¡Hola!, en esto ya andas acertado y discreto. Pero, y los otros asuntos

de la república ¿cómo los arreglarás?

PUEBLO.

En cuanto lleguen al puerto los remeros de los navíos de guerra les

pagaré íntegro su sueldo[434].

AGORÁCRITO.

Providencia grata a muchas asendereadas posaderas.

PUEBLO.

Después mandaré que ningún ciudadano inscrito en la lista de los

hoplitas[435] pueda pasar por recomendación a otro orden; cada cual

estará en la lista donde se le apuntó al principio.

AGORÁCRITO.

Eso va derecho contra el escudo de Cleónimo[436].

PUEBLO.

Ningún imberbe podrá hablar en la asamblea.

AGORÁCRITO.

¿Y dónde perorarán Clístenes y Estratón?[437]

PUEBLO.

Hablo de esos jovenzuelos que frecuentan las tiendas de perfumes,

donde charlan así: «¡Qué docto es Féax![438] ¡Cuán acertada ha sido su

educación! Se apodera del ánimo de sus oyentes y los conduce a su fin:

es sentencioso, sabio, y muy diestro en mover las pasiones y en dominar

un tumulto.»

AGORÁCRITO.

¿Acaso estás apasionado de esos charlatanes?

PUEBLO.

No, por cierto; a todos les obligaré a irse de caza, en vez de hacer

decretos.

AGORÁCRITO.

Con esa condición, toma esta silla, y este robusto muchacho para que la

lleve; si te agrada, puedes sentarte sobre él[439].

PUEBLO.

¡Qué felicidad recobrar mi antiguo estado!

AGORÁCRITO.

Eso lo podrás decir cuando te entregue las treguas por treinta años.

¡Hola, Treguas[440], presentaos pronto!

PUEBLO.

¡Júpiter supremo! ¡Qué hermosas son! Dime, por los dioses: ¿puede

tratarse con ellas? ¿Dónde las encontraste?

AGORÁCRITO.

Pues qué, ¿no las tenía guardadas el Paflagonio para que tú no las

hallases? Yo te las doy; vete al campo y llévatelas.

PUEBLO.

¿Qué castigo vas a imponer a ese Paflagonio que ha hecho tanto mal?

AGORÁCRITO.

Uno pequeño. No le impondré más que el de ejercer mi antiguo oficio:

vender chorizos en las puertas, y picar carnes de perros y burros[441].

Cuando se embriague, reñirá con las prostitutas, y no beberá más agua

que la de las bañeras.

PUEBLO.

Excelente idea: nadie más digno que él de destrozarse a denuestos con

los bañeros y prostitutas. En recompensa de tantos beneficios te invito

a venir al Pritaneo y a ocupar en él la silla de aquel miserable.

Sígueme y coge esa túnica verde-rana. Conducid al Paflagonio al sitio

donde ha de ejercer su oficio, para que lo vean los extranjeros a

quienes solía ultrajar.

FIN DE LOS CABALLEROS.

LAS NUBES.

NOTICIA PRELIMINAR.

«El año último dirigió el poeta sus ataques contra esos vampiros que,

pálidos abrasados por incesante fiebre, estrangulaban en las tinieblas

a vuestros padres y abuelos, y acostados en el lecho de los ciudadanos

pacíficos, enemigos de cuestiones, amontonaban sobre ellos procesos,

citaciones y testigos, hasta el punto de que muchos acudieron aterrados

al polemarca. Y esto no obstante, el año pasado abandonasteis al

intrépido defensor que puso todo su ahínco en purgar de tales monstruos

a la patria, precisamente cuando sembraba pensamientos de encantadora

novedad, cuyo crecimiento impedisteis por no haberlos comprendido

bien. Sin embargo, el autor jura a menudo, entre estas libaciones a

Baco, que jamás oísteis mejores versos cómicos. Vergonzoso es que no

comprendieseis de seguida su intención profunda; pero al poeta le

consuela el no haber desmerecido en la opinión de los doctos, aunque se

hayan estrellado sus esperanzas por vencer en audacia a sus rivales.»

Así explica Aristófanes, en la _Parábasis_ de _Las Avispas_, el

objeto de _Las Nubes_, y el elevado concepto que tenía formado de

esta comedia, una de las más hermosas creaciones de su fantasía. _Las

Nubes_ son, en efecto, una sátira ingeniosa y trascendental de los

vicios que en la educación iban introduciéndose merced, especialmente,

a la influencia de los sofistas, ídolos entonces de la juventud, que

frecuentaba solícita sus escuelas. Los sofistas habían aparecido en

Atenas en tiempo de Pericles, y, abusando de la invención de Zenón el

eleático, esgrimieron las armas de la dialéctica para satisfacer sus

miras interesadas y ambiciosas. En sus discursos, exornados con todas

las galas de la oratoria, no se proponían como objeto principal la

demostración científica de un sistema de verdades, sino el deslumbrar a

sus oyentes, sosteniendo, con aquellos falaces argumentos que de ellos

han recibido el nombre de sofismas, las más absurdas conclusiones y

extrañas paradojas.

Ensoberbecidos con su ingenio, disputaban atrevidamente _de omni re

scibili_, y sostenían indistintamente el pro y el contra en todas las

cuestiones, llegando, por este funesto modo de filosofar, a convertir

la varonil elocuencia antigua en un arte de disputar artificiosamente,

a llevar las inteligencias al escepticismo y a la negación de

los dioses, y a relajar los más fuertes vínculos sociales con la

predicación de una moral cuyo único móvil era el _carpe diem_ y el

placer. «El talento de hacer justo lo injusto, e injusto lo justo, que

orgullosamente se atribuían, debía de ser, dice Schœll, siguiendo a

Heeren[442], extremadamente peligroso en sus relaciones con la vida

civil; pero aún producía un mal mayor, cual es el de echar por tierra

el sentimiento de la verdad, que deja de ser respetable desde el

momento en que se la considera discutible.»

Aristófanes, que siempre estaba con el látigo levantado contra todo

abuso y todo error, lo descargó también sobre estos maestros ateos,

vanos e inmorales, impulsado por el noble, levantado y patriótico

pensamiento de restaurar aquel sistema de enseñanza que formó los

héroes de Maratón e hizo reinar en las costumbres la modestia y la

virtud; pero al hacerlo cometió la imperdonable falta de elegir como

blanco de sus tiros y personificación de los sofistas la venerable

figura de Sócrates, que era precisamente el más declarado de sus

enemigos. ¿Qué motivo pudo impulsar a Aristófanes a semejante elección

y a acumular sobre la cabeza del virtuoso filósofo los anatemas con que

quiere confundir la nueva educación? ¿Por qué acusar de corruptor de la

juventud al que solo pretendía dirigirla al bien, de ateísmo al hombre

más piadoso, de avaricia al más generoso y desprendido, y de perderse

en nebulosas especulaciones al que sentaba toda su filosofía sobre

la base práctica de la moral? Digámoslo en dos palabras: por la misma

popularidad de Sócrates y su especial manera de enseñar. Sócrates, que

no explicaba dentro del recinto de una escuela, sino en los lugares

más concurridos; que empleaba todos los recursos de su natural gracejo

en la disputa y en la exposición de sus doctrinas, era indudablemente

el filósofo más conocido de los atenienses, y sin duda por eso lo

eligió Aristófanes para personificar en él toda la filosofía de su

tiempo, obedeciendo a la necesidad de dar unidad a su comedia y de no

convertirla en una polémica insípida o pedante.

Es preciso, además, tener en cuenta que Sócrates, como todos los

genios, quizá no lo apareciera ante los ojos de sus contemporáneos

hasta que su muerte depuró en él, por decirlo así, toda aquella especie

de imperfección que empequeñece, cuando se las mira de cerca, las más

grandes figuras. Desde luego, aun los más furiosos detractores de

Aristófanes no podrán menos de confesar que había motivo para engañarse

al apreciar las miras del mártir de la cicuta, cuando se le veía

discutir con chistes y cuentecillos entre la plebe menos ilustrada, o

dar consejos _de arte amandi_ a la bella cortesana Teodota.

Esta singular conducta, cuando sus altos fines no eran bien conocidos,

se prestaba indudablemente al ridículo; y por eso Sócrates, que

despreciaba las vulgares preocupaciones que acerca de él existían,

fue el blanco, como dice Séneca, de las envenenadas burlas de los

cómicos. Porque no fue solo Aristófanes quien le escarneció en el

teatro; Éupolis y Amipsias le llamaron vanidoso, mendigo y ladrón, y es

de creer que también otros, dada la declarada guerra que entre poetas

cómicos y filósofos y trágicos existía.

No pretendemos con esto, justificar a Aristófanes, sino hacer constar

que, al componer _Las Nubes_, aparte de lo indisculpable de la sátira

personal y calumniosa, procedió de buena fe, aunque con criminal

ligereza, por haber confundido a Sócrates con la turba de sofistas cuya

peligrosa enseñanza quería desterrar.

De todos modos, sus insultos no hallaron eco, por esta vez, en el

público de Atenas, que, acostumbrado a la extremada licencia de los

cómicos, tomaba a risa sus ultrajes y calumnias, o los consideraba

como grandes exageraciones. Pues solo así se comprende que aplaudiese

a un mismo tiempo los ataques de Aristófanes a Eurípides y su sistema

dramático, y las tragedias del inspirado poeta. Sócrates, según

irrecusables testimonios, continuó después de representadas _Las Nubes_

siendo querido y respetado, y no pareció guardar resentimiento alguno

contra su calumniador. Platón y Jenofonte, sus más afectos discípulos,

tampoco tienen para él ni una palabra de censura: al contrario, el

primero compuso en su honor un lisonjero dístico y le presentó en

el _Banquete_, conversando amigablemente con el maestro sobre las

interesantes teorías del arte, la belleza y el amor.

En vista de estos elocuentes hechos y de haber trascurrido nada menos

que veinticuatro años entre la primera representación de _Las Nubes_ y

la muerte de Sócrates, ha caído ya en descrédito la opinión de que la

comedia aristofánica fue la causa principal de la injusta condena del

filósofo. Verdad es que sus enemigos presentaron contra él las mismas

acusaciones que en _Las Nubes_ se le hacen; pero también es cierto

que no pasaron de ser pretextos especiosos acogidos por un tribunal

decidido a condenar a muerte al que había osado censurar la tiranía de

los Treinta, y los atropellos de Nicias[443].

Quitado de _Las Nubes_ el nombre de Sócrates, queda esta comedia como

una de las más perfectas de Aristófanes. Muy lisonjeros juicios se han

formulado sobre ella; pero como entre los más acertados figura el que

mi particular amigo D. Fermín Herrán tuvo la bondad de poner al frente

de mi versión en el año 1875, lo inserto a continuación, aprovechando

esta oportunidad de agradecerle los amables o inmerecidos elogios de

que entonces me colmó.

«El argumento de _Las Nubes_ es sencillísimo; parécese en esto

a algunos de nuestros autos sacramentales en que la acción se

desenvuelve sin tropiezo, sin incidentes que la compliquen,

ni episodios que la armonicen; ligera, sencilla y fácilmente

comprensible.

»Estrepsiades, personaje que Aristófanes nos presenta como la

personificación del fraude, tipo que excita la repugnancia, sin

dejar de interesar por eso, es un hombre que agobiado de deudas y

no teniendo con qué pagarlas, discurre los medios de burlar a sus

acreedores dejando a salvo su responsabilidad, única cosa que le

atemoriza, no por la nota que sobre él podrá echar, sino por la

materialidad del pago a que se vería obligado. Y en vez de recurrir a

la economía, disminuyendo sus gastos, deshaciéndose de lo superfluo,

o arbitrando recursos de cualquiera manera, cree haber resuelto la

cuestión enviando a su hijo Fidípides a la escuela de Sócrates, donde

debía aprender a convencer con su elocuencia a los más reacios de sus

acreedores, logrando de este modo, y en caso de ser citado a juicio,

ganar el pleito obteniendo sentencia favorable, para lo cual había de

llevar prevenidos dos discursos, uno justo y otro injusto. Pero, en

un principio, su hijo Fidípides, que está muy lejos de ser un modelo

de respeto y cariño filial, se niega a ir a la escuela, pretextando

la antipatía que siente por aquellos sabios, viéndose Estrepsiades

obligado a presentarse él mismo en la escuela, donde es admitido,

empezando a recibir las lecciones de Sócrates, que renuncia a sacar

partido de un discípulo tan estúpido y desmemoriado que solo recuerda

de lo que le enseñan aquello que tiene relación con la manía que le

ocupa. Viendo que por sí mismo nada consigue, logra, si no convencer,

persuadir a su hijo a entrar en la escuela, de donde sale con los

conocimientos que deseaba, los cuales emplea, no en salvar a su

padre de los rigores de una sentencia inminente, sino en cohonestar

con argucias o sofismas su conducta depravada; lo que obliga a

Estrepsiades a renegar del talento de su hijo y maldecir la hora en

que abrigó la idea de que lo adquiriese. Ansiando tomar venganza

de los autores de su mal, quema la casa de Sócrates, y termina la

comedia.

»Como se ve, la acción marcha por sí sola, sin que nada la detenga

ni precipite; y la moral, aunque un poco tergiversada, es clara y

provechosa, y pudiera condensarse en estas palabras: “del mal no

puede venir el bien”.

»Por el argumento no podría llamarse a Aristófanes notable dramático,

toda vez que el ingenio más mediano es capaz de concebir un asunto

tan sencillo; pero hay circunstancias que le avaloran y engrandecen,

poniendo a su autor en elevado lugar.

»El diálogo, siempre vivo y animado, se hace notable e interesa por

la oportunidad de las réplicas y agudeza de las observaciones. La

sátira punzante que encierra, las transparentes alusiones que pone

en boca de sus personajes le recomiendan y enaltecen, y los chistes

en que abunda hacen la acción amena e interesante, en sumo grado: la

intervención del coro podría hacerla pesada y algo monótona, pero

es necesaria, toda vez que el comentario puesto en su boca hace las

veces de moraleja, ilustración del texto y explicaciones de los

pasajes, además de que, dadas las costumbres de entonces en aquel

país, no podía prescindirse de él.

»Cuanto de ridículo tienen algunos personajes de la comedia está

sacado a luz con tanta gracia, con tal oportunidad, que a pesar

de reconocer muchas veces la injusticia y encono de los tiros, se

aplaude la puntería en gracia del chiste.

»En los episodios, en ciertas escenas, en determinadas situaciones,

luce esplendorosa la habilidad del autor de _Las Nubes_. El diálogo

entre lo _Justo_ y lo _Injusto_ es admirable y verdadera obra maestra

de ática ironía. El poner en boca del hijo, niño mimado e insolente,

los sofismas que para defender lo contrario, o al menos lo distinto,

ha expuesto el padre, bonachón y débil, es de éxito grande y efecto

oportuno, como lo es la famosa escena entre el viejo y el filósofo,

cuya irónica gracia, cuya petulancia e intención son muy superiores a

todo encarecimiento.

»Sintetizando: argumento sencillo, lenguaje selecto, diálogos

chispeantes y animados, caracteres bien dibujados y correctos,

episodios divertidos o interesantes.»

La representación de _Las Nubes_ tuvo lugar, según la opinión más

probable, el año primero de la Olimpiada ochenta y nueve, o sea el 424

a. J. C. El mismo Aristófanes lo indica al lamentarse de su mal éxito

en la parábasis de _Las Avispas_, representadas el 423, y al hablar en

aquella comedia de Cleón, como si viviese todavía, siendo así que el

célebre demagogo murió en el año décimo de la guerra del Peloponeso,

que corresponde al segundo de la Olimpiada ochenta y nueve.

PERSONAJES.

ESTREPSIADES.

FIDÍPIDES.

UN ESCLAVO DE ESTREPSIADES.

DISCÍPULOS DE SÓCRATES.

SÓCRATES.

CORO DE NUBES.

EL RAZONAMIENTO JUSTO.

EL RAZONAMIENTO INJUSTO.

PASIAS, _acreedor_.

UN TESTIGO DE PASIAS.

AMINIAS, _acreedor_.

QUEREFONTE.

LAS NUBES.

_La escena representa el dormitorio de Estrepsiades. Este aparece en su

lecho, y próximos a él duermen su hijo, y los esclavos._

ESTREPSIADES.

¡Oh Júpiter supremo! ¿Es acaso interminable la duración de las noches?

¿Nunca se hará de día? Mucho tiempo ha que he oído el canto del gallo,

y sin embargo, los esclavos aún están roncando: antes no sucedía

esto. Maldita sea la guerra, que me impide hasta el castigar a mis

esclavos[444]. Este buen mozo no despierta en toda la noche, y duerme

profundamente[445], envuelto en las cinco mantas de su lecho. Pero

probemos a imitarle...

¡Pobre de mí! no puedo conciliar el sueño. ¿Cómo he de dormir, si me

atormentan los gastos, la caballeriza y las deudas que he contraído

por causa de este hijo? Él cuida su cabellera, cabalga, guía un carro y

sueña con caballos; y yo me siento morir cuando llega el día veinte del

mes, porque se acerca el momento de pagar los intereses...[446].

Muchacho, enciende la lámpara y tráeme el libro de cuentas, para

que examine los gastos, y averiguando a quiénes debo, calcule los

intereses... Ea, veamos, ¿cuánto debo? «Doce minas a Pasias[447]»: ¿Y

por qué doce minas a Pasias? ¿En qué las he gastado? Cuando compré el

Coppatia[448]. ¡Desdichado de mí! ¡Ojalá me hubiesen vaciado antes un

ojo de una pedrada![449].

FIDÍPIDES (_soñando_).

Filón, guías mal: tu carro debe seguir a este.

ESTREPSIADES.

He aquí el mal que me mata: hasta durmiendo sueña con caballos.

FIDÍPIDES (_soñando_).

¿Cuántas carreras es necesario dar en el certamen?

ESTREPSIADES.

A tu padre sí que le haces dar carreras... ¿Pero qué deuda

contraje[450] después de la de Pasias? Veamos: «tres minas a

Aminias[451] por el carro y las ruedas.»

FIDÍPIDES (_soñando_).

Lleva el caballo a la cuadra y revuélcalo antes en la arena.

ESTREPSIADES.

¡Infeliz! Tú si que das vuelco a mi fortuna; unos me tienen ya citado

a los tribunales, otros me piden que les garantice el pago de los

intereses[452].

FIDÍPIDES (_despertando_).

Pero, padre, ¿qué te angustia que no haces más que dar vueltas toda la

noche?

ESTREPSIADES.

Me muerde cierto demarco[453] de las camas.

FIDÍPIDES.

Por favor, querido, déjame dormir un poco.

ESTREPSIADES.

Duerme en hora buena, pero sabe que todas estas deudas caerán sobre

tu cabeza... ¡Oh! ¡Así perezca miserablemente aquella casamentera que

me impulsó a contraer matrimonio con tu madre! Porque yo tenía una

vida dulcísima, sencilla, grosera, descuidada y abundante en panales,

ovejas y aceite. Después, aunque era hombre del campo, me casé con

la nieta de Megacles hijo de Megacles, ciudadana soberbia, amiga de

los placeres, con las mismas costumbres que Cesira[454]. Después del

matrimonio, cuando nos acostábamos, yo no olía más que a mosto, higos

y lana de mis ovejas; ella por el contrario, apestaba a pomadas y

esencias, y solo deseaba besos amorosos, lujo, comilonas y los placeres

de Venus[455]. No diré que fuese holgazana, sino que tejía; y muchas

veces, enseñándola esta capa, le decía con tal pretexto: «Esposa mía,

_aprietas_[456] demasiado los hilos.»

UN ESCLAVO.

No tiene aceite la lámpara.

ESTREPSIADES.

¡Ay de mí! ¿Por qué has encendido una lámpara tan bebedora? Acércate

para que te haga llorar.

EL ESCLAVO.

Y ¿por qué he de llorar?

ESTREPSIADES.

Por haber puesto una mecha muy gorda... Después, cuando nos nació este

hijo, disputamos mi buena mujer y yo acerca del nombre que habríamos

de ponerle. Ella le posponía a todos los nombres el de caballo,

queriendo que se llamase Jantipo, Caripo o Calípides[457]. Yo le

llamaba Fidónides[458], como su abuelo. Tras largo debate, adoptamos,

por fin, un término medio y le llamamos Fidípides[459]. Su madre,

tomándole en brazos, solía decirle entre caricias: «¡Cuándo te veré,

hecho un hombre, venir a la ciudad, ricamente vestido y dirigiendo tu

carro, como tu abuelo Megacles...!» Y yo le decía: «¡Cuándo te veré,

vestido de pieles, traer las cabras del Feleo[460] como tu padre...!»

Pero nunca hizo caso de mis palabras. Y su afición a los caballos[461]

me ha perdido. Después de haber meditado toda la noche, he encontrado

un maravilloso expediente, que me salvará si consigo persuadir a

mi hijo. Mas, antes de todo, quiero despertarle. ¿Cómo haré para

despertarlo dulcemente? ¿Cómo? ¡Fidípides, querido Fidípides![462].

FIDÍPIDES.

¿Qué, padre mío?

ESTREPSIADES.

Bésame y dame tu mano derecha.

FIDÍPIDES.

Hela aquí. ¿Qué ocurre?

ESTREPSIADES.

Di: ¿me amas?

FIDÍPIDES.

Sí, por Neptuno ecuestre.

ESTREPSIADES.

Por favor, no me recuerdes nunca a ese domador de caballos; es la causa

de todos mis males. Si me amas de todo corazón, hijo mío, compláceme.

FIDÍPIDES.

¿Y en qué quieres que te complazca?

ESTREPSIADES.

Cambia pronto de costumbres, y ve a aprender donde yo te mande.

FIDÍPIDES.

Explícate ya: ¿qué quieres?

ESTREPSIADES.

¿Y me obedecerás?

FIDÍPIDES.

Te obedeceré, por Baco.

ESTREPSIADES.

Mira a este lado. ¿Ves esa puertecita y esa casita?

FIDÍPIDES.

Las veo. ¿Pero qué quiere decir esto?

ESTREPSIADES.

Esa es la escuela[463] de las almas sabias. Ahí habitan hombres que

hacen creer con sus discursos que el cielo es un horno que nos rodea,

y que nosotros somos los carbones[464]. Los mismos enseñan, si se les

paga, de qué manera pueden ganarse las buenas y las malas causas.

FIDÍPIDES.

Y ¿quiénes son esos hombres?

ESTREPSIADES.

No sé bien cómo se llaman. Son personas buenas dedicadas a la

meditación.

FIDÍPIDES.

¡Ah, los conozco, miserables! ¿Hablas de aquellos charlatanes pálidos

y descalzos, entre los cuales se encuentran el perdido Sócrates y

Querefonte?[465]

ESTREPSIADES.

¡Eh! calla: no digas necedades. Antes bien, si te conmueven las

aflicciones de tu padre, sé uno de ellos y abandona la equitación.

FIDÍPIDES.

No lo haré, por Baco, aunque me dieses todos los faisanes que cría

Leógoras[466].

ESTREPSIADES.

¡Oh!, por favor, queridísimo hijo, ve a la escuela.

FIDÍPIDES.

Y ¿qué aprenderé?

ESTREPSIADES.

Dicen que enseñan dos clases de discursos: uno justo, cualquiera que

sea, y otro injusto[467]; con el segundo de estos afirman que pueden

ganar hasta las causas más inicuas. Por tanto, si aprendes el discurso

injusto, no pagaré ni un óbolo[468] de las deudas que tengo por tu

causa.

FIDÍPIDES.

No puedo complacerte. Me sería imposible mirar a un jinete si tuviese

el color de la cara tan perdido.

ESTREPSIADES.

Por Ceres, no comeréis ya a mis expensas ni tú, ni tu caballo de

tiro, ni tu caballo de silla[469], sino que te echaré de casa

enhoramala[470].

FIDÍPIDES.

Mi tío Megacles no me dejará sin caballos. Me voy, y no hago caso de

tus amenazas.

* * * * *

(_Aquí debe haber mutación de escena, puesto que Estrepsiades va a

llamar en la puerta de Sócrates._)

ESTREPSIADES.

Sin embargo, aunque he caído, no he de permanecer en tierra[471], sino

que invocando a los dioses iré a esa escuela y recibiré yo mismo las

lecciones. Pero ¿cómo, siendo viejo, olvidadizo y torpe, podré aprender

discursos llenos de exquisitas sutilezas? Marchemos. ¿Por qué me

detengo y no llamo a la puerta? ¡Esclavo! ¡Esclavo!

UN DISCÍPULO.

¡Vaya al infierno! ¿Quién golpea la puerta?

ESTREPSIADES.

Estrepsiades, hijo de Fidón, del cantón de Cicinno[472].

EL DISCÍPULO.

¡Por Júpiter! Campesino habías de ser para golpear tan brutalmente la

puerta y hacerme abortar[473] un pensamiento que había concebido.

ESTREPSIADES.

Perdóname, porque habito lejos de aquí, en el campo; pero dime: ¿cuál

es el pensamiento que te he hecho abortar?

EL DISCÍPULO.

No me es permitido decirlo más que a los discípulos.

ESTREPSIADES.

Dímelo sin temor, porque vengo a la escuela como discípulo.

EL DISCÍPULO.

Lo diré: pero ten en cuenta que esto debe de ser un misterio.

Preguntaba ha poco Querefonte a Sócrates cuántas veces saltaba lo largo

de sus patas una pulga que había picado a Querefonte en una ceja y se

había lanzado luego a la cabeza de Sócrates[474].

ESTREPSIADES.

Y ¿cómo ha podido?...

EL DISCÍPULO.

Muy ingeniosamente. Derritió un poco de cera, y cogiendo la pulga

sumergió en ella sus patitas. Cuando se enfrió la cera, quedó la pulga

con una especie de borceguíes pérsicos[475]. Se los descalzó Sócrates y

midió con ellos la distancia recorrida por el salto.

ESTREPSIADES.

¡Supremo Júpiter, qué inteligencia tan sutil!

EL DISCÍPULO.

¿Pues qué dirás si te cuento otra invención de Sócrates?

ESTREPSIADES.

¿Cuál? Dímela, te lo ruego.

EL DISCÍPULO.

El mismo Querefonte Esfetiense le preguntó si creía que los mosquitos

zumbaban con la trompa o con el trasero.

ESTREPSIADES.

¿Y qué dijo de los mosquitos?

EL DISCÍPULO.

Dijo que el intestino del mosquito es muy angosto, y que a causa de

su estrechez el aire pasa con gran violencia hasta el trasero, y como

el orificio de este comunica con el intestino, el trasero produce el

zumbido por la violencia del aire.

ESTREPSIADES.

Comedias, tomo 1 de 3 · 第 9 / 16 段