Hipérbolo, que gracias a su malicia y no a su espada, ha ganado muchos
talentos vendiendo lámparas.
EL JUSTO.
El mismo Peleo, por ser modesto, se casó con la diosa Tetis.
EL INJUSTO.
Que se marchó muy pronto y le dejó solo; porque no era un hombre
violento, capaz de pasar toda la noche en dulces luchas de amor, que es
lo que agrada a las mujeres. Pero tú eres un viejo chocho.
Considera, joven, todas las contrariedades de la modestia, y de
qué placeres te privará; de los muchachos, de las mujeres, de los
juegos[548], de los pescados, de beber y de reír. ¿Para qué quieres
la vida, privada de estos placeres? Basta de esto. Paso ahora a las
necesidades de la naturaleza. Has delinquido, has amado, has cometido
algún adulterio y eres cogido infraganti; ya eres hombre muerto porque
no sabes defender tu causa. Pero, conmigo, goza sin cuidado de la vida,
baila, ríe, y nada te avergüence. Si eres sorprendido con la mujer
ajena, asegura al marido que no has faltado; echa la culpa a Júpiter,
que también fue vencido por el amor y las mujeres. Tú, siendo mortal,
¿cómo puedes ser más fuerte que el padre de los dioses?
EL JUSTO.
Y si siguiendo tus lecciones, es condenado al castigo de los
adúlteros[549]: ¿encontrará entonces algún argumento para demostrar que
no es un bardaje?
EL INJUSTO.
Y aunque sea un bardaje, ¿qué mal hay en ello?
EL JUSTO.
¿Puede haber mal mayor?
EL INJUSTO.
¿Qué dirás si también te venzo en este punto?
EL JUSTO.
Me callaré; ¿qué podría hacer?
EL INJUSTO.
Ea, dime, ¿a qué clase pertenecen los oradores?
EL JUSTO.
A la de los bardajes[550].
EL INJUSTO.
Lo creo. ¿Y los poetas trágicos?
EL JUSTO.
A la de los bardajes.
EL INJUSTO.
Tienes razón. ¿Y los demagogos?
EL JUSTO.
A la de los bardajes.
EL INJUSTO.
¿Ves cómo yo no hablaba tan neciamente? Mira ahora a qué clase
pertenecen la mayoría de los espectadores.
EL JUSTO.
Ya miro.
EL INJUSTO.
¿Qué ves?
EL JUSTO.
Por los dioses, veo que los más son bardajes. Este que yo conozco, ese,
y aquel de los largos cabellos.
EL INJUSTO.
¿Qué dices ahora?
EL JUSTO.
Somos vencidos. ¡Bardajes, recibid mi manto; me paso a vosotros!
(_Se retiran._)
* * * * *
SÓCRATES.
Y bien, ¿quieres llevarte a tu hijo, o dejarle para que le enseñe el
arte de hablar?
ESTREPSIADES.
Enséñale, castígale, y no te olvides de afilar bien su lengua, de modo
que uno de sus dos filos le sirva para los negocios de poca monta, y el
otro para los de mucha importancia.
SÓCRATES.
Pierde cuidado; te lo enviaré hecho un completo sofista.
FIDÍPIDES.
Bien pálido, me parece, y bien miserable.
CORO.
Id, pues; creo que te arrepentirás algún día. (_Entran en la escuela
de Sócrates._) Queremos deciros, jueces, lo que ganaréis si nos
otorgáis la protección merecida. En primer lugar, al principio de la
primavera, cuando queráis labrar vuestras tierras lloveremos antes
para vosotros y en seguida para los demás; después, cuando vuestras
viñas tengan ya racimos, cuidaremos de que no las perjudiquen ni la
sequía ni la excesiva humedad. Pero, si algún mortal nos ofende, piense
en los muchos males que le reserva nuestra venganza. No recogerá
de su campo vino ni fruto alguno; cuando principien a brotar sus
vides y sus olivos, los devastaremos y los destruiremos por medio
del huracán; si le vemos fabricar ladrillos, lloveremos y romperemos
con redondo granizo las tejas de su casa; cuando él o alguno de sus
parientes o amigos contraiga matrimonio, lloveremos a torrentes toda
la noche[551], de modo que preferirá haber estado en Egipto a haber
juzgado injustamente.
* * * * *
(_Estrepsiades sale de su casa con un saco de harina y se dirige a la
de Sócrates._)
ESTREPSIADES.
