RELACIÓN

_de la jornada que hicieron á Trípol de Berbería las armadas católicas,

años 1560 y 61._[38]

[Nota 38: Academia de la Historia, Colección Salazar, _G-64_.]

Fray Parisote, Maestre de los Caballeros de San Juan, codicioso de

adelantar y ennoblecer su religión, como buen administrador della,

teniendo siempre ante los ojos la perdición de Trípol, con deseo de

recobrarle, aunque no se había perdido en su tiempo que él gobernaba,

sino en el del Maestre pasado, ansí por enmendar el daño que los turcos

habían fecho en cosas de la Religión, como por el mal y desasosiego que

daban á Malta los cosarios que en Trípol se recelaban, viendo la paz y

hermandad que de nuevo había entre los Reyes de España y Francia,

parecióle oportunidad para anteponer la impresa, comunicándolo primero

con el Duque de Medinaceli, que al presente estaba en el gobierno de

Sicilia, porque á él como Visorrey de aquel reino tocaba ser General de

la impresa cuando se hobiese de hacer.

Al Duque paresció muy bien lo que el Maestre procuraba, porque allende

del beneficio grande que venía al reino quitando un tan mal padrastro,

de cabo él por su parte desearía hacer alguna cosa en Berbería, digna de

memoria, como lo había hecho el Visorrey pasado Joan de Vega en la

tomada de Africa, y ansí acordaron de escrebir los dos al Rey sobrello,

encargando la solicitud del negocio al Comendador Guimarán, que se

hallaba en la corte.

No pareció mal al Rey lo que el Maestre y Visorrey demandaban, por

amparar y favorecer una religión de tanta antigüedad y nobleza, con el

amor y afición que lo había hecho la buena memoria del Emperador, su

padre, y los Reyes de España, por el beneficio y quietud que resultaría

á sus vasallos.

Trató el negocio con los que se hallaban allí en corte, que lo

entendían, y no contento con esto dió parte dello al Príncipe Doria,

para no hacer cosa sin consejo y parecer de un hombre de tanta

reputación y que con tanta afición y lealtad había servido siempre, y de

más experiencia en semejantes cosas más que otro alguno.

En este medio, el Maestre y el Duque tornaron á escrebir sobre el mismo

negocio á S. M. Estaba de partida para España, y viendo la respuesta del

Príncipe, escribió al Duque de Medinaceli que hiciese la jornada con el

consejo y parecer del Príncipe Doria y del Maestre y Duque de Florencia,

que había de enviar sus galeras. Para ello mandó al Duque de Alcalá,

Visorrey de Nápoles, que diese la infantería española de aquel reino, y

que D. Alvaro de Sande, coronel della, la llevase, con la que el Duque

de Sesa, gobernador del estado de Milán, daría. Escribió ansí mismo á

Joan Andrea, General de la mar, que fuese á servir en la jornada con sus

galeras, sin apartarse de lo que el Duque de Medinaceli hobiese menester

del armada. Á D. Sancho de Leyva, General de las galeras de Nápoles,

escribió mandándole que llegados en Berbería saliese en tierra con el

Duque, y en el progreso de las cosas de guerra le aconsejase, como

prudente, todo lo que hobiese de cumplir, y al Duque escribió que no

hiciese cosa sin dar parte á D. Sancho.

El Visorrey, vista la orden de S. M., avisó al Maestre para que toviese

en orden las galeras y gente que había de servir en la jornada, y por su

parte entendió en buscar dinero para las provisiones que eran menester,

y para pagar los soldados españoles de la isla, que se les debían

catorce pagas, y para hacer de nuevo gente envió á Caldes, caballero de

la Orden de Santiago, á Nápoles, á demandar la gente y artillería que le

habían de dar.

Al Duque de Alcalá no le pareció, en tiempo tan sospechoso, quitar los

presidios de las tierras de marina, estando como estaba el armada del

gran Turco á la Belona y teniendo la nueva que tenían de la muerte del

Rey de Francia, que por este mismo respeto el Duque de Sesa había

suspendido el licenciar la gente, por no estar bien acabada de confirmar

la paz.

Todos los ministros de S. M. estaban á la mira si con el nuevo Rey

hobiese nuevo acuerdo en lo de la paz, y ansí acordaron en Consejo que

Don Alvaro de Sande viniese á Mesina, como vino; y hallando quel

Visorrey daba priesa á las provisiones, con deseo de llevar adelante la

empresa, y viendo esta determinación, por no perder tiempo, partió

D. Alvaro con las galeras á Génova, para ir de allí á Milán por la

gente.

Severino fué por pagador, con los dineros, y dió la paga en Génova, de

manera que anduvo después en pleito con los maestros racionales, que no

se le daban por bueno, aunque daba por excusa que D. Alvaro se lo había

mandado hacer ansí.

Mientras D. Alvaro fué á Milán, el Duque despidió capitanes para que

hiciesen gente en Sicilia y Calabria y repartió por todas las tierras de

la isla, que cada una diese tantos gastadores. Destos hicieron compañías

con sus capitanes y banderas.

Entre tanto que la gente de guerra se recogía á Mesina, se entendía en

embarcar la artillería y municiones y vituallas. Todo esto era tan bueno

y en tanta abundancia, que sobraba para doblado ejército del que había

de ir. Desluciólo todo la poca maña que el Comisario D. Pedro Velázquez

tuvo, ansí en el embarcar, como en el repartir; y si flojamente se pasó

en esto, muy peor lo hizo en tomar muestra á los soldados españoles de

la isla y á los calabreses y sicilianos. Dió lugar, por ser mal plático,

á que los capitanes se aprovechasen á su placer. Tomaba la muestra en la

iglesia mayor, abiertas todas las puertas, y muchas veces de noche, y

ansí, cuando pensamos llevar 15 ó 16.000 hombres, hubo pocos más de

10.000. El mismo engaño de las pagas hubo después en las raciones.

D. Alvaro volvió de Milán de mediado el mes de septiembre y trajo 18

banderas de españoles, tan pobres de gente, que no pasaban de 800 ó 900

soldados, y tres de tudescos, en que había otros 800, sin otra que se

hizo después, y 16 banderas de italianos, en que había hasta 3.000,

muchos dellos franceses y gascones. Desde á pocos días después de

llegado se echó bando, que duró una hora el publicarle, y entre muchas

cosas que decía mandaba que ningún soldado fuese á correr en Berbería ni

tomase ropa ni esclavo á otro, so pena de la vida. Fuera harto mejor

mandar que no talasen los morales y olivos de que muchos pobres

ciudadanos mesineses se mantenían, sin que cada día los teníamos en arma

con las muertes y revueltas que á cada paso se hacían, por venir muchos

foragidos del reino de Nápoles y Sicilia, con salvoconducto para servir

lo que durase la jornada.

El Duque y D. Alvaro entendían en hacer escuadrones y escaramuzas en el

Brazo de Sarranela, que dieron harto que reir á muchos y perder la

esperanza de que saliesen bien con lo comenzado.

En estas escaramuzas y niñerías acaeció que un soldado español que se

decía Herrera dió un bofetón á un caballero ginovés, hijo de Antonio

Doria. Pesóle á toda nuestra nación en el alma, por tener tanta afición

á su padre, estando este caballero á pie mirando cómo escaramuzaban los

de á caballo. El soldado, por huir de los caballos que venían torneando

el escuadrón, vino á topar con él y ponérsele delante, y sobre hacerle

apartar, le dijo palabras quel soldado se descomedió á darle el bofetón.

Metieron todos manos á las espadas, y llegaron allí luego el Visorrey y

otros muchos. El soldado se desapareció por la mucha gente que había, y

se fué á salvar en una casa donde estaba bien secreto si no le

vendieran. Diéronse tan buena maña el César Doria y sus hermanos, con

espías y sobornos, que vinieron á saber dónde estaba, y con mucha gente

armada entraron de noche y lo mataron y lleváronlo arrastrando á la

marina, mostrándolo de galera en galera con un esquife. De ahí lo

llevaron á la plaza del castillo, donde pasaba el Visorrey, haciéndole

guardia hasta el día, para que le vieran los que salían y entraban. Esto

indinó muy mucho la gente de guerra, por lo que sucedieron muertes y se

vinieron á poner carteles, sin que se hiciese castigo ni demostración

dello.

Entrando el mes de otubre con gran lluvia y tempestad de vientos, á

todos los que se les entendía algo de cosas de mar, les parecía desvarío

partir en tal tiempo una armada tan grande como aquélla, mayormente

dándose la poca priesa que se daban á embarcar lo que era menester, que,

según la torpeza y flojedad que en esto usaban, no acabarían por todo

aquel mes.

Juan Andrea Doria perdió una galera y un esquife de otra, allí en el

Faro, y decía públicamente que si las galeras que traía fueran del Rey,

como eran suyas, que no fuera á la jornada, aunque el Rey se lo había

mandado; pero que iba porque no pudiese nadie decir que dejaba más la

ida por temor de perder su hacienda, que por lo que cumplía al servicio

de S. M.

