I
Avivó el paso, ya fuera de la Puerta, ansioso de alejarse lo más
pronto posible de la populosa villa, y de llegar a donde no viera
su apretado caserío, ni oyese el tumulto de su inquieto vecindario,
que ya en aquella temprana hora empezaba a bullir, como enjambre de
abejas saliendo de la colmena. Hermosa era la mañana. La imaginación
del fugitivo centuplicaba los encantos de cielo y tierra, y en ellos
veía, como en un espejo, la imagen de su dicha, por la libertad
que al fin gozaba, sin más dueño que su Dios. No sin trabajo había
hecho efectiva aquella rebelión, pues rebelión era, y en ningún caso
hubiérala realizado, él tan sumiso y obediente, si no sintiera que en
su conciencia la voz de su Maestro y Señor con imperioso acento se lo
ordenaba. De esto no podía tener duda. Pero su rebelión, admitiendo que
tan feo nombre en realidad mereciese, era puramente formal; consistía
tan solo en evadir la reprimenda del superior, y en esquivar los dimes
y diretes y vejámenes de una justicia que ni es justicia ni cosa que
lo valga... ¿Qué tenía él que ver con un juez que prestaba atención a
delaciones infames de gentezuela sin conciencia? A Dios, que veía su
interior, le constaba que ni del provisor ni del juez huía por miedo,
pues jamás conoció la cobardía su alma valerosa, ni los sufrimientos y
dolores, de cualquier clase que fueran, torcían su recta voluntad, como
hombre que de antiguo saboreaba el misterioso placer de ser víctima de
la injusticia y maldad de los hombres.
No huía de las penalidades, sino que iba en busca de ellas; no huía
del malestar y la pobreza, sino que tras de la miseria y de los
trabajos más rudos caminaba. Huía, sí, de un mundo y de una vida que
no cuadraban a su espíritu, embriagado, si así puede decirse, con la
ilusión de la vida ascética y penitente. Y para confirmarse en la
venialidad y casi inocencia de su rebeldía, pensaba que en el orden
dogmático sus ideas no se apartaban ni el grueso de un cabello de la
eterna doctrina, ni de las enseñanzas de la Iglesia, que tenía bien
estudiadas y sabidas al dedillo. No era, pues, hereje, ni de la más
leve heterodoxia podían acusarle, aunque a él las acusaciones le
tenían sin cuidado, y todo el Santo Oficio del mundo lo llevaba en su
propia conciencia. Satisfecho de esta, no vacilaba en su resolución, y
entraba con paso decidido en el _yermo_; que tal le parecieron aquellos
solitarios campos.
Al pasar el puente, unos mendigos que allí ejercían su libérrima
industria le miraron sorprendidos y recelosos, como diciendo: «¿qué
pájaro es este que viene por nuestros dominios sin que le hayamos
dado la patente? Habrá que ver...». Saludoles Nazarín con un afable
movimiento de cabeza, y sin entrar en conversación con ellos, siguió
su camino, deseoso de alejarse antes de que picara el sol. Andando,
andando, no cesaba de analizar en su mente la nueva existencia que
emprendía, y su dialéctica la cogía y la soltaba por diferentes
lados, apreciándola en todas las fases y perspectivas imaginables, ya
favorables, ya adversas, para llegar, como en un juicio contradictorio,
a la verdad bien depurada. Concluía por absolverse de toda culpa de
insubordinación, y solo quedaba en pie un argumento de sus imaginarios
acusadores, al cual no daba satisfactoria respuesta. «¿Por qué no
solicita usted entrar en la Orden Tercera?» Y conociendo la fuerza de
esta observación, se decía: «Dios sabe que si encontrara yo en este
caminito una casa de la Orden Tercera, pediría que me admitiesen en
ella, y entraría con júbilo, aunque me impusieran el noviciado más
penoso. Porque la libertad que yo apetezco, lo mismo la tendría vagando
solo por laderas y barrancos que sujeto a la disciplina severa de un
santo instituto. Quedamos en que escojo esta vida, porque es la más
propia para mí, y la que me señala el Señor en mi conciencia, con una
claridad imperativa que no puedo desconocer».
