Sabios espectadores, parad en esto la atención. Nos quejamos de la

injusticia con que nos tratáis; puesto que recibiendo de nosotras

vuestra ciudad más beneficios que de todos los demás dioses,

sin embargo ni sacrificáis ni hacéis libaciones en honor de

vuestras conservadoras. Si se decreta alguna expedición insensata,

inmediatamente tronamos o llovemos. Cuando elegisteis general al

zurrador Paflagonio[513], enemigo de los dioses, fruncimos las cejas

y dimos muestras de grande indignación; brilló el rayo acompañado de

los estallidos del trueno; la luna abandonó su acostumbrado camino; y

el sol[514], retirando su antorcha, negó sus resplandores a la tierra

si Cleón era general. Sin embargo, le elegisteis, y desde entonces

dicen que todas vuestras determinaciones son desacertadas, pero que los

dioses convierten en buenas las faltas que cometéis. Os enseñaremos

fácilmente la manera de aprovecharos de esto: apoderaos de Cleón[515],

de esa gaviota voraz, y, después de condenarle por ladrón y sobornador,

encabrestadlo y ahorcadle contra una viga: de esta manera repararéis

vuestra falta y conseguiréis que produzca resultados en favor de la

república.

SEMICORO.

Acude tú también, Febo soberano, dios de Delos, habitante de las

elevadas y rocallosas cumbres del Cintio; y tú, Diana inmortal, que

tienes en Éfeso un templo de oro, donde te sirven magníficamente las

hijas de los lidios; y tú, Minerva, diosa de nuestra patria, señora

de la égida, patrona de esta ciudad; y tú, alegre Baco, que vagas por

la cima del Parnaso, al resplandor de las teas, entre las bacantes de

Delfos.

CORO.

Cuando íbamos a marchar, la luna se ha acercado a nosotros y nos ha

encargado en primer lugar que saludemos a los atenienses y a sus

aliados. Después se ha mostrado enojada por la manera atroz con que

la habéis tratado, cuando ella os presta mil servicios no de palabra

sino de obra. Primeramente os economiza lo menos un dracma de luz cada

mes; puesto que todos los que salen al oscurecer dicen a su criado:

«No compres antorchas porque la luz de la luna es muy hermosa.»

También dice que os hace otros muchos beneficios. Vosotros, en cambio,

alteráis de un modo lamentable el orden de los días[516]. Así es

que en todos ellos tiene que sufrir las quejas de los dioses cuando

vuelven a sus palacios, frustradas sus esperanzas de una cena que debía

ofrecérseles según el primitivo orden de los días. Cuando es ocasión

de hacer sacrificios, os halláis ocupados en los tribunales. Cuando

uno ayuna llorando la muerte de Memnón o de Sarpedón[517], otros ríen

y beben. Por eso nosotras hemos arrebatado su corona a Hipérbolo,

cuando, designado por la suerte, acudía este año a la asamblea de

los Anfictiones. Así aprenderá a arreglar los días conforme a las

revoluciones de la luna.

* * * * *

SÓCRATES.

Juro por la respiración, por el caos y por el aire, no haber visto

nunca un hombre tan grosero, tan estúpido y tan olvidadizo. Las

sutilezas más sencillas las olvida antes de haberlas aprendido. Sin

embargo, le llamaré a la luz del día. ¡Hola, Estrepsiades! Sal aquí y

tráete la cama.

ESTREPSIADES.

No me dejan llevarla las chinches.

SÓCRATES.

Colócala pronto y préstame atención.

ESTREPSIADES.

Heme aquí.

SÓCRATES.

Ea, dime: ¿cuál de las cosas que ignoras quieres aprender primero: los

versos, la medida o el ritmo?

ESTREPSIADES.

La medida. Precisamente un comerciante de harina me defraudó el otro

día dos quénices[518].

SÓCRATES.

No te pregunto eso; sino qué medida te parece más hermosa, la de tres o

la de cuatro[519].

