veces bienaventurado el autor de tal descubrimiento! Fácilmente
obtendrá la absolución de un reo quien conoce tan bien el intestino del
mosquito.
EL DISCÍPULO.
Poco ha una salamandra le hizo perder un gran pensamiento.
ESTREPSIADES.
Dime: ¿de qué manera?
EL DISCÍPULO.
Observando de noche el curso y las revoluciones de la luna, miraba al
cielo con la boca abierta, y entonces una salamandra le arrojó su
excremento desde el techo.
ESTREPSIADES.
¡Linda salamandra que hace sus necesidades en la boca de Sócrates!
EL DISCÍPULO.
Ayer por la tarde no teníamos cena.
ESTREPSIADES.
¡Hem! ¿Y qué inventó para encontrar comida?
EL DISCÍPULO.
Extendió polvo sobre la mesa, dobló una barrita de hierro[476], y
recogiendo después el compás, escamoteó un vestido de la palestra.
ESTREPSIADES.
¿Por qué admiramos ya a Tales?[477] Abre, abre prontamente la escuela,
y preséntame a Sócrates cuanto antes. Me impaciento por ser su
discípulo. ¡Vivo! abre la puerta. -- ¡Oh Hércules! ¿De qué país son
estos animales?[478].
EL DISCÍPULO.
¿De qué te admiras? ¿Con quiénes les encuentras semejanza?
ESTREPSIADES.
Con los lacedemonios hechos prisioneros en Pilos[479]. ¿Pero por qué
miran esos a la tierra?
EL DISCÍPULO.
Investigan las cosas subterráneas.
ESTREPSIADES.
Entonces buscan cebollas. No os cuidéis más de eso: yo sé dónde las hay
hermosas y grandes. -- ¿Y qué hacen esos otros con el cuerpo inclinado?
EL DISCÍPULO.
Investigan los abismos del Tártaro.
ESTREPSIADES.
¿Para qué mira al cielo su trasero?
EL DISCÍPULO.
Es que aprende astronomía por su parte. Pero entrad, no sea que el
maestro nos sorprenda.
ESTREPSIADES.
No, todavía no: que estén aquí; tengo que comunicarles un asuntillo mío.
EL DISCÍPULO.
Es que no pueden permanecer largo tiempo al aire y en el exterior.
ESTREPSIADES.
¡En nombre de los dioses! ¿Qué son estas cosas? Decídmelo.
EL DISCÍPULO.
Esa es la astronomía.
ESTREPSIADES.
¿Y esta?
EL DISCÍPULO.
La geometría.
ESTREPSIADES.
¿Para qué sirve la geometría?
EL DISCÍPULO.
Para medir la tierra.
ESTREPSIADES.
¿La que se distribuye a la suerte?
EL DISCÍPULO.
No. Toda la tierra.
ESTREPSIADES.
¡Gracioso dicho! He aquí una idea muy popular y útil[480].
EL DISCÍPULO.
He aquí todo el circuito de la tierra. ¿Ves? Aquí está Atenas.
ESTREPSIADES.
¿Qué dices? No te creo. No veo a los jueces en sesión[481].
EL DISCÍPULO.
Sin embargo, este es verdaderamente el territorio del Ática.
ESTREPSIADES.
¿Y dónde están los Cicinenses mis compatriotas?
EL DISCÍPULO.
Helos aquí; y mira también la Eubea, que, como ves, es muy larga.
ESTREPSIADES.
Lo sé: Pericles y vosotros la habéis sometido a mil torturas[482].
Pero, ¿dónde está Lacedemonia?
EL DISCÍPULO.
¿Que dónde está? Hela aquí.
ESTREPSIADES.
¡Cuán cerca de nosotros! Meditad sobre esto y alejadla todo lo que se
pueda.
EL DISCÍPULO.
Por Júpiter, eso es imposible.
ESTREPSIADES.
Pues ya os pesará. -- ¡Calla! ¿y quién es ese hombre suspendido en el
aire en un cesto?
EL DISCÍPULO.
Él.
ESTREPSIADES.
¿Quién es él?
EL DISCÍPULO.
Sócrates.
