Todo el resto del día estuvo sola la buena pieza, pues el padrito no
se daba prisa por volver a su domicilio. Recelos y desconfianzas de
criminal acometieron, por la tarde, a la malaventurada mujer. «¡Si me
denunciará este buen señor! —se decía, no pudiendo pensar más que en
la anhelada impunidad—. No sé, no sé..., porque unos le tienen por
santo, y otros por un pillete muy largo, pero muy largo... No sabe una
a qué carta quedarse... ¡Contro! ¡Mal ajo! Pero no, no creo que me
denuncie... El cuento es que si me descubren y le preguntan si estoy
aquí, contestará que sí, porque él no miente ni aun por salvar a una
persona. ¡Vaya con la santidad! Si es cierto que hay infiernos con
mucha lumbre y tizonazos, allá debían ir los que dicen verdades que a
un pobre le cuestan la vida, o le zampan en la cárcel».
Por la tarde pasó un rato de horrible pavura oyendo la voz de la
_Chanfa_ junto a la ventana. Hablaba con otra mujer que, por el habla
gargajosa y carraspeante, parecía la _Camella_. ¡Y la _Camella_ era
tan mala, tan amiga de meter en todo las narices, y llevar y traer
cuentos! Después que picotearon bien, Estefanía llamó con los nudillos
en el cristal; pero como el padre no estaba allí para responderle,
se fueron las muy indinas. Otras personas, y algunos chicuelos de la
vecindad, llamaron también en el curso del día, cosa muy natural y que
no debía ser motivo de alarma, porque la pobretería de aquellos lugares
visitaba con frecuencia al que era amigo y consuelo de los pobres. Al
anochecer, ya no podía la mujerzuela con su congoja y susto, y anhelaba
que volviese el clérigo, para saber si podía contar o no con el sigilo
en aquella oscura reclusión. Los minutos se le hicieron horas; al fin,
cuando le vio entrar, ya cerca de anochecido, a punto estuvo de reñirle
por su tardanza, y si no lo hizo fue porque el gozo de verle le quitó
el enfado.
—Yo no tengo que darte a ti cuenta de dónde voy ni de dónde vengo, ni
en qué empleo mis horas —le dijo Nazarín, contestando a las primeras
preguntas impertinentes y oficiosas de la que bien podía llamarse su
protegida—. ¿Y qué tal? ¿Vamos bien? ¿Te duele menos la herida? ¿Vas
tomando fuerzas?
—Sí, hombre, sí... Pero el _canguelo_ no me deja vivir... A cada
instante me parece que entran para cogerme y llevarme a la cárcel.
¿Estaré segura? Dígamelo con verdad, a lo hombre, más que a lo santo.
—Ya sabes —repuso el sacerdote, desembarazándose del manteo y la
teja—, yo no te denuncio... Procura tú no hacer aquí nada por donde te
descubran..., y chitón, que anda gente por el corredor.
En efecto, llamó otra vez Estefanía, y abierta la ventana por Nazarín,
hablaron un ratito.
—Vaya que está hoy mi beato muy paseante en Corte —decía la amazona—.
¿Qué pasa? ¿Ha ido a bailarle el agua al obispo, como le aconsejé?
Como no adule, no le darán nada. ¿Y qué? ¿Hubo misa hoy? Bueno. Así,
aplicarse, ir a las parroquias con cara de poca vergüenza, darse
pisto... Verá cómo caen misas. Oiga, padrito, yo siento..., me parece
que sale por esta ventana un olor..., así como de esa perfumería
condenada que gastan las mujeronas... ¿Pero usted no huele? ¡Si es un
tufo que tira para atrás!... Claro, no es novedad. Como entran a verle
a usted personas de todas castas, y usted no distingue, ni sabe a quién
socorre...
—Eso será —replicó Nazarín sin inmutarse—. Entra aquí mucha y diversa
gente. Unos huelen y otros no.
