Faltaba la más negra. Oyeron las cuatro tarascas amigas de Estefanía
que se acusaba a la Siona, de quien una de ellas era sobrina carnal,
y acudieron como leonas o panteras a la ventana, con la buena
intención de defender a la culpada. Pero lo hicieron en forma tan
brutal y canallesca, que hubimos de intervenir para poner un freno
a sus inmundas bocas. No hubo insolencia que no vomitaran sobre el
sacerdote árabe y manchego, ni vocablo malsonante que no le dispararan
a quemarropa...
—¡Miren el estafermo, el muy puerco y estropajoso, mal comido, alcuza
de las ánimas! ¡Acusar a la Siona, la _señora_ de más conciencia que
hay en todita la cristiandad! ¡Sí señor, de más conciencia que los
curánganos que no hacen más que engañar a la gente honrada con las
mentiras que inventan!... ¿Quién es él, ni qué significan sus hábitos
negros de ala de mosca, si no hace más que vivir de gorra, y no sabe
ganarlo? ¿Por qué el muy simple no se agencia bautizos y funerales,
como otros clerigones que andan por Madrid con muy buen pelo?... Misas
a granel salen para todos, y para él nada: miseria y chocolate de
a tres reales, hígado y un poco de acelga, de lo que no quieren las
cabras... ¡Y luego decir que le roban!... Como no le roben los huesos
del esqueleto, y la coronilla, y la nuez, y los codos, no sé que le
van a robar... ¡Si ni ropa tiene, ni sábanas, ni más _prenda_ que una
ramita de romero, a la cabecera, para espantar a los demonios!...
Estos serán los que lo han robado, estos los que le han quitado los
evangelios y la crisma, y el santo óleo de la misa, y el _ora pro
nobis_... ¡Robarle! ¿Qué? Dos estampas de la Virgen Santísima, y
el Señor crucificado con la peana llena de cucarachas... Ja, ja...
¡Vaya con el señor _Domino vobisco_, asaltado por los ladrones!...
¡Ni que fuera el Sacratísimo Nuncio pascual, o la Minerva del cordero
_quitólico_, con todo el monumento de Dios en su casa, y el Santo
Sepulcro de las once mil vírgenes! ¡Anda y que le den morcilla!...
¡Anda y que le mate el Tato!... ¡Anda y que...!
—¡_Arza_! —les dijo mi amigo, echándolas de allí con empujones
más que con palabras, pues ya era repugnante ver a una persona de
respetabilidad, por lo menos aparente, injuriada por tan vil gentuza.
Costó trabajo echarlas: por la escalera abajo iban soltando veneno y
perfume, y en el patio tuvieron algo que despotricar con los gitanos,
y hasta con los burros. Despejado el terreno, ya no pensamos más que
en trabar conocimiento con Nazarín, y pidiéndole permiso nos colamos
en su morada, subiendo por la angosta escalera que a ella conducía
desde el portal. Cuanto se diga de lo mísero y desamparado de aquella
casa es poco. En la salita no vimos más que un sofá de paja muy viejo,
dos baúles, una mesa donde estaba el breviario y dos libros más, y una
cómoda; junto a la sala, otra pieza que llamaremos alcoba porque en
ella se veía la cama, de tarima, con jergón, una flácida almohada,
y ni rastros de sábanas ni colchas. Tres láminas de asunto religioso
y un crucifijo sobre una mesilla completaban el ajuar, con dos pares
de botas de mucho uso puestas en fila, y algunos otros objetos
insignificantes.
Recibionos el padre Nazarín con una afabilidad fría, sin mostrar
despego ni tampoco extremada finura, como si le fuera indiferente
nuestra visita, o si creyese que no nos debía más cumplimientos que
los elementales de la buena educación. Ocupamos el sofá mi amigo y
yo, y él se sentó en la banqueta frente a nosotros. Lo mirábamos con
viva curiosidad, y él a nosotros como si mil veces nos hubiera visto.
Naturalmente, hablamos del robo, único tema a que podíamos echar mano,
y como le dijéramos que lo urgente era dar parte sin dilación al
delegado de policía, nos contestó con la mayor tranquilidad del mundo:
—No, señores; yo no acostumbro denunciar...
—Pues qué... ¿le han robado a usted tantas veces, que ya el ser robado
ha venido a ser para usted una costumbre?
—Sí, señor; muchas, siempre...
—¿Y lo dice tan fresco?
—No ven ustedes que yo no guardo nada. No sé lo que son llaves. Además,
lo poco que poseo, es decir, lo que poseía, no vale el corto esfuerzo
que se emplea para dar vueltas a una llave.
—No obstante, señor cura, la propiedad es propiedad, y lo que
relativamente, según los cálculos de don Hermógenes, para otro sería
poco, para usted podrá ser mucho. Ya ve, hoy le han dejado hasta sin su
modesto desayuno, y sin camisa.