D. Berenguer de Requesens, General de las galeras de Sicilia, fué

siempre de parecer que no se fuese á Trípol, y ansí lo decía

públicamente y lo escribió al Rey, por lo que vino el Duque á desabrirse

con él y á no tratar con alguno de los que contradecían la ida. Con

D. Alvaro solamente consultaba y comunicaba todo lo que se había de

hacer.

De aquí comenzó la discordia entre los que mandaban, y con este buen

principio, á los 25 de otubre de 1560, hizo vela del puerto de Mesina la

nave _Emperial_, que iba por capitana de todas las demás, que serían

hasta 40. Iba en ella por Comisario general Andrea de Gonzaga, Coronel y

Maestre de campo general de toda la gente italiana, y las naves

anduvieron ocho días en bonanzas, dando bordos, sin poder pasar de

Zaragoza, donde se entraron el 1.º de septiembre por el mal tiempo. Este

mismo día llegaron allí las galeras con el Visorrey, y dende á pocos

días se acabaron de recoger las galeras de Cigala y otras naves que

faltaban, con gente y municiones.

Por todo el mes de noviembre no se pudo partir de Zaragoza por los malos

tiempos. Hízose muy gran daño en la campaña, cortándole los olivos y

viñas y árboles fructíferos della para quemar, robándoles las maserías,

sin dejarles buey ni oveja en ellas, ni cosa de comer.

Primero de diciembre partió de aquí la armada para Malta, y ya otra vez

habían salido y vuéltose al puerto de 20 millas de allí. Esta segunda

vez llegaron las naves y galeras á Cabo Páxaro, 60 millas de Zaragoza, y

de allí se engolfaron en el canal de Malta. Las galeras pasaron adelante

y llegaron otro día á Malta, donde fueron recibidos del Maestre y

Caballeros con mucha fiesta. Las naves volvieron aquella noche á Cabo

Páxaro con viento contrario, y las dos galeras de Mónaco con ellas, que

no pudieron proejar para tomar la isla con las demás por estar largas á

la mar. Dieron fondo todas á Cabo Páxaro; y temiéndose de unas burrascas

que comenzaron de media noche abajo, disparó la Capitana á levar, y

algunas dellas, por darse más priesa, se dejaron las áncoras y se fueron

todas á Zaragoza. Después perdieron algunas las barcar por enviar por

las áncoras. Deste mesmo puerto salieron otras tres veces, y tantas se

tornaron sin poder pasar á Cabo Páxaro.

En esto comenzó la gente á enfermar y morir á más furia quel mes pasado,

y los de la ciudad, desdeñados del estrago que se les había hecho y

hacía en la campaña, no querían acoger los enfermos, y ansí murieron muy

muchos por dejados, como los dejaban á la marina al agua y sereno.

Primero que se determinase á darles recaudo, fueron tantos los muertos,

que hubo banderas desarboladas y nave en que no quedaron 20 hombres.

Viendo esto Andrea de Gonzaga, envió una fragata á dar aviso al Visorrey

de lo que pasaba y de la poca gente que había, porque, sin los muertos,

se huían cada día muchos soldados y marineros, tanto que había muchas

naves que no podían navegar por falta dellos. Pasaron veinticinco días

que no tuvimos aviso de las galeras ni se supo dónde estaban. Andrea

Gonzaga estaba con determinación de no partir de allí sin tener

respuesta del Duque.

Á los 20 del mes se comenzó á publicar una nueva, sin cierto autor, que

las galeras habían pasado á los Gelves sin haber reposado en Malta, mas

de tomar gente y municiones. Esta nueva debieron de inventar los

zaragozanos ó los de aquellos contornos, por hacer ir de allí las naves.

Como esto se comenzó á divulgar entre los soldados, todos deseaban ser

ya allá, y ansí daban priesa en la partida, y hubo Capitanes que se

quisieron ir sin aguardar la Real, por lo que acordó Andrea Gonzaga

partir la noche de Navidad, y otro día, en amaneciendo, al salir del

puerto, llegó D. Pedro Velázquez, Comisario de la armada, en una galeota

y dió nueva que estaban en Malta.

Más adelante se descubrieron 22 galeras que traía el Comendador Guimarán

para hacer ir á las naves y pasar á Mesina por dineros. Llegadas estas

galeras á Zaragoza, hicieron lo que solían en las posesiones della.

Cargaron de leña para Mesina, y lo mesmo hicieron á la vuelta para

Malta. Las naves siguieron su camino con poco viento, y ansí tardaron

ocho días y más en recogerse todos á Malta, donde habían llegado otras

naves con siete compañías de infantería española del reino de Nápoles,

sin otras cuatro que habían venido primero á Mesina. Estas 11 banderas

trajeron harto más gente que las de Lombardía. Como iban llegando las

naves, les salía á dar orden una fragata que se fuesen á Puerto Xaloque,

ocho millas de allí. Después las mandaron venir, y trayendo algunas á

jorro las galeras, se metió un temporal tan fuerte, que las galeras las

desmampararon y se tornaron á Malta. Las naves corrieron la vuelta de

Sicilia hasta llegar á Cabo Páxaro, donde surgieron para volverse con el

primer buen tiempo. En una de ellas, en que iba un Gregorio, tocó una

compañía de calabreses. Antes que llegase al Cabo, tomando la vuelta

para entrar en él, se amotinaron los soldados y dejaron ir la nave en

popa, la vuelta de Calabria, hasta llegar al Cabo de Espartivento, y

teniendo ligado el Capitán y sus Oficiales, maltratándoles, se hicieron

echar en tierra y se fueron á sus tierras.

En el galeón de Cigala iba una compañía de sicilianos del Capitán Lope

de Figueroa y otra de gastadores. En viéndole surto, hicieron lo mesmo

que los calabreses, y aún más, porque mataron al Sargento y llevaron al

Alférez ligado en tierra, y trataban de tirarle con las escopetas. El

Capitán de la compañía había quedado en Malta. Primero que salieron del

galeón enclavaron el artillería porque no les tirasen con ella, y no

pudiendo caber todos en las dos barcas, quedaron de los amotinados hasta

24 ó 30. Los marineros y muchos soldados que no habían sido en el motín,

se juntaron y prendieron éstos, y dieron aviso á una nave questaba allí

junto, donde estaba el Capitán Artacho, que traía á cargo las siete

compañías del reino de Nápoles. Envió por ellos y trájolos á Malta,

donde ahorcaron tres de los más culpantes y siete desorejaron y echaron

á galera.

Llegados ya todos á Malta tornó la gente á morir, mucho más que en

Zaragoza: la causa de esto era el mal pasar de tanto tiempo por la mar,

y para los grandes fríos que hacía estar la gente desnuda y sin pagas,

trayendo, como traían, mucha ropa de Génova y Milán. Dejaron morir muy

mucha gente de frío por no darles á tiempo de vestir. Estaban los

monasterios é iglesias llenos de enfermos, que era la mayor compasión

verlos morir por aquellos suelos, sin darles recaudo, hasta que el

Obispo de Mallorca demandó un casal en que estuviesen, y otras casas en

el Burgo, donde los recogió y gobernó lo mejor que pudo.

La solicitud deste Obispo fué parte á que no muriesen muy muchos más de

los que murieron. D. Sancho de Leyva hizo adereszar otras casas en que

recogía los enfermos que cabían, y los hacía curar y gobernar muy bien

de sus dineros, visitándolos él cada día, mandando á los que los tenían

encargo que no les dejasen faltar nada. Fué obra para en Malta de gran

caridad y de harto más provecho para los pobres que nadie podrá creer,

sino los que vieron la necesidad que allí pasaron enfermos y sanos.

Con toda esta mortalidad no faltaban cada día en casa del Maestre

máscaras, danzas y fiestas de damas, y torneos y sortijas, con tanto

placer y regocijo como se pudieran hacer al tornar de la jornada con

victoria.

Aquí se tomó muestra á la gente italiana en la campaña, contándolos en

el escuadrón por hileras, y diciendo el Duque de Vivona que había pocos

más de 3.000, en los que allí había, que aún faltaban naves por

desembarcar su gente, el Duque de Medinaceli le dijo que no dijese que

eran tan pocos, de manera que lo entendiese nadie, como si los que

salían á verlo no miraran lo mesmo que el Duque, y algunos Capitanes,

creyéndose que se hacía la muestra para darles dineros, recogían criados

de caballeros que trajeron allí. Conociéndolos algunos que iban con el

Duque, se los mostraron y no hizo caso dello; y vista la poca gente que

había en las naves, hubo grandes contrastes sobre si se iría adelante ó

no. Todos eran de parecer que se tornasen; D. Álvaro sólo tuvo fuerte en

que se fuese, tratando de pusilánimos á los que contradecían. El Duque

deseaba en extremo salir con lo que había comenzado, viendo que un

hombre de tanto valor y experiencia como D. Álvaro, en cosas de guerra,

mayormente en Berbería, donde había hecho tantas y tan buenas cosas,

facilitaba tanto la empresa, tenía esperanza de salir con ella, y ansí

acordó de enviar capitanes á Sicilia y Nápoles á hacer gente de nuevo,

dándoles orden que nos viniesen á hallar en Trípol.

En este medio tornaron las galeras que habían ido á Mesina. El Visorrey,

fastidiado de haberse detenido tanto en Malta, dió priesa á la partida,

y á los 9 de hebrero se salió de casa del Maestre sin despedirse dél ni

hablarle, se fué á embarcar. El Maestre quisiera tornarle aquella noche

á casa y no pudo.

