II

Tuvo el fugitivo, en aquel primer día de su peregrinación, encuentros

que no merecen verdaderamente ser relatados, y tan solo se indican por

ser los primeros, o sea el estreno de sus cristianas aventuras. A poco

de separarse de Ándara, oyó cañonazos, que a cada instante sonaban más

cerca, con estruendo formidable que rasgaba los aires y ponía espanto

en el corazón. Hacia la parte de donde venía todo aquel ruido vio

pelotones de tropa que iban y venían, cual si estuvieran librando una

batalla. Comprendió que se hallaba cerca del campo de maniobras donde

nuestro ejército se adiestra en la práctica de los combates. El perro

le miró gravemente, como diciéndole: «No se asuste, señor amo mío, que

esto es todo de mentirijillas, y así se están todo el año los de tropa,

tirando tiros y corriendo unos en pos de otros. Por lo demás, si nos

acercamos a la hora en que meriendan, crea que algo nos ha de tocar,

que esta es gente muy liberal y amiga de los pobres».

Un ratito estuvo Nazarín contemplando aquel lindo juego, y viendo cómo

se deshacían en el aire los humos de los fogonazos, y a poco de seguir

su camino, encontró un pastor que conducía unas cincuenta cabras. Era

viejo, al parecer muy ladino, y miró al aventurero con desconfianza. No

por esto dejó el peregrino de saludarle cortésmente, y de preguntarle

si estaba lejos de la senda que buscaba.

—_Paice_ que _seis_ nuevo en el oficio —le dijo el pastor—, y que nunca

_anduviéis_ por acá. ¿De que parte viene el hombre? ¿De la tierra de

Arganda? Pues pongo en su conocimiento que los _ceviles_ tienen orden

de coger a toda la mendicidad, y de llevarla a los _recogimientos_ que

hay en Madrid. Verdad que luego la sueltan otra vez, porque no hay allá

_mantención_ para tanto vago... Quede con Dios, hermano. Yo no tengo

qué darle.

—Tengo pan —dijo Nazarín, metiendo la mano en su morral—, y si usted

quiere...

—¿A ver, buen hombre? —replicó el otro examinando el medio pan que se

le mostraba—. Pues este es de Madrid, del de picos, y de lo bueno.

—Partamos este pedazo, pues aún tengo otro, que me puso la _Peluda_ al

salir.

—Estimando, buen amigo. Venga mi parte. Conque siguiendo _palante_,

siempre _palante_, llegará en veinte minutos al camino de Móstoles. Y

dígame, ¿vino bueno trae?

—No señor, ni malo ni bueno.

—Milagro... Abur, paisano.

Encontró luego dos mujeres y un chico que venían cargados de acelgas,

lechugas, y hojas de berza, de las que se arrancan al pie de la planta

para echar a los cerdos. Ensayó allí Nazarín su flamante oficio de

pordiosero, y fueron las campesinas tan generosas, que apenas oídas las

primeras palabras, diéronle dos lechugas respingadas y media docena de

patatas nuevas, que una de ellas sacó de un saco. Guardó el peregrino

la limosna en su morral, pensando que si por la noche encontraba algún

rescoldo en que le permitieran asar las patatas, asegurada tenía ya,

con las lechugas de añadidura, una cena riquísima. En la carretera de

Trujillo vio un carromato atascado, y tres hombres que forcejeaban por

sacar del bache la rueda. Sin que se lo mandaran les ayudó, poniendo

en ello toda su energía muscular, que no era mucha, y cuando quedó

terminada felizmente la operación, tiráronle al suelo una perra chica.

Era el primer dinero que recogía su mano de mendicante. Todo iba bien

hasta entonces, y la humanidad que por aquellos andurriales encontraba,

pareciole de naturaleza muy distinta de la que dejara en Madrid.

Pensando en ello, concluía por reconocer que los sucesos del primer

día no eran ley, y que forzosamente habrían de sobrevenir extrañas

emergencias, y producirse más adelante las penalidades, dolores,

tribulaciones y horribles padecimientos que su ardiente fantasía

buscaba.

Avanzó por el polvoroso camino hasta el anochecer, en que vio casas

que no sabía si eran de Móstoles, ni le importaba saberlo. Bastábale

con ver viviendas humanas, y a ellas se encamino para solicitar que le

permitieran dormir, aunque fuese en una leñera, corraliza o tejavana.

