Ándara, que tal oyera, se quedó más blanca que la pared, lo cual en
verdad no era extremada blancura, y ya se consideró en la Galera, con
grillos en los pies y esposas en las manos. Daba diente con diente
cuando sintió entrar a la _Chanfaina_, que se metió de rondón en la
alcoba diciendo:
—Se acabaron las pamemas. Mira, tú, trasto, desde el primer día entendí
que estabas aquí. Te saqué por el olor. Pero no quise decir nada,
no por ti, sino por no comprometer al padrico, que se mete en estos
fregados con buena intención y toda su sosería de ángel. Y ahora, sepan
los dos que si no hacen lo que voy a decirles, están perdidos.
—¿Se murió la _Tiñosa_? —le preguntó Ándara, aguijoneada por la
curiosidad, más poderosa en aquel instante que el miedo.
—No se ha muerto. En el _espital_ la tienes de _interfezta_, y según
dicen, no comerá la tierra por esta vez. Pues si se muriera, tú no
te escapabas de ponerte el corbatín. Conque... ya sales de aquí
_espirando_. Vete a donde quieras, que de esta noche no pasa que venga
aquí el excelentísimo Juzgado.
—¿Pero quién...?
—¡Ay qué tonta! ¡La _Camella_ tiene un olfato...! La otra noche vino a
esta ventana, y pegaba las narices al quicio como los perros ratoneros
cuando rastrean el ratón. _Golía, golía_, y sus resoplidos se oían
desde el portal. Pues ella y otras te han descubierto, y ya no hay
escape. Lárgate pronto de aquí, y escóndete donde puedas.
—Ahora mismo —dijo Ándara, envolviéndose en su mantón.
—No, no —agregó la _Chanfa_, quitándoselo—. Voy a darte uno mío, el más
viejo, para que te disfraces mejor. Y también te daré una bata vieja.
Aquí dejas toda la ropa manchada de sangre, que yo la esconderé... Y
que _coste_ que esto no lo hago por ti, feróstica, sino por el padruco,
que está en el compromiso de que le tengan o no le tengan por un peine
como tú. Que la justicia es muy perra, y en todo ha de meter el hocico.
Ahora, este _serófico_ tiene que hacer lo que yo le diga, si no, le
empapelan también, y que vengan los angelitos a librarle de ir a la
cárcel.
—¿Qué tengo yo que hacer?, sepámoslo —preguntó el sacerdote, que si al
principio parecía sereno, luego se le vio un tanto pensativo.
—Pues usted negar, negar y negar siempre. Esta pájara se va de aquí, y
se esconde donde puede. Se quita todo, _solutamente_ todo el rastro
de ella: yo limpiaré la salita, lavaré los baldosines, y usted, señor
Nazarillo de mis pecados, cuando vengan los de la justicia, dice a
todo que no, y que aquí no ha estado ella, y que es mentira. Y que lo
prueben, ¡contro!, que lo prueben.
El curita callaba; mas la diabólica Ándara apoyó con calor las
enérgicas razones de Estefanía.
—Es una gaita —prosiguió esta— que no se pueda quitar el condenado
olor... ¿Pero cómo lo quitamos...? ¡Ah, mala sangre, hija de la gran
loba, pelleja maldita! ¿Por qué en vez de traerte acá este _pachulí_
que trasciende a demonios, no te trajiste toda la perfumería de los
estercoleros de Madrid, grandísima puerca?
Acordada la _najencia_ de Ándara, la hombruna patrona, que era toda
actividad en los momentos de apuro, trajo sin tardanza las ropas que
la criminal debía ponerse en sustitución de las ensangrentadas, para
favorecer con algún disfraz su escapatoria en busca de mejor escondite.
—¿Vendrán pronto? —preguntó a la _Chanfa_, con resolución de acelerar
su partida.
