Haces lo que los pescadores de anguilas. Si el lago está tranquilo, no

cogen nada; pero cuando revuelven el cieno arriba y abajo, hallan buena

pesca. Tú también pescas cuando revuelves la ciudad[367]. Pero dime una

sola cosa: tú que vendes tantos cueros, y te jactas de amar tanto al

pueblo, ¿le has dado nunca una suela para sus zapatos?

PUEBLO.

¡No, por Apolo!

EL CHORICERO.

Y bien, ¿vas conociendo a ese hombre? Yo te he comprado este par de

zapatos y te los doy para que los gastes.

PUEBLO.

Ningún hombre, que yo sepa, ha sido mejor que tú para el pueblo; ni más

celoso por el bien de la república y de los dedos de mis pies.

CLEÓN.

¿No es doloroso que des tanta importancia a un par de zapatos y

te olvides de todo lo que he hecho en tu favor? Yo corregí a los

lujuriosos, borrando a Grito[368] de la lista de los ciudadanos.

EL CHORICERO.

¿No es doloroso también que te metas a investigaciones de cierto

género[369], y a corregir los lujuriosos? Aunque solo lo hiciste por

miedo de que se convirtiesen en oradores[370]. En tanto, ves a este

pobre anciano sin túnica, en el rigor del invierno, y no has sido capaz

de darle una con dos mangas[371], como esta que yo le regalo.

PUEBLO.

He aquí una idea que nunca se le ocurrió a Temístocles. No cabe duda

de que las fortificaciones del Pireo son una gran cosa, pero a mí me

parece mejor la ocurrencia de darme esta túnica.

CLEÓN.

¡Ay de mí! ¡Con qué zalamerías me suplantas!

EL CHORICERO.

Nada de eso: hago lo que los convidados cuando se ven apretados por una

necesidad; así como ellos cogen los zapatos ajenos[372], yo me valgo de

tus añagazas.

CLEÓN.

Pues a zalamero no me has de ganar. Voy a cubrirle con este manto. Tú,

bribón, rabia ahora.

PUEBLO.

¡Puf! ¡Quita allá! Apestas a cuero.

EL CHORICERO.

Por eso te ha puesto el manto, con objeto de asfixiarte. También antes

lo intentó: ¿te acuerdas de aquella corteza de laserpicio[373] que

vendía tan barata?

PUEBLO.

Sí que me acuerdo.

EL CHORICERO.

Procuró que se vendiese tan barata para que la compraseis y comieseis,

y después en el tribunal os mataseis los jueces unos a otros con

vuestras ventosidades.

PUEBLO.

¡Por Neptuno!, un _fematero_[374] me dijo lo mismo.

EL CHORICERO.

¿Y no os poníais rojos de tanto mal olor?

PUEBLO.

Fue en verdad una idea digna de Pirrandro[375].

CLEÓN.

¡Canalla! ¡Con qué chocarrerías intentas perderme!

EL CHORICERO.

La diosa me mandó que te sobrepujase en palabrería.

CLEÓN.

Pues no me vencerás. Yo prometo, oh Pueblo, darte un buen plato: tu

salario de juez sin trabajar nada.

EL CHORICERO.

Y yo te doy esta cajita con ungüento para que te cures las úlceras de

las piernas.

CLEÓN.

Yo te rejuveneceré, quitándote los cabellos blancos.

EL CHORICERO.

Toma esta cola de liebre para que te enjugues los ojillos.

CLEÓN.

Cuando te suenes, Pueblo mío, límpiate los dedos en mi cabeza.

EL CHORICERO.

En la mía.

CLEÓN.

En la mía. Haré que te nombren trierarca[376] para que te veas obligado

a equipar una nave a tu costa; ya procuraré darte la más vieja, y de

ese modo no tendrán fin tus gastos y reparaciones. Las velas han de ser

podridas.

EL CORO.