—Y también me da olor a vinazo... ¿Se nos estará su reverencia echando
a perder?... Porque el de la misa no será.
—Lo del otro olor —dijo el clérigo con suprema sinceridad—, no lo
niego. Aroma o pestilencia, ello es que existe en mi casa. Yo lo
siento, y lo sentirá todo el que tenga olfato. Pero olor a vino no lo
noto, francamente, no noto nada, y esto no es decir que no lo haya
habido en casa hoy... Pudo haberlo; mas no huele, señora, no huele.
—Pues yo digo que trasciende... Pero no hay que disputar, porque no
tendrán la misma _trascendencia_ sus narices y las mías.
Ofreciole después comida la señora _Chanfa_, y él rehusó, limitándose a
recibir, tras repetidas instancias, un bollo de canela, y dos chorizos
de Salamanca. Con esto se acabó la conversación, y el horroroso susto
de la reclusa.
—Ya me barrunté yo —decía inconsolable, al sentir que se alejaba
la amazona— que esta _perfumación_ indecente de mi ropa me iba a
denunciar. La quemaría toda, si pudiera salir de aquí en camisa. Lo que
menos pensaba yo echándome esos olores, era que me habían de traer tal
perjuicio. Y es buena esencia, ¿verdad, padrito? ¿No le gusta a usted
olerla?
—A mí no. Solo me agrada el olor de las flores.
—A mí también. Pero van caras, y no puede una tenerlas más que de
vista, en los jardines. Pues, hace tiempo, tenía yo un amigo que me
llevaba muchas flores, de las mejores; solo que estaban algo sucias.
—¿De qué?
—De la porquería de las calles. Este amigo mío era barrendero, de los
que recogen las basuras todas las mañanas. Y a veces, por Carnaval o en
tiempo de baile, barría en la puerta de los teatros y casas grandes, y
con la escoba recogía muchas _camellas_.
—Camelias, se dice.
—Camelias, y hasta rosas. Lo ponía todo en un papel con mucho
cuidadito, y me lo llevaba.
—¡Qué fino!... ¿Dejarás al fin de pensar tonterías, y mirarás a lo
importante, a la purificación de tu alma?
—Todo lo que usted quiera, aunque me parece que de esta no expiro. Yo
tengo siete vidas como los gatos. Dos veces estuve en el _espital_ con
la sábana por la cara, creyendo todos que me iba, y volví, y me curé.
—No hay que fiar, señora mía, de la feliz circunstancia de haber
encapado una y otra vez. En toda ocasión la muerte es nuestra
inseparable compañera y amiga. En nosotros mismos la llevamos desde
el nacer, y los achaques, las miserias, la debilidad, y el continuo
sufrir son las caricias que nos hace dentro de nuestro ser. Y no sé
por qué ha de aterrarnos la imagen de ella cuando la vemos fuera de
nosotros, pues esa imagen en nosotros está de continuo. De seguro que
tú te espantas cuando ves una calavera, y más si ves un esqueleto...
—¡Ay, sí, qué miedo!
—Pues la calavera que tanto te asusta, ahí la llevas tú: es tu cabeza...
—Pero no será tan fea como las de los cementerios.
—Lo mismo; solo que está vestida de la carne.
—¿De modo, padrito, que yo soy mi calavera? ¿Y el esqueleto mío es
todos estos huesos, armados como los que vi yo una vez en el teatro, en
la función de los fantoches? ¿Y cuando yo bailo, baila mi esqueleto? ¿Y
cuando duermo, duerme mi esqueleto? ¡Mal ajo! ¿Y al morirme, cogen mi
esqueletito salado y lo tiran a la tierra?
—Exactamente, como cosa que ya no sirve para nada.
—Y cuando se muere una, ¿signe una sabiendo que se ha muerto, y
acordándose de que vivía? ¿Y en qué parte del cuerpo tiene una el alma?