Sintiéndose un poco fatigado, a la mitad del camino de Carabanchel
Bajo se sentó a comer un mendrugo de pan, del bueno y abundante que
en el morral le puso la _Peluda_, y en esto se le acercó un perro
flaco, humilde y melancólico, que participó del festín, y que por solo
aquellas migajas se hizo amigo suyo y le acompañó todo el tiempo que
estuvo allí reposando el frugal almuerzo. Puesto de nuevo en marcha,
seguido del can, antes de llegar al pueblo sintió sed, y en el primer
ventorrillo pidió agua. Mientras bebía, tres hombres que de la casa
salieron hablando jovialmente le observaron con importuna curiosidad.
Sin duda había en su persona algo que denunciaba el mendigo supuesto o
improvisado, y esto le produjo alguna inquietud. Al decir «Dios se lo
pague» a la mujer que le había dado el agua, acercósele uno de los tres
hombres, y le dijo:
—Señor Nazarín, le he conocido por el metal de voz. Vaya que está bien
disfrazado... ¿Se puede saber..., con respeto, a dónde va vestidito de
pobre?
—Amigo, voy en busca de lo que me falta.
—Que sea con salud... ¿Y usted a mí no me conoce? Yo soy aquel...
—Sí, aquel... Pero no caigo...
—Que le habló no hace muchos días más abajo..., y le brindó..., con
respeto, un sombrero de teja.
—¡Ah!, sí..., teja, que yo rehusé.
—Pues aquí estamos para servirle. ¿Quiere su reverencia ver a la Ándara?
—No señor... Dile de mi parte que sea buena, o que haga todo lo posible
por serlo.
—Mírela... ¿Ve usted aquellas tres mujeres que están allí, al otro lado
de la carretera _propiamente_, cogiendo cardillo y verdolaga? Pues la
de la enagua colorada es Ándara.
—Por muchos años. Ea, quédate con Dios... ¡Ah!, un momento: ¿tendrías
la bondad de indicarme algún atajo por donde yo pudiera pasar de este
camino al de más allá, al que parte del puente de Segovia, y va a
tierra de Trujillo?...
—Pues por aquí, siguiendo por estas tapias, va usted derechito... Tira
por junto al Campamento, y adelante, adelante..., la vereda no le
engaña..., hasta que llega _propiamente_ a las casas de Brugadas. Allí
cruza la carretera de Extremadura.
—Muchas gracias, y adiós.
Echó a andar, seguido del perro, que por lo visto se ajustaba con él
para toda la jornada, y no había recorrido cien metros cuando sintió
tras de sí voces de mujer que con apremio le llamaban:
—¡Señor Nazarín, don Nazario...!
Parose y vio que hacia él corría desalada una falda roja, un cuerpo
endeble, del cual salían dos brazos que se agitaban como aspas de
molino.
—¿Apostamos a que esta que corre es la dichosa Ándara? —se dijo
deteniéndose.
En efecto, ella era, y trabajillo le costara al caminante reconocerla,
si no supiese que andaba por aquellos campos. Al pronto, se habría
podido creer que un espantajo de los que se arman con palitroques y
ropas viejas para guardar de los gorriones un sembrado, había tomado
vida milagrosamente y corría y hablaba, pues la semejanza de la moza
con uno de estos aparatos campestres era completa. El tiempo, que las
cosas más sólidas destruye, había ido descostrando y arrancando de su
rostro la capa calcárea de colorete, dejando al descubierto la piel
erisipelatosa, arrugada en unas partes, en otras tumefacta. Uno de los
ojos había llegado a ser mayor que el otro, y entrambos feos, aunque no
tanto como la boca, de labios hemorroidales, mostrando gran parte de
las rojas encías, y una dentadura desigual, descabalada, y con muchas
piezas carcomidas. No tenía el cuerpo ninguna redondez, ni trazas de
cosa magra, todo ángulos, atadijo de osamenta... ¡y qué manos negras,
qué pies mal calzados de sucias alpargatas! Pero lo que más asombro
causó a Nazarín fue que la mujercilla, al llegarse a él, parecía
vergonzosa, con cierta cortedad infantil, que era lo más extraordinario
y nuevo de su transformación. Si el descubrimiento de la vergüenza en
aquella cara sorprendió al clérigo andante, no le causó menos asombro
el notar que Ándara no mostraba ninguna extrañeza de verle en facha
de mendigo. La transformación de él no la sorprendía, como si ya la
hubiese previsto o por natural la tuviera.