—Aún tenemos tiempo de arreglar esto —replicó la otra—, porque ahora
van con la denuncia, y lo menos hasta las diez o diez y media no
llegarán aquí los _caifases_. Me lo ha dicho Blas Portela, que está al
tanto de todos estos líos de justicia, y sabe cuándo les pica una pulga
a los señores de las Salesas. Tenemos tiempo de lavar y de quitar hasta
el último rastro de esta sinvergonzona... Y usted, señor _san Cándido_,
ahora no sirve aquí más que de estorbo. Váyase a dar un paseo.
—No, si yo tengo que salir a un asunto —dijo don Nazario poniéndose la
teja—. Me ha citado el señor Rubín, el de San Cayetano, después de la
novena.
—Pues aire... Traeremos un cubo de agua... Y tú, mira bien por todos
lados, no se te quede aquí una liga, o botón, una peina del pelo, u
otra cualisquiera inmundicia de tu persona, cintajo, cigarrillo... No
es mal compromiso el que le cae a este bendito por tu causa... Ea,
rico, don Nazarín, a la calle. Nosotras arreglaremos esto.
Fuese el clérigo, y las dos mujeronas se quedaron trajinando.
—Busca bien, revuelve todo el jergón, a ver si dejas algo —decía la
_Chanfa_.
Y la otra:
—Mira, Estefa, yo tengo la culpa, yo soy la causante..., y pues el
padrico me amparó, no quiero yo que por mí, y por este arrastrado
perfume, le digan el día de mañana que si tal o cual... Pues yo la
hice, yo trabajaré aquí hasta que no quede la menor _trascendencia_
del olor que gasto... Y ya que tenemos tiempo..., ¿dices que a las
diez?..., vete a tus quehaceres, y déjame sola. Verás cómo lo pongo
todo como la plata...
—Bueno, yo tengo que dar de cenar a los mieleros y a los cuatro tíos
esos de Villaviciosa... Te traeré el agua, y tú...
—No te molestes, mujer. ¿Pues no puedo yo misma traer el agua de la
fuente de la esquina? Aquí hay un cubo. Me echo mi mantón por la cabeza
y ¿quién me va a conocer?
—Ello es verdad: vete tú, y yo a mi cocina. Volveré dentro de media
hora. La llave de la casa está en la puerta.
—Para nada la quiero. Quédese donde está. Yo voy y traigo el agua
de Dios en menos que canta un gallo... Y otra cosa: ahora que me
acuerdo..., dame una peseta.
—¿Para qué la quieres, arrastrada?
—¿La tienes o no? Dámela, préstamela, que ya sabes que cumplo. La
quiero para echar un trago, y comprarme una cajetilla. ¿Miento yo
alguna vez?
—Alguna vez no; siempre. Vaya, toma la jeringada peseta, y no se hable
más. Ya sabes lo que tienes que hacer. Al avío. Me voy. Espérame aquí.
Salió la terrible amazona, y tras ella, con dos minutos de diferencia,
la otra tarasca, después de juntar con su peseta la que le diera su
amiga, y de coger en la cocina una botella, y una zafra no muy grande.
La calle estaba oscura como boca de lobo. Desapareció en las tinieblas,
y cruzando a la calle de Santa Ana, al poco rato volvió con los mismos
cacharros agazapados entre los pliegues de su mantón. Con presteza de
ardilla subió la angosta escalera y se metió en la casa.
En poquísimo tiempo, que seguramente no pasaría de siete u ocho
minutos, entró Ándara en un cuartucho próximo a la cocina, sacó un
montón de paja de maíz de un colchón deshecho, lo llevó todo a la
alcoba, envuelto en la misma tela del jergón, y extendiolo debajo de
la cama, derramando encima todo el petróleo que había traído en la
botella y en la zafrilla. Aún le parecía poco, y rasgando de arriba
abajo con un cuchillo el otro colchón, también de maíz, en cuyas
blanduras había dormido algunas noches, acumuló paja sobre paja; y
para mayor seguridad, puso encima la tela de ambos colchones, y cuanto
trapo encontró a mano, y sobre la cama la banqueta, y hasta el sofá de
Vitoria. Formada la pira, sacó su caja de mixtos, y ¡zas!... Como la
pura pólvora, ¡contro! Abierta la ventana, para que entrara la onda de
aire, esperó un instante contemplando su obra, y no se puso en salvo
hasta que el espeso humo que del montón de combustible salía le impidió
respirar. Tras de la puerta, en el peldaño más alto de la escalerilla,
observó un rato cómo crecía con furor la llama, cómo bufaba el aire
entre ella, cómo se llenaba de humazo negro la vivienda del buen
Nazarín, y bajó escapada y escabullose por el portal más pronta que la
vista, diciendo para su mantón: «¡Que busquen ahora el olor..., mal
ajo!»
