La muerte del Rey de España debía de influir en el ánimo de su
expatriado Ministro, mitigando cuando menos el odio personal en que
principalmente se inspiraban sus acciones. Teníale además probado la
experiencia que la medida de sus fuerzas no llenaba la del orgullo loco
con que se creyó capaz de luchar mano á mano frente al coloso de la
política; en Inglaterra como en Francia veía declinar de día en día las
estrellas de su reputación y su influencia, que formaban constelación
con la de la fortuna. En esta disposición, la idea de recobrar la
posicion antigua; el deseo de ver el cielo de la patria y el techo del
hogar, no ajeno á las almas más escépticas y depravadas, se iba
haciendo sentir en la suya.
Algún amigo oficioso hizo vibrar las sensaciones apoyadas con la falsa
nueva de haber recaído resolución importante por disposición
testamentaria de D. Felipe. «Corrió voz y aviso del testamento que
dejaba... con capítulo tocante _al descargo del alma_ en las cosas de
Antonio Pérez... Unos referían que había dejado orden que diesen luego
libertad á la mujer é hijos; que le restituyesen toda su hacienda, y aun
8.000 ducados de renta en satisfacción de lo padecido...[231].» Otros
hablaban de recomendación especial al Príncipe para emplear á Antonio
Pérez en Flandes ó en Italia...
¿Qué razón se opondría al regreso de Pérez, influyendo en el nuevo Rey
D. Francisco Gómez de Sandoval, Marqués de Denia, amigo de la juventud,
que le había visitado en la prisión arrostrando la cólera del
Soberano?[232]. Bien se podía saber que salió de España huyendo del
enojo de su Príncipe, sin haber cometido delito de felonía ni hecho cosa
contra la corona[233]; bien se podía juzgar que si había servido con
algún consejo ó advertimiento á reyes extraños, era obligado de las
circunstancias: ¿no es de ley natural servir al que da amparo?[234].»
[Nota 231: Colección Ochoa, parte II, carta CXLVIII.]
[Nota 232: Idem id.]
[Nota 233: Idem id.]
El Sr. Antonio pensaba en aquellos días en admirable conformidad con
M. Morel Fatio en los presentes; los contemporáneos eran los que no la
tenían, por más que el natural piadoso de Felipe III le estimulase
doblemente á señalar su advenimiento con actos de clemencia y de
dulzura.
Habían transcurrido seis meses sin variación alguna: por fin, en abril
de 1599 se expidió la orden de libertad de Doña Juana Coello[235]; luego
la de sus hijos, con licencia de reclamar la restitución de 20.000
escudos distraídos de la renta eclesiástica que correspondía al mayor,
Gonzalo[236]; pero de Antonio Pérez nadie se acordaba. Aunque la entrada
del Rey en Zaragoza se solemnizara con el perdón de los proscriptos, la
libertad de los presos, el derribo de los padrones de infamia de los
caudillos de la revolución aragonesa[237], Antonio Pérez seguía
exceptuado, recibiendo mortificación y desengaño nuevo. «¡Ah! escribía,
á cabo de nueve años de prisiones han soltado á madre é hijos; pero se
les ha mandado que no puedan salir de España. Paresce cosa de rehenes
del tiempo de aquellos reyes moros; paresce que valgo algo, y no valgo
nada[238].»
Sin desesperar por esto, acudió á los resortes ejercitados del halago,
del ruego y de la amenaza, tocándolos á la vez en España y Francia. A la
primera envió sentidas cartas para el Ministro universal, entre ellas
una que había de enseñarle los medios de conservarse en el poder,
ampliando el texto de aquélla que figuraba en su colección de las
publicadas con epígrafe _Á un gran privado_[239].
[Nota 234: Colección Ochoa, parte II, carta CXLVIII.]
[Nota 235: Idem id. Cabrera de Córdoba refiere en las _Relaciones_
que la mujer de Antonio Pérez fué puesta en libertad el 17 de abril
de 1599; los hijos el 14 de agosto.]
[Nota 236: Idem id.]
[Nota 237: Idem id.]
[Nota 238: Colección Ochoa, parte I, carta XXXII. Cabrera de Córdoba
refiere en las _Relaciones_ que la mujer de Antonio Pérez fué
puesta en libertad el 17 de abril de 1599: los hijos el 14 de
agosto.]
[Nota 239: Idem, parte II, carta XLI.]
