En los momentos difíciles se acreditan las condiciones de los hombres.
El Peregrino, con su ordinaria sangre fría, se valió de la nueva de la
agresión inglesa para explicar en Francia la razón de no figurar su
personalidad en el tratado de alianza firmado en Londres, por aquéllas
que recomiendan la ocultación del maquinista al mover en el teatro los
hilos de mutación de las escenas, sin dejar de utilizar la noticia
simultáneamente contra el mal efecto que al otro lado del Canal había
causado, como dicho queda, la desdichada expedición de Drake. Al
felicitar oportunamente á la Reina Isabel, acompañaba protesta de su
constante adhesión, expresando que aún podría serle provechoso en otras
jornadas[168].
[Nota 168: Colección Birch, junio 1596, tomo II, pág. 42.]
Así lo iba entendiendo el Conde de Essex desque en la victoria descubrió
la exactitud de los cálculos por donde se había alcanzado. Pérez era
ciertamente instrumento útil. Á fin de conservarlo le escribió, por
tanto, en 14 de septiembre de 1596, la carta más afectuosa, excusando
lo ocurrido; pidiendo _que no le condenara sin oirle_[169]; refiriendo,
en fin, los sucesos de la campaña; y como el Sr. Antonio no deseara otra
cosa, reanudada la correspondencia, mientras discurría por allá los
medios de seguir afligiendo á España, procuraba acá contener las
vacilaciones del Rey, sobre todo las que le llevaban á considerar las
ventajas de la paz.
[Nota 169: _Ne desinas, Antoni, me amare, ne festines me inauditum
condemnare. Attendi Essexi apologiam._ Birch, tomo II, pág. 143.]
De tomar esta resolución Enrique IV, inquieto como estaba con el triunfo
conseguido por los turcos contra el Emperador y dado á discurrir si era
llegado el caso de la unión de los Príncipes cristianos contra el
enemigo común, quedaba segada en flor la idea primordial de la triple
alianza contra España; anulada la sucesión de los proyectos belicosos. Á
toda costa, á costa de la prudencia, acudió Pérez contra el peligro,
avisándolo secretamente al Embajador de Inglaterra, á fin de que su
Gobierno lo desvíara[170], mientras que sin temor de colocarse en
oposición abierta con el Secretario de Estado, decía al Rey, en
presencia de aquél, que sólo un insensato sería capaz de hablarle de
transacciones humillantes[171].
[Nota 170: Nanton al Conde de Essex, 28 de noviembre 1596. Colección
Birch, tomo II.]
[Nota 171: Nanton al Conde de Essex, 28 de noviembre 1596. Colección
Birch, tomo III.]
Á todo esto se aproximaba el fin del año 1596, no habiendo pasado de
buenas palabras las ofertas de honras y beneficios; Antonio Pérez no era
todavía Caballero del Espíritu Santo, ni Obispo, ni más que pensionado
con demoras é intermitencias, sin que la táctica de lamentaciones y
amenazas de buscar nuevo amo, seguida siempre que las circunstancias la
recomendaban, diera el apetecido resultado. Se determinó, pues, á
formular por escrito una especie de _ultimatum_ que debían de apoyar
Juan de Vivonne, Marqués de Pisani, Embajador que había sido de Francia
en España por los años de 1572 á 1582, época en que cultivó la amistad
de Pérez, y el Duque de Montmorenci, Condestable de Francia, amigo de
ahora y protector decidido. El memorial[172] iba acompañado de una
especie de estipulación redactada sin miramientos por la pluma del
pretendiente. Tal debía de ser que no la admitió el Rey, observando que
era aquello proyecto de tratado más bien que súplica humilde[173]; lo
modificó naturalmente, con declaración de «que Antonio Pérez deseaba
servir á S. M. como vasallo y criado, presentándose desde luego como
tal,» haciendo las siguientes peticiones, por debajo de lo que el Rey
tenía ofrecido[174]:
[Nota 172: Apéndice, documento VI.]
[Nota 173: Nanton al Conde de Essex, 28 de diciembre 1596. Colección
Birch, tomo II, pág. 239.]
[Nota 174: Apéndice, documento VII.]
1.ª Que se le procurara el capelo de Cardenal, dado caso que hubiera
fallecido su mujer, aplicándolo á su hijo Gonzalo Pérez en el contrario,
con advertencia de no indicar á Su Santidad para quién se pretendía.
