En Francia se iban cerrando una tras otra las puertas que el español
suntuoso atravesaba al concurrir á los saraos y festines de los
cortesanos parisienses, imitadores de su Rey; el comensal picante, el
que un día por gala se decía _Antonio Pérez, mendigo en Francia_[270],
veía con espanto la horrible faz de la miseria, sin encontrar reparo
que le escudara; sordo el monarca á las súplicas, pretendía llegaran á
los personajes influyentes con agasajos de aquellas industrias españolas
de estimación galante. Se dedicó al adobo de pieles en ámbar con que
hacer guantes[271], á la preparación de perfumes y aun de mondadientes,
lisonjeando la vanidad incurable con ejemplos de mayor desventura.
«Dionisio el tirano, habiendo perdido su reino, dió en ser maestro de
escuela por pasar la pérdida mejor con oficio en algo semejante de
mandar y castigar; él daba en maestro de plumas por conservar los
dientes para morder como herido[272].
[Nota 270: Carta á M. Jamet, Colección Ochoa, parte II, carta XCV.]
[Nota 271: Apéndice, documento XXII.]
[Nota 272: Colección Ochoa, parte II, carta LXXXIII--Apéndice,
documentos XXXIV, XLVII.]
Había topado en sus destilaciones una agua de olor de la religión de los
ángeles. Entreteníase en esto por no destilar el juicio, por sustentar
el cuerpo...[273]; prevenía polvos, secreto de los que más valen agora
con las damas...[274].»
La necesidad le llevaba á _melancolizar_ filosóficamente en el solitario
albergue, señalando sus cartas, cual piedras miliarias, las etapas del
camino de la amargura. La envidia[275]; el corazón del hombre[276]; la
poca seguridad de los amigos[277]; el olvido[278]; la instabilidad de la
fortuna[279]; la soledad; la soledad, sobre todo, afligía al hombre que
con el bullicio y el enredo se alimentaba[280]. Con todo, como «la
nación española dentro de un asedio es la más paciente de todas, que en
esta opinión es tenida y los testimonios de historias lo confirman, no
había que pensar que á él le tomaran por hambre en el asedio de la
soledad[281].»
[Nota 273: Colección Ochoa, parte I, carta CXXI.]
[Nota 274: Idem, parte II, carta LXXVI.]
[Nota 275: Idem, parte II, carta LXXIV.]
[Nota 276: Colección Ochoa, parte II, cartas XXXIX, XL.]
[Nota 277: Idem, parte I, carta CXXXVI; parte II, cartas LX, C.]
[Nota 278: Idem, parte II, cartas XXXII, LXXIII.]
[Nota 279: Idem, parte I, carta CXXXVIII.]
[Nota 280: Parte II, cartas XXIX, XXX, XXXI, XXXV, LXXXVI, CX.
Apéndice.]
[Nota 281: Idem, parte II, carta LXXIII.]
Por la pensión del Rey de Francia acudió al Consejo de Estado[282] y al
Parlamento[283] sin resultado; por el perdón del de España visitaba á
cuantos caballeros de viso pasaban por París: al P. Antonio Crespo[284];
al P. Rengifo, de la Compañía de Jesús, confesor del Duque de
Feria[285]; á otros cuyos nombres calla[286], distribuyéndoles
generosamente ejemplares de sus obras y espantándose de que las
censuraran[287]. Le asombraba que entre españoles no se leyera con
calma, por ejemplo, la felicitación á Enrique IV por la victoria de
Amiens, victoria ganada á los españoles[288], mientras no recibió el
doloroso correctivo de la siguiente epístola:
[Nota 282: Apéndice, documento LIV.]
[Nota 283: Colección Ochoa, parte II, carta CXL.]
[Nota 284: Idem, parte I, carta CXXX.]
[Nota 285: Idem, parte I, cartas CXXIX, CXXXIII.]
[Nota 286: Idem, parte II, cartas XX, XLIV.]
[Nota 287: Colección Ochoa, parte II, carta CXXXI.]