ESTREPSIADES.
¡Sócrates! Anda y llámale fuerte.
EL DISCÍPULO.
Llámale tú; que yo no tengo tiempo.
ESTREPSIADES.
¡Sócrates! ¡Sócrates!
SÓCRATES.
Mortal[483]. ¿Por qué me llamas?
ESTREPSIADES.
Ante todo, te ruego que me digas qué es lo que haces ahí.
SÓCRATES.
Camino por los aires y contemplo el Sol.
ESTREPSIADES.
Por tanto, ¿miras[484] a los dioses desde tu cesto y no desde la
tierra? Si no es que...
SÓCRATES.
Nunca podría investigar con acierto las cosas celestes si no
suspendiese mi alma y mezclase mis pensamientos con el aire que se les
parece[485]. Si permaneciera en el suelo, para contemplar las regiones
superiores, no podría descubrir nada porque la tierra atrae a sí los
jugos del pensamiento: lo mismo exactamente que sucede con los berros.
ESTREPSIADES.
¿Qué hablas? ¿El pensamiento atrae la humedad de los berros? Pero,
querido Sócrates, baja, para que me enseñes las cosas que he venido a
aprender.
SÓCRATES.
¿Qué es lo que te ha hecho venir?
ESTREPSIADES.
El deseo de aprender a hablar. Los usureros, los acreedores más
intratables me persiguen sin descanso y destruyen los bienes que les he
dado en prenda.
SÓCRATES.
¿Cómo te has llenado de deudas sin apercibirte?
ESTREPSIADES.
Me ha arruinado la enfermedad de los caballos, cuya voracidad es
espantosa. Mas enséñame uno de tus dos discursos, aquel que sirve para
no pagar. Sea cual fuere el salario que me pidas, juro por los dioses
que te lo he de satisfacer.
SÓCRATES.
¿Por qué dioses juras? En primer lugar, es preciso que sepas que los
dioses no son ya moneda corriente entre nosotros.
ESTREPSIADES.
¿Pues por quién juráis? Acaso por las monedas de hierro, como en
Bizancio.
SÓCRATES.
¿Quieres conocer perfectamente las cosas divinas y saber sin engaño lo
que son?
ESTREPSIADES.
Sí, por Júpiter, a ser posible.
SÓCRATES.
Y ¿hablar con las Nubes, nuestras divinidades?
ESTREPSIADES.
Mucho más.
SÓCRATES.
Siéntate, pues, en el lecho sagrado.
ESTREPSIADES.
Ya estoy sentado.
SÓCRATES.
Coge esta corona.
ESTREPSIADES.
¿Para qué la corona? ¡Ay de mí!, Sócrates, no me sacrificarás como a
Atamas[486].
SÓCRATES.
No: hacemos todas estas ceremonias con los iniciados.
ESTREPSIADES.
¿Y qué ganaré con esto?
SÓCRATES.
Llegarás a ser un molino de palabras, un verdadero cascabel, fino como
la flor de la harina: pero no te muevas.
ESTREPSIADES.
No me engañas, por Júpiter; si continúas empolvándome de ese modo me
convertiré pronto en flor de harina[487].
SÓCRATES.
Es necesario guardar silencio, anciano, y escuchar atentamente mis
súplicas. Soberano señor, Aire inmenso que rodeas la sublime tierra,
Éter luminoso, y vosotras, Nubes, diosas venerables, que engendráis los
rayos y los truenos, levantaos, soberanas mías, y mostraos al filósofo
en las alturas.
ESTREPSIADES.
No, todavía no, hasta que me cubra la cabeza con el manto doblado, no
sea que me moje. ¡Pobre de mí! haber salido de casa sin mi montera de
piel de perro.
SÓCRATES.
Venid pues, oh Nubes venerables, y mostraos a este, ora ocupéis la
sagrada cumbre del nevado Olimpo, ora forméis con las Ninfas la danza
sagrada en los jardines del padre Océano, ora recojáis en urnas de
oro las aguas del Nilo, ora residáis en la laguna Meotis, o sobre
las nevadas rocas del Mimas; oídme, aceptad mi sacrificio y mirad
complacidas estas sagradas ceremonias.