La primera casa era grande, como de labor, con un ventorrillo muy

pobre, o aguaducho, arrimado a la medianería. Ante el portalón, media

docena de cerdos se revolcaban en el fango. Más allá vio el caminante

un herradero de mulas, un carromato con las limoneras hacia arriba,

gallinas que iban entrando una tras otra, una mujer lavando loza en una

charca, una sarmentera y un árbol medio seco. Acercose humildemente

a un vejete barrigudo, de cara vinosa y regular vestimenta, que del

portalón salía, y con formas humildes le pidió que le consintiera pasar

la noche en un rincón del patio. Lo mismo fue oírlo, ¡María Santísima!,

que empezar el hombre a echar venablos por aquella boca. El concepto

más suave fue que ya estaba harto de albergar ladrones en su propiedad.

No necesitó oír más don Nazario, y saludándole gorra en mano se alejó.

La mujer que lavaba en la charca le señaló un solar, en parte cercado

de ruinosa tapia, en parte por un bardal de zarzas y ortigas. Se

entraba por un boquete, y dentro había un principio de construcción,

machones de ladrillo como de un metro, formando traza arquitectónica, y

festoneados de amarillas hierbas. En el suelo crecía cebadilla como de

un palmo, y entre dos muros, apoyado en la pared alta del fondo, veíase

un tejadillo mal dispuesto con palitroques, escajos, paja y barro,

obra sumamente frágil, mas no completamente inútil, porque bajo ella

se guarecían tres mendigos, una pareja o matrimonio, y otro más joven

y con una pierna de palo. Cómodamente instalados en tan primitivo

aposento, habían hecho lumbre y en ella tenían un puchero, que la mujer

destapaba para revolver el contenido, mientras el hombre avivaba con

furibundos resoplidos la lumbre. El cojitranco cortaba palitos con su

navaja para cebar cuidadosamente el fuego.

Pidioles Nazarín permiso para cobijarse bajo aquel techo, y ellos

respondieron que el tal nicho era de libre propiedad, y que en él

podía entrar o salir sin papeleta todo el que quisiere. No se oponían,

pues, a que el recién venido ocupase un lugar; pero que no esperara

participación en la cena caliente, pues ellos eran más pobres que el

que inventó la pobreza, y estaban a recoger y no a dar. Apresurose

el penitente a tranquilizarles, diciéndoles que no pedía más que el

permiso de arrimar unas patatitas a la lumbre, y luego les ofreció pan,

que ellos tomaron sin hacerse los melindrosos.

—¿Y qué tal por Madrid? —le dijo el mendigo viejo—. Nosotros, después

que _hagamos_ todos estos poblachos, pensamos caer por allá en los días

de san Isidro. ¿Cómo se presenta el año? ¿Hay miseria, y siguen tan

mal las cosas del comercio?... Me han dicho que cae Sagasta. ¿A quién

tenemos ahora de alcalde?

Contestó don Nazario con buen modo que él no sabía nada del comercio,

ni de negocios, ni le importaba que mandase Sagasta o no, y que conocía

al señor Alcalde casi tanto como al Emperador de Trapisonda. Con esto

acabó la tertulia; cenaron los otros en un cazolón, sin convidar al

nuevo huésped, asó este sus patatas, y ya no se pensó más que en

tumbarse los cuatro, buscando el rincón más abrigado. Al novato le

dejaron el peor sitio, casi fuera del amparo de la tejavana; pero nada

de esto hacía mella en su espíritu fuerte. Buscó una piedra que le

sirviera de almohada, y envolviéndose en su manta lo mejor que pudo,

se acostó tan ricamente, contando con la tranquilidad de su conciencia

y el cansancio de su cuerpo para dormir bien. A sus pies se hizo un

ovillo el perro.

A las altas horas de la noche despertáronle gruñidos del animal, que

pronto fue un ladrar estrepitoso, y alzando su cabeza de la durísima

almohada, vio Nazarín una figura, hombre o mujer, que esto no pudo

determinarlo en el primer momento, y oyó una voz que le decía:

—No se asuste, padre, soy yo; soy Ándara, que, aunque usted no quiera,

vine siguiéndole esta tarde.

