No nos hartábamos de preguntarle, y él a todo nos respondía sin mostrar
fastidio de nuestra pesadez. Tampoco manifestaba la presunción natural
en quien se ve objeto de un interrogatorio, o _interview_, como ahora
se dice. Trájole Estefanía, después de las sardinas, una chuleta al
parecer de vaca y de no muy buena traza; mas él no la quiso, a pesar de
las instancias de la amazona, que volvió a descomponerse y a soltarle
mil perrerías. Pero ni por estas ni por lo que nosotros cortésmente
le dijimos para estimularle a más comer, se dio el hombre a partido,
y rechazó también el vino que le ofreciera la tarasca. Con agua y un
bollo de a cuarto puso fin a su almuerzo, declarando que daba gracias
al Señor por el sustento de aquel día.
—¿Y mañana? —le dijimos.
—Pues mañana no me faltará tampoco, y si me falta esperaremos al otro
día, que nunca hay dos días seguidos rematadamente malos.
Empeñose el _reporter_ en convidarle a café: pero él, confesándonos
que le gustaba, no quiso aceptar. Fue preciso que le instáramos los
dos en los términos más afectuosos para que se decidiera; lo pedimos
al cafetín próximo, nos lo trajo la tuerta que vendía licores en el
portal, y tomándolo con la comodidad que la estrecha mesa y el mal
servicio nos permitían, hablamos de multitud de cosas, y le oímos
varios conceptos por donde colegimos que era hombre de luces.
—Dispénseme usted —dije— si le hago una observación que en este momento
se me ocurre. Bien se conoce que es usted persona de ilustración. Me
sorprende mucho no ver libros en su casa. O no le gustan, o ha tenido
sin duda que deshacerse de ellos en algún grave aprieto de su vida.
—Los tuve, sí señor, y los fui regalando hasta que no me quedaron más
que los tres que ustedes ven ahí. Declaro con toda verdad que, fuera de
los de rezo, ningún libro malo ni bueno me interesa, porque de ellos
sacan el alma y la inteligencia poca sustancia. Lo tocante a la fe lo
tengo bien remachado en mi espíritu, y ni comentarios ni paráfrasis
de la doctrina me enseñan nada. Lo demás, ¿para qué sirve? Cuando uno
ha podido añadir al saber innato unas cuantas ideas, aprendidas en el
conocimiento de los hombres, y en la observación de la sociedad y de la
naturaleza, no hay que pedir a los libros ni mejor enseñanza ni nuevas
ideas que confundan y enmarañen las que uno tiene ya. Nada quiero con
libros ni con periódicos. Todo lo que sé bien sabido lo tengo, y en mis
convicciones hay una firmeza inquebrantable; como que son sentimientos
que tienen su raíz en la conciencia, y en la razón la flor, y el fruto
en la conducta. ¿Les parezco pedante? Pues no digo más. Solo añado
que los libros son para mí lo mismo que los adoquines de las calles,
o el polvo de los caminos. Y cuando paso por las librerías y veo
tanto papel impreso doblado y cosido, y por las calles tal lluvia de
periódicos un día y otro, me da pena de los pobrecitos que se queman
las cejas escribiendo cosas tan inútiles, y más pena todavía de la
engañada humanidad que diariamente se impone la obligación de leerlas.