* * * * *
CORO DE NUBES.
Del seno mugiente del Océano, nuestro padre, levantémonos, Nubes
eternas, ligeras por nuestra naturaleza vaporosa, a las altas cumbres
de los montes coronados de árboles seculares. Desde ellas veremos a lo
lejos el horizonte montuoso, la tierra sagrada, madre de los frutos, el
curso de los ríos divinos, y el mar que murmura profundamente. Puesto
que el ojo infatigable del Éter brilla siempre con resplandeciente luz,
disipemos la niebla oscura que nos rodea, y mostrémonos a la tierra con
todo el esplendor de nuestra belleza inmortal.
SÓCRATES.
Indudablemente, habéis escuchado mis votos, ¡oh Nubes venerables! ¿Has
oído tú su voz acompañada de los mugidos del trueno?
ESTREPSIADES.
Yo también os adoro, santas Nubes, y quiero responder a vuestros
truenos[488]; a ello me obligan el miedo y el temblor; así es que, sea
o no lícito, quiero desahogarme[489].
SÓCRATES.
No te burles, ni hagas lo que esos cómicos miserables[490] --
¡Silencio! Una multitud de diosas se adelantan cantando.
CORO.
Vírgenes imbríferas[491], vamos a visitar el pingüe territorio de Palas
y la amable tierra de Cécrope, patria de tan grandes hombres, donde
se celebra el culto de los sagrados misterios, se ven el santuario
místico de las santas iniciaciones[492] las ofrendas a los habitantes
del Olimpo, los elevados templos y las estatuas de los dioses, las
procesiones religiosas, los sacrificios a las coronadas divinidades y
los festines de todas las estaciones; y, cuando con la primavera vuelve
la fiesta de Baco, los certámenes de los resonantes coros, y el grave
sonido de las flautas.
ESTREPSIADES.
¡Por Júpiter! Sócrates, dime: ¿Quiénes son aquellas mujeres que han
cantado con tanta majestad? ¿Son algunas heroínas?
SÓCRATES.
No; estas son las celestes Nubes, grandes diosas de los hombres
ociosos; que nos dan el pensamiento, la palabra y la inteligencia, el
charlatanismo, la locuacidad, la astucia y la comprensión.
ESTREPSIADES.
He aquí por qué al oírlas parece que mi alma va a volar, y ya desea
discutir sobre sutilezas, hablar del humo, contradecir y oponer
argumentos contra argumentos. Así es que desearía, si fuese posible,
verlas personalmente.
SÓCRATES.
Mira hacia aquel lado, hacia el monte Parneto. Yo las veo descender con
lentitud.
ESTREPSIADES.
¿Dónde? Enséñame.
SÓCRATES.
Míralas; vienen oblicuamente en gran número, a través de los valles y
los bosques.
ESTREPSIADES.
Pero ¿qué es esto? Si no las distingo.
SÓCRATES.
Ahí, junto a la entrada.
ESTREPSIADES.
Al fin las entreveo.
SÓCRATES.
Ahora las verás perfectamente si no tienes telarañas en los ojos[493].
ESTREPSIADES.
Sí, por Júpiter: ¡oh diosas venerables! ya ocupan toda la escena.
SÓCRATES.
¡Y tú, que ignorabas su existencia y no las tenías por diosas!
ESTREPSIADES.
No por cierto: pero las creía niebla, humo o rocío.
SÓCRATES.
Por Júpiter, ¿no sabes que estas alimentan a multitud de sofistas,
a los adivinos de Turium, a los médicos, a los holgazanes que no se
ocupan mas que de sus uñas, sortijas y cabellos, a los autores de
ditirambos y a los charlatanes de vaciedades sublimes? A todos estos
los alimentan porque las celebran en sus cantos.
ESTREPSIADES.
¿Por eso cantan en sus versos el ímpetu veloz de las húmedas Nubes que
lanzan deslumbradores relámpagos, los cabellos erizados de Tifón, el de
las cien cabezas, y las tempestades furiosas como aves de rapiña, que
vuelan por el éter, nadando por el aire y los torrentes de lluvia que
derraman las Nubes?[494] Y en premio de estos versos se comen los más
grandes peces y la carne delicada de los tordos.