Otro día se partió con toda la gente y armada; las galeras sacaron fuera

las naves que habían de ir. Licenciaron algunas ansí por la falta de

gente como de vituallas, y pudiera licenciarse más, que hubo nave que

fué con 200 quintales de bizcocho, sin gente ni otro cargo. La licencia

que dieron á los pobres patrones fué para acabarlos de echar á perder,

porque allende de no pagarles lo servido, les tomaron las gumenas y

áncoras y marineros, para darlos á los que iban á servir, y sobre todo

esto, compuso muchos dellos el alguacil real de Joan Andrea, como hizo á

otros en Mesina.

Dióse orden á todas las naves que siguiesen la capitana, sin decirles

dónde habían de acudir si acaso se perdiesen unas de otras, como suele

acontecer. La general llevaba orden de ir á Cabo de Palos; caminaron

todo aquel día y la noche con viento próspero; después se les volvió el

tiempo de manera que vinieron á descaecer á los Secos de los Querquenes,

donde surgieron, aunque no todas, que algunas habían perdido la Real por

un mal temporal que duró poco.

Las galeras partieron de Malta ya tarde, el mismo día que las naves, y

llegadas al paraje de una isla que se dice la Lampadosa, donde se había

de hacer agua y leña, por la falta que hay della en Berbería, pasáronse

sin tomalla, caminando derechas á la isla de los Gelves, donde llegaron

sobre tarde.

Antes de llegar descubrieron dos naves: fueron D. Sancho de Leyva y

Scipión de Oria, y tomó cada uno la suya; la gente dellas se huyó en

tierra. También descubrieron dos galeotas en la Cántara. Según se ha

entendido de los esclavos dellas, estaban ya los turcos para huirse en

tierra si vieran que iban nuestras galeras á ellas. Debiéronlo dejar por

ser ya tarde. Ellas se huyeron aquella noche y hicieron harto daño.

Tomaron algunos bajeles pequeños que se habían perdido de las naves, y

fué el Truchalí, que las traía, á Constantinopla á solicitar la venida

de la armada. Nuestras galeras se recogieron todas á la Roqueta, y otro

día por la mañana echaron gente en tierra para hacer agua; y como los de

la isla habían descubierto las galeras el día antes, acudió mucha gente

de pie y caballo: pusiéronse en unos palmares allí cerca. El Visorrey

tenía en tierra hasta 3.000 hombres, y hecho el escuadrón, mandó salir

arcabuceros que fuesen á escaramuzar con los enemigos. Trabóse de manera

la escaramuza que duró cinco ó seis horas, y tan reñida, que vinieron

hartas veces á las espadas. No osaban los nuestros alargarse mucho del

escuadrón por la caballería de los enemigos. Muchos soldados pelearon

este día muy bien. Hubo muertos y heridos de todas partes, aunque pocos.

No se tomó ninguno para lengua, que fué harto mal para nosotros no saber

lo que había en la isla antes de partir della.

Después quel Duque entendió que las galeras habían hecho su aguada, por

ser ya tarde mandó retirar la gente del escaramuza, y al recoger, que

se recogían al escuadrón, comenzaron á cargar los enemigos, con la grita

y alarido que suelen, y acercáronse tanto, que hirieron algunos en el

mesmo escuadrón.

Á D. Álvaro dieron este día un arcabuzazo, andando á caballo. No le hizo

mal. Anduvo muy bueno este día en dar orden, y todo lo demás que se

debía á su cargo y reputación. Toda la gente se embarcó, sin que los

enemigos hiciesen más mal, aunque al embarcar, por darse algunos más

priesa que era menester, hubo alguna desorden.

Aquella misma noche se fueron las galeras y vinieron el día siguiente á

hallar las naves surtas en los Secos. Proveyeron de agua á muchas naves

que les faltaba, que con la priesa del partir de Malta no habían tomado

el agua que habían menester. De allí partieron todos juntos á Cabo de

Palos, donde llegaron otro día.

Al salir de Malta quedaron nueve galeras que no partieron con la

Capitana: las ocho dellas partieron aquella misma noche: la patrona de

Cigala se quedó en el puerto: las ocho siguieron el mismo marinaje que

las primeras: llegaron á los Gelves con dos horas de día á la misma

Roqueta donde las otras habían estado, y teniendo necesidad de tomar

agua, juntáronse los Capitanes de infantería española; fueron á hablar

al Duque de Vivona, que venía en la Capitana de Florencia, para ver si

la hacían; el Duque les dijo que iba allí como hombre particular, que no

tenía cargo para dar orden; que ellos, como hombres de guerra, viesen

lo que era menester, que él les favorescería con su persona y criados, y

ansí determinaron los Capitanes de salir en tierra con sus Oficiales y

hasta 300 hombres, hecho un escuadrón. Dellos apartaron hasta 30

arcabuceros, y pusiéronlos en un alto, cerca del escuadrón, para que

tirasen de allí unos moros de á caballo para que no se acercasen á

estorbar el hacer del agua, y ansí estuvieron todo el tiempo que duró el

hacerla. Hecha el agua, se comenzaron á embarcar algunos soldados, y con

ellos el Capitán Joan de Funes, y el Capitán Joan del Aguila había harto

que había embarcado diciendo que no se sentía bueno. Los otros cinco

Capitanes no se quisieron embarcar hasta los postreros. En esto se

levaron unas galeras para mejorarse á otro puerto á donde descubriesen

los moros para tirarles. Como los enemigos les vieron vueltas las popas

y retirarse los arcabuceros que les tiraban para irse á embarcar,

cerraron con ellos y rompiéronlos. Entrando dentro en la mar,

secutándolos, mataron y prendieron hasta 150 hombres; los presos fueron

muy pocos; murieron todos cinco Capitanes peleando muy valerosamente

delante sus soldados. El Capitán Adrián García, Pedro Vanegas, Pedro

Belmudes, Antonio Mercado y D. Alonso de Guzmán. Éstos se perdieron de

buenos, que bien se pudieran embarcar si quisieran. Tuvieron por mejor

morir que no desamparar sus soldados. Los demás se recogieron á las

galeras, quién á nado, quién en los esquifes. Partiéronse luego de allí

con este buen suceso, y vinieron á Cabo de Palos. A todos dió pena esta

desgracia.

En Cabo de Palos se supo de unos jeques de alarbes que vinieron á

ofrecerse de servir contra los turcos, como Dragut quedaba en los Gelves

con 400 caballos y hasta 1.500 hombres de pie entre turcos y moros, y

quél era el que había escaramuzado con los nuestros al agua, y el que

había hecho el daño en la gente de las ocho galeras, y quel día antes

que llegasen nuestras galeras había peleado con la gente de la isla, al

paso, y roto y muerto muchos moros gervinos, y robado y quemado los

casales y haciendas de los que no eran de su parcialidad. Por no darnos

maña el día de la escaramuza de tomar lengua ni meter un moro de los que

llevábamos en tierra para que supiese lo que había y lo que se sabía de

Trípol, como era razón que se supiese, dejamos de prender allí á Dragut,

que los mismos de la isla ayudaron á ello, y tomándole el paso, no

podría en ningún modo escapar, y ansí hacíamos la jornada de Trípol y la

de los Gelves con prenderle. Por eso dicen que no hay mejor adivino quel

que bien piensa lo que hace, y ansí los que tienen cargo, mayormente en

cosas de guerra, por muy discretos y avisados que sean, no han de hacer

cosa sin consejo y parescer de muchos, lo que no se hizo en esta

jornada, y ansí sólo ella se puede llamar guerra sin consejo.

En Cabo de Palos estuvimos todo el mes de hebrero sin poder pasar

adelante por los malos tiempos. Aquí se perdió la nave _Imperial_,

remolcándola las galeras de una parte á otra.

Salvóse la gente della y repartiéronla por las otras naves. Ahogáronse

dos sacando el artillería de batir que traía. Perdióse harta pólvora,

balas y cuerda y muy muchas vituallas. Aquí comenzaron algunos de nuevo

á quejarse del Visorrey, diciendo que no hacía caso de nadie ni llamaba

á Consejo los Oficiales de S. M., que eran diputados para ello, y muchos

señores y caballeros que venían á servir, por lo que comenzaban á

suceder mal algunas cosas, y ansí acordaron pedir lista de la gente que

había á los Capitanes de los soldados que cada uno tenía, porque se dijo

que había muchos enfermos.

Vista la poca gente que había, se determinaron en la ida de los Gelves,

de Cabo Palos; escribieron al Bajá del Caruán, y enviaron un moro á

Trípol por espía para saber la gente que tenía Dragut dentro y ver si se

fortificaba. Diéronle tres escudos, y no volvió con la respuesta.

También asoldaron unos jeques de alarbes para que viniesen á servir en

los Gelves. Vinieron á tiempo que no fueron menester.

Primero de marzo, al hacer del alba, hicimos vela para los Gelves con

muy buen tiempo, donde llegamos aquella misma noche, y reforzó tanto el

viento, que fué muy gran ventura no perderse muchas naves al tornar de

los Secos. Los cinco días siguientes hizo una tormenta tan deshecha,

refrescando el viento de hora en hora, que á hallarnos en playa, se

perdía todo el armada sin remedio alguno.