Por el cerrillo del Rastro bajó a la calle del Carnero, después a la
del Mira el Río, y parose allí mirando al sitio donde, a su parecer,
entre los tejados, caía el mesón de la _Chanfaina_. No tenía sosiego
hasta no ver la columna de humo, que anunciarle debía el éxito de su
ensayo de fumigación. Si no subía pronto el humo, señal era de que
los vecinos sofocaban el fuego... Pero no: ¡cualquiera apagaba aquel
infiernito que armara ella en menos de un credo! Intranquila estuvo
como unos diez minutos, mirando para el cielo, y pensando que si la
lumbre no prendía bien, su hazaña, lejos de ser salvadora y decisiva,
la comprometía más. Por todo pasaba, aun por ir ella a pudrirse en la
Galera; pero no consentía que acusaran al divino Nazarín de cosas
falsas, verbigracia, de que tuvo o no tuvo que ver con una mujer
mala... Por fin, ¡bendito Dios!, vio salir por encima de los tejados
una columna de humo negro, más negro que el alma de Judas, y a los
cielos subía retorciéndose con tremendas espirales, y creeríase que la
humareda hablaba, y que decía al par de ella: «¡Que descubran ahora el
olor!... ¡Que aplique la _Camella_ sus narices de perra pachona!...
Anda, ¿no queríais tufo, señores Caifases de la _incuria_?... Pues ya
no huele más que a cuerno quemado..., ¡contro!, y el guapo que ahora
quiera descubrir el olor..., que meta las uñas en el rescoldo..., y
verá... que le _ajuma_».
Alejose más, y desde lo bajo de la Arganzuela vio llamas. Todo el grupo
de tejados aparecía con una cresta de claridad rojiza, que la tarasca
contempló con salvaje orgullo. «Puede una ser una birria, pero tiene
conciencia, y por conciencia no quiere una que al bueno le digan que es
malo, y se lo prueben con un olor de peineta, con una _jediondez_ de
la ropa que una se pone... No..., la conciencia es lo primero. ¡Arda
Troya!... Estate tranquilo, Nazarín, que si pierdes tu casa, poco
pierdes, y otra ratonera no te ha de faltar».
El incendio tomaba formidables proporciones. Vio Ándara que hacia
allá corría presurosa la gente, oyó campanas. Pudo llegar a creer, en
el desvarío de su imaginación, que las tocaba ella misma. Tan, tarán,
tan...
—¡Qué burra es esa _Chanfaina_! ¡Creer que lavando se quita el aire
malo! No, ¡contro!, eso no va con agua, como el otro que dijo... ¡El
aire malo se lava con fuego, sí, ¡mal ajo!, con fuego!
