Mucha gente de la que se había escapado de las galeras perdidas y de la

que se había quedado por embarcar, se iba cada noche á Sicilia en

fragatas y barcos por no tener que comer, que no les daban ración á

éstos ni á otros muchos que morían de hambre, y la que daban á los

soldados era tan poca. Cuando tuvimos agua nos faltó el pan, y cuando

volvió á faltar el agua, lo daban de sobra. Para esperar asedio, como

esperábamos, no se acertó á dejar ir esta gente. Harto mejor fuera

estivar las galeras, fragatas y barcos, y de toda la gente inútil y

heridos inviarlos á Sicilia, y retener los sanos y gobernarlos de manera

que se sustentaran para poder servir. Desta manera se aventuraban á

salir las galeras y se deshacía de la gente que empachaba.

Luego que los enemigos fueron en tierra, mandó D. Alvaro entrar en el

fuerte todos los españoles, dejando fuera los alemanes, italianos y

franceses, llegados bien al fuerte y reparados con muy buena trinchea.

Comenzóse á murmurar desto, y así los metió á todos dentro y mandó salir

fuera banderas de españoles. Dende á pocos días mandó desamparar

aquellas trincheas y metió toda la gente dentro. Estábamos tan

estrechos, que no se podía andar por el fuerte. En el contraescarpe del

foso quedaron hasta 400 soldados, y dende á poco los fueron á quitar

porque se iban á los turcos. Dentro, en el fuerte, mudaban cada día

compañías de una parte á otra, y con esta inquietud anduvimos hasta el

cabo.

Los enemigos comenzaron á caminar la vuelta del fuerte diez días después

de desembarcados, y firmáronse entre unos palmares, donde estuvieron

tres días. Aquí se pudiera salir bien á hacerles daño, por estar tan

cerca, que podía haber una milla entre su campo y el fuerte. Alcanzaba

allá nuestra artillería.

Salieron una noche, estando allí los enemigos, hasta 150 soldados, y

antes que llegasen á las trincheas de los turcos eran descubiertos, y

así se volvieron sin hacer nada. De aquí comenzaron los enemigos á hacer

trinchea para venir cubiertos con su artillería, sin que la nuestra les

pudiese hacer mal.

Salían del fuerte cada día cuatro compañías á la guardia; la que más

lejos estaba, serían 500 pasos del fuerte: una de la parte de poniente,

donde los enemigos venían; las dos compañías, á los pozos; la otra, á

las casas de Dragut, que estaban á la marina por la parte de levante.

Teniendo bien reconocido los turcos la poca gente que había en ellas y

el mal reparo que tenían, el último de mayo á medio día coménzaron á

venir por la parte de poniente y á los pozos, dando muestra de querer

escaramuzar como otras veces solían. Viendo que comenzaban á salir los

nuestros á la escaramuza y retirábanse por alargarlos más,

asegurándolos desta manera, cerraron con ellos de tropel más de 3.000

turcos y los caballos alarbes, que eran los que más daño hacían en los

nuestros y mejor peleaban. Nuestra gente era tan poca, que ni los que

estaban de guardia ni otros que habían ido á escaramuzar, pudieron

resistir la furia de los enemigos, y así se retiraron con ruín orden y

harta pérdida de buenos soldados que se hallaron delante en la

escaramuza. Nuestra caballería no pareció nada á la de los enemigos;

estúvose hecha alto sin osar salir á favorescer nuestra infantería. Los

caballos de los enemigos que salieron á esto, serían hasta 100; los

demás venían con otros 4 ó 5.000 turcos que venían atrás caminando con

la artillería. Pelearon tan bien estos pocos caballos de alarbes y tan

valerosamente, que vinieron entre los soldados hasta llegar á las

propias trincheas que tenía por reparo la gente que alojaba fuera del

fuerte, sin temer la arcabucería y artillería que se les disparaba dél.

Si nuestros caballos lo hicieron ruinmente este día, muchos hubo entre

los de á pie que, por tenerles compañía, huyeron muy sin vergüenza, y

Capitanes con quien se tuvo gran cuenta.

D. Alvaro de Sande los trató muy mal de palabra, diciéndoles que

renegaba de la parte que tenía de caballero, si ellos lo eran. Viendo la

carga que los enemigos venían dando á los nuestros, acudieron muchos

soldados por aquella parte para salir á socorrer. No lo pudieron hacer

tan presto que ya los nuestros no fuesen recogidos en las trincheas, y

queriendo de nuevo salir á los enemigos, se puso delante el Gobernador

Barahona y los hizo tornar. Los turcos se quedaron en las trincheas

viejas donde se solía alojar nuestro campo, y pusieron en ellas muchos

estandartes y banderetas.

Los alemanes pelearon este día muy bien; mataron muchos turcos,

favoreciendo las compañías que eran de guardia á los pozos. La compañía

que estaba á la marina de levante, se retiró á su salvo sin recibir daño

ninguno. Todo lo que quedó del día se entendió en tirar escopetas y

arcabuces de una parte á otra, no cesando nuestra artillería de disparar

á donde veía que podía hacer mal.

Aquella misma tarde, acabado de recoger su campo, comenzaron á tirarnos

con dos piezas de artillería por la parte de poniente. Tomaban de una

marina á otra en torno del castillo, ocupando harto más sitio del que

podían guardar con la gente que ellos traían. En tanto que ellos

estuvieron desta manera, hobo grande oportunidad para aprovecharnos

dellos, si en nosotros hobiera juicio y valor para intentarlo, teniendo

como teníamos gente para poder darles la batalla, aunque fueran hartos

más de los que eran, porque sin la gente que había de quedar en el

fuerte, quedaron los tudescos y compañías de italianos y españoles que

estaban por embarcar, sin otros muchos que habían salido de las galeras

que se perdieron y la gente que tenían las siete galeras y cuatro

galeotas que allí estaban. Con todo esto nos sitiaron, y ganaron los

pozos aquel día.

La pérdida de estos pozos fué toda nuestra ruína, porque si los

manteníamos, como era razón que se hiciera, no se nos muriera la gente

de sed ni se huyera á los enemigos. Fué muy gran bajeza perderlos,

teniendo gente demasiada para guardarlos, estando tan cerca como estaban

del fuerte y tan descubiertos para favorescer la gente que allí

estuviese, con la artillería dél, estando, como estaban, quinientos

pasos del fuerte. D. Bernaldino de Velasco dió voces sobre que se

guardasen; el Capitán Clemente, siciliano, que es un valiente soldado, y

de los que mejor entienden la fortificación, se obligaba á guardarlos

con 500 hombres. Pudiéransele dar 2.000 y quedar el fuerte con más gente

de la que había menester, y cuando bien éstos se perdieran, viniérales á

faltar á los enemigos gente y tiempo para poder sitiar la fuerza: como

no se sintiera en ella la falta de agua que hubo, no eran parte seis

tantos turcos á tomarla. Toda la gente que allí había quedado se pudiera

muy bien entretener con las municiones que quedaban en el castillo, de

comer, porque para 2.000 hombres que allí habían de quedar en la fuerza,

les quedaba de comer para diez y ocho meses, y dos cisternas de agua, la

una con 18.000 barriles y la otra con 13.000, sin palmo y medio que

tenía ella de agua cuando se comenzó á hinchir. Esta más pequeña estaba

dentro del castillo. Sin tener más agua que ésta nos encerramos, con

darse de ordinario 5.500 raciones, sin mucha otra gente á quien no se

daba ración.

El Capitán de las galeotas del Duque vino á D. Alvaro á pedirle de comer

para la gente dellas ó licencia para irse. Respondióle que no tenía que

darle, y en lo de la licencia hiciese lo que quisiese, que él no

entendía cosas de mar ni era marinero. Hallándose allí acaso Charles de

la Vera, le dijo que pues al Duque no había quedado otra cosa que

aquellas galeotas, que las remediase, porque no fuesen á perderse.

Respondióle muy enojado que las remediase él; que el Duque se había ido

y dejádole allí; que era un hombre remiso y su secretario flojo, no

acababa nunca de concluir cosa, y así fué discurriendo por el mayordomo

y los demás, tachando á cada uno de lo que le parescía.

Viendo esto el Capitán, que ya no había donde hacer agua, se fué otro

día con sus galeotas y otras dos que había allí: una de D. Luis Osorio y

la otra de Federico Stait. La de Stait se perdió por no seguir la

conserva, habiendo ya escapulado el armada. Fué mal empleada la pérdida

en su patrón, porque fué el que mejor se trató de cuantos sicilianos

vinieron á ella. Dende á pocos días, queriendo hacer lo mismo la

_Condesa_ del Príncipe y otra de Vindinelo, y alistadas ya y puestas en

orden para partir, se les fué un esclavo y dió aviso á los enemigos, por

lo que se dejó la ida.

A 2 de junio, primero día de Pascua de Espíritu Santo, salieron por la

parte de Levante 600 hombres de todas naciones, y llegados á las

trincheas de los enemigos, se las ganaron, matando y hiriendo muchos,

hasta hacerles desamparar el artillería. Enclaváronle dos piezas della,

con punteroles, por no llevar recado de otra cosa. Pudiéranles quemar

la pólvora: no osaron hacerlo por no quemarse ellos también. Pasaron

adelante secutando la vitoria hasta llegar cerca de la tienda de Dragut.