SÓCRATES.
¿Por causa de ellas, no es justo?
ESTREPSIADES.
Pero dime, si en realidad son Nubes, ¿en qué consiste que parecen
mujeres y sin embargo no lo son?
SÓCRATES.
¿Pues qué son entonces?
ESTREPSIADES.
No lo sé bien: ahora me parecen copos de lana, pero de ninguna manera
mujeres. Estas, sin embargo, tienen narices.
SÓCRATES.
Vamos, responde a mis preguntas.
ESTREPSIADES.
Pregunta lo que quieras.
SÓCRATES.
¿No has visto alguna vez, mirando al cielo, una Nube parecida a un
centauro, a un leopardo, a un lobo o a un toro?
ESTREPSIADES.
Sí, en verdad; y ¿a qué viene esto?
SÓCRATES.
A probarte que se transforman como quieren. Así, cuando ven a un
hombre de larga cabellera y pecho velludo como el hijo de Jenofante, se
burlan de su locura, cambiándose en centauros.
ESTREPSIADES.
Y ¿qué hacen cuando ven a Simón, ladrón del tesoro público?
SÓCRATES.
Para poner de manifiesto sus costumbres, se transforman en lobos.
ESTREPSIADES.
Por eso es que ayer al distinguir a Cleónimo, que arrojó su escudo para
huir, al verle tan cobarde se cambiaron en ciervos.
SÓCRATES.
Y ¿ves ahora? al mirar a Clístenes se han transformado en mujeres.
ESTREPSIADES.
¡Salud, oh diosas! Si alguna vez lo habéis hecho por un mortal, romped
vuestro silencio y dejad oír vuestra celeste voz, reinas omnipotentes.
CORO.
Salud, investigador de la sabiduría: y tú, sacerdote de las vaciedades
más inútiles, di para qué nos necesitas. Porque a ningún sofista de los
que investigan las cosas del cielo escuchamos con tanto placer como
a ti, excepto a Pródico[495]: a este le atendemos por su ingenio y
por su ciencia; a ti por tu andar arrogante, por tu mirar desdeñoso,
tu sufrimiento en caminar desnudo, y la majestad que imprimes a tu
fisonomía.
ESTREPSIADES.
¡Oh Tierra, qué voz tan sagrada, venerable y prodigiosa!
SÓCRATES.
Es que ellas son las únicas diosas; todas las demás son pura ficción.
ESTREPSIADES.
Pero entonces, dime, por la sagrada Tierra: ¿Júpiter olímpico no es
dios?
SÓCRATES.
¿Cuál Júpiter? Tú te burlas. No hay tal Júpiter.
ESTREPSIADES.
¿Qué estas diciendo? ¿Pues quién hace llover? Demuéstrame esto antes de
todo.
SÓCRATES.
Ellas: y voy a demostrarlo con grandes razones. ¿Has visto alguna vez
que Júpiter haga llover sin Nubes? Si fuese él, sería necesario que
lloviese estando el cielo sereno y después de haberlas disipado.
ESTREPSIADES.
Perfectamente: por Apolo, tu argumento me ha convencido. Yo creía
antes, como cosa cierta, que Júpiter para hacer llover orinaba en una
criba. Pero dime: ¿quién produce el trueno? Esto me hace temblar.
SÓCRATES.
Las Nubes truenan cuando se revuelven sobre si mismas[496].
ESTREPSIADES.
¿De qué manera, hombre audaz?
SÓCRATES.
Cuando están muy llenas de agua y se ponen en movimiento arrastradas
por su propio peso, al caer se entrechocan y rompen con estrépito.
ESTREPSIADES.
Pero ¿quién las empuja para que se entrechoquen? ¿Acaso Júpiter?
SÓCRATES.
De ningún modo: las empuja el Torbellino etéreo.
ESTREPSIADES.
¿El Torbellino? En verdad, ignoraba que Júpiter no existía y que
reinaba por él el Torbellino. Pero nada me has enseñado todavía del
fragor de los truenos.