La nueva se halla traducida al italiano por un anónimo que dice oyó
elogiar en Ferrara á Antonio Pérez como uno de los maestros en el arte
cortesano. Despertada su curiosidad, pudo procurarse noticias que
recopiló con el título de _Vita et qualitá di Anton Perez_; y
pareciéndole que la carta era joya preciosa, no sólo procedió á
traducirla, la estudió y comentó en volumen de 154 fojas. Existe copia
en el Museo Británico de Londres; otra en la Biblioteca Nacional de
París (_Fr-3.444_), ambas con título de _Lettera di Antonio Perez
scritta al Duca di Lerma circa il modo che si doueno gouernare li
fauoriti di Principi per conseruare la loro fortuna_[240].
[Nota 240: En Italia incluyó Bulifon, en la colección titulada
_Lettere memorabili_, tomo II, páginas 50 á 68, dos cartas de
Antonio Pérez al Duque de Lerma.]
En lo de Francia, acudió al Condestable exponiendo que desde que estaba
en el reino, con haber tenido del Rey muchas promesas y las prendas
firmadas en Ruan, ninguna cosa se le había cumplido ni año había pasado
en que creciera en fortuna un dedo, sino menguado de día en día, y no
quería morir, que á los hijos y á él no les quedaba sino la vida para
ver más de lo visto[241]. Acompañaba memorial al Rey diciendo:
[Nota 241: Apéndice, documento XVIII.]
«Que apretándole cada vez más las quejas de los suyos y los disfavores y
desconsuelos aquí, sin ser de ningún servicio, le era forzoso consignar
que en promesas de príncipes, fuera de lo que toca á su honra, era de
consideración excusar desengaño. Decíanle los suyos no menos sino que no
esperase verlos en Francia, y que se resolviera á que no lo tuvieran ni
por marido, ni por padre, ni por hombre de entrañas humanas ni
agradecidas á lo que habían padecido... Que pues aquí vivía inútil para
S. M., y el estado en que se hallaba era de tanto daño si le tomaba la
muerte dejándolos hijos de francés por el pan de la boca, le diera
licencia para irse á alguna ciudad neutral á donde probar si estaba en
esto el efecto de verse junto á los suyos[242].»
[Nota 242: Apéndice, documento XIX.]
Algún efecto produjeron las últimas gestiones: el Conde de la Rochepot,
enviado como Embajador á España en 1600, recibió encargo de interesarse
por Pérez con la eficacia que acredita el siguiente párrafo de las
instrucciones:
«Cuidará particularmente de inquirir lo que podrá hacerse en favor del
Sr. Antonio Pérez, por la suerte del cual tiene gran compasión Su
Majestad, pues ha llegado á la desdicha en que se encuentra por
desgracia y no por malignidad. Se informará de la manera con que son
tratados la mujer é hijos, intercediendo por ellos á fin de conseguir
que se restituyan en totalidad los bienes pertenecientes al padre y á
los hijos, para que disfruten los beneficios de la paz y de la
recomendación de S. M.[243].»
[Nota 243: _Memoirs_ de Duplessis Mornay: París, 1824, tomo IX,
página 355, cit. por M. Mignet, pág. 365.]
Conocida la instrucción, decía la pluma incorregible del Peregrino:
«Este Rey está fuerte en no consentir á los franceses absentes gozar sus
casas y bienes si á Antonio Pérez no le dan su mujer, hijos y hacienda.
Quizá este mismo favor dañará, pero serán gloriosos daños. Del nuevo Rey
de España quiero esperar que imitará á David, _por no probar los azotes
de su reino por pecados ajenos_[244].»
[Nota 244: Colección Ochoa, parte I, carta CXXVII.]
Debió de dañar en verdad, más que la recomendación, la advertencia; en
nada se alteró la resolución del Ministro de dejar las cosas como
estaban, mientras que la bilis del expatriado sufría alteraciones graves
al punto de obscurecer las dotes de hombre de negocios.
«Roni me trata mal, escribía al Condestable; el Rey manda que no me mude
mi pensión, y Roni no quiere: no entiendo; y si lo entendiendo, que si
me faltare el pan, buscaré un amo á quien servir, y esta licencia no me
la negará el Rey[245].»
[Nota 245: Apéndice, documento XXX.]
