I
Una noche del mes de marzo, serena y fresquecita, alumbrada por
espléndida luna, hallábase el buen Nazarín en su modesta casa,
profundamente embebecido en meditaciones deliciosas, y tan pronto se
paseaba con las manos a la espalda, tan pronto descansaba su cuerpo
en la incómoda banqueta, para contemplar, al través de los empañados
vidrios, el cielo y la luna y las nubes blanquísimas, en cuyos vellones
el astro de la noche jugaba al escondite. Eran ya las doce; pero él
no lo sabía ni le importaba, como hombre capaz de ver con absoluta
indiferencia la desaparición de todos los relojes que en el mundo
existen. Cuando eran pocas las campanadas de los que en edificios
próximos sonaban solía enterarse; si eran muchas, su cabeza no tenía
calma ni atención para cuentas tan largas. Su reloj nocturno era el
sueño, las pocas veces que lo sentía de veras, y aquella noche no le
había avisado aún el cuerpo su querencia del camastro en que reposarse
por breve tiempo solía.
De pronto, cuando más extático se hallaba mi hombre diluyendo sus
pensamientos en la preciosa claridad de la luna, se oscureció la
ventana, tapándola casi toda entera un bulto que de la parte del
corredor a ella se aproximara. Adiós claridad, adiós luna, y adiós
meditación dulcísima del padre Nazarín.
Al llegarse a la ventana, oyó golpecitos que daban de afuera,
como ordenando o pidiendo que abriese. «¿Quién será?..., ¡a estas
horas!...». Otra vez el toque de nudillos, como redoblar de un tambor.
«Pues por el bulto —se dijo Nazarín— parece una mujer. Ea, abramos, y
veremos quién es esta señora, y a santo de qué viene a buscarme».
Abierta la ventana, oyó el clérigo una voz sofocada y fingida, como la
de las máscaras, que con angustioso acento le dijo:
—Déjeme entrar, padrico, déjeme que me esconda..., que me vienen
siguiendo, y en ninguna parte estaré tan segura como aquí.
—¡Pero mujer...! Y a todas estas, ¿quién eres, quién es usted, qué le
pasa?...
—Déjeme entrar le digo... De un brinco me meto dentro, y no se enfade.
Usted, que es tan bueno, me esconderá... hasta que... Entro, sí señor,
vaya si entro.
Y acompañando la acción a la palabra, con rápido salto de gata
cazadora, se metió dentro de un brinco, y cerró ella misma los
cristales.
—Pero, señora..., ya comprende...
—Padre Nazarín, no se incomode... Usted es bueno, yo soy mala, y por
lo mismo que soy tan remala, me dije digo... «no hay más que el beato
Nazarín que me dé amparo en este trance». ¿No me ha conocido todavía, o
es que se hace el tonto?... ¡Mal ajo!... Pues soy _Ándara_... ¿No sabe
quién es _Ándara_?...
—Ya, ya..., una de las cuatro... señoras que estuvieron aquí el día que
me robaron, y por consuelo me pusieron como hoja de perejil.
—Yo fui mismamente la que le insulté más, y la que le dije cosas más
puercas, porque... La Siona es mi tía... Pero ahora le digo que la
Siona es más ladrona que Candelas, y usted un santo... Me da la real
gana de decirlo porque es la realísima verdad..., ¡mal ajo!
—¿Conque Ándara...? Pero yo quiero saber...
—Nada, padrito de mi alma, que aquí donde me ve, ¡por vida del Verbo!,
he hecho una muerte.
—¡Jesús!
—No sabe una lo que hace cuando le tocan a la _diznidá_... Un mal
minuto _cualisquiera_ lo tiene... Maté..., o si no maté, yo di bien
fuerte..., y estoy herida, sí, padre..., tenga compasión... La otra
me tiró un bocado al brazo y me levantó la carne... santísima: con el
cuchillo de la cocina alcanzó a darme en este hombro, y me sale sangre.
Diciéndolo, se cayó al suelo como un saco, con muestras de
desvanecimiento. El padrito la palpó, llamándola por su nombre.
—Ándara, señora Ándara, vuelva en sí, y si no vuelve y se muere de esa
tremenda herida, haga propósito mental de arrepentimiento, abomine de
sus culpas para que el Señor se digne acogerla en su santo seno.