Aún faltan cinco días; después cuatro, tres, dos, y por último viene
luego a toda prisa el que más temo, detesto y abomino, el día treinta
del mes[552]. Todos mis acreedores hacen el depósito necesario para
entablar un pleito y juran arruinarme y perderme: sin embargo, mis
proposiciones son moderadas y justas. «Amigo mío, digo a cada uno, no
me exijas por ahora esta cantidad; dame prórroga para pagarte esta
otra; perdóname aquella.» Pero ellos dicen que así no cobrarán nunca,
me insultan llamándome injusto, y dicen que van a procesarme. ¡Que me
procesen! Poco me importa si Fidípides aprende el arte de hablar bien.
Pronto lo sabré; llamemos a la puerta de la escuela. ¡Esclavo! ¡Hola,
esclavo!
* * * * *
SÓCRATES.
Salud a Estrepsiades.
ESTREPSIADES.
Salud a Sócrates. Por lo pronto, toma esto[553]. Es justo regalar
alguna cosa al maestro. Di, ¿ha aprendido mi hijo el famoso
razonamiento?
SÓCRATES.
Lo ha aprendido.
ESTREPSIADES.
¡Bien, oh Fraude omnipotente!
SÓCRATES.
Podrás ganar todos los pleitos que quieras.
ESTREPSIADES.
¿Aunque haya habido algún testigo cuando yo tomé el préstamo?
SÓCRATES.
Aunque haya habido mil.
ESTREPSIADES.
De modo que podré gritar en alta voz: «¡Ay de vosotros, usureros! ahora
pereceréis con vuestro capital y los intereses de los intereses; no me
vejaréis más, porque en esa escuela se educa un hijo mío, armado de
una lengua de dos filos, que será mi defensor, el salvador de mi casa,
el azote de mis enemigos, el que libertará a su padre de infinitos
cuidados y molestias.» Llámale pronto afuera. ¡Hijo mío, hijo mío! ¡Sal
de la casa! ¡Atiende a tu padre!
SÓCRATES.
Helo aquí.
ESTREPSIADES.
¡Oh, amigo mío! ¡amigo mío!
SÓCRATES.
Parte, y llévatelo.
(_Sócrates entra en su casa._)
* * * * *
ESTREPSIADES.
¡Oh, hijo mío! ¡Ah! ¡Ah! ¡Cuánto me alegro al ver tu color! Tu rostro
indica que estás dispuesto primero a negar, después a contradecir,
y que te es muy familiar esta frase: «¿Qué dices tú?» y el fingirte
injuriado, cuando injurias y maltratas a los demás. Hasta en tu
semblante brilla la mirada ática. Ahora date maña a salvarme, ya que me
has perdido.
FIDÍPIDES.
¿Qué te atemoriza?
ESTREPSIADES.
El día viejo y nuevo.
FIDÍPIDES.
¿Hay acaso algún día viejo y nuevo?
ESTREPSIADES.
En él dicen que van a hacer sus depósitos para procesarme.
FIDÍPIDES.
Pues perderán los depositantes; porque un día no puede ser dos días.
ESTREPSIADES.
¿Que no puede ser?
FIDÍPIDES.
¿Cómo? A menos que la misma mujer pueda ser a un tiempo vieja y joven.
ESTREPSIADES.
La ley así lo dispone.
FIDÍPIDES.
Indudablemente no comprenden bien el espíritu de la ley.
ESTREPSIADES.
¿Cuál es su espíritu?
FIDÍPIDES.
El viejo Solón era, por carácter, amigo del pueblo.
ESTREPSIADES.
Eso no tiene nada que ver con el día nuevo y viejo.
FIDÍPIDES.
Y fijó dos días para la citación a juicio, el viejo y el nuevo, a fin
de que los depósitos fuesen hechos el día del novilunio.
ESTREPSIADES.
¿Y por qué añadió el viejo?
FIDÍPIDES.
¿Preguntas por qué, fatuo? Con objeto de que los que hayan sido citados
tengan un día para arreglar amigablemente el asunto; y de lo contrario,
para que pueda reclamárseles en la mañana misma del novilunio.
ESTREPSIADES.
Entonces, ¿por qué los magistrados no reciben los depósitos el día
primero de mes, sino en el anterior, en el día nuevo y viejo?
FIDÍPIDES.