ESTREPSIADES.

Ninguna hay mejor que el semisextario[520].

SÓCRATES.

¡Pobre hombre! Solo dices necedades.

ESTREPSIADES.

¿Qué apuestas a que el semisextario es la medida de cuatro?

SÓCRATES.

¡Ve enhoramala! ¡Cuidado que eres díscolo y grosero! Vamos a ver si

aprendes con más facilidad algo del ritmo.

ESTREPSIADES.

¿De qué me servirá el ritmo para vivir?

SÓCRATES.

Serás amable y chistoso cuando conozcas el ritmo enoplio[521] y el del

dáctilo.

ESTREPSIADES.

¿El del dáctilo? Por Júpiter, ya le conozco.

SÓCRATES.

Pues dilo.

ESTREPSIADES.

Este[522]. Cuando era joven me servía de este otro.

SÓCRATES.

Eres tonto y grosero.

ESTREPSIADES.

Pero, desdichado, ¡si yo no quiero aprender ninguna de esas cosas!

SÓCRATES.

¿Pues cuáles quieres?

ESTREPSIADES.

Aquel, aquel razonamiento injusto.

SÓCRATES.

Pero antes es necesario aprender otras cosas. En primer lugar, tienes

que saber cuáles son los cuadrúpedos machos.

ESTREPSIADES.

¿Pues no lo sé, o acaso estoy loco? El carnero, el cabrón, el toro, el

perro, el faisán...[523]

SÓCRATES.

¿Ves lo que haces? Llamas faisán a la hembra lo mismo que al macho.

ESTREPSIADES.

¿Cómo es eso?

SÓCRATES.

¿Cómo? faisán y faisán.

ESTREPSIADES.

Verdad es lo que dices, por Neptuno. Mas ¿de qué modo llamaré a la

hembra?

SÓCRATES.

Faisana; y al otro faisán[524].

ESTREPSIADES.

Faisana. Tienes razón, por el Aire. Solo por eso he de llenar de trigo

tu troj[525].

SÓCRATES.

Nueva falta. Haces masculino un nombre femenino.

ESTREPSIADES.

¿Cómo hago masculina la troj?

SÓCRATES.

Lo mismo que diciendo Cleón[526].

ESTREPSIADES.

¿Por qué razón? Explícate.

SÓCRATES.

Dices troj lo mismo que Cleón.

ESTREPSIADES.

Pero, querido, si Cleón no tenía troj y amasaba la harina en un mortero

redondo. Acabemos. ¿Cómo deberé decir?

SÓCRATES.

¿Cómo? diciendo _troja_ como dices _Sóstrata_.

ESTREPSIADES.

¡_Troja_!

SÓCRATES.

Así está bien.

ESTREPSIADES.

De modo que debe decirse _troja_, Cleona.

SÓCRATES.

También debes aprender a distinguir en los nombres de las personas

cuáles son masculinos y cuáles femeninos.

ESTREPSIADES.

Conozco perfectamente los que son femeninos.

SÓCRATES.

Di algunos.

ESTREPSIADES.

Lisila, Filina, Clitágora, Demetria.

SÓCRATES.

¿Y qué nombres son masculinos?

ESTREPSIADES.

Muchísimos. Filóxeno, Melexias, Aminias.

SÓCRATES.

Pero, tonto, esos no son masculinos.

ESTREPSIADES.

¿No son masculinos para vosotros?

SÓCRATES.

De ninguna manera. ¿Cómo dirás para llamar a Aminias?

ESTREPSIADES.

¿Cómo diré? así: ¡Aminia! ¡Aminia![527].

SÓCRATES.

¿Lo ves? Ya llamas a Aminias como si fuera una mujer.

ESTREPSIADES.

¿Y no es justo llamar así al que no va al ejército? Mas, ¿para qué

aprendo lo que todos sabemos?

SÓCRATES.

Para nada, en verdad. Pero acuéstate ahí...

ESTREPSIADES.