Y tanto se escribe, y tanto se publica, que la humanidad, ahogada
por el monstruo de la imprenta, se verá en el caso imprescindible de
suprimir todo lo pasado. Una de las cosas que han de ser abolidas es
la gloria profana, el lauro que dan los escritos literarios, porque
llegará día en que sea tanto, tanto lo almacenado en las bibliotecas,
que no habrá la posibilidad material de guardarlo y sostenerlo. Ya
verá entonces el que lo viere el caso que hace la humanidad de tanto
poema, de tanta novela mentirosa, de tanta historia que nos refiere
hechos, cuyo interés se desgasta con el tiempo y acabará por perderse
en absoluto. La memoria humana es ya pajar chico para tanto fárrago
de historia. Señores míos, se aproxima la edad en que el presente
absorberá toda la vida, y en que los hombres no conservarán de lo
pasado más que las verdades eternas adquiridas por la revelación. Todo
lo demás será escoria, un detritus que ocupará demasiado espacio en
las inteligencias y en los edificios. En esa edad —añadió en tono que
no vacilo en llamar profético—, el César, o quien quiera que ejerza la
autoridad, dará un decreto que diga lo siguiente: «Todo el contenido de
las bibliotecas públicas y particulares se declara baldío, inútil y sin
otro valor que el de su composición material. Resultando del dictamen
de los químicos que la sustancia papirácea adobada por el tiempo es el
mejor de los abonos para las tierras, venimos en disponer que se apilen
los libros antiguos y modernos en grandes ejidos a la entrada de las
poblaciones, para que los vecinos de la clase agrícola vayan tomando
de tan preciosa materia la parte que les corresponda según las tierras
que les toque labrar». No duden ustedes que así será, y que la materia
papirácea formará un yacimiento colosal, como los de guano en las islas
Chinchas, se explotará mezclándola con otras sustancias que aviven la
fermentación, y será transportada en ferrocarriles y buques de vapor
desde nuestra Europa a los países nuevos, donde nunca hubo literatura,
ni imprentas ni cosa tal.
Grandemente nos reímos celebrando la ocurrencia. Mi amigo, a juzgar por
las miradas recelosas que oyéndole me echaba, debió de formar opinión
muy desfavorable del estado mental del clérigo. Yo le tenía más bien
por un humorista de los que cultivan la originalidad. Nuestra charla
llevaba trazas de ser interminable, y ya picábamos en este asunto,
ya en el otro. Tan pronto el buen Nazarín me parcela un budista, tan
pronto un imitador de Diógenes.
—Todo eso está muy bien —le dije—, pero podría usted, padre, vivir
mejor de lo que vive. Ni esto es casa, ni estos son muebles, ni por lo
visto, tiene usted más ropa que la puesta. ¿Por qué no pretende usted,
dentro de su estado religioso, una posición que le permita vivir con
modesta holgura? Este amigo mío tiene mucho metimiento en ambos cuerpos
colegisladores y en todos los ministerios, y no le sería difícil,
ayudándolo yo con mis buenas relaciones, conseguir para usted una
canonjía.
Sonrió el clérigo con cierta sorna, y nos dijo que ninguna falta le
hacían a él canonjías, y que la vida boba de coro no cuadraba a su
natural independiente. También le propusimos agenciarle alguna plaza
de coadjutor en las parroquias de Madrid, o un curato de pueblo, a lo
que respondió que si le daban tal plaza la tomaría, por obediencia y
acatamiento incondicional a sus superiores.
—Pero tengan por seguro que no me la dan —añadía con seguridad exenta
de amargura—. Y con plaza y sin plaza, siempre me verían ustedes tal
como ahora me ven, porque es condición mía esencialísima la pobreza, y
si me lo permiten, les diré que el no poseer es mi suprema aspiración.
Así como otros son felices en sueños, soñando que adquieren riquezas,
mi felicidad consiste en soñar la pobreza, en recrearme pensando en
ella, y en imaginar, cuando me encuentro en mal estado, un estado peor.
Ambición es esta que nunca se sacia, pues cuanto más se tiene, más se
quiere tener, o hablando propiamente, cuanto menos, menos. Presumo que
no me entienden ustedes, o que me miran con lástima piadosa. Si es lo
primero, no me esforzaré en convencerles; si lo segundo, agradezco la
compasión, y celebro que mi absoluta carencia de bienes haya servido
para inspirar ese cristiano sentimiento.
—¿Y qué piensa usted —le preguntamos con pedantería, resueltos a apurar
la _interview_— de los problemas pendientes, del estado actual de la
sociedad?