V
Al cuarto de hora de salir la diabólica mujer de la vivienda de don
Nazario, ya era esta un horno, y las llamas se paseaban por el recinto
estrecho devorando cuanto encontraban. Acudieron aterrados los vecinos:
pero antes de que trajeran los primeros cubos de agua, providencia
elemental contra incendios leves, ya por la ventana salía una bocanada
de fuego y humo que no dejaba acercarse a ningún cristiano. Corrían
los inquilinos de aquí para allá, y subían y bajaban sin saber qué
partido tomar; las mujeres chillaban, los hombres maldecían. Hubo un
momento en que las llamas parecieron extinguirse o achicarse dentro
de la estancia, y algunos se aventuraron a entrar por la escalerilla
del portal, y otros derramaron cántaros de agua por la ventana del
corredor. Con una buena bomba, bien cebada de agua, habríase cortado el
incendio en aquel instante; pero mientras llegaba el socorro de bombas
y bomberos, tiempo había para arder toda la casa, y achicharrarse en
ella sus habitantes, si no se daban prisa a ponerse en salvo. A la
media hora, vieron que salían velloncitos de humo por entre las tejas
(el piso era principal y sotabanco, todo en una pieza), y ya no quedó
duda de que se había extendido el fuego solapadamente a las vigas
altas. ¿Y las bombas? ¡Ay Dios mío! Cuando llegó la primera, ya ardía
como zarzal reseco la desvencijada techumbre, y el corredor, y el ala
norte del patio. Creyérase que toda aquella construcción era yesca
salpimentada de pólvora; el fuego se cebaba en ella famélico y brutal,
la devoraba; ardían las maderas apolilladas, el yeso mismo y hasta el
ladrillo, pues todo se hallaba podrido y deshecho, con una costra de
mugre secular. Ardían con gana, con furor: la combustión era un júbilo
del aire, que daba en obsequio de sí mismo función de pirotecnia.
No hay para qué describir el pánico horrible del indigente vecindario.
Ante la formidable intensidad y extensión de la quema, debía creerse
que pronto el edificio entero ardería por los cuatro costados sin que
se salvara ni una astilla. Apagar tal infierno era imposible, ni
aunque vomitaran agua sobre él todas las mangas del orbe católico. A
las diez y media, nadie pensaba más que en salvar la pelleja, y los
pocos trastos que componían el mueblaje de las viviendas míseras.
Viéronse, pues, salir de estampía de los corredores al patio, y de este
a la calle, hombres, mujeres y chiquillos, y escaparon, también los
gitanescos burros, los gatos y perros, y hasta las ratas que, entre el
viguetaje y en agujeros de arriba y abajo, tenían sus guaridas.
Y pronto se llenó la calle de catres, cofres, cómodas y trebejos mil,
como el aire de un clamor de miseria y desesperación, al cual se unía
el fragoroso aventeo de las llamas para formar un conjunto siniestro.
Cuidábanse exclusivamente vecinos y auxiliares de salvar trastos y
personas, entre las cuales había algunos impedidos, cojos y ciegos. A
excepción de uno de estos, que salió con las barbas chamuscadas, el
salvamento se verificó sin ningún detrimento en las vidas humanas.
Desaparecieron, sí, bastantes aves, más bien que por muerte, por haber
variado de dueño en aquellos apuros, y alguno de los asnos fue a parar,
de la primera carrera, a la calle de los Estudios. A última hora
trabajaron los bomberos para impedir que el incendio saltara a las
casas inmediatas, y conseguido esto, aquí paz y después gloria.
No hay para qué decir que la _Chanfaina_, desde que recibió en sus
narizotas el tufo de la quemazón, no pensó más que en poner en salvo
su ajuar, que con no valer en sí más que para leña, era lo mejor de
la casa. Ayudada de los mieleros y de otros huéspedes diligentes, fue
sacando _sus cosas_, y puso bazar de ellas en la calle. Sus manos
y pies no descansaban un momento, ni tampoco su agresiva lengua,
que rociaba de palabras bárbaras y sucias a todo el gentío, y a los
bomberos y al fuego mismo. El reflejo de las llamaradas enrojecía su
rostro, tanto como el hervor de su condenada sangre.
Y he aquí que cuando ya tuvo todos sus chismes en la calle, menos una
parte de la batería de cocina que no pudo salvar, y se ocupaba en
custodiarlos y defenderlos de la pillería, se le puso delante el padre
Nazarín, tan fresco, Señor, pero tan fresco, como si nada hubiera
pasado, y con acento angelical le dijo:
—¿Conque es cierto que nos hemos quedado sin albergue, señora _Chanfa_?