Entrando en otra que estaba junto á ella, mataron muchos turcos,

entrellos un hombre principal. Súpose después que era el Sanjach Bay de

Negroponte. Todos iban huyendo, si no por unos turcos principales que

los hicieron volver á cuchilladas, diciéndoles la poca gente de que

huían, porque aún no habían llegado todos los que habían salido al

efeto; y de los que entraron, hobo algunos que por embarazarse á robar,

dieron lugar á que los enemigos se rehiciesen y degollasen muchos de los

nuestros, los que mejor habían peleado y más se habían adelantado

siguiendo los enemigos, y así ellos, al retirarse, que se retiraron los

nuestros, los siguieron animosamente hasta meterlos en el fuerte, donde

quedaron muchos turcos muertos á la marina, junto al muro del caballero

Gonzaga. Murió este día el Conde Galván, placentín, y el Capitán Carlos

de Haro, peleando como muy valerosos Capitanes. También murió Uncibay,

Alférez de Galarza, con muy buenos soldados de su compañía, que entraron

con él en la tienda del Visorrey de Negroponte. Era un muy valiente

hombre este Alférez, y así peleó este día como tal.

Esta salida se conoció claramente el efeto que se hobiera hecho á haber

salido 2 ó 3.000 hombres á pelear con los enemigos, porque si este día

reforzaran con otros 1.500 ó 2.000 hombres más, no hay que dudar sino

que era nuestra la vitoria. Después de retirada esta gente, dijo

D. Alvaro al Capitán Galarza que se había dejado ganar la mano derecha

de Carlos de Haro al estar por las trincheas de los turcos; que no había

guardado la orden que le dió. El Galarza respondió que ninguno podía

decir con verdad que había pasado á pelear delante dél, ni ganádole la

mano; y á lo que decía de guardar la orden, que no le había dado orden

ninguna. D. Alvaro le dijo que se fuese y que no respondiese otro día

tan aficionadamente.

Esto de la orden paresce que se conforma con lo que dicen los soldados

que salieron aquella mañana. Estando ya á la trinchea de los enemigos,

se afirmaron un poco. Viendo esto los soldados, dijeron á los Capitanes:

«¿Qué hacemos que no pasamos adelante? Asaetearnos han aquí los turcos,

habiéndonos descubierto.» Respondió Carlos de Haro que no tenía orden

para más. No pensó D. Alvaro que esta gente llegara donde llegó, ni que

pasasen de las trincheas, pues no les tuvo socorro para pasar adelante.

Este Capitán Galarza era un buen soldado, y sacó dos arcabuzazos en la

rodela, y dende á pocos días le mataron en el caballero de San Juan de

un arcabuzazo.

Desta salida comenzaron los enemigos á recogerse más y fortificarse con

trincheas altas de tierra y fajina, y enviaron caballos y gente de pie

al paso de la Cántara, por donde se entraba de tierra firme á la isla,

creyendo que esperábamos socorro del jeque ó del Rey de Caruán.

A los 3 de junio hizo un calor tan excesivo y ardía tanto el sol, que

teníamos por cierto que era fuego que los enemigos habían puesto á la

campaña; y como había cuatro días que eran perdidos los pozos y no

habían aún comenzado á dar agua de ración, padescióse tanto de sed, que

murieron más de 50 hombres, sin más de 300 que quedaron muy al cabo,

tendidos en tierra, dando voces por agua. Verdaderamente fué inhumanidad

grande de Barahona dejar morir aquella gente, pudiéndola remediar con

bien poca de agua.

Deste día hicieron principio de pasarse muchos á los turcos, y vinieron

tantos á desvergonzarse tanto en la ida, que se habían huído más de 500

y muertos otros tantos y más de sed, porque los que no tenían ración, y

algunos que no les bastaba dos cuartuchos de agua que daban, iban á

beber á una gruta de una agua salada que había en ella, que mató á todos

los que la bebieron. Corrompíalos, quitándoles la gana de comer, y los

ponía secos, y así se iban consumiendo sin poderles dar remedio.

Ibamos cada día retirando y estrechando tanto, que perdimos un pozo de

agua amarga que estaba junto á las trincheas donde estábamos, no 30

pasos de ellas. Este pozo tenía agua en abundancia, y aunque amargaba,

mataba la sed y no hacía el daño que la salada hizo. A haber sustentado

este pozo, remediara mucho la necesidad que se pasaba, y no se nos

morían los caballos de sed, por no querer nunca beber de la salada.

Cincuenta ó sesenta pasos deste pozo estaban otros dos de la misma

suerte de agua.

Un siciliano que llamaban el Capitán Sebastián se ofreció á sacar agua

dulce para beber de la de la mar. D. Alvaro le prometió 500 ducados en

dinero y 200 de renta. Hiciéronse muchos alambiques y henchíanlos de

agua de la mar y les daban fuego, y destilaba agua dulce y muy buena,

sana, sin ningún sabor de sal. Hacía 40 barriles della, que bastaban á

dar ración á 700 hombres. Cada Oficial, sin esto, hizo su alambico para

su casa, y muchos vivanderos hicieron los suyos, con que sacaban agua

para vender. Vendíanla al principio á un real el cuartucho; después fué

faltando leña, y vino á valer á dos reales el cuartucho, ques media

azumbre de la medida de España.

Esta agua fué muy gran parte á que no muriese mucha más gente de la que

murió. La cisterna que estaba fuera del castillo, tuvo muy poca. No se

dió á un mes entero ración della. O se salía, ó por el mal recado que

pusieron en ella, porque la hallamos rota. Una mañana que habían sacado

agua della, temióse no la hobiesen abierto para atosigarla. Súpose que

lo habían hecho soldados por robar el agua.

Viendo ya al cabo esta cisterna, en quien más confianza teníamos, se

comenzó á hacer la mezcla de la salada. Á dos barriles de agua de la

cisterna y uno de los alambiques, se echaba otro barril de salada. Esto

hizo mucho daño á la gente, que con saber á la sal, no solamente no

quitaba sed, pero daba más. Los calores eran tan grandes, y así

padescían los soldados más de lo que se puede encarescer; puestos todo

el día al sol, sin beber agua que les matara la sed, y esa miseria de

ración que se daba, quitaban parte della algunos Capitanes á sus

soldados, por lo que vino D. Álvaro á tratarlos muy mal y deshonrarlos.

Otros vendían el agua. Hubo Capitán en prisión por esto. Por otra parte,

se hurtaban tantas raciones, que fué hasta causa que nos perdiésemos,

porque por ello vino á faltarnos el agua tan presto, de que estaba D.

Álvaro desesperado en ver la bellaquería y poco miramiento de los

Capitanes en un tiempo de tanta necesidad, habiéndoles tomado juramento

que dijesen los soldados que tenían, aunque harto mejor fuera tomarles

muestra.

Diciendo á Juan Daza que cómo era posible que viniese á faltar tan

presto el agua, le mostró cómo se daban 4.000 y tantas raciones. Esto

fué ya al cabo de la jornada. Probóse de hacer pozos en el fuerte, de

que se sacó agua en abundancia, tan salada, que no se podía beber.

Tratándose de tomar lengua para saber cómo estaban los enemigos, se

acordó que saliese un soldado por la parte de levante de las galeras y

se fuese la vuelta de las trincheas de los enemigos, como que se pasaba

á ellos, como lo hacían otros cada hora, para salir con los caballos y

tomar alguno de los que saliesen á tomarlo, que estaban ya tan

arregostados los turcos de los que se iban, que en viendo ir uno la

vuelta de las trincheas, no salían 20 á tomarle. Como éste partió de las

galeras antes que se diese aviso en el fuerte para que le tirasen,

salieron unos á él y hobiéranle de matar si no se acogiera á una barca.

Después salió otro y salieron á él siete ú ocho turcos; como fueran un

poco en la mar, él se iba deteniendo por alargarlos más. En esto

salieron seis caballos y cortáronles el paso; alancearon dos dellos que

no se dejaban prender, y dieron con uno en tierra dos veces, hasta que

llegaron soldados de pie y lo prendieron. Los otros se escaparon: uno

dellos hirió un caballo y otro tomó la lanza á otro de caballo. Este

prisionero dijo cómo habíamos perdido de haber vitoria aquella mañana

que se salió á ellos; que todos iban desbaratados, y que á importunación

de Dragut estaba allí el Bajá. Que eran pocos más de 6.000 hombres, y

que para sacar éstos había sido menester desarmar las galeras. Que cada

día iban turcos á ellas á hacerles guardia, temiéndose no fuesen sobre

ellas los cristianos, y que estando como estaban, 40 ó 50 galeras que

viniesen las tomaban todas, por estar con tan pocos turcos y tan llenas

de cristianos.

Otras muchas veces se salió á tomar lengua y no se pudo, porque todos se

dejaban matar por no venir en prisión. Por la parte de poniente salieron

cuatro Capitanes italianos á caballo haciendo lo mismo que los primeros,

y mataron algunos turcos y trajeron á uno vivo. Estos dos solos se

prendieron en todo el tiempo que duró el asedio. Este último dió aviso

cómo los enemigos tenían desino de tomar las galeras.

Otra vez se ordenó inviar un soldado que tuviese el primer moro que le

llegase á tomar, hasta que llegasen soldados á socorrerle, porque en

este tiempo no había caballos. Este soldado salió y lo había hecho tan

bien, que dos turcos que llegaron á él juntos los detuvo asidos

entrambos un gran rato, y fueron tan de poco los que habían de

socorrerle, que no salieron y lo dejaron matar de los turcos.

