illustrissimus D. Antonius Perez,
olim Philippo II, hispaniarum regi,
a secretioribus consiliis,
cujus odium male auspicatum effugiens,
ad Henricum IV, galliarum regem,
invictissimum se contulit,
ejusque beneficentiam expertus est,
demum parisiis diem clausit extremum
anno salutis MDCXI.
[Nota 312: Llorente, _Histoire critique de l'Inquisition_, tomo III,
página 360.--Bermúdez de Castro, pág. 286.]
[Nota 313: Mignet, pág. 403.]
No consignaron que contaba setenta y dos de edad.
M. Birch[314] transmitió el rumor de la época de haber ido á poder del
Ministro Villeroy los papeles del Peregrino, y de haber sido quemados
por consideración á España. Llorente dió noticia de algunos documentos
existentes en el Tribunal de la Inquisición con motivo de la demanda que
en rehabilitación de su memoria presentaron en 21 de febrero de 1612 los
seis hijos de Antonio Pérez. Estos documentos eran[315]:
[Nota 314: _Memoirs_, cit.]
[Nota 315: _Histoire critique de l'Inquisition d'Espagne par Jean
Antoine Llorente, traduite de l'espagnol sur le manuscrit et
sous les yeux de l'auteur par Alexis Pellier_, segunda edición:
París, 1816, tomo III, páginas 356 á 412.]
1. Certificado de la Facultad de Teología de la Sorbona, expedido por su
Secretario en 3 de septiembre de 1603, atestando la pureza de la
doctrina católica de Antonio Pérez.
2. Breve de Su Santidad de 26 de junio de 1607, dado á ruego de Antonio
Pérez, absolviéndole _ad cautelam_ de las censuras en que hubiera podido
incurrir por el comercio que había tenido con heréticos, aunque no
hubiera dejado de ser católico.
3. Testamento de Antonio Pérez, otorgado en París el 29 de octubre de
1611, haciendo profesión de fe católica, mandando se enterrara su
cuerpo en la iglesia del Convento de los Celestinos, y que se celebraran
misas por el reposo de su alma.
4. Información hecha en París á principios de febrero de 1612 ante el
Auditor de la Nunciatura eclesiástica, á petición de Gil de Mesa,
español, Gentilhombre de la casa del Rey de Francia, y su Chambelán,
compatriota, amigo, pariente y ejecutor testamentario de Antonio Pérez,
en que declararon el Vicario de la parroquia de San Pablo; otro clérigo;
Fr. Andrés Garín, religioso de la Orden de Santo Domingo; Manuel Don
Lope, noble de Zaragoza; Alejandro Toregli, banquero de París, natural
de Luca, y otros testigos.
Todos dan fe de que, de tiempo atrás, Pérez hacía en París vida no sólo
católica, sino ejemplar, frecuentando los Sacramentos de la Penitencia y
de la Eucaristía en su parroquia de San Pablo y en las iglesias de los
Celestinos y de Santo Domingo. Que tres años antes de morir, por no
permitirle la debilidad de las piernas asistir al templo, instaló
oratorio en su casa de la calle de la Cerisaye, obtenida autorización
para ello, para oir misa y recibir los Sacramentos. Que en la última
enfermedad se confesó y recibió absolución de Fr. Andrés Garín, uno de
los testigos, el cual no se apartó de la casa en aquellos días; le
administró el Viático con permiso del cura de la parroquia; asistió á
la Extremaunción, y le ayudó á morir, formando convencimiento de haber
finado santamente en el Señor por la piedad y devoción.
Otros tres testigos dijeron haberle oído muchas veces manifestar deseos
de regresar á España con el fin de acreditar la pureza de sus creencias,
y que durante la enfermedad se afligía de no haber podido realizar el
propósito y desvanecer la nota de infamia que pesaría sobre su mujer é
hijos, manifestando, sin embargo, que esta desgracia no le impediría
morir buen católico, como siempre lo había sido.
