Tuvo el fugitivo, en aquel primer día de su peregrinación, encuentros
que no merecen verdaderamente ser relatados, y tan solo se indican por
ser los primeros, o sea el estreno de sus cristianas aventuras. A poco
de separarse de Ándara, oyó cañonazos, que a cada instante sonaban más
cerca, con estruendo formidable que rasgaba los aires y ponía espanto
en el corazón. Hacia la parte de donde venía todo aquel ruido vio
pelotones de tropa que iban y venían, cual si estuvieran librando una
batalla. Comprendió que se hallaba cerca del campo de maniobras donde
nuestro ejército se adiestra en la práctica de los combates. El perro
le miró gravemente, como diciéndole: «No se asuste, señor amo mío, que
esto es todo de mentirijillas, y así se están todo el año los de tropa,
tirando tiros y corriendo unos en pos de otros. Por lo demás, si nos
acercamos a la hora en que meriendan, crea que algo nos ha de tocar,
que esta es gente muy liberal y amiga de los pobres».
Un ratito estuvo Nazarín contemplando aquel lindo juego, y viendo cómo
se deshacían en el aire los humos de los fogonazos, y a poco de seguir
su camino, encontró un pastor que conducía unas cincuenta cabras. Era
viejo, al parecer muy ladino, y miró al aventurero con desconfianza. No
por esto dejó el peregrino de saludarle cortésmente, y de preguntarle
si estaba lejos de la senda que buscaba.
—_Paice_ que _seis_ nuevo en el oficio —le dijo el pastor—, y que nunca
_anduviéis_ por acá. ¿De que parte viene el hombre? ¿De la tierra de
Arganda? Pues pongo en su conocimiento que los _ceviles_ tienen orden
de coger a toda la mendicidad, y de llevarla a los _recogimientos_ que
hay en Madrid. Verdad que luego la sueltan otra vez, porque no hay allá
_mantención_ para tanto vago... Quede con Dios, hermano. Yo no tengo
qué darle.
—Tengo pan —dijo Nazarín, metiendo la mano en su morral—, y si usted
quiere...
—¿A ver, buen hombre? —replicó el otro examinando el medio pan que se
le mostraba—. Pues este es de Madrid, del de picos, y de lo bueno.
—Partamos este pedazo, pues aún tengo otro, que me puso la _Peluda_ al
salir.
—Estimando, buen amigo. Venga mi parte. Conque siguiendo _palante_,
siempre _palante_, llegará en veinte minutos al camino de Móstoles. Y
dígame, ¿vino bueno trae?
—No señor, ni malo ni bueno.
—Milagro... Abur, paisano.
Encontró luego dos mujeres y un chico que venían cargados de acelgas,
lechugas, y hojas de berza, de las que se arrancan al pie de la planta
para echar a los cerdos. Ensayó allí Nazarín su flamante oficio de
pordiosero, y fueron las campesinas tan generosas, que apenas oídas las
primeras palabras, diéronle dos lechugas respingadas y media docena de
patatas nuevas, que una de ellas sacó de un saco. Guardó el peregrino
la limosna en su morral, pensando que si por la noche encontraba algún
rescoldo en que le permitieran asar las patatas, asegurada tenía ya,
con las lechugas de añadidura, una cena riquísima. En la carretera de
Trujillo vio un carromato atascado, y tres hombres que forcejeaban por
sacar del bache la rueda. Sin que se lo mandaran les ayudó, poniendo
en ello toda su energía muscular, que no era mucha, y cuando quedó
terminada felizmente la operación, tiráronle al suelo una perra chica.
Era el primer dinero que recogía su mano de mendicante. Todo iba bien
hasta entonces, y la humanidad que por aquellos andurriales encontraba,
pareciole de naturaleza muy distinta de la que dejara en Madrid.
Pensando en ello, concluía por reconocer que los sucesos del primer
día no eran ley, y que forzosamente habrían de sobrevenir extrañas
emergencias, y producirse más adelante las penalidades, dolores,
tribulaciones y horribles padecimientos que su ardiente fantasía
buscaba.
Avanzó por el polvoroso camino hasta el anochecer, en que vio casas
que no sabía si eran de Móstoles, ni le importaba saberlo. Bastábale
con ver viviendas humanas, y a ellas se encamino para solicitar que le
permitieran dormir, aunque fuese en una leñera, corraliza o tejavana.
