—No diga usted más, compañero —replicó don Nazario en el reposado
tono que usaba siempre—. De todos modos pensaba yo marcharme de hoy a
mañana. No me gusta ser gravoso a los amigos, ni he pensado en abusar
de la hidalga hospitalidad que usted y su señora madre, la bonísima
doña María de la Concordia, me han dado. Ahora mismo me voy... ¿Qué
más tiene usted que decirme? ¿Me pregunta que cuál es mi contestación
a las viles calumnias? Pues ya debe usted suponerla, amigo y compañero
mío. Contesto que Cristo nos enseñó a padecer, y que la mejor prueba de
aplicación de los que aspiran a ser sus discípulos es aceptar con calma
y hasta con gozo el sufrimiento que por los varios caminos de la maldad
humana nos viniere. No tengo nada más que decir.
Como era de tan fácil arreglo su equipaje, porque todo lo llevaba sobre
su mismo cuerpo, a los cinco minutos de oír el discurso, despidiose
del cleriguito y de doña María de la Concordia, y se puso en la calle,
encaminando sus pasos hacia la de Calatrava, donde tenía unos amigos,
que seguramente le darían hospitalidad por pocos días. Eran marido y
mujer, ancianos, establecidos allí desde el año 50 con el negocio de
alpargatas, cordelería, bagazo de aceitunas, arreos de mulas, tapones
de corcho, varas de fresno, y algo de cacharrería. Recibiéronle como
él esperaba, y le aposentaron en un cuarto estrecho, en el fondo del
patio, arreglándole una regular cama, entre rimeros de albardas,
collarines y rollos de sogas... Era gente pobre, y suplía el lujo con
la buena voluntad.
En tres semanas largas que allí vivió el angélico Nazarín, ocurrieron
sucesos tan desgraciados, y se acumularon sobre su cabeza con tanta
rapidez las calamidades, como si Dios quisiera someterle a prueba
decisiva. Por de pronto, no había misas para él en ninguna parroquia.
En todas se le recibía mal, con desdeñosa lástima, y aunque jamás
pronunció palabra inconveniente, hubo de oírlas ásperas y crueles en
esta y la otra sacristía. Nadie le daba explicaciones de tal proceder,
ni él las pedía tampoco. De todo ello resultó una vida imposible para
el pobre curita, pues habiendo concertado con _los Peludos_ (que así se
llamaban sus amigos de la calle de Calatrava) abonarles un tanto diario
por hospedaje, no podía de ninguna manera satisfacerles. Últimamente
renunció a más correrías por iglesias y oratorios, buscando misas, que
ya no existían para él, y se encerró en su oscura morada, pasando día
y noche en meditaciones y tristezas.
Visitole un día un clérigo viejo, amigo suyo, empleado en la Vicaría,
el cual se condolió de su mísera suerte, y por la tarde le llevó
una muda de ropa. Díjole el tal que no le convenía en modo alguno
achicarse, sino dirigirse resueltamente al provisor, y relatarle con
leal franqueza sus cuitas y el motivo de ellas, procurando recobrar el
concepto perdido por su indolencia y la maldad de gentecillas infames
que no lo querían bien. Añadió que ya estaba extendido el oficio
retirándole las licencias, y llamándole a la oficina episcopal para
imponerle correctivo, si de sus declaraciones resultaba motivo de
corrección. Tantos y tantos golpes abatieron un poco el ánimo valiente
de aquel hombre tan apocado en apariencia, y en su interior tan bien
robustecido de cristianas virtudes. No volvió a recibir la visita del
clérigo anciano, y su residencia oscura se rodeaba de una soledad
melancólica, y de un lúgubre quietismo. Pero la tétrica soledad fue
el ambiente en que resurgió su grande espíritu con pujantes bríos,
decidiéndose a afrontar la situación en que le ponían los hechos
humanos, y determinando en su voluntad la querencia de mejor vida,
conforme a inveterados anhelos de su alma.