Manuel Don Lope declaró por sí haberle oído frecuentemente sorprenderse
de que los protestantes, estando tan versados en la Santa Escritura,
predicaran errores que la palabra de Dios destruía, lo que le hacía
pensar que los enseñaban no creyéndolos. El testigo recordaba también
que, hablando con el difunto de diferentes cosas, le había dicho que
muchas personas eran de parecer que él, Antonio Pérez, debiera haber
aceptado la pensión de doce mil libras que el Rey Enrique IV quería
otorgarle en consideración á su edad, enfermedades y falta de medios de
subsistencia, y que Pérez había respondido que no se arrepentía, así
faltaran á la palabra que le dieron, antes, por el contrario, que si
todavía le hicieran la misma proposición segunda vez, la rehusaría con
objeto de probar la verdad con que tantas veces había hecho
manifestación de fidelidad al Rey de España, su soberano, y con la
esperanza de que con tal proceder alcanzaría su gracia. Que en medio del
infortunio había tenido al menos el consuelo de advertir que el ilustre
Condestable de Castilla, D. Baltasar de Zúñiga, Embajador de España en
Francia, y Ángelo Badoer, Nuncio de Venecia, no habían olvidado la
manera de conducirse con ellos en este delicado asunto. Por último, que
con las manos juntas se confiaba en Dios todopoderoso y en la gracia de
su soberano.
5. Cartas auténticas de Monseñor Roberto, Obispo y Nuncio de Su Santidad
en París, fecha 6 de febrero de 1612, acreditando que conoció bien á
Antonio Pérez y le acordó permiso para tener oratorio en su casa,
teniendo certeza de haberse servido de él hasta la última enfermedad.
Dice poder dar testimonio de los sentimientos piadosos, de devoción y de
amor á la religión católica en que murió, así como de que le oyó
lamentarse muchas veces de no tener salvoconducto del Rey Católico para
entrar en España sin peligro y presentarse ante el Santo Oficio, objeto
constante de sus votos.
6. Declaración hecha á la hora de la muerte, escrita al dictado por Gil
de Mesa y firmada de su mano. (La que antes se inserta.)
Otra declaración contenida en escrito inédito, lleva más allá de este
mundo las noticias del ex-Secretario. Dice así[316]:
[Nota 316: Debo esta curiosa noticia á la buena amistad del Sr. Don
Justo Zaragoza, que la encontró en la Biblioteca de S. M. el Rey,
Sala 2, Est. O, Plut. 3.]
«En la Historia de la vida, virtudes y milagros de la Benerable Madre
Ana de San Bartolomé, conpañera yseparable de la Santa Madre Theresa de
Jhs., Propagadora insigne de la reformacion de las Carmelitas descalzas
y Priora del Monasterio de Amberes, dedicada á la Serenísima Señora Doña
Isavel Clara Eugenia, infanta de España, por el Maestro Fray Chrisóstomo
Henrriquez, Coronista general de la Orden de San Bernardo en Bruselas;
en el capítulo nobeno, en la plana folio 619, calificando la vida,
muerte y salvacion del Secretario Antonio Perez, siendo entonces esta
Madre Abadesa de Fonte Ebrando, que es un lugar poco más de dos leguas
de Tours, en Francia, dice lo siguiente, que para aprobacion de sus
escritos un curioso lo copió de dicho libro y puso aquí para
calificarlos y que se haga dellos la estimacion que se deve:
»Un dia de la Octava del Santíssimo Sacramento la mostró el Señor mucha
gracia y la conbidava á que pidiesse algo; y estando recogida en esta
vission, vió delante de sí tres personas: la una era una hermana suya,
la otra un Primo y la otra Antonio Perez, Secretario del Cathólico y
prudente Rey Don Phelipe segundo.