—Sí, pavito de Dios, ¡mala centella nos parta a todos!... ¡Y con qué
desahogo lo dice!... Claro, como usted nada tenía que perder, y
Dios le ha hecho el favor de consumirle sus miserias, no repara en
los pudientes, que tenemos que sacar los trastos a la calle. Pues
esta noche dormirá usted al raso, como un caballero. ¿Qué me dice de
esta chamusquina espantosa? ¿No sabe que empezó por su casa, como si
mismamente hubiera reventado un polvorín?... A mí que no me digan: esto
no ha sido natural. Esto ha sido función artificial, sí señor, un fuego
que..., vamos..., no quiero decirlo. La suerte es que el amo de la
finca se alegrará, porque todo ello no valía dos ochavos, y el seguro
algo le ha de pagar, que si no, de esta _catastrofa_ se había de hablar
mucho en los papeles, y alguien lo había de sentir, alguno que me callo
por no comprometer.
Encogiose de hombros el buen don Nazario, sin mostrar aflicción ni
desconsuelo por la pérdida de su menguada propiedad, y terciándose el
manteo, se puso a disposición de los vecinos para ayudarles a ordenar
los cachivaches, y a moverlos de un lado para otro. Trabajando estuvo
hasta muy avanzada la noche, y al fin, rendido y sin fuerzas, aceptó
la hospitalidad que le ofreció en la próxima calle de las Maldonadas
un sacerdote joven, amigo suyo, que acertó a pasar por el _lugar del
siniestro_, y a verle en faenas tan impropias, y así se lo dijo, de un
ministro del altar.
Cinco días pasó en la casa y compañía de su amigo, en la placidez
ociosa de quien no tiene que cavilar por las materialidades de la
existencia; contento en su libre pobreza; aceptando sin violencia lo
que le daban, y no pidiendo cosa alguna; sintiendo huir de su vida las
necesidades y los apetitos; no deseando nada terrenal ni echando de
menos lo que a tantos inquieta; con la ropa puesta por toda propiedad,
y un breviario que le regaló su amigo. Hallábase en las puras glorias,
con todo aquel descuido del vivir asentado sobre el cimiento de su
conciencia pura como el diamante, sin acordarse de su destruido
albergue, ni de Ándara ni de Estefanía, ni de cosa alguna que con
tal gente y casa se relacionara, cuando una mañanita lo llamaren del
juzgado a declarar en causa que se formaba a una mujer de mal vivir,
llamada Ana de Ara, y tal y qué sé yo.
«Vamos —se dijo cogiendo manteo y teja, dispuesto a cumplir sin
tardanza el mandato judicial—, ya pareció aquello. ¿Qué habrá sido de
la tal Ándara? ¿La habrán cogido? Allá voy yo a decir todita la verdad
en lo que me atañe, sin meterme en lo que no me consta, ni tiene nada
que ver con la hospitalidad que di a esa desgraciada mujer».
Por cierto que su amigo, a quien informó del caso en breves palabras,
no puso buena cara cuando le oía, ni dejó de mostrarse un tanto
pesimista en la apreciación de la marcha y consecuencias de aquel
feo negocio. No por esto entró en recelo Nazarín, y se fue a ver al
representante de la justicia, que lo recibió muy fino, y le tomó
declaración con todos los miramientos que al estado eclesiástico del
declarante correspondían. Incapaz de decir, en asunto grave ni leve,
cosa ninguna contraria a la verdad, norma de su conciencia; resuelto
a ser veraz no solo por obligación, como cristiano y sacerdote, sino
por el inefable gozo que en ello sentía, refirió puntualmente al
juez lo sucedido, y a cuantas preguntas se le hicieron dio respuesta
categórica, firmando su declaración y quedándose después de ella tan
tranquilo. Acerca del crimen de Ándara, hecho en el cual no había
intervenido, se expresó con generosa reserva, sin acusar ni defender a
nadie, añadiendo que nada sabía del paradero de la mala mujer, la cual
debió salir de su escondite la misma noche del incendio.