Más agrio á medida que el tiempo trascurría, volvía á decir al
Condestable en 1604:
«Dijo el Rey á Roni que no me tocase en la consignación, y Roni no
quiere, y há tres meses que debo el pan que como. Pero más ha hecho el
Sr. Gil de Mesa hoy, que ha dicho á M. de la Varenne que, si el Rey no
quiere, que hable claro y no nos traiga engañados, que buscará Antonio
Pérez un amo á quien servir. Por cierto, chico estómago tiene la corona
de Francia si tan pequeña partida embaraza[246].»
[Nota 246: Apéndice, documento XXXVI.]
Sin embargo, por un resto de consideración ó indulgencia solía Enrique
IV defender alguna vez á su Consejero de la malquerencia de Villeroy y
de Rosny; prueba esta carta dirigida al último:
«Antonio Pérez ha venido á darme gracias por los tres mil escudos que se
le han dado, y á suplicarme se extiendan á la cantidad de cuatro mil,
con el fin de que si llega á saberse en España no digan que recibe menos
que en los años anteriores. Así, por satisfacer la vanidad de este
hombre, os ruego se le complete la referida suma de cuatro mil
escudos[247].»
[Nota 247: Mignet, pág. 383.]
De todos modos, empeoraban la situación crítica del proscripto el peso
de su inutilidad, la humillación del descrédito, la necesidad apremiante
de la subsistencia, instándole á redoblar las diligencias que le
abrieran la puerta del destierro. En los preliminares de paz entre
España é Inglaterra entrevió la ocasión de descorrer por sí mismo el
cerrojo, haciendo valer servicios é influencias que parecieran grandes,
y con la osadía que no le faltó nunca acometió el plan rápidamente
concebido.
En la preparación hay pormenores que no están suficientemente
esclarecidos. Birch[248] presumía que los artificios de la corte de
España, empleados para apartarle de Enrique IV, le engañaron; que
persona de la embajada de España en París, garantida por la palabra de
un Grande que pasaba por allí hacia Flandes, le aseguró, en el caso de
renunciar á la pensión que disfrutaba en Francia, que antes de seis
meses sería reintegrado en los bienes y honores que había tenido en su
país.
[Nota 248: _Memoirs_, cit.]
Bermúdez de Castro, dando crédito en esto, como en otras cosas, al
interesado, consigna que el Conde de Miranda, Presidente del Consejo de
Castilla, declaró explícitamente á Doña Juana Coello que sólo dejando el
servicio del Rey de Francia podría abrigar esperanzas de acomodar
satisfactoriamente los asuntos. Con este conocimiento fué Antonio Pérez
á visitar al Embajador D. Baltasar de Zúñiga, quien no sólo aprobó los
consejos del Conde, sino que informó al Peregrino de los despachos del
Duque de Lerma, en los mismos términos concebidos[249].
[Nota 249: Bermúdez de Castro, pág. 274.]
Hay pruebas fehacientes de la inexactitud de tal relato: podrían muy
bien, los que de veras se interesaban por la suerte del emigrado,
hacerle indicación de no ser su proceder el más á propósito para
alcanzar el olvido de los anteriores; porque ello es que al tiempo mismo
en que solicitaba con empeño y amenaza lo que creía pertenecerle, pasaba
por Consejero oficial del Rey de Francia; continuaba siendo confidente
secreto del de Inglaterra, dando á los Embajadores Winwood y Parry
avisos que ellos transmitían al Secretario de Estado Cecil[250], y
seguía reuniendo en su casa el foco de la conspiración de los refugiados
enemigos de España. Podría también ser cierto que las personas á quienes
Antonio Perez demandaba recomendación alimentaran vagamente sus
esperanzas, por no tener parte en el desengaño; todo cabe menos la idea
de que hubiera persona que intencionadamente se propusiera agravar un
estado que inspiraba conmiseración.
[Nota 250: Ed. Sawyer, _Memorials of affaires of State in the reigns
of Queen Elizabeth and James I_: London, 1725, tomo I, páginas 366 á
407.--Birch, _Memoirs_, cit.--Mignet, pág. 384.]
Bermúdez de Castro agrega que con la intervención del Condestable de
Castilla, del Embajador de Venecia, del Cardenal Legado, se presentó á
Enrique IV, exponiendo humildemente su situación y suplicándole que,
alzando los juramentos, admitiese la renuncia de la pensión que gozaba.
