Las cartas de Godfrey Aleyn á Bacon empezaron desde el momento de la
partida de Inglaterra á narrar los sucesos. La primera, con fecha 2 de
agosto de 1595, avisaba la llegada á Dieppe, cuyo gobernador recibió á
Pérez con grandes atenciones.
Bermúdez de Castro confundió al funcionario con el Duque de Chartres:
era el Comendador de Chaste, vencido en la isla Tercera por D. Alvaro de
Bazán, que por entonces andaba en proyectos de expedición corsaria, por
su cuenta, á las Indias[116]; así podían serle de mucha utilidad la
presencia y las noticias del viajero; mas éste se aburría en una ciudad
en que apenas pudo saber algo de Flandes que comunicar á su buen amigo
al otro lado del Canal, y queriendo trasladarse á Ruan (_Rouen_), le
acompañó por el camino el referido gobernador, llevando escolta de 50
caballos[117].
[Nota 116: V. _La Conquista de las Azores por D. Álvaro de Bazán_.]
[Nota 117: Birch, tomo I, pág. 283.]
Halló en el Duque de Montpensier, que regía la plaza, acogida no menos
grata que en Dieppe; el Príncipe le salió al encuentro con 100 caballos;
le sentó á su mesa, procurando hacerle agradable la estancia, como el
Rey se lo mandaba, y confirmando las palabras tuvo Pérez carta datada en
Lyon á 26 de agosto en que el mismo Rey le daba bienvenida.
«Como pienso ponerme en camino, decía, no quiero tengáis la molestia de
pasar adelante, sino que me esperéis en _Rouen_. Hoy mismo escribo á mi
primo el Duque de Montpensier que os dispense las consideraciones
merecidas por vuestras virtudes, que yo siempre os he de dispensar. Sin
embargo, si preferís ir á París, lo dejo á vuestra decisión: allí
encontraréis en tal caso á mi primo el Príncipe de Conti, al Sr. de
Schomberg y á los de mi Consejo, que tienen prevención de recibiros y
acojeros como lo haría yo mismo.» Consolábale á seguida del accidente
mortal ocurrido al pobre D. Martín de Lanuza, recomendando se conformara
con la voluntad de Dios, en la seguridad de que la suya no había de
faltarle nunca[118].
[Nota 118: La carta en el Museo Británico. Mignet, pág. 334.]
Satisfecho podía estar el Peregrino si no nublara un tanto los auspicios
favorables la diligencia del Sr. Gil de Mesa en comunicarle nuevas de
otro género. Habíale mostrado el Ministro Villeroy avisos de Flandes de
andar por París el señor de la Pinilla de Aragón, de quien se decía
haber tomado 6.000 ducados de oro á cuenta de la vida del fugitivo,
yendo en su compañía un fraile y un criado. Por otra parte, le
anunciaban, con referencia al gobernador del Havre, que cuando él
(Pérez) marchó á Inglaterra, un inglés llamado Burle propuso al dicho
gobernador ganarse 100.000 ducados si entregaba vivo al pasajero, ó
50.000 si quería darlo muerto; proposición que rechazó indignado.
Estas confidencias, nada á propósito para tranquilizar el ánimo en quien
no le tenía muy grande, templaron el deseo de encaminarse á París,
mientras no lo hiciera un cuerpo de tropa mandado por M. D'Incarville.
El mismo Duque de Montpensier le aconsejó esperar esta ocasión, y aun
agregó á la tropa varios oficiales del Rey que le dieran particular
escolta.
Llegado á la capital el 10 de septiembre, le visitaron los señores del
Consejo de Estado, confirmando las órdenes que del Rey tenían recibidas
para velar, sobre todo, por la seguridad. Preguntaron si conocía al
señor de la Pinilla; y como la respuesta fuera afirmativa, le
propusieron alojamiento en la Bastilla, por ser lugar fuerte en que
había perennemente guardia de soldados; pero si no le agradaba la
mansión, estaban dispuestos á poner en la casa que eligiera cuatro
guardias del Rey, que le custodiaran día y noche. Pérez optó por lo
último: la visita de la Bastilla hecha el mismo día no le había
satisfecho, y descansó en una posada elegida por M. D'Incarville. De
ella escribió al Conde de Essex los pormenores que van referidos; agregó
las noticias políticas que había recogido desde la separación, y
contestando las recibidas de Londres manifestó su aprobación, así
relativamente á los aprestos que se iban haciendo de la expedición
contra Cádiz, como á los más atrasados de la jornada de Drake á las
Indias. Sobre ésta en particular se extendía, tratando del partido que
podía obtenerse de los indígenas; materia dispuesta á la rebelión,
tanto por condición propia como por los agravios recibidos de los
españoles[119].