—Y hasta sin jabón para lavarme las manos... Paciencia y calma. Ya
vendrán de alguna parte la camisa, el desayuno y el jabón. Además,
señores míos, yo tengo mis ideas, las profeso con una convicción tan
profunda como la fe en Cristo nuestro Padre. ¡La propiedad! Para mí no
es más que un nombre vano, inventado por el egoísmo. Nada es de nadie.
Todo es del primero que lo necesita.
—¡Bonita sociedad tendríamos si esas ideas prevalecieran! ¿Y cómo
sabríamos quién era el primer necesitado? Habríamos de disputarnos,
cuchillo en mano, ese derecho de primacía en la necesidad.
Sonriendo bondadosamente y con un poquitín de desdén, el clérigo me
replicó en estos o parecidos términos:
—Si mira usted las cosas desde el punto de vista en que ahora estamos,
claro que parece absurdo; pero hay que colocarse en las alturas,
señor mío, para ver bien desde ellas. Desde abajo, rodeados de tantos
artificios, nada vemos. En fin, como no trato de convencer a nadie, no
sigo, y ustedes me dispensarán que...
En este punto vimos que _señá Chanfa_ oscurecía la habitación ocupando
con su corpacho toda la ventana, por la cual alargó un plato con media
docena de sardinas y un gran pedazo de pan de picos, con más un tenedor
de peltre. Tomolo en sus manos el clérigo, y después de ofrecernos, se
puso a comer con gana. ¡Pobrecillo! No había entrado cosa alguna en su
cuerpo en todo el santo día. Ya fuese por respeto a nosotros, ya porque
la compasión había vencido a sus hábitos groseros, ello es que la
_Chanfaina_ no acompañó el obsequio con ningún lenguarajo. Dando tiempo
al curita para que satisficiera su necesidad, volvimos a interrogarle
del modo más discreto. De pregunta en pregunta, y después que supimos
su edad, entre los treinta y los cuarenta, su origen, que era humilde,
de familia de pastores, sus estudios, etc., me arranqué a explorarle en
el terreno más delicado.
—Si tuviera yo la seguridad, padre Nazarín, de que no me tenía usted
por impertinente, yo me permitiría hacerle dos o tres preguntillas.
—Todo lo que usted quiera.
—Usted me contesta o no me contesta, según le acomode. Y si me meto en
lo que no me importa, me manda usted a paseo, y hemos concluido.
—Diga usted.
—¿Hablo con un sacerdote católico...?
—Sí, señor.
—¿Es usted ortodoxo, puramente ortodoxo? ¿No hay en sus ideas, o en sus
costumbres, algo que le separe de la doctrina inmutable de la Iglesia?
—No, señor —me respondió con sencillez que revelaba su sinceridad, y
sin mostrarse sorprendido de la pregunta—. Jamás me he desviado de las
enseñanzas de la Iglesia. Profeso la fe de Cristo en toda su pureza, y
nada hay en mí por donde pueda tildárseme.
—¿Alguna vez ha sufrido usted correctivo de sus superiores, de los que
están encargados de definir esa doctrina, y de aplicar los sagrados
cánones?
—Jamás. Ni sospeché nunca que pudiera merecer correctivo ni
admonición...
—Otra pregunta. ¿Predica usted?
—No, señor. Rarísimas veces he subido al púlpito. Hablo en voz baja y
familiarmente con los que quieren escucharme, y les digo lo que pienso.
—¿Y sus compañeros no han encontrado en usted algún vislumbre de
herejía?
—No, señor. Poco hablo yo con ellos, porque rara vez me hablan ellos a
mí, y los que lo hacen me conocen lo bastante para saber que no hay en
mi mente visos de herejía.
—¿Y posee usted sus licencias?
—Sí, señor, y nunca, que yo sepa, se ha pensado en quitármelas.
—¿Dice usted misa?
—Siempre que me la encargan. No tengo costumbre de ir en busca de misas
a las parroquias donde no conozco a nadie. La digo en San Cayetano
cuando la hay para mí, y a veces en el oratorio del Olivar. Pero no es
todos los días ni mucho menos.
—¿Vive usted exclusivamente de eso?
—Sí, señor.
—Su vida de usted, y no se ofenda, paréceme muy precaria.
—Bastante; pero mi conformidad le quita toda amargura. En absoluto me
falta la ambición de bienestar. El día que tengo que comer, como; y el
día que no tengo que comer, no como.
Dijo esto con tan sencilla ingenuidad, sin ningún dejo de afectación,
que nos conmovimos mi amigo y yo... ¡vaya si nos conmovimos! Pero aún
faltaba mucho que oír.