No salía ya de su oscura madriguera sino al amanecer, y se encaminaba
por la Puerta de Toledo, ávido de ver y gozar los campos de Dios,
de contemplar el cielo, de oír el canto matutino de las graciosas
avecillas, de respirar el fresco ambiente y recrear sus ojos en el
verdor risueño de árboles y praderas, que por abril y mayo, aun en
Madrid, encantan y embelesan la vista. Se alejaba, se alejaba, buscando
más campo, más horizonte, y echándose en brazos de la naturaleza,
desde cuyo regazo podía ver a Dios a sus anchas. ¡Cuán hermosa la
naturaleza, cuán fea la humanidad!... Sus paseos matinales, andando
aquí, sentándose allá, lo confirmaron plenamente en la idea de que
Dios, hablando a su espíritu, le ordenaba el abandono de todo interés
mundano, la adopción de la pobreza, y el romper abiertamente con
cuantos artificios constituyen lo que llamamos civilización. Su
anhelo de semejante vida era de tal modo irresistible que no podía
vencerlo más. Vivir en la naturaleza, lejos de las ciudades opulentas
y corrompidas, ¡qué encanto! Solo así creía obedecer el mandato divino
que en su alma se manifestaba continuamente; solo así llegaría a toda
la purificación posible dentro de lo humano, y a realizar los bienes
eternos, y a practicar la caridad en la forma que ambicionaba con
tanto ardor.
De vuelta a su casa, ya entrado el día, ¡qué tristeza, qué hastío, y
cómo se le desvirtuaba su idea con las contingencias de la realidad!
Porque él, de buen grado, renunciando a todas las ventajas materiales
de su profesión eclesiástica, dejaría de ser gravoso a los infelices y
honrados _Peludos_, y ya por la limosna, ya por el trabajo, se buscaría
su pan. ¿Pero cómo intentar ni el trabajo ni la mendicidad con aquellas
ropas de cura, que lo denunciarían por loco o malvado? De esta idea le
vino la aversión del traje, de las horribles e incómodas ropas negras,
que habría cambiado gustoso por un hábito del más grosero tejido. Y
un día, encontrándose con su calzado lleno de roturas, y sin recursos
para mandar que se lo remendaran, imaginó que la mejor y más barata
compostura de botas era no usarlas. Decidido a ensayar el sistema,
se pasó todo el día descalzo, andando por el patio sobre guijarros
y humedades, porque llovió abundantemente. Satisfecho quedó; pero
considerando que a la descalcez, como a todo, hay que acostumbrarse,
hizo propósito de darse la misma lección un día y otro, hasta llegar
a la completa invención del calzado permanente, que era uno de sus
ideales de vida, en el orden positivo.
Una mañana que salió, poco después del alba, a su excursión por las
afueras de la Puerta de Toledo, habiéndose sentado a descansar como
a un kilómetro más allá del puente, caminito de los Carabancheles,
vio que hacia él se llegaba un hombre muy malcarado, flaco de cuerpo,
cetrino de rostro, condecorado con más de una cicatriz, vestido
pobremente, y con todas las trazas de matutero, chalán o cosa tal. Y
respetuosamente, así como suena, con un respeto que Nazarín ni como
hombre ni como sacerdote acostumbraba ver en los que a su persona se
dirigían, aquel desagradable sujeto le endilgó lo siguiente:
—Señor, ¿usted no me conoce?
—No señor..., no tengo el gusto...
—Yo soy el que llaman Paco Pardo, el hijo de la _Canóniga_, ¿sabe?
—Muy señor mío...
—Y vivimos en aquella casa, que se ve más acá del propio cementerio...
Pues allí está la Ándara. Le hemos visto a su reverencia varias mañanas
sentadico en esta piedra, y Ándara dijo, dice, que le da vergüenza
de venir a hablarle... Pues hoy me _ensalzó_ a que viniera yo... con
respeto, y vea cómo vengo y... con respeto le digo que dice Ándara que
le lavará a usted toda la ropa que tenga..., porque si no es por su
reverencia estaría en el convento de monjas de la calle de Quiñones,
alias la _Galera_... Y más le digo... con respeto. Que como mi hermana
trae de Madrid basuras y desperdicios, y otras cosas _sustanciales_,
con lo que criamos cerdos y gallinas, y de ello vivimos todos, es el
caso que hace dos días..., digo mal, tres, trajo una teja de cura
eclesiástico, que le dieron en una casa... La cual, es a saber, la
teja, aunque de procedencia de un difunto, está más nueva que el sol, y
Ándara dijo que si usted la quería usar, no tenga _escrófulo_, y se la
llevaré a donde me mande... con respeto...
—Inocentes, ¿qué decís? ¿Teja? ¿Para qué quiero yo tejas ni tejados?
—replicó el clérigo con energía—. Guardaos la prenda para quien la
quiera, o usadla para algún espantajo, si tenéis allí, como parece,
sembrado de hortaliza, guisantes, o cosa que queráis defender de los
pajarillos..., y basta. Muchas gracias. A más ver... ¡Ah!, y lo de
lavarme la ropa, se estima —esto lo decía ya retirándose—; pero no
tengo ropa que lavar, a Dios gracias..., pues la muda que me quité
cuando me dieron la que llevo puesta..., ¿te enteras?, la lavé yo mismo
en un charco del patio, y créete que quedó que ni pintada. Yo mismo la
tendí de unas sogas, pues allí de todo se carece menos de sogas...