¿Qué hago?

SÓCRATES.

Pensar un poco en tus asuntos.

ESTREPSIADES.

Por favor, no me mandes tenderme en esa cama. Si es de todo punto

preciso el acostarse, déjame meditar sobre el duro suelo.

SÓCRATES.

Eso es imposible.

ESTREPSIADES.

¡Infeliz de mí! ¡Cuánto me van a atormentar hoy las chinches!

SÓCRATES.

Medita y reflexiona; reconcentra tu espíritu, y hazle discurrir

en todos sentidos. Cuando tropieces con alguna dificultad, pasa

inmediatamente a otro asunto, y así el dulce sueño huirá de tus

párpados.

ESTREPSIADES.

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

SÓCRATES.

¿Qué te pasa? ¿Qué te aflige?

ESTREPSIADES.

Perezco miserablemente; las chinches, que brotan de esta cama, me

muerden, me desgarran los costados, me chupan la sangre, me ulceran

todo el cuerpo[528] y me matan.

SÓCRATES.

No te quejes tan fuerte.

ESTREPSIADES.

¿Cómo no he de gritar si he perdido mis bienes, mi sangre, mi alma y

mis zapatos, y para colmo de males, voy a perder aquí lo poco que me

queda?

SÓCRATES.

¡He, tú! ¿qué haces? ¿No meditas?

ESTREPSIADES.

Sí, por Neptuno.

SÓCRATES.

Y ¿en qué piensas?

ESTREPSIADES.

Pienso en si dejarán algo de mí las chinches.

SÓCRATES.

Te perderás sin remedio.

ESTREPSIADES.

¡Pero, buen hombre, si ya estoy perdido!

SÓCRATES.

No desfallezcas, y envuélvete bien. Es preciso discurrir algún fraude,

algún paliativo.

ESTREPSIADES.

¡Ay! ¿Quién me arrojará como paliativo una piel de carnero?

SÓCRATES.

Ea, veré primeramente lo que hace este. ¡Hola! ¿Duermes?

ESTREPSIADES.

No, por Apolo.

SÓCRATES.

¿Tienes algo?

ESTREPSIADES.

Nada tengo.

SÓCRATES.

¿Nada absolutamente?

ESTREPSIADES.

Nada más que esto.[529]

SÓCRATES.

Cúbrete y discurre algo.

ESTREPSIADES.

¿Sobre qué? Contesta, Sócrates.

SÓCRATES.

Di tú lo que quieres hallar primeramente.

ESTREPSIADES.

¿No lo has oído mil veces? Quisiera hallar el medio de no pagar los

intereses a ningún usurero.

SÓCRATES.

Pues manos a la obra, cúbrete, fija tu inteligencia en un pensamiento

sutil y estudia minuciosamente el asunto, distinguiendo bien sus

diferentes partes y reflexionando sobre ellas.

ESTREPSIADES.

¡Ay de mí!

SÓCRATES.

Tranquilízate; si tropiezas con alguna dificultad, sepárate de ella; y

en seguida vuelve al mismo pensamiento y reflexiona sobre él.

ESTREPSIADES.

¡Ay, queridísimo Sócrates!

SÓCRATES.

¿Qué pasa, anciano?

ESTREPSIADES.

Ya he dado con un medio de no pagar los intereses.

SÓCRATES.

Manifiéstalo.

ESTREPSIADES.

Di: ¿si yo comprase una hechicera de la Tesalia, que hiciera bajar de

noche a la luna y la guardase después encerrada en una caja redonda,

como si fuera un espejo...?

SÓCRATES.

¿Para qué puede servirte...?

ESTREPSIADES.

¿Para qué? Si la luna no volviese a salir, yo no tendría que pagar más

intereses.

SÓCRATES.

¿Cómo?

ESTREPSIADES.

Porque los intereses se pagan cada mes.

SÓCRATES.