Todo esto ocurría en oscuridad casi completa, pues la luna se había
ocultado, cual si quisiera favorecer la evasión y escondite de la
malaventurada mujer. Nazarín trató de incorporarla, cosa no difícil,
por ser Ándara de pocas carnes; pero se le volvió a caer de entre las
manos.
—Si tuviéramos luz —decía el clérigo muy apurado—, ya veríamos...
—¿Pero no tiene luz? —murmuró al fin la tarasca herida, volviendo de su
desmayo.
—Vela tengo; pero ¿con qué la enciendo, Virgen Santísima, si no hay
mixtos en casa?
—Yo tengo..., búsquelos en mi bolsillo, que no puedo mover el brazo
derecho.
Nazarín tocaba de abajo arriba, en el cuerpo de la infeliz, como
quien toca una pandereta, hasta que al fin sonó algo como un cascabel
en medio de las ropas, impregnadas de una pestilencia con falsos
honores de perfume. Revolviendo con no poco trabajo, encontró la caja
mugrienta, y ya estaba el hombre raspando el fósforo para sacar lumbre,
cuando la mujerona se incorporó asustada, diciéndole:
—Cierre antes las maderas. Podría verme algún vecino que ande por ahí,
¡contro!, y entonces buena la hacíamos...
Cerradas las maderas y encendida luz, Nazarín pudo cerciorarse del
lastimoso estado de la infeliz mujer. El brazo derecho lo tenía hecho
una carnicería, de arañazos y mordiscos, y en la paletilla una herida
de arma blanca, de donde brotaba sangre, que le teñía la camisa y el
cuerpo del vestido. Lo primero que hizo el curita fue desembarazarla
del mantón, y luego le abrió, o desgarró, conforme pudo, el cuerpo de
la bata de tartán. Para que estuviese más cómoda, le trajo la única
almohada que en su cama tenía, y procedió a la primera cura con los
medios más primitivos, lavar la herida, restañarla con trapos, para
lo cual hubo de hacer trizas una camisa que le regalaran aquel mismo
día unos amigos de la vecindad. Y la tarasca, en tanto, no paraba de
hablar, refiriendo el trágico lance que a tal extremidad la había
traído.
—Ha sido con la _Tiñosa_.
—¿Qué dices, mujer?
—Que la bronca fue con la _Tiñosa_, y la _Tiñosa_ es la que he matado,
si es que la maté, pues ya lo voy dudando. ¡Contro!, cuando yo la
agarré por el moño y la tiré al suelo, ¡ay!, le di el navajazo con toda
mi alma, para partirle la suya... ¡Mal ajo! Pero ahora..., me alegraría
de saber que no la había matado...
—Tal para cuál. ¿Conque la _Tiñosa_? ¿Y quién es esa señora?
—Una de las que conmigo estuvieron aquí aquella mañana, ¿sabe?, la más
fea de las cuatro, con unos ojos de carnero a medio morir, el labio
partido, la oreja rajada de un tirón que le dieron para arrancarle el
pendiente, y la garganta llena de costurones... ¡Mal ajo! Si el premio
de horrorosa no hay quien se lo quite, y yo mismamente, al par de ella,
soy como... las diosas del _Olímpido_. Conque..., fue todo por un papel
de alfileres de cabeza negra que le dio el _Tripita_..., y de ahí saltó
la _quistión_... De donde vinimos a una muy fuerte _despotrica_ sobre
si el _Tripita_ es caballero o no es caballero... Y porque yo dije
que es un lambión y un carnerazo, vino la gorda, y el decirme que yo
era esto y lo otro, y... lo que no hay para qué decírselo a una. Mire,
padre, yo soy muy loba, tan loba como la primera, pero no quiero que me
lo digan, y menos ella, loba vieja y tan zurrida que ni los gatos la
quieren ya...
—Cállate, boca infame, cállate, si no quieres que te abandone a tu
suerte desdichada —le dijo el clérigo con severidad—. Arroja de ti el
rencor, miserable, y considera que has añadido a tus horribles pecados
el de homicidio, para que tu alma no tenga un punto, un solo punto por
donde pueda ser cogida para sustraerla a las llamas del infierno.