2.ª Que se le señalara renta de 12.000 escudos anuales en obispados,
abadías y beneficios eclesiásticos como fueren vacando, con autorización
de transmitirlos á sus hijos.
3.ª Que mientras no se completase dicha renta, aunque percibiera una
parte, siguiera cobrando la pensión de 4.000 escudos que le estaba
asignada, situándola en parte donde la cobrara con exactitud.
4.ª Que independientemente, mientras no se le completara la renta dicha,
se le darían cada año 2.000 escudos de ayuda de costa en avisos de
gracias que él tendría cuidado de buscar.
5.ª Que para habilitarse por de pronto en la situación de Consejero con
que le honraba S. M., se le dieran en el acto 2.000 escudos.
6.ª Que considerado el peligro que corría su vida por la persecución
del Rey de España, se pondrían á su disposición algunos suizos de la
guardia real.
7.ª Que si llegara á tratarse de paces entre Francia y España, se había
de procurar la libertad de su mujer é hijos, así como lo acostumbrado
respecto á bienes de vasallos retenidos por otro Príncipe.
8.ª Que por excusar pesadumbres tomara el Condestable de Francia á su
cargo, y en nombre de S. M., el cumplimiento de las cláusulas.
Todas, sin excepción, fueron acordadas, expresándose en el _asiento_ que
el Rey, siempre bondadoso con los afligidos, había acogido en su reino
al Sr. Antonio Pérez, atendiendo á las virtudes que le distinguían y á
los servicios que de él esperaba, y ahora recibía su fe y le acordaba
protección contra los que le perseguían.
Lo firmó en Ruan (_Rouen_) el 13 de enero de 1597 el Secretario de
Estado, de Neufville (Villeroy) por orden del Rey, confirmando la
ejecución el Condestable en 18 del mismo mes y año[175].
[Nota 175: Apéndice, documento VII. M. Mignet lo ha puesto por nota
en las páginas 355 y 356.]
Habiendo jurado el cargo de Consejero, era asunto delicado comunicar al
Conde de Essex lo que pasaba en el Consejo: al efecto, convinieron los
interesados en que las cartas serían encomendadas á un criado de
confianza que personalmente las llevaría á Inglaterra, quemándolas
inmediatamente el Conde[176]. Por este medio propuso Antonio Pérez un
proyecto nuevo de gran importancia. Contaba con cuatro plazas y dos
puertos en el reino de Nápoles: con el beneplácito de la Reina y la
dirección del Conde de Essex, se comprometía á tomar la empresa á su
cuenta y riesgo, en la inteligencia de que la corona de Inglaterra no
aceptaria responsabilidad de ninguna clase hasta adquirir la certeza de
que él (Pérez) estaba en aptitud de hacer por sí solo la guerra al Rey
de España por uno ó dos años[177]. Demostrado esto, ofrecía dar á la
Reina Isabel la posesión y soberanía de dicho reino de Nápoles, poniendo
en sus manos las plazas y puertos de referencia; de modo que, enviando
allá una escuadra, entretenía la guerra lejos de su reino, y, por medio
de inteligencias con el turco, se molestaba al más temible enemigo. En
compensación no pedía más que la Reina ó el Conde adquirieran en Venecia
una casa de valor de 20 ó 30.000 ducados donde Antonio Pérez pudiera
dejar en completa seguridad á su mujer é hijos si perdía la vida en la
demanda; y como quedarían en rehenes sus dos hijos mayores y el título
de propiedad había de extenderse en nombre de la Reina para el caso
contrario, nada perdería de ningún modo[178].
[Nota 176: Colección Birch, tomo II, pág. 244.]
[Nota 177: Able to wage war against de king of Spain himself for a
year or two. Colección Birch, tomo II, pág. 239.]
Á este proyecto presentó objeciones Nanton, haciendo ver las
dificultades de enviar una escuadra hasta el fondo del Mediterráneo, así
como la resistencia que los napolitanos opondrían á la religión
reformada, y molestado con la contradicción respondió el Sr. Antonio que
si la Reina no quería hacer el ensayo, _ella se lo perdía_[179].