Conque..., adiós...
Y de vuelta a su casa, empleó todo el día en el ejercicio de andar
descalzo, que a la quinta o sexta lección le daba ya desembarazo y
alegría. Por la noche, cenando unas acelgas fritas y un poco de pan y
queso, habló con sus buenos amigos y protectores de la imposibilidad
de pagar su cuenta, como no le designaran alguna ocupación u oficio en
que pudiera ganar algo, aunque fuese de los más bajos y miserables.
Escandalizose el _Peludo_ de oírle tal despropósito.
—¡Un señor eclesiástico! ¡Dios nos libre!... ¡Qué diría la _sociedaz_,
qué el santo cleriguicio!...
La señora _Peluda_ no tomó por lo sentimental los planes de su huésped,
y como mujer práctica, manifestó que el trabajo no deshonra a nadie,
pues el mismo Dios _trabajó_ para fabricar el mundo, y que ella sabía
que en la Estación de las Pulgas daban cinco reales a todo el que fuera
al acarreo de carbón. Si el curita manso quería ahorcar los hábitos
para ganarse honradamente una santa peseta, ella le procuraría una
_casa_ donde pagaban con largueza el lavado de tripas de carnero.
Uno y otro, plenamente convencidos ya de la miseria que abrumaba
al desdichado sacerdote, y viendo en él un alma de Dios incapaz de
ganarse el sustento, dijéronle que no se afanase por el pago de la
corta deuda, pues ellos, como gente muy cristiana y con su poquito de
santidad en el cuerpo, le hacían donación del _comestible_ devengado.
Donde comían dos, comían tres, y gatos y perros había en la vecindad
que hacían más _consumo_ que el padre Nazarín... _Lo cual_ que no
debía tener recelo por _quedar a deberles_ tal porquería, pues todo se
perdonaba, por amor de Dios, o por aquello de no saber nunca _a la que
estamos_, y que el que hoy da, mañana tiene que pedirlo.
Manifestoles su agradecimiento don Nazario, añadiendo que aquella
era la última noche que tendrían en la casa el estorbo de su inútil
persona, a lo que contestaron ambos disuadiéndole de salir a correr
aventuras, él con verdadera sinceridad y calor, ella con medias
palabras, sin duda porque deseaba verle marchar con viento fresco.
—No, no. Es resolución muy pensada, y no podrán ustedes, con toda su
bondad, que tanto estimo, disuadirme de ella —les dijo el clérigo—.
Y ahora, amigo _Peludo_, ¿tiene usted un capote viejo, inservible, y
quiere dármelo?
—¿Un capote...?
—Esa prenda que no es más que un gran pedazo de tela gorda, con un
agujero en el centro, por donde se mete la cabeza.
—¿Una manta? Sí que la tengo.
—Pues si no la necesita, le agradeceré que me la ceda. Por cierto que
no creo exista prenda más cómoda, ni que al propio tiempo dé más abrigo
y desembarazo... ¿Y tiene una gorra de pelo?
—Monteras nuevas verá en la tienda.
—No, la quiero vieja.
—También las hay usadas, hombre —indicó la _Peluda_—. Acuérdate: la que
puesta traías cuando viniste de tu tierra, a casarte conmigo. Pues de
ello no hace más que cuarenta y cinco años.
—Esa montera quiero yo, la vieja.
—Pues será para usted... Pero le vendrá mejor estotra de pelo de conejo
que yo usaba cuando iba de zaguero a Trujillo...
—Venga.
—¿Quiere usted una faja?
—También me sirve.
—¿Y este chalequito de Bayona, que se podría poner en un escaparate si
no tuviera los codos agujerados?
—Es mío.
Fueron dándole las prendas y él recogiéndolas con entusiasmo.
Acostáronse todos, y a la mañana siguiente, el bendito Nazarín,
descalzo, ceñida la faja sobre el chaleco de Bayona, encima el capote,
encasquetada la montera y un palo en la mano, despidiose alegremente
de sus honrarlos bienhechores, y con el corazón lleno de júbilo, el pie
ligero, puesta la mente en Dios, en el cielo los ojos, salió de la casa
en dirección a la Puerta de Toledo: al traspasarla creyó que salía de
una sombría cárcel para entrar en el reino dichoso y libre del cual su
espíritu anhelaba ser ciudadano.