Me parece a mí que hacen lo que los glotones, adelantan un día para
disfrutar más pronto de los depósitos de los litigantes.
ESTREPSIADES.
¡Bien! Pobres tontos que servís de juguete a nosotros los sabios,
porque sois como piedras, como un rebaño de imbéciles, como borregos
aglomerados al acaso cual si fuerais tinajas. Preciso es que yo entone
un himno de alabanza en honor mió y de mi hijo.
«¡Feliz Estrepsiades, cuán sabio eres, y qué hijo has educado!» Tales
serán las palabras de mis amigos y conciudadanos cuando me feliciten
por haber ganado mis pleitos con tu elocuencia. Pero entra, que antes
quiero darte una buena comida.
(_Entran en la casa._)
* * * * *
PASIAS (_dirigiéndose al testigo que viene con él_).
¿Conviene perder alguna vez los bienes propios en provecho de los
demás? Nunca seguramente. Yo debí hace tiempo deponer toda vergüenza y
me hubiera ahorrado estos disgustos. Ahora, para recobrar mi dinero,
tengo que traerte como testigo, y convertir en enemigo un conciudadano.
Pero suceda lo que suceda, jamás, mientras viva, me he de mostrar
indigno de mi patria[554]. Citaré a Estrepsiades...
(_Sale Estrepsiades._)
ESTREPSIADES.
¿Quién es este?
PASIAS.
Para el día viejo y nuevo.
ESTREPSIADES.
Sed testigos de que ha indicado dos días a la vez. ¿Por qué me citas?
PASIAS.
Por las doce minas que te presté cuando compraste el caballo tordo.
ESTREPSIADES.
¿Un caballo? ¿No le oís todos vosotros que sabéis cuánto aborrezco la
equitación?
PASIAS.
Y juraste por los dioses que me las habías de restituir.
ESTREPSIADES.
¡Por Júpiter! Entonces mi hijo Fidípides aún no había aprendido el
razonamiento irresistible.
PASIAS.
¿Y piensas por eso negar ahora tu deuda?
ESTREPSIADES.
¿Qué otro provecho he de sacar de aquella enseñanza?
PASIAS.
¿Y te atreverás a negarla ante los dioses cuando yo te exija el
juramento?
ESTREPSIADES.
¿Qué dioses?
PASIAS.
Júpiter, Mercurio, Neptuno...
ESTREPSIADES.
Sin duda; y aun añadiré tres óbolos por el gusto de que me hagas
prestar juramento.
PASIAS.
¡Ojalá castiguen tu desvergüenza!
ESTREPSIADES.
Si a este hombre le restregasen con sal estaría mejor[555].
PASIAS.
¡Ah, te burlas!
ESTREPSIADES.
Caben en él seis congios[556].
PASIAS.
¡Por el gran Júpiter y por todos los dioses! No te burlarás de mí
impunemente.
ESTREPSIADES.
Me estás dando risa con tus dioses. Júpiter, por quien juras, excita la
hilaridad de las personas ilustradas.
PASIAS.
Algún día serán castigadas tus blasfemias. Pero contesta si me pagarás
o no; despáchame pronto.
ESTREPSIADES.
Ten paciencia. En seguida te voy a contestar claramente.
(_Entra en su casa._)
PASIAS.
¿Qué te parece que hará?
EL TESTIGO.
Me parece que te restituirá lo que le prestaste.
ESTREPSIADES.
¿Dónde está el que reclama el dinero? Di, ¿qué es esto?
PASIAS.
¿Qué es eso? Una pequeña troj.[557]
ESTREPSIADES.
¿Y te atreves a reclamar tu dinero siendo tan rudo? No; jamás devolveré
ni un óbolo a quien llama _troj_ a la _troja_.
PASIAS.
¿Conque no me pagarás?
ESTREPSIADES.
No, que yo sepa. ¿Pero te marchas, o piensas echar raíces en la puerta?
PASIAS.
Me voy. Mas ten presente que o me muero, o hago el depósito legal para
demandarte.
ESTREPSIADES.
Será una nueva pérdida que tendrás que añadir a la de las doce minas.
De todas maneras, siento que te suceda eso por haber llamado neciamente
_troj_ a la _troja_.
* * * * *
AMINIAS.
¡Ay, pobre de mí!
ESTREPSIADES.