[Nota 288: Idem, parte I, carta LXIII.]
«Señor: V. md. debió de saber con cuánta lástima llegamos á este reino
de los trabajos que v. md. padesce fuera del nuestro; pero ha querido
quitárnosla con que veamos sus libros, que en ellos no cabe, y así se
los volvemos á v. md., á quien guarde Dios.--De la Posada, hoy
martes.--El Marqués de Cerralvo.--El Marqués de Tavara[289].»
[Nota 289: Bermúdez de Castro, pág. 282.]
El primero de los firmantes escribió en una hoja blanca de las
_Relaciones_:
«Caminando en la lectura de este libro de v. md. con la indignación que
podía criar en un pecho leal y en una vena de mi sangre la descompostura
con que v. md. habla de las acciones de su Príncipe (y tal Príncipe), he
llegado hasta aquí, donde he hallado el discurso de esta autoridad con
que v. md. le remata, pues habiéndole escogido el que escribe el libro
para fin de él, parece que disculpa todo lo escrito, y en fe de que es
última voluntad merece que le pasemos por descargo de conciencia y
medio para perdón[290].»
[Nota 290: Bermúdez de Castro, pág. 282.]
Acusaban todos á las libertades de la pluma sin decirle nada nuevo, que
«la experiencia le tenía enseñado que hiere más que la espada[291]:» ¿no
podrían con la pluma cauterizarse las heridas? Á la prueba se puso
escribiendo rápidamente un libro de la ciencia de gobierno, enderezado
al Duque de Lerma, con el título de _Norte de Príncipes, Virreis,
Presidentes, Consejeros, Gobernadores y advertimientos políticos sobre
lo público y particular de una Monarquía, importantísimos á los tales,
fundados en materia y razón de Estado y Gobierno_.
[Nota 291: Colección Ochoa, parte I, carta CXXXVI.]
Hubo quien colgó al triste escritor la paternidad del _Elogio de Felipe
II_, por ser obra maligna; también ha habido quien se la niegue del
_Norte_, por tener mucho bueno. El error viene de otro libro muy
semejante que apareció más tarde bajo cubierta de _El conocimiento de
las naciones, que Antonio Pérez, Secretario de Estado de la Majestad de
Felipe II, escribió desde su prisión al Rey Felipe III después de haber
heredado, año de 1598_.
Se supo que este segundo libro había sido redactado por Baltasar Álamos
de Barrientos, demostrándolo D. J. M. Guardia al darlo á luz con el
título de _Antonio Pérez.--L'art de gouverner. Discours adressé a
Philippe III (1598), publié pour la première fois en espagnol et en
frances, etc., par J. M. Guardia_: _París_, 1867, en 8.º; y como
M. Morel Fatio encontrara en la Biblioteca Nacional de París manuscritos
de ambas producciones cuando formaba el catálogo de los españoles, á
continuación del membrete de la primera, ó sea el _Norte de Príncipes_,
escribió[292]:
[Nota 292: _Catálogo de MSS. españoles_, pág. 31, núm. 89.]
«Este tratado, que, según ha demostrado M. J. M. Guardia, es debido á
Baltasar Álamos de Barrientos, se ha publicado con la siguiente portada:
_Norte de Príncipes, Virreyes, Presidentes y Gobernadores, y
advertencias políticas según lo público y particular de una Monarquía,
importantísimas á los tales, fundadas en materia y razón de Estado y
Gobierno. Escritas por Antonio Pérez, Secretario de Estado que fué del
Rey Católico D. Felipe, segundo de este nombre, para el uso del Duque de
Lerma, gran privado del Señor Rey D. Felipe III_: _Madrid_, 1778, en
8.º»
La equivocación no es extraña, porque son las dos obras muy semejantes:
podría decirse que, en opiniones, en sentencias, en conceptos completos,
son iguales, lo que se explica con poco favor de Barrientos, emigrado,
dependiente y amigo de Antonio Pérez, y que probablemente tuvo á la
vista el _Norte de Príncipes_ al escribir _El conocimiento de las
naciones_: así la justicia retributiva demanda que se reconozca á
Antonio Pérez, no sólo la redacción del primero, sino también el
espíritu, orden y forma del otro.