Á los siete días desembarcó toda la gente en la isla, á la parte de

poniente, á una torre que dicen de Valguarnera, questá ocho millas

pequeñas del castillo, lugar nada cómodo para desembarcar, porque las

naves estaban cinco millas largas de tierra, y las galeras más de tres,

y sin nada desto, por ser parte donde no había agua. Luego se puso

diligencia en hacer pozos y no se halló agua, por lo que padesció la

gente harta sed. Tardóse todo el día en desembarcar los soldados y

artillería. Esta parte donde desembarcamos es la más estéril de toda la

isla, y ansí no parescía hombre por toda la campaña.

Aquella tarde vino un moro viejo á caballo con otro de á pie con él, de

parte del jeque y los gervinos, diciendo que no querían pelear contra la

gente del Rey Felipe, antes se holgaban y se tenían por muy dichosos en

estar debajo de su amparo y protección, y ofrescían de ayudar de muy

buena gana á echar á Dragut de Trípol y de toda Berbería. El Virrey le

recibió alegremente, agradeciendo al jeque y á los de la isla la

voluntad que mostraban al servicio de S. M., y ansí él les ofrescía

hacerles todo buen tratamiento, que en el castillo tratarían lo que

cumplía á todos.

El viejo era hombre de bien: se partió muy contento; pero el que venía

con él no era todo bueno; pero bien lo pagó, que lo mataron otro día en

la escaramuza. Este tuvo cuenta con la poca gente que venía, y con ver

que mucha della estaba flaca y maltratada. Dió de todo relación á los

moros, persuadiéndoles que nos diesen la batalla y peleasen antes que

hacer acuerdo alguno con cristianos.

Otro día bien de mañana comenzó á caminar el campo, marina á marina, en

muy buena orden, la vuelta de los pozos, donde habíamos de alojar.

Estaba un poco más de cinco millas de allí. Andrea Gonzaga iba de

vanguardia con un escuadrón de italianos: la Religión, tudescos y

franceses iban con otro escuadrón de batalla; la infantería española iba

de retaguardia, cada tercio por sí. En su orden cada escuadrón llevaba

delante piezas de campo y mosquetes, y ansí caminamos hasta los pozos

sin descubrir moro que nos diese empacho. Desde los pozos se descubrían

muy muchos moros entre unos palmares, bien adelante al paso por donde se

iba al castillo.

Llegada la vanguardia á los pozos, se entendió en limpiarlos, y sin

aguardar en su orden hasta que llegase la batalla, salió el Coronel

Spínola con algunos arcabuceros italianos hacia los palmares. Como los

moros vieron caminar esta gente adelante, alteráronse, paresciéndoles

que no se afirmaba el campo aquella noche en los pozos, sino que pasaban

al castillo, questaba poco más de dos millas de allí, donde tenían los

más facultosos las mujeres y hijos y haciendas; y como entre ellos había

muchos de la parte de Dragut, amigos de alteraciones y revueltas, que no

venían bien en que se hiciese paz, con esta ocasión comenzaron á decir á

los demás: «Ya veis que los cristianos pasan al castillo con desinio de

tomar nuestras mujeres y hijos por esclavos: lo mismo querían hacer de

nosotros; mejor es que muramos peleando por nuestra libertad, que no

dejarnos engañar con palabras y ser esclavos, cuanto más, que siendo

como somos doblada gente que ellos, sanos y rebustos, haciendo lo que

debemos, no hay duda sino que será nuestra la vitoria, siendo los

cristianos tan pocos y muchos dellos enfermos y malparados. Por eso,

determinaos á pelear y acometámosles luego, porque ya que no les podamos

romper, vienen tan cansados y tan embarazados con las armas que traen,

que nos saldremos dellos y nos volveremos, sin que nos puedan alcanzar

ni enojar. A lo menos no nos quejaremos de nosotros mismos por haber

dejado de probar nuestra fortuna.»

El jeque, que era nuevo y no tenía los de la isla tan á su devoción que

pudiese estorbarles que dejasen de concurrir con los que procuraban

alteraciones y desasosiegos, y así persuadidos de los demás, comenzaron

todos juntos á dar voces y alaridos, tomando puños de tierra y

echándolos en alto para adelante, ques señal entre ellos de querer

pelear, y juntamente con esto dispararon escopetas á los nuestros, y

ansí se comenzó la escaramuza.

En esto arribaba la infantería española á los pozos. Tardó tanto, por

desempantanar una pieza de artillería que traían los de vanguardia. En

sintiendo la arcabucería en los palmares, mandaron marchar la artillería

y gente delante, y fué bien menester, porque de otra manera degollaban

todos los que habían salido con el Coronel Spínola, por ser pocos y

haberse alargado más de lo que era razón.

El escuadrón los recogió y afirmóse poco más de cien pasos de las

primeras palmas. Los moros cobraron grande ánimo en ver que los nuestros

les habían vuelto las caras, y vinieron con gran ímpetu, hechos un

horror á acometer el escuadrón. Su cuerno derecho cerró animosa y

determinadamente con la arcabucería questaba por guarnición del lado

izquierdo de nuestro escuadrón á la parte de la marina; pero no con

menos valor resistieron los nuestros el ímpetu y furor de los enemigos,

sin tornar paso atrás, disparando una vez los arcabuces, no teniendo

lugar para tornar á cargarlos, por estar ya revueltos con los moros.

Vinieron con ellos á las espadas; los hicieron retirar huyendo, quedando

dellos 43 muertos en el mismo lugar que embistieron, sin otros muchos

que mataron en el alcance. El otro cuerno izquierdo suyo, que venía á

dar por la parte derecha del escuadrón nuestro, y la media línea, que

venía á dar con el frente dél, viendo el mal suceso de los primeros, se

retiraron sin osar llegar á las manos.

En este medio jugaba nuestra artillería por todas partes, que ponía gran

temor en los enemigos. Tornóse de nuevo á otra escaramuza; sustentáronla

gran rato el Capitán Gregorio Ruiz y Bartolomé González, reparándose con

los fosos de unas viñas, de donde hicieron harto daño en los moros,

hasta que llegó de nuevo con más gente el Capitán Joan Osorio de Ulloa,

y pasó tan adelante, que faltó poco perderse él y los que le seguían.

Viendo los enemigos tan pocos, y que de mal pláticos habían disparado

los arcabuces todos juntos, dieron sobre ellos y hiciéronlos tornar con

más priesa de la que habían traído. Fueron causa éstos, con su mal

orden, que los dos Capitanes que hasta allí se habían mantenido bien,

desamparasen los puestos y se retirasen, y hirieron en el alcance á

Gregorio Ruiz de una lanzada, de que murió dende á pocos días. Perdióse

gente en esta retirada, y perdiéranse todos si el escuadrón no marchara

á socorrerlos.

Las retiradas vergonzosas que hicieron este día los arcabuceros

italianos y los nuestros, fueron por ir más adelante de lo que debían,

sin llevar picas que los amparasen. El Duque, para la poca plática que

tenía en semejantes cosas, anduvo este día muy bueno, alegrando y

animando la gente, acudiendo á todas partes, dando la orden que

convenía; lo que no hicieron otros que eran más obligados á ello, con

quien tuvieron muy gran cuenta los soldados.

Los pocos caballos que teníamos, que serían hasta 20, que los demás no

eran desembarcados, sirvieron bien. Á D. Luis Osorio, Maestre de campo

de la gente de Sicilia, mataron el caballo y matáranlo á él si no lo

socorrieran, y peleó como muy buen caballero este día, y todo lo que

duró la jornada hizo lo que debía. Los moros tenían 5 ó 6 caballos, en

que andaban los que los gobernaban; pero serían 13 ó 14.000 hombres de á

pie; los nuestros podrían llegar hasta 7.000.

Murieron este día, de nuestra parte, 30 hombres; pocos más saldrían

heridos, y casi todos de lanza y espada, porque tenían muy pocas

escopetas. De los moros, entre muertos y heridos, pasaron de 500, según

dijeron ellos mismos.

Después de acabada de recoger la arcabucería de la escaramuza, por ser

ya tarde y estar la gente fatigada del trabajo y sed, que hubo hombres

que cayeron en el escuadrón muertos de sed, mandó el Duque retirar la

gente al alojamiento, que estaba hecho á los pozos, donde se halló poca

agua y mala.

Estando este día en la furia de la escaramuza vino á faltar la pólvora y

cuerda; y yendo á pedirla á Aldana, General de la artillería, respondió

que enviaba por ella á las naves. Vino bien que era ya tarde, que podía

ya durar muy poco la escaramuza, y si mal recaudo dió el Comisario en

las municiones del artillería, harto peor fué en las vituallas, que

salimos tan bien proveídos, que á tornar cuatro ó seis días de mal

tiempo, como los pasados, pereciéramos de hambre.

Toda aquella noche se oyeron muy grandes llantos de las moras que

andaban retirando los muertos. Tardamos allí cuatro días mientras las

galeras hicieron agua y desembarcaron vituallas de las naves. No se

consintió salir estos días á escaramuzar con los moros, aunque ellos

venían á demandar escaramuza. Harto mejor hubiera sido haberlo excusado

el primer día, hasta ver si los moros estaban en la determinación que

habían dicho.