Oyóle con calma el Rey y preguntóle si había reflexionado maduramente;
hízole mil ofertas para que no le dejase, y prometió pagarle el sueldo
en secreto si juzgaba que argüía infamia el público socorro. Aunque con
agradecimiento y respetuosa cortesía se mantuvo firme Antonio Pérez en
su resolución, é irritado el Monarca del desaire, declaró al Embajador
de España que el Ministro emigrado nada tenía ya que ver con su
servicio[251].
M. Mignet no ha encontrado indicio que acredite este incidente más que
los anteriores, ni en la Colección Birch se justifica tampoco: hay, como
se verá, documentos que en una parte lo contradicen.
Para apartarse de París, donde se ponía en duda su lealtad y la
sinceridad de sus deseos (continúa diciendo Bermúdez de Castro), pensó
marcharse á Venecia, entendiéndose con el Nuncio y con el cambista
Alejandro Teregli; pero renunció á este plan, porque se movieron tratos
para que se presentase en San Juan de Luz á una entrevista con los
comisionados del Santo Oficio. Deshecho también este proyecto, determinó
retirarse á Inglaterra á esperar su suerte á la sombra de sus antiguos
protectores[252].
[Nota 251: Bermúdez de Castro, pág. 275.]
[Nota 252: Idem, páginas 275 y 276.]
Lo de Venecia es evidentemente fantasía de aquéllas que continuamente
inventaba el autor de las _Relaciones_; no lo es menos el retiro
pensado en Inglaterra. ¡Protectores allí! Después de la desgracia y
suplicio del Conde de Essex, seguido de la muerte de Antonio Bacon, en
1601, no le quedaban más que enemigos. Así no pensaba en arrimo ni
sombra que le cobijara en las islas, sino en puente que desde ellas le
pasara á la corte de España. Con el Embajador Zúñiga y con el
Condestable de Castilla, contaba á ciencia cierta que habían de
encarecer el valor de su intervención en el tratado de paces, porque se
le acordara siquiera domiciliarse en Flandes al lado del segundo; por el
lado del Embajador de Inglaterra, Tomás Parry, se había provisto de
cartas para Cecil.
Completamente equivocado el Sr. Bermúdez de Castro, acaba el episodio
explicando que al despedirse Antonio Pérez de Enrique IV recibióle con
suma frialdad, pues sospechaba que iba á Londres con misión secreta del
Soberano español para concertar, de acuerdo con el Condestable de
Castilla, la paz entre ambos reinos (!), que en vano le protestó Manuel
Don Lope la verdad: no se desengañó hasta más tarde[253].
[Nota 253: Bermúdez de Castro, pág. 276.]
Enrique IV sabía positivamente ser la intención de su ex-Consejero
insinuarse con el Rey Jacobo I, penetrar sus disposiciones y
comunicarlas al Condestable D. Juan de Velasco, que podría sacar
partido en beneficio de las negociaciones. Tan lo sabía, que lo advirtió
anticipadamente en carta personal á su Embajador en Londres, Conde de
Beaumont, escribiendo esta frase: «Cree hacerse el necesario y me parece
que se equivoca[254];» y antes lo había advertido su Ministro de Estado
M. de Villeroy diciendo: «Cuidado con Antonio Pérez, que nos ha
informado de su marcha, no vaya á sorprender, como se promete, á los
cortesanos y á las damas con las lisonjas y adulaciones de costumbre, y
dé á entender con motivo de las paces que ha prestado servicio de tal
naturaleza, que merece ser reintegrado en los bienes y honores que tuvo.
No he visto jamás en hombre impudencia, vanidad y desenfado como los
suyos... tened cuenta con todo lo que haga y diga, hasta en las menores
cosas, porque da contento al Rey saberlo, y me encarga os lo
recomiende[255].»
[Nota 254: Enrique IV á M. de Beaumont, en 6 de marzo 1604.--Mignet,
pág. 386.]
[Nota 255: M. de Villeroy á M. de Beaumont, en 29 febrero
1604.--Mignet, pág. 385.]
Los despachos atestiguan que el conocimiento de la persona era tan
exacto como el de las intenciones. No menos le conocían en Inglaterra.
