RELACIÓN

_breve y verdadera de la jornada de los Gelves, desde el día que

arribó el armada turquesca hasta quel fuerte fué tomado por los

turcos, sacada de italiano en español._[39]

[Nota 39: Biblioteca de Marina, Colección Navarrete, _T-4_, núm. 13.]

Estando la Excelencia del Duque de Medinaceli, Virrey de Sicilia y

Capitán general de la empresa de Berbería, de día en día para

embarcarse, habiendo ganado á los Gelves con grandísima reputación y en

gran servicio de Dios y de Su Majestad Católica, y hechas todas las

provisiones y expediciones necesarias para el fuerte y para la guardia

dél, habiendo señalado 2.000 infantes escogidos entre italianos,

franceses y españoles, y algunos alemanes, y por su Gobernador á Miguel

de Barahona, el cual había sido Maestre de campo de un tercio de

españoles, y queriendo Su Excelencia con el resto de los señores y

capitanes y soldados irse á Sicilia para proveer las otras fuerzas más

necesarias y de más importancia, y para tal efecto se había ya embarcado

gran parte del ejército, y todavía se embarcaban, sino que, por

desgracia y mala ventura, los soldados se revolvieron con los moros en

el Zoco y hobieron una gran cuestión, la cual fué causa que la

embarcación se suspendió por tres ó cuatro días, de lo cual Su

Excelencia estaba con gran pesar; mas todo lo remedió con su prudencia é

hizo que fuese adelante la dicha embarcación.

Á los 10 de mayo, á hora de Vísperas, llegó Fray Copones, inviado por el

gran Maestre en una fragata con la nueva que la armada turquesca había

estado en el Gozo, que pluguiera á Dios que tal nueva no llegara, que

ciertamente fué causa de la perdición que sucedió al armada de los

cristianos, que otramente, todos estaban seguros y firmes, y jamás

acaeciera semejante desgracia; y según esta nueva, todos hacían cuenta

que dentro de dos días á lo más largo la armada turquesca parecería, y

así Su Excelencia hizo toda la diligencia posible para embarcarse

aquella noche con todo el resto, y no fué posible hasta el día, porque

los alemanes le daban gran pesadumbre y trabajo, que no estaban aún

determinados de quedar en el fuerte, ni se habían podido acordar; y

entendiendo ellos que Su Excelencia quería ir á hablar con el señor Juan

Andrea Doria á las galeras, para dar la mejor expedición que acordasen,

los sobredichos alemanes tomaron la palabra á Su Excelencia que sin

ellos no se fuese, y fué fuerza que Su Excelencia se lo prometiese y la

cumpliese después, cosa por cierto muy conviniente y de gran valor, que

un Príncipe cumpla aquello que promete, mayormente no habiendo sospecha

de contrario suceso; y así Su Excelencia se embarcó y fué á donde estaba

el señor Joan Andrea Doria, dejando en tierra á Alvaro de Sande para que

diese órdenes en las cosas que fuesen menester, el cual dicen que se

echó en la cama á reposar.

Vuelto que fué Su Excelencia en tierra, poco antes del día, dió orden de

aquello que se había de hacer, y entonces se tornó á embarcar en un

esquife, él y D. Alvaro, para irse á la galera _Condesa_, del Príncipe,

que para este efecto los esperaba, porque el señor Joan Andrea, Capitán

general del armada imperial, se había hecho á lo largo para descubrir la

mar, y había llevado consigo el resto de las galeras y enviado todos los

esquifes á tierra para embarcar la infantería y otros señores del

Consejo y Capitanes que habían quedado con Su Excelencia en la orilla.

Volviendo los dichos esquifes cargados de soldados y otras gentes, fué

descubierta la armada turquesca, y como los mismos turcos dicen, con

poca satisfacción y contentamiento de haber sido vista del armada de

cristianos, y luego se pusieron á hacer consejo, con muestras de temor,

para tomar mejor acuerdo, creyendo que la armada cristiana quisiese

combatir, porque ellos no tenían orden del gran Turco de irla á buscar,

sino de ir á darle socorro á Trípol, y dudando asimismo que las galeras

de España estuviesen allí, de las cuales especialmente tenían gran

miedo, y decían que, por estar en Micina las dichas galeras de España el

año antes de la dicha impresa, las galeras turquescas no pasaron más

adelante de la Belona, y así entonces estaban con esta sospecha, y en

este medio no hacían otro que preguntar unos á otros si las dichas

galeras estaban allí, y D. Juan de Mendoza, su General, con ellas. En

este punto la armada de cristianos se levó con la mayor desorden que

jamás se ha visto y se puso en huída, y se rompió ella misma de suyo.

Viendo el Bajá una cosa tan vergonzosa, hizo vela y comenzó á seguir la

armada de cristianos, y toda la desbarató sin pelear, y Su Excelencia,

que á esta sazón se hallaba en la mar con un esquife, con D. Alvaro de

Sande, en que se iba á embarcar, viendo que la armada turquesca daba

caza á la cristiana, con el mismo esquife se tornó en tierra, y así

hicieron todos los otros señores capitanes y soldados que pudieron hacer

lo semejante, cosa de gran compasión, de ver el señor Juan Andrea Doria

embestido con su galera en tierra, la cual encalló, y todos fueron

presos, y él se fué con su esquife al fuerte.

Parte de las otras galeras se perdieron por haber encallado; parte se

retiraron cerca del fuerte, á un tiro de cañón. Estas fueron siete

galeras y cuatro galeotas; del resto se perdieron de 28 hasta 30 galeras

de cristianos, entre las cuales se perdió la Capitana de Sicilia, donde

se halló D. Gastón de la Cerda, hijo segundo de Su Excelencia, y

D. Berenguer de Requesens, Capitán general de las dichas galeras de

Sicilia; D. Juan de Cardona, su yerno, y otros muchos gentiles-hombres

de casa de Su Excelencia, y una señora dueña, la cual tenía cargo de

tener cuenta del dicho D. Gastón, y por este efecto se hallaron en la

dicha jornada sus personas y sus galeras y sus hijos.

Perdióse también la Capitana del Papa con su General, el señor Flaminio

Ursino, el cual fué vendido por 150 cupros, que son tres escudos,

estando herido. Murió de ahí á cuarenta días. Se perdieron asimismo la

Capitana de Terranova y la Capitana de Monacho, todas, como Dios sabe,

ruinmente, con gran número de Capitanes y de soldados y gentiles-hombres

particulares.