Perfectamente. Pero yo voy a proponerte otra astucia. Dime, si se dicta

contra ti una sentencia que te condena al pago de cinco talentos, ¿cómo

te arreglarás para que desaparezca?

ESTREPSIADES.

¿Cómo? ¿Cómo? No sé: pero es preciso hallar un medio.

SÓCRATES.

No concentres siempre el pensamiento dentro de ti mismo; dale suelta y

déjale volar como un escarabajo a quien se ata un hilo al pie para que

no se escape.

ESTREPSIADES.

He hallado un medio ingeniosísimo para anular la sentencia; tú vas a

ser de mi opinión.

SÓCRATES.

¿Cuál?

ESTREPSIADES.

¿Has visto alguna vez en la tienda de los droguistas una piedra hermosa

y diáfana, que sirve para encender fuego?

SÓCRATES.

¿Hablas del cristal?

ESTREPSIADES.

Del mismo.

SÓCRATES.

Y bien, ¿qué harías?

ESTREPSIADES.

Cogería el cristal, y cuando el escribano escribiera la sentencia, yo,

permaneciendo bastante separado, derretiría[530] al sol el documento

que me condenaba.

SÓCRATES.

Ingeniosísimo, por las Gracias.

ESTREPSIADES.

¡Qué placer, borrar una sentencia que me condena al pago de cinco

talentos!

SÓCRATES.

Vamos a ver si encuentras pronto esto.

ESTREPSIADES.

¿Qué?

SÓCRATES.

El modo de contradecir la petición del demandante en un juicio, cuando

ya vas a ser condenado, por falta de testigos.

ESTREPSIADES.

Eso es sumamente fácil.

SÓCRATES.

Veamos.

ESTREPSIADES.

Cuando no quedase por sentenciar más que un pleito antes del mío,

correría a ahorcarme.

SÓCRATES.

Eso nada vale.

ESTREPSIADES.

¿Pues no ha de valer? Por los dioses, ¿quién me pondría pleito después

de mi muerte?

SÓCRATES.

Desvarías. Vete de aquí; no quiero enseñarte más.

ESTREPSIADES.

Por los dioses, querido Sócrates, dime la causa.

SÓCRATES.

Porque olvidas al instante todo cuanto se te enseña. Y si no, dime:

¿qué era lo que has aprendido primeramente?

ESTREPSIADES.

Veamos: ¿qué era lo primero? ¿qué era lo primero?... ¿qué era aquello

en que guardábamos el trigo?... ¡Ay de mí! ¿qué era?

SÓCRATES.

Vaya enhoramala el más desmemoriado y el más estúpido de todos los

viejos.

ESTREPSIADES.

¡Ah desdichado! ¿Qué será de mí? Soy perdido, por no haber aprendido a

manejar bien la lengua. Vosotras, oh Nubes, dadme algún buen consejo.

CORO.

Nosotras, anciano, te aconsejamos que si tienes educando a algún hijo,

lo envíes para que estudie por ti.

ESTREPSIADES.

Tengo un hijo bueno y hermoso; pero no quiere estudiar. ¿Qué haré?

CORO.

Y ¿tú toleras eso?

ESTREPSIADES.

Es vigoroso y de buena constitución, y desciende por parte de madre de

la noble familia de Cesira. Me dirigiré a él, y si se niega, no como

pan hasta que no lo eche de casa. Entra, tú, adentro y espérame un

poco.

CORO.

¿Reconoces[531] que nosotras te proporcionamos más bienes que todos los

demás dioses? Porque ese está dispuesto a hacer todo cuanto le mandes.

El pobre hombre queda atónito y deslumbrado por tu ingenio; procura

sacar de él todo cuanto puedas, y que sea pronto, porque no suelen

durar mucho tan buenas disposiciones.

* * * * *

ESTREPSIADES.

No, no permanecerás más en esta casa, lo juro por la Niebla: lárgate, y

cómete las columnas[532] de tu tío Megacles.

FIDÍPIDES.