—¿Qué buscas aquí, loca? Repara que estás molestando a estos...

_señores_.

—No, déjeme acabar. El maldito perro se puso a ladrar..., pero yo, tan

calladita. Pues vine siguiéndole y le vi entrar aquí... No se enfade...

Yo quería obedecerle y no venir; pero las piernas solas me han traído.

Es cosa de _sin pensarlo_... Yo no sé lo que me pasa. Tengo que ir con

su reverencia hasta el fin del mundo, o si no, que me entierren...

Ea, duérmase otra vez, que yo me echo aquí entre esta hierba, para

descansar, no para dormir, pues no tengo maldito sueño, ¡mal ajo!

—Vete de aquí, o cállate la boca —le dijo el buen clérigo, volviendo a

poner su cabeza dolorida sobre la piedra—. ¡Qué dirán estos señores!

¿Oyes? Ya se quejan del ruido que haces.

En efecto, el de la pierna de palo, que era el más próximo, remuzgaba,

y el perro volvió a llamar al orden a la importuna moza. Por fin

reinó de nuevo un silencio que habría sido profundo si no lo turbaran

los formidables ronquidos de la pareja mayor. Al alba se despertaron

todos, incluso don Nazario, que se sorprendió de no ver a Ándara, por

lo cual hubo de sospechar que había sido sueño su aparición en mitad

de la noche. Charlaron un poco los tres mendigos de plantilla y el

aspirante, y pintura tan lastimosa hicieron los ancianos de lo mal que

aquel año les iba, que Nazarín tuvo gran lástima, y les cedió todo

su capital, o sea la perra chica que le habían fiado los arrieros. A

poco de esto entró Ándara en el solar, dándolo explicaciones de su

ausencia repentina poco antes de que él despertara. Y fue que como

ella no podía dormir en cama tan dura, se despabiló antes de ser de

día, y saliéndose a la carretera para reconocer el sitio en que se

encontraba, vio que este no era otro que la gran villa de Móstoles,

que conocía muy bien por haber ido a ella varias veces desde su

pueblo. Añadió que si don Nazario le daba licencia, averiguaría si

aún moraban allí dos hermanas, amigas suyas, llamadas la Beatriz y la

Fabiana, una de las cuales tuvo trato en Madrid con un matarife, y

luego casaron, y él puso taberna en aquel pueblo. No llevó a mal el

sacerdote que buscara y reconociera sus amistades, aunque para ello

tuviese que ir al fin del mundo y no volver, pues no quería llevar tal

mujer consigo. Y una hora después, hallándose el peregrino de palique

con un cabrero que le obsequió rumbosamente con sopas de leche, vio

venir a su satélite muy afligida, y _velis nolis_, tuvo que escuchar

historias que al pronto no despertaban ningún interés. El matarife

tabernero se había muerto de resultas de la cogida de un novillo en las

fiestas de Móstoles, dejando a su esposa en la miseria, con una niña

de tres años. Vivían las dos hermanas en un bodegón ruinoso, próximo

a una cuadra, tan faltas de recursos las pobres, que ya se habrían

ido a Madrid a buscarse la vida (cosa no difícil aún para Beatriz,

joven y de buena estampa), si no tuvieran a la niña muy malita, con un

tabardillo _perjuicioso_, que seguramente, antes de veinticuatro horas,

la mandaría para el cielo.

—¡Ángel de Dios! —exclamó el asceta cruzando las manos—. ¡Desdichada

madre!

—Y yo —prosiguió la correntona—, en cuanto vi aquella miseria que

traspasa, y a la madre llorando, y a Beatriz moqueando, y a la niña con

la defunción pintada en la cara..., pues me entró una pena..., y luego

me dio la corazonada gorda, aquella que es como si la entraña me pegara

cuatro gritos, ¿sabe?... ¡Ah!, esta no me falla... Pues me alegré al

sentirla, y dije para entre mí: «Voy a contárselo al padre Nazarín, a

ver si quiere ir, y ve a la niña y la cura».

—¡Mujer! ¿Qué dices? ¿Soy yo médico?

—Médico no..., pero es otra cosa que vale más que toda la mediquería.

Si usted quiere, don Nazario, la niña sanará.

Nazarín · 第 15 / 35 题