»No la dió á entender el Señor que estubiessen en algun aprieto; pero
ella, biendo la ocassion presente y considerando el ofrecimiento que la
havia hecho de que la concederia lo que le pidiesse, le tomó la palabra
y le pidió la salvacion de aquellas tres personas, señal bien evidente
de su grande caridad, pues no pide para sí gracias y favores,
mostrándose solícita de la salud de las almas más que de sí misma.
Agradóle á Christo peticion tan ajustada con su Divina voluntad, y ansí
se la concedió con mucho gusto.
»Dentro de poco tiempo recibió cartas en que le avisavan que su hermana
havia caido en una agua y se havia ahogado, y fué el mismo dia en que se
le avia aparecido. El otro Primo suyo murió de calenturas, tambien el
mismo dia. El Secretario Antonio Perez, despues de varios tranzes, de
peligros grandíssimos y mil persecuciones con que pareze quiso mostrar
la fortuna que levanta á la cumbre de la privanza á los que fian en el
valor de Príncipes para derrivarlos en un avismo de miserias, murió en
París; pero con tales demostraciones de piedad y christiandad, que bien
pudieran conocer todos se cumplia con él lo que la Benerable Madre havia
alcanzado del Señor. Lo que ella dize hablando dél, en esta ocasion, es
esto: Murió con señales muy ciertas de su salvacion, reciviendo á menudo
los Sacramentos, con el confesor siempre á su lado; y el dia que murió
se puso de rodillas con un ímpetu de amor de Dios, y ansí se quedó como
digo, con señales grandes de su salvacion. Dichosíssimo quien tubo fin
tan venturoso: importa poco no conservasse en la privanza de los Reyes,
quando, despues de muchas desgracias, se biene á alcanzar la verdadera
dicha, que consiste en ir á gozar de la gloria eterna.
»Más dichoso fué este cavallero en haver conocido á nuestra Benerable
Madre Ana, aunque pobre y humilde en quanto al mundo, que en haver
tenido entrada con los mayores Príncipes de Europa. Ella, quando le
conoció y trató en París, le cobró tanto amor, que estando ausente le
alcanzó de Dios la salvacion de su alma, que es lo más que nos puede dar
Dios, pues anssí se nos da asimismo. Los Reyes, aunque muchos favores le
ofrecieron, pero sólo le dieron disfavores.
»Fué Antonio Perez hombre agudo de ingenio, pero desgraciado; mui
principal y noble, de que en mi Monasterio Real de Huerta, depositario
de la Nobleza de Castilla, Aragon, Navarra y otras partes, ay
testimonios graves. Pero lo principal es la seguridad que nos dexó esta
Santa Madre de que está en el cielo.»
Una estrella de la política francesa, que alboreaba justamente en el
ocaso de ésta española, trazó en pocos rasgos, con alguna pasión y poca
exactitud, juicio[317] que agregar al de los coetáneos lord Cecil, de
Inglaterra; Villeroy, de Francia; el Conde de Miranda y el Comendador
mayor de León, de España.
[Nota 317: _Memoirs de Richelieu_, lib. III, 1611.]
«La muerte de Antonio Pérez, acaecida en noviembre, escribía, me ofrece
materia para ejemplo de la fragilidad de la privanza de los Reyes, de la
instabilidad de la fortuna, del odio implacable de los españoles y de la
humanidad de Francia con los extranjeros. Había gobernado al Rey Felipe
II, su señor, Príncipe tenido por prudente y constante en las
decisiones; cayó, no obstante, de su crédito, sin ser culpable, en
opinión común.
»En las cámaras de los Reyes hay escollos mucho más peligrosos que los
negocios de Estado, por graves que éstos sean, sobre todo en aquellas
intrigas en que intervienen mujeres ó en las que toma parte la pasión
de los monarcas[318].
[Nota 318: Antonio Pérez había dicho: «Aquí son los bajíos de la
bajeza humana; aquí es menester grande tiento, y navegar con la
sonda en la mano.» Colección Ochoa, _Carta á un gran privado_.]