Xama y otro moro, que servían en la compañía de Suero de Vega, salieron

una noche por la isla á tomar lengua y trujeron un moro.

Desde á dos noches tornó á salir Lope Osorio, teniente de la misma

compañía, y dió en unos casales, cerca de su campo, y trajo siete moros

y moras y mató algunos que se defendieron. Hecha la paz dió el Duque

libertad á todos y los pagó á los soldados. No por ello nos dieron ellos

los esclavos cristianos que tenían en la isla.

Desde á tres días vino un moro á caballo, viejo, y llegó á un tiro de

arcabuz de nuestras trincheras, donde se apeó y hincó un palo en tierra.

Dejó allí una carta y alargóse. Fueron por ella y trajéronla al Duque.

Dijeron que era para tratar de nuevo la paz, y tarde vino un moro viejo

con una carta de crédito de D. Alonso de la Cueva en que le abonaba por

hombre de verdad. Este fué con demandas y respuestas, y no concluyéndose

nada, determinó el Duque pasar adelante.

A los 12 del mes mandó echar bando para la partida, mandando, so pena de

la vida, que ningún soldado se empachase en tomar prisionero ni ropa

mientras se pelease. Toda la gente iba muy alegre y contenta en oir el

bando, teniendo por cierto que se pelearía. La infantería española iba

de vanguardia; los franceses, alemanes y Religión, en batalla; los

italianos, de retaguardia, todos en sus escuadrones en muy buen orden.

D. Luis Osorio iba delante de los escuadrones con una manga de

arcabuceros españoles, y ya que la vanguardia llegaba cerca de los

enemigos questaban al paso, salió el mismo moro que solía venir á

nuestro campo. El Duque mandó hacer alto á la gente por ver lo que

quería el moro. Demandó un cristiano por rehén y trujo un moro criado

del jeque en cambio suyo. Estos estuvieron detenidos hasta que

concluyeron los patos, y fueron quel jeque daría el castillo y la isla

quedaría por el Rey, y que enviándole un salvoconducto vendría á verse

con el Visorrey y á tratar lo demás que le pedían; y que por cuanto él y

algunos de sus moros tenían en el castillo sus mujeres é hijos, y

sacándolos, estando allí los soldados, podría haber alguna desorden, le

suplicase que por aquella noche solamente se volviese á los pozos, quel

prometía su palabra dar desembarazado el castillo por todo el día

siguiente.

El Duque holgó complacer al jeque en aquello, y mandó volver la gente al

alojamiento, publicando que era hecha la paz, de lo que pesó muy de

veras á los soldados, yendo, como iban, ganosos de pelear, teniendo por

tan cierta la victoria. Un soldado de la compañía de Orejón, diciéndole

que era hecha la paz, vino en tanta desesperación, que se dió dos

puñaladas por los pechos, de que murió dende á pocas horas. Sobre el mal

contento que los soldados llevaban, llovió toda aquella noche y lo más

del día siguiente. Hizo esta agua muy gran daño en la gente, porque no

había tiendas en tierra en que se reparasen, sino de algunos caballeros

y Oficiales. Desto vinieron después á adolecer y morir muchos. El jeque

entregó el castillo, como lo prometió, y fueron otro día á poner el

estandarte real en él, y dende á dos días fué el Duque y otros muchos

señores y caballeros por mar á él, y disinaron el fuerte. Andaban tan

siguros entre los moros, que se pudieran hallar burlados, porque

tuvieron oportunidad para prenderlos sin que nadie se lo estorbara.

Á los 18 partió todo el campo para el castillo. Este mismo día se

comenzó la fortificación dél. Alojóse todo el ejército á rededor dél.

Los italianos á la parte de Poniente; la Religión, alemanes y franceses

al Mediodía; los españoles á la parte de Levante. Desta manera teníamos

torneado el castillo por la parte de tierra: todo lo demás era mar. Los

moros traían provisiones de pan y carne en abundancia, porque lo vendían

como querían, que en esto nunca hubo orden ni en tierra de amigos ni

enemigos. Compramos la leña y el agua, cosa no vista jamás en el campo,

y tan cara, que se vendía al principio una carga de agua por cuatro

asperos, que son tarín de la moneda de Sicilia, que vale doce tarines un

escudo. Después calaron á dos asperos, y á este precio se bebió siempre.

Pozos hartos había, pero amargos y salados. Dos que había buenos, del

uno se servía el Visorrey y del otro tomaba quien podía. Con toda esta

carestía, no se dió paga entera á los soldados desde que partimos de

Mesina hasta que se perdió el fuerte, sino dos escudos en tres veces que

les dieron socorro, y así murieron muy muchos por no tener dineros con

que gobernarse.

Desde que se entró en la isla hasta mediado de abril, enfermó y murió

muy mucha gente de fiebres contagiosas. Hubo día que murieron 50 y 60

hombres, hasta que comenzó la gente á hacerse al aire de la tierra, ques

muy sano. El Visorrey envió á decir al jeque que viese cuándo querían

venir á tratar lo que había dicho, quél enviaría el seguro. Él se

resolvió en no querer venir, diciendo que á su padre habían muerto

turcos por fiarse dellos; que no quería que le sucediese á él lo mismo

con cristianos, y ansí acordaron que se viesen un día en la campaña. El

jeque vino acompañado de más de 4.000 moros, y firmóse una milla del

castillo. D. Alvaro salió á él con muchos caballeros, por ver si le

podría hacer entrar en el campo, pero no aprovechó nada con él.

Viendo que no quería pasar adelante, volvió D. Alvaro y llevó al Duque,

y llegando, se saludaron el uno al otro con mucho amor, y apartados de

la gente hablaron un rato por una lengua que tenían consigo, y dende á

poco se despidieron y se volvió el Virrey al campo y el jeque á su casa,

questaba dentro en la isla, 10 ó 12 millas de allí, y dende á pocos días

vino el Papa del Caruán. El Visorrey lo recibió y hospedó

honrosísimamente.

En este medio todos trabajaban á porfía en levantar el fuerte, aunque

muchos eran de parescer que no se hiciese allí, por la falta que había

de agua y por no poder dar socorro á los navíos que le vernían á

vituallar. Cuanto más lo contradecían, tanto más priesa se daban en la

obra. Unos traían fajina, otros palmas, otros entendían en la fábrica,

otros abrir el foso. Esto hacían los tudescos porque se lo pagaban muy

bien. Todo lo demás hacían los soldados por no haber ya gastadores:

todos eran muertos de mal pasar, y harta parte dellos en Sicilia: en

las mismas cárceles en que estaban depositados moríanse por no darles de

comer.

La obra del fuerte crecía cada día cosa no creedera, por andar como

andaban trabajando en él los soldados á porfía. El gran Comendador de

Francia, General de las galeras, á cuyo cargo venían los 1.000 hombres

que la Religión daba entre caballeros y soldados, viendo que se atendía

solamente á la fortificación de la fuerza, sin tratarse más de ir á

Trípol, que era para el efeto que daba la Religión aquella gente, sin

cinco galeras y una galeota y dos galeones y seis piezas de artillería

de batir, sin otras piezas de campaña, con el recaudo de municiones que

convenía para todas, demandó licencia y se fué con ellas, y mucha gente

y caballeros enfermos.

Por la misma causa se pudieran licenciar todas las naves que allí

estaban detenidas, con los soldados que no eran menester y gente inútil,

reservando los que habían de quedar en el fuerte y los que pudieran ir

en las galeras, y mandar asimismo á Sicilia para que despidiesen la

gente que se había mandado hacer desde Malta, y no hacerla venir, como

vino, sin ser menester. No solamente no se hizo esto, ni aun nos

acordamos de dar aviso nunca de lo que hacíamos ni dónde estábamos,

porque desde los 10 de hebrero que partimos de Malta hasta de mediado de

abril, no supieron allí ni en Sicilia de nosotros. Con este descuido

teníamos á todos con pena, temiendo no fuésemos perdidos por los malos

tiempos que habían corrido los meses pasados.

En esto llegó un Caballero de la Religión en una fragata que inviaba el

Maestre á buscarnos. Éste dió aviso que estaban en Malta naves detenidas

con gente y municiones, por no saber dónde nos venían á buscar, y así se

acordó de inviar á Cigala con 10 ó 12 galeras á hacer venir estas naves.

Vinieron á la fin de abril con muchas municiones y cuatro compañías de

sicilianos. No desembarcaron todos, por estar, como estábamos, de

partida. Con Cigala volvieron tres galeras de la Religión, que por la

mucha gente que les había enfermado y muerto, habían desarmado las dos.

En este tiempo vino al Visorrey un moro gervino y le dijo que venía de

Trípol y que hacía saber que teniendo Dragut nueva cierta que la armada

del turco era en viaje para venirle á socorrer y que la nuestra estaba

para partir, había mandado llamar á él y á otros moros de la isla y

dícholes que viniesen á los Gelves, encargándoles muy mucho que

procurasen con los moros de la isla y alarbes, hacer alguna revuelta con

los cristianos para entretenerlos que no partiesen tan presto, hasta que

llegase su armada, certificando este moro al Visorrey que el armada

sería allí dentro de ocho ó diez días; y cuando no hallase ser verdad lo

que decía, se pondría en prisión con dos hijos que tenía, para que les

cortasen las cabezas. El Duque le agradeció mucho el aviso y le mandó

dar diez escudos.