¡Hola! ¿Quién es este que se queja? ¿Acaso ha hablado alguno de los
dioses de Carcino?[558]
AMINIAS.
¿Quién soy? ¿Quieres saber quién soy? Soy un hombre desgraciado.
ESTREPSIADES.
Signe entonces tu camino.
AMINIAS.
¡Oh, triste suerte mía! ¡Oh fortuna, que has roto las ruedas de mis
carros! ¡Oh Palas, tú me has perdido![559]
ESTREPSIADES.
¿Pues qué daño te ha causado Tlepólemo?
AMINIAS.
No te burles de mí, amigo mío; manda más bien a tu hijo que me devuelva
el dinero que me debe, hoy principalmente que estoy en la desgracia.
ESTREPSIADES.
¿De qué dinero hablas?
AMINIAS.
Del que le presté.
ESTREPSIADES.
Tú no estás bueno, a lo que parece.
AMINIAS.
Es verdad, me he caído al hacer galopar los caballos.
ESTREPSIADES.
Pues no se conoce, porque deliras como si nunca te hubieras caído del
asno.[560]
AMINIAS.
¡Conque deliro porque quiero cobrar lo que se me debe!
ESTREPSIADES.
Es imposible que estés en tu sano juicio.
AMINIAS.
¿Por qué?
ESTREPSIADES.
Me parece que tienes el cerebro algo perturbado.
AMINIAS.
Por Mercurio, te citaré a juicio, si no me devuelves el dinero.
ESTREPSIADES.
Dime: cuando llueve ¿crees tú que Júpiter hace siempre caer agua nueva,
o bien que es la misma suspendida en el aire por el calor del sol?
AMINIAS.
No lo sé, ni me importa saberlo.
ESTREPSIADES.
Entonces, ¿cómo ha de ser justo el pagarte si no tienes ninguna noción
de meteorología?
AMINIAS.
Si te encuentras apurado, págame al menos el interés.
ESTREPSIADES.
¿El interés? ¿Qué animal es ese?
AMINIAS.
Es el dinero que va creciendo más y más cada día, a medida que
trascurre el tiempo.
ESTREPSIADES.
Muy bien dicho. Pero contesta: ¿crees tú que el mar es ahora más grande
que antes?
AMINIAS.
No, por Júpiter, siempre es igual: porque el mar no puede aumentarse.
ESTREPSIADES.
¿Y cómo, gran canalla, si el mar no crece a pesar de los ríos que en él
desembocan, pretendes tú aumentar incesantemente tu dinero? A ver si te
largas pronto de esta casa. ¡Pronto! Un palo[561].
AMINIAS.
Sed testigos de esto.
ESTREPSIADES.
¡Largo de aquí! ¿Qué esperas? ¿No te moverás?
AMINIAS.
¿No es esto una injuria?
ESTREPSIADES.
¿Te mueves, o me obligas a que te pinche como a un caballo de tiro?
¿Huirás? (_Sale._) Ya iba yo a removerte con tus ruedas y tus carros.
(_Estrepsiades entra en la casa._)
* * * * *
CORO.
¡Lo que es aficionarse a las malas obras! Este viejo, que las ama con
pasión, quiere defraudar a sus acreedores el dinero que le prestaron;
pero es imposible que hoy no le sobrevenga alguna desgracia, y que
este sofista, en castigo de sus tramas, no sea víctima de algún mal
imprevisto. Creo que muy pronto conseguirá lo que deseaba, y su hijo
sabrá oponer hábiles argumentos contra la justicia, y vencerá a todos
sus adversarios aun cuando defienda las peores causas. Pero quizá
llegue a desear que su hijo sea mudo.
* * * * *
ESTREPSIADES (_Saliendo precipitadamente_).
¡Ay! ¡Ay! ¡Vecinos, parientes, ciudadanos, socorredme con todas
vuestras fuerzas! ¡Me apalean! ¡Ay mis mandíbulas! ¡Infame! ¿No ves que
es a tu padre a quien maltratas?
FIDÍPIDES.
Lo confieso, padre mío.
ESTREPSIADES.
¿Oís? confiesa que me maltrata.
FIDÍPIDES.
Sin duda.
ESTREPSIADES.
¡Perverso! ¡Parricida! ¡Horadador de murallas!
FIDÍPIDES.
Dime otra vez esas injurias, y añade otras; ¿sabes que tengo el mayor
gusto en escucharlas?