Respecto del primero, si no quedara en muchas cartas prueba de
autenticidad, la diera el estilo, que, bien decía el autor, no se
confunde con otro. Véase cómo empieza[293]:
[Nota 293: Según el MS. de la Biblioteca Nacional de París, Esp.,
366.]
«Yo, como vasallo desta corona y criado de V. E., en la voluntad al
menos, para merecer serlo en la obra, deseo dar alguna muestra de mi
servicio con que no parezca inútil del todo, y ésta que comienzo me
anima á seguridad que llevo de no perder, por el ánimo grande de V. E.,
y porque, según la opinión con que indignamente me persigue el mundo,
alabándome con exceso, quizá injustamente, pero para daño mío, que es
fortuna de desgraciados y alabanza propia de enemigos, y tiros
inexcusables los que se le hacen desta suerte, por mucho que me levante
y suba con mi discurso, no poderé ya caer en más abismo de miseria del
en que me hallo, pues aun lo bueno veo que me daña, que de lo malo no
es justo esperar provecho, y más, señor, que ha llegado á término que no
hay fruto mío, aunque parezca bueno, de que no tema que haya quien saque
veneno contra mí. La culpa entonces será suya, siendo obra de malos
médicos; pero ¿qué aprovecha si yo llevo la pena della con el estado en
que me hallo?»
La obra ha sido juzgada sin pasión[294], hallando que encierra doctrinas
útiles, morales, previsoras, algunas de las cuales se adelantan á la
época[295]; nada había que añadir sobre el particular en la presente
ligera exposición de hechos, si algunos de los consejos al privado de
Felipe III no estuvieran encarnados en la conducta del que lo había sido
de Felipe II.
[Nota 294: Por Bermúdez de Castro y Mignet.]
[Nota 295: Mignet, pág. 398.]
El primero, el que encabeza la parte destinada á la enseñanza política,
dice:
«El Príncipe que fuere señor de la mar, será monarca y dueño de la
tierra.»
Su amo no quiso estimar el aforismo; en Inglaterra asentó sus
fundamentos Antonio Pérez; quiso hacerlo igualmente en Francia, sin
hacerse oir de Enrique IV, y al recomendarlo por cuarta vez para su
patria, razonaba: «Porque Francia no tiene imperio en el mar, es poco
de temer, mayormente con la inconstancia y desasosiego de sus naturales.
Por este medio únicamente se puede refrenar á Inglaterra y á las
provincias rebeldes.»
La idea falsa de los tesoros de las Indias, censura con la notable
frase: «Las riquezas, el oro y la plata de las Indias trajeron consigo
este mal, para que podamos llorar, y con razón, si esto que llamamos
merced fuese castigo del cielo.»
Por distinto concepto se fija la atención en otra sentencia que le
sugiere el lujo: «Más quieren las mujeres parecer y ser malas, que no
pobres.»
¡Las mujeres! Pues ¿y los hombres? ¿Y el autor? ¿No ofrece él mismo
materia para dudar de la sinceridad de las declamaciones, entendiendo
que, _sitiado por hambre_, no estaba todavía rendido?
Su tenaz fortaleza requería aún la multiplicación de trincheras y
baterías que le pusieron la senectud, los achaques, la indigencia, los
dolores del alma, como el de la muerte de su hija Gregoria, pobre
inocente.