Dende á dos días sucedió la revuelta de quel moro había avisado, en el

zoco, donde ellos se ajuntaban á vender el día de mercado. Fueron

alarbes los que comenzaron, pero no ganaron nada. En ella murieron

dellos más de 50, sin otros muchos que se tornaron en prisión. Acertóse

otro día á ahorcar un ladrón que estaba días había condenado. Los moros

se dieron á entender que era por la revuelta, y así tornaron á la

contratación como de primero. El jeque ahorcó otro moro de los que

habían sido origen del alboroto. El Duque mandó soltar todos los

prisioneros y volverles lo que les habían tomado, y envió con su

secretario Monreal al jeque, siete esclavos negros que se habían huído

de sus amos para venir á ser cristianos. Paresció mal á todos, porque

cuando quisieran complacer al jeque y á sus dueños, pudieran pagárselos.

No tuvo tanto cuidado el jeque de inviarnos los que se iban á él de

nuestro campo á tornar moros, que fueron tres ó cuatro mozuelos mal

informados. No solamente no los inviaba, pero teníaselos en su casa

públicamente, que los viesen todos los cristianos que iban á negociar

con él. Dende á dos días tornaron á tocar arma á las compañías questaban

de guardia fuera del campo, sin haber otra cosa más.

En esto llegaron dos fragatas de Nápoles, en que venía Hernando Zapata

de parte del Visorrey, á dar aviso cómo era fuera el armada turquesca, y

á dar priesa á D. Sancho de Leyva y D. Álvaro de Sande y al Maestre de

campo Aldana, que se fuesen con la gente que allí había de aquel reino.

Juan Andrea había días que daba priesa á la partida, por estar ya el

fuerte en defensa, que no le faltaba más que el parapeto, y el

caballero que él había tomado á cargo le había ya hecho. Lo demás, la

gente que quedaba de guarnición lo podía hacer, pues no le faltaba otra

cosa, estando ya las dos cisternas llenas de agua.

Á los 25 de abril se había determinado que partiésemos, y pudiéramoslo

hacer, quedando el fuerte de la manera questá dicho. Con toda esta

solicitud de Joan Andrea y la furia que había de nuevas de armada

estábamos tan de reposo como si tuviéramos certinidad que estuviese en

el atarazonal de Constantinopla, sin considerar la falta que hacía al

reino de Nápoles la gente que allí teníamos suya y haber dejado á

Sicilia empeñada y sin un hombre de guerra, habiendo traído parte de los

pocos soldados que tenían los castillos y dejando á muchos dellos sin

pólvora ni municiones, y estando allí los más de los Capitanes darmas de

las tierras de marina y los Sargentos mayores de las milicias del reino

de Sicilia.

Después de haber hecho muchas visitas el secretario Monreal al jeque,

trajo los capítulos del concierto, y contenían que los moros de la isla

diesen á S. M. cada un año, en reconocimiento de vasallaje, 6.000 doblas

y ciertos halcones, y con ellos otros animales pequeños del tamaño de

cabras salvajes, que tienen la piel pintada, á manera de gamos. Esto se

pregonó por bando público, mandando que tratásemos y tuviésemos los

zervinos por leales vasallos de S. M. Tanto duró su lealtad cuanto

comenzó el armada turquesca á parecer.

Al principio de mayo comenzó á embarcarse la gente. Á los diez en la

tarde, á hora de vísperas, llegó una fragata de Malta que inviaba el

Maestre, y dió aviso cómo el armada del turco había hecho agua en el

Gozo, isla ocho millas de Malta, y había partido de allí tres días

había, cuatro horas antes que esta fragata partiese. Á esta isla del

Gozo vino el armada desde Modón sin dar nueva de sí ni tocar en otra

banda. Llevaba la proa á Trípol, y el tiempo los hizo descaer á Malta.

Allí, en el Gozo, tomó la armada un maltés que había poco que faltaba de

los Gelves, y fué tan ruin y tan mal cristiano, que porque le prometió

el Bajá libertad, dió nueva de nuestra armada y le dijo de la manera que

estaba, y le dió orden para que se pudiese aprovechar mejor de nuestras

galeras. Después le dijo otro moro de los Alfaques lo mismo,

certificando lo que el maltés había dicho, diciéndole que había

discordia entre el General de la mar y el de la tierra sobre el partir.

Estos le dieron ánimo de venir á buscar nuestra armada, y viniendo hacia

los Gelves costeando la Berbería, Luchalí y Caromostafá venían tres ó

cuatro millas del armada y descubrieron unas naves nuestras á la vela,

que salían de los Gelves ya tarde á puesta de sol. Hicieron humo desde

las galeras para que el armada amainase, que iba á la vela, y así viendo

la señal amainaron. Este Caromostafá y Luchalí vinieron aquella noche en

una barca á reconocer nuestras galeras, y dieron nueva al Bajá cómo las

dejaban surtas.

Cuando la fragata de Malta llegó, la más de la gente estaba embarcada; y

como se entendió nueva cierta quel armada turquesca teníamos tan cerca,

los que hasta allí se burlaban de las nuevas pasadas, diciendo que eran

cosas fingidas con invidia, para poner miedo, porque dejase de dar fin á

una cosa tan principal como la que se hacía, conosciendo su error y mal

gobierno, andaban como fuera de sí, caminando de una parte á otra sin

hablarse unos con otros, ni publicar la nueva, ni dar expediente á lo

que en semejantes casos suelen hacer los prudentes.

Juan Andrea Doria llamó á su galera los Generales y Capitanes de galeras

y les dijo la nueva que la fragata había dado, para que viesen lo que se

debía hacer. En estas juntas y consejos de mar, habiendo propuesto Juan

Andrea el caso, el primer voto era el del General del Papa; tras éstos

hablaban D. Sancho y D. Berenguel, y el del Duque de Florencia, Cigala y

Scipión Doria y los demás.

Flaminio del Angilara dijo que se entendiese en la partida, porque ya

quel enemigo hobiese pasado á Trípol, como se tenía por cierto, no podía

faltar de venir presto á buscar nuestras galeras.

D. Sancho de Leyva dijo que partiesen luego las naves, pues las hacía

buen tiempo para salir á la mar, y entre tanto que cargaban las naves

tuviesen los esquifes de las galeras en tierra para que se embarcase el

Visorrey y toda la más gente que pudiese venir, y se fuesen con las

naves sin apartarse dellas, porque yendo juntos no era parte á enojar

las 64 ó 66 galeras que los enemigos traían; y pues el fuerte quedaba

tan bien artillado, no era mucho que en un tiempo como aquél le quedase

más gente de los 2.000 soldados que se había acordado dejar en él, que

después vendría á tomarlos.

Cigala dijo que era poca vergüenza y poca reputación embarcarse el

Visorrey sin la gente que había de ir, y que parescería que iba huyendo.

Que si el armada hubiera tomado el camino de los Gelves aquel día

hobiera amanecido allí, habiendo partido del Gozo antes de la fragata

que trajo el aviso, y que se fuesen las naves y esperasen con las

galeras á tomar la gente que quedaba por embarcar y hacer su aguada.

Scipión Doria fué del parescer de Cigala y algunos otros que allí

estaban.

Estando en el Consejo, vinieron el General de la Religión y Sicilia, y

fueron del parecer de Don Sancho. En estos dos pareceres se resolvieron

todos, aprobando unos el parescer de D. Sancho y otros el de Cigala. Á

Joan Andrea paresció bien lo que D. Sancho había dicho, y llamó al

patrón de la fragata de Malta y demandóle con qué tiempo había venido y

por dónde. Después de habérselo dicho, se aseguraron todos más diciendo

que pues el armada no había parescido aquel día, sería ida á Trípol.

El Comendador Guimarán se halló presente á esto. Fué requerido que

dijese su parescer, y no quiso, diciendo algunos que no tenían agua para

sus galeras y que por esto que no se debían de partir tan presto, por lo

que se tornó á altercar sobre los paresceres.

Dijo Scipión Doria que se saliesen 10 ó 12 millas á la mar, y si al día

no descubriesen larmada, volverían por la gente y harían su aguada. A

todos paresció bien el consejo deste mozo. Acordaron de hacerlo así.

Guimarán, aunque no había hablado hasta allí, viendo esta determinación,

decía que era muy mal hecho hacer embarcar al Virrey tan

arrebatadamente.

Este Guimarán era favorito de Juan Andrea y medio ayo suyo, aunque era

harto más discreto el Juan Andrea que él. Este fué siempre torcedor á

que tardase allí tanto el Juan Andrea, por complacer al Virrey, porque

los Maestres y los Caballeros de Malta han menester tanto los Virreyes

de Sicilia, que no pueden vivir si no los tienen contentos. El Cigala,

que era de la misma opinión, andaba por reconciliarse con el Virrey,

porque aunque al principio aprobaba la empresa, diciendo que no era

menester para ella más que pan y paciencia, después anduvo remontado con

los demás; y viendo ya que estaban al cabo y que le había menester en

Sicilia para cobrar el sueldo de sus galeras, ya siete, y el Guimarán

por no tener designio á más de lo que les cumplía, fueron parte á hacer

perder el armada.