La una parte de las galeras turquescas quedó cercana al fuerte, y las

otras fueron siguiendo á las naos y galeras de cristianos que huían, y

tomaron hasta ocho ó nueve naos. El galeón de Cigala peleó bien, y el

Bajá con su galera y otras 17 le combatía, y á todas hizo tenerse á

largo: lo semejante hicieron dos naos arragocesas que se defendieron

valientemente. Las galeras de Malta, con las de Scipión de Oria y Cigala,

se salvaron, y viendo los turcos que no las podían alcanzar, se tornaron

á los Gelves á juntarse con su armada, y como arribaron, el Bajá hizo

hacer grande alegría y salva, y tres días arreo hicieron lo mismo, dando

gracias á Dios y á su Mahoma por haber alcanzado la victoria contra

cristianos.

Después desta desgracia, habiendo estado Su Excelencia dos días en el

fuerte y dado orden de lo que se había de hacer, fué muy apretado é

importunado del Consejo, que continuamente le protestaba que se fuese á

Sicilia á proveer lo que era necesario en tal coyuntura. Siendo Su

Excelencia forzado hacer lo que era más conveniente al servicio de Su

Majestad, se hubo de partir, hablando con los hombres de cargo muy

amorosamente y esforzándoles con prometerles que procuraría con todas

sus fuerzas de volver con socorro muy presto. Otro tanto hizo el señor

Juan Andrea de Oria, y se embarcaron en 11 fragatas, con otros señores

del Consejo y alguna otra gente particular, y se fueron de noche y

pasaron junto al armada turquesca, con más peligro que aquéllos que

quedaron en el fuerte. Llegaron á salvamento por la gracia de Dios.

Quedó en el fuerte por su Lugarteniente el señor D. Alvaro de Sande,

Coronel de la infantería española, y así habiendo quedado con él todos

los capitanes y soldados muy alegres y contentos por hallarse en

semejante empresa contra los infieles enemigos de Jesucristo, y

esperando la victoria con el ayuda de Dios, y de cobrar lo perdido.

Viendo D. Alvaro que había tanto número de gente, deseaba mucho poder

enviar á Sicilia 2 ó 3.000 hombres en aquellas galeras que allí estaban

metidas en aquel canal, y había crecido mucho el número de la gente

entre mozos de soldados, marineros y otros soldados que escaparon á nado

y estaban sin armas y desnudos; y no pudiéndose hallar otro remedio, se

hizo lo mejor que se pudo, teniendo por entendido que tenellos allí era

la destruición del mundo dellos y de sí mismos.

Como el Bajá con toda su armada se puso al derredor del fuerte esperando

la venida de Dragut, el cual llegó con 16 galeras y galeotas de Trípol,

y trajo 2.000 hombres, entre turcos y renegados y moros, y su artillería

y municiones y vituallas, y en llegando se comenzaron á desembarcar, dos

millas lejos del fuerte, hacia Poniente, con gran desorden, y así

estuvieron dos días, hasta que se acabó de desembarcar todo lo que

habían de sacar en tierra, en esto el Sr. D. Alvaro ha perdido gran

ocasión, por no hacer lo que todos los capitanes y soldados deseaban,

que eran de parecer de salir á pelear con ellos, porque ciertamente los

rompían.

En este medio el fuerte se reparaba, porque aún no estaba acabado de

fortificar, y los turcos comenzaron á marchar al frente; y viendo esto

el Sr. D. Alvaro, hizo parlamento á todos los capitanes, esforzándolos y

dando orden cómo se habían de hacer las guardias, y fué de esta manera.

De fuera, en la campaña, al pozo del agua, que estaba un tiro de cañón

lejos del fuerte, hacia la parte del Zoco donde los moros hacían el

mercado, pasó una compañía de arcabuceros para hacer la guardia hasta la

marina, que ni más ni menos tenía su socorro cuando hobiese arma. A la

banda de Poniente, hacia el campo de los turcos, estaba otra compañía; á

ésta le tocaba la guardia por orden del Sargento mayor, con su socorro

también, como los otros. Esta compañía se ponía cerca de una mezquita

de moros, y poco lejos della se ponían las centinelas hasta la marina.

En el foso del fuerte estaban de guardia de día y de noche 1.500

soldados de todas nasciones, y de aquellos viejos que habían venido de

Piamonte. El resto todo estaba dentro del fuerte, cada uno en su

guardia, y todos esperando á los enemigos con gran regocijo.

El segundo alojamiento que los turcos hicieron fué por derecho de la

dicha mezquita, de la parte de Poniente hacia el palmar, donde los

turcos se reparaban por miedo de la artillería del fuerte, que les hacía

gran daño, y desde allí iban el Bajá y Dragut con gente de pie y de

caballo á reconocer el fuerte y el alojamiento que tenían los nuestros,

y continuamente se hacían buenas escaramuzas con gran daño de los

turcos.

Al último de mayo, estando al pozo del agua el capitán Juan Osorio con

su compañía de arcabuceros, que tenía 120 soldados con que hacía la

guardia allí, y á la parte de Levante cerca de la casa de Dragut hasta

la marina, estaba el capitán Galarza con su compañía de 150 arcabuceros.

A la vuelta de Poniente, á la parte del campo de los turcos, acerca de

la mezquita que se ha dicho, estaba el capitán D. Juan de Castilla con

su compañía de coseletes, que tenía hasta 70 ú 80 soldados, y

recelándose el dicho capitán D. Juan que podía ser roto de la parte de

la marina, de los caballos, envió 12 soldados del cuerpo de guardia, con

su cabo de escuadra, que estuviesen en la dicha mezquita, porque allí

descubrían á todas partes, y dióles orden que avisasen siempre de lo

que viesen hacer á los turcos; y si los apretasen mucho, que

escaramuzando se retirasen con buena orden hacia donde él quedaba, que

con el resto de su compañía saldrían á dalles socorro.