Á los 6 comenzaron á batir con seis piezas de artillería el lienzo de la

puerta del castillo, desde la misma puerta hasta el turrión de la mano

derecha, donde teníamos las municiones, porque no pretendían hacer otro,

sino quitárnoslas. Nosotros trabajamos en repararlas y mudarlas donde

estuviesen en seguridad. Mudaban luego la batería donde sabían que las

habíamos puesto. De los que se iban sabían todo lo que hacíamos; pero no

hicieron daño en ellas con la artillería, ni cosa en el fuerte de pensar

que estar por batería, más que derribar alguna marama del castillo y

desencabalgar algunas piezas de artillería nuestras. Pasaron después la

artillería adelante y batieron el turrión de la marina del castillo. En

éste hicieron más batería que otro ninguno. Pusieron dos piezas á la

marina con que batieron las galeras hasta meterlas en fondo, que no se

podía estar soto cubierta, que de lo demás, ya ellas estaban en seco en

pasando la cresciente.

En las galeras mató mucha gente la artillería, que de 3.000 balas que

tiraron mientras duró el cerco, el mayor daño que hicieron fué en las

galeras. Al Capitán D. Diego de la Cerda, estando de guarda en ella, le

mataron una yegua en que iba y á él le cortaron una pierna, de que

murió. Viendo los turcos que la guardia que metían de noche á las

galeras salía el día en tierra, acordaron venir á tomárnoslas con

desino de batir dellas el fuerte, porque lo más flaco dél era á la

marina. Á los 22 de junio por la mañana aguardaron la menguante y

salieron de sus trincheas por la parte de levante hasta 2.000 hombres,

trayendo algunas escalas. Iban tres dellos delante con estandartes en

las manos, corriendo hacia las galeras. Tocóse luego arma en el fuerte y

comenzaron á salir soldados, á quien más presto podía, por la puerta de

la marina, y por una escala que estaba al caballero de San Juan. La

gente iba de muy buena gana, unos de meterse en las galeras para

defenderlas y guardarlas; otros para pelear con los enemigos para

estorbarles que no llegasen á ellas hasta que los nuestros estuviesen

dentro, haciéndoles retirar por dos ó tres veces, hasta que unos turcos

que andaban á caballo les daban de cuchilladas. Estos caballos pasaron

dos veces por nuestra gente, entre el fuerte y las galeras, haciendo

carrera entre los nuestros como si hobieran de jugar cañas, tanto que

dieron lugar á que los turcos metiesen las banderas sobre dos galeras

que estaban sin gente. La una había servido de hospital y habían sacado

la gente y heridos della por la artillería que les hacía daño. La otra

estaba medio deshecha.

Poco les duró estar en ellas; echáronlos desde las otras luego á

arcabuzazos. Retiráronse los turcos con hartos heridos y muertos. De los

nuestros murieron algunos, y los más dellos mató nuestra artillería por

andar mezclados con los enemigos. Peleóse muy bien este día: era cosa de

ver cuán reñida pelea fué. No dejaron salir mucha gente del fuerte,

porque estaban los turcos con aparencia de querer arremeter, y creíase

que aquella gente que era fuera, en venir como venían con escalas, diera

en el fuerte por la parte de la marina.

Al retirar que se retiraban los que habían venido á las galeras,

arremetieron otros por la parte de Levante, hasta llegar junto al

fuerte. Pusieron banderetas junto al contraescarpe del foso. Retiráronse

luego por el daño que hacía en ellos nuestra arcabucería. Salió herido

este día el Gobernador Barahona de un arcabuzazo de que murió dende á

pocos días, en público contento de todos, porque era mal criado y

demasiadamente cruel: con todo esto era solícito y valiente. También

murió el Capitán Diego de Aguayo desgraciadamente de una pieza de

artillería nuestra que tomó fuego de un barril que se quemó.

Aquella noche se puso fuego en las dos galeras donde habían estado los

turcos. Harto mejor fuera deshacerlas y aprovecharnos de la leña dellas.

De ahí adelante se metió muy buena guarda en ellas, sin partir dellas de

día ni noche.

En este medio se pasaba mucha gente á los turcos y morían muchos, así

por la falta de medicinas como por el mal gobierno que había en el

hospital, que aun para enterrar los muertos no nos supimos dar maña,

sino echarlos de la muralla abajo, para que entendiesen los enemigos lo

poco que podíamos durar, porque huyéndose y muriendo tantos, no podía

faltar de verse presto el cabo de nosotros.

Algunos que se huyeron del armada de los enemigos dijeron á D. Alvaro

les habían dicho unos renegados, que se espantaban de nosotros, cómo no

salíamos á ellos á medio día, que eran idos todos por aquellos jardines

á sestear. Lo mismo decían los cristianos esclavos que salían á trabajar

á las trincheas, y nosotros los víamos ir cada día desde el castillo.

No aprovechaba nada con D. Alvaro que dejase salir á ellos, antes reñía

con los que salían alguna vez á escaramuzar. Todo el día se le iba en

decir mal de Capitanes y soldados; lo mismo hacían ellos dél. Uno que

deseaba la enmienda desto, le echó una carta del tenor siguiente:

«Iltre. señor: Los que se desvelan y ponen toda su felicidad en ser

tenidos y tratados de ilustres, debríanse preciar de serlo, así en

obras de buenos cristianos, como de animosos caballeros.

»Digo esto, señor, porque se dice públicamente de vos que vivís

como gentil y gobernáis como tirano, y que si hobiérades hecho la

centena parte de lo que habéis dicho, pudiéramos caminar de aquí á

Constantinopla sin topar con enemigos. Tratándose un día á la tabla

del Maestre de Malta que había poca gente para jornada, por la

mucha que había muerto, dejistes: que cuando se determinasen todos

á no ir, vos solo iríades con la galeota de Estait á tomar á

Trípol, y que os echasen con una fragata en Berbería, que con una

espada y una rodela la conquistaríades toda, diciendo que eran

cobardes y hombres nacidos en hora menguada los que ponían

dificultad á la ida.

»Tratándose otro día delante el mismo Maestre que faltarían

vituallas, porque había cuatro meses y más que se comía de las que

habíamos embarcado, dejistes que no eran menester, que de las

piernas de turcos comeríamos (paréceme que nos aliñamos mal á

cortarlas, agora que fueran bien menester, teniendo la falta que

tenemos de carne), y que respondió el Maestre, como sabio, diciendo

que tenía por mejor llevar pan que no ir en aquella confianza.

»Antes que el armada metiese gente en tierra, publicábades que

daríades á saco vuestro pabellón el día que viésedes que sacaban

artillería, porque se la habíades de ganar y tomar en prisión á

Dragut y otros turcos, para cambiar con D. Gastón y demás que allí

tienen nuestros.

»Ya salieron dos millas del fuerte harto pocos turcos sin que

saliésemos á ellos, y viniéndonos cada día á buscar, pocos y sin

orden, no consentíades que se saliese á escaramuzar con ellos.

»Perdistes los pozos en un día, pudiéndolos muy bien guardar,

sabiendo que importaba la vida de todos mantenerlos, habiendo dicho

muchas veces al Duque que no tenía la fuerza mucha necesidad de

agua, porque los 2.000 hombres que habían de quedar en ella

bastaban á defender los pozos á toda la potencia del gran Turco, y

que con aquellos soldados os atrevíades vos á ir por tierra de aquí

á Turquía.

»Harta más gente se ha perdido entre los que han muerto de sed y

huídose á los turcos, que se podían aventurar en haber guardado

los pozos, como fueron muchos de parecer que se hiciese.

»Respondéis á lo que os dicen que mandéis dar recado á los heridos,

que los dejen morir, porque no coman las vituallas. Buena manera es

ésta de animar á los sanos á pelear.

»Decís mal del Duque, que es un hombre remiso y que se fué de

miedo; que para vos se guardan semejantes empresas que ésta. El día

que se ofreció pelear, el Duque, para la poca experiencia que tenía

en cosas de guerra, lo hizo tan bien, que echó en vergüenza á los

muy pláticos y bravosos. Su venida aquí, y la estada que hizo y la

ida de agora, todo ha sido por consejo y parescer vuestro.

»Decís que ya no hay soldados que peleen, y que ningún Capitán se

os viene á ofrecer de querer salir á los enemigos, porque no hay

alguno que tenga valor y ánimo para ello, y que echáis en más cargo

al Rey en guardarle esta fuerza con tan ruín gente, que Antonio de

Leyva en guardarle á Pavia y Milán con tanto buen soldado como

tenía. Con éstas y otras cosas que estarían mejor por decir, tenéis

desdeñada toda la gente de guerra, y dicen que si vos gobernásedes

y peleásedes como el Sr. Antonio, que tenéis Oficiales y soldados

que harán lo que los suyos, y que si en ellos hobiese la falta que

decís, no se os habrían echado á los pies suplicándoos que los

dejásedes salir á pelear fuera, como lo han hecho, el Coronel Mas,

el Capitán Alvaro de Luna, Jerónimo de la Cerda, Rodrigo Zapata,

Galarza, Juan Ortiz de Leyva y otros Capitanes y Oficiales y

soldados particulares.