Antes de desembarcar en la isla, recibió carta del Conde de Devonshire
haciéndole saber que el Rey no le acordaba licencia de entrar en sus
Estados _por tener de él muy mala opinión y merecer á lord Cecil odio y
desprecio_[256]. No había motivo para tenerse por lisonjeado; no se dió
tampoco por entendido: con la atrevida inconsideración genial puso pie
en tierra, avanzando hasta Canterbury, desde cuya ciudad escribió al Rey
larga carta en latín, manifestando la extrañeza que le había causado
recibir una orden inusitada en vez de los favores que se le habían hecho
esperar. Invocaba la autoridad del Embajador Parry, que le había dado
cartas, diciendo: «Por eso me dirijo á V. M. y apelo á su justicia,
poniendo por delante su nombre y palabra para que se sirva examinar con
prudencia, pesar y decidir si el punto á que han llegado las cosas,
según la ley natural, conviene á la Majestad real y es debido á un
extranjero no desconocido en el mundo y que se ha fiado en tal palabra.
Si por otro lado puede servir mi persona de obstáculo en los negocios
que actualmente se tratan, pues en tal caso, aunque yo no sea un Jonás
que haga alborotar la mar y los otros elementos, me retiraré á
cualquier rincón del reino bajo el favor y protección de V. M., que lo
consentirá, para que las gentes no se admiren y quieran saber por qué
sólo se niega á Antonio Pérez lo que á ningún desterrado ni á ningún
fugitivo en un reino libre y poderoso[257].»
[Nota 256: His Majesty having a very ill opinion of him, and the
lord Cecil both hating and despising him. Colección Birch, pág.
142.--Carta de M. de Beaumont á M. de Villeroy de 29 febrero
1604.--Mignet, pág. 386.]
[Nota 257: M. Mignet inserta el texto íntegro en latín, pág. 388.]
La epístola produjo en Jacobo paroxismo de cólera; mesándose la
barba[258] tildó de animal á su Embajador en París[259] y reiteró la
orden que Pérez tuvo que cumplir, volviendo corrido al continente á
saber que sin su agencia ni concurso se había firmado el tratado de paz
en Londres en agosto de aquel año, 1604.
[Nota 258: Falling into such a rage, that he tore his beard. Birch,
pág. 142.]
[Nota 259: M. de Beaumont á M. de Villeroy en 29 febrero
1604.--Mignet, pág. 389.]
«Los ingleses nos han devuelto algo incivilmente á Antonio Pérez,
escribía Villeroy al Conde de Beaumont. Ahora pide al Rey, de limosna,
la pensión de 12.000 libras que le daba S. M. antes de marchar; pero le
conocemos y estimamos en lo que merece, como ahí y acaso más. Viene
contando que Cecil le ha jugado esta pasada, de acuerdo con el Embajador
de España, por la amistad que tuvo con el Conde de Essex: lo cierto es
que la adversidad no le ha enseñado á ser más cauto y prudente que el
auje[260].»
[Nota 260: M. de Villeroy á M. de Beaumont en 9 de marzo de
1604.--Mignet, pág. 389.]
No perdió momento Pérez, como Villeroy refiere, en el ensayo de
reconquistar el terreno perdido en Francia; por intermisión del
Condestable y embajada de Manuel Don Lope quiso justificar el viaje por
aventura arriesgada de necesidad, de la que volvía postrado con gran
calentura. Empezaba por pedir al Rey, con la disculpa, mandara le
admitieran en el Convento de San _Denis_, para que si muriese tuviera
cerca la sepultura, y por final ponía: «Con esta prueba, Syre, que he
hecho por mi mujer é hijos, habré cumplido con ellos y con estas
obligaciones generales y cristianas; y si á poco más que les daré de
término, que no pasarán de dos ó tres meses, para ver si me los quieren
dar, con que habré cumplido con todo, yo me resolveré á morir siervo de
V. M. en sus reinos, sin dejarme engañar más[261].»
Manuel Don Lope estaba encargado de encaminar la insinuación á favor de
memorandum trazado por la pluma del hábil intrigante, sin olvidar la
amenaza de buscar otro amo, testimonio de la penetración de
Villeroy[262].
[Nota 261: Apéndice, documento XXXVIII.]
[Nota 262: Idem, documento XXXIX.]
Sin perjuicio de estas diligencias, cumplía realmente el Sr. Antonio la
indicación puesta en la carta á Enrique IV de intentar otra prueba en
España, que sería la última. Comunicado el proyecto con D. Juan de
Velasco, ofrecía formalmente al Embajador de España servir de espía,
utilizando las relaciones que tenía en Francia, y comunicar los secretos
de la política de esta nación, estableciendo, por más seguridad, su
residencia en Besançon ó en Constanza, siempre que se le dieran 150
escudos al mes. D. Baltasar de Zúñiga se procuró informaciones, tuvo
varias conferencias con el pretendiente y hubo de dar curso á la
proposición, remitiéndola, con despacho suyo, al Duque de Lerma, que la
puso en trámite secreto del Consejo de Estado.
