a los cocineros diciéndoles: «Mirad, muchachos, ¿no veis? Ya viene la
primavera, la golondrina.»[306] Ellos miraban, y mientras tanto yo les
atrapaba muy buenas tajadas.
CORO.
¡Astucia admirable! ¡Inteligencia precoz! Como los aficionados a comer
ortigas,[307] hacías tu cosecha antes de volver las golondrinas.
EL CHORICERO.
La mayor parte de las veces no me veían; pero si alguno lo notaba,
escondía la carne entre los muslos, y juraba por todos los dioses que
nada tenía. Por lo cual dijo un orador que me vio: «Es imposible que
ese muchacho no llegue a gobernar la república.»
CORO.
Acertó en su pronóstico. Claro está en qué se fundaba: en que negabas
descaradamente el hurto, mientras lo escondías entre las nalgas.
CLEÓN.
Yo reprimiré tu audacia, o más bien, la de los dos. Me arrojaré sobre
ti con ímpetu horrendo, y, a modo de violento torbellino, revolveré los
mares y la tierra.
EL CHORICERO.
Pero yo formaré con mis chorizos una balsa, y encomendándome sobre ella
a las olas propicias, te daré que sentir.
DEMÓSTENES.
Y yo vigilaré en la sentina, por si acaso se raja.
CLEÓN.
No, por Ceres lo juro; no has de disfrutar impunemente de los talentos
que has robado a Atenas.
CORO.
Cuidado, amaina un poco las velas; empieza a soplar un viento de
calumnias y delaciones.
EL CHORICERO.
Me consta que has sacado diez talentos de Potidea.[308]
CLEÓN.
¿Quién? ¡Yo! ¿Quieres uno por callar?
CORO.
Con gusto lo tomaría. Pero tú ya desamarras.
EL CHORICERO.
El viento cede.
CLEÓN.
Voy a hacer que te formen cuatro causas de cien talentos cada una.[309]
EL CHORICERO.
Y yo a ti veinte por deserción, y más de mil por robo.
CLEÓN.
Yo digo que desciendes de los profanadores de la Diosa.[310]
EL CHORICERO.
Y yo, que tu abuelo fue uno de los satélites...
CLEÓN.
¿De quién? Di.
EL CHORICERO.
De Birsina, esposa de Hipias.[311]
CLEÓN.
Eres un impostor.
EL CHORICERO.
Y tú un bandido.
CORO.
¡Dale duro!
CLEÓN.
¡Ay, ay! Los conspiradores me matan a palos.
CORO.
Dale, dale duro; azótale el vientre con manojos de intestinos;
castígale sin piedad.
¡Oh admirable corpulencia! ¡Oh esforzado corazón, salvador de la
república y de los ciudadanos! ¡Con qué hábil oratoria has sabido
vencerle! ¡Ojalá pudiéramos alabarte como deseamos!
CLEÓN.
No se me ocultaba, por Ceres, esta fábrica de intrigas: bien sabía yo
que aquí se encolaban todas.[312]
CORO.
¿Y tú no le dirás algún término de constructor de carretas?
EL CHORICERO.
Tampoco se me oculta lo que está fraguando en Argos. Finge que trata
de conciliarnos su alianza, y celebra en tanto conferencias secretas
con los lacedemonios. Sé para qué se atiza este fuego; para forjar las
cadenas de los cautivos.
CORO.
¡Bravo, bravo! forja tú mientras él encola.
EL CHORICERO.
Allí tienes hombres que te ayudan en la obra;[313] mas nunca, aunque
me des todo el oro y plata del mundo y me envíes a todos mis amigos
para que me calle, nunca conseguirás que yo oculte la verdad a los
atenienses.
CLEÓN.
Iré al punto al Senado y delataré a todos vuestra conjuración, vuestras
reuniones nocturnas contra la república, vuestra connivencia con el rey
persa, y ese negocio con los de Beocia que tratáis de que cuaje.
EL CHORICERO.
¿Pues qué precio tiene el queso de Beocia?[314]
CLEÓN.
¡Por Hércules, te voy a desollar vivo!
CORO.
Ea, demuéstranos ahora ingenio y valor; tú, que, como acabas de
confesarlo, escondías en otro tiempo la carne entre los muslos. Corre
al Senado sin perder un instante, pues ese va a calumniarnos a todos,
vociferando como acostumbra.
EL CHORICERO.
Voy allá; pero antes permitidme que deje aquí estas tripas y cuchillos.
CORO.
Lleva solo esa enjundia para untarte el cuello y poder escurrirte si la
calumnia te agarra.[315]
EL CHORICERO.
Buen consejo; así se acostumbra en la palestra.
CORO.
Toma, y cómete también esos ajos.[316]
EL CHORICERO.
¿Para qué?
CORO.
Para que al combatir harto de ajos, tengas más fuerza, amigo mío. Pero
anda pronto.
EL CHORICERO.
Ya voy.
CORO.
Procura morderle y derribarlo; arráncale la cresta, y no vuelvas sin
haberte comido su papada.[317] Parte alegre y triunfa como es mi deseo.
¡Que el Júpiter del mercado te guarde, y vuelvas vencedor y cubierto de
coronas!
* * * * *
(EL CHORICERO _sale_; EL CORO _queda solo por primera vez en la escena
y se vuelve a los espectadores para principiar la parábasis_.)
Pero vosotros, que estáis acostumbrados a todo género de poesías,
escachad nuestros anapestos.[318]
Si alguno de vuestros antiguos poetas cómicos nos hubiese pedido
que recitáramos sus versos en el teatro, le hubiera sido difícil
conseguirlo; pero el autor de esta comedia es digno de que lo hagamos
en su obsequio. Ya porque odia a los mismos que nosotros aborrecemos,
ya porque desafiando intrépido al huracán y las tempestades, no le
atemoriza el decir lo que es justo. Como muchos se le han acercado
admirándose de que desde hace tiempo no haya solicitado un coro, y
preguntádole la causa de ello, el poeta nos manda que os manifestemos
el motivo. No ha sido sin razón, dice, el haber tardado tanto, sino
por conocer que el arte de hacer comedias es el más difícil de todos,
hasta el punto de que, de los muchos que lo solicitan, pocos logran
dominarlo. Sabe además desde hace tiempo cuán inconstante es vuestro
carácter, y con qué facilidad abandonáis, apenas envejecen, a los
poetas antiguos. No ignora, en primer lugar, la suerte que cupo a
Magnes[319] cuando le empezaron a blanquear los cabellos. Aunque
había conseguido muchas victorias en los certámenes cómicos; aunque
recorrió todos los tonos y presentó en escena citaristas, aves, lidios
y cínifes; aunque se pintó el rostro del color de las ranas, no
pudo sostenerse, sino que en la edad madura y no en la juventud le
abandonasteis, porque con los años había perdido aquella gracia que os
hacía reír. También se acuerda de Cratino, que en sus buenos tiempos,
en el apogeo de su gloria, corría impetuosamente por los llanos, y
desarraigando plátanos y encinas los arrastraba con sus adversarios
vencidos; entonces no se podía cantar en los banquetes otra cosa que:
_Doro, la de las sandalias de higuera_,[320] y _Autores de himnos
elegantes_;[321] ¡tan floreciente estaba! Pero ahora cuando le veis
chochear no os compadecéis de él: desde que a su lira se le caen las
clavijas, se le saltan las cuerdas y se le pierden las armonías, el
pobre anciano vaga lo mismo que Connas,[322] ceñida la frente de
una seca corona y muerto de sed, él que por sus primeros triunfos
merecía beber[323] en el Pritaneo, y en vez de delirar en la escena,
presenciar perfumado el espectáculo, sentado junto a la estatua de
Baco.[324] Y Crates,[325] ¿cuántos insultos y ultrajes vuestros no
sufrió a pesar de que os alimentaba, a tan poca costa, masticando en su
boca delicada los más ingeniosos pensamientos? Y, sin embargo, este fue
el único que se sostuvo, ya cayéndose, ya levantándose.
Temeroso de esto nuestro autor, se ha contenido repitiéndose a menudo:
«es preciso ser remero antes de ser piloto, y guardar la proa y
observar los vientos antes de dirigir por sí mismo la nave.» En gracia
de esta modestia, que le ha impedido deciros necedades, tributadle un
aplauso que iguale al estruendo de las olas, honradle en estas fiestas
Leneas[326] con jubilosas aclamaciones, para que, satisfecho de su
triunfo, se retire con la frente radiante de alegría.[327]
Neptuno ecuestre,[328] que te complaces oyendo el relincho de tus
corceles y el resonar de sus ferrados cascos; potente numen a quien
agrada ver las trirremes[329] mercenarias hender rápidas los mares
con azulada proa, y a los jóvenes, enardecidos por esa pasión que les
arruina, dirigir sus carros en el reñido certamen, asiste a este coro,
deidad de áureo tridente, rey de los delfines, adorado en Sunio[330] y
en Geresta,[331] hijo de Saturno, protector de Formión,[332] y ahora,
para Atenas, el más propicio de los dioses.
Queremos elogiar a nuestros padres, héroes dignos de su patria y de los
honores del peplo,[333] que, vencedores siempre y en todas partes en
combates terrestres y marítimos, cubrieron de gloria a la república;
que nunca al encontrar los enemigos se ocuparon en contarlos, pues
su corazón estaba siempre dispuesto al ataque. Si alguno llegaba a
caerse por casualidad en la batalla, limpiábase el polvo, y negando
su caída, volvía a la carga con más ardor. Jamás los generales de
entonces hubieran pedido a Cleéneto[334] que se les alimentase a
costa del Estado; pero ahora, si no tienen esta prerrogativa y la de
asiento distinguido,[335] se niegan a combatir. Nosotros deseamos
pelear valientemente y sin sueldo por la patria y nuestros dioses: nada
pedimos en pago, sino que cuando se haga la paz y cesen las fatigas
de la guerra nos permitáis llevar largo el cabello[336] y cuidar de
nuestro cutis.
Veneranda Palas, diosa tutelar de Atenas que reinas sobre la tierra
más religiosa y fecunda en poetas y guerreros, ven y trae contigo a
la Victoria, nuestra compañera en los ejércitos y batallas, esa fiel
amiga del Coro, que combate a nuestro lado contra nuestros enemigos.
Preséntate ahora: hoy más que nunca, sea como quiera, es preciso que
nos otorgues el triunfo. Queremos también publicar lo bueno que sabemos
de nuestros caballos:[337] dignos son de alabanza. Muchas veces nos
ayudaron en las excursiones y combates; mas nunca nos admiraron tanto
con lo que en tierra