En 1606, cuando marchó con licencia el Embajador D. Baltasar de Zúñiga,
pidióle con lágrimas que hablara en su favor al Rey, y así hubo de
prometérselo por continuación de las gestiones anteriores, dejando en su
sér las esperanzas que, un año más tarde, pintaba esta carta al
Condestable de Francia:
«De mí no sé nada, sino que de cualquier manera, con la llegada de
D. Baltasar de Zúñiga, ó vuelta por mejor decir, espero alguna
resolución, y por lo menos desengaño, que éste es el término que he
puesto á este encanto, como lo escribí ayer al Rey Cristianísimo, con
que me echaré á vivir y morir sin más padescer los tormentos de
esperanzas humanas, que aunque las conozco y sus engaños, he tenido por
obligación hacer esta última prueba, porque vea el mundo que no quedó
por bizarría ni falta de todas justificaciones en cuanto á mí ha sido. Y
con esto entregaré á Dios el juicio último[296].»
[Nota 296: Apéndice, documento LI.]
La última prueba del náufrago acompaña al último suspiro. D. Baltasar
volvió sin resolución ni desengaño, y en la ausencia había pasado el
suplicante de la estrechez á la miseria por más y más humildes
habitaciones en la calle del _Temple_ y _faubourg Saint-Victor_[297]. En
1608 se mudó á la calle _de la Cerisaie_, cerca del Arsenal y de la
iglesia de San Pablo; á ésta iba frecuentemente á demandar á Dios el
consuelo que los hombres le negaban[298], y en el tiempo que los
achaques y las oraciones no exigían, entretenía el espíritu ejercitando
la pluma siempre activa.
[Nota 297: Mignet, pág. 396.]
[Nota 298: Bermúdez de Castro, pág. 283.--Mignet, pág. 396.]
«Los papeles eran sus compañeros y entretenimiento ordinario: íbalos
recogiendo para dar una parte de los negocios grandes que habían pasado
por sus manos y por las de su padre...[299]. Se empleaba en revolver sus
historias y borradores... ¡qué bocados le traía al oído la
soledad![300].»
[Nota 299: Colección Ochoa, parte II, carta CXLIX.]
[Nota 300: Idem, parte II, carta XXIX.]
Momento pasajero de alegría tuvo al estrechar en los brazos á sus hijos
Gonzalo y Rafael, autorizados á visitarle. ¿Qué más? El Duque de Lerma
le enviaba testimonio de reconocimiento por el _Norte de Príncipes_ que
le había dedicado... y esperanzas, que corroboraba el nuevo Embajador
D. Pedro de Toledo. Decíanle que el Rey se encontraba animado de las
mejores disposiciones, que las de su valido eran conocidas; mas que no
podía exponerlas á choque con la Inquisición.
Confortado un tanto el ánimo con esto; asegurado del Embajador, que
quiso repasar y añadir de su mano alguna frase en la minuta, firmó á 9
de agosto de 1608 nueva carta al Duque:
«Apiádese V. E., yo le suplico muy humildemente, de mí y de los míos,
que si idolatré no lo hice sino necesitado y importunado grandemente
deste Rey, engañado él de mi poco valor y de su mucha piedad. Buena
prueba he dado con la obediencia con que dejé todo en mandándomelo,
metiéndome en mil peligros y aventuras con mucha incomodidad y pobreza
mía, no por el premio que podía esperar de tal Rey, sino por la
satisfacción de mi ánimo de haber cumplido con mi obligación, como lo he
declarado á D. Pedro de Toledo para que con brevedad procure el remedio,
porque no viva más tiempo _suspenso en este estado, miserable mucho y
peligroso más_, como él lo articularizará y calificará con las
particularidades y verdades que á la boca le he referido. Pero, señor,
como ningunos trabajos me pueden quitar el deseo de morir vasallo de
quien lo nací, paresce razonable que tal Rey, como yo lo espero, lo
permita, y que resista S. M. y V. E. á los que pretendieren impedir que
á este cuerpo, _que ya está hecho tierra como sin alma_, le recoja su
naturaleza para acabar sus días... Ha permitido V. E. que mis hijos
puedan haber visto el estado miserable en que estoy; yo le suplico
permita que la que los parió no cierre los ojos, pues por los años que
há que lloran merescen á lo menos que vean esto[301].»
[Nota 301: Bermúdez de Castro, pág. 393. Las frases de letra cursiva
son las añadidas por D. Pedro de Toledo.]