En tanto, no parece que logró Pérez la celda gratuita en San
Dionisio[263] ni en otro Convento de Bernardos[264], volviendo á París
al barrio de San Lázaro[265], vendidos los coches y mobiliario para
subsistir. Pudiera dar lo mismo por perdida la ilusión de pasar los
Pirineos á tener conocimiento de lo que en la corte de España ocurría.
En despacho al Embajador D. Baltasar de Zúñiga, de Valladolid á 10 de
junio de 1604, decía el Rey Don Felipe:
[Nota 263: Apéndice, documentos XLIII y XLIV.]
[Nota 264: Idem, documentos XLIV y XLV.]
[Nota 265: Mignet, pág. 392.]
«Cuanto á lo que os dijo el Rey por Manuel Don Lope, será acertado que
pase en disimulación, pues la calidad de su delito no permite otra cosa,
y así daréis allá la salida que mejor os pareciere[266].»
[Nota 266: Archivo Nacional de París, _Papiers de Simancas_,
_K-1.451_, _A-58_, pág. 116.]
Es decir, que Enrique IV mostraba por un emigrado de la causa de Antonio
Pérez un interés que no era ya extensivo á éste, y que considerado sin
remisión el delito del subalterno, necesariamente se había de tener en
España igual, si no mayor rigor, con el jefe. De lo primero es
confirmación el proyecto de tratado definitivo de paz entregado en 31 de
agosto del propio año á M. Emery de Barrault, nuevo Embajador de Francia
en España, sin mención de Antonio Pérez[267]; de lo otro no deja duda la
plática que entre el otro Embajador, La Rochepot y el Duque de Lerma, se
verificó el mismo mes de agosto. Quejándose el de Lerma de muchas cosas
pasadas después de la paz de Vervins, en perjuicio de los juramentos
solemnes de conservarla, y enumerándolas, dijo: «Que Antonio Pérez y
otros españoles y portugueses se acogieron de muy poco acá á Francia, y
que tal manera de vivir cría muy gran desconfianza entre los dos Reyes é
impide una verdadera reconciliación tal cual está deseada.»
[Nota 267: Biblioteca Nacional de París, Esp., 336, fol. 109.]
Contestó el Embajador «que Antonio Pérez y los demás acogidos á Francia,
á todos es muy manifiesto que eso fué en tiempo de la guerra y no
después de la paz hecha[268].»
[Nota 268: Archivo Nacional de París, _Papiers de Simancas_,
_K-1.593_, _B-81_, pág. 51. M. Mignet vió este documento: lo cita
pág. 390.]
Pero un documento de mayor importancia, que no conocieron Bermúdez de
Castro ni Mignet, explica con mayor claridad por qué el Duque de Lerma
entretenía indefinidamente la solución tan esperada. La sección secreta
del Consejo de Estado había informado al Rey en estos términos:
«Señor: En la Junta de dos se vió una carta del Condestable de Castilla
para el Duque de Lerma, de 25 de julio, y la copia de un capítulo de
carta de D. Baltasar de Zúñiga para el Condestable, y en las dos hablan
de Antonio Pérez; y la substancia es que á Antonio Pérez se le dé algún
dinero por mano del Embajador, y que salga de allí y vaya á residir á
alguna parte neutral, donde dicen que podrá ser de provecho para las
materias de Francia cuando estuvieren en estado de poder negociar en él
las cosas de substancia, como si aquel Rey faltase, porque tiene
particular noticia de las cosas de çuiços y es estrecho amigo de
venecianos y ingleses, digo, de sus Embajadores, y del Condestable de
Francia y del Duque de Suessons [así], y que en Bisanson ó en Constancia
se le podrían dar 100 ó 150 escudos al mes por vía de la Embajada de
Francia; y la conveniencia de sacarle de Francia es por quitar que
portugueses, aragoneses y otros foragidos no acudan á él, sobre lo cual
se votó como se sigue.