Á Enrique IV propuso al mismo tiempo negociarle en Génova un empréstito
de 2.000.000 con tal que destinara de la suma 40.000 libras mensuales á
una invasión por el reino de Aragón[180]. En carta al Conde de Essex
decía que, animado el Rey con el buen resultado de la jornada de Cádiz,
era probable que se atreviera á tentar algo por ese lado y por el de
Milán. Entre tanto Inglaterra debería enviar un agente á Marruecos,
enmendando la falta de no haberlo hecho cuando la expedición de Cádiz,
porque desde allí hubieran ayudado[181]. Perdonaba y _miraba por encima
del hombro_ á los émulos que tanto le habían contrariado en Inglaterra,
esperando taparles la boca con el cumplimiento de sus vaticinios y con
el triunfo que también en Francia había conseguido sobre Villeroy, Saucy
y los compañeros que querían á toda costa impedir su entrada en el
Consejo real[182].
[Nota 178: Able to wage war against de king of Spain himself for a
year or two. Colección Birch, tomo II, pág. 239.]
[Nota 179: Idem id.]
[Nota 180: Idem id.]
[Nota 181: Able to wage war against de king of Spain himself for a
year or two. Colección Birch, tomo II, pág. 244.]
[Nota 182: Idem id.]
Mal podía sospechar Antonio Pérez que, al escribir las impresiones del
orgullo satisfecho, un Capitán español iba á cambiarlas súbito,
apoderándose de la plaza de Amiens y del parque de artillería de
Francia, con un saco de nueces. Ocurrió el suceso el 11 de marzo de
1597, trastornando por completo los planes de Enrique IV: hubo de
reclamar de Inglaterra el auxilio convenido en el tratado de alianza,
sin que se lo dieran; cambiáronse las reclamaciones del caso,
agriándolas las embajadas especiales, de forma que decidió aceptar los
buenos oficios del Legado del Papa y negociar la paz con España tan
luego como recuperó la plaza.
Vanos fueron los supremos esfuerzos de Pérez para impedirlo: por más que
participara al Embajador de Inglaterra cuanto en la corte se pensaba, y
en su ayuda vinieran á París Sir Robert Cecil y Justino de Nassau, como
fracasara por entonces el Conde de Essex en la segunda jornada contra
los galeones de la plata y no compensara el daño que pudo hacer en las
Azores durante el verano de 1597[183], los gastos y averías del
armamento, el disgusto de la Reina Isabel y de sus consejeros, que daba
mayor tirantez á las relaciones, vino á hacer irrevocable la resolución
de Enrique IV; y lo que el intrigante consejero consiguió tan sólo,
resistiéndola indiscretamente, fué que, descubiertos los manejos, le
fuera cerrada la Cámara del Rey[184].
[Nota 183: _Relacam do succedido na ilha de San Miguel sendo
gobernador nella Gonzalo Vaz Covtinho, com armada real de Inglaterra,
general Roberto de Bovers, Conde de Essexia, anno de 1597_: Lisboa,
1597.]
[Nota 184: Colección Birch, tomo II, pág. 286.]
Cambiando entonces de sistema, procuró como siempre sacar partido de las
circunstancias. Rechazó como novela inventada por sus enemigos la
acusación de confidencias á Inglaterra, enviando á Gil de Mesa á casa
del Condestable con una memoria en que decía, entre otras cosas propias
de su sin igual desenfado[185]:
[Nota 185: Apéndice, documento XII.]
«Viniendo al punto presente de la calumnia que escribo á Inglaterra,
digo y suplico al señor Condestable que me haga la merced de pedir á
S. M. que mande averiguar esto, y siendo falso, como lo es, hacer la
demostración que es justa en mi satisfacción, y darme licencia que me
retire de sus reinos y de cortes de Príncipes, y de sus peligros y
juicios, antes que me acaben la salud y vida, ofresciendo, como ofresco
á S. M. que, bien ó mal tratado, mientras viviere y donde quiera que
viviere, le mantendré la fe y amor á su nombre y corona, de muy fiel
siervo.»
La salud dió por perdida desde el momento, á causa del disgusto; hízose
el malo[186], ocupando á los amigos en la distribución de lamentaciones
y cartas, y porque no se perdiera la ocasión empeñó á los más allegados
y á los más influyentes á fin de utilizar lo mismo que con tanto empeño
había querido deshacer. Antes de que se abrieran las negociaciones en
Vervins, había ya escrito repetidamente al Rey[187] se acordara de lo
que le tenía ofrecido en el asiento, y pusiera, por tanto, en el tratado
de paz un capítulo especial exigiendo la libertad de su mujer é hijos y
la devolución de bienes; á la Princesa Catalina rogaba influyera con
tesón en este resultado, y á Gabriela d'Estrées, Duquesa de Beaufort,
íntima de Enrique IV, encomendaba el asunto expresado, «que en las
grandes ocasiones se acude á los grandes santos[188].»