Rafael Pérez fué portador de esta carta[302] porque fuera mejor
recibida; Gonzalo continuó algún tiempo más al lado de su padre,
haciendo las diligencias que ya no podía el septuagenario intentar por
sí mismo; diligencias penosas de que da idea esta otra carta dirigida al
Condestable de Francia:
[Nota 302: Birch.]
«Yo he enviado hoy á mi hijo á hablar á Mos de Villarroel, y hale
respondido con mucho favor y gracia, que esta mañana habló al Rey y que
le respondió que era necesario que V. E. y él se hallasen con S. M.
juntos para resolver esto... Resta, señor, agora que V. E. acabe de sus
manos con Mos de Villarroel este milagro, que mi corta ventura es tal,
que milagro es menester para resolución que haya de ser en mi favor. Y
porque yo creo que mi hijo no debe de haberse dado á entender á V. E.
con la vergüenza que ha conoscido en mí de llegar á tal atrevimiento
como á pedir pan á V. E. sobre tanto favor y favores como le debo,
suplico á V. E. que me socorra con alguna limosna de su liberalidad y
piedad natural, para esperar esta resolución de S. M.[303].»
[Nota 303: Apéndice, documento LVII.]
M. Morel Fatio ha encontrado declaración por la que consta, con fecha 31
de diciembre de 1609, haber recibido Antonio Pérez del Tesorero del Rey
la cantidad de 3.600 libras _por la pensión que S. M. le acordaba en el
presente año_[304]. En vista del documento, piensa el mismo Sr. Morel
Fatio que se engañó M. Mignet al afirmar que la pensión no fué
devuelta[305]; pero habiendo sido necesario _un milagro_ para conseguir
este socorro que pronto liquidarían los acreedores, no parece que el
engañado fuera M. Mignet. Si la pensión corriera, no hubiera escrito
Pérez al Embajador D. Pedro de Toledo, á poco:
[Nota 304: Apéndice, documento LVIII.]
[Nota 305: Morel Fatio, _L'Espagne_, pág. 297.]
«Estoy en el extremo último con haber ya agotado á mis amigos que me
socorrían y con no saber dónde hallar el pan de mañana[306].»
Bermúdez de Castro formuló suposición, también errónea, al referir
ocurrencias posteriores. «Sea que no le descubriese, como esperaba
(dice) secretos de la corte francesa; sea que tuviera malas noticias de
su lealtad, la buena disposición de D. Pedro de Toledo por Antonio Pérez
cesó repentinamente; llególe casi á echar de su casa, rogándole en seco
tono que no le importunase con sus súplicas, y al presentarse otro día
D. Gonzalo con un billete de su padre, delante del Embajador de Austria
se lo devolvió sin abrirlo[307].»
[Nota 306: Bermúdez de Castro, pág. 394.]
[Nota 307: Idem, pág. 281.]
Pues que D. Pedro de Toledo seguía diciéndole que no dependía de la
voluntad del Rey ni de la de su Ministro una gracia opuesta á las
atribuciones del Santo Oficio[308], sabiendo bien á qué atenerse,
evidentemente esquivaba la ocasión de destruir las ilusiones del pobre
anciano, restringidas al único pensamiento de dejar los huesos en tierra
española. Con toda probabilidad, la insistente recomendación del
Embajador cuando marchó llevándola Gonzalo Pérez le valdría reprimenda;
prefirió, sin embargo, á comunicarla, cerrar la puerta á la importunidad
del ruego: procedió piadosamente.
[Nota 308: Bermúdez de Castro, pág. 279.]
Corría el año de 1610 cuando mano alevosa cortó el hilo de la vida de
Enrique IV, aunque tibio, protector todavía del proscripto; y como
produjera la ocurrencia embajada extraordinaria de España confiada al
Duque de Feria, acudió ansioso buscando la nueva que esperaba. El Duque
no había recibido órdenes que le concernieran[309].