—Es que..., verá, padrito... Si lo que digo es que yo, cuando me tocan
la _diznidá_..., ¡mal ajo!... Porque aunque una sea un guiñapo, cada
cual tiene su aquel de vergüenza propia, y quiere que la respeten...
—Cállate, repito..., y no hagas comentarios. Cuéntame el caso liso y
mondo, para saber yo si debo ampararte o entregarte a la justicia.
¿Y cómo escapaste del tumulto que en tu casa, en la calle o en donde
fuera debió de formarse...? ¿Cómo conseguiste que no te prendieran
inmediatamente? ¿Cómo pudiste llegar aquí, sin ser vista, y guarecerte
en mi casa, y por qué razón me has puesto en el compromiso de tener
que esconderte?
—Todo se lo contaré como desea; pero antes me ha de dar agua, si la
tiene, y si no la tiene váyase a buscarla, porque me está abrasando una
sed que ni el infierno...
—Agua tengo, por fortuna. Bebe, y cuenta, si el hablar no te debilita y
trastorna.
—No señor, yo estoy hablando, si me dejan, hasta el día del _Perjuicio_
final, y cuando me muera, hablaré hasta un poquito después de dar
la última boqueada. Pues verá usted..., la tiré con la navaja en
semejante parte, y en semejante otra, con perdón..., y si no me
_desapartan_, la mecho... La mitad del pelo de ella me lo traje entre
las uñas, y estos dos dedos se los metí por un ojo... Total, que me la
quitaron; y quisieron _asujetarme_; pero yo, braceando como una leona,
me zafé, tiré el cuchillo, y salí a la calle, y de una carrerita,
antes que pudieran seguirme, fui a parar a la calle del Peñón. Luego
volví pasito a paso..., oí ruido de voces..., me agazapé. La Roma y
Verginia chillaban, y la tía Gerundia decía: «ha sido Ándara, ha sido
Ándara...». Y el sereno y otros hombres..., que dónde me habría metido,
que por aquí, que por allá..., y que me buscarían para llevarme a la
Galera y al patíbulo... Yo que oí esto, ¡contro!, me voy escurriendo,
escurriendo pegadita a la pared, buscando la sombra, hasta que me
entré por esta calle de las Amazonas, sin que nadie me viera. Toda la
gente allí, y por aquí ni una rata. Yo iba preguntando a qué santo me
encomendaría, y buscaba un agujero donde meterme, aunque fueran los de
la alcantarilla. ¡Pero no cabía, por mucho que me estirara no cabía,
Señor!... ¡Y doliéndome el brazo, y soltando sangre de la herida! ¡Mal
ajo! Me arrimé al quicio del portalón de esta casa, que hace mucha
sombra..., empujé para adentro, y vi que se abría... ¡Oh, qué gusto!
¡Suerte como ella!... Los gitanos suelen dejarlo abierto, ¿sabe?...
Entreme despacito, como un soplo de viento, y me fui escabullendo,
pensando que si me veían los gitanos era perdida... Pero no me vieron
los condenados. Dormían como cestos, y el perro se había salido a la
calle... ¡Bendita sea la perra que fue la causante de que saliera!...
Pues señor, me fui colando por el patio como una babosa, y para entre
mí decía... «¿Pero dónde me meto yo ahora? ¿A quién le pido yo que
me esconda?». A la _Chanfa_ ni pensarlo. A Jesusita y la _Pelada_,
menos. Pues si me veían los _Cumplidos_, peor... En esto me pasó por el
pensamiento que si no me salvaba el padre Nazarín no me salvaba nadie.
Y de cuatro brincos me subí al corredor. Yo me acordé entonces de que
el día de Carnaval le había dicho cuatro frescas, por mor del enfado
natural de una. De la conciencia, ¡mal ajo!, sentí que me corría la
sangre, como de la herida. Pero dije: él es un santorro muy simplón y
muy buenazo, y no se acordará de aquellas palabritas, ¡contro!, y me
corrí hacia la ventana, y llamé, y... ¡Ay, cómo me duele ahora..., ay,
ay!... Padrito, ¿usted tiene por casualidad vinagre?
—No, hija, ya sabes que aquí no hay lujo, ni en mi despensa ningún
alimento nutritivo ni estimulante. ¡Vinagre! ¿Crees tú que has entrado
en Jauja?