¿En la cabeza o en el pecho? Cuando una se pelea con otra, digo yo, el
alma se sale a la boca y a las manos.
Contestole Nazarín, sobre esto del alma, en la forma más elemental y
comprensible para tan ruda inteligencia, y siguieron departiendo en
voz baja, a prima noche, después de cenar algo, sin cuidarse de la
vecindad que, por fortuna, de ellos tampoco se cuidaba. Ándara, por
causa sin duda de la forzada quietud que le excitaba la imaginación,
todo quería saberlo, demostrando una curiosidad hasta cierto punto
científica, que el buen eclesiástico satisfacía en unos casos y en
otros. Anhelaba saber cómo es esto de _nacer una_, y cómo salen
los pollos de un huevo igualitos al gallo y a la gallina..., en
qué consiste que el número trece es muy malo, y por qué causa trae
buena sombra el recoger una herradura en mitad de un camino... Cosa
inexplicable era para ella la salida del sol todos los días, y que
las horas fueran siempre iguales, y el tamaño de los días de un año,
en cada estación, igual a los días de los otros años... ¿Dónde se
metían los ángeles de la guardia cuando _una es niña_, y qué razón hay
para que las golondrinas se larguen en invierno y vuelvan en verano,
y acierten con el mismo nido?... También es muy raro que el número
dos traiga siempre buena suerte, y que la traiga mala el tener dos
velas encendidas en las habitaciones... ¿Por qué tienen tanto talento
los ratones, siendo tan chicos, y a un toro, que es tan grande, se le
engaña con un pedazo de trapo?... Y las pulgas y otros bichos pequeños,
¿tienen su alma a su modo?... ¿Por qué la luna crece y mengua, y qué
razón hay para que cuando _una_ va por la calle y encuentra a una
persona parecida a otra, al poco rato encuentre a la otra?... También
es cosa muy rara que el corazón le diga a _una_ lo que va a pasar,
y que cuando las mujeres embarazadas tienen antojo de una cosa,
verbigracia, de berenjenas, salga luego el crío con una berenjena en
la nariz. Tampoco entendía ella por qué las almas del purgatorio salen
cuando se les da a los curas unas perras para responsos, y por qué el
jabón quita la porquería, y por qué el martes es día tan malo que no se
puede hacer nada en él.
Fácilmente contestaba Nazarín a no pocas de sus dudas, pero otras no
se las podía satisfacer, y las proposiciones que pertenecían al orden
de la superstición estúpida, se las negaba rotundamente, exhortándole
a echar de su mente ideas tan desatinadas. Con esto pasaron la velada,
y una noche tranquila y sin ningún accidente permitió a la enferma
reparar sus fuerzas. De este modo transcurrieron tres días, cuatro;
Ándara restableciéndose rápidamente de sus heridas y cobrando fuerzas,
el buen don Nazario saliendo todas las mañanas a decir su misita, y
regresando tarde a casa, sin que ningún suceso alterase esta monotonía,
ni se descubriera el escondite de la mala mujer. Aunque esta se creía
segura, no se descuidaba en sus minuciosas precauciones para que no
llegara al exterior de la casa rumor ni indicio alguno de su presencia.
A los tres días, abandonó el ocioso jergón; mas no se atrevía a salir
de la alcoba, y como sintiera voces, contenía temblando la respiración.
Pero no quiso la voluble suerte favorecerla más tiempo, y al quinto día
fueron inútiles ya todas las cautelas, y la infame se vio en peligro
inminente de caer en poder de la justicia.
Al anochecer, se llegó la Estefanía a la ventana, y llamando al
padrito, que acababa de entrar, le dijo:
—Eh, so babieca, que ya no valen pamplinas, que ya se sabe todo, y
quién es la mala rata que esconde usted en su madriguera. Ábrame la
puerta por allá, que quiero entrar y hablarle, sin que se enteren los
vecinos.