Ocho días después le instalaron los del Consejo en una casa muy hermosa
que había pertenecido al Duque de Mercoeur, sin que tuviera que ocuparse
de nada; los guardias ofrecidos y el cocinero ocupaban sus respectivos
puestos. Hecho por su parte acatamiento á Madama Catalina, la hermana
del Rey, le llevó la Princesa en su carroza á ver la comedia, honra
(escribía á Essex) que había sorprendido á mucha gente y á él le daba
alegría y satisfacción[120].
Los términos de la carta suplirían por sí solos la última confesión,
según pintan las impresiones de la vanidad satisfecha; sólo que duraron
poco. La epístola inmediata trataba del complot descubierto contra su
vida; de la prisión del señor de la Pinilla; de la inquietud que sentía:
quisiera volver á Inglaterra, y no le vendrían mal algunos fondos[121].
[Nota 119: Birch, tomo I, páginas 295, 297.]
[Nota 120: Idem id.]
[Nota 121: Idem id.]
El incidente de la prisión, que parecía justificar los temores y las
precauciones, requiere consideración un tanto detenida, empezando por la
narración de Bermúdez de Castro, que vale tanto como decir la que hizo
la pluma de Antonio Pérez.
D. Rodrigo de Mur, señor de la Pinilla, acompañado de un criado y de un
fraile vizcaíno, de nombre Mateo de Aguirre, aparecieron en París,
despachados por D. Juan de Idiáquez con expreso fin de matar al
ex-Secretario de D. Felipe. Tres veces en una noche intentó D. Rodrigo
penetrar en la casa del refugiado, pretextando necesidad de hablarle:
otras tantas le negaron acceso los suizos de guardia, y recelosos de la
insistencia le detuvieron en la última. Halláronle dos pistoletes
cargados cada uno con un par de balas encajadas en cera, por seguridad
de la puntería, y fuera de la ciudad le esperaba el criado con los
caballos. Ante el tribunal confesó _su traición_, por lo que fué
ajusticiado en la plaza de la Greve[122].
[Nota 122: Bermúdez de Castro, pág. 264.]
La exposición de M. Mignet se parece mucho, como procedente del mismo
origen.
El Secretario Villeroy, lo propio que el Mariscal de la Force, tenían
avisos de España[123] anunciando que el Barón de la Pinilla, el mismo
que había tratado de prender á Pérez en Sallent, se había puesto en
camino en compañía de otros dos hombres, uno de ellos fraile disfrazado
de láico. Pinilla había recibido previamente 600 ducados de oro[124];
hizo en París los preparativos para escapar después del golpe; pero fué
detenido con uno de los cómplices, logrando el fraile ponerse en salvo.
En casa de Pinilla se encontraron dos pistoletes cargados con dos balas
cada uno: todo lo confesó en el tormento, de modo que, meses después,
fué ejecutado en la plaza de la Greve[125].
[Nota 123: Antes habían dicho que de Flandes.]
[Nota 124: Antes 6.000.]
[Nota 125: Mignet, pág. 335.]
El escritor francés apoya la aseveración en el libro de las
_Relaciones_[126], en las cartas enviadas por el interesado al Conde de
Essex[127] y en la siguiente noticia de un diario de París:
[Nota 126: _Relaciones_, páginas 179, 180.]
[Nota 127: Birch, tomo I, páginas 282, 299, 402.]
«El viernes 19 fué ajusticiado un español en la plaza de Greve de París,
_convicto_ de haber querido matar á D. Peres, Secretario del Rey de
España, que sigue á la corte, siendo bien venido al lado de S. M., por
haberle descubierto muchos manejos del Rey de España contra su persona y
su Estado[128].»
[Nota 128: L'Etoile, _Journal de Henri IV_. Collect. Petitot, tomo
XLVII, pág. 151.]
Las pruebas no son de aquéllas que desvanecen dudas, no ya en asunto tan
grave para el desdichado D. Rodrigo de Mur, para la opinión del
Secretario de Estado D. Juan de Idiáquez, y por ende de su amo, sino
para cualquiera que interesara á la historia. Comparadas estas pruebas
entre sí, ponen en claro que el señor de la Pinilla fué á la casa de
Pérez, guardada por suizos; pidió á los mismos guardas entrada, é iba
desarmado, pues los pistoletes en la posada se encontraron, no en la
persona. Perspicaz sería el juez que con tales indicios descubrió
intento de asesinato y prevenciones de huída.
Hay más: la colección de documentos de Birch, citada por M. Mignet,
contiene algunos que valen la pena de registro. Uno dice que en el
momento de llegar Pérez de Inglaterra á Dieppe, recibió cartas que le
dirigía desde París el señor de la Pinilla[129]. El contenido de las
cartas no se expresa, y, sin embargo, tan vaga especie basta á la
persuasión de que D. Rodrigo no vino de España á París á objeto expreso
de encontrar á Antonio Pérez, pues que le precedió; al paso que
demuestra no tener propósito de recatarse, antes de anticipar el deseo,
acaso también la razón, de una entrevista.
[Nota 129: Birch. Primera carta de Godfrey Aleyn á Bacon, fecha 2 de
agosto 1595]
Otro papel, escrito por el Secretario de Antonio Pérez[130], refiriendo
la ejecución de Pinilla, consigna que hasta el momento del suplicio no
confesó otra cosa sino que había venido á tratar con su amo; lo mismo
que viene á declarar L'Etoile en el _Journal de Henri IV_, esto es, que
murió _convicto_.
[Nota 130: Carta de Edward Yates á Bacon, fecha á 6 de febrero de
1596.]
De qué iba á tratar; cuál era la comisión que de D. Juan Idiáquez se le
suponía; por qué con tanta insistencia pretendía una entrevista, podrá
entenderse por cartas cifradas que al mismo Secretario Idiáquez envió el
Encargado de Negocios de España, D. Diego de Ibarra, al tener noticia
inexacta de la llegada del proscripto. Decía:
«Antonio Pérez volvió de Inglaterra: no he olido lo que ha traído; pero
él se topó cerca de este lugar con el Duque de Guisa y le habló en sus
desventuras. Vea V. S. si con este hombre es menester hacer algo ó con
D. Martín de Lanuza, que también anda con el Príncipe de Bearne, y ha
llegado á las puertas de París, y dice desea reducirse. No se me ha
respondido á lo que avisé de D. Manuel de Portugal, que me había escrito
D. Martín de Guzpide, ni al particular deste pobre hombre, que muere de
hambre, y así en ninguna de las dos cosas he hecho nada. El D. Manuel
está con el de Bearne, y ha dicho á personas que me lo han dicho que
desea echarse á los pies de S. M., y está aguardando respuesta de lo que
de Roan se escribió. Aviso de todo á V. S. por si S. M. quisiere mandar
algo, lo pueda hacer á tiempo.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
»Lo que me dijo el Duque de Guisa que le había pasado con Antonio Pérez,
no fué así: hase sabido después que está todavía en Inglaterra, y que
debió de ser alguno que se valió de su nombre[131].»
[Nota 131: Carta cifrada, fecha en París á 14 de agosto de 1593:
París, Arch. nat., _Papiers de Simancas_, _K-1.589_, _B-78_, piezas
52 y 62.]
Con estos hechos, mientras las pruebas del proceso no aparezcan, hay,
pues, motivo para relegar el supuesto intento de D. Rodrigo de Mur, en
unión con el de los irlandeses de Londres y algunos más, á la categoría
de cuentos intencionados, con la presunción de que los ejemplares de
verdaderos atentados de la época servirían á la credulidad sin otro
examen.
Reanudando la ilación de los sucesos, como la guerra con España no
empezaba cual por allá desearan, llamó el Rey á Pérez á la ciudad de
Chauny, cerca de la Fere, cuyo cerco iba á poner, para consultarle el
plan de campaña por la parte de Flandes. La marcha de los sucesos le
tenía alarmado. Hízole entender el Peregrino que sin la cooperación
activa de Inglaterra, sin un acuerdo que aunara los esfuerzos contra el
enemigo común, difícilmente llegaría á contrarrestar el impulso dado
por el Conde de Fuentes metiéndose en Picardía y ganando una tras otra
las plazas de la Chapelle, Catelet y Dourlens. ¿Mas era acaso fácil
convencer á la Reina Isabel, alcanzar socorros de ella, cuando acababa
de retirar los que envió contra los españoles de Bretaña al verlos en
Brest, esto es, á las puertas de su casa?
Bien conocía Antonio Pérez la exactitud de la objeción, sintiendo en el
despecho _no estar debajo de tierra_ antes que ver á _la insolente
fortuna de Felipe_ sobreponiéndole á todos los enemigos, sin que sus
consejos fueran escuchados ni su residencia allí produjera fruto[132].
Debía de insistir, sin embargo, é insistía en inclinar al Rey de Francia
á dar nuevos pasos que movieran la voluntad de la inglesa, de _Juno_,
según la nombraba en la conversación confidencial, dando ejercicio á su
prurito de aplicar sobrenombres, mientras por el lado del favorito de la
Reina tiraba de los hilos de la intriga con que se tramara la misma
tela.
[Nota 132: Carta de Pérez al Conde de Essex. Birch, tomo I.]
Enrique IV no podía desconocer la excelencia del pensamiento ni la
necesidad de acudir á realizarlo, empezando con el halago del consejero
y agente; no escaseó, en consecuencia, las honras en la palabra,
ofreciendo la dispensación de otras más efectivas, el collar de la
Orden del Espíritu Santo, por ejemplo.
Godfrey Aleyn, que oyó referir á su amo en la mesa las distinciones de
que había sido objeto, presumía que el Sr. Antonio las rehusaría sin más
excepción que la de la Orden, y esto si podía proporcionarse las prendas
que necesariamente deben de vestirse en la ceremonia. Hubiera rogado al
Conde de Essex que le ayudara al efecto, si no estuviera cohibido por la
consideración de los muchos favores recibidos. La celebración del
Capítulo era el día primero del año próximo; la nota de las prendas y de
su valor, pedida por curiosidad al sastre de S. M., adjunta[133].
[Nota 133: Carta de Godfrey Aleyn á Bacon, de Chauny, noviembre.
Colección Birch, tomo I.]
Sirviendo Pérez á dos señores, natural era que se creyera con derecho á
seguir disfrutando de las liberalidades del uno tanto como de las del
otro. El más cercano le tenía á su lado en público; salió con él por el
camino al marchar hacia la Fere, y dejándole en Chauny encomendó mucho á
Villeroy cuidase de su persona, acompañándole cuando hubiera de ir á San
Quintín, «porque no podía pasarse sin su compañía.» Todo esto era
altamente honorífico sin duda; mas no lo que esperaba el Sr. Antonio,
dándolo á entender, en ausencia del Soberano, con expresión repetida de
no ser para su genio el carácter de los franceses, entre los que no
creía podría vivir mucho tiempo, y menos en los mezquinos alojamientos
que le señalaban[134].
No lo dijo en balde: á los pocos días le instalaban en una de las
mejores casas de la ciudad; llegaba á sus manos oferta nueva del Rey de
conferirle las insignias de la orden consabida, con una plaza en el
Consejo privado y las rentas de la primera Abadía que vacara, en espera
de lo cual disfrutaría desde luego pensión de 4.000 escudos
anuales[135].
[Nota 134: Carta de Godfrey á Bacon, de Chauny, noviembre. Colección
Birch, tomo I.]
[Nota 135: Idem, id.]
Por complemento escribió el Rey al Conde de Essex[136], agradeciendo
infinito lo que había hecho por Pérez, consejero digno de toda clase de
miramientos, que le era muy querido y agradable. Sentía no poderle dar
todo lo que deseara y él se merecía; aseguraba, sí, que participaría de
la miseria de Francia con la buena voluntad del que la regía.
[Nota 136: Del Real á 4 de diciembre 1595. Colección Birch.]
El interesado, en vista de la gracia y pensión señalada por el Monarca,
_sin pedirla él_, hizo saber á Villeroy «que era perro y peregrino; pero
perro peregrino en la fidelidad[137].» Casi al mismo tiempo informaba á
su amigo el Conde de Essex de haberse interceptado cartas de España por
las cuales se venía en conocimiento de los proyectos del Conde de
Fuentes en Flandes, así como de las miras de _Nabucodonosor_, que á toda
prisa reunía ejército y armada. Desconfiando de los recursos de Enrique
IV para resistir, y aun de que en Inglaterra dieran á sus enemigos la
atención debida, le instigaba á despertar el espíritu público, temeroso
de que les ocurriera lo que á las vírgenes de la parábola del Evangelio,
que se acordaron tarde del aceite. El que espera siempre es vencido; de
los audaces que atacan es el lauro. Si no querían oirle, determinado
estaba á despedirse de Francia y de Inglaterra á la vez, al paso que
nada igualaría á su satisfacción estando al lado de amigos buenos que
con prudencia y energía siguieran sus advertencias[138].
[Nota 137: Colección Ochoa, parte I, carta LIV.]
[Nota 138: Antonio Pérez al Conde de Essex, fecha á 14 noviembre
1595. Birch, tomo I, pág. 318.]
Repetíalas sin cesar, manifestando las cartas sucesivas por qué
procedimientos iba convenciendo al Rey de la necesidad de entenderse
directamente con el Conde de Essex, tan interesado en sus progresos;
utilizando avisos reservados de Flandes, de Venecia, de Milán, de la
corte de Madrid y de la misma de Francia; teniendo que reservar á veces
algunos de estos últimos, pareciéndole que no le agradaría á Enrique
saber que le eran conocidos. Recibíale el Monarca á todas horas, á
solas, aun estando en la cama, no sin inconvenientes; que empezaban á
manifestarse los celos de los palaciegos, y singularmente la envidia de
Villeroy, por más que procurara adormecerla con lisonjas[139]. Como
defensa, había manifestado al Rey que mal podría subsistir allí si á las
persecuciones y peligros de la triste fortuna se agregaba la
malquerencia de sus Ministros[140]: preciso sería, á falta de mayor
favor y amparo, que buscara otro retiro; idea que afligió mucho á
Enrique[141].
Lo que más costaba al consejero era contrarrestar el efecto de
insinuaciones que partían de elevadas personas, del Secretario de Estado
Villeroy entre ellas, en favor de la paz con España, recordada á cada
nueva victoria de las del Conde de Fuentes. Urgía influir en opuesto
sentido con el despacho de la expedición contra Cádiz, mucho más
habiendo llegado á París un agente de _Roberto el Diablo_ (Sir Robert
Cecil)[142].
[Nota 139: V. en la Colección Ochoa las cartas al Sr. de Villaroel,
XIX, XLVII, XLVIII, LI, LII, LIV, LXVI, LXVIII.]
[Nota 140: Colección Ochoa, Cartas al Rey, VIII, LX.]
[Nota 141: Antonio Pérez al Conde de Essex, diciembre de 1595.
Colección Birch.]
[Nota 142: Idem id.]
Un incidente imprevisto estuvo á punto de poner á Pérez en apuro. Bacon
abrió inadvertidamente una carta que Godfrey Aleyn (el criado suyo que
dió por amanuense ó secretario al amigo español) enviaba á su padre, y
despertando su atención que estuviera escrita en cifra, interpretó lo
que sigue:
Godfrey manifestaba propósito de no continuar mucho tiempo al lado de su
amo, vistas la inconstancia y rareza del carácter. No pudiendo sufrir
sus originalidades, á pesar de hacer cuanto estaba en su mano para
complacerle, aprovecharía una buena oportunidad tan luego como penetrara
ciertas cosas que empezaba á conocer y que podrían serle de mucho
provecho. Los trabajos de Pérez se encaminaban por todos lados á
conseguir Liga estrecha y fuerte entre Francia é Inglaterra contra el
Rey de España, convenciendo á las dos partes de que por tal medio lo
hundirían. Procuraba al mismo tiempo, por medio de la Reina, la soltura
de su mujer é hijos, detenidos en Madrid; pero tenía emulación con
M. Edmondes, agente especial del Conde de Essex, estorbándose uno al
otro: el Rey empezaba á cansarse de las singularidades de Pérez, y los
más de los hombres con que esperaba contar le enseñaban ya los dientes.
Se vino á descubrir por esta misiva que habiendo aprendido Godfrey al
lado del señor Antonio lo que valía un secreto, tomaba copia de las
cartas más importantes que se enviaban al Conde de Essex, y hacía que
fueran á manos del Rey de Escocia por conducto de su Embajador en París.
Essex, muy alarmado, previno incontinenti al corresponsal, dándole
tiempo de poner remedio, que fué el de su táctica probada. Anunció al
Rey otra tenebrosa traza de los Faraones de Egipto, enderezada á
perderle con la invención de cartas que pusieran en duda su lealtad, su
amor, su adhesión, etc. Después, manifestando á Godfrey que era preciso
enviar al Conde una clave nueva de escritura, comisión delicada que no
quería fiar á otra persona, le despachó para Inglaterra, donde en el
acto de poner el pie le echaron mano, encerrándole en la prisión de
Clink[143]. Le sustituyó Edward Yates, hombre de toda confianza, pagado
como el otro por el Conde, y exclusivamente destinado á transmitir los
despachos secretos que importaran á éste ó á la Reina[144].
[Nota 143: Colección Birch.]
[Nota 144: Idem.]
Hay que dejar aquí en suspenso los manejos secretos, hasta referir
someramente los efectos que producían en la política.
La Reina de Inglaterra, siguiendo los consejos de los Cecil, padre é
hijo, contrarios siempre á los del Conde de Essex, había negado á
Enrique IV la cooperación activa en la guerra, y este Rey insinuó por
medio de Embajador especial que, no contando más que con los recursos
propios, se vería en la precisión de aceptar paz honrosa con España.
Isabel, inquieta con las ventajas que en Francia iba consiguiendo el
Conde de Fuentes, recibió la declaración con doble sentimiento, y
comisionó inmediatamente á Sir Henri Unton para que con carácter de
Embajador sondeara en París la verdadera disposición del Rey, haciéndole
conocer la necesidad en que se veía el Gobierno de Inglaterra de proveer
á la propia seguridad, amenazada en aquella isla y en Irlanda. Si
Enrique IV se inclinaba en realidad á entenderse con Felipe II, el
Embajador debía procurar impedirlo con ofrecimiento de alianza y auxilio
efectivo: si en la indicación no había más que amenaza, ninguna
modificación se haría en la marcha de las relaciones; pero á estas
instrucciones oficiales opuso las suyas particulares el Conde de Essex,
seguro de verlas cumplidas, por lo mucho que Sir Unton le debía; y
contrariamente á lo que el Secretario de Estado le mandaba, había de
sostener al Soberano de Francia en la afirmación de no continuar la
guerra sin ayuda, aunque en público y como Embajador diera á entender
lo contrario.
Al mismo tiempo había de escribir Pérez cartas que se mostrarían á la
Reina, para que la coincidencia de sus informes y los del Embajador
influyera en el ánimo de Isabel. Las instrucciones del Conde decían:
«Antonio me escribirá, en carta que pueda enseñarse, que la llegada de
Sir Unton ha empeorado los negocios, y me preguntará por qué, conociendo
el carácter del Rey de Francia y los asuntos del reino, no me he opuesto
al envío del Embajador. Añadirá temores de que se haya dejado avanzar al
Rey hasta un punto de que no pueda ya retroceder[145].»
[Nota 145: Colección Birch, tomo I, pág. 354.]
Sir Henri Unton desempeñó perfectamente su papel; el Rey conferenció con
Pérez, cuyas cartas completaron en Inglaterra el efecto de los despachos
del Embajador[146].
[Nota 146: M. Mignet explana con bastante extensión estas intrigas,
páginas 337 á 348.]
Empezaba en esto el año de 1596 con descontento del Peregrino, que vino
á mudar en pena, la falsa nueva de la muerte de Doña Juana Coello, su
mujer. Un caballero de la Cámara de D. Felipe escribió á Génova _dícese_
que se propagó de seguida por cosa cierta...[147]. Antonio Pérez mostró
gran sentimiento, escribiendo expresamente para el Conde de Essex
necrología latina[148], y otra castellana más extensa destinada al
público[149], por muestra de la inmensidad del infortunio. Gil de Mesa
fué en su nombre á noticiar á la Princesa Catalina de Borbón, al Rey, á
Villeroy la resolución de abandonar el mundo, entrando en religión;
propósito que parecía muy bien al Secretario de Estado. Probablemente
por vez primera se ofrecía con sinceridad á secundarle con su influencia
para entrar en situación en que _podría hacer su fortuna y la de sus
amigos_. No menos expresiva Madama de Borbón, prometió solicitar de su
hermano una mitra ó un capelo que le proporcionaran dignidad en el
estado religioso; por último, el Rey, después de enviar con pésame á
M. D'Incarville, le hacía saber que iban á extenderse las cédulas de
nombramiento de Consejero real, asignándole la sexta plaza; otra de
inclusión en la lista de los que habían de recibir la Orden del Espíritu
Santo, más la de Gentilhombre de Cámara en favor de Gil de Mesa[150].
[Nota 147: Colección Ochoa, parte II, carta CXVI.]
[Nota 148: Colección Birch, tomo I, pág. 366.]
[Nota 149: Colección Ochoa, parte II, carta CXVII.]
[Nota 150: Colección Birch. Cartas de Jacomo Bassadonua al Conde de
Essex, enero de 1596.]
Como reflejo de la situación del ánimo, recrecido el odio con la
progresión de la desgracia, hacía para Essex estudio de los sucesos
políticos cuya fuerza obligaba al Rey á inclinarse cada vez más á la
paz. Instigábale más que nunca á que hiciera entender secretamente á
Isabel el peligro gravísimo que amagaba. El Papa trabajaba con
vehemencia; el Duque de Saboya no era obstáculo; la llegada á España de
la flota de galeones consentía el refuerzo de ejército y armada. ¡Qué
letargo el de Francia; qué negligencia en Inglaterra; qué dolor no haber
interceptado los tesoros de las Indias, siguiendo el plan que él mismo
entregó á la Reina! Sucumbiría en la empresa con la seguridad de no
haberse equivocado; y como los oprimidos infunden compasión y los
engañados risa, quería más ser objeto de piedad que de ridículo[151].
[Nota 151: Antonio Pérez al Conde de Essex 18 de enero 1596.
Colección Birch, tomo I, pág. 372.]
Trabajo le costaba discurrir sobre la ceguera del Gobierno inglés,
desacertado en todo; el Embajador Sir Henri Unton, cortés en invitarle á
su mesa, se reservaba de él y no se daba maña para influir con Enrique.
¡Ah! no querían ayudarle en la guerra _contra la bestia salvaje que se
proponía trastornar los fundamentos de la tierra y la fe de los
hombres_... no sabían gastar dinero sin dolor... tiempo llegaría de
lamentarlo[152].
[Nota 152: Colección Birch, tomo I, páginas 373, 375.]
Por mortificación mayor sabía, gracias á los buenos oficios de
D. Cristóbal, el hijo menor del Prior de Ocrato, que un agente español en
Nantes decía sin reserva que había de morir antes de un mes, siendo cosa
notoria que un _D. Rodrigo de Martilos_ (_sic_) le asesinaría, como
también al Rey de Francia. Por absurdo que el aviso debiera parecer,
reprodujo en Antonio Pérez una de aquellas crisis temerosas alimentadas
por la suspicacia del carácter. Se creía blanco de la enemiga de los
Guisas por haber sacado á luz en las _Relaciones_ los proyectos de
confederación que formaron con D. Juan de Austria; presumía que la
envidia de Villeroy le armara alguna celada, llevando la desconfianza al
límite de entender que Gil de Mesa, su _alter ego_, le espiaba y vendía
al Rey, y que éste, para alcanzar arreglo ventajoso con España,
entregaría á D. Felipe la persona de su fugitivo secretario[153].
[Nota 153: Cartas de Nanton al Conde de Essex, de Coucy, febrero y
marzo 1596. Colección Birch, tomo I, pág. 433.]
Exasperado, insufrible en el trato, encerrado en la casa de Coucy,
negándose á ir con Enrique IV á la Fere, con pretexto de una caída sobre
el hielo, desataba la lengua contra la informalidad de los franceses,
que al parecer pretendían hacer con él lo que con un limón, que se
arroja después de exprimido, á más de entorpecer sus asuntos y retrasar
el pago de la pensión que le habían señalado[154]. De no cambiar de
sistema y seguir poniendo á prueba su paciencia, amenazaba con volverse
á Inglaterra, donde viviría con dignidad y sin peligro, ó á cualquier
parte, _á comer carbón_, antes que ser juguete de franceses, con ofertas
que rechazaba con más grandeza que le eran hechas[155].
Si conferenciaba con el Embajador inglés, las quejas y las amenazas eran
de otra naturaleza: entonces el lugar de retiro era Florencia ú
Holanda[156]; pero de cualquier modo, ni hablaba con sordos ni dejaba de
pensar en el alcance de lo que decía. El Embajador transmitía las
extravagancias, pero se allanaba á pagarle las deudas. Enrique IV no
sufría con paciencia las libertades que se iba tomando el español en su
presencia, enviándole no obstante la visita de Villeroy, y aun la de su
médico cuando pretextó la dolencia de la caída[157]. El Rey se le
quejaba de que tuviera á Inglaterra más afecto que á Francia; pedíale
_con abrazos y besos_ que no le dejara, asegurando que en ninguna parte
estaría más seguro que á su lado[158].
[Nota 154: Colección Birch, tomo I, pág. 433.]
[Nota 155: Idem id.]
[Nota 156: Idem id.]
[Nota 157: A la visita del médico alude en el documento XII del
Apéndice. Tratan de ella también las cartas de Nanton. Colección
Birch, tomo I, pág. 433.]
[Nota 158: _Me amplecteas et osculans._ Antonio Pérez al Conde de
Essex. Colección Birch.]
Otra más provechosa entrevista con la Princesa Catalina servía para
preguntarle si se daría por satisfecho con un Obispado como el de
Burdeos, por ejemplo, que valía 7.000 escudos anuales, con el número de
beneficios eclesiásticos suficientes para sostener la dignidad de
Cardenal, y con una guardia de seis ú ocho suizos que desvanecería todo
recelo de atentado contra su persona[159], mientras de la parte de allá
le anunciaban las cartas del Conde de Essex que, vencida por voluntad de
la Reina la oposición de los Cecil, estaba resuelto y en vías de
preparación el envío de una escuadra inglesa á las Indias, y el de la
expedición contra Cádiz[160].
[Nota 159: Antonio Pérez al Conde de Essex. Colección Birch.]
[Nota 160: El Conde de Essex á Antonio Pérez. Idem id.]
Acontecimiento inesperado, el asalto y captura de Calés (_Calais_) por
el ejército español de Flandes, vino á decidir otra de las negociaciones
en que andaba tan empeñado. El peligro de la vecindad se impuso á toda
otra consideración en la política de Isabel, y he aquí cómo Antonio
Pérez, acompañando al Duque de Bouillon y con plenos poderes para
negociar la alianza defensiva y ofensiva, se embarcó para volver á
Inglaterra.
Ahora sí, pensaba el Embajador, que podré buscar retiro en que pasar
tranquilo y sin peligros los días de vida que me queden, dejando á estas
naciones que gocen de su amor, después de haber hecho oficio de
sacerdote en la unión conyugal[161].
[Nota 161: Colección Birch, tomo I, pág. 434.]
Encontró en Dover al Conde de Essex, que le consultó ciertos puntos de
la expedición de Cádiz, á la sazón muy adelantada en los preparativos;
encontró á Bacon constante en los amistosos sentimientos; en Londres
halló, en cambio, la más cruel de las mortificaciones.
La nueva del fracaso completo de aquella otra expedición costosa enviada
á las Indias, derrotada en Puerto-Rico, en Chagres, en Tierra firme,
deshecha al fin sobre la isla de Pinos por la armada española de
D. Bernardino de Avellaneda; la jornada que, según Pérez, había de llenar
las arcas de Inglaterra con los tesoros de Felipe II, y que en la
realidad costó la vida de los dos caudillos de mar más populares, sin
mención del desastre, impresionó á la Reina contra el consejero
insistente, en quien Lord Cobhan, Sir Robert Cecil y Henri Brook
descargaban el peso de la responsabilidad, ya que contra su parecer se
hizo. El mismo Conde de Essex, al ver el nublado, seguido de las quejas,
reclamaciones y exigencias impertinentes de Pérez, marchó á Plymouth,
haciéndolo por otro lado Bacon[162].
El tratado entre Inglaterra y Francia se firmó el 10 de mayo sin
intervención del oficioso Embajador, desatendido, profundamente
humillado en aquella corte de que hablaba sin cesar en París cuando
quería dar la medida de su influencia[163]. Dudando estuvo si volver á
Francia, donde sería patente el desengaño, ó buscar asilo nuevo entre
los rebeldes de los Países Bajos[164]; pero como lo segundo fuera
aventurado[165], desandó el camino de la Embajada, sin obtener la
atención siquiera de que le avisaran la salida de aquella armada de 150
velas, conductora del ejército que al mando de Essex había de atacar á
Cádiz[166], donde esperaban, por lo contrario, al iniciador de la
empresa[167].
[Nota 162: Colección Birch, tomo I, páginas 466, 473, 486.]
[Nota 163: Idem id., tomo II, páginas 3, 4.]
[Nota 164: Colección Birch, tomo I, pág. 473.]
[Nota 165: Parece que Pérez tuvo también idea de retirarse á Escocia
y tentó el recibimiento en carta dirigida al Rey Jacobo VI, que
se halla junta con la contestación de Sir T. Parry en el Museo
Británico, Calígula, E-VII, según _The English Cyclopædia_: London,
1857, art. Pérez.]
[Nota 166: Apéndice, documento V.]
[Nota 167: _Documentos relativos á la toma y saco de Cádiz por los
ingleses. Colección de documentos inéd. para la Hist. de Esp._, tomo
XXXVI.]