Guimarán se fué á tierra y dió parte al Virrey de lo que pasaba en las

galeras. El Duque vino á las galeras, pasadas dos horas de noche, y dijo

que le faltaban por embarcar los tudescos; que les había dado su palabra

de no ir sin ellos, y que le diesen los esquifes de las galeras para

embarcarlos. Juan Andrea mandó á todas las galeras que inviasen todos

los esquifes en tierra, y que si él se levase antes que viniesen, que

le siguiesen sin aguardarlos, y que todos guardasen muy bien el agua que

tenían.

Juan Andrea se levó, pasadas tres horas de noche y más, para salir á la

mar, como habían acordado, sin aguardar los esquifes, y fué causa que se

dejase de salvar mucha gente principal que se embarcara en ellos de las

galeras que encallaron.

Dende á poco se metió viento de afuera y mar, que no les dejaba pasar

adelante, por venir por proa, y por no cansar la chusma dió fondo bien

cerca de donde el armada turquesca estaba surta, sin que nuestras

galeras ni Scipión, que era de guardia, las descubriesen hasta que era

ya el día. Algunas galeras nuestras acertaron á dar fondo junto al

armada, y en descubriéndola hicieron trinquetes y se metieron en huída,

y así vinieron otras muchas á hacer lo mismo, de mano en mano; y siendo

ya todas á la vela, trabajaban por salir á la mar, teniéndose á la orza

cuanto podían, por hallarse muy dentro y sotavento del armada de los

enemigos.

Como los turcos vieron huir nuestras galeras tan derramadas, sin orden

ninguna, hicieron vela sobre ellas, y como venían en popa, ganábanles

mucho camino, y la Real, viéndose tan dentro á tierra que no podía salir

á la mar, hizo el caro para entrarse por el canal al fuerte. Siguiéronla

26 ó 27 galeras y las 4 galeotas. Tomaron dellas los turcos las 18 ó 19.

La Real encalló tan lejos del fuerte, que no se pudo favorecer dél. Las

galeotas y otras tres galeras ligeras se entraron por el canal hasta

surgir en el reparo, sin perder nada. La patrona de Sicilia y otras dos

galeras de las de aquel reino se perdieron muy ruinmente por

desampararlas, así los capitanes dellas, como los de infantería que iban

allí con sus soldados, aun encallado tan cerca del fuerte que no podían

llegar á ellas sino con esquifes, porque la artillería dél hacía estar á

largo las galeotas de los turcos que las habían seguido. Como las

desampararon, huyéronse los más de los esclavos y forzados dellas y

saqueáronlas. Ayudáronles á ello los mismos marineros con muchos

esquifes y fragatas que entendían en este servicio, sin haber quien se

lo estorbase ni castigase. La _Condesa_, que había encallado junto á

éstas, combatió todo el día muy bien, disparando artillería á las

galeotas y á la Real, que estaba ya por los turcos. Á la tarde, con la

creciente, se entró ésta con las demás en el reparo, y salieron dos

galeotas de las nuestras por ver si podían recobrar una galera; y

después de haber disparádose artillería de una y otra parte, se tornaron

sin osar llegar á las manos. A una galera del Marqués de Terranova, que

la habían desamparado como las otras, se metió fuego, porque no se

aprovechasen della los turcos. Estaba llena de olio soto, cubierta y

embarazada con lana y mercancías. Desta manera iban las más de nuestras

galeras, que tuvieran trabajo escapar puestas en caza, aunque las de los

enemigos eran tales, que no había en todas 20 galeras ligeras para

poderlas alcanzar.

Las galeras que se tuvieron á la mar se escaparon. De las naves se

perdieron nueve de las más pequeñas; parte dellas había ya desamparado

la gente, y pasádose á los galeones y naves gruesas que iban bien

artilladas. Nenguna destas se perdió, ni de otras que quisieron pelear.

Una nave arragucesa peleó muy bien: dió un cañonazo á una galera que la

seguía, que le llevó 19 remeros y cinco soldados, y viendo esto los

demás, se alargaron della. Á otra daba caza el Bajá, después de haber

tomado una galera. Disparó un cañón que le pasó por entre los fanales,

que espantó á Dramuxo, Arráiz y Cómitre Real, y le dijo qué quería hacer

de aquélla, si quería perder de gozar de la victoria que había habido.

Los galeones fueron siempre disparando artillería á las galeras que los

seguían, haciéndolas estar bien largas dellos, sin perder de hacer su

camino.

Perdiéronse nuestras galeras tan ruinmente, que entre todas sólo dos ó

tres pelearon. La _Mendoza_ de Nápoles quedó sin gente: toda murió

combatiendo. Murieron en ellas el Alférez Gil de Oli y el Alférez

Sebastián Hurtado y otro Alférez que se decía Iñigo de Soto, peleando

como muy buenos soldados. Aunque en las demás no se peleó, no por eso

dejaron de matar los turcos mucha gente en ellas, paresciéndoles que no

era vitoria si no la ensangrentasen.

Á Flaminio, General del Papa, mató una bala de artillería. Prendieron á

D. Sancho de Leyva, General de las galeras de Nápoles, con dos hijos

suyos, D. Juan y D. Diego. El D. Juan venía en la _Leyva_ con gente de

su compañía, y sólo él tomó armas para los enemigos, y se fué á la proa

de la galera con una espada y una rodela para defender que no entrasen

los turcos.

Prendieron á D. Berenguel, General de las galeras de Sicilia, con

D. Juan de Cardona, su yerno. Estos se perdieron por hacer lo que debían

en seguir al General. Prendieron á D. Gastón de la Cerda, hijo del

Visorrey de Sicilia, y al Obispo de Mallorca, y D. Fadrique de Cardona,

y el Maestre de campo Aldana y otros muchos caballeros y Capitanes.

Salvóse Juan Andrea en una fragata. Estaba muy flaco de una recaída.

Había llegado dos veces á morir, y como llegó en tierra, vinieron algunos

á consolarle; respondió que se contentaba de haber perdido la hacienda y

no la honra, como otros, aunque de esta vuelta no se le puede dar honra

alguna ni loar su buen gobierno, pues dejó de salir con tiempo á la mar,

y desamparó las naves, que no lo había nunca de pensar. Había de

entender que los queran de opinión que se fuesen de por sí las naves, no

tenían gana de pelear ni hacer lo que debían; solamente lo hacían por ir

escapulos para huir, y ya que se determinaran á ir sin ellas, si

quisieran, pelear con las 45 ó 46 galeras que tenían, y cuatro galeotas

tan buenas, que pasaban por galeras, sin muchas fragatas y bergantines.

En teniendo nueva de los enemigos, tomaran más gente, que en esto

pudieran llevar la ventaja que ellos tenían de más galeras; hiciéranlos

estar día y noche con las armas en la mano y no llevarlas en cubierta

como las llevaban. Debieran tomar ejemplo de Faser Bay, renegado corso,

General de Rodas, el cual, teniendo nueva que el gran Prior de Francia

andaba por aquellas mares con cinco galeras de la Religión y una

fragata, pudiendo armar más galeras, armó solamente cuatro y le fué á

buscar, y hallándolas en la isla de Candía, combatió con ellas y les

tomó una galera.

Podrá decir el Rey nuestro Señor por el suceso de estas galeras, lo que

dijo la buena memoria del Emperador su padre por lo de la Previsa: «que

donde no está su dueño, ahí está su duelo.»

Disparando este día una pieza de artillería de lo alto del castillo á

unas galeotas, reventó y hirió y mató siete ó ocho hombres. Erró muy

poco de matar al Duque. De los heridos y muertos, los cuatro ó cinco

eran criados suyos.

Aquella noche se embarcaron el Duque y Juan Andrea secretamente en

sendas fragatas para ir á Sicilia. No les hizo tiempo para partirse:

fuéronse la noche siguiente. No se tuvo nada bien el Duque, ya que se

iba, irse sin hablar á la gente. Fueron cinco ó seis fragatas juntas, en

que iban el Conde de Vicar, D. Pedro de Urrias y otros muchos

caballeros.

Tratándose aquel día si los enemigos metiesen gente en tierra ir á

estorbárselo, preguntó D. Alvaro al Duque qué armas llevaría. El Duque

le respondió que allí tenía armas y un volante; pero que no iría, por

quedar en el fuerte á dar orden de lo que era menester. D. Alvaro dijo

que tampoco saldría él. Este mismo salieron de la isla el Papa del

Caruán y el Infante de Túnez y el jeque con los moros de su parcialidad.

El Bajá se recogió dende á dos días con las galeras que allí habían

quedado: era la mayor parte de la armada, porque hasta con 30 fué dando

caza el Bajá á las galeras y naves. Dispararon mucha artillería las unas

y las otras. Al juntarse tuvimos miedo no hubiesen tomado las fragatas

en que iban el Virrey y Juan Andrea: dende á pocos días supimos cómo

habían llegado á Malta en salvamento, donde hallaron algunas de las

galeras que se habían escapado.