[Nota 186: Mignet, pág. 362, con cita de _An historical view_, pág.
19.]
[Nota 187: Colección Ochoa, parte I, cartas LXIV, LXV.]
[Nota 188: Colección Ochoa, parte I, carta LXIX.]
«Suplico á V. M., decía al primero, se acuerde de lo que por su grandeza
y benignidad me tiene ofrecido tocante á la redención de mi mujer é
hijos y á la restitución de mis bienes... Ya es llegada la hora y
coyuntura de mostrar V. M. su natural de piedad en el caso más piadoso
destos siglos, en el cumplimiento de su palabra real... Habrá V. M.
hecho una obra en gracia del cielo, en gloria suya con las gentes, en
mérito para con Dios... Porque el Rey de España pensaría que aquellos
artículos y promesas habían sido ceremonia, y lo recibiría como por
seguro y permisión de la ejecución de mi perdición.» Avisábale que
Felipe II había de poner por condición en el tratado el indulto del
Duque de Aumale, refugiado en Bruselas, y que nada más natural que
estipular en cambio el suyo.
¿Escuchó el Rey las súplicas? Si pudiera en algo darse crédito al mismo
Pérez, Enrique tomó con grandísimo empeño su causa: los
plenipotenciarios de Francia presentaron en Vervins la propuesta,
respondiendo los de España, Richardot y Tassis, que Antonio Pérez no era
emigrado político como el Duque de Aumale, sino fugitivo sentenciado
por la Inquisición[189].
[Nota 189: Colección Ochoa. Cartas á un señor amigo, parte II, carta
CXLVIII.]
Posible es que el Rey le dijera esto; mas por entonces no estaba
satisfecho del Consejero de modo que fuera á entorpecer por él las
negociaciones. M. Mignet, que examinó exprofeso las instrucciones y
despachos de los plenipotenciarios franceses Bellièvre y Sillery; no
sólo no encontró comprobación del interés que se les hubiera
encomendado, sino que, por el contrario, dió con la orden precisa de
rechazar en el tratado cuanto pudiera tener relación con el Duque de
Aumale. El nombre de éste figura en los protocolos por esta razón; el de
Antonio Pérez no se menciona siquiera, y el hecho es que en la paz de
Vervins, firmada el 2 de mayo de 1598, no se comprendió á ninguno de los
dos[190].
[Nota 190: Cita en comprobación las _Mémoires de Bellièvre et de
Sillery_: La Haye, 1696.]
Dos incidentes derivados del descubrimiento de las inteligencias de
Antonio merecen especial atención. El primero el de la propuesta de un
convenio nuevo que envió al Conde de Essex al darle cuenta de los
disgustos que había sufrido; consistía: 1.º, en la completa seguridad de
la persona que en lo sucesivo se encargara de llevar las cartas; 2.º,
que reuniendo el Conde todas las que tenía en su poder y las que poseía
Bacon, las quemaría, _sin lástima de las bellezas literarias_,
avisándole de su propia mano estar cumplida la destrucción; 3.º, que
había de asegurarle haría lo mismo con todas las cartas sucesivas, sin
mostrarlas á nadie más que á la Reina; 4.º, que si por resultado de la
correspondencia, contra lo que podía suponerse, llegaba á perder la
situación que tenía en Francia, volvería á tomarle el Conde bajo su
protección en Inglaterra. En postdata hacía saber hallarse necesitado de
alguna ayuda de costa[191].
[Nota 191: Colección Birch, tomo II, pág. 314.]
El segundo curioso incidente consiste en el escrúpulo de conciencia que
llegó á sentir por la prosecución de estas inteligencias, que
consideraba «las de su verdadera vocación.» Un confesor italiano
desvaneció aquél, diciéndole que, por los deseos de venganza que
abrigaba contra su antiguo señor, pecaba mortalmente; pero que tratando,
como Consejero del Rey de Francia y como católico, del bien general de
Europa, considerados los fines que se proponía, su inteligencia con
Estados heréticos no sólo era excusable, sino altamente meritoria[192].
[Nota 192: Nanton al Conde de Essex. Colección Birch, tomo II, pág.
314.]