SÓCRATES.
¿No me has oído decir que cuando las Nubes llenas de agua caen unas
sobre otras producen ese fragor a causa de su densidad?
ESTREPSIADES.
¿Y cómo he de creer eso?
SÓCRATES.
Observando lo que a ti mismo te sucede, como voy a demostrarte. Cuando
en las Panateneas[497] cenas tanto que se te desarregla el vientre, ¿no
has notado que este produce de repente algunos ruidos?
ESTREPSIADES.
Sí, a fe mía: y en seguida me atormenta, y se revuelve, ruge como el
trueno, y después estalla con estrépito. Primero hace, con ruido apenas
perceptible, _pax_; luego _papax_, en seguida _papappax_, y cuando hago
mis necesidades es un verdadero trueno _pappappax_, lo mismo que las
Nubes.
SÓCRATES.
Considera el gran ruido que haces con tu pequeño vientre; ¿será, pues,
inverosímil el que el aire inmenso truene con estrepitoso fragor? Por
eso las palabras _trueno_ y _ventosidad_ son semejantes.
ESTREPSIADES.
Pero dime: ¿de dónde provendrá el rayo resplandeciente que a unos los
reduce a cenizas y a otros los toca sin matarlos? Evidentemente Júpiter
es quien lo lanza contra los perjuros.
SÓCRATES.
¡Pobre tonto, más viejo que el tiempo, la luna y el pan! ¿Cómo, si
hiere a los perjuros, no ha abrasado ni a Simón, ni a Cleónimo, ni a
Teoro? Estos son no poco perjuros. Sin embargo, vemos que hiere a su
propio templo, al promontorio Sunio, y a las gigantescas encinas. ¿Por
qué causa? una encina jamás es perjura.
ESTREPSIADES.
No lo sé, pero me parece que discurres bien. Mas dime: ¿qué es el rayo?
SÓCRATES.
Si un viento seco se eleva y se encierra dentro de las Nubes, las
hincha como si fueran una vejiga; después cuando su misma fuerza las
revienta se escapa violentamente comprimido por su densidad, y el
ímpetu terrible con que estalla hace que se encienda a sí mismo.
ESTREPSIADES.
En verdad, lo mismo me sucedió una vez en las fiestas de Júpiter. Asaba
para mi familia un vientre sin haber tenido la precaución de hacerle
algunas incisiones; se había hinchado mucho, y de repente reventó por
medio y me saltó a los ojos su interior quemándome la cara.
CORO.
¡Oh tú que deseas aprender los arcanos de la ciencia, cuán dichoso
serás entre los atenienses y los demás griegos, si tienes memoria y
aplicación y un alma constante para el sufrimiento; si no te cansas ni
de permanecer quieto, ni de caminar; si no te hace mella el frío, ni
deseas comer; si te abstienes del vino, de los ejercicios gimnásticos
y de otras necedades, y piensas que es lo mejor y lo más propio de
un hombre digno el sobresalir en las obras, en los consejos y en los
combates de la palabra!
ESTREPSIADES.
Si te hace falta un alma dura e insensible a los desveladores
cuidados, y un estómago frugal acostumbrado a las privaciones y capaz
de alimentarse con ajedrea, puedes contar conmigo; mi cuerpo es tan
duro como un yunque.
SÓCRATES.
Promete también no reconocer ya más dioses que los que nosotros
veneramos en concepto de tales; a saber: el Caos, las Nubes y la
Lengua; he aquí las tres divinidades.
ESTREPSIADES.
Nunca hablaré de otras aunque me tropezase con ellas, ni las honraré
con sacrificios, libaciones ni incienso.
CORO.
Pide ahora confiadamente lo que deseas de nosotras, y lo obtendrás, si
nos honras, nos admiras y procuras ser hombre hábil.
ESTREPSIADES.
¡Oh dioses! Lo que os pido es lo menos que puede pedirse; haced tan
solo que sea el más elocuente de los griegos.
CORO.
Concedido: ningún hombre de estos tiempos te superará en hacer bellos
discursos.
ESTREPSIADES.