»Dábables por respuesta que se dejasen gobernar, y ansí dicen que

en vos solo está la culpa; que os estáis encerrado siempre sin dar

una vuelta al fuerte ni consultar con nadie lo que cumple, ni dar

orden á nada, y sobre todo, mandáis agora de nuevo echar agua

salada en las raciones que se dan á los soldados, que los destempla

y quita el comer á todos, de modo que en pocos días los pondrá

tales que no se hará provecho dellos.

»Si os teméis de largo asedio, acometed luego los enemigos, porque

cuanto más lo dilatáredes, menos gente ternéis para ello, y la que

hobiere estará tan débil y flaca, que no podrá pelear. Así que,

señor, mirad con tiempo en esto y juntad vuestros Capitanes; dadles

parte dello y deliberad lo que más cumple á todos; porque os hago

saber que todas las naciones que aquí hay os dan culpa del mal

suceso de las galeras, diciendo que por odio y rencor que teníades

con algunos, fuísteis cabsa que tardasen aquí más de lo que era

menester. Todos piensan avisar al Rey, tanto de lo pasado como de

lo presente.

»Héoslo querido señor, decir, porque deseo que salgáis con

honra de aquí, por lo que debo al servicio de Dios como cristiano,

y al de S. M. como vasallo suyo, para que trabajéis de hacer algún

buen hecho en enmienda de lo pasado, pues hay tanta oportunidad

para ello, siendo los enemigos tan pocos y estando tan repartidos y

derramados, que es muy gran bajeza de los que aquí nos hallamos

habernos dejado sitiar de otros tantos turcos como aquí éramos

soldados.

»En el fuerte de los Gelves á los 28 de junio, año de 1560.»

De allí adelante comenzó D. Alvaro á salir y acariciar los soldados,

mandando dar dineros á los que hacían algún buen hecho ó buen tiro con

el arcabuz, y á los 4 de julio, teniendo determinado salir á los

enemigos, como la mañana de Pascua, se dejó porque se fueron aquella

noche á dar aviso á los turcos siete ú ocho bellacos, y así se mandó

echar bando que cualquiera que matase al que se pasaba á los enemigos,

le darían seis escudos.

Hubo hartos que ganaron el precio, porque con la golosina del dinero

hacían mejor guardia. Todavía salieron de día á una trinchea que venía á

la gruta, donde mataron algunos turcos. Los demás la desampararon. No

pasaron adelante los nuestros por ser pocos. Las veces que se salió á

estas cosas y á escaramuza, inviaban tan pocos, que nunca se hizo cosa

que luciese, porque en lugar de reforzarlos y ayudarles con gente,

cuando iban ganando tierra á los enemigos, apenas eran llegados á las

manos cuando los mandaban retirar, y hacíanlo de manera que siempre

dejaban allá los mejores soldados, por no ir á la vanguardia á dar la

orden que se retirasen, sino darla en la retaguardia, y así venían á

quedar solos los que iban delante. La culpa de esto estaba en los

Sargentos mayores.

A los 6 tornaron los enemigos por la misma parte á acometer á las

galeras, aunque no con tanta gente como la primera vez, ni duraron tanto

en el combate por el daño que rescibían dellas y del fuerte. Así se

volvieron, á pesar de los que los mandaban: no bastó palos ni

cuchilladas á hacerlos volver.

No salió gente á ellos este día del fuerte por estar bien proveídas las

galeras esta vez segunda que vinieron por tierra. Entraban por la parte

de Poniente muchos turcos; pero no se acercaron como los otros, porque

debían de ir con más gana de robar que de pelear.

Viendo los enemigos que no podían con las galeras, se habían determinado

dar asalto al fuerte, y un mal cristiano que se pasó á ellos aconsejó

que no lo hiciesen, diciéndoles que estábamos muy apercibidos con

ingenios de fuego esperándolos, cargada el artillería con dados y

cadenas, que si arremetían recibirían gran daño y no harían nada.

El consejo deste les hizo dejar el desiño que tenían: pasaron dos piezas

de artillería al campo de los pozos, y continuaron una trinchea que

tenían comenzada que venía á dar al caballero Doria. Después de haber

combatido por tierra dos veces las galeras, tentaron por la mar, y á los

8 vinieron del armada con hasta 130 esquifes y barquetas y algunos

bergantines empavesados con piezas de artillería pequeñas y mosquetes y

ingenios de fuego, con mucha gente de pelea en ellos. Los que traían la

artillería y mosquetes combatían con las galeras, mientras los demás

trabajaban con hachas y sierras y otros instrumentos romper la palizada

y cadenas que nuestras galeras tenían por reparo, de manera que con más

de 20 pasos no se podía acostar ningún bajel á ellas. Mientras los

enemigos entendían en combatir y romper la palizada, no perdían tiempo

los nuestros, tirando á unos y á otros, haciendo gran daño en ellos por

tenerlos cerca y á caballero, tirándoles de mampuesto, seguros con los

reparos que habían hecho para ello, porque las galeras estaban muy bien

abestionadas por la parte que las batían y empavesadas por todas partes.

El artillería del fuerte hacía gran daño en los enemigos; echóles á

fondo dos esquifes y una barca y matóles mucha gente: con todo esto

pelearon hasta hora y media de día, porfiando de romper la palizada, y

viendo que no podían, se retiraron con pérdida de más de 300 entre

heridos y muertos.

Fué de ver el combate este día. Duró dos horas y media y más, porque

vinieron una hora antes que amaneciese sobre las galeras. De los

nuestros salieron hasta 30 heridos y los muertos no llegaron á 10.

Pelearon muy bien. Halláronse este día en las galeras el Coronel Mas,

caballero francés de la Orden de San Juan; el Capitán Fantón, Piantanido

y Almaguer. Todos estos Capitanes se señalaron esta jornada como buenos

soldados en todo lo que se les encomendó.

Este mesmo día esperábamos que diesen asalto al fuerte, porque estaban

los turcos en arma con demostración de querer arremeter. Harto mejor

fuera de acometerlos nosotros, pues estaba entendido que el estar así

recogidos era de miedo, por ser pocos, que les faltaba aquella gente que

combatía en las galeras, porque saliendo por la parte de Poniente pocos

soldados de los nuestros, comenzaron á huir los turcos y desamparar las

trincheas, y llegáronse con los del montón.

Aquella noche se metió fuego á las dos galeras por tener menos que

guardar, y para lo que después sucedió, fuera mejor quemarlas todas, por

quitar desinios que nadie se fuese á favorescer en ellas, y porque

hiciera más servicio en el fuerte la gente que se ocupaba en guardarlas,

y por estar ya los turcos tan cerca del fuerte, que no se podía entrar

ni salir á ellas sin gran riesgo, y así mataban cada día los más de los

que les llevaban agua y de comer, tanto que no se osaba ya ir de día á

proveerlas; y viendo los turcos que iban de noche, aguardaban á un

barcón que estaba cerca dellas, al paso, y allí prendieron muchos en

veces, así de los que iban á llevar la provisión, como de los que

entraban y salían de guarda.

Como los turcos vieron que no podían nada con las galeras en cuatro

veces que habían probado de combatirlas, tornaron de nuevo á trabajar en

la trinchea que solían, hasta llegar á la gruta para quitárnosla,

creyéndose que con ella nos entreteníamos, sin tener otra agua para

beber.

Viéndolos venir tan cerca con esta trinchea, fueron algunos á decir á

D. Alvaro que era mal hecho dejar venir los enemigos tan adelante.

Respondíales que los dejasen llegar. Por la marina de Levante vinieron

también con otra trinchea hasta llegar al parapeto del foso, y arrimados

á él levantaron un turrión con palmas y tierra. Lo más de entorno del

fuerte, que era piedra, que á 200 ni 300 pasos no se podía hacer

trinchea. Cuando llegaban á estas partes, la hacían de noche con tierra

y fajina. Era cosa de admiración la solicitud y atrevimiento que tenían

en arriscarse á trabajar donde tantos morían.

Este turrión que comenzaron á levantar descubría todo el caballero de

Gonzaga. El Capitán Juan de Funes estaba de guardia en él; fué á Don

Alvaro y díjoselo: respondióle que tenía miedo de los enemigos y por eso

venía con ese mensaje. El Juan de Funes le dijo que ya él sabía cómo él

peleaba, y salióse enojado diciendo que no entraría más en su casa ni le

daría aviso de nada. D. Alvaro le mandó llamar; comenzóle á acariciar

diciéndole: «Vos no sabéis que habemos de venir con los enemigos á las

manos: dejadlos; lléguense cuanto quisieren.»

En pocos días levantaron otros tres turriones, que no aprovechó para que

los dejasen de hacer tirarles mucha artillería y salir á quemárselos.

Éstos descubrían los caballeros y todo el fuerte, de manera que no se

podía andar por él ni estar en las tiendas, que por todo llovía balas y

flechas. Mataron al Capitán D. Luis de Aguilar y á Tapia, y á Alvaro de

Luna hirieron, de que murió.

Después del armada, éste se puede alabar que sirvió extremadamente bien,

aunque no tenía allí su compañía. Daba cada día cinco ó seis vueltas al

fuerte, lo que no hacía Capitán ni Oficial ninguno.

A los 19 acometieron dar asalto por todas partes y cargaron á la parte

de la gruta y ganáronla. Perdióse en ella el Alférez Juan Pérez de

Vargas con siete soldados. No llegaron por otra parte alguna á pelear.

Ganada la gruta, caminaron por el foso hasta llegar al caballero Doria,

y comenzaron á cavar y sacar palmas dél, y hobo turcos tan animosos que

subieron arriba hasta el parapeto, donde los mataron. Los de abajo

cavaban todavía en el caballero, por no haber través donde les hiciese

mal.

De arriba les echaban trompas y ollas de fuego artificial y barriles de

pólvora, con que quemaron muchos, mas no para que se les quitase de

cavar.

No se podía descubrir nadie en nuestra muralla que no los asaeteasen

desde sus torreones y desde el mismo parapeto de nuestro foso, donde se

había puesto su escopetería, porque había días que lo había mandado

desamparar D. Alvaro por los muchos que se iban de allí á los turcos,

que desde el día del gran calor hasta que nos perdimos, siempre se

fueron, pocos ó muchos. Todos los que se fueron eran italianos y

españoles, que de los tudescos y franceses hubo muy pocos ó ningunos que

se fuesen, y esos que se iban no eran de su nación, sino que andaban

entre ellos por saber la lengua. Fuéronse algunas mujeres tudescas, y

así se pueden loar estas dos naciones no haber caído en una tan gran

maldad.

Viendo los enemigos que tan á su salud los dejaban cavar en el

caballero, sin salir á estorbárselo, se llegaron aquella noche á los

demás, y hicieron lo mismo, y en tres días los pusieron de manera que se

podía subir á caballo por ellos. Cuando los enemigos vinieron á esto,

teníamos muy poca artillería de que servirnos, que mucha había reventado

y otra por encabalgar, y para las piezas pequeñas no se hallaban ya

balas. Esto fué por la mala orden que tuvo al principio el Gobernador

Barahona, que antes que nos sitiasen no se descubría el turco una milla

que no le hacía tirar 20 piezas, y así sin provecho gastó los cañones y

vino á faltarnos cuando más lo hobimos menester.

Como los enemigos iban trabajando en cavar y derribar los caballeros,

íbamos por la parte de dentro cortándolos y fortificándonos lo mejor que

podíamos. No se entendía en otro todas las noches, porque de día no se

podía trabajar por estar, como estábamos, descubiertos. Del campo de los

enemigos se echaron flechas escritas y otras con pólizas de avisos para

que estuviésemos apercibidos que querían dar asalto.

Un renegado entró muchas veces á hablar con D. Alvaro; no se supo lo que

trataba con él: algunos quieren decir que era echadizo, y así los

renegados que hablaban cada noche desde sus trincheas con los nuestros

decían que nos guardásemos, que nos engañaba aquel renegado, que

estuviésemos avisados que quería huirse D. Alvaro del fuerte, que nos

rindiésemos con tiempo, que nos harían todo buen partido. En esto se

huyó un cristiano del armada: dijo la falta que tenían de vituallas,

por lo que tenía por cierto que se irían muy presto.

A los 23, ya tarde, arremetieron por la parte de Levante al caballero de

Gonzaga y á la cortina que estaba hasta el de La Cerda, y teniendo tan

buena entrada, no tardaron de subir arriba. Menos tardaron los nuestros

en echarlos abajo, peleando animosamente, hiriendo y matando en los

enemigos, haciendo lo mismo todas las veces que porfiaron á subir.

D. Alvaro anduvo este día como muy buen caballero, haciendo lo que debía,

así á buen General como á buen soldado, con un crucifijo en las manos,

animando á todos, mostrándole el Capitán en cuyo nombre combatían.

El combate este día fué bien reñido y duró más que ninguno de los

pasados, y durara mucho más si el día diera lugar á ello, porque los

turcos que mandaban daban palos y cuchilladas á los que se retiraban de

la batería, y reforzaban cada hora el combate. Estos días hobo muchos

heridos y muertos de los turcos. De los nuestros muy pocos. Murió el

Capitán D. Jerónimo de Sande, sobrino de D. Alvaro, peleando como buen

caballero. Dió luego su compañía D. Alvaro al Sargento della, que se

llamaba Francisco Ortiz, un muy valiente soldado. Matáronle dende á dos

días en el mismo lugar. Al Alférez Salazar mataron nuestros soldados por

tirar á unos turcos con quien peleaba. Desta manera murieron muchos esta

jornada por la poca plática de nuestra arcabucería. Los enemigos mataron

desde su campo, dentro en el fuerte, el tiempo que duró el asedio muy

mucha gente, y entre ellos Capitanes y Oficiales de todas naciones muy

valientes y animosos, que por no saber sus nombres los dejo de nombrar.

Al Coronel de tudescos hirieron de un arcabuzazo en la cabeza en el

caballero de la Cerda, de que murió dende á pocos días. Pesó á todas

naciones la muerte deste Coronel, que era muy valiente y muy bien

quisto. Tomó D. Alvaro la Coronelía para sí y puso un Teniente en ella.

A Piantanido, Maestre de campo de los italianos, mataron el día de la

gruta en el caballero de San Juan de un arcabuzazo: murió luego en

cayendo. Era un muy valiente soldado y solícito y muy bien entendido en

cosas de fortificación. El mismo día mataron al Capitán Juan Ortiz de

Leyva, muy buen soldado. Al Capitán Escolar habían muerto dos días

había.

La noche que se había dado el asalto al turrión de San Juan, llegó una

fragata de Sicilia con cuerda, que era bien menester, y medicinas, de

que había tanta necesidad, que hobiera dado la vida á muchos á venir

antes. Dende á dos días estaba despedida para irse. Impidióla D. Alvaro,

y mandó al Capitán Pedro y á su hermano que pusiesen en orden otra

fragata de un trapanés que estaba allí por la corte desde que el Duque

se fué.

Viendo los turcos lo poco que ganaban en venir á las manos con los del

fuerte ni galeras, acordaron de esperar á que acabásemos el agua, porque

de los que se huían tenían cada hora aviso de la poca agua que teníamos,

y los que se iban, por cubrir su bellaquería y por complacer los turcos,

publicaban más necesidad que la que había. Muerto el gobernador

Barahona, que tenía cuenta con el agua, se dió el gobierno del fuerte y

el cargo de la cisterna al Capitán Antonio de Olivera; y estando herido

de un arcabuzazo, se dió cargo del agua á Juan de Alarcón, Secretario de

D. Alvaro, que servía de Contador en la fuerza. Éste engañó á D. Alvaro

dándole á entender á los 28 de Julio que no había agua para más de tres

ó cuatro días. D. Alvaro, sin ir á ver la cisterna, llamó algunos

Capitanes y particulares amigos suyos y les dijo la necesidad que había

de agua, y que se determinaba salir aquella noche á los enemigos á

ganarles los pozos.

Publicando esta determinación, invió los Sargentos mayores á todos los

Capitanes, mandándoles que diesen la gente que tenían para pelear,

dándoles á entender que por estar el fuerte tan abierto por todas partes

y haber poca gente para guardarle, por los muchos que se habían ido y

iban á los enemigos, y por la falta de agua, quería salir á la campaña

con los que quedaban. Asimismo lo hizo entender á todos los

particulares. Mandó que se diese aquella tarde á cada soldado un

cuartucho de agua sin mezcla y medio de vino.

D. Alvaro fué aquella noche á la tienda de Olivera y á la del Capitán

Piantanigo, que por la muerte de su hermano le había hecho á él Maestre

de campo, que también estaba herido. Á éstos dijo la determinación que

tenía; que se entrasen en el castillo por si no sucediese bien la salida

y viniesen los enemigos á entrarse por las baterías, que ellos hiciesen

desde allí sus partidas.

Estando ya todos recogidos, dos horas antes del día, se fué D. Alvaro

con ellos á la puerta de la marina y la mandó desabestionar, que estaba

cerrada con piedra y tierra. D. Alvaro iba armado de un peto fuerte y

una celada, con una rodela acerada, á prueba de arcabuz, y una espada

desnuda en la mano; y en llegando á la puerta, dijo que le hacía mal el

peto y quitósele. Tomóle Don Bernardino de Mendoza y dióle á guardar á

Francisco Ortiz Zapata, sargento de Rodrigo Zapata, que estaba herido en

la tienda, y díjole que no lo diese á otro que á él ó á quien le asiese

el dedo pulgar.

La puerta estaba tan abestionada, que tardó un rato en abrirse, y con

tanta dificultad, que no podía salir más de uno en uno por ella.

Comenzando á salir, se dió por nombre _Jesús_, dando á entender á todos

que no había agua y que era menester romper los enemigos y ganar los

pozos. Dende á poco que comenzaron á salir, preguntó D. Alvaro, que

estaba sentado á la puerta, si serían fuera 200 hombres. Algunos dijeron

que sí: uno que los había contado le dijo que fueran pocos más de 100. Á

éste dijo D. Alvaro que contase hasta 250 ó 300 hombres y le avisase.

Viendo que eran ya fuera hasta este número, mandó que le llamasen al

Capitán Pedro Nicardo, de su tienda, que estaba allí junto, y diciéndole

que era fuera á la marina, dijo que le dijesen á él y á un hermano suyo

que no se apartasen dél un paso. Estos dos hermanos tenían á cargo las

barcas y fragatas del fuerte como guardianes del puerto, y el Pedro

había poco que entendía en la artillería. Llamábanle Capitán porque

había ido en corso con una galeota. En saliendo los 300, salió D. Alvaro

de la puerta y tornó á llamar los dos hermanos.

Entre los que iban con D. Alvaro, había caballeros y Oficiales de más

calidad que ellos. Pesábales ver que se tuviese tanta cuenta con el

Pedro y su hermano, pareciéndoles que fiaba más en ellos que en los

demás. La segunda vez que los llamó, le dijo un caballero sardo, que se

decía D. Guillén Barbarán, que iba á su lado: «Aquí imos Corrales y yo

con vuestra señoría.» D. Alvaro le respondió, medio enojado, que le

dejase y volviese á los soldados que eran fuera, para ir de vanguardia,

questaban de rodillas arrimados al caballero de San Juan, y mandólos

arremeter, que ya eran descubiertos de los enemigos, y así comenzaron

luego á caminar adelante. En pasando el foso, volvieron sobre la mano

derecha, por fuera del parapeto, haciéndole desamparar á los enemigos

que le tenían. Los cuatro Capitanes que iban de vanguardia, con hasta 20

particulares que fueron con ellos y algunos soldados que les siguieron,

pelearon valerosamente, diciendo á grandes voces:--«¡Vitoria, vitoria!»

que hicieron desamparar las trincheas á los turcos y llevaron

reculándolos hasta pasar el torreón que estaba sobre el turrión de San

Juan, de donde tiraban los enemigos artillería y fuegos artificiales.

En alargándose un poco los que habían salido de vanguardia, comenzó

D. Alvaro á caminar con los suyos que tenía delante, con unos pocos que

tenía consigo, marina á marina, hacia la parte donde batían las galeras.

Sin aguardar á que saliesen los que quedaban en el fuerte, D. Guillén y

otros tres, con hasta 20 soldados, llegaron á la primera trinchea, que

estaba delante de la en que tenían la batería, que la habían dejado los

turcos antes que ellos llegasen, y recogiendo gente de la que salía del

fuerte para ir adelante, vieron que los que habían salido de vanguardia

se retiraban al fuerte con harta más priesa y poca orden que era

menester, porque los enemigos los seguían, ni tiraban tanta escopetería

como solían y flechas, como otras veces.

Viendo esto los que habían ido por la mar, se retiraron, porque no los

tomasen en medio los turcos, si cargaban sobre los nuestros. Llegados á

ellos, trabajaron por hacerlos tornar: no fueron parte para ello por ir

la gente de arrancada.

A todo esto no eran fuera del fuerte las dos partes de los que estaban

recogidos para el efeto, por salir uno á uno por la puerta, pudiendo

salir por los caballeros todos juntos y dar sobre los enemigos antes que

se apercibiesen. Estando debajo de los caballeros, como estaba toda la

gente, se tornó á entrar dentro en el fuerte, quién por la puerta, quién

por la muralla, con dos moros que se vinieron entre ellos, sin saber

cómo se habían entrado entre los cristianos. Esta priesa se hizo aquella

mañana. Murió el Capitán Bravo, que había dos días que lo era. De

aquesta compañía mataron tres Capitanes en cinco días. Mataron al

Capitán Golfín y algunos soldados; á Moroto, Sargento mayor del tercio

de Nápoles, tomaron en prisión.

Antes que la gente acabase de entrar en el fuerte era ya día claro, y

yendo á ver si había entrado por algún caballero ó si estaría en su

tienda Don Alvaro, llegó el Capitán Pedro Nicardo y dijo que lo dejaba

en las galeras. Luego llegó un soldado de la compañía de D. Gastón, que

se llamaba Varón, con una carta. Estando este soldado para echarse al

agua, le dijo D. Alvaro: «Decí á los Capitanes del fuerte que se tengan

por todo hoy, si fuere posible.» Y aún no era la gente que se había

salido á pelear de dentro del fuerte, cuando algunos Capitanes y otros

particulares se recogieron al castillo.

El Capitán Joan de Funes, Juan Pérez de Vargas, Collazos, Jerónimo de la

Cerda, Diego de Vera, el Sargento mayor de Sicilia, Antonio Dávila,

D. Bernaldino de Mendoza, Pacheco, Comisario de la Religión (estos dos no

tenían cargo). El castellano Fuentes, recogidos éstos y otros amigos

suyos, rompió la escala y comenzó á bestionar la puerta del castillo.

Viendo esto el Alférez Sedeño y el Alférez Herrera, y Beltrán,

Maestresala del Virrey, comenzaron de abajo á darles voces, llamándoles

de traidores, que desamparaban el fuerte y se alzaban con las vituallas.

El encerramiento destos Capitanes y el ausencia de D. Alvaro desanimó

mucho la gente, viendo que los enemigos podían entrar por las baterías,

y dijo el Alférez Serrano, que tenía cargo del artillería á estos

Capitanes, que por qué no se iban á la batería con sus soldados.

Respondióle Juan Pérez de Vargas que fuese él. Dende á poco salieron

fuera y anduvieron en concilios de una á otra sobre lo que harían, sin

resolverse en nada. Antonio de Avila fué á D. Juan de Castilla de parte

de algunos Capitanes, diciendo que le habían estado esperando para que

dijiese su parecer, para darle el cargo del gobierno de aquel fuerte.

D. Juan le respondió que por no dejar la batería sola no había ido. El

Antonio de Avila prosiguió diciendo que todos holgarían que acetase el

gobierno, que por estar el fuerte de manera que no se podría defender,

ni había gente para ello ni agua que beber, que alzase una bandera para

tratar partidos con el Bajá. D. Juan respondió que si él acetase el

gobierno, había de ser para defender el fuerte y no para rendirle: que

si para esto querían, que él tomaría el cargo. El Antonio Dávila se fué

con esta respuesta.

Juntáronse esta mañana en la tienda del Capitán Zapata, que estaba en la

cama herido de una flecha, y acordóse entre los que allí se hallaban de

escribir una carta á D. Alvaro dándole á entender cómo su ida había

alborotado toda la gente; que viniese á dar orden de lo que había de

hacer; donde no, que ellos harían lo que viesen que cumplía. Hecha esta

carta y firmada de muchos, no la enviaron por parecer á algunos que

tardaría en venir respuesta para sus disinios, que era rendir el fuerte,

temiendo que los enemigos diesen asalto.

Tratándose en la misma tienda que era bien ver el agua que había en la

cisterna para gobernarse por ella, dijo Juan de Funes que en lo del agua

no había que tratar, que no había para más de aquel día. Corrales les

dijo que no era posible porque él había tenido cuenta del agua que se

había echado en la cisterna y con los días que se bebía della; que había

agua para más de quince días. Acordóse que los dos, con D. Guillén de

Barbarán y el Sargento Hidalgo, fuesen á verlo en presencia de muchos

soldados, y hicieron entrar en la cisterna un moro que se llamaba Xama,

que era de los que les pesaba de ver que se tratase de rendir el fuerte,

porque era muy valiente y había mucho que servía en nuestra caballería,

en la Goleta y Sicilia, y habiendo salido de la isla á acompañar al

Infante de Túnez, le dejó en tierra firme y se volvió á meter en el

fuerte, diciendo que, pues en tiempo de paz había llevado el sueldo del

Rey, quería venir á servirle en la guerra.

El agua que tenía la cisterna daba á este moro, con ser alto, cerca de

la horcajadura. Después entró otro y lo midió con una cana de la medida

italiana, y halló tres palmos y medio de agua, ques una vara de España,

y más la cisterna tenía cuatro canas de hueco. Cada cana verná á ser dos

varas y una tercia de la medida de España.

Como el Joan de Funes vido el agua que había, comenzóse á santiguar

diciendo: «Buena casquetada han hecho hacer á D. Alvaro.»

Los mismos que fueron á ver la agua llamaron á Pedro Ginovés, que

repartía las raciones por la lista que tenía, y demandáronle que

menguaba cada día la cisterna, y dijo que no llegaban á tres dedos; de

manera que, dando las raciones que se daban, había agua para quince

días; y si se tomara reseña de la gente que había, para que no se diesen

raciones demasiadas, como se daban, había agua para mucho más; y sin

nada desto, los alambiques solos de la munición y los de particulares

bastaban á sustentar 800 hombres y más cada día, dándoles ración sin

mezcla de agua salada y darles un tercio más de agua que se les daba.

En esto iba por el fuerte un capellán de Don Alvaro, que se decía

Carnero, animando los soldados, diciendo que los que se habían ido lo

habían hecho de cobardes y ruínes. Iba muy alborotado porque le habían

dicho que se juntaban en la iglesia muchos Oficiales y soldados, donde

él tenía las conservas quél había retirado del hospital porque no

hicieran mal á los enfermos, y los dineros que habían dejado los muertos

á quien él era amigo. De cuán flojamente se pasó con los enfermos,

porque se dió mejor maña á ser albacea que á hacerles curar, que si los

que morían dejaban algunos dineros á los clérigos y frailes que allí les

servían, se lo tomaba. Hallando en la iglesia muchos Capitanes que se

habían recogido para tratar lo que habían de hacer, les dijo mirasen que

estaban en la casa de Dios, donde se había de tratar verdad y lo que

cumpliese á su servicio y al de Su Majestad, y á la honra y provecho de

todos, que era morir por la fe de Jesucristo. Después vino al castillo á

reñir con el Gobernador Olivera y el Castellano, exhortándoles lo

mismo. Si los Oficiales tuvieran el ánimo y determinación deste clérigo,

no viniéramos á lo que hemos venido.

El Capitán Pedro y el Secretario Alarcón fueron en una barca á las

galeras, donde llevaron agua y bizcocho y los remos y velas de una

fragata. Fueron en esta barca el Coronel Mas y Mos de Indón, diciendo

que iban á traer á D. Alvaro, pero no volvieron más al fuerte. A medio

día se tornaron á juntar los Capitanes y hicieron Gobernador del fuerte

al Capitán Rodrigo Zapata, que se había levantado de la cama. Después de

haberle elegido le dijeron los mismos Capitanes que por estar el fuerte

como estaba no se podía defender; sería bien alzar una bandera para

tratar partidos con el Bajá. Respondió que no había acetado el cargo

para rendir la fuerza, sino para morir en ella defendiéndola; por lo

demás, acudieran á Olivera, Gobernador, y ansí fué el Capitán Collazos á

hablar á Olivera de parte de todos. Respondióles que hiciesen una carta

quél la firmaría, y daría por bien todo lo que hiciesen.

La carta se escribió en la misma tienda y llevóla á firmar el sargento

de Francisco Henríquez. No la pudo firmar Olivera por la herida que

tenía en la mano. Envióles á decir que la firmase uno por él, que daría

por bueno todo lo que los Capitanes hiciesen; con todo esto, el Zapata

salió de allí y fué dando orden por toda la muralla que todos tomasen

sus armas, porque los enemigos estaban de manera de querer dar el

asalto. Los tudescos estuvieron todo aquel día en orden sin partirse

del cuartel que tenían á cargo, diciendo que harían lo que los españoles

y italianos y franceses. Ansí Oficiales como soldados se fueron con las

armas á sus postas, ofreciéndose de guardarlas ó morir en ellas: muy

buenos soldados.

Andando en esto, encontró con el Sargento mayor Antonio Dávila, que

venía hacia el castillo, y díjole que se fuese por 30 soldados y los

llevase al caballero de la Cerda. Respondióle que, pues había Gobernador

nuevo, hiciesen Sargento mayor también. Mientras el Zapata andaba por la

muralla, se juntaron en la tienda de Juan Osorio de Ulloa, que estaba en

la cama malato, cuatro Capitanes: Joan de Funes, Joan del Aguila, Zayas

y Borja. Estos trataron que se rindiese el fuerte y enviaron al Zayas á

hablar á Zapata de parte de todos para que hiciese alzar bandera. El

Zapata le dió por respuesta lo mismo que había dicho en la tienda de

Joan Pérez de Vargas. Viniendo todos juntos á persuadírselo, porfiándole

que lo hiciese, respondió que nunca Dios quisiese quél acabase de perder

lo que otros habían comenzado. Joan de Funes respondió que ya no era

tiempo de aguardar más; que los enemigos estaban para dar el asalto;

quél tenía orden de D. Alvaro de lo que se había de hacer; que D. Alvaro

no había salido del fuerte con disinio de volver más á él.

Dende á poco fueron Zayas y Joan de Funes y hicieron á un soldado,

llamado Villacis, que arbolase una bandera en una pica. Éste lo hizo

luego. Viendo esto los turcos, arbolaron una toca, y ansí se fué el

Villacis y los dos Capitanes tras él. Joan del Aguila se echó por otra

parte, y ansí se fueron todos al Bajá, de su propia autoridad.

Mientras ellos hablaban con el Bajá, se llegaron muchos turcos junto al

fuerte. Los soldados estaban con sus armas á la muralla diciéndoles que

se alargasen. Dragut envió á llamar á Zapata, questaba en el caballero

de San Joan, y no quiso ir, diciendo que no tenía licencia de sus

compañeros.

El Bajá tuvo nueva aquella mañana, de un italiano que se huyó, cómo

D. Alvaro estaba en las galeras, y mandó volver dos piezas de artillería

que les tirasen. Primero había sabido que faltaba D. Alvaro del fuerte,

del Sargento mayor Moroto, que era de los que iban con él á las galeras.

Acertáronle á prender. Desta manera, estando un turco que escapó de la

galera de Joan Andrea, llamado Uzaín, á quien hizo Alí Portu Capitán de

fanal, su Lugarteniente, por ser turco principal y buen marinero,

cavando en el caballero de San Joan y sacando palmas dél con otros

turcos, oyendo las voces y arcabucería de la otra parte del fuerte,

salieron á la mar por descubrir lo que era, y vieron la vuelta de las

galeras cuatro ó cinco hombres. Creyendo que eran de los que solían

llevar provisión, los siguieron hasta pasar de un barcón questaba junto

á las galeras, y llegaron cerca del reparo que las galeras tenían en

torno. De allí se retiraron porque la guardia de las galeras comenzó á

tirarles. Este Uzaín prendió al Moroto, que venía un poco atrás. Como

vió que los demás seguían á D. Alvaro, no supo decir si era vivo ó

muerto, y ansí le hizo el Bajá mostrar algunas cabezas para que viese si

era alguna la de Don Alvaro.

A él y al Capitán Pedro recogió el Capitán Clemente y metió en su

galera. Aunque oían voces junto al barcón que decían: «Ríndete á buena

guerra,» como no veían los que eran con la obscuridad que hacía, no se

atrevían á salir de las galeras, creyendo que los turcos lo hacían

aposta por hacerles salir.

Estando los Capitanes fuera del fuerte, llegaron muchos esquifes que

venían del armada, y tomando la vuelta de las galeras, el Capitán

Clemente, que estaba por cabeza de la gente que allí estaba, mandó que

tomasen todos las armas. Viendo esto D. Alvaro le preguntó qué quería

hacer. El Clemente respondió que pelear y defender las galeras.

D. Alvaro le dijo que no haría nada, estando como estaban los del fuerte.

Que tratase él también partidos. Clemente le respondió que no

acostumbraba á tratar partidos, sino pelear, y pues él era de aquel

parecer y era su General, que tratase lo que quisiese, que él le tenía

como la persona del Rey, y así acordó que el Coronel Mas tratase

partidos con los enemigos; y tardaron tanto en ello, que dieron lugar á

que los esquifes llegasen y rompiesen la palizada y saqueasen las

galeras, donde tomaron á todos en prisión.

Darmux Arráez, Cómitre real, llevó á D. Alvaro en su esquife al Bajá.

Joán de Funes volvió al fuerte, dando á entender que había tratado con

el Bajá que dejase ir libres á los Capitanes con 25 soldados por

compañía. Entrando en el castillo le dijo Diego de Vera: «¿No habemos de

saber en qué ley vivimos ó cómo nos rendimos?» Respondióle no quisiese

saber más de que él y sus amigos iban libres. Después fué el castellano

Fuentes á rendir el castillo y el municionero Joan Daza á ofrescer el

dinero, que tenía á cargo, del Rey, pues no faltaba otra cosa, que la

sangre y libertad nuestra ya la habían rendido.

Los primeros, Joan del Aguila, se fué de armada; Zayas volvió con

Villacis y un renegado que se decía Mamy, diciendo que el Bajá y

D. Alvaro mandaban que toda la gente se entrase á puesta de sol en el

castillo; que les diesen un moro que se llamaba Sayte y el hijo del

jeque que habíamos traído de Sicilia para hacerle señor de la isla, con

otros tres rehenes que habían dejado los alarbes que habían venido á

servir. Á todos quebró el corazón ver llevar éstos en prisión, porque se

tenía entendido las crueldades que los turcos harían con ellos. Por sólo

esto habíamos de morir primero todos, que darlos, pues habían dejado de

irse con los de su ley, por el amor y afición que tenían con nosotros.

El mandar entrar la gente en el castillo fué por dar lugar á que los

jenízaros y turcos saqueasen el fuerte, aunque ellos se dieron tanta

priesa á entrar, que mataron y prendieron muchos fuera del castillo.

Todos los enfermos y heridos que hubo por las tiendas degollaron, que

era gran compasión. Aquí prendieron al Capitán D. Joan de Castilla; ni

fué nunca de parescer que se rindiese el fuerte: siempre dijo que

quería morir peleando y defendiendo la parte que le tocaba con sus

soldados, y ansí le mataron muchos dellos.

Los del castillo, viendo lo que pasaba fuera, se abestionaron y pusieron

sus guardias porque no entrasen los turcos. Aquella noche llamaron dos

turcos á la puerta; la guardia les preguntó qué querían: dijéronles que

les llamasen un Capitán cojo y otro que tenía las narices rajadas, que

los llamaba el mayordomo del Bajá. Entendiendo que lo decían por Joan de

Funes y Zayas, se los llamaron. Vino con ellos Diego de Vera. El

mayordomo les dijo que se los encomendaba el Bajá; que estuviesen de

buen ánimo, quél cumpliría con ellos lo que les había prometido, y

quellos cumpliesen con él lo que le habían mandado. Los Capitanes fueron

á Joan Daza á pedir dineros para el mayordomo, diciendo que era su

libertad. Dióselos en plata y con firma de todos 250 escudos: llevóselos

el castellano Fuentes.

Otro día por la mañana se sentaron el Bajá y Dragut en el muro de la

marina con muchos jenízaros y espayes, con sus arcos y escopetas en las

manos en torno dellos; mandaron salir primero los Capitanes, después

todos los soldados. Embarcábanlos como iban saliendo; lleváronlos todos

á escribir á la galera del Bajá; de allí los repartieron por las otras

galeras. Toda la gente que se recogió al castillo serían hasta 1.000

hombres; los demás se perdieron fuera dél.

Aquí hizo fin la mal fortunada jornada que se comenzó para Trípol, que

de haber tenido ruín principio y peor medio, vino á acabar tan

vergonzosa y vilmente como acabó. Si ruinmente lo hicieron los de las

galeras, muy peor lo hicimos los del fuerte, como si anduviéramos á

porfía unos de otros sobre quién haría mayor error, y ansí fué desde el

principio de la empresa, que parece que estudiábamos para no acertar en

nada. Es salir de juicio pensar los desvaríos y mal gobierno nuestro, y

ansí no hay que decir sino que quiso Dios castigar nuestra soberbia para

darnos á entender que Él es el que guarda las tierras y el que vence las

batallas, y que no hay poder que pueda sino el suyo.

Rustán Bajá, yerno del gran Turco y Vicario general suyo, dice una cosa

muy acertada, como hombre sabio y valeroso: que los cristianos nos

veníamos á perder por querernos sacar los ojos unos á los otros, por

rencor y odio particular que tenemos, como hombres de poca fe, y por

fiar más en nosotros que en Dios.

Plegue á Él, por S. M., que cese aquí el flajelo de su pueblo, y sirva

esta desgracia para despertador de los Reyes y Príncipes cristianos,

para que unánimes, con el amor y hermandad que se debe á nuestra fe y

religión, miren con tiempo por el beneficio y aumento de la cristiandad.

Los turcos mismos que se han hallado en esta empresa están espantados de

lo que han hecho, diciendo que no saben á quién atribuirlo sino á la

buena fortuna del gran Señor. No se les quite al Bajá y á los que se

hallaban con él de haber hecho la más principal y más señalada cosa que

han hecho mahometanos después que comenzó su imperio.

Como el Bajá se entregó en la fuerza, tardó ocho días allí hasta que

llegaron cinco galeras que habían ido á Túnez por bizcocho. Fuese luego

á hacer agua y tomó el camino de Trípol, donde entró con gran gazara y

grita, colgados nuestros estandartes y banderas, lo de abajo arriba, en

las popas y entenas de las galeras. Disparóse mucha artillería dellas y

del castillo, y de las galeras de la presa no disparó ninguna. Entraron

demostrando el descontento que todos traíamos en vernos llevar á Trípol

tan al contrario de como pensábamos ir á él.

La armada tardó allí tres días: de aquí licenció el Bajá dos fragatas

que había días que tenía. Eran venidas á rescatar cristianos. Tratóse si

se engolfarían de allí para Levante; y por la falta que tenían de

vituallas, Cara Mustafá fué de parescer que viniesen por la vía de Malta

y Sicilia y costa de Calabria, por respeto del agua, por la mucha gente

que llevaban. Poniéndose á atravesar un golfo de 700 millas y más,

aventuraban perder mucha gente de sed, y así acordaron de venir á Malta

y hicieron agua en el Gozo y todo el daño que pudieron en la campaña,

matando todas las bestias que hallaron para comer y las de servicio, sin

cuatro ó cinco hombres que prendieron.

Otro día echaron gente en Malta y volviéronse luego á embarcar con

pérdida de gente, por estar los de la isla apercibidos y con caballería,

ques lo que más temen los turcos. El Bajá tiró luego á recoger y se

levó. Pasó junto al castillo, de donde tiraron muchas balas. Las galeras

de Malta salieron á hacer lo mismo, pero no hicieron daño ninguno.

El Bajá porfió á engolfarse desde allí, y habiendo caminado un día y una

noche se volvió un temporal contrario que les hizo volver á Sicilia.

Amaneció á Cabo Páxaro y Zaragoza, y pasó tan junto á esta ciudad, que

le tiraron mucha artillería, pero no que le hiciese daño. Metióse

aquella noche en un puerto questaba entre Agusta y Zaragoza. Aquí

echaron menos seis ó siete galeras que se habían apartado del armada.

Otro día salieron á hacer agua ocho millas de allí, y en tomándola se

hicieron á la vela: se fueron su camino. Como fueron 20 millas en mar

comenzaron á meterse unas burrascas con viento contrario, por lo que se

tornó al mismo puerto. Esta vuelta fué por mal de Agusta, que fueron

otro día de mañana á ella y saquearon lo que hallaron dentro y

metiéronle fuego por muchas partes. La gente toda se había huído. Aquí y

donde se hizo el agua se perdieron algunos turcos por haber entrado

mucho en la isla.

Tornó una fragata, que había venido al pasar de Malta la armada, á

tratar rescates de unos sobrinos del Maestre en cambio de otros turcos

que la Religión tenía.

A los 21 de agosto partimos de Agusta, y diciendo que habían de ir á la

Fosa de San Juan á rescatar, la armada pasó á vista de Catania y aquella

noche llegó á Cabo de Espartivento. Se fué sin detenerse, costeando la

Calabria, hasta Cabo Blanco, de donde se engolfó sin hacer agua, aunque

había galeras que tenían necesidad dello.

A los 25 tomó tierra en la isla de Paesa, que está entre la Previsa y

Corfú. Otro día por la mañana envió 22 galeras á Lepanto por bizcocho, y

con las demás se fué el Bajá á la Previsa, donde entró con la solenidad

que en Trípol. De aquí envió el escribano del atarazonal al gran Turco á

darle aviso de su venida y de la vitoria. Aquí hallamos las galeras que

se habían perdido del armada. Aquí despalmaron todas las galeras, y á

los 2 de septiembre partieron. Otro día vinieron á la isla de Chefalonia

y de allí al Zante, mostrando la vitoria que traían. De allí vinieron á

Modón, donde estuvimos dos días esperando las galeras que habían ido por

el bizcocho, y como tardaban, nos partimos sin aguardarlas. En el camino

tuvo nueva el Bajá de las galeras de cristianos. Apartóse con hasta 30

galeras en busca dellas: las demás se fueron costa á costa sin perder

camino. Juntáronse con ellas otro día las que venían con el bizcocho, y

al Cabo de Santángel, dende á cuatro días, se tornó el Bajá á juntar con

ellas sin haber visto galeras de cristianos.

De aquí vinieron á los castillos á los 13, donde se hizo muy gran fiesta

ansí en los castillos como en las galeras. De aquí fuimos á Galipol,

donde licenció el Bajá las galeras de Rodas y de Metelín. Envió á Alí

Portu con 15 galeras por guardia del Archipiélago.

En viniéndole la orden, se partió para Constantinopla, donde entramos á

los 27 de septiembre. Entró la Real delante, con todas las galeras de

fanal en su hilera, con muchas banderas y estandartes arbolados,

arrastrando los nuestros como solían. Tras éstas venían todas las

galeras de la presa. Todo el resto de la armada venía de retaguardia.

Como llegaron al paraje de las casas del gran Turco, que nos vía venir

de una ventana, dispararon todas mucha artillería, ansí las de la presa

como las otras, dando los turcos muy gran grita y alarido. Dende á un

rato tornaron á disparar toda la artillería. Otro día por la mañana vino

el gran Turco en una fragata á ver las galeras y hiciéronle muy gran

salva.

Martes 1.º de octubre llevaron á D. Alvaro y á D. Sancho de Leyva y á

D. Berenguer de Requesens á caballo, con los más de los soldados que se

habían perdido, á pie, tras ellos, y armados muchos con coseletes,

poniéndolos por orden de tres en tres, asidos de las manos. Los llevaron

á casa del gran Turco. El Quiaya del atarazonal y Sufaga iban delante de

todos, á caballo. Llevaban los estandartes de galera los mismos

esclavos, arrastrando por el suelo. Lo que más se sintió de aquel

triunfo, y lo que más enterneció á todos los cristianos que allí íbamos,

fué ver arrastrar un estandarte que llevaba la figura de Cristo.

Llevados á casa del gran Turco, los metieron en un patio grande donde

había muchos jenízaros y espayes muy lucidos, puestos en su orden. Más

adentro estaban muchos turcos de condición y bajaes. Llevaron á

D. Alvaro á hablar á Rustán Bajá; después de haber detenídole un gran

rato, salió.

Dice D. Alvaro que toda la plática fué persuadirle que se tornase turco,

questuvo siempre de rodillas. Su capellán le ayuda por pagarle el mal

que dijo dél cuando se fué á las galeras. Que le prometían el gobierno

de la provincia de Ejito con 50.000 ducados de salario, porque se

tornase turco, y que D. Alvaro le había respondido que aunque todos los

Reyes cristianos de toda la cristiandad se tornasen turcos, él solo

quedaría á morir por la fe de Cristo, y ansí lo tiene escrito de su mano

en una historia que tienen hecha los dos del progreso desta jornada.

Créaselo quien quisiere.

Dende poco metieron estos tres Generales y los pasaron delante del gran

Turco, con algunos Capitanes, yendo el Bajá delante, á presentallos, con

70 piezas de brocados y rasos que dió con ellos. De allí los llevaron á

las prisiones, donde están.

Estudios históricos del reinado de Felipe II · 第 13 / 140 题