Los turcos aquel día estaban determinados de hacer algún efecto, por el

trato y concierto que tuvieron dentro del fuerte, y esperaban la señal

que les habían prometido de quemar la pólvora del castillo; y no

saliendo esto en efecto, determinaron de ir á ganar el agua y acometer

de todas partes á los nuestros, porque estaban puestos á punto para

hacello, y así, por estar más cercana aquella guardia de Poniente que

las otras, enviaron hasta 300 ó 400 turcos á la vuelta de la dicha

mezquita, los cuales rompieron el cuerpo de la guardia que allí estaba

de los 12 soldados, y ellos escaramuzando se retiraron á la vuelta del

fuerte, no aguardando la orden de su Capitán porque la carga fué muy

grande y no pudieron volver como los habían mandado. Viendo el dicho

D. Joan de Castilla que éstos sus soldados volvían las espaldas, salió

fuera con el resto de su compañía é hizo rostro á los turcos y trabó la

escaramuza con ellos y mataron algunos de los turcos, y de sus soldados

pocos fueron heridos; y viendo los turcos el daño que rescebían, se

retiraron á la vuelta de su campo, y ansí el dicho Capitán recogió á los

dichos sus soldados sin perder ninguno. Allegándole en esto socorro del

fuerte, dieron carga sobre los enemigos; y viendo esto los turcos, salió

todo el campo fuera, á pie y á caballo, por todas partes, con

determinación de romper todas las tres guardias que estaban fuera en

campaña, y así ganaron este día el pozo del agua.

El dicho capitán D. Joan de Castilla, con los otros que le vinieron á

socorrer, recibieron la carga de los enemigos, y escaramuzando

valientemente, como se hacía por todos cabos alrededor del fuerte, se

retiraron más debajo del artillería, y allí se entretuvieron hasta la

noche, matando muchos turcos, y vinieron á las manos á pica y espada con

ellos. Los turcos eran tantos de número, que ganaron el sitio donde

estaba el capitán Juan Osorio, el cual se retiraba escaramuzando la

vuelta del fuerte, y llegó á socorrelle el capitán D. Jerónimo de Sande

con su compañía de arcabuceros; mas tornando á cargar los turcos,

ganaron por fuerza el primer sitio del pozo, y viendo D. Alvaro de Sande

trabada la escaramuza tan bravamente, que siempre crecían los turcos con

algunos moros que venían con ellos, dió orden á los dos Capitanes que se

retirasen á la vuelta del fuerte, y lo mismo puso el capitán Galarza, el

cual escaramuzaba en la posta de su guardia sin haberse retirado, porque

allende del socorro que le había llegado, el sitio era aparejado para

poderse defender. Entonces se retiraron escaramuzando hacia el fuerte, y

así los turcos pusieron su campo desde aquella guardia hasta la otra de

Poniente y ganaron el pozo de Su Excelencia; y luego los turcos

arbolaron más de 480 banderetas y gallardetes, y comenzaron á hacer las

trincheras, aunque la mayor parte hallaron hechas, porque los

cristianos las hicieron como llegaron en aquel lugar donde se hizo el

fuerte para su defensa y repararse de los moros de la isla, y así las

habían desamparado de la parte que el gran comendador Tigeres, General

de las galeras de la Religión, con todos sus Caballeros de San Juan, que

eran bien 300 ó 400 y más de 1.000 napolitanos de los bravos, todos

arcabuceros, con sus morriones y plumas, y el resto del campo de los

cristianos, parte se había embarcado y parte se retiraron en el fuerte,

de modo que no tuvieron tiempo de deshacer sus trincheras viejas, y por

eso los turcos hallaron esta comodidad y aparejo; y como las rehicieron,

luego á la hora plantaron ocho piezas de artillería gruesas á la parte

de la casa de Dragut, y comenzaron á batir el castillo, creyendo que

echarían á perder toda la munición y vituallas, y la cisterna del agua

que eran dentro del castillo; mas el coronel D. Alvaro de Sande hizo

cortar las murallas del castillo y terraplenarlo y puso encima

artillería, con la cual hacían gran daño; mas por aquélla de fuera les

fué quitada, porque tiraron más de 3.000 pelotas de cañón; pero las

municiones y vituallas estaban bien guardadas y reparadas y debajo de

tierra, tanto que en esto los turcos no hobieron el intento de su desiño

ni de la traición que tenían concertada dentro el fuerte de quemar la

pólvora y atosigar el agua de la cisterna y otros tratos, hasta enclavar

la artillería, como se hizo, aunque había buena guardia del resto. Todo

se descubrió y ahorcaron de los pies más de 50 hombres.

Viendo los turcos que todos sus desiños les salían en vano, comenzaron á

desmayar y á perder la esperanza que tenían de ganar el fuerte, y el

Bajá se quiso levantar de sobre él é irse con Dios, y estaba descontento

de Dragut porque le había hecho desembarcar la gente, y los jenízaros

estaban medio amotinados contra él porque mataban dellos cada día; y

viendo Dragut tan enojado el Bajá y á los jenízaros y soldados que

estaban mal contentos y se quejaban dél, les dijo que tuviesen buen

ánimo y se sufriesen porque él había hecho las cisternas que estaban en

el castillo y sabía bien cuánta agua podía caber dentro dellas y cuánto

tiempo podía durar, y que sin pelear ni dar el asalto ni perder un

hombre más, quería tomar el fuerte y prender á los cristianos en menos

de quince días, y cuando no, que el gran Turco le hiciese cortar la

cabeza.

Con estas palabras y otras tales entretenían al Bajá, que en ninguna

manera se quería entretener más allí, porque los cristianos desharían su

armada, y estaba á gran peligro; y si como entonces se entendía de los

mismos renegados, si 25 ó 30 galeras de cristianos bien en orden

parecían, no solamente bastaban á dar socorro al fuerte, mas cobraban

todo lo que se había perdido, con mucha honra, y desto tenía gran temor

el Bajá, por tener toda su gente en tierra, así los soldados como la

chusma, y así sus galeras como las que tomaron á los cristianos estaban

todas desarmadas, que no tenían 50 hombres por galera, y tenían los

remos y timones en la mar, temiendo que los esclavos cristianos se

alzasen con las galeras, y así los cristianos perdieron en esto una gran

ocasión, que á lo menos debían parecer y hacer muestra que eran vivos,

que tocando solamente una arma en la mar, bastaba para hacer embarcar el

Bajá con todos sus turcos, sin esperar más, y por lo menos el fuerte era

socorrido y quedaba libre, porque los cristianos podían salir fuera á

tomar agua y otros refrescos, y á deshacer las trincheras y reparos de

los turcos. Allende desto, el Bajá estaba con gran recelo y duda de

detenerse allí, y se quería embarcar, porque había entendido que dentro

del fuerte los cristianos hacían agua dulce del agua de la mar,

sacándola por alambiques, como en efecto era verdad que se hacía, mas no

bastaba para dar recaudo á todos los cristianos, y así Dragut deshacía

todas estas cosas diciendo que los españoles eran mañosos y cautelosos,

y que daban á entender que hacían esta agua, mas que no era verdad, ni

menos podía ser, y así hacía detener al Bajá, según se entendía dentro

del fuerte por vía de un renegado, el cual venía muchas veces de noche á

hablar con D. Alvaro, y le traía avisos de todo cuanto se hacía en el

campo, y esto también se entendía por pólizas que otros renegados

tiraban con las flechas y caían dentro del fuerte, y éstos no osaban

venirse á él, dudando de la falta que después hobo del agua, que al fin

habían de venir á perderse y que á ellos les harían pedazos.

En este medio, viendo los turcos que no les salían los ardides que

probaban por tierra, acordaron una noche dar el asalto á las galeras y

galeotas de cristianos que estaban cerca del fuerte retiradas, y

combatiendo, las hallaron que estaban bien á recaudo, porque tenían muy

buena guardia de soldados viejos de todas naciones, y el Coronel

D. Alvaro, con los esquifes que estaban en tierra, luego á la hora les

envió socorro con el capitán D. Juan de Castilla, y así los turcos se

retiraron, con gran daño dentrambas partes de heridos, porque las

galeras, cuando les fueron á dar el combate, se hallaron con las tiendas

puestas; mas tenían lejos, un tiro de piedra, una cadena de árboles y

entenas para que no se les pudiese llegar barca ninguna sin que se

sintiese, y esto les hizo gran provecho.

De ahí á pocos días se fueron cuatro galeotas á la vuelta de Sicilia,

con orden de llevar gran parte de la gente inútil del fuerte; mas ellas

hicieron lo que les pareció que era más á su provecho y ganancia: las

tres fueron á salvamento; la una vino á poder de los turcos. Las otras

siete galeras que quedaron fueron combatidas otra vez á una hora de día,

á tiempo que el agua iba menguando, porque allí, entre día y noche,

crece y mengua el agua dos veces; y así por la parte de tierra las

dieron combate 3 ó 4.000 turcos y moros, y el resto de su campo quedaba

en las trincheras, dudando de aquello que podía fácilmente acaecer, como

los capitanes y soldados querían tomallos en medio, que los otros

estaban en la mar combatiendo con las galeras y con el socorro que había

salido del fuerte, que ciertamente era una hermosa cosa de ver combatir

los cristianos con los turcos dentro del agua hasta la cinta, y por

habérseles mojado la pólvora dentro de los frascos no se podían

aprovechar de los arcabuces, y así peleaban con las espadas y picas, y

fueron muertos y heridos muchos turcos, porque el artillería del fuerte

y mosquetes y arcabucería, allende de la que tiraban de las galeras, los

tomaba por través y les hacía gran daño, y así se retiraron los turcos

con gran pérdida, y de los cristianos hobo pocos heridos, entre los

cuales dieron un arcabuzazo en una pierna al Maestre de campo Miguel de

Barahona, porque él había salido fuera con el socorro, y de ahí á pocos

días murió de la herida.

La mañana de Pascua de Espíritu Santo, el coronel D. Alvaro de Sande dió

orden al Maestre de campo de los italianos, Hierónimo de Piantanido,

milanés, que con los capitanes Galarza y Carlos de Haro, que habían de

llevar sus compañías, él tomase hasta cumplimiento de 600 hombres, entre

españoles é italianos, de la mejor gente que tenía, y fuese á acometer

las trincheras de los turcos y procurasen de enclavar la artillería, y

que para este efecto hallarían en compaña á Estéfano, coronel de los

alemanes, y al capitán Olivera con su compañía de españoles, los cuales

tenían 400 coseletes entre alemanes y españoles, que les harían espaldas

para cuando se hubiesen de retirar, no hallando ocasión para pasar

adelante; y con esta orden, los dichos Maese de campo y Capitanes

salieron dos horas antes del día y acometieron á los turcos, los cuales

estaban en arma, porque habían sentido el ruido; mas no obstante esto

los acometieron, hicieron volver las espaldas y mataron muchos dellos,

entre los cuales fué muerto el Agá de los jenízaros por mano de un

alférez español que se llamaba Nuncibay, que era alférez del capitán

Galarza y un muy valiente soldado, y jamás quiso tomalle por prisionero,

sino matalle, y ansí siguiendo la victoria llegaron hasta la artillería

y enclavaron parte della; y viendo los turcos que eran tan pocos los

cristianos que les habían acometido, tornaron á rehacerse y encomenzaron

á dalles la carga, de manera que siendo tan poco número de soldados, les

fué forzado retirarse escaramuzando y recibiendo la carga de lo mejor

que podían, hasta el lugar donde estaba el coronel Estéfano con los 400

coseletes, que para este efecto aguardaban allí.

Como los turcos vieron aquel cuerpo de guardia en aquella parte, no

osaron pasar adelante, y los cristianos, no teniendo otra orden, se

volvieron todos al fuerte, y al retirarse mataron al capitán Carlos de

Haro y al alférez Nuncibay, porque la escaramuza fué muy trabada; y si

este día, por lo que se vió, salieran 2.000 infantes, como los capitanes

y soldados lo deseaban y decían públicamente, desbarataban todo el campo

de los turcos, y así lo decían ellos mismos, y la jornada fuera acabada;

pero D. Alvaro de Sande nunca quiso ni tuvo por bien de hacello, movido

por ciertos respetos que á él le parescieron.

Hecha que fué esta facción, los capitanes y todos los soldados viejos de

todas las naciones que allí se hallaron, deseaban cada día ir á

combatir con los turcos, teniendo por cierta y segura la victoria con

la ayuda de Dios, y todos pedían esta impresa; mas D. Alvaro no

solamente no quiso otorgársela, mas los hizo retirar de tal suerte que

jamás consintió en ninguna manera que se saliese fuera á escaramuzar con

ellos. Hizo retirar á toda la guardia que tenía en el foso y metella

dentro el fuerte, dejando guardia ordinaria de día y de noche en el

dicho foso y en la gruta donde se sacaba alguna poca de agua, y de esto

estaban muy desdeñados y con gran pesar todos, porque encomenzaban á

pasarlo mal de sed y enfermaban muchos y se morían, y los heridos no

podían ser bien curados, de manera que cada día venían á faltar y á ser

menos, y los turcos se aumentaban y se acercaban más al fuerte con sus

trincheras, mudando la artillería en más partes; y por hacer más daño

dentro el fuerte, como cada hora se hacía, comenzaron á hacer ciertos

garitones á modo de plataformas, tan altos como los caballeros del

fuerte, y aun algo más levantados, donde ponían escopeteros que mataron

muchas gentes dentro, porque descubrían á los que estaban en el fuerte

hasta los pies, y estaban tan cerca que la artillería no les podía hacer

daño.

Entonces los soldados, queriendo hacer por la parte dentro reparos para

quitar estos garitones en la artillería, D. Alvaro les decía que los

dejasen hacer, que él los quería que se acercasen más, y así no quiso

dar orden de otro recaudo ninguno, tanto que los turcos, poco á poco,

fueron ganando hasta dentro el foso donde estaba la gruta del agua

salada, sobre la cual se hizo grande estrago de una parte y otra, hasta

que se perdió del todo, porque de los traveses de los caballeros no

podían defender nada el foso y los turcos podían estar seguros en él á

su placer; y teniendo este aparejo y buena ocasión, comenzaron á cavar

los bastiones á medio día sin estorbo ni embarazo ninguno, si no era

algunas veces que arrojándoles fuegos artificiales quemaron muchos

dellos y los hicieron apartar. En lo demás no recibían otra pesadumbre

ni daño, porque estaban tan arrimados al fuerte, que si no era con gran

desventaja de los cristianos, no se les podía hacer daño, y por esto no

podían salir fuera á estorbarles que no cavasen, é ya desto no se daban

mucho, deseando venir á las manos, y por esto tampoco reparaban las

baterías[40], que eran de 70 ú 80 pasos y más, y tan llanas que podían

entrar por ellas carros cargados. La una de ellas era dentro del

caballero de Su Excelencia y la otra en el caballero del señor Andrea

Gonzaga, y con todo esto los turcos aún no osaban dar el asalto.

[Nota 40: Brechas.]

Antes de noche se retiraban á sus trincheras y desamparaban el foso y

las baterías, y de día muchas veces arremetían con gran furia y voces,

tirando piedras y escopetazos, y muchos dellos llevaban picas de las que

tomaron en las galeras de los cristianos, y se mostraban encima de la

batería todos descubiertos, y asimismo los cristianos, y se combatían de

manera que los turcos jamás podían pasar adelante ni ganar palmo de

tierra, que siempre los hacían volver y retirarse con daño.

En esta sazón los cristianos comenzaban ya á pasallo tan mal en todas

cosas y á padecer tanto, que no se puede decir ni creer, porque había

mes y medio que no tenían agua, si no es dos cuartuchos y medio de

ración al día á cada soldado, y otro tanto de agua á cada Capitán, y

esta agua era repartida de esta manera: una parte de agua de la cisterna

y otra agua salada y la tercera parte de la que se sacaba por alambiques

y alquitaras, y así toda mezclada se daba por ración, como se ha dicho.

Este ingenio de sacar agua de la mar lambicada, lo hizo un siciliano,

hombre de buen juicio y entendimiento, y era buena agua y delicada. A

las mujeres que se hallaron allí, se les daba un cuartucho de ración, y

á los mozos medio, y á muchos otros no les daban nada; y viéndose morir

de sed muchos dellos, se huían al campo de los turcos, que fueron más de

700 personas, entre los cuales se iban también soldados de todas las

naciones, y algunos dellos, que eran de confianza, que los ponían á la

guardia fuera, en el foso, y también de dentro el fuerte se huyeron

algunos dejando la guardia, y hobo otros que se echaban de noche por la

muralla y se fueron á los turcos.

Viendo D. Alvaro este gran desorden, hizo echar bando que cualquiera que

matase uno destos que se iban al campo de los turcos, le diesen seis

escudos, y así mataron algunos, y así no se huían tantos, y acaeció

alguna vez que yendo á matar á los que se iban huyendo desta manera,

los que iban tras ellos con sus armas para matallos, se huían también y

se pasaban á los turcos, y había muchos que deseaban esta ocasión para

huirse; y como los turcos vieron que los cristianos mataban aquéllos que

se pasaban á su campo, en saliendo alguno, venían prestamente á

defenderle, y al que tomaban á la hora le vendían, y ningún día había

que entre día y noche que así de las galeras como del fuerte no se

huyesen de 25 hasta 30 hombres, y destos, porque los turcos tenían

relación cada hora de lo que se hacía de dentro del fuerte y en las

galeras, y habían de mar y tierra aviso de todo, y la causa porque se

huían era porque no les bastaba el agua que les daban, y porque era

salada y les ponía más sed, y eran forzados de escoger este partido de

irse con gran peligro de su vida á beber del agua de la gruta, la cual

asimismo era salada, mas tan fresca, que con todo eso bebían hasta

hartarse; mas pocos de éstos escapaban, y tenían por menos mal éstos ser

captivos, que verse morir sin tener otro remedio, y no había día que por

falta del agua de los enfermos y heridos no muriesen 25 ó 30 personas, y

vinieron á comer los asnos y los caballos de una compañía que allí

quedó, de la cual era capitán Bernardo de Quirós, y asimismo comieron

los camellos que habían tomado á los moros, y una gallina se vendía por

siete escudos, y no se hallaba, para los enfermos y heridos, y un

cuartucho de agua de la cisterna se vendía, vez había, por medio escudo

ó uno de oro.

Algunos soldados, en lugar de alquitaras, lambicaban el agua en los

morriones y la vendían escondidamente por aquello que querían, porque la

orden del Sr. D. Alvaro era que no se pudiese vender más de dos reales

el cuartucho: será esta medida poco menos de cuartillo y medio de

azumbre de Castilla.

Las medicinas para los enfermos y heridos estaban asimismo estragadas y

corrompidas, así por el calor que allí hacía, como por ser viejas y

haber venido por mar, y aquéllas que se habían de hacer de nuevo el agua

salada las estragaba, y la tela y el lienzo con que se curaban los

heridos se lavaba con esta agua, y por esta causa se morían, por poca

herida que tuviesen, que no escapaba de ciento, uno, y habiendo de hacer

pan fresco de la harina que tenían, era necesario hacerlo con la misma

agua salada, y asimismo para guisar cualquiera cosa, así en potaje como

de otra manera, y por esto lo pasaban muy mal, aunque tenían provisión

de legumbres y arroz.

Los turcos tenían aviso ya de lo que padecían, y así por apretallos más,

á los 8 de junio, al alba, el Bajá había mandado poner en orden todos

los esquifes del armada y algunas fragatas armadas y barquillas con

esmeriles y mosquetes y banderetas, con 2.500 turcos, y así vinieron á

la vuelta de las galeras, y Dragut envió por tierra otros 4.000 turcos y

moros, porque en aquella sazón menguaba el agua, y así dieron el combate

á las galeras por un gran rato, sin poder llegar á ellas, porque estaban

muy bien proveídas de soldados franceses, italianos y españoles, los

cuales las defendieron muy valientemente, y mataron é hirieron más de

400 turcos, entre los cuales fueron muertos más de 25 á 30 capitanes de

galeras y arraezes, como ellos se quejaban y decían públicamente.

Este día se halló en las dichas galeras por cabeza de los italianos el

capitán Fantón, siciliano, bien entendido y valiente soldado; de los

franceses el coronel Masa, caballero de la Orden de San Juan; de algunos

españoles, el sargento del Capitán Orejón; y así viendo los turcos que

allende del daño que les hacían de las galeras, que del fuerte también

habían echado á fondo algunos esquifes llenos de turcos, y que ya los

esmeriles y arcabuces de la muralla los mataban por través, acordaron de

retirarse con gran pérdida.

Estando este ruido y hervor de combate, pareció en el fuerte una paloma

blanca con algunas pintas, la cual, entre tanto que pasó el dicho

combate, andaba volando alrededor del fuerte; y como los cristianos

hobieron la victoria, se fué, que no la vieron más después, ni primero

la habían visto, si no es aquel día. Los soldados, habiendo tenido ésta

por buena señal, alababan á Dios y decían que les enviaba el Espíritu

Santo, que les había traído la victoria, como en efecto fué gran

milagro, y luego D. Alvaro de Sande hizo decir una misa cantada del

Espíritu Santo con _Te Deum laudamus_, y todos los capitanes y soldados

cobraron gran esfuerzo y más que antes tenían, y en este propio día se

entendió que el Bajá se quería ir dejando la empresa, y así lo hicieran

si no por Dragut, el cual con grandes ruegos y haciendo grande

instancia se ofrecía de fenecella, diciendo que sin combate por mar ni

por tierra ni perder un hombre más le quería dar el fuerte en las manos,

porque de nuevo había entendido por muy cierto que en el fuerte no había

más agua, como era verdad.

Pasado que fué esto, D. Alvaro hizo poner fuego á tres galeras de las

que había en el canal, y la guardia que estaba en ellas la hizo venir al

fuerte, porque tenía bien menester della, estando seguro que las cuatro

galeras no serían más acometidas, porque eran bastantes para guardarse y

tener el paso de la mar para que las fragatas que viniesen de Sicilia y

Malta pudiesen venir y tornar, y que las galeras y otros bajeles de los

enemigos no se pudiesen acercar al fuerte ni dalles nenguna pesadumbre.

Las dichas cuatro galeras que quedaron estaban bien proveídas de

soldados.

En el fuerte, en tanto estrecho y extrema necesidad de agua, determinó á

los 29 de julio de salir fuera con todos los capitanes y soldados que

estaban para poder pelear, é ir con ellos á dar la batalla al campo de

los turcos y desbaratallos ó quedar allí muertos todos. Eran muy pocos

los cristianos, que entre todos los que se hallaron para poder tomar

armas, no llegaban á 800 soldados, y todos flacos y maltratados y

consumidos de la hambre y sed y mal que padecían; los demás estaban

heridos y enfermos, que serían 1.500 escasamente, y así, dejando en las

dos baterías y en toda la otra muralla hasta 200 soldados, con el

resto, dos horas antes del día, D. Alvaro, sin haber dicho palabra á los

Capitanes, que quería hacer tal efecto de salir fuera, ni menos habiendo

antes de eso querido comunicar cosa alguna con nadie ni consentido que

ninguno viniese á decille su parecer, haciendo todas las cosas de su

cabeza, sin tratallas con algunos, bien que los Capitanes y soldados

pláticos entendían que se podía hacer de otra manera mejor que se hacía,

y le dejaban hacer por la autoridad que tenía, siendo Coronel de toda la

infantería española y Lugarteniente de Su Excelencia, y así cada uno

estaba callado, que no osaba hacer otra cosa, y también le valió mucho

para esto el crédito que en lo pasado había tenido de buen soldado,

según todos dicen.

Esta vez salió fuera con muy mala orden, que al parecer de buenos

soldados, por el caballero de Su Excelencia, que estaba todo batido y

abierto, y muy cercano á la trinchera de los turcos, y por el caballero

del señor Andrea Gonzaga, que asimismo estaba deshecho y derribado,

podía salir Don Alvaro, haciendo dos partes de toda la gente, y en la

una ir él, y dar otra á algunos buenos y pláticos Capitanes, los cuales

tomasen la vanguardia, y salir todos juntos de golpe y á un tiempo, con

orden y concierto de venirse á encontrar en medio del camino, donde

había plaza para quedar los que salían en retaguardia, en escuadrón, y

marchar los demás, pasando á cuchillo á todos cuantos turcos topase en

estrecho, é ir en escuadrón con buen concierto, siguiendo la victoria,

que la tenían desta manera, con la ayuda de Dios, muy segura y cierta,

y así sucedía muy mejor de lo que fué; pero D. Alvaro dentro, y creyendo

que fuese muerto ó preso, estaban muy confusos y alborotados, y algunos

capitanes y gentiles-hombres particulares, desampar[ando] sus cuarteles

y la muralla, se metían dentro del castillo con determinación de curarse

y abestionarse dentro, y hacer sus partidos y conciertos para salvarse,

teniendo ya por perdido el fuerte, no acordándose de lo que eran

obligados hacer por su honra ni la salvación de sus compañías ni de los

otros soldados que habían dejado fuera al cuchillo de los enemigos.

En este medio llegó nueva que D. Alvaro enviaba á tomar vestidos para

mudarse y á que llevasen los remos y vela que estaban dentro el castillo

de una fragata que era venida de Mesina pocos días había, con intención

de irse en siendo de noche; y como se entendió esto, los capitanes y

soldados comenzaron á alborotarse y á no consentir que le llevasen la

vela y remos, y entre los otros D. Guillén Barbarán, caballero sardo,

dió de cuchilladas á aquéllos que los llevaban, é hízoselos dejar.

Viéndose todos en tales términos, que D. Alvaro había desamparado el

fuerte, y con determinación, según se entendía, de no volver más á él,

habiendo tanta falta de agua, que de lo demás tenían bastimento para

muchos días, sabiendo que fuera, en el caballero de Gonzaga, se hallaba

el capitán D. Juan de Castilla con su compañía, que ninguna otra cosa

había quedado fuera del castillo, y tenía consigo las compañías del

capitán Juan de Funes y del capitán Olivera y Ortiz, el cual había

muerto un día antes, las cuales compañías estaban señaladas para la

guardia del dicho caballero y batería, que todo estaba abierto y llano,

y estas compañías con la mayor parte destos oficiales y todos los

soldados se hallaban allí para su defensa, y no llegaban á 80 hombres;

demás destos tenían orden de socorrellos cuando fuera menester, el

capitán siciliano Jorge Siciliano y otro capitán milanés que se llamaba

Juan Paulo, y era izquierdo; todos eran buenos capitanes y valientes, y

se hallaron con el dicho capitán D. Juan de Castilla, entrambos con

hasta 30 soldados de los suyos y un lugarteniente de alemanes de la

guardia de D. Alvaro de Sande, con otros 30 soldados tudescos. También

se hallaron allí algunos gentiles-hombres de la casa de Su Excelencia,

los cuales asimismo tenían orden de acudir á este caballero cuando

quiera que se tocara arma, y todos lo hicieron muy bien, entre los

cuales se halló un gentil-hombre que se llamaba Beltrán, que era

maestresala de Su Excelencia, y éste se señaló más que todos peleando

hasta que el dicho caballero fué tomado, porque todos éstos que habemos

dicho no sabían nada de cosa que se hacía dentro el fuerte, antes

pensaban que todos estuviesen en sus postas y en los lugares que les

habían señalado para que guardasen, y que los otros capitanes y

gentiles-hombres particulares que faltaban era por otra causa y no por

haberse huído y retirado al castillo.

En esto arribó Antonio de Avila, sargento mayor del tercio de Sicilia, y

en presencia de todos llamó al capitán D. Juan de Castilla y le dijo de

parte de todos los capitanes y soldados que Don Alvaro se había metido

en las galeras con intención, según decía, de irse en la fragata en

siendo de noche, y que los otros capitanes se habían retirado en el

castillo, por lo cual le rogaban que quisiese tomar el gobierno de

aquellos soldados y del fuerte, y que hiciese arbolar una bandera de paz

y rindiese el fuerte, y hiciese con los turcos los mejores partidos que

pudiese para salvar aquella gente que allí estaba, la cual se tenía ya

por perdida.

El dicho capitán D. Juan de Castilla dió por respuesta que, aunque

D. Alvaro y todos los otros capitanes hobiesen faltado de cumplir con lo

que eran obligados, que él era cristiano y buen caballero, y soldado

como todos ellos, y que no haría falta de lo que cumplía al servicio de

Dios y de Su Majestad y á su honor, y que se maravillaba mucho dellos

que tuviesen dél tan mala opinión que le enviasen á decir semejante

embajada, que hobiese de hacer cosa tan vil y vergonzosa como era rendir

el fuerte; y así les envió á decir que, si ellos querían defenderse y

morir por la fe de Nuestro Señor Jesucristo y por servicio de su Rey, y

por la honra y reputación de cada nación de las que allí había, que él

tomaría el gobierno dellos y del fuerte, y que lo ternía por gran favor

y honra que le hacían, y que esperaba de Dios de tener tan buen orden,

que se habría la victoria, porque tenía aviso por una carta que había

tirado un renegado con una flecha, aquella propia mañana, que les había

de dar el asalto, y que ninguno se parase á pensar en la falta que había

de agua ni de ninguna otra cosa, sino que cada uno atendiese á pelear y

defender el fuerte y á sí mismos; y con esta respuesta envió al dicho

sargento mayor, y que no queriendo así que ni él ni aquellos otros dos

capitanes italianos con el resto de los soldados y de otros amigos suyos

no querían sino pelear y morir antes que hacer cosa que fuese menoscabo

de su honra, y no tornando dicho sargento mayor, los dichos capitanes de

ahí á poco querían hacer consejo entrellos, y enviaron á decir á D. Juan

de Castilla con un caballero de la orden de San Juan, que se llama

Garay, que viniese á hallarse en consejo, y él, viendo que los turcos se

ponían en orden y se juntaban, envióles á decir cómo los turcos estaban

juntos en gran número en las trincheras y que tenían las armas en las

manos, y que ya no era tiempo de otro consejo ni acuerdo sino de estar

cada uno en su lugar como él y otros lo hacían, que servían al Rey, y

que lo tuvieran por excusado, y que les rogaba que hiciesen lo que

debían; y esto les envió por respuesta con el dicho caballero, el cual

se lo dijo así á los dichos capitanes, y con esta resolución ellos

hicieron su consejo y eligieron por gobernador al capitán Rodrigo

Zapata, y así, de allí á un poco, en el caballero de Su Excelencia se

arboló una bandera blanca de paz, y viéndola los turcos saltaron fuera

de las trincheras y comenzaron á venir hacia el fuerte á parlamento, y

buena parte dellos, con muchos de pie y de caballo, se fueron la vuelta

de las galeras, porque habían oído decir que D. Alvaro de Sande estaba

dentro dellas, y los que había en su guardia, viendo el fuerte en aquel

término y creyendo que fuese ya perdido, se rindieron sin pelear, y Don

Alvaro de Sande fué tomado por Barmuzo, cómitre real del armada

turquesca, y fué llevado con una fragata en tierra, en la tienda del

Bajá, el cual y Dragut también estaban en sus trincheras esperando la

respuesta de lo que los del fuerte querían hacer.

En esto los capitanes y soldados arriba nombrados, que se hallaban en el

caballero de Gonzaga, pensando que los turcos querían dar el asalto,

comenzaron á tocar arma y tiraron arcabuzazos y poner en orden las minas

de fuego y otras cosas que tenían hechas para su defensa, y del

caballero de la Cerda les dieron voces que no tirasen, porque estaba ya

arbolada la bandera de paz. Y así, viniendo al caballero de Gonzaga el

gobernador Rodrigo Zapata y el capitán Diego de Vera, como los vió el

capitán D. Juan de Castilla, quiso reñir con ellos y díjoles bien alto,

que lo oyeron todos, que á qué venían allí y qué querían, y yéndose

ellos les envió el alférez del capitán Olivera, al cual encargó que

dijese al dicho gobernador Rodrigo Zapata que D. Juan de Castilla se

protestaba de parte de Su Majestad y de Su Excelencia que no hablase ni

dejase hablar á ningún soldado con los turcos, ni hacer otro pacto ni

concierto con ellos, porque no se lo cumplirían ni guardarían, sino que

procuraran de defender el fuerte, que aún estaban á tiempo de poderlo

hacer, y á esto no respondieron cosa ninguna; que á esta sazón el

capitán de Funes y el capitán Juan de Montiel de Zayas y el capitán Juan

del Aguila, habían salido á parlamento fuera del fuerte, con el Bajá y

Dragut; y el capitán Juan de Funes, por orden del Bajá, después que

hobieron hablado largamente, volvió dentro en el fuerte diciendo que

serían salvos y libres todos los Oficiales y 25 soldados por cada

compañía, y con este recaudo y resolución le enviaba el Bajá, y con él

dos turcos para escrebir y tomar por letra los dineros, moniciones y

vituallas, y el número de la gente que se hallaba dentro.

El capitán Juan de Gama se salió fuera y se fué de su propia autoridad y

sin orden de ninguno á la tienda del Bajá y allí se rindió á buena

guerra, por no faltar de su costumbre, y después con el tiempo y su poca

vergüenza, le dieron libertad, y se fué con los otros capitanes que

habían rendido el fuerte, en libertad, los cuales, ni más ni menos,

habido la libertad por este insine servicio que hicieron al Bajá, sin

ningún temor de Dios ni vergüenza de la cristiandad.

Los turcos decían que los dineros pasaban de 50.000 ducados, mas tiénese

por cierto que no sea verdad y que no fuesen aun la mitad. Y viendo esto

el capitán D. Juan de Castilla, y habiéndole avisado un paje de Su

Excelencia, llamado Calveti, que los soldados hablaban con los turcos y

que tomaban pan y agua y fruta que les daban, hizo retirar y puso de

guardia en la dicha batería á su alférez D. Diego de Castilla, su

hermano, y al sargento del capitán Olivera, que se llamaba Valdés, y

éste quedó después captivo en Trípol, y entrambos á dos eran muy

valientes soldados, y dióles orden que no dejasen llegar á nadie á la

batería, ni menos que tomasen cosa alguna de los turcos, y él entre

tanto entendía en repararse y apercibir y poner en orden á los soldados

que allí tenía para defenderse, determinado de hacer todo lo posible

hasta la muerte; y así mandó á su alférez que quemase la bandera, y á

sus criados que rompiesen y echasen en el fuego unos reposteros suyos,

porque tenían el escudo de sus armas, y esto hizo á fin que los turcos

no podiesen hacer triunfo con su bandera como hicieron de las otras que

ganaron de los nuestros, colgándolas de las entenas de sus galeras, y

así dió á saco lo demás de su ropa y no quiso salvalla dentro del

castillo, como lo hicieron otros Capitanes y gentiles-hombres; también

quería que quedase allí su ropa y lo que tenía.

Y como los turcos hobieron asegurado un poco á los del fuerte,

mostrándoles buen rostro y el semblante alegre, de allí á dos horas, al

poner el sol, estando todos bien descuidados desto, arremetieron por

todas partes y sin mucha resistencia entraron dentro y encomenzaron á

matar á cuantos hallaron en aquella primera furia, y así murieron

muchos, especialmente aquéllos que estaban enfermos y heridos, y la

mayor parte de aquéllos se hallaron en el caballero del señor Andrea

Gonzaga, porque no se querían rendir sino peleando, se defendían cuanto

podían, y así los que escaparon con la vida, fueron tomados con sus

armas defendiéndose, y éstos fueron los que estaban bien armados, y así

acabaron todos muy honrosamente, como valientes y esforzados capitanes y

soldados.

Luego los turcos se pusieron al derredor del castillo, y este día no lo

tomaron, hasta otro que el Bajá y Dragut se hallaron á la puerta del

castillo, como salían los capitanes que se habían encerrado y retirado

dentro, por miedo que tuvieron de perder la vida, y asimismo otros

capitanes y gentiles-hombres particulares que estaban heridos, que entre

todos serían pocos menos de 1.000 hombres, y los escribían á cada uno

por su nombre, y fueron consignados por captivos del gran Turco, y donde

los pobres quedan con poca esperanza de haber libertad, y éstos creyendo

salvarse en el castillo acertaron mal, porque fué peor para ellos, que

los otros que fueron presos en el fuerte quedaron en poder de

particulares, los cuales con el tiempo podrán haber la libertad, ó por

rescate ó por otra manera, y algunos se rescataron muy presto y otros

huyeron y se salvaron.

Así miserablemente se perdieron aquéllos que quedaron en el fuerte y en

las galeras. Dios se lo perdone á quien fué causa de tan gran pérdida y

destrozo y tan universal daño de la cristiandad, porque si al tiempo que

la armada turquesca llegó estaban quedos y firmes así los de mar como

los de tierra, no les podía faltar más seguro partido y mejor suerte, y

no murieran tantos pobres hombres y desdichados heridos y dolientes, que

era la mayor piedad y compasión del mundo vellos hacer pedazos sin poder

tomar armas para defenderse, y con tanta crueldad ser muertos.

Dios dé gloria y reposo á sus ánimas, y concordia á los cristianos para

que puedan vengarse deste daño que recibieron de los enemigos de

Jesucristo, que ciertamente esta victoria ha ensoberbecido de tal manera

á aquellos infieles, que no estiman más á los cristianos que si no

estuviesen en el mundo, y si Dios no provee, se harán de contino más

grandes y poderosos.

Todo esto que he dicho ví por mis propios ojos y aun podría contar otras

particularidades; mas me remito al que quisiere tomar la mano que sea de

mejor juicio, y por lo pasado y porvenir, sea loado el nombre de Nuestro

Señor Jesucristo. Amén.

* * * * *

Hállase esta traducción, de letra del siglo XVI, en un códice en 4.º de

_Misceláneas_ que se halla en la biblioteca alta del Escorial, _iij-23_,

y tiene el original 17 hojas. Confrontóse allí mismo á 10 de noviembre

de 1791.--Martín Fernández de Navarrete.

Estudios históricos del reinado de Felipe II · 第 14 / 140 题