaron, por

refistolear, y acurrucadas en el suelo, contemplaban con más curiosidad

que asombro al buen Nazarín.

Hablaron todos de la enfermedad de la pequeñuela, que desde el

principio se presentó con mucha gravedad. El día en que cayó mala, su

madre tuvo el barrunto desde el amanecer, porque al abrir la puerta

vio dos cuervos volando, y tres urracas posadas en un palo frente a la

casa. Ya le hizo aquello malas tripas. Después salió al campo, y vio al

chotacabras dando brinquitos delante de ella. Todo esto era de muy mala

sombra. Al volver a casa, la niña con un calenturón que se abrasaba.

Habiéndoles preguntado don Nazario si la visitaba el médico,

contestaron que sí. Don Sandalio, el titular del pueblo, había venido

tres veces, y la última dijo que solo Dios, con un milagro, podía

salvar a la nena. Trajeron también a una saludadora, que hacía grandes

curas. Púsole un emplasto de rabos de salamanquesas, cogidas a las doce

en punto de la noche... Con esto parecía que la criaturita entraba en

reacción; pero la esperanza que cobraron duró bien poco. La saludadora,

muy desconsolada, les había dicho que el no hacer efecto los rabos de

salamanquesa, consistía en que era el menguante de la luna. Siendo

creciente, cosa segura, segurísima.

Con severidad y casi casi con enojo, las reprendió Nazarín por su

estúpida confianza en tales paparruchas, exhortándolas a no creer más

que en la ciencia, y en Dios por encima de la ciencia y de todas las

cosas. Hicieron ellas ardorosas demostraciones de acatamiento al buen

sacerdote, y llorando y poniéndose de hinojos, le suplicaron que viese

a la niña, y la curara.

—¿Pero, hijas mías, cómo pretendéis que yo la cure? No seáis locas. El

cariño maternal os ciega. Yo no sé curar. Si Dios quiere quitaros a la

niña, Él se sabrá lo que hace. Resignaos. Y si decide conservárosla, ya

lo hará con solo que se lo pidáis vosotras, aunque no está de más que

yo también se lo pida.

Tanto lo instaron a que la viera, que Nazarín pasó tras la cortinilla.

Sentose junto al lecho de la criatura, y largo rato la observó

en silencio. Tenía Carmencita el rostro cadavérico, los labios

casi negros, los ojos hundidos, ardiente la piel, y todo su cuerpo

desmayado, inerte, presagiando ya la inmovilidad del sepulcro. Las dos

mujeres, madre y tía, se echaron a llorar otra vez como Magdalenas, y

las vecinas que allí entraron hicieron lo propio, y en medio de aquel

coro de femenil angustia, Fabiana dijo al sacerdote:

—Pues si Dios quiere hacer un milagro, ¿qué mejor ocasión? Sabemos que

usted, padre, es de pasta de ángeles divinos, y que se ha puesto ese

traje y anda descalzo y pide limosna por parecerse más a Nuestro Señor

Jesucristo, que también iba descalzo, y no comía más que lo que le

daban. Pues yo digo que estos tiempos son como los otros, y lo que el

Señor hacía entonces, ¿por qué no lo hace ahora? Total, que si usted

quiere salvarnos a la niña, nos la salvará, como este es día. Yo así lo

creo, y en sus manos pongo mi suerte, bendito señor.

Apartando sus manos para que no se las besaran, Nazarín con reposado y

firme acento les dijo:

—Señoras mías, yo soy un triste pecador como vosotras, yo no soy

perfecto, ni a cien mil leguas de la perfección estoy, y si me ven en

este humilde traje, es por gusto de la pobreza, porque creo servir a

Dios de este modo, y todo ello sin jactancia, sin creer que por andar

descalzo valgo más que los que llevan medias y botas, ni figurarme que

por ser pobre, pobrísimo, soy mejor que los que atesoran riquezas. Yo

no sé curar; yo no sé hacer milagros, ni jamás me ha pasado por la

cabeza la idea de que, por mediación mía, los haga el Señor, único que

sabe alterar, cuando le plazca, las leyes que ha dado a la naturaleza.

—¡Sí puede, sí puede, sí puede! —clamaron a una todas las mujeres,

viejas y jóvenes, que presentes estaban.

—¡Que no puedo digo..., y conseguiréis que me enfade, vamos! No

esperéis nunca que yo me presente ante el mundo revestido de

atribuciones que no tengo, ni que usurpe un papel superior al oscuro

y humilde que me corresponde. Yo no soy nadie, yo no soy santo, ni

siquiera bueno...

—Que sí lo es, que sí lo es.

—Ea, no me contradigáis, porque me marcharé de vuestra casa... Ofendéis

gravemente a nuestro Señor Jesucristo suponiendo que este pobre siervo

suyo es capaz de igualarse, no digo a Él, que esto sería delirio, pero

ni tan siquiera a los varones escogidos a quienes dio facultades de

hacer maravillas para edificación de gentiles. No, no, hijas mías. Yo

estimo vuestra simplicidad; pero no quiero fomentar en vuestras almas

esperanzas que la realidad desvanecería. Si Dios tiene dispuesto que

muera la niña, es porque la muerte le conviene, como os conviene a

vosotros el consiguiente dolor. Aceptad con ánimo sereno la voluntad

celestial, lo cual no quita que roguéis con fe y amor, que oréis, que

pidáis fervorosamente al Señor y a su Santísima Madre la salud de esta

criatura. Y por mi parte, ¿sabéis lo único que puedo hacer?

—¿Qué, señor, qué?... Pues hágalo pronto.

—Eso mismo; pedir a Dios que devuelva su ser sano y hermoso a esta

inocente niña, y ofrecerle mi salud, mi vida en la forma que quiera

tomarlas; que a cambio del favor que de Él impetramos, me dé a mi todas

las calamidades, todos los reveses, todos los achaques y dolores que

pueden afligir a la humanidad sobre la tierra..., que descargue sobre

mí la miseria en su más horrible forma, la ceguera tristísima, la

asquerosa lepra..., todo, todo sea para mí, a cambio de que devuelva la

vida a este tierno y cándido ser, y os conceda a vosotras el premio de

vuestros afanes.

Dijo esto con tan ardoroso entusiasmo y convicción tan honda y firme,

fielmente traducidos por la palabra, que las mujeres prorrumpieron en

gritos, acometidas súbitamente de una exaltación insana. El entusiasmo

del sacerdote se les comunicó como chispa que cae en montón de pólvora,

y allí fue el llorar sin tasa, y el cruzar de manos convulsivamente,

confundiendo los alaridos de la súplica con los espasmos del dolor. El

peregrino, en tanto, silencioso y grave, puso su mano sobre la frente

de la niña, como para apreciar el grado de calor que la consumía, y

dejó transcurrir en esta postura buen espacio de tiempo, sin parar

mientes en las exclamaciones de las desoladas mujeres. Despidiose de

ellas poco después, con promesa de volver, y preguntando hacia dónde

caía la iglesia del pueblo, Ándara se ofreció a enseñarle, y fueron, y

allá se estuvo todo el santo día. La tarasca no entró en la iglesia.

Nazarín · 第 16 / 35 题