No: eso no es lo que deseo, porque a mí jamás se me ocurre pronunciar
grandes sentencias. Tan solo quiero resolver en mi favor los pleitos y
escapar de las manos de los acreedores.
CORO.
Se cumplirá lo que deseas, pues no apeteces cosas imposibles. Ponte
confiadamente en manos de uno de nuestros sacerdotes.
ESTREPSIADES.
Haré lo que me mandáis, pues la necesidad aprieta por causa de los
caballos y el matrimonio, que me han perdido. Hagan estos de mí ahora
todo cuanto les plazca; yo les entrego mi cuerpo para que lo destrocen
a fuerza de golpes, hambre, sed, calor y frío, y si quieren conviertan
mi piel en una bota, con tal que no pague mis deudas y pase por hombre
atrevido, charlatán, temerario, sin vergüenza, costal de mentiras,
inventor de frases, trillado en los pleitos, litigante perpetuo,
molino de palabras, zorro astuto, penetrante barreno, correa flexible,
disimulado, escurridizo, fanfarrón, insensible como el nudo de las
maderas, impuro, veleta, y parásito impudente. Si todos los que me
encuentren llegan a saludarme con todos estos calificativos, hagan mis
maestros cuanto les agrade de mi persona; y si les gusta, por Ceres,
embutan mis intestinos y sírvanselos a los filósofos.
CORO.
Este hombre tiene una voluntad pronta y valiente. Ten entendido que la
ciencia que te vamos a enseñar te hará conseguir tal gloria entre los
mortales que te levantará hasta el cielo.
ESTREPSIADES.
Y ¿qué me sucederá?
CORO.
Que mientras vivas gozarás con nosotras una existencia extremadamente
feliz.
ESTREPSIADES.
¿Acaso llegaré a ver eso?
CORO.
Habrá constantemente muchos sentados a tu puerta, deseando consultarte,
hablar contigo y deliberar sobre infinitos pleitos y negocios en los
que se cruzarán sumas inmensas. (_A Sócrates._) Pero enseña al viejo
algunas de tus lecciones, sondea su espíritu y explora los alcances de
su ingenio.
SÓCRATES.
Ea, dime qué clase de carácter tienes, para que, una vez conocido,
pueda dirigir contra él nuevas máquinas.
ESTREPSIADES.
¡Cómo! ¿Acaso piensas asaltarme como si fuera una muralla?
SÓCRATES.
No: solamente quiero hacerte algunas breves preguntas. En primer lugar,
¿tienes memoria?
ESTREPSIADES.
Sí, por cierto, y de dos clases. Si me deben, tengo una memoria
excelente; pero si debo, ¡pobre de mí!, soy muy olvidadizo.
SÓCRATES.
¿Tienes alguna disposición natural para la elocuencia?
ESTREPSIADES.
Para la elocuencia no, pero sí para el fraude.
SÓCRATES.
Entonces, ¿cómo podrás aprender?
ESTREPSIADES.
Perfectamente, no te inquietes por eso.
SÓCRATES.
Ea, manos a la obra; en cuanto yo te proponga alguna cuestión sobre las
cosas celestes, te apoderas de ella inmediatamente.
ESTREPSIADES.
¡Qué! ¿Es preciso atrapar la sabiduría como un perro arrebata una
tajada?
SÓCRATES.
¡Vaya un hombre ignorante y bárbaro! Me parece, anciano, que vas a
necesitar algún correctivo. Vamos a ver, ¿qué haces cuando alguno te
apalea?
ESTREPSIADES.
Me dejo apalear; después tomo testigos; en seguida ejercito mi acción
ante el tribunal.
SÓCRATES.
Ea, quítate el vestido.
ESTREPSIADES.
¿Te he ofendido en algo?
SÓCRATES.
No; pero la costumbre es entrar desnudo[498].
ESTREPSIADES.
Yo no vengo aquí a buscar ninguna cosa robada[499].
SÓCRATES.
Abajo el vestido. ¿A qué decir tantas sandeces?
ESTREPSIADES.
Dime solo una cosa. Si soy muy aplicado y estudio con grande afán, ¿a
cuál de tus discípulos me pareceré?