»El Comendador mayor, que Antonio Pérez ha sido y es el que se sabe, y
de ninguna prudencia y consejo, y que muchas veces se ha maravillado de
que, tras tantos trabajos y en su edad, no se haya retirado á un rincón
á hacer penitencia de sus pecados, y que agora que se halla desvalido y
desfavorescido y desautorizado en Francia, mueve nuevas pláticas, y por
ventura fingidas, para engañar y poder deservir mejor, como lo ha hecho
siempre y se puede creer del acto que hizo de despedirse de aquel Rey, y
en ese color quiso ir á Ingalaterra, donde no tenía que hacer; y pues no
iba por cuenta y orden de V. M., se ha de creer que iba por la del Rey
de Francia, como se verifica, pues cuando el de Ingalaterra no le dió
entrada, se volvió á París y allí fué recibido; y habiéndole dejado de
admitir en su reino el de Ingalaterra, por tener respecto á V. M., le
podría dar mucho que pensar si agora le viese amparado de V. M., cuanto
más que el quererle guardar para cosas de Francia para adelante, se dice
como si Antonio Pérez no tuviese más años que el Rey de Francia, y por
lo menos confiesan las cartas que de presente no es de ningún fruto, y
en lo de adelante es muy dudoso todo lo que dél se puede esperar, aun
cuando de su fidelidad se pudiera tener certeza, y lo que se debe tener
está bien entendido; y entretenerle en çuiços de ninguna manera
convendría, pues se ha negociado con ellos cuanto se ha deseado, y
podría ser que allí hiciese, por lo menos, oficios por todos, y
revolviese lo que está bien asentado. Y yo no hallo que en Francia pueda
ser de daño, ni en ninguna parte de provecho para el servicio de Dios ni
de V. M., y que de los daños que hiciese en otras partes no habría
disculpa, pues no hay razón para prometerse dél mejores cosas que las
pasadas. Y que cuando se hubiese de hacer algo por él, sería
entretenerle en alguna isla remota, no para que haga algo, sino para que
se salve, y aun dará cuidado que allí no haga daño.
»El Conde de Miranda, que él ha sido el que ha hecho más oficios con
V. M. por la mujer y hijos de este hombre, para que V. M., apiadándose
de la grandeza de su necesidad, les hiciese la merced que les ha hecho;
pero que por el hombre no puede interceder, siendo el que ha sido y el
que es, y que si estuviera en un calabozo, por ventura se doliera dél; y
que lo que conviene para el ejemplo público y para todo, es que, si
puede ser habido, se castigue como obligan las leyes divinas y humanas,
pues ha sido infiel á Dios y á su Rey y Señor natural; y que aun cuando
entregara á V. M. dos ó tres fuerzas, no sabe si viniera en lo que se
propone, y tanto menos estando agora actualmente ofendiendo á ambas
Majestades; y que él se ve reducido á términos que ya el de Francia ni
nadie se fía dél, y que tanto más sería de mal ejemplo y consecuencia
que V. M. se sirviese ni fiase dél; y que aunque en los Reyes no ha de
haber rencor, han de ser constantes y firmes en favor de la justicia, y
que así en lo que se ha de poner la mira es en procurar de haberle á las
manos, porque la misericordia de los Reyes no ha de ser para tan malos y
perversos hombres; y que no es menos necesario que los Ministros
entiendan que si cayeren en semejantes delitos, no ha de haber
misericordia para ellos; y que á la mujer y hijos podrá V. M. hacerles
la merced y bien que fuere servido.
»El Comendador mayor de León añadió que D. Juan de Luna, castellano de
Milán, por un disgusto se fué á París, y que, aunque no hizo ningún
otro deservicio, se exceptuó en cédula aparte en las paces del año de
59, sin que S. M., que haya gloria, se dejase vencer por ninguna
consideración.--V. M. mandará lo que sea servido. En Valladolid á 30 de
agosto de 1604.--Rúbrica[269].»
[Nota 269: Archivo Nacional de París, _Papiers de Simancas_,
_K-1.593_, _B-81_, pág. 53.]
En Inglaterra, en Francia, en España, el juicio y la opinión de Antonio
Pérez eran, como se ve, de paridad nada envidiable: si el Gobierno, en
la última de estas naciones, en la patria del desdichado, dejaba sin
respuesta las súplicas; si las personas á quienes particularmente pedía
recomendación en su favor el proscripto ocultaban la verdad y
alimentaban vagamente la esperanza, á piadoso engaño, no á cruel
animosidad, obedecían.