¡Desgraciado! ¿Qué te pasa, padre mío? Por Júpiter olímpico, tú has

perdido el seso.

ESTREPSIADES.

¡Mira, mira «Júpiter olímpico»! ¡Qué estupidez! ¿A tu edad crees en

Júpiter olímpico?

FIDÍPIDES.

¿De qué te ríes?

ESTREPSIADES.

De verte tan chiquillo dando crédito a todas esas vejeces. Acércate y

sabrás muchas cosas; y aun te diré alguna que en cuanto la sepas te

sentirás convertido en hombre; pero no se la digas a nadie.

FIDÍPIDES.

Heme aquí. ¿Qué es ello?

ESTREPSIADES.

Acabas de jurar por Júpiter.

FIDÍPIDES.

Es cierto.

ESTREPSIADES.

¡Mira qué bueno es estudiar! No existe Júpiter, querido Fidípides.

FIDÍPIDES.

¿Pues quién?

ESTREPSIADES.

Reina el Torbellino, que ha expulsado a Júpiter.

FIDÍPIDES.

¿Qué estás disparatando?

ESTREPSIADES.

Sabe que es como te digo.

FIDÍPIDES.

¿Quién dice eso?

ESTREPSIADES.

Sócrates el Meliense[533], y Querefonte, que conoce las huellas de una

pulga.

FIDÍPIDES.

¿Tan adelante has ido en tu locura que das crédito a esos atrabiliarios?

ESTREPSIADES.

Contén la lengua, y no murmures de esos hombres hábiles e inteligentes

que, por economía, ni se rasuran, ni se perfuman, ni van nunca al baño

para lavarse; mientras que tú disipas mis bienes, como si ya hubiese

muerto. Pero ve cuanto antes y aprende por mí.

FIDÍPIDES.

¿Qué cosa buena puede aprenderse de ellos?

ESTREPSIADES.

Toda la sabiduría humana. Tú mismo has de conocer lo ignorante y

estúpido que eres. Pero espérame aquí un momento[534].

FIDÍPIDES.

¡Ah! ¿Qué haré? Mi padre está loco. ¿Le argüiré de demencia en los

tribunales, o noticiaré su enfermedad a los confeccionadores de ataúdes?

ESTREPSIADES.

Vamos a ver: ¿cómo llamas a este pájaro?

FIDÍPIDES.

Faisán.

ESTREPSIADES.

Bien, ¿y a esta hembra?

FIDÍPIDES.

Faisán.

ESTREPSIADES.

¿Los dos lo mismo? Eso es ridículo. En adelante no hables. Llama a esta

faisana y a aquel faisán.

FIDÍPIDES.

¿Faisana dices? ¿Esas son las grandes cosas que has aprendido de los

hijos de la Tierra?

ESTREPSIADES.

Y otras muchas; pero a causa de mis años cuando aprendía algo se me

olvidaba en seguida.

FIDÍPIDES.

¿Por eso has perdido tu vestido?

ESTREPSIADES.

No lo he perdido; lo he dejado en la escuela.

FIDÍPIDES.

¿Y qué has hecho de tus zapatos, pobre tonto?

ESTREPSIADES.

Los he perdido, como Pericles[535], en lo que era necesario. Ea, anda,

marchemos: si obedeces a tu padre, podrás delinquir sin cuidado alguno.

No habías cumplido seis años y aún balbuceabas, cuando yo te compré

en las fiestas de Júpiter un carrillo con el primer óbolo que gané

administrando justicia en el Heliástico.

FIDÍPIDES.

Algún día te pesará lo que haces.

ESTREPSIADES.

Bien, ya me obedeces. ¡He Sócrates, sal aquí pronto! Te traigo a mi

hijo, a quien he convencido a duras penas.

SÓCRATES.

Este es un mozo inexperto y no acostumbrado a nuestros cestos colgantes.

FIDÍPIDES.

Más acostumbrado estarías tú si te colgases.

ESTREPSIADES.