D. Alvaro de Sande, después de ido el Duque y los que iban con él,

comenzó á cortar dellos, y inviando D. Enrique de Mendoza, uno de los

que se habían ido, por una armadura que había dejado, dijo D. Alvaro que

llevasen las armas del conejo. Quejábase ansí mismo de D. Pedro

Velázquez, diciendo que por culpa suya, sin 200 botas de vino y más, sin

otras vituallas que se llevaban las naves, por no haber dado orden que

lo desembarcasen. En esto tenía muy gran razón, aunque por lo que él

estaba más mal con él, era por no haberle querido dar dineros de la

corte á cuenta de su salario, y porque había dicho el Duque que no se

fuese de la fuerza hasta que se fuese Don Alvaro. No decía mal en

conservador, porque si el Duque no se iba, hacía lo que debía á buen

caballero y buen Capitán, quedándose á favorescer la gente que había

traído consigo, para morir con ellos, y nunca el fuerte se perdía, que

todavía se diera orden á pelear; el jeque se viniera con él al castillo

y el Papa y el Infante no se fueran, y no osaron los turcos meter gente

en tierra, sino vieran idos éstos; ni el Rey de Túnez diera las

vituallas con que se entretuvo el armada, si el Visorrey desde allí le

escribiera agradeciéndole lo que le había inviado á ofrecer,

reconciliándole con Don Alvaro de la Cueva, alcaide y General de la

Goleta.

Cinco días después de perdidas las galeras, nos estuvimos mano sobre

mano mirándonos unos á otros sin trabajar en el fuerte. Después se

comenzó á traer fajina, que era menester pelear para tomarla. En muy

pocos días se hizo el parapeto del fuerte, y el lienzo de la marina,

questaba á la parte de poniente, se detuvo, por ser de piedra. Tornóse á

hacer de fajina y tierra, porque se pensó que los enemigos batieran por

aquella parte. En esto llegó de Trípol Dragut con sus galeras, y

determinóse el Bajá á echar gente en tierra, y envió á Monsalve, uno

de los que se habían preso en las galeras, con una carta suya para

D. Alvaro; pero no la quiso tomar ni ver: trató mal de palabra al

Monsalve, y dijo que si no mirara al amistad que tenía con el Capitán

Monsalve su hermano, le hiciera un castigo ejemplar, y así le invió luego

con su carta diciéndole que dijese al Bajá que pues Dios les había dado

una tan gran vitoria en mar, sin pelear, que viniese á probar su ventura

en tierra.

Á muchos Capitanes pesó oir esta respuesta, así por no haber hecho caso

dellos, como porque les paresció que se pudiera ver la carta entre

todos y responder con el comedimiento que era razón, pues la crianza y

cortesía no impidió jamás el combatir. Un esclavo cristiano que escribió

la carta, dijo que el Bajá inviaba por ella á pedir el fuerte,

ofresciendo en cambio todo buen partido que le pidiesen.

Con esta ocasión pudiéramos entretener algunos días el armada en

demandas y respuestas, para que mientras ellos perdían tiempo en esto,

tuviésemos lugar de fortificarnos mejor, y Sicilia y Nápoles proveer sus

marinas y estar más apercibidos, porque cuanto más se detuvieran en

esto, menos tiempo tuvieran para sitiarnos, y así no se pasara en el

asedio el trabajo y necesidad que se pasó de agua.

D. Alvaro mandó llamar los Capitanes que allí habían quedado, aunque no

todos tenían allí sus compañías, y díjoles que él había quedado allí

para guardar aquel fuerte; que hiciesen todos como él y jurasen de no lo

rendir hasta morir todos en la defensa. Los Capitanes dijeron todos que

eran muy contentos. Dende á tres días los tornó a juntar diciéndoles que

entre ellos eligiesen seis Capitanes para que uno de ellos gobernase si

acaso matasen á él y al Gobernador Barahona. A esto dieron por respuesta

que hiciese él la elección de los seis Capitanes como mejor le

pareciese.

Los turcos asaltaron de noche nuestras galeras: no pudieron llegar á

ellas por el reparo que tenían en torno de árboles y antenas; y así se

retiraron luego sin la jornada, porque les tiraban del fuerte y de las

mismas galeras.

Los turcos estaban muy confiados que las espías que traían en nuestro

campo harían lo que les habían prometido. Fué de esta manera. Que

teniendo Dragut nueva cierta que nuestra armada venía sobre él, invió un

portugués y otros renegados á Italia á saber lo que se hacía. Algunos

dellos, como hombres pláticos en la lengua, entraron por soldados en las

compañías que venían á servir en la jornada: éstos dieron siempre aviso

en Trípol á Dragut, y en los Gelves iban cada noche á hablarle. Uno se

ofreció á quemar las municiones; otro, de atosigar el agua de las

cisternas; otro, de dar fuego á las galeras. Con las promesas destos

persuadió Dragut al Bajá que intentase tomar el fuerte. También inviaron

algunos renegados que animasen y ayudasen en ello. Decían éstos que se

huían de los turcos por tornarse á la fe, que los habían hecho renegar

por fuerza siendo niños.

Vínose á descubrir el tratado una tarde. Puestas ya las guardias,

estando unos soldados apartados un poco del campo, vieron ir uno hacia

el de los enemigos. Llamáronle: él, por disimular más su bellaquería,

esperó; llegaron á él y prendiéronle. Fué de tan poco estómago, que por

el camino comenzó á turbarse y confesar su maldad. Prendieron algunos de

la liga; otros, en ver prender sus compañeros, se pusieron en cobro. Los

presos confesaron la traición, y así los ahorcaron de los pies como á

traidores.

La noche primera que saltaron en tierra, que fué á los 16, vino un

renegado á nuestro campo y dijo cómo los enemigos tenían en tierra ocho

piezas de artillería por encabalgar, y que habían con ellas salido pocos

más de 2.000 hombres, y que los demás se desembarcarían el día

siguiente, y que en los de tierra había muchos desarmados, de los que

venían por remeros en la armada, que habían salido para gastadores.

Fueron muchos con él á D. Alvaro, diciéndole que pues había tan buena

oportunidad para romper aquellos turcos que eran en tierra, que saliesen

aquella noche á ellos. D. Alvaro respondió: «Dejadlos llegar, que yo

haré de las mías.»

Esta noche se pudiera hacer harto daño en los enemigos. Excúsase

D. Alvaro con decir que lo dejó, temiéndose de los moros de la isla no

cargasen sobre nosotros al retirar, no sucediendo bien la salida, y los

turcos por la otra parte, de manera que no pudiésemos resistir á todos.

Teníamos la retirada marina á marina, llana y descubierta, y no era

lejos del fuerte más de dos millas el lugar donde los turcos habían

desembarcado, que era en los mismos pozos donde nosotros habíamos estado

diez días, y teníamos más de 70 caballos, con los de la compañía, y los

caballos que había dejado el Visorrey y otros caballeros, no teniéndolos

los enemigos ni los de la isla caballos con que enojarnos, porque aún no

eran llegados los caballos alarbes que esperaban; y si se dejó por

entretener allí la armada, porque no fuese á hacer mal en Sicilia ó en

el reino de Nápoles, el mejor entretenimiento fuera matarle la gente, de

manera que no la pudiera echar en tierra, y tuviera harto que guardar

sus galeras con los que llevaba. Los enemigos sacaron su artillería y

municiones en tierra sin que les diésemos empacho, más que tocarles

algún arma.

Otra noche invió D. Alvaro á un caballo ligero que se llama Miguel de

Huerta, buen soldado, que fuese marina á marina y mirase si hallaba

siete barriles pasada una mezquita que estaba entre el campo y el

fuerte. Halló cinco barriles; caminando adelante por ver si toparía con

los otros, halló dos medias botas. Volvióse á decirlo á D. Alvaro, y

invióle á que lo dijera á Quirós, Capitán de caballos. Aquella noche

estaba la gente y caballos á punto para salir fuera. Debía de haber

concierto con algún renegado, y faltó el designio, pues se dejó de ir.

La noche siguiente inviaron al mismo por ver si estaban allí los

barriles; no hallándolos, pasó adelante; vió salir del campo de los

enemigos nueve caballos con dos antorchas encendidas; metiéronse

adentro, en la isla; él se acercó á sus trincheas sin que nadie le

sintiese ni viese; había gran silencio en el campo; parescióle que

dormían todos; tocóles arma y vió que acudían todos á la marina huídos.

No partió de los pozos su campo hasta tener encabalgada la artillería y

que llegasen los caballos y gente de pie que esperaba Dragut. Entre

tanto caminaban por la isla muy á su placer, haciendo daño en las casas

y posesiones de los que se habían ido con el jeque. Tomaron de su casa

media culebrina y otras piezezuelas pequeñas de bronce.

Venían cada día los turcos á reconocer el fuerte desde unos palmares que

estaban á tiro de cañón dél. De allí tiraban á la gente que estaba de

guardia á los pozos, donde había cada día escaramuzas, donde había

muertos y heridos de todas partes.

Estudios históricos del reinado de Felipe II · 第 12 / 140 题