La primera casa era grande, como de labor, con un ventorrillo muy
pobre, o aguaducho, arrimado a la medianería. Ante el portalón, media
docena de cerdos se revolcaban en el fango. Más allá vio el caminante
un herradero de mulas, un carromato con las limoneras hacia arriba,
gallinas que iban entrando una tras otra, una mujer lavando loza en una
charca, una sarmentera y un árbol medio seco. Acercose humildemente
a un vejete barrigudo, de cara vinosa y regular vestimenta, que del
portalón salía, y con formas humildes le pidió que le consintiera pasar
la noche en un rincón del patio. Lo mismo fue oírlo, ¡María Santísima!,
que empezar el hombre a echar venablos por aquella boca. El concepto
más suave fue que ya estaba harto de albergar ladrones en su propiedad.
No necesitó oír más don Nazario, y saludándole gorra en mano se alejó.
La mujer que lavaba en la charca le señaló un solar, en parte cercado
de ruinosa tapia, en parte por un bardal de zarzas y ortigas. Se
entraba por un boquete, y dentro había un principio de construcción,
machones de ladrillo como de un metro, formando traza arquitectónica, y
festoneados de amarillas hierbas. En el suelo crecía cebadilla como de
un palmo, y entre dos muros, apoyado en la pared alta del fondo, veíase
un tejadillo mal dispuesto con palitroques, escajos, paja y barro,
obra sumamente frágil, mas no completamente inútil, porque bajo ella
se guarecían tres mendigos, una pareja o matrimonio, y otro más joven
y con una pierna de palo. Cómodamente instalados en tan primitivo
aposento, habían hecho lumbre y en ella tenían un puchero, que la mujer
destapaba para revolver el contenido, mientras el hombre avivaba con
furibundos resoplidos la lumbre. El cojitranco cortaba palitos con su
navaja para cebar cuidadosamente el fuego.
Pidioles Nazarín permiso para cobijarse bajo aquel techo, y ellos
respondieron que el tal nicho era de libre propiedad, y que en él
podía entrar o salir sin papeleta todo el que quisiere. No se oponían,
pues, a que el recién venido ocupase un lugar; pero que no esperara
participación en la cena caliente, pues ellos eran más pobres que el
que inventó la pobreza, y estaban a recoger y no a dar. Apresurose
el penitente a tranquilizarles, diciéndoles que no pedía más que el
permiso de arrimar unas patatitas a la lumbre, y luego les ofreció pan,
que ellos tomaron sin hacerse los melindrosos.
—¿Y qué tal por Madrid? —le dijo el mendigo viejo—. Nosotros, después
que _hagamos_ todos estos poblachos, pensamos caer por allá en los días
de san Isidro. ¿Cómo se presenta el año? ¿Hay miseria, y siguen tan
mal las cosas del comercio?... Me han dicho que cae Sagasta. ¿A quién
tenemos ahora de alcalde?
Contestó don Nazario con buen modo que él no sabía nada del comercio,
ni de negocios, ni le importaba que mandase Sagasta o no, y que conocía
al señor Alcalde casi tanto como al Emperador de Trapisonda. Con esto
acabó la tertulia; cenaron los otros en un cazolón, sin convidar al
nuevo huésped, asó este sus patatas, y ya no se pensó más que en
tumbarse los cuatro, buscando el rincón más abrigado. Al novato le
dejaron el peor sitio, casi fuera del amparo de la tejavana; pero nada
de esto hacía mella en su espíritu fuerte. Buscó una piedra que le
sirviera de almohada, y envolviéndose en su manta lo mejor que pudo,
se acostó tan ricamente, contando con la tranquilidad de su conciencia
y el cansancio de su cuerpo para dormir bien. A sus pies se hizo un
ovillo el perro.
A las altas horas de la noche despertáronle gruñidos del animal, que
pronto fue un ladrar estrepitoso, y alzando su cabeza de la durísima
almohada, vio Nazarín una figura, hombre o mujer, que esto no pudo
determinarlo en el primer momento, y oyó una voz que le decía:
—No se asuste, padre, soy yo; soy Ándara, que, aunque usted no quiera,
vine siguiéndole esta tarde.