SÓCRATES.
Serás enteramente semejante a Querefonte.
ESTREPSIADES.
¡Ay desgraciado de mí! Entonces seré un cadáver ambulante.
SÓCRATES.
No charles tanto. Apresúrate y sígueme hacia ese lado.
ESTREPSIADES.
Dame antes una torta de miel, porque, al entrar ahí, siento tanto miedo
como si bajase a la cueva de Trofonio[500].
SÓCRATES.
Anda: ¿por qué te detienes en la puerta?
CORO.
Marcha regocijado, sin que disminuya tu valor por eso. Ojalá tenga
feliz éxito la empresa de este hombre, que en edad provecta ilustra su
inteligencia con ideas nuevas y cultiva la sabiduría[501].
Espectadores, os diré francamente la verdad; lo juro por Baco, de
quien soy discípulo[502]. Así salga yo vencedor y sea tenido por
sabio, como es cierto que creyéndoos personas de buen gusto, sometí por
primera vez a vuestra aprobación esta comedia, la mejor de las mías,
trabajada con exquisito esmero. Y, sin embargo, a pesar de no merecer
tal desgracia, fui vencido por rivales ineptos[503]. Por esto me quejo
de vosotros, ilustrados jueces, a quienes dediqué mis trabajos. Mas no
por tal motivo he de recusar la opinión de los doctos, ante quienes es
tan agradable comparecer, y que oyeron, con tanta complacencia a mi
_Prudente_ y mi _Deshonesto_[504], cuando yo (virgen aún porque no me
era lícito parir)[505] expuse el fruto de mi ingenio, que recogido por
otra madre[506] fue educado liberalmente por vosotros; desde lo cual
creía tener asegurada vuestra benevolencia. Ahora, pues, se presenta
mi Comedia como una nueva Electra buscando con la vista a aquellos
sabios espectadores; y de seguro que reconocerá, en cuanto lo vea, el
rizo de su hermano[507]. Reparad la decencia de sus costumbres. Es la
primera que aparece en la escena sin venir armada de un instrumento
de cuero, rojo por la punta, grueso y a propósito para hacer reír a
los niños[508]; que no se burla de los calvos ni baila el córdax[509];
que no introduce un viejo golpeando con su bastón a todos los que
encuentra para disimular la grosería de sus chistes, ni asalta la
escena agitando una antorcha y gritando ¡Io! ¡Io!, ni confía más que
en sí misma sus versos. Y yo, que soy su autor, ciertamente que no me
enorgullezco[510] por tal cosa, ni procuro engañaros, presentándola
dos y tres veces, sino que siempre invento comedias nuevas, que no se
parecen entre sí y son todas bellas o ingeniosas. Cuando Cleón estaba
en todo su poder yo lo he atacado frente a frente[511], pero en cuanto
cayó cesé de insultarle. Los demás poetas, desde que Hipérbolo dio el
ejemplo, atacan sin cesar al desgraciado sin perdonar ni a su madre. El
primero de todos fue Éupolis, el cual presentó en escena su _Maricas_
que no era otra cosa que un mal arreglo de mis _Caballeros_; solo
añadió una vieja embriagada que bailase el córdax; personaje inventado
mucho tiempo hace por Frínico[512], que la exponía a la voracidad de
un monstruo marino. Después Hermipo presentó a Hipérbolo; y todos los
demás cayeron sobre Hipérbolo imitando mi comparación de las anguilas.
¡Ojalá los que ríen en sus comedias no se diviertan con las mías! En
cuanto a vosotros, que os deleitáis con mi persona e invenciones,
seréis considerados en el porvenir como personas de buen gusto.
SEMICORO.
Invoco primeramente en favor de este coro al gran Júpiter, rey del
cielo y señor de los dioses; después al prepotente numen cuyo tridente
irresistible conmueve la tierra y los salados mares; y a ti, nuestro
ilustre padre, venerable Éter, alma de todas las cosas; y a ti, oh Sol,
domador de corceles, que vivificas la tierra con tus brillantes rayos,
y eres una divinidad poderosa entre los inmortales y los hombres.
CORO.