¿No te irás al infierno? Estás insultando a tu profesor.

SÓCRATES.

¡Si _te colgases_, ha dicho! ¡Qué horrible pronunciación! ¡Qué abrir

la boca! ¿Cómo podrá aprender este la manera de ganar un pleito, de

entablar una demanda y de destruir los argumentos del contrario?

Hipérbolo aprendió todo esto por un talento.

ESTREPSIADES.

No te apures y enséñale: porque tiene disposición natural. Cuando era

pequeñito, ya construía casas, esculpía naves, fabricaba carritos

de cuero y hacía ranas de cáscaras de granada. Enséñale los dos

razonamientos, el bueno, cualquiera que sea, y el malo, que triunfa

del bueno por medio de la injusticia; o, por lo menos, enséñale el

razonamiento injusto.

SÓCRATES.

Lo aprenderá de los mismos razonamientos.

ESTREPSIADES.

Yo me retiro. Acuérdate de ponerle en estado de refutar todos los

argumentos justos.

* * * * *

CORO.

(_Falta el canto del coro._)

* * * * *

EL RAZONAMIENTO JUSTO[536].

Sal aquí y muéstrate a los espectadores, tú que eres tan descarado.

EL RAZONAMIENTO INJUSTO.

Sea como gustes; al fin te derrotaré con más facilidad hablando ante la

multitud.

EL JUSTO.

¿Tú derrotarme? ¿Quién eres?

EL INJUSTO.

Un razonamiento.

EL JUSTO.

Sí, pero débil.

EL INJUSTO.

Pues te venceré, aunque te crees más fuerte.

EL JUSTO.

¿De qué modo?

EL INJUSTO.

Inventando pruebas nuevas.

EL JUSTO.

Eso está hoy de moda, gracias a esos necios.

EL INJUSTO.

Di más bien a esos sabios.

EL JUSTO.

Yo te derrotaré vergonzosamente.

EL INJUSTO.

¿Cómo?

EL JUSTO.

Diciendo lo que sea justo.

EL INJUSTO.

Yo lo echaré todo por tierra contradiciéndote. En primer lugar, niego

que haya justicia.

EL JUSTO.

¿Dices que no hay...?

EL INJUSTO.

Claro; y si no, ¿dónde está?

EL JUSTO.

Entre los dioses.

EL INJUSTO.

Si la justicia existe, ¿cómo es que Júpiter no pereció cuando encadenó

a su padre?

EL JUSTO.

¡Cómo! ¿Hasta ese extremo llega el mal? ¡Qué asco! Traedme una jofaina.

EL INJUSTO.

Eres un viejo chocho e imbécil.

EL JUSTO.

Y tú un bardaje sin vergüenza...

EL INJUSTO.

Como si me cubrieras de rosas.

EL JUSTO.

¡Payaso!...

EL INJUSTO.

Me coronas de lirios.

EL JUSTO.

Y parricida.

EL INJUSTO.

Pero ¿no conoces que me empolvas con oro?

EL JUSTO.

En otro tiempo esto te parecía plomo.

EL INJUSTO.

Pues ahora me sirve de adorno.

EL JUSTO.

¡Qué desvergonzado!

EL INJUSTO.

¡Qué estúpido!

EL JUSTO.

Por ti no frecuenta ningún joven las escuelas: ya conocerán algún día

los atenienses lo que enseñas a esos necios.

EL INJUSTO.

Tu suciedad me repugna.

EL JUSTO.

Ahora eres rico, pero no ha mucho pedías limosna, y te comparabas a

Telefo de Misia, teniendo por única comida las sentencias de Pandeletes

que llevabas en tu alforja.

EL INJUSTO.

¡Qué gran sabiduría...!

EL JUSTO.

¡Qué gran locura...!

EL INJUSTO.

¡Me estás recordando...!

EL JUSTO.

La tuya y la de Atenas que alimenta al corruptor de la juventud.

EL INJUSTO.