»Antonio Pérez lo experimentó: mujeres fueron causa de todas sus
desdichas. Haciendo su amo excepción de la firmeza en cuanto á la
benevolencia, la ejercitó en el odio hasta la muerte. El privado había
subido á la cúspide de los honores y grandezas: todo lo perdió en un
instante con la gracia del Rey, que aprisionó á sus hijos con el fin de
que no le asistieran.
»Emigrado en Francia en el período álgido de las guerras civiles, no
fueron obstáculo las circunstancias para que el Rey le recibiera
humanamente, dándole medios de vivir con desahogo á favor de pensión de
4.000 escudos, que siempre le fué bien pagada.
»En España no podían sufrir el bienestar de que disfrutaba; atentaron á
su vida enviando dos hombres que se la quitaran, en vista de lo cual,
por garantía en lo sucesivo, comisionó el Rey á dos suizos de su guardia
personal, que le seguían por la ciudad á las portezuelas de la carroza,
y cuidaban de que ninguna persona desconocida tuviera acceso á la casa.
»Entonces discurrieron los españoles otros procedimientos que llegaran
al propósito no alcanzado por la violencia: se le ofreció, por conducto
de persona de la Embajada, que su amo le restituiría los bienes, siempre
que renunciara la pensión y saliera de Francia. El Condestable de
Castilla confirmó la oferta al pasar por París; y como la esperanza del
deseo suele cegar, renunció, en efecto, despidiéndose de S. M., que
procuró disuadirle y le predijo había de arrepentirse. Marchó, no
obstante, á Inglaterra, lugar que le habían designado; mas apenas llegó
á Douvres se le prohibió pasar adelante, por ruego y amenaza del
Embajador de España. El pobre hombre volvió á Francia y no se atrevió á
presentarse ante el Rey, ya que parecía haber desairado su favor y
consejo; sin embargo, compadecido el Soberano de la miseria en que
estaba, sufriendo incomodidades después de enajenar el mobiliario, si no
lo consideró como antes, no dejó de disponer que se le diera algún
socorro con que subvenir á lo más preciso.
«Habíanle tenido en España por hombre de juicio y de cabeza, mientras
llevaba el cargo de Secretario de Estado; en Francia no se le estimó en
tanto por la ordinaria presunción de los de su país que, llevada al
extremo, tiene algo de locura, á juicio de las demás naciones.»
Años adelante, alcanzando el que esto escribió la madurez del talento;
Duque, Cardenal, Ministro, gran Ministro; queriendo llevar al
convencimiento de su Rey la opinión de ser indispensable á su poder la
organización de la marina de guerra, decía[319]:
[Nota 319: _Maximes d'Etat ou testament politique d'Armand du
Plessis, Cardinal Duc de Richelieu_: París, 1764, tomo II, sección
V, pág. 109.]
«Cuando Antonio Pérez fué acogido en Francia por el Rey vuestro padre, y
por atenuar su miseria le acordó pensión, deseando el extranjero
acreditar el reconocimiento de los beneficios recibidos y ofrecer
testimonio de que no por desgraciado era ingrato, dió al mismo Rey tres
avisos que no son de poca consideración: ROMA, CONSEJO Y MAR. La
advertencia del anciano español, consumado en asuntos de Estado, no ha
de considerarse tanto por la autoridad del que lo daba, como por su
propio peso.»
Es de recordar que decía Brantome al Rey Carlos IX:
«Si les rois, vos prédécesseurs, enssent fait cas de la marine comme de
la terre, vous auriez pent-être encore Gênes, l'Etat de Milan et le
royaume de Naples. L'Espagnol les a conservés plutôt par les moyens de
la mer que de la terre.»
En los tiempos modernos, M. Mignet condensa y acaba su juicio de esta
guisa:
«Antonio Pérez, sin llegar á la talla de los grandes Ministros de Felipe
II; del imperioso Cardenal Espinosa, del diestro Ruy Gómez, del altanero
Duque de Alba ó del discreto Granvela, poseyó un tiempo el favor del
Rey, figurando como personaje el más influyente de la Monarquía
española. Escaló el poder con harta facilidad para saber conservarlo.