—Señor —le dijo la criminal—, no quería que usted pasara sin hablar
conmigo..., sin hablar yo con él. Sepa que estoy allí desde el día del
fuego, y que nadie me ha visto, ni tengo miedo a la justicia.
—Bueno, Dios sea contigo. ¿Que quieres de mí ahora?
—Nada más que decirle que la _Canóniga_ es mi prima, y por eso me vine
a esconder ahí, donde me han tratado como a una princesa. Les ayudo en
todo, y no quiero volver a ese apestoso Madrid, que es la perdición de
la gente honrada. Conque...
—Buenos días... Adiós.
—Espérese un poquito. ¿Qué prisa lleva? Y dígame: ¿se han metido con
usted los _caifases_ del juzgado? ¡Valientes ladrones! Me da el corazón
que algo le han hecho, y que la _Camella_, que es muy pendanga, habrá
llevado la mar de cuentos a las Salesas.
—Nada me importan a mi ya _Camellas_, ni _caifases_, ni nada. Déjalo...
Y que lo pases bien.
—Aguarde...
—No puedo detenerme, tengo prisa. Lo único que te digo, Ándara
corrompida, es que no olvides las advertencias que te hice en mi casa;
que te enmiendes...
—¡Más enmendada que estoy...! Yo le juro que aunque volviera a ser
guapa, o tan siquiera pasable, que no me caerá esa breva, no me cogía
otra vez el demonio. Ahora, como me tiene miedo, de puro asquerosa que
estoy, no se llega a mí el indino. _Lo cual_ que, si no se enfada, le
diré una cosa.
—¿Qué?
—Que yo quiero irme con usted... a donde quiera que vaya.
—No puede ser, hija mía. Pasarías muchos trabajos, sufrirías hambre,
sed...
—No me importa. Déjeme que le acompañe.
—Tú no eres buena. Tu enmienda es engañosa; es un reflejo no más del
despecho que te causa tu falta de atractivos personales; pero en tu
corazón sigues dañada, y en una u otra forma llevas el mal dentro de ti.
—¿A que no?
—Yo te conozco... Tú pegaste fuego a la casa en que te di asilo.
—Es verdad, y no me pesa. ¿No querían descubrirme, y perderle a usted
por el olor? Pues el aire malo con fuego se limpia.
—Eso te digo yo a ti, que te limpies con fuego.
—¿Qué fuego?
—El amor de Dios.
—Pues _diéndome_ con usted..., se me pegarán esas llamas.
—No me fío... Eres mala, mala. Quédate sola. La soledad es una gran
maestra para el alma. Yo la voy buscando. Piensa en Dios, ofrécele tu
corazón, acuérdate de tus pecados, y pásales revista para abominar de
ellos, y tomarlos en horror.
—Pues déjeme ir...
—Que no. Si eres buena, algún día me encontrarás.
—¿Dónde?
—Te digo que me encontrarás. Adiós.
Y sin esperar a más razones se alejó a buen paso. Quedose Ándara
sentada en un ribazo, cogiendo piedrecillas del suelo, y arrojándolas a
corta distancia, sin apartar sus ojos de la vereda por donde el clérigo
se alejaba. Este miró para atrás dos o tres veces, y la última, muy de
lejos ya, la veía tan solo como un punto rojo en medio del verde campo.