¿Pretendes educar a este joven, viejo chocho?

EL JUSTO.

Claro está que sí, a no ser que quiera perderse y ejercitarse solo en

la charlatanería.

EL INJUSTO.

Acércate aquí y déjale que delire.

EL JUSTO.

Te arrepentirás si le tiendes la mano.

CORO.

Dejaos de riñas y de injurias; y declarad, tú lo que enseñabas a los

hombres de otra época, y tú la nueva doctrina; para que este joven,

oído y sentenciado vuestro pleito, se decida por lo que mejor le

parezca.

EL JUSTO.

Me place.

EL INJUSTO.

A mí también.

CORO.

Ea, ¿quién hablará primero?

EL INJUSTO.

Concedo que principie este; cuando haya hablado, yo me encargo de

destrozar sus dichos con palabras y pensamientos nuevos, agudos como

flechas; y por último, si aún se atreve a respirar, los rasgos de mi

elocuencia le darán muerte, picándole toda la cara y los ojos, como si

fueran tábanos.

CORO.

Vais a demostrar ahora por medio de artificiosas palabras, sutiles

pensamientos y profundas sentencias cuál de vosotros es más hábil en

el arte oratoria. Hoy se debaten grandes asuntos de la filosofía, por

la cual mis amigos libran un gran combate. Tú, que inspiraste a los

antiguos tan buenas costumbres, levanta la voz en defensa de tu causa

favorita, y danos a conocer tu carácter.

EL JUSTO.

Voy a decir cuál era la educación antigua, en los tiempos florecientes

en que yo predicaba la justicia, y la modestia reinaba en las

costumbres. En primer lugar, era necesario que ningún niño pronunciase

imperfectamente. Los que vivían en un mismo barrio, iban a casa del

maestro de música, recorriendo modestamente las calles desnudos y

en buen orden, aunque la nieve cayese tan espesa como la harina

del cedazo: después se sentaban con las piernas separadas y se les

enseñaba o el canto «Temible Palas, destructora de ciudades», o el que

principia «Grito resonante a lo lejos», conservándoles el aire que

les habían dado sus antepasados. Si alguno de ellos trataba de hacer

alguna payasada, o cantar, imitando los modos de Quíos y Sifnos, con

las muelles inflexiones inventadas por Frinis[537], y que hoy gozan

de tanta popularidad, era inmediatamente castigado con sendos azotes

por enemigo de las Musas. En el gimnasio debían sentarse con las

piernas extendidas para no enseñar ninguna indecencia; y cada cual al

levantarse debía remover la arena, cuidando de no dejar a los amantes

ninguna huella de su sexo. Ningún niño se ungía entonces más abajo del

ombligo, floreciendo en sus vergüenzas un vello suave como el de las

manzanas; ni se ofrecía por sí mismo a un amante con dulces inflexiones

de voz y miradas lascivas. No les era permitido comer rábanos, ni el

anís, reservado a los viejos, ni apio, ni peces, ni tordos[538], ni

poner una pierna sobre otra[539].

EL INJUSTO.

Todo esto es antiquísimo y coetáneo de las fiestas Diipolias[540],

llenas de cigarras[541], del poeta Cécidas[542] y de las Bufonias.

EL JUSTO.

Sin embargo, esta fue la educación que formó a los héroes que pelearon

en Maratón. Tú en cambio les enseñas a envolverse en seguida en sus

vestidos; así es que me indigno, cuando, si les es necesario bailar en

las Panateneas, veo a algunos cubriéndose con el escudo, sin cuidarse

de Minerva. Por lo tanto, joven, decídete por mí sin vacilar; y

aprenderás a aborrecer los pleitos, a no acudir a los baños públicos,

a avergonzarte de las cosas torpes, a indignarte cuando se burlen de

ti, a ceder tu asiento a los ancianos que se te acerquen, a conducirte

bien con tus padres, y a no hacer nada deshonesto, porque debes de ser

la imagen del pudor; a no extasiarte ante las bailarinas, no sea que

mientras las miras como un papanatas, alguna meretriz te arroje su

manzana[543], con detrimento de tu reputación; a no contradecir a tu

padre, ni, burlándote de su vejez, recordar los defectos del que te ha

educado.

EL INJUSTO.

Cree lo que este dice, y, por Baco, te parecerás a los hijos de

Hipócrates[544], y te llamarán el tonto.

EL JUSTO.

Brillarás en los gimnasios; no charlarás sandeces en la plaza pública,

como hacen los jóvenes del día; ni entablarás pleitos por la cosa más

pequeña, cuando pueden arruinarte las calumnias de tus adversarios.

Sino que, bajando a la Academia, te pasearás con un sabio de tu

edad bajo los olivos sagrados, ceñidas las sienes con una corona de

caña blanca, respirando en la más deliciosa ociosidad el perfume de

los tejos y del follaje del álamo blanco, y gozando de los hermosos

días de primavera, en los que el plátano y el olmo confunden sus

murmullos. Si haces lo que te digo, y sigues mis consejos, tendrás

siempre el pecho robusto, el cutis fresco, anchas las espaldas, corta

la lengua, gruesas las nalgas, y proporcionado el vientre[545]. Pero

si te aficionas a las costumbres modernas, tendrás muy pronto color

pálido, pecho débil, hombros estrechos, lengua larga, nalgas delgadas,

vientre desproporcionado, y serás gran litigante. El otro te educará de

tal modo que te parecerá torpe lo honesto, y honesto lo torpe, y por

último, serás tan infame como Antímaco.

CORO.

¡Qué grato perfume de virtud exhalan tus palabras, cultivador de la

más sólida y elevada filosofía! ¡Dichosos hombres los que vivieron

en la época de tu esplendor! Tú, que posees todos los recursos de

la oratoria, es preciso que digas algo nuevo contra este, que se

ha hecho digno de alabanza. Necesitas ciertamente emplear recursos

extraordinarios contra tu adversario, si quieres vencerle y no ser

blanco de la burla de todos.

EL INJUSTO.

Hace tiempo que me abrasa la impaciencia, y ardo en deseos de echar por

tierra todos sus argumentos. Los filósofos me llaman injusto, porque

soy el primero que he descubierto la manera de contradecir las leyes y

el derecho; pero ¿no es una habilidad inestimable la de salir vencedor

en la causa más débil? Verás cómo refuto su decantado sistema de

educación. En primer lugar, te prohíbe los baños calientes. ¿En qué te

fundas para vituperar los baños calientes?

EL JUSTO.

En que son perjudiciales y debilitan al hombre.

EL INJUSTO.

Alto: ya estás cogido y no te escaparás. Dime, ¿cuál de los hijos de

Júpiter ha sido el más esforzado y ha llevado a cabo más trabajos?

EL JUSTO.

Creo que ninguno sobrepuja a Hércules.

EL INJUSTO.

Y ¿dónde has visto baños fríos bajo la advocación de Hércules?[546] Sin

embargo, ¿quién era el más esforzado?

EL JUSTO.

Esas son las razones que los jóvenes tienen siempre en la boca, y

gracias a ellas los baños están llenos y desiertas las palestras.

EL INJUSTO.

También vituperas la costumbre de hablar en la plaza pública. Yo la

alabo. Porque, si eso fuese perjudicial, Homero no hubiera hecho orador

a Néstor, ni a todos los demás sabios. Pasemos al ejercicio de la

lengua: dice que los jóvenes no deben cultivarla; yo digo lo contrario.

También recomienda la modestia. En total, dos malos consejos. Porque

¿a quién has visto que haya conseguido bien alguno por medio de la

modestia? Habla, refútame.

EL JUSTO.

He visto muchos: por causa de ella recibió Peleo[547] una espada.

EL INJUSTO.

Comedias, tomo 1 de 3 · 第 11 / 16 段