[Nota 309: Hállanse en el Archivo Nacional de París, _K-1.593_,
_B-81_, las instrucciones generales y las reservadas que recibió en
esta ocasión el Duque de Feria. Había de hablar de la protección
dada al Príncipe de Condé y de los oficios hechos con él para que se
reconciliase con su Rey. De Antonio Pérez ni una palabra.]
Quedaba todavía un recurso, el último: el Tribunal de la Inquisición.
Gonzalo Pérez emprendió viaje á Roma con recomendaciones del Nuncio
para interesar al Papa; Antonio escribió á Fr. Francisco de Sosa,
General de la Orden de religiosos observantes, Obispo de Canarias y
Consejero del Santo Oficio, para que le alcanzara salvoconducto con que
presentarse voluntariamente en las cárceles del Tribunal á la defensa de
su causa, y con su aquiescencia dirigió memorial al Consejo en 22 de
septiembre de 1611. Por entonces ni aun á la iglesia le consentían ir
los achaques; pasaba el día rezando en el oratorio instalado en su casa
con licencia del Pontífice, que le había acordado además absolución de
las censuras en que pudiera haber incurrido en sus relaciones con
heréticos[310]. Antes de llegar la contestación de la instancia cayó
gravemente enfermo, y sintiéndose á las puertas de la muerte dictó á Gil
de Mesa esta declaración[311]:
[Nota 310: Llorente, _Histoire critique de l'Inquisition_, tomo III,
página 360.]
[Nota 311: Bermúdez de Castro, pág. 285.]
«Por el paso en que estoy, y por la cuenta que voy á dar á Dios, declaro
y juro que he vivido siempre y muero como fiel y católico cristiano, y
de esto hago á Dios testigo. Y confieso á mi Rey y señor natural, y á
todas las coronas y reinos que posee, que jamás fuí sino fiel servidor y
vasallo suyo; de lo cual podrán ser buenos testigos el señor Condestable
de Castilla y su sobrino el Sr. D. Baltasar de Zúñiga, que me lo oyeron
decir diversas veces en los discursos largos que tuvieron conmigo, y los
ofrecimientos que muchas é infinitas veces hice de retirarme á donde me
mandase mi Rey á vivir y morir como fiel y leal vasallo. Y ahora
últimamente, por mano del propio Gil de Mesa y de otro mi confidente, he
escrito cartas al Supremo Consejo de la Inquisición, y al ilustrísimo
Cardenal de Toledo, Inquisidor general, al señor Obispo de Canarias,
ofreciéndoles que me presentaría al dicho Santo Oficio para justificarme
de la acusación que en él me había sido puesta; y para esto les pedí
salvoconducto, y que me presentaría donde me fuese mandado y señalado,
como el dicho señor Obispo podrá atestiguar. Y por ser ésta la verdad,
digo que si muero en este reino y amparo desta corona, ha sido á más no
poder, y por la necesidad en que me ha puesto la violencia de mis
trabajos, asegurando al mundo toda esta verdad, y suplicando á mi Rey y
señor natural que con su gran clemencia y piedad se acuerde de los
servicios hechos por mi padre á la Majestad del suyo y á la de su
abuelo, para que por ellos merezcan mi mujer é hijos, huérfanos y
desamparados, que se les haga alguna merced, y que éstos, afligidos y
miserables, no pierdan, por haber acabado su padre en reinos extraños,
la gracia y favor que merecen por fieles y leales vasallos, á los cuales
mando que vivan y mueran en la ley de tales. Y sin poder decir más, lo
firmo de mi mano y nombre en París á 3 de noviembre de 1611.»
Pocas horas después, auxiliado por Fray Andrés Garín, de la Orden de
Santo Domingo, espiró[312], cerrándole los ojos los fidelísimos amigos
Gil de Mesa y Manuel Don Lope, que acompañaron el cuerpo, seguidos de
algunos mendigos con hachas, hasta la iglesia del Convento de los
Celestinos, donde fué sepultado. En toda probabilidad, ellos pondrían el
epitafio que subsistió hasta el derribo del edificio, á fines del siglo
pasado[313]: