Vencida la insurrección de Aragón, andaba oculto por la frontera de
Francia Antonio Pérez, «como perro de fidelidad natural, que apaleado y
mal tratado de su señor ó de los de su casa, no sabe apartarse de sus
paredes[54].» Esperaba todavía que abriera Dios los ojos del
entendimiento á quien podía remediar su situación; pero en tanto se
aproximaban al último retiro de Sallent los soldados del ejército real,
que se tendrían por afortunados poniéndole la mano encima.
Decidido á franquear los Pirineos por recurso único de salvación,
despachó á su amigo Gil de Mesa con carta fechada á 18 de noviembre de
1591, en que pedía asilo y protección á Catalina de Borbón, hermana de
Enrique IV, en términos discretamente dirigidos á mover juntamente la
piedad y el interés de la Princesa de Bearn[55], y á medida de los
deseos y las necesidades del momento, respondió la política tanto como
la compasión á la demanda[56], brindándole acogida en Pau.
[Nota 54: _Relaciones_, pág. 163. Edición de Ginebra, 1644. La misma
de las citas de M. Mignet.]
[Nota 55: La primera carta de la Colección Ochoa.]
[Nota 56: _Relaciones_, páginas 167, 168.]
Allí se fraguó inmediatamente el intento de una invasión francesa que
atizara la llama de la guerra de Aragón, yendo á vanguardia Gil de Mesa,
Manuel Don Lope, los otros amigos y compañeros del emigrado, ya que él
de su persona no fuera de ayuda, por ser hombre delicado[57], ó más
propiamente dicho, por no ser hombre de armas tomar. La empresa fracasó,
volviendo á pasar los montes, desbaratados y corridos, los invasores,
con desencanto primero del instigador, consentido días antes hasta el
punto de responder con altivez y amenazar[58] á las insinuaciones
oficiosas de someterse á la autoridad de aquel amo de que se decía perro
fiel, apaleado.
[Nota 57: _Relaciones_, páginas 167, 168.]
[Nota 58: Colección Llorente. Cartas citadas por M. Mignet.]
Pensó M. Mignet que desconcertado el Rey Felipe II en la venganza con la
huída de Pérez; temeroso del mal que con la revelación de los secretos
de Estado fuera capaz de hacerle, procuró volviera á España con engaño,
fin de las referidas indicaciones; y ya que no lo consiguiera, intentó
matarlo, ganando á las personas menos sospechosas á su natural
suspicacia, como eran el genovés Mayorini, compañero de evasión, y el
aragonés Gaspar Burces, también fugitivo[59]. El literato francés se
fundaba en el dicho del mismo Pérez[60] y en algún precedente de
ofertas hechas para su captura cuando estuvo en Sallent[61], no
recordando, sin duda, otros de más importancia.
[Nota 59: M. Mignet, _Antonio Pérez_. Edición de 1881, páginas 314 á
317.]
[Nota 60: _Relaciones_, páginas 169 á 173.]
[Nota 61: Llorente, _Histoire critique de l'Inquisition_, tomo III,
página 347.]
Sentenciado en rebeldía Antonio Pérez, el Capitán general de Aragón,
D. Alonso de Vargas, dió pregón en Zaragoza ofreciendo 6.000 ducados por
su persona, según uso jurídico que hoy todavía practica la culta
Inglaterra. La suma era más que suficiente para despertar la codicia de
aquéllos que en cualquier época y ocasión, desde la de Judas, hallan
buena la ganancia en mercadería de sangre ajena. Tal creyó Bermúdez de
Castro[62], y de creer es que Gaspar Burces, como cualquiera otro de los
que amagaron á la vida del prófugo, obedecían al interés del lucro
combinado con el de hacerse perdonar delitos propios, mientras que la
credulidad resiste cuentos como el de _la hermosaza_, _galanaza_,
_gentilaza_, _muy dama_, que, perdida de amor, vino á confesar á Pérez
la celada que le tendían[63], ó los más cautelosos en que atribuye el
interesado á D. Juan de Idiáquez y al Rey los intentos de borrarle de
la lista de los vivos, por mayor realce de aquellos relatos de
persecución nunca vista, de infortunios sin igual en _monstruo de la
fortuna_, que le servían de pasaporte y bordón de peregrino. El papel de
avisos enviados al Rey, que ahora sale á luz por vez primera[64],
servirá de esclarecimiento.
[Nota 62: Bermúdez de Castro, _Antonio Pérez_, pág. 236.]
[Nota 63: _Relaciones_, pág. 176. Mignet, pág. 313.]
[Nota 64: Núm. 1.º de los que acompañan á esta investigación, en el
Apéndice.]
De todos modos, temeroso de asechanzas, en el Bearn, Antonio Pérez[65],
nada tenía que hacer. Su actividad, su espíritu intrigante, su ambición,
y sobre todo el odio en que los otros estímulos se alimentaban,
necesitaba teatro de acción[66], y el examen de la política europea le
indicaba propicio á la satisfacción de la venganza el de Inglaterra.
Tomó, pues, desde luego el plan de ensayarlo[67], no sin aprovechar el
tránsito por Francia, porque el monarca Enrique IV, aunque de momento
tuviera harto que hacer con la Liga, tanto como Isabel de Inglaterra era
adversario tenaz de la política y del poder de Felipe II.
[Nota 65: El mismo documento.]
[Nota 66: Mignet, pág. 320.]
[Nota 67: Documento citado, núm. 1.º]
Preparado el terreno por medio de carta fechada en Pau el 9 de diciembre
de 1591 y relación de los inconmensurables infortunios[68], acompañando
á la Princesa Catalina fué á encontrar al Rey en Tours, logrando largas
entrevistas, auxilio pecuniario y la aquiescencia de los proyectos que
iba madurando, por objetivo de intento. Enrique IV comprendió al punto
la utilidad que le reportarían gestiones encaminadas á dar unidad é
impulso á cualquier empresa contra España; recibiéndole, pues, desde
luego á su servicio, como maestro de lengua española[69], tomó á cargo
el viático hasta Londres, haciéndole acompañar por el Sr. Vidasme de
Chartres, portador de carta autógrafa en que hacía á la Reina Isabel
recomendación expresiva en punto á lo que podía prometerse de las
revelaciones del ex-Ministro, utilizadas las cuales en lo que conviniera
á sus intereses, pedía le despachara para emplearlo él con utilidad de
las dos coronas[70].
[Nota 68: Colección Ochoa.]
[Nota 69: Colección Ochoa, parte I, carta IV.]
[Nota 70: _State paper office_: London. Reproducida por M. Mignet,
página 321.]
Pérez, independientemente, había despachado por sí al precursor ó
heraldo de siempre, Gil de Mesa, con otra carta á la Reina Isabel,
repetición de los doloridos ayes de la persecución y la desventura,
petición de amparo y deseo encarecido de servirla[71].
[Nota 71: Colección Ochoa, parte I, carta III.]
La primera noticia de la estancia en Inglaterra es la que da Bacon, de
haberle visitado el Conde de Essex en Simbury; de allí se trasladó á
Londres, alojándose en el palacio del mismo Conde, mientras se buscaba
la habitación que ocupó luego en casa del Maestrescuela de San
Pablo[72].
[Nota 72: Birch, _Memoirs_, tomo I.]
Poco tiempo necesitó la penetración del ex-Secretario de Estado para
darse cuenta exacta de la política del reino, oyendo á uno de los que
más la influían. El Conde de Essex, joven, impetuoso, popular, favorito
de la Reina Isabel, en asuntos de gobierno tenía balanceada la
influencia por la circunspección de los Consejos del lord Tesorero
Cecil, barón de Burghley, antiguo y experimentado Ministro. Mientras el
primero, deseoso de fama, procuraba el principio de una campaña ofensiva
contra Felipe II, en estrecha unión con Francia, Cecil quería medir la
asistencia que se diera á Enrique IV, por las ventajas positivas que
produjera á cambio; y como precisamente por entonces, casi vencida la
Liga, había abjurado el Príncipe de Bearne, aspirando á concluir con la
conquista de la opinión lo que no había logrado del todo con las
conquistas de las armas, Burghley pensaba no haber razón que aconsejara
otros procedimientos que los apropiados á entretener la guerra en
Francia y en los Países Bajos, alejándola de Inglaterra.
La Reina se inclinaba decididamente á la política del Ministro, así por
la confianza que le merecía su saber, por tanto tiempo acreditado, como
por responder de momento á las condiciones de prudencia, circunspección
y economía de carácter propio. Antonio Pérez no tenía, pues, que
vacilar: el interés de Enrique IV, á quien ya servía; el que el rencor
le hacía mirar como personal suyo, estaban al lado del Conde ambicioso y
decidido.
Puesto el empeño en granjearse la amistad y el concepto del magnate, por
aquellos resortes flacos del corazón humano, fué dando interés á las
entrevistas frecuentes y largas que á solas tuvieron en el palacio de
Walsingham[73], hasta desarrollar por completo el plan que, hiriendo de
muerte al Monarca católico, procuraría al caudillo británico gloria
inmarcesible y cuantiosa riqueza[74].
[Nota 73: Birch, tomo I, páginas 140 á 143.]
[Nota 74: Idem.--Forneron, _Histoire de Philippe II_: París, 1882,
tomo IV, pág. 265.]
Felipe II no había querido entender nunca que «el Príncipe que fuere
señor de la mar, será monarca y dueño de la tierra;» tenía en abandono
y sin defensa los puertos; flacas y necesitadas de todo las armadas,
incapaces por el número de cubrir el vasto imperio de las Indias
Orientales y Occidentales, y de asegurar la venida de los tesoros en que
consistía el secreto de su poder. El día que los tesoros faltaran,
faltaría necesariamente el nervio de la guerra: á impedir la llegada,
apoderándose de ellos, había de dirigirse, por consiguiente, el cálculo
del enemigo inteligente y activo, sin perjuicio de cualquier diversión
preparatoria de un golpe bien dirigido á la reputación del poderío.
Tanto más sensible y ruidoso sería este golpe, cuanto se aproximara más
al centro de los estados del Rey; cuando se diera en una de las ciudades
de la Península española, y la de Cádiz entre todas ofrecía
probabilidad; seguridad, podía decir, de éxito cumplido.
Ni Pérez carecía de elocuencia con que hacer de este discurso semilla
fructífera, ni le faltaban en toda especie datos estadísticos con que
mostrar la perspectiva de la cosecha. El Conde le fué escuchando con
agrado; acabó por aceptar completamente las ideas, estimándole oráculo
en negocios de España[75], y á seguida las insinuó en la corte,
manteniéndolas frente á la oposición de Burghley á empresas de
aventura.
[Nota 75: Birch, obra citada.]
Con no ser nada escrupulosa la Reina Isabel, sentía repulsión por un
hombre que de tal manera se servía de los secretos de su amo: no había
sido bastante la carta autógrafa de Enrique IV para acordarle audiencia,
ni se la había dado el Lord tesorero, teniéndolo desde un principio,
naturalmente, por enemigo político y antipático agente, bien que no
desconocía ser muy capaz para su intento[76]. La insistencia del
favorito Conde alcanzó, no obstante, que franqueara Pérez las puertas
del palacio real, favor seguido de pensión anual de 130 libras[77],
dejando al tacto y la imaginación del insinuante emigrado mostrar su
reconocimiento y hacerse agradable á Isabel con la relación de aventuras
galantes y cuentos de la corte de España[78].
[Nota 76: _A knave for his labour_. Birch, pág. 140.]
[Nota 77: Birch, tomo I, pág. 193.]
[Nota 78: Idem id.]
Así referidos en los documentos del archivo de Bacon los primeros pasos
de Antonio Pérez en Londres, debe rectificarse la relación que de los
mismos hizo Bermúdez de Castro. Por principio consigna este escritor que
Pérez se negó en París á admitir la pensión que le ofrecía Enrique IV;
que pasando á Londres rehusó igualmente, sin vacilar, la que la Reina
deseaba asignarle al dispensar señalado y obsequioso recibimiento á su
persona, asegurando que, aunque dispuesto á servir á tan generosa
protectora, conservaba esperanzas de arreglar en España sus negocios, y
no quería recayera en sus hijos la pena señalada por las leyes á los
pensionados de Reyes extranjeros sin licencia del propio.
Antonio Pérez ocultó por conveniencia la verdad del caso; al Rey de
Francia escribió «que le engañaban los que decían que gozaba pensión ni
socorro de un franco de Rey ni Reina desde que salió de España, sino del
pan que había comido de S. M. y de Madama su hermana. En el tiempo de
Inglaterra, de la liberalidad del Conde de Essex había vivido[79].»
Bermúdez de Castro lo creyó al pie de la letra, pues añade que, en vista
de sus razones, mandó Isabel al Conde de Essex que le alojase en su
ostentoso palacio, donde gozó de los placeres del favor y la opulencia.
[Nota 79: Colección Ochoa, parte I, carta XIII.]
Gustaba Isabel (sigue diciendo) de escuchar anécdotas de la corte,
singularmente las de amores de Felipe II. El encanto particular de la
conversación del Ministro, los hábitos y pláticas, con el distintivo de
la elegancia, prestaban nuevo aliciente de curiosidad á los secretos
que poseía.[80]
Un tanto amengua luego tan brillante situación, contando cómo las damas
de Isabel le motejaban de traidor á su patria y á su señor con
manifestaciones de desagrado que hubieron de obligar á la Reina á
sincerarse de la acogida que tenía en palacio. «Mylores, dijo en
presencia de sus cortesanos; no os maravilléis de que honre á este
_traidor español_, porque guardo mucha obligación al Sr. Gonzalo Pérez,
su padre[81];» y obligada debía de estar, en efecto, al Secretario de
D. Felipe por las mortificaciones de que le libró reinando su hermana
María, esposa del Príncipe de España.
[Nota 80: Bermúdez de Castro, pág. 250.]
[Nota 81: Idem, pág. 257.]
Fuera de la corte no merecía mejor concepto Antonio Pérez. Si los
allegados al Conde de Essex seguían naturalmente el ejemplo del magnate,
los agasajos de uno de ellos, de Francisco Bacón, que le recibía á mesa
y mantel en Twickenham-Park, dieron origen á un testimonio irrecusable.
Lady Bacon escribía á su hijo Antonio estas frases:
«Lástima tengo de vuestro hermano, viendo que le acompaña en casa y en
el coche ese Pérez, sanguinario, vanidoso, profano, dilapidador[82].
Temo que semejante compañía desvíe la bendición del Señor Dios... Un
miserable como él[83] no puede llevar otra mira que vivir á expensas de
Francisco[84].»
[Nota 82: That bloody Pérez... a proud, profane, costly fellow.]
[Nota 83: Such wretches as hi is.]
[Nota 84: Birch, tomo I, pág. 143, transcrita por Mignet, páginas
329, 330. Lady Ann Bacon no era mujer vulgar: puritana influyente
y literata, que poseía las lenguas griega, latina, italiana y
francesa, se hizo principalmente notoria por las epístolas, que se
imprimieron en colección, de la que está tomada la presente.]
Mas nada de esto quitaba al emigrado la satisfacción de ver en vías de
hecho los vengativos proyectos dirigidos contra la patria, ya que no de
otro modo pudiera alcanzar al objeto de la ira que le cegaba. En Walter
Raleigh, en Drake, en Hawkins, en todos aquellos corsarios ansiosos de
botín, tenía que hallar fáciles auxiliares; en el Conde de Essex estaba
asegurado el impulso[85]. Todavía tentaba la fidelidad de los
prisioneros españoles para que sirvieran de guías á las
expediciones[86], y desdichado el que, desechando las insinuaciones,
caía por su cuenta. Por semejante falta había conseguido que le
entregaran á un sargento de los de la Invencible, y teníalo en su casa
sometido al más bárbaro tratamiento sólo por el placer diabólico de
descargar en un español su encono.[87]
[Nota 85: «El que dirige el Consejo es el Conde de Esez, que tanto
trato tiene con la Reyna, y éste se gobierna mucho por Antonio
Pérez.» _Avisos de Inglaterra. Arch. de Simancas. Estado. Flandes_,
leg. 609. Cit. por Mignet, pág. 328.]
[Nota 86: «Un soldado aragonés declaró que había estado dos veces
(en Inglaterra) con Antonio Pérez y con otros dos aragoneses, uno de
ellos hermano de D. Manuel Don Lope, que le persuadían se quedase
con ellos y le harían dar una compañía, y no quiso.» _Docum. inéd.
para la Hist. de Esp._, tomo XXXVI, pág. 332.]
[Nota 87: Carta de un inglés confidente á D. Bernardino de Mendoza,
Embajador de España en París, transmitida por éste al Rey: París,
Arch. Nat., _Papiers de Simancas_, _K-1.598_, correspondiente á los
años 1594-1596.]
Sin perjuicio de las gestiones activas, escribió por entonces las
_Relaciones_, bajo el nombre de _Rafael Peregrino_, no por ocultar el
suyo, transparente en las aventuras: por procurarle atractivo mayor en
la curiosidad de las gentes. «El libro estaba formado con habilidad y
soltura; es el estilo pesado para nosotros por la afectación continua de
que se reviste y los giros que le adornan; pero en su tiempo era un
modelo: la incesante digresión que rompe el hilo de las narraciones; las
sentencias que, como Tácito, derrama la obra; la abundancia de conceptos
y dulzura de las imágenes, encantaron á los hombres ilustrados[88].»
«Dispuesta con arte magistral la exposición de aventuras, cautivando la
benevolencia y la conmiseración en favor de su persona, hacía más odiosa
la de su ingrato é implacable perseguidor[89].»
[Nota 88: Bermúdez de Castro.]
[Nota 89: Mignet, pág. 330.]
Tradujo el libro al latín un español llamado Ciprián[90]; se tradujo
también al holandés[91], como arma política que avivara el sentimiento
de insurrección en las Provincias Unidas[92], destinando al mismo objeto
en Aragón otro libro titulado _Un pedazo de historia de lo sucedido en
Saragosa de Aragón á 24 de septiembre de 1591_. Ambos fueron amparados
por el Conde de Essex, y probablemente á su costa impresos, aunque la
voz pública admitiera por editora á la Reina[93].
[Nota 90: Birch.]
[Nota 91: _Cort-Begryp de stucken der geschiedenissen van Antonio
Perez uit het Spaensch ghetoghen door Joost Byl_: Gravenhaghe, 1594.]
[Nota 92: Mignet, pág. 331.]
[Nota 93: «Antonio Pérez está muy estimado entre los del Consejo de
la Reyna, y tenido por muy grande hombre de Estado, y les ha dado
en sus demandas mucha satisfacción. Los libros que hizo fueron
imprimidos á costa de la Reyna y han embiado un gran número dellos
en Aragón para revolver aquel reyno.» _Avisos de Inglaterra. Arch.
de Simancas. Estado. Flandes_, leg. 609. Cit. por Mignet, pág. 331.]
Las cartas de remisión con dedicatoria que envió Antonio Pérez á los
principales personajes de Inglaterra, Burghley, Lord Southampton, Lord
Montjoy, Lord Harris, Sir Robert Sidney, Sir Henry Unton, al mismo Conde
de Essex[94], dicen lo satisfecho que había quedado de sus obras, y
desautorizan otro de los conceptos de Bermúdez de Castro que debe
rectificarse.
[Nota 94: Véanse en la Colección Ochoa.]
Consigna nuestro crítico que desde la llegada á Inglaterra usó Pérez
para cerrar las cartas un anillo romano, en cuya piedra estaba labrada
una virgen vestal con la lámpara encendida sobre la cabeza, y la
inscripción DUM CASTE, LUCEAM, queriendo manifestar de alegórico modo,
que sólo la reserva, la humildad y la modestia podrían libertar de
naufragio á los que, peregrinos como él, vagaban por tierras
extrañas[95]. La declaración es de Pérez mismo[96], y tan incierta como
las más que hacía.
[Nota 95: Bermúdez de Castro, pág. 254.]
[Nota 96: _Aphorismos de las Relaciones de Antonio Pérez, Monstruum
Fortunæ_: París, sin año. 8.º]
Las cartas originales existentes en la Biblioteca Nacional de París,
cuyas copias acompañan á la presente exposición, conservan el sello de
lacre en que distintamente se ve _el laberinto cerrado_ y _el Minotauro
con el dedo en la boca_; emblemas que los señores ingleses atribuyeron
al orgullo y el peligro de sus funestos amores; simbolismo apropiado á
quien hacía del misterio condición utilitaria.
Á juicio de M. Mignet recreció la saña de Felipe II la aparición del
libro de las _Relaciones_, que por toda Europa denunciaba sus perfidias
y crueldades. El vengativo Monarca trató otra vez de deshacerse del
autor por medio de dos irlandeses pagados por el Conde de Fuentes para
matarle: les fueron ocupadas en Londres las cartas acusadoras, y
confesado el intento, sufrieron la última pena[97]. El Rey de España
fracasó igualmente en el empeño de despertar contra el proscripto los
recelos de la corte de Inglaterra[98].
[Nota 97: Mignet, pág. 331.]
[Nota 98: Idem, pág. 332.]
El propósito de asesinato hizo realmente mucho ruido por entonces en
Londres: varios historiadores, Birch, el mismo Pérez, lo consignan; pero
es asunto, lo mismo que el de otros intentos contra la vida de Isabel,
que dista mucho de la claridad y de las pruebas que harían falta á una
afirmación cual la hizo M. Mignet. Á los irlandeses se les ocuparon
papeles escritos en cifra en que únicamente aparecía evidente el nombre
de Antonio Pérez: lo que decían no llegó á saberse; las declaraciones de
los presos fueron contradictorias, si bien en el tormento acabaron _por
confesar_ haber sido despachados por el Conde de Fuentes con el fin de
dar muerte al refugiado[99].
[Nota 99: Bermúdez de Castro, pág. 258.]
La segunda inculpación á Felipe II se apoya en basamento más flaco
todavía: en una carta escrita por el interesado al Conde de Essex[100],
y M. Mignet no paró mientes en que de palabra y por escrito repitió más
adelante en Francia que en la tierra de _Egipto_ (que así nombraba ya á
su patria) _los Faraones_ maquinaban sin cesar contra su crédito; con lo
que se viene á descubrir ser táctica practicada, así para disimulación
del doble juego de sus acciones, como al propósito de mantener en boga
la idea «de los peligros y rugidos con que le cercaba la
persecución[101].»
Así y todo, vivía en Inglaterra lo bastante bien para sentir que los
riesgos por aquella parte se acabaran. Llamado por Enrique IV el mismo
año de 1593, buscó en el mal estado de la salud, por causa de las penas
y los trabajos, excusa de demora[102]; dejó á favor de otros pretextos
que transcurriera todo el año de 1594, oponiendo, á nuevos mandatos
comunicados por el Embajador de Francia[103], protestas de adhesión, por
la que había de ser el Rey Enrique último de sus amores, pensando
descansar y morir á su lado[104], causas ó incidentes que fueron
entreteniendo el tiempo[105], y motivaron la embajada del Sr. Gil de
Mesa, encargado en ocasiones semejantes de decir de viva voz lo que no
era bueno quedara escrito[106]. Sólo cuando Enrique, declarada la guerra
á España, le escribió directamente con fecha 30 de abril, manifestando
el deseo de hablar de asuntos de importancia, á cuyo fin rogaba á la
Reina le consintiera hacer el viaje y al Conde de Essex que lo
facilitara[107], se resignó á emprender la marcha declarando, y esta vez
por escrito, al Conde, que separarse de él era tanto como morir, porque
á su lado vivía[108].
[Nota 100: Birch, tomo I, pág. 237.]
[Nota 101: Colección Ochoa, parte I, carta XIII.]
[Nota 102: Idem id., carta V.]
[Nota 103: Idem id., carta X.]
[Nota 104: Idem id., carta V.]
[Nota 105: Idem id., cartas VI y VII.]
[Nota 106: Colección Ochoa, carta XI.]
[Nota 107: Se halla esta carta en la Bibl. Nac. de París,
_Fr-3.652_: la publicaron Bermúdez de Castro, pág. 259, y Mignet,
pág. 332.]
[Nota 108: Birch, tomo I, pág. 256.]
Otra carta por demás curiosa, enviada por aquel entonces á Bacon por
M. Standen[109], da á conocer las impresiones de despedida. Estando
comiendo, dice, con mylady Rich[110], el Sr. Pérez y Sir Nicolás
Clyfford, entró Sir Robert Sidney, determinando la asamblea que el
siguiente día fuera el Sr. Pérez con el Conde á la corte, y que después
se reuniera la compañía á comer en casa de Walsingham. También quedó
resuelto que no marcharía el señor Pérez, porque el Conde había
conseguido para su persona el mismo oficio que tienen los eunucos en
Turquía.
[Nota 109: La copia Birch.]
[Nota 110: Penélope, hermana del Conde de Essex, casada con Robert,
Lord Rich, después Conde de Warwich.]
Sentía el Peregrino salir de Londres, á juicio de Bermúdez de Castro,
porque allí pasaba la vida lejos de los negocios, sin tentaciones para
su lealtad, y eso no había de sucederle en París, centro de intrigas
anti-españolas[111]. ¡Juicio bondadoso! Sentía salir de Londres
precisamente por ser el centro de maquinaciones anti-españolas que en
Francia no había medio de igualar, y salía por la voluntad decidida del
Conde de Essex de que allá le sirviera de instrumento, según le había
servido hasta entonces. Tres cartas de recomendación le precedían,
pidiendo el magnate inglés al Duque de Bouillon, á M. de Sancy y á
M. Beavois le Noele, Embajador que había sido de Francia en Londres, que
le ampararan y favorecieran. «Pues el Rey le ha llamado, escribía, es
cuestión de honra de S. M. que quede satisfecho del recibimiento que se
le haga; que no sólo se cuide de ponerle á cubierto de las asechanzas
del enemigo, sino que encuentre apoyo en el arreglo de sus negocios;
situación correspondiente á sus cualidades y méritos; empleo donde
ejercite las facultades de hombre especulativo y su gran habilidad en
la política. Sin estos cuidados harían su condición peor que la que
disfrutaba en Inglaterra, y deberían devolverlo á esta nación, que no
quería considerarle perdido para ella[112].»
[Nota 111: Bermúdez de Castro, pág. 260.]
[Nota 112: Birch, tomo I, pág. 267.]
Por efecto de mayor solicitud, si cabe, puso el Conde de Essex al lado
del proscripto, en clase de criado, ó más bien de secretario, á un joven
dependiente de la casa de Bacon, llamado Godfrey Aleyn, en razón á que
Antonio Pérez no conocía los idiomas inglés ni francés; y si bien se
hacía entender en castellano, lengua que por entonces poseía toda
persona bien educada en ambos reinos, acudiendo á la latina en casos
necesarios, era bueno tuviera á mano persona ejercitada en la escritura
usual. Godfrey tenía instrucción privada de comunicar todo cuanto
ocurriera á su nuevo amo: tal era la verdadera misión, á cuyo
cumplimiento se deben las noticias que irán apareciendo.
Antonio Pérez se despidió de la Reina, dejando en su mano un memorial
dictado en los términos conceptuosos de su estilo ordinario, y puesto en
francés por mano propia de Bacon[113]. Pedía en el documento que no
confiara á nadie su cifra y correspondencia secreta, haciendo en cambio
la promesa incalificable, que teniendo entendido iba á ser huésped del
Secretario de Estado, Villeroy, procuraría sacar partido de la
circunstancia en provecho del servicio de S. M.
[Nota 113: Birch, tomo I, pág. 256. Acababa diciendo: «Pardonnez moi,
pardonnez moi, Madame, car nul ne parle icy sinon le pauvre de
l'imperatrice.»]
Isabel no dejó de fijar la atención en una oferta que transparentaba del
todo la moral del que la hacía[114].
También hizo Pérez memorial de despedida, escrito en latín, al Conde de
Essex, recomendándole no demorase la expedición convenida contra
Cádiz[115].
[Nota 114: Birch, tomo I, pág. 265. Mignet, pág. 233.]
[Nota 115: Birch, idem.]