—¿Qué buscas aquí, loca? Repara que estás molestando a estos...
_señores_.
—No, déjeme acabar. El maldito perro se puso a ladrar..., pero yo, tan
calladita. Pues vine siguiéndole y le vi entrar aquí... No se enfade...
Yo quería obedecerle y no venir; pero las piernas solas me han traído.
Es cosa de _sin pensarlo_... Yo no sé lo que me pasa. Tengo que ir con
su reverencia hasta el fin del mundo, o si no, que me entierren...
Ea, duérmase otra vez, que yo me echo aquí entre esta hierba, para
descansar, no para dormir, pues no tengo maldito sueño, ¡mal ajo!
—Vete de aquí, o cállate la boca —le dijo el buen clérigo, volviendo a
poner su cabeza dolorida sobre la piedra—. ¡Qué dirán estos señores!
¿Oyes? Ya se quejan del ruido que haces.
En efecto, el de la pierna de palo, que era el más próximo, remuzgaba,
y el perro volvió a llamar al orden a la importuna moza. Por fin
reinó de nuevo un silencio que habría sido profundo si no lo turbaran
los formidables ronquidos de la pareja mayor. Al alba se despertaron
todos, incluso don Nazario, que se sorprendió de no ver a Ándara, por
lo cual hubo de sospechar que había sido sueño su aparición en mitad
de la noche. Charlaron un poco los tres mendigos de plantilla y el
aspirante, y pintura tan lastimosa hicieron los ancianos de lo mal que
aquel año les iba, que Nazarín tuvo gran lástima, y les cedió todo
su capital, o sea la perra chica que le habían fiado los arrieros. A
poco de esto entró Ándara en el solar, dándolo explicaciones de su
ausencia repentina poco antes de que él despertara. Y fue que como
ella no podía dormir en cama tan dura, se despabiló antes de ser de
día, y saliéndose a la carretera para reconocer el sitio en que se
encontraba, vio que este no era otro que la gran villa de Móstoles,
que conocía muy bien por haber ido a ella varias veces desde su
pueblo. Añadió que si don Nazario le daba licencia, averiguaría si
aún moraban allí dos hermanas, amigas suyas, llamadas la Beatriz y la
Fabiana, una de las cuales tuvo trato en Madrid con un matarife, y
luego casaron, y él puso taberna en aquel pueblo. No llevó a mal el
sacerdote que buscara y reconociera sus amistades, aunque para ello
tuviese que ir al fin del mundo y no volver, pues no quería llevar tal
mujer consigo. Y una hora después, hallándose el peregrino de palique
con un cabrero que le obsequió rumbosamente con sopas de leche, vio
venir a su satélite muy afligida, y _velis nolis_, tuvo que escuchar
historias que al pronto no despertaban ningún interés. El matarife
tabernero se había muerto de resultas de la cogida de un novillo en las
fiestas de Móstoles, dejando a su esposa en la miseria, con una niña
de tres años. Vivían las dos hermanas en un bodegón ruinoso, próximo
a una cuadra, tan faltas de recursos las pobres, que ya se habrían
ido a Madrid a buscarse la vida (cosa no difícil aún para Beatriz,
joven y de buena estampa), si no tuvieran a la niña muy malita, con un
tabardillo _perjuicioso_, que seguramente, antes de veinticuatro horas,
la mandaría para el cielo.
—¡Ángel de Dios! —exclamó el asceta cruzando las manos—. ¡Desdichada
madre!
—Y yo —prosiguió la correntona—, en cuanto vi aquella miseria que
traspasa, y a la madre llorando, y a Beatriz moqueando, y a la niña con
la defunción pintada en la cara..., pues me entró una pena..., y luego
me dio la corazonada gorda, aquella que es como si la entraña me pegara
cuatro gritos, ¿sabe?... ¡Ah!, esta no me falla... Pues me alegré al
sentirla, y dije para entre mí: «Voy a contárselo al padre Nazarín, a
ver si quiere ir, y ve a la niña y la cura».
—¡Mujer! ¿Qué dices? ¿Soy yo médico?
—Médico no..., pero es otra cosa que vale más que toda la mediquería.
Si usted quiere, don Nazario, la niña sanará.