ESTREPSIADES.
¡Infame!
FIDÍPIDES.
Me estás cubriendo de rosas.
ESTREPSIADES.
Maltratas a tu padre.
FIDÍPIDES.
Y, por Júpiter, he de demostrar que tengo razón en pegarte.
ESTREPSIADES.
¡Perversísimo! ¿Acaso puede nunca haber razón para pegar a su padre?
FIDÍPIDES.
Yo te lo demostraré y te convenceré con mis palabras.
ESTREPSIADES.
¿Que me convencerás?
FIDÍPIDES.
Hasta la evidencia y muy fácilmente. Elige cuál de los dos
razonamientos he de emplear.
ESTREPSIADES.
¿Cuáles razonamientos?
FIDÍPIDES.
El fuerte o el débil.
ESTREPSIADES.
A la verdad, querido mío, daré por bien empleados mis afanes para
enseñarte a contradecir la justicia, si consigues persuadirme que es
bueno y justo que los hijos golpeen a sus padres.
FIDÍPIDES.
Pues creo que te persuadiré de tal manera, que en cuanto me hayas oído
no tendrás nada que replicarme.
ESTREPSIADES.
Tengo ganas de oírte.
CORO.
A ti te corresponde, anciano, el encontrar un medio de reducirle a la
obediencia; porque no estaría tan soberbio si dudase de su triunfo. Por
tanto, hay alguna cosa que le hace insolente como hombre confiado en
sus propias fuerzas. Pero primeramente conviene que digas al Coro cómo
ha tenido lugar vuestra disputa. Esto es lo que debes hacer antes de
todo.
ESTREPSIADES.
Os diré cómo comenzó nuestra reyerta. Después que hubimos comido, como
sabéis, le mandé en primer lugar tomar su lira y cantar la canción de
Simónides «Cuando el carnero fue trasquilado.» Y en seguida me replicó
que era una necedad cantar de sobremesa acompañado de la cítara, como
una mujer ocupada en moler trigo.
FIDÍPIDES.
¿Y no era motivo para golpearte y patearte el que me hubieses mandado
cantar como si tuvieras cigarras convidadas?
ESTREPSIADES.
Ahora no hace más que repetir lo que me dijo en casa: también aseguró
que Simónides era un mal poeta. Me contuve al principio, aunque
con trabajo, y le mandé que, tomando la rama de mirto, me recitase
algún trozo de Esquilo. «¡Está muy bien! me contestó; precisamente
yo considero a Esquilo el primero de nuestros poetas, como que es
desordenado, enfático, estrepitoso y desigual.» Con estas palabras,
considerad como estaría mi corazón; pero reprimiendo la ira, le dije:
«Ea, recita si no, algunos pasajes de los poetas modernos que son los
más doctos.» Y en seguida cantó un fragmento de Eurípides, en el que un
hermano ¡justo cielo! viola a su hermana de madre[562]. Entonces yo no
pude contenerme y le dirigí los más terribles insultos, y después, como
suele suceder, acumulamos injurias sobre injurias; y por último, este
se lanza sobre mí, me golpea, me maltrata, me sofoca y me mata.
FIDÍPIDES.
Muy justamente. ¿Por qué no elogias al doctísimo Eurípides?
ESTREPSIADES.
¡El doctísimo! ¡Ah!... ¿Cómo diré yo? Pero seré de nuevo maltratado.
FIDÍPIDES.
Sí, por Júpiter, y justísimamente.
ESTREPSIADES.
¡Justísimamente, desvergonzado! ¡A mí que te he educado con tanto
cariño, que adivinaba los deseos que manifestabas con voz todavía
balbuceante! Si decías «brin», te comprendía, y te daba al punto de
beber. Si decías «manman», en seguida te traía pan. Apenas habías
dicho «caccan», te sacaba fuera y te sostenía para que hicieras tus
necesidades[563]. Ahora, aunque yo clame y grite, es bien seguro,
bribón, que no me sacarás fuera, ni me sostendrás. Al contrario, me
sofocas y me obligas a desahogarme aquí mismo.
CORO.
Creo que el corazón de los jóvenes palpita impaciente por escuchar lo
que va a decir. Y si logra demostrar que obró justamente al perpetrar
tal crimen, no doy un comino[564] por la piel de los viejos. Ahora,
gran inventor y removedor de palabras, busca argumentos convenientes
para justificar tu causa.