Retirose del juzgado muy satisfecho, sin reparar, tan abstraído estaba
mirando a su conciencia, que el juez no lo había tratado, después de la
declaración, tan benévolamente como antes de ella, que lo miraba con
lástima, con desdén, con prevención quizás... Poco le habría importado
esto, aun habiéndolo advertido. En casa de su amigo, este renovó sus
comentarios pesimistas acerca del amparo dado a la bribona, insistiendo
en que el vulgo y la curia no verían en don Nazario al hombre abrasado
en fuego de caridad, sino al amparador de criminales, por lo cual
convenía tomar precauciones contra el escándalo, o ver de sortearlo
cuando viniese. Con estas cosas, el dichoso cleriguito no le dejaba
vivir en paz. Era hombre entrometido y oficioso, con muchas y buenas
relaciones en Madrid, y de una actividad lamentable cuando tomaba de
su cuenta un asunto que no le incumbía. Se avistó con el juez, y por
la noche tuvo la indecible satisfacción de espetar a don Nazario el
siguiente discurso:
—Mire usted, compañero, cuanto más amigos más claros. A usted se
le pasea el alma por el cuerpo, y no ve el peligro que se _cierne_
a su alrededor..., se cierne, sí señor. Pues el juez, que es todo
un caballero, lo primero que me preguntó fue si usted está loco.
Respondile que no sabía... No me atreví a negarlo, pues siendo usted
cuerdo, resulta más inexplicable su conducta. ¿En qué demonios
pensaba usted al recibir en su domicilio a una pelandusca semejante,
a una criminal, a una...? ¡Por Dios, don Nazario! ¿Sabe usted de
qué le acusan los que llevaron el cuento al juez? Pues de que usted
sostenía relaciones escandalosas, vitandas y deshonestas con esa
y otras _ejusdem furfuris_. ¡Qué bochorno, amigo querido! Bien sé
que es mentira. ¡Si nos conocemos!... Usted es incapaz... Y si se
dejara tentar del demonio de la concupiscencia, lo haría sin duda
con _féminas_ de mejor pelaje... ¡Si estamos conformes..., si yo doy
de barato que todo es calumnia!... ¿Pero usted sabe la que le viene
encima? Fácil es a sus calumniadores deshonrarle; difícil, dificilísimo
le será a usted destruir el error; que la maledicencia encuentra calor
en todos los corazones, transmisión en todas las bocas, mientras que la
justificación nadie la cree, nadie la propaga. El mundo es muy malo, la
humanidad inicua, traidora, y no hace más que pedir eternamente que le
suelten a Barrabás, y que crucifiquen a Jesús... Y otra cosa tengo que
decirle: también quieren complicarle en el incendio.
—¡En el incendio!... ¡Yo! —exclamó don Nazario más sorprendido que
aterrado.
—Sí señor, dicen que ese infernal basilisco fue quien prendió fuego a
la casa de usted, el cual fuego, por las leyes de la física, se propagó
a todo el edificio. Yo bien sé que usted es inocente de este como de
los otros desafueros; pero prepárese para que le traigan y le lleven de
Herodes a Pilatos, tomándole declaraciones, complicándole en asuntos
viles, cuya sola mención pone los pelos de punta.
En efecto, a él, con solo decirlo, parecía que se le erizaba el cabello
de terror y vergüenza, mientras que el otro, oyendo tan fatídicos
augurios, se mostraba sereno.
—Y finalmente, mi querido Nazario, ya sabe que somos amigos, _ex toto
corde_, que le tengo a usted por hombre impecable, por hombre puro,
_pulcherrimo viro_. Pero vive usted en pleno limbo, y esto, no solo
le perjudica a usted, sino a los amigos con quienes tiene relación
tan íntima como es el vivir bajo un mismo techo. No es esto echarle,
compañero; pero yo no vivo solo. Mi señora madre, que le aprecia a
usted mucho, no tiene tranquilidad desde que se ha enterado de estos
trotes judiciales en que anda metido nuestro huésped. Y no crea que
ella y yo solos lo sabemos. Anoche se habló latamente de esto en la
tertulia de Manolita, la hermana del señor provisor del Obispado. Unas
le acusaban, otras le defendían a usted. Pero lo que dice mamá: «Basta
que suenen las hablillas, aun siendo injustas, para que no podamos
tener a ese bendito en casa...».