Ministro por herencia, fué aventurero de afición. Apasionado, ávido,
disipador, violento, artificioso, indiscreto, corrompido, introdujo el
desarreglo de su conducta en una corte de exterioridad severa; agitó con
la intriga el ánimo de un Príncipe amante de la dignidad mesurada; hirió
con la rivalidad de los amores y la audacia de los actos á un amo
hipócrita, vengativo y absoluto. Aunque conociera bien al que servía;
aunque poseyera el secreto de sus pasiones, de su terrible disimulo, de
la suspicacia de su poder, por la que la confianza había de ser
instable; aunque supiera que Felipe II había matado al Cardenal Espinosa
con una palabra, que alejó al Duque de Alba por la rigidez, que sólo por
consumada habilidad y condescendencia se mantuvo á su lado Ruy Gómez
hasta el fin, se atrevió á engañarle y se perdió. En la desesperada
lucha á que le arrastraron las faltas y las demasías, desplegó recursos
de ingenio tan varios y tal energía de carácter; tan oprimido, tan
elocuente, tan patético se mostró, que fué objeto de universal simpatía.
Empero los defectos mismos que causaron su ruína en España, le
desacreditaron en Inglaterra y Francia. Siempre igual, aun la desgracia
tornó antipática, muriendo abandonado y pobre.
»Hay que condenar á la personalidad, á la vez desordenada y atractiva,
sagaz é inconsiderada, de ingenio agradable y de carácter ligero, rica
de actividad, de imaginación, de vanidad, de pasión, de intriga; hay, no
obstante, algo que conmueve en ciertos de sus sentimientos y en la
magnitud de sus desdichas.»
En las historias de la época, tales como las de Herrera, Cabrera de
Córdoba, Argensola, Babia; en los diccionarios biográficos ó
bibliográficos, agregando á los ya citados los de Baena, Latassa,
Moreri, Didot, Bouillet, Michaud, se encuentran conceptos varios[320]
oscilando entre estos extremos.
[Nota 320: No parecerá temeridad adjudicar á Antonio Pérez la
alusión de un concienzudo y benévolo historiador que escribe:
«_Philippe II a été bien des fois trahi: ce sont surtout des
traîtres qui nou sont crayonné son portrait._» Le Vice-Amiral Jurien
de la Gravière, _Les chevaliers de Malte et la Marine de Philippe
II_: París, 1887, pág. 146.]
Antonio Pérez mató un hombre por obedecer á Felipe II; quitó al Rey su
querida; sublevó una provincia; luchó cinco años con tan temible
soberano; escribió relación de su vida, tan verdadera y profunda como
las inexorables memorias del Duque de Saint-Simon[321].
[Nota 321: Philarete Chasles, _Antonio Pérez, Revue de Deux-Mondes_,
citada.]
Antonio Pérez alcanzó fama literaria casi exclusivamente debida al
interés de sus desgracias personales[322].
[Nota 322: _The Enciclopædia Britanica, Antonio Pérez_, cit.]
Tenaz, perverso, infatigable, intrigante siempre y en todas partes,
dando á conocer los puntos vulnerables de su patria, fué su papel en la
historia el del parricida[323].
[Nota 323: J. M. Dargaud, _Histoire d'Elisabeth d'Angleterre_: París,
1866, 8.º]
De la comparación de todos los artículos, por lo general apasionados ó
ligeros, nada se deduce que esencialmente altere lo que dicho queda
acerca de la vida de Antonio Pérez fuera de España. Aparece, en cambio,
la evidencia moral y consoladora de no empecer á la execración perpetua
del mayor de los crímenes la compasión del delincuente, y de cumplirse
en todos los tiempos la sentencia que la pluma del Peregrino mismo dejó
escrita. El traidor es limón que, una vez exprimido, se arroja.