FIDÍPIDES.
¡Qué grato es vivir entre cosas nuevas e ingeniosas y poder despreciar
las leyes establecidas! Cuando me ocupaba solo de la equitación, no
podía pronunciar tres palabras seguidas sin equivocarme; pero desde
que este hombre me ha hecho abandonar mis aficiones predilectas, y me
he acostumbrado a los pensamientos sutiles, a los discursos y a las
meditaciones, me siento capaz de probar que he obrado bien maltratando
a mi padre.
ESTREPSIADES.
Sigue con la equitación, por Júpiter. Prefiero mantener cuatro caballos
a ser molido a golpes.
FIDÍPIDES.
Reanudo mi discurso en donde tú lo has interrumpido, y principio por
preguntarte: ¿Me pegaste cuando era chico?
ESTREPSIADES.
Sí, porque te quería y miraba por tu bien.
FIDÍPIDES.
Dime, ¿no será justo que ahora mire yo igualmente por tu bien, y te
pegue, puesto que el pegar a uno es mirar por su bien? ¿Es razonable
que tu cuerpo esté exento de palos y el mío no? ¿No nací yo de tan
libre condición como tú? Lloran los hijos, y ¿no han de llorar los
padres? ¿Crees que los padres no deben llorar?
ESTREPSIADES.
¿Por qué?
FIDÍPIDES.
Tú dirás que la ley tolera que el niño sea castigado, y yo replicaré
que los viejos son dos veces niños, y que es más justo castigar a los
viejos que a los jóvenes, por cuanto sus faltas son menos excusables.
ESTREPSIADES.
Pero ninguna ley establece que el padre sea castigado.
FIDÍPIDES.
¿No era hombre como tú y como yo el que primeramente presentó aquella
ley, y persuadió a los antiguos a que la aprobasen? Pues bien; ¿qué se
opone a que yo haga una nueva por la cual los hijos puedan a su vez
castigar a los padres? De buen grado os perdonamos los golpes recibidos
antes de la promulgación de esta ley, y consentimos el haber sido
maltratados impunemente. Mira cómo los gallos y los demás animales se
vuelven contra sus padres: sin embargo, ¿se diferencian de nosotros en
otra cosa que en no redactar decretos?
ESTREPSIADES.
Ya que imitas a los gallos en todo, ¿por qué no comes estiércol y
duermes en un palo?
FIDÍPIDES.
No es lo mismo, querido; Sócrates no admitiría ese argumento.
ESTREPSIADES.
No me pegues, pues te perjudicarás tú mismo.
FIDÍPIDES.
¿Por qué?
ESTREPSIADES.
Porque lo justo es que yo te castigue; y que tú castigues a tu hijo, si
alguno te nace.
FIDÍPIDES.
¿Y si no me nace? Habré llorado en vano, y tú morirás burlándote de mí.
ESTREPSIADES.
En verdad, amigos míos, voy creyendo que tiene razón, y que se les debe
conceder lo que es equitativo. Justo es que seamos castigados si no
andamos derechos.
FIDÍPIDES.
Escucha otro argumento todavía.
ESTREPSIADES.
Soy hombre muerto.
FIDÍPIDES.
Quizá te alegres de haber sido maltratado.
ESTREPSIADES.
¿Cómo? Dime qué ganancia sacaré.
FIDÍPIDES.
Maltrataré también a mi madre.
ESTREPSIADES.
¿Qué dices? ¿Qué dices? ¡Eso es mucho peor!
FIDÍPIDES.
¿Qué dirás, si te pruebo por medio de aquel razonamiento que es
necesario maltratar a la madre?
ESTREPSIADES.
Si haces eso, nada se opondrá a que te arrojes al Báratro[565] con
Sócrates y su maldito razonamiento. Por vosotras, Nubes, me sucede
esto; por vosotras a quienes encomendé todos mis asuntos.
CORO.
Tú tienes la culpa de todo por haber seguido la senda del mal.
ESTREPSIADES.
¿Por qué no me lo advertisteis antes, en vez de engañar a un pobre
viejo campesino?
CORO.
Siempre obramos de esa manera cuando conocemos que alguno se inclina al
mal, basta enviarle una desgracia, para que aprenda a respetar a los
dioses[566].
ESTREPSIADES.