—Yo no sé nada de eso —respondió encogiéndose de hombros—. No sé más
sino que a medida que avanza lo que ustedes entienden por cultura, y
cunde el llamado progreso, y se aumenta la maquinaria, y se acumulan
riquezas, es mayor el número de pobres, y la pobreza es más negra,
más triste, más displicente. Eso es lo que yo quisiera evitar, que
los pobres, es decir, los míos, se hallen tan tocados de la maldita
misantropía. Crean ustedes que entre todo lo que se ha perdido, ninguna
pérdida es tan lamentable como la de la paciencia. Alguna existe aún
desperdigada por ahí, y el día que se agote, adiós mundo. Que se
descubra un nuevo filón de esa gran virtud, la primera y más hermosa
que nos enseñó Jesucristo, y verán ustedes qué pronto se arregla todo.
—Por lo visto es usted un apóstol de la paciencia.
—Yo no soy apóstol, señor mío, ni tengo tales pretensiones.
—Enseña usted con el ejemplo.
—Hago lo que me inspira mi conciencia, y si de ello, de mis acciones,
resulta algún ejemplo, y alguien quiere tomarlo, mejor.
—Su credo de usted, en la relación social, es, según veo, la pasividad.
—Usted lo ha dicho.
—Porque usted se deja robar, y no protesta.
—Sí, señor, me dejo robar y no protesto.
—Porque usted no pretende mejorar de posición, ni pide a sus superiores
que le den medios de vivir dentro de su estado religioso.
—Así es; yo no pretendo, yo no pido.
—Usted come cuando tiene qué comer, y cuando no, no come.
—Justamente..., no como.
—¿Y se le arrojan de la casa...?
—Me voy.
—¿Y si no encuentra quien le dé otra...?
—Duermo en el campo. No es la primera vez.
—¿Y si no hay quien lo alimente...?
—El campo, el campo...
—Y por lo que he visto, le injurian a usted mujerzuelas, y usted se
calla, y aguanta.
—Sí, señor, callo y aguanto. No sé lo que es enfadarme. El enemigo es
desconocido para mí.
—¿Y si le ultrajasen de obra, si le abofetearan...?
—Sufriría con paciencia.
—¿Y si le acusaran de falsos delitos...?
—No me defendería. Absuelto en mi conciencia, nada me importarían las
acusaciones.
—¿Pero usted no sabe que hay leyes, y tribunales que le defenderían de
los malvados?
—Dudo que haya tales cosas; dudo que amparen al débil contra el fuerte;
pero aunque existiera todo eso que usted dice, mi tribunal es el de
Dios, y para ganar mis litigios en ese, no necesito papel sellado, ni
abogado, ni pedir tarjetas de recomendación.
—En esa pasividad, llevada a tal extremo, veo un valor heroico.
—No sé... Para mí no es mérito.
—Porque usted desafía los ultrajes, el hambre, la miseria, las
persecuciones, la calumnia, y cuantos males nos rodean, ya provengan de
la naturaleza, ya de la sociedad.
—Yo no los desafío, los aguanto.
—¿Y no piensa usted en el día de mañana?
—Jamás.
—¿Ni se aflige al considerar que mañana no tendrá cama en que dormir,
ni un pedazo de pan que llevar a la boca?
—No, señor, no me aflijo por eso.
—¿Cuenta usted con almas caritativas, como esta señora _Chanfaina_, que
parece un demonio y no lo es?
—No, señor, no lo es.
—¿Y no cree usted que la dignidad de un sacerdote es incompatible con
la humillación de recibir limosna?
—No, señor: la limosna no envilece al que la recibe, ni en nada vulnera
su dignidad.
—¿De modo que usted no siente herido su amor propio cuando le dan algún
socorro?
—No, señor.
—Y es de presumir que algo de lo que usted reciba pasará a manos de
otros más necesitados, o que lo parezcan.
—Alguna vez.
—¿Y usted recibe socorros, para usted exclusivamente, cuando los
necesita?
—¿Qué duda tiene?
—¿Y no se sonroja al recibirlos?
—Nunca. ¿Por qué había de sonrojarme?
—¿De modo que si nosotros, ahora..., pongo por caso..., condolidos de
su triste situación, pusiéramos en manos de usted... parte de lo que
llevamos en el bolsillo...?
—Lo tomaría.
Lo dijo con tal candor y naturalidad, que no podíamos sospechar que
le movieran a pensar y expresarse de tal manera ni el cinismo ni la
afectación de humildad, máscara de un desmedido orgullo. Ya era hora
de que termináramos nuestro interrogatorio, que más bien iba tocando
en fisgoneo importuno, y nos despedimos de don Nazario celebrando con
frases sinceras la feliz casualidad a que debíamos su conocimiento. Él
nos agradeció mucho la visita y nuestras afectuosas manifestaciones, y
nos acompañó hasta la puerta. Mi amigo y yo habíamos dejado sobre la
mesa algunos monedas de plata, que ni siquiera miramos, incapaces de
calcular las necesidades de aquel ambicioso de la pobreza: a bulto nos
desprendimos de aquella corta suma, que en total pasaría de dos duros
sin llegar a tres.
V
—Este hombre es un sinvergüenza —me dijo el _reporter_—, un cínico de
mucho talento que ha encontrado la piedra filosofal de la gandulería,
un pillo de grande imaginación que cultiva el parasitismo con arte.
—No nos precipitemos, amigo mío, a formular juicios temerarios que la
realidad podría desmentir. Si usted no lo tiene a mal, volveremos, y
observaremos despacio sus acciones. Por mi parte, no me atrevo aún a
opinar categóricamente sobre el sujeto que acabamos de ver, y que sigue
pareciéndome tan árabe como en el primer instante, aunque de su partida
de bautismo resulte, como usted ha dicho, moro manchego.
—Pues si no es un cínico, sostengo que no tiene la cabeza buena. Tanta
pasividad traspasa los límites del ideal cristiano, sobre todo en estos
tiempos en que cada cual es hijo de sus obras.
—También él es hijo de las suyas.
—Qué quiere usted: yo defino el carácter de ese hombre diciendo que es
la ausencia de todo carácter y la negación de la personalidad humana.
—Pues yo, esperando aún más datos, y mejor luz para conocerle y
juzgarle, sospecho o adivino en el bienaventurado Nazarín una
personalidad vigorosa.
—Según como se entienda el vigor de las personalidades. Un gandul, un
vividor, un gorrón puede llegar en el ejercicio de ciertas facultades
hasta las alturas del genio; puede afinar y cultivar una aptitud, a
expensas de las demás, resultando..., qué sé yo..., maravillas de
inventiva y sagacidad que nosotros no podemos imaginar. Este hombre es
un fanático, un vicioso del parasitismo, y bien puede afirmarse que
no tiene ningún otro vicio, porque todas sus facultades se concentran
en la cría y desarrollo de aquella aptitud. ¿Que ofrece novedad el
caso? No lo dudo; pero a mí no me hace creer que le mueven fines
puramente espirituales. ¿Que es, según usted, un místico, un padre
del yermo, gastrónomo de las hierbas y del agua clara, un budista, un
borracho de éxtasis, de la anulación, del _nirvana_, o como se llame
eso? Pues si lo es, no me apeo de mi opinión. La sociedad, a fuer
de tutora y enfermera, debe considerar estos tipos como corruptores
de la humanidad, en buena ley económico-política, y encerrarlos en
un asilo benéfico. Y yo pregunto: ¿este hombre, con su _altruismo_
desenfrenado, hace algún bien a sus semejantes? Respondo: no. Comprendo
las instituciones religiosas que ayudan a la Beneficencia en su obra
grandiosa. La misericordia, virtud privada, es el mejor auxiliar de
la Beneficencia, virtud pública. ¿Por ventura, estos misericordiosos
sueltos, individuales, medievales, acaso contribuyen a labrar la viña
del Estado? No. Lo que ellos cultivan es su propia viña, y de la
limosna, cosa tan santa, dada con método y repartida con criterio,
hacen una granjería indecente. La ley social, y si se quiere cristiana,
es que todo el mundo trabaje, cada cual en su esfera. Trabajan los
presidiarios, los niños y ancianos de los asilos. Pues este clérigo
muslímico manchego, ha resuelto el problema de vivir sin ninguna
especie de trabajo, ni aun el descansado de decir misa. Nada, que a lo
bóbilis bóbilis resucita la Edad de Oro, propiamente la Edad de Oro.
Y me temo que saque discípulos, porque su doctrina es de las que se
cuelan sin sentirlo, y de fijo tendrá indecible seducción para tanto
gandul como hay por esos mundos. En fin, ¿qué puede esperarse de un
hombre que propone que los libros, el santo libro, y el periódico, el
sacratísimo periódico, todo el producto de la civilizadora imprenta,
esa palanca, esa milagrosa fuente..., todo el saber antiguo y moderno,
los poemas griegos, los Vedas, las mil y mil historias, se dediquen a
formar pilas de abono para las tierras? ¡Homero, Shakespeare, Dante,
Heródoto, Cicerón, Cervantes, Voltaire, Víctor Hugo convertidos en
guano ilustrado, para criar buenas coles y pepinos! ¡No sé cómo
no ha profetizado también que las universidades se convertirán en
casas de vacas, y las academias, los ateneos y conservatorios en
establecimientos de bebidas, o en establos para burras de leche!
Ni mi amigo con sus apreciaciones francamente recreativas podía
convencerme, ni yo le convencí a él. Por lo menos, el juicio sobre
Nazarín debía aplazarse. Buscando nuevas fuentes de información,
entramos en la cocina, donde campaba la _Chanfaina_, frente a una
batería de pucheros y sartenes, friendo aquí, atizando allá, sudorosa,
con los ricitos blancos tocados de hollín, las manos infatigables,
trajinando con la derecha, y con la izquierda quitándose la moquita
que se le caía. Al punto comprendió lo que queríamos decirle, pues
era mujer de no común agudeza, y se adelantó a nuestras preguntas
diciéndonos:
—Es un santo..., créanme, caballeros, es un santo. Pero como a mí
me cargan los santos..., ¡ay, no les puedo ver!..., yo le daría de
morradas al padre Nazarín, si no fuera por el aquel de que es clérigo,
con perdón... ¿Para qué sirve un santo? Para nada de Dios. Porque en
otros tiempos, _paice_ que hacían milagros, y con el milagro daban de
comer, convirtiendo las piedras en peces, o resucitaban los cadáveres
difuntos, y sacaban los demonios humanos del cuerpo. Pero ahora, en
estos tiempos de tanta sabiduría, con eso del _teleforo_ o _teléforo_,
y los _ferros-carriles_ y tanto infundio de cosas que van y vienen
por el mundo, ¿para qué sirve un santo más que para divertir a los
chiquillos de las calles?... Este cuitado que ustedes han visto, tiene
el corazón de paloma, la conciencia limpia y blanca como la nieve,
la boca de ángel, pues jamás se le oyó expresión fea, y todo él está
como cuando nació, quiere decirse que le enterrarán con palma..., eso
ténganlo por cierto... Por más que le escarben no encontrarán en
él ningún pecado mayor ni menor, como no sea el pecado de dar todo
lo que tiene... Yo le trato como a una criatura, y le riño todo lo
que me da la gana. ¿Enfadarse él? Nunca. Si ustedes le dan un palo,
es un suponer, lo agradece... Es así... Y si ustedes le dicen perro
judío, se sonríe como si le echaran flores... Y mis noticias son que
el cleriguicio de San Cayetano le trae entre ojos, por ser así, tan
dejado, y no le dan misas sino cuando las hay de sobra... De forma
y manera que lo que él gane con el _sacerdocio_ me lo claven a mí
en la frente. Yo, como tengo este genio, le digo: «Padrito Nazarín,
métase en otro oficio, aunque sea para traer y llevar muertos en la
_funebridad_...», y él se ríe... También le digo que para maestro de
escuela está cortado, por aquello de la paciencia y el no comer..., y
él se ríe... Porque eso sí..., hombre de mejor boca no se hallaría ni
buscándolo con un candil. Lo mismo le come a usted un pedazo de pan
tierno, que medio cuarterón de bofes. Si le da usted cordilla, se la
come, y a un troncho de berza no le hace ascos. ¡Ay, si en vez de santo
fuera hombre, la mujer que tuviera que mantenerle ya podría dar gracias
a Dios!...
Tuvimos que cortar la retahíla de la _tía Chanfa_, que no llevaba
trazas de acabar en seis horas. Y bajamos a echar un párrafo con
el gitano viejo, quien adivinando lo que queríamos preguntarle, se
apresuró a ilustrarnos con su autorizada opinión.
—Señores —nos dijo, sombrero en mano—, Dios les guarde. Y si no es
curiosidad, ¿se pué sabé si le dieron guita a ese venturao de don
Najarillo? Porque más valiera que lo diesen a mujotros, que así nos
ahorrábamos el trabajo de subir a pedírselo, o se quitaban de que lo
diera a malas manos... Que muchos hay, ¿ustés me entienden?, que le
sonsacan la caridad, y le quitan hasta el aire santísimo, antes de
que lo dé a quien se lo merece... Eso sí, como bueno lo es, mejorando
lo que me escucha. Y yo le tengo por el príncipe de los serafines
coronados, ¡válgame la santísima cresta del gallo de la Pasión!...
Y con él me confesaría antes que con Su Majestad el Papa de Dios...
Porque bien vemos cómo se le cae la baba del ángel que tiene en el
cuerpo, y cómo se le baila en los ojos la _minífica_ estrella pastoral
de la Virgen benditísima que está en los cielos... Conque, señores,
mandar a un servidor de ustés, y de toda la familia...
Ya no queríamos más informes, ni por el momento nos hacían falta. En
el portal, hubimos de abrirnos paso por entre un pelotón de máscaras
inmundas, que asaltaban el puesto de aguardiente. Salimos pisando
fango, andrajos caídos de aquellos cuerpos miserables, cáscaras de
naranja y pedazos de careta, y volvimos paso a paso al Madrid alto, a
nuestro Madrid, que otro pueblo de mejor fuste nos parecía, a pesar de
la grosera necedad del Carnaval moderno, y de las enfadosas comparsas
de pedigüeños que por todas las calles encontrábamos. No hay para qué
decir que todo el resto del día lo pasamos comentando al singularísimo
y aún no bien comprendido personaje, con lo cual indirectamente
demostrábamos la importancia que en nuestra mente tenía. Corrió el
tiempo, y tanto el _reporter_ como yo, solicitados de otros asuntos,
fuimos dando al olvido al clérigo árabe, aunque de vez en cuando le
traíamos a nuestras conversaciones. De la indiferencia desdeñosa con
que mi amigo hablaba de él, colegí que poca o ninguna huella había
dejado en su pensamiento. A mí me pasaba lo contrario, y días tuve de
no pensar más que en Nazarín, y de deshacerlo y volverlo a formar en mi
mente, pieza por pieza, como niño que desarma un juguete mecánico para
entretenerse armándole de nuevo. ¿Concluí por construir un Nazarín de
nueva planta con materiales extraídos de mis propias ideas, o llegué a
posesionarme intelectualmente del verdadero y real personaje? No puedo
contestar de un modo categórico. Lo que a renglón seguido se cuenta,
¿es verídica historia, o una invención de esas que por la doble virtud
del arte expeditivo de quien las escribe, y la credulidad de quien
las lee, resultan como una ilusión de la realidad? Y oigo, además,
otras preguntas: «¿Quién demonios ha escrito lo que sigue? ¿Ha sido
usted, o el _reporter_, o la _tía Chanfaina_, o el gitano viejo?...».
Nada puedo contestar, porque yo mismo me vería muy confuso si tratara
de determinar quién ha escrito lo que escribo. No respondo del
procedimiento; sí respondo de la exactitud de los hechos. El narrador
se oculta. La narración, nutrida de sentimiento de las cosas y de
histórica verdad, se manifiesta en sí misma, clara, precisa, sincera.