El hombre entra en ebullición[377]; basta, basta. Mira que hierve

demasiado; quita un poco de fuego para disminuir sus espumarajos de

rabia.

CLEÓN.

Ya me las pagarás todas juntas; voy a hundirte a contribuciones, y a

hacer que te inscriban en el padrón de los ricos.

EL CHORICERO.

Yo no gastaré el tiempo en amenazas; solo esto te deseo: que cuando

la sartén llena de calamares esté chirriando en el fuego, y tú

disponiéndote a hablar por los Milesios para ganar un talento si

consigues que su proposición sea aprobada, al tratar de engullirte

a toda prisa la fritada, antes de acudir a la asamblea, se presente

cualquiera importuno, y tú por no perder el talento, te ahogues al

tragar el almuerzo.

CORO.

¡Muy bien, por Júpiter, Ceres y Apolo!

PUEBLO.

A mí también me parece fuera de duda que es un buen ciudadano, y de

esos que en estos tiempos no se venden por un óbolo. Tú, Paflagonio,

que tanto alardeas de quererme, me has irritado, y por tanto devuélveme

mi anillo[378], pues desde este instante dejas de ser mi tesorero.

CLEÓN.

Tómalo. Sin embargo, bueno es que sepas que si no me dejas gobernar la

república, mi sucesor será peor que yo.

PUEBLO.

No es posible que este sea mi anillo; me parece, si no me engaña la

vista, que el sello es diferente.

EL CHORICERO.

Veamos, ¿cuál era tu sello?

PUEBLO.

Una hoja de higuera untada de grasa[379].

EL CHORICERO.

No es ese.

PUEBLO.

¿No es la hoja de higuera? Pues ¿qué tiene?

EL CHORICERO.

Un cuervo marino[380], con el pico abierto, arengando desde una

piedra[381].

PUEBLO.

¡Desdichado de mí!

EL CHORICERO.

¿Qué te pasa?

PUEBLO.

Tíralo lejos; no es el mío, es el de Cleónimo[382]. Toma este y sé mi

tesorero.

CLEÓN.

A lo menos, dueño mío, escucha antes mis oráculos.

EL CHORICERO.

Y los míos.

CLEÓN.

Si le crees, tendrás que prestarte a sus rapiñas.

EL CHORICERO.

Si le crees, tendrás que prestarte a sus infamias[383].

CLEÓN.

Mis oráculos dicen que reinarás en todo el mundo coronado de rosas.

EL CHORICERO.

Los míos, que vestido de una túnica de púrpura bordada a aguja, y

ceñida la frente con una corona, perseguirás en un carro de oro a

Esmicites[384] y a su marido.

PUEBLO.

Ve y trae los oráculos para que este los oiga.

EL CHORICERO.

Con gusto.

PUEBLO.

Trae tú también los tuyos.

CLEÓN.

Voy.

EL CHORICERO.

Vamos, pues: nada nos lo impide.

CORO.

Felicísimo será este día para los presentes y los que han de

llegar[385] si en él acaece la pérdida de Cleón; aunque he oído en el

bazar de los pleitos sostener a ciertos viejos tardones que si este

hombre no hubiera alcanzado tanto poder, nos faltarían en la república

dos utilísimos enseres: el mortero y la espumadera[386].

Admiro también su grosera educación; los muchachos que con él asistían

a la escuela, dicen que nunca pudo templar su lira más que al modo

dórico, sin querer aprender ningún otro; por lo cual irritado el

maestro de música le despidió, diciendo: «ese mozuelo es incapaz de

aprender otros tonos que aquellos cuyo nombre signifique regalar»[387].

* * * * *

CLEÓN.

Aquí tienes, mira; aún no los traigo todos.

EL CHORICERO.

¡Ah, no puedo resistir más![388] y aún no los traigo todos.

PUEBLO.

¿Qué es eso?

CLEÓN.

Oráculos.

PUEBLO.

¿Todos?

CLEÓN.

¿Te admiras? Pues aún tengo un arca llena.

EL CHORICERO.

Y yo el desván de mi casa y otros dos contiguos.

PUEBLO.

Veamos, ¿de quién son esos oráculos?

CLEÓN.

Los míos de Bacis.

PUEBLO.

¿Y los tuyos?

EL CHORICERO.

De Glanis[389], hermano mayor de Bacis.

PUEBLO.

¿De qué hablan?

CLEÓN.

De Atenas, de Pilos, de ti, de mí, de todas las cosas.

PUEBLO.

Y los tuyos, ¿de qué?

EL CHORICERO.

De Atenas, de lentejas, de Lacedemonia, de alachas frescas, de los

que venden en la plaza mal el grano, de ti, de mí. ¡Chúpate esa,

Paflagonio![390].

PUEBLO.

Leédmelos, leédmelos, y sobre todo aquel que tanto me agrada porque

vaticina que seré un águila cerniéndome en las nubes.

CLEÓN.

Escucha, y fíjate bien: «Medita, hijo de Erecteo, sobre el sentido de

este oráculo, que Apolo pronunció desde su santuario impenetrable, por

medio de los trípodes venerandos. Te manda guardar al sagrado can de

agudísimos dientes, que ladrando y desgañitándose por ti, defiende tu

salario; si así no lo hicieres, morirá. Mil grajos envidiosos graznan

contra él.»

PUEBLO.

Por Ceres, no he entendido una palabra de toda esa jerigonza. ¿Qué

tiene que ver Erecteo con los perros y los grajos?

CLEÓN.

Yo soy aquel perro que ladro por ti, y Apolo te dice que me guardes.

EL CHORICERO.

No dice semejante cosa; pero ese perro roe los oráculos lo mismo que tu

puerta: yo tengo uno que canta claro respecto a ese sagrado can.

PUEBLO.

Dilo: antes voy a coger una piedra, no se le antoje morderme a ese

oráculo que habla del perro.

EL CHORICERO.

«Desconfía, hijo de Erecteo, del Cancerbero traficante en hombres, que

mueve la cola y te mira cuando cenas, dispuesto a arrebatarte la comida

si vuelves la cabeza para bostezar. A la noche penetrará cautelosamente

en la cocina, y con perruna voracidad te lamerá los platos y las ollas.»

PUEBLO.

Oh Glanis, tus oráculos son mucho mejores.

CLEÓN.

Escucha, amigo mío, y juzga después: «Hay una mujer que parirá en la

sagrada Atenas un león, que, como si defendiese sus cachorros, peleará

por el pueblo, contra una multitud de mosquitos; guárdalo y construye

murallas de madera y ferradas torres.»

¿Comprendes lo que esto significa?

PUEBLO.

Ni una sola palabra.

CLEÓN.

El dios te ordena bien claro que me conserves; yo soy para ti lo que el

león.

PUEBLO.

¿Cómo te has convertido en león sin yo saberlo?

EL CHORICERO.

Te oculta de intento una parte esencial del vaticinio: el fatídico

Loxias[391] ordena en efecto que lo guardes, pero ha de ser encerrado

en los muros de madera y ferradas torres.

PUEBLO.

¡Cómo! ¿El dios dice eso?

EL CHORICERO.

Te manda sujetarlo en un cepo de cinco agujeros.

PUEBLO.

Me parece que el oráculo se empieza a cumplir.

CLEÓN.

No lo creas; es el graznido de las envidiosas cornejas. Ama siempre al

azor; no olvides que te ha traído los cuervos de Lacedemonia[392].

EL CHORICERO.

Ese peligro lo afrontó el Paflagonio en un momento de embriaguez: ¿y lo

tendrás por una hazaña insigne, atolondrado Cecrópida?[393] Una mujer

llevará fácilmente un fardo si le ayuda a cargársele un hombre; pero no

combatirá en la guerra, porque si combate, apestará[394].

CLEÓN.

Pero fíjate bien en lo que dice de Pilos; escucha: «Pilos está delante

de Pilos...»

PUEBLO.

¿Qué significa lo de «delante de Pilos»?

EL CHORICERO.

Da a entender que ocupará todas las _pilas_ de los baños[395].

PUEBLO.

De modo que hoy no podré lavarme, puesto que nos roba todas las pilas.

EL CHORICERO.

Este oráculo mío dice de la escuadra una cosa en la que te conviene

fijar mucho la atención.

PUEBLO.

Ya atiendo; lee, pero antes dime cómo me he de arreglar para pagar el

sueldo a los marineros.

EL CHORICERO.

«Hijo de Egeo, cuidado no te engañe el perro-zorro[396]; mira que

muerde a traición, y es falaz, astuto y malicioso.»

¿Sabes quién es este?

PUEBLO.

Filóstrato es el perro-zorro[397].

EL CHORICERO.

No es eso; Cleón te pide naves ligeras, para cobrar los tributos

insulares; Apolo te prohíbe dárselas.

PUEBLO.

¿Pero en qué se parece una trirreme al perro-zorro?

EL CHORICERO.

¿En qué se parece? La trirreme y el perro son muy veloces.

PUEBLO.

Y ¿por qué al perro se añade el zorro?

EL CHORICERO.

Porque el zorro se asemeja a los soldados en que roba las uvas de las

viñas.

PUEBLO.

Sea; mas ¿dónde está el sueldo para esos raposillos?[398].

EL CHORICERO.

Yo lo proporcionaré en el término de tres días. Escucha también este

oráculo en que el hijo de Latona te manda evitar a Cilene y sus engaños.

PUEBLO.

¿Qué Cilene?

EL CHORICERO.

Da a entender la mano de Cleón, porque está diciendo siempre «Echa en

Cile»[399].

CLEÓN.

Te equivocas. Febo al hablar de Cilene[400] se refiere a la mano de

Diópito[401]. Pero aún tengo un oráculo alado, que se refiere a ti.

«Serás un águila y reinarás en toda la tierra.»

EL CHORICERO.

Yo tengo otro: «Administrarás justicia en la tierra, en el mar Eritreo

y en Ecbatana, y comerás manjares deliciosos»[402].

CLEÓN.

Yo he tenido un sueño, y en él me ha parecido ver a la misma diosa

derramando sobre el pueblo la salud y la riqueza.

EL CHORICERO.

Y yo también, por Júpiter, y en él me ha parecido ver a la misma diosa

bajar de la ciudadela con una lechuza[403] sobre sus cabellos, y

derramar de un ancho vaso sobre tu cabeza, ¡oh Pueblo!, la ambrosía, y

sobre la de ese[404], salmuera con ajos.

PUEBLO.

¡Oh! ¡Oh! Nadie aventaja a Glanis en sabiduría. Me encomiendo a ti para

que seas el báculo de mi vejez, y me eduques como a un niño[405].

CLEÓN.

Aún no; por favor, espera un instante; yo te daré todos los días trigo

y alimentos.

PUEBLO.

No quiero oír hablar de granos; tú y Teófano[406] me habéis engañado ya

muchas veces.

EL CHORICERO.

Yo te daré la harina preparada.

CLEÓN.

Yo tortitas muy bien cocidas y peces asados; no tendrás más que

comerlos.

PUEBLO.

Apresuraos a cumplir lo que prometéis. Entregaré las riendas del Pnix

al que me trate mejor.

CLEÓN.

Yo seré el primero.

EL CHORICERO.

¡Ca! El primero seré yo.

(_Vanse corriendo._)

* * * * *

CORO.

¡Oh Pueblo! tu poder es muy grande; todos los hombres te temen

como a un tirano; pero eres inconstante y te agrada ser adulado y

engañado[407]: en cuanto habla un orador te quedas con la boca abierta,

y pierdes hasta el sentido común.

PUEBLO.

No habrá un átomo de sentido común bajo vuestros cabellos si creéis

que obro sin juicio: me hago el loco porque me conviene. A mí me gusta

estar bebiendo todo el día, alimentar a un dueño ladrón, y matarlo

cuando está bien gordo.

CORO.

Discretamente obras, si según aseguras haces las cosas con esa

intención; si los engordas en el Pnix como públicas víctimas, y luego,

cuando hay falta de provisiones, eliges el más gordo, lo matas y te lo

comes.

PUEBLO.

Considerad, pues, si veré claros los manejos de esos que se tienen por

muy listos y creen engañarme. Yo los observo cuando roban, y finjo

no ver nada, después les obligo a vomitar todo cuanto me han robado,

echando por su garganta a guisa de anzuelo una acusación pública.

* * * * *

CLEÓN.

¡Afuera, en hora mala!

EL CHORICERO.

¡Vete tú, so bribón!

CLEÓN.

¡Oh Pueblo! hace ya mucho tiempo que estoy aquí dispuesto a servirte.

EL CHORICERO.

Y yo hace diez veces más tiempo, y doce veces más tiempo, y mil veces

más tiempo, y mucho más tiempo, mucho más tiempo, mucho más tiempo.

PUEBLO.

Y yo hace treinta mil veces más tiempo que os espero, y os maldigo, y

muchísimo tiempo, muchísimo tiempo más.

EL CHORICERO.

¿Sabes lo que has de hacer?

PUEBLO.

Si no lo sé, tu me lo dirás.

EL CHORICERO.

Mándanos que disputemos quién te sirve mejor.

PUEBLO.

Que me place. Alejaos.

CLEÓN.

Ya estamos.

PUEBLO.

Corred.

EL CHORICERO.

No me adelantarás.

PUEBLO.

Gracias a estos dos adoradores, voy a ser hoy el más feliz de los

mortales, a no ser que me las eche de interesante.

CLEÓN.

¿Ves? Yo soy el primero que te traigo una silla.

EL CHORICERO.

Pero no una mesa; y yo la he traído muchísimo antes.

CLEÓN.

Mira; aquí tienes esta tortita hecha con aquella harina que traje de

Pilos.

EL CHORICERO.

Toma estos panecillos que la misma diosa ha socavado con su mano de

marfil[408].

PUEBLO.

¡Qué dedos tan largos tienes, Minerva veneranda!

CLEÓN.

Toma estos puches de guisantes, cuyo hermoso color y buen gusto abre el

apetito: los ha colado la misma Palas, mi protectora en Pilos.

EL CHORICERO.

¡Oh Pueblo! No hay duda que la diosa te protege; ahora extiende sobre

tu cabeza esta olla llena de salsa.

PUEBLO.

¿Crees tú que hubiera podido vivir tanto tiempo en esta ciudad si la

diosa no hubiese tenido realmente la olla extendida sobre nosotros?[409]

CLEÓN.

Este plato de peces te lo regala la diosa, terror de los ejércitos.

EL CHORICERO.

La hija del poderoso Júpiter te envía esta carne cocida en salsa, y

este plato de tripacallos e intestinos.

PUEBLO.

Bueno es que se acuerde del peplo[410] que la regalo.

CLEÓN.

La diosa temible por la Gorgona de su casco, te manda comer esta torta

prolongada, para que puedas alargar más fácilmente los remos.

EL CHORICERO.

Toma también esto.

PUEBLO.

¿Y qué haré de estos intestinos?

EL CHORICERO.

La diosa te los envía de intento, para componer las tripas de las

naves: no pierde de vista nuestra escuadra. Bebe también este vaso con

dos partes de vino y tres de agua.

PUEBLO.

¡Oh Júpiter! ¡Qué vino tan grato! ¡Qué buen gusto le dan las tres

partes de agua![411]

EL CHORICERO.

La misma Tritonia[412] ha hecho la mezcla.

CLEÓN.

Acepta este pedazo de torta untado con manteca.

EL CHORICERO.

Toma esta torta entera.

CLEÓN.

Pero tú no tienes liebre para darle, y yo sí.

EL CHORICERO.

¡Ay! Es verdad. ¿En donde encontraré liebre ahora? Ingenio mío,

discurre alguna estratagema.

CLEÓN.

¿Ves esta liebre, pobre hombre?

EL CHORICERO.

Nada se me importa. ¡Calla! Aquellos se dirigen a mí.

CLEÓN.

¿Quiénes son?

EL CHORICERO.

Unos embajadores con bolsas repletas de dinero.

CLEÓN.

¿Dónde? ¿dónde?

EL CHORICERO.

¿Qué se te importa? ¿No has de dejar en paz a los extranjeros? (_Al

volver la cabeza le quita la liebre y se la ofrece a_ PUEBLO.)

Pueblecillo mío, ¿ves la liebre que te traigo?

CLEÓN.

¡Ay, desdichado! Me la has robado a traición.

EL CHORICERO.

Por Neptuno, tú hiciste lo mismo en Pilos.

PUEBLO.

Dime, dime: ¿de qué estratagema te has valido para robársela?

EL CHORICERO.

La estratagema es de la diosa; el hurto mío.

CLEÓN.

Me ha costado mucho trabajo el cazarla.

EL CHORICERO.

Y a mí el asarla.

PUEBLO.

Vete; yo solo sé quién me la ha servido.

CLEÓN.

¡Infeliz de mí! ¡Me vence en desvergüenza!

EL CHORICERO.

¿Por qué no decides, oh Pueblo, quién de los dos ha servido mejor a ti

y a tu vientre?

PUEBLO.

¿De qué medio me valdré para demostrar a los espectadores la justicia

de mi elección?

EL CHORICERO.

Voy a decírtelo. Anda, registra en silencio mi cesta y la del

Paflagonio; mira lo que contienen, y después podrás juzgar con acierto.

PUEBLO.

Corriente, voy a examinar la tuya.

EL CHORICERO.

¿No ves, padrecito mío, que está vacía? Todo te lo traje.

PUEBLO.

Es una cesta verdaderamente popular.

EL CHORICERO.

Aproxímate a la del Paflagonio. ¿La ves?

PUEBLO.

¡Hola! ¡Qué repleta está! ¡Qué torta tan grande se ha guardado! ¡Y a mí

me dio un pedacillo!

EL CHORICERO.

Siempre ha hecho lo mismo; te daba un trocito de lo que cogía, y él se

guardaba la mejor parte.

PUEBLO.

¡Ah, infame! ¿así me robabas; así me engañabas? Y «yo te llené de

coronas y presentes»[413].

CLEÓN.

Yo robaba por el bien de la república.

PUEBLO.

Quítate al instante esa corona para que se la ciña a tu rival.

EL CHORICERO.

Quítatela pronto, bergante.

CLEÓN.

De ninguna manera: tengo un oráculo de Delfos que declara quién debe

ser mi vencedor.

EL CHORICERO.

Dice, y muy claro, que he de ser yo.

CLEÓN.

Examinaré antes si las palabras del dios pueden referirse a ti; dime en

primer lugar, ¿a qué escuela acudiste de niño?

EL CHORICERO.

Me educaron a puñetazos en las cocinas.

CLEÓN.

¿Qué dices? ¡Ah, este oráculo me mata!... Prosigamos... ¿Qué aprendiste

con el maestro de gimnasia?

EL CHORICERO.

A robar, a negar el robo y a mirar a los testigos cara a cara.

CLEÓN.

¡Oh Febo! ¡Oh Apolo, dios de Licia![414] ¿Qué vas a hacer de mí? Y de

adulto, ¿a qué te has dedicado?

EL CHORICERO.

A la venta de chorizos y al libertinaje.

CLEÓN.

¡Oh desdicha! Soy perdido; una tenue esperanza me sustenta. Dime esto

no más: ¿vendías los chorizos en el mercado o en las puertas?

EL CHORICERO.

En las puertas, donde se vende la pesca salada.

CLEÓN.

¡Infortunado! La predicción se ha cumplido[415]. Llevad adentro a

este infeliz. Adiós, corona mía. Bien a mi pesar te abandono: otro te

poseerá no más ladrón que yo, aunque más afortunado[416].

* * * * *

EL CHORICERO.

Tuya es la victoria, Júpiter, protector de la Grecia.

DEMÓSTENES.

Salud, ilustre vencedor; acuérdate de que yo te he hecho hombre. Bien

poco te pido en recompensa: nómbrame escribano de actuaciones, como lo

es ahora Fanos[417].

PUEBLO (_al Choricero_).

Dime cómo te llamas.

EL CHORICERO.

Agorácrito, porque me crié en el mercado en medio de los pleitos.

PUEBLO.

Póngome, pues, en manos de Agorácrito[418], y le entrego a ese

Paflagonio.

(_En este momento Cleón, que había permanecido en la escena, era

llevado adentro._)

AGORÁCRITO.

Y yo, Pueblo, te cuidaré con tal solicitud que tendrás que confesar que

nunca has visto un hombre más adicto a la república de los papanatas.

(_Vanse._)

* * * * *

CORO.

«¿Hay nada más hermoso que principiar y concluir nuestros cantos

celebrando al conductor de rápidos corceles»[419], en vez de herir

con ultrajes gratuitos a Lisístrato o a Teomantis[420] privado hasta

de hogar? Este, divino Apolo, derramando lágrimas arrancadas por el

hambre, se abraza suplicante a tu carcaj en Delfos para evitar el

rigor de la miseria.

Nadie critica que se censure a los malvados; todos los hombres

discretos lo consideran como un tributo a la virtud. Si la persona

cuyas infamias voy a delatar fuese muy conocida, no haría mención de

otro amigo. Nadie ignora quién es Arignoto[421], a menos de no saber

distinguir lo blanco de lo negro, ni el modo ortio de los demás. Pero

este tiene un hermano que no lo es ciertamente en las costumbres, el

infame Arífrades[422], perverso a sabiendas, y no solo perverso (si

así fuese nada diría), ni solo perversísimo, sino inventor de nefandas

torpezas...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

Quien no deteste con toda su alma a semejante hombre, no beberá jamás

en nuestra copa.

Muchas veces medito durante la noche sobre la causa de la voracidad de

Cleónimo. Dicen que devorando como un animal los bienes de los ricos,

no pueden apartarle de la cesta del pan, viéndose obligados a decirle:

«Vete, por piedad; déjanos algo en la mesa.»

Cuentan que el otro día se reunieron las naves para tratar de sus

asuntos, y que la más vieja de todas dijo: «¿Habéis oído, amigas mías,

lo que pasa en la ciudad? Un tal Hipérbolo[423], ciudadano perverso

e inútil como el vino picado, ha pedido cien de nosotras para una

expedición a Calcedonia»[424]. Dicen que esto pareció insoportable a

las trirremes, y que una de ellas, virgen todavía, exclamó: «Por todos

los dioses, antes consentirá Naufante, hija de Nausón, ser roída por

la carcoma y pudrirse de vieja en el puerto, que tener por dueño a un

hombre semejante. ¡Tan cierto como estoy hecha de tablas y de brea!

Si los atenienses aprueban esa proposición, no nos resta más recurso

que navegar con rumbo al templo de Teseo o al de las Euménides[425],

y detenernos allí. De este modo no le veremos insultar a la república

mandando la escuadra; váyase a los infiernos, botando al agua aquellos

cajones en que vendía lámparas.»

* * * * *

AGORÁCRITO.

Guardad el silencio sagrado, plegad los labios y absteneos de citar

testigos: ciérrense las puertas de los tribunales, delicias de la

república, y retumbe en todo el teatro un jubiloso peán[426] en

celebridad de las nuevas felicidades.

CORO.

¡Antorcha de la sagrada Atenas, salvador de nuestras islas! ¿Qué fausta

nueva nos anuncias? ¿Qué dicha es esa que llenará nuestras plazas con

el humo de los sacrificios?

AGORÁCRITO.

He regenerado a Pueblo[427], y lo he hermoseado.

CORO.

Y ahora, ¿dónde está?, ¡oh inventor de cambio tan prodigioso!

AGORÁCRITO.

Habita en la antigua Atenas, coronada de violetas.

CORO.

¿Cuándo le veremos? ¿Qué vestido tiene? ¿Cómo es ahora?

AGORÁCRITO.

Es lo que era antes, cuando tenía por comensales a Milciades y

Arístides. Vais a verle; pues ya resuenan las puertas de los

Propileos[428]. Regocijaos; saludad con ruidosas aclamaciones a la

admirable y celebrada Atenas; miradla qué bella parece, recobrado su

antiguo esplendor, y habitada por un pueblo ilustre[429].

CORO.

¡Oh hermosa y brillante ciudad coronada de violetas![430], muéstranos

al único señor de este país y de la Hélade.

AGORÁCRITO.

Vedle con las cabellos adornados de cigarras[431], con su espléndido

traje primitivo, oliendo a mirra y a paz, en vez de apestar a

mariscos[432].

CORO.

Salud, rey de los griegos; contigo nos congratulamos; sobre ti ha

derramado la Fortuna dones dignos de esta ciudad y de los trofeos de

Maratón.

PUEBLO.

¡Oh queridísimo amigo! Acércate, Agorácrito. ¡Cuánto bien me has hecho

transformándome!

AGORÁCRITO.

¿Yo? Pero, buen hombre, aún no sabes lo que eras antes y lo que hacías;

de otra suerte me creerías un dios.

PUEBLO.

¿Pues qué hice antes? Dime, ¿cómo era?

AGORÁCRITO.

Antes, si alguno decía en la asamblea: «Oh Pueblo, yo soy tu amigo, yo

te amo de veras, yo soy el único que velo por tus intereses», al punto

te levantabas del asiento y te pavoneabas arrogante.

PUEBLO.

¿Yo?

AGORÁCRITO.

Y después de engañarte se marchaba.

PUEBLO.

¿Qué dices? ¿Eso hicieron conmigo, y yo nada conocí?

AGORÁCRITO.

No es extraño: tus orejas se extendían unas veces, y otras se plegaban

como un quitasol.

PUEBLO.

¡Tan imbécil y chocho me puso la vejez!

AGORÁCRITO.

Además, si dos oradores trataban, uno de equipar las naves y el otro

de pagar a los jueces su salario, siempre se retiraba vencedor el que

habló del sueldo, y derrotado el que propuso armar la escuadra. --

¿Pero qué haces? ¿Por qué bajas la vista? ¿No puedes estarte quieto?

PUEBLO.

Me avergüenzo de mis faltas pasadas.

AGORÁCRITO.

Pero no te aflijas; no es tuya la culpa, sino de los que te engañaron.

Ahora contéstame: si algún abogado chocarrero te dice: «Jueces, no

tendréis pan si no condenáis a este acusado», ¿qué le harás?

PUEBLO.

Lo levantaré en alto y lo arrojaré al Báratro[433], colgándole del

cuello a Hipérbolo.

AGORÁCRITO.

Comedias, tomo 1 de 3 · 第 8 / 16 段