¡Ay! Doloroso es el castigo, ¡oh Nubes!, pero justo. Pues no debía
haber negado a mis acreedores el dinero que me prestaron. Ahora, hijo
mío querido, acompáñame para que nos venguemos del infame Querefonte y
de Sócrates, que nos han engañado.
FIDÍPIDES.
Nunca maltrataré a mis maestros.
ESTREPSIADES.
Respeta a Júpiter paternal.
FIDÍPIDES.
¡Júpiter paternal! ¡Qué tonto eres! ¿Hay acaso algún Júpiter?
ESTREPSIADES.
Sí.
FIDÍPIDES.
No hay tal; pues reina el Torbellino que ha destronado a Júpiter.
ESTREPSIADES.
No lo ha destronado; pero entonces creía que ese Torbellino era
Júpiter. ¡Pobre de mi, que tomé por un dios a un vaso de arcilla![567].
FIDÍPIDES.
Quédate ahí diciendo necedades.
(_Se va._)
ESTREPSIADES.
¡Funesto delirio! ¡Qué necio fui al negar los dioses, persuadido por
Sócrates! Pero, queridísimo Mercurio, no te encolerices conmigo: no me
aniquiles; perdona a un pobre hombre fascinado por la charlatanería de
los sofistas; sé mi consejero: ¿qué te parece? ¿entablaré contra ellos
un proceso o adoptaré otra resolución?... ¡Excelente consejo![568]
Dices que no espere la tardía determinación de una sentencia e incendie
cuanto antes la casa de esos habladores. ¡Hola, Jantias! ven acá, trae
una escalera y un azadón, sube en seguida al tejado de la escuela; y si
amas a tu dueño, sacude de firme hasta que el techo se desplome sobre
los habitantes. Dadme también una antorcha encendida; quiero vengarme
de esos infames a pesar de toda su arrogancia.
DISCÍPULO PRIMERO.
¡Ay! ¡Ay!
ESTREPSIADES.
Antorcha mía, lanza una llama devoradora.
DISCÍPULO PRIMERO.
¡Eh! tú: ¿qué estás haciendo?
ESTREPSIADES.
¿Qué hago? Disputo sobre sutilezas con las vigas de la casa.
DISCÍPULO SEGUNDO.
¡Ah! ¿Quién incendia nuestra casa?
ESTREPSIADES.
Aquel a quien habéis cogido la capa.
DISCÍPULO SEGUNDO.
¡Que nos vas a matar! ¡Que nos vas a matar!
ESTREPSIADES.
No quiero otra cosa, con tal que el azadón no defraude mis esperanzas o
que antes no me desnuque cayéndome de lo alto.
SÓCRATES.
Hola, ¿qué haces en el tejado?
ESTREPSIADES.
Camino por el aire y contemplo el sol.
SÓCRATES.
¡Ay de mí! Intentas asfixiarme.
QUEREFONTE.[569]
¡Desgraciado! voy a morir quemado vivo.
ESTREPSIADES.
¿Quién os mandaba ultrajar a los dioses, y contemplar el lugar de la
luna? Sigue[570], arranca, destroza, paguen así todas sus culpas, y
principalmente su impiedad.
CORO.
Retirémonos; pues el Coro ha trabajado bastante.
FIN DE LAS NUBES.
ÍNDICE
Págs.
Cuatro palabras acerca del Teatro griego en España. VII
Introducción. 1
Los Acarnienses. 21
Los Caballeros. 119
Las Nubes. 223
NOTAS
[1] Está en prensa para esta biblioteca.
[2] Escribo esto de memoria, y quizá alguna de estas traducciones haya
visto la luz pública no en el _Gay Saber_, sino en _La Renaixensa_.
[3] _Sophoclis Tragediae Septem, cum interpretationibus vetustis et
valde utilibus, Vincentio Marinerio Valentino interprete_, 468 folios.
_Scholia in septem Eurípides Tragoedias ex antiquis exemplaribus ab
Arsenio Archiepiscopo Monembasiae collecta_, etc., etc. 774 páginas.
Ambos en folio.
[4] Tomo III de sus _Obras Póstumas_.
[5] _Literatura griega_... Zaragoza, 1849, en 8.º Zaragoza, 1854, en 8.º
[6] _Compendio de literatura griega_. Madrid, 1860.
[7] _Historia de la literatura griega_. Barcelona, 1865, dos tomos en
8.º
[8] _Manual de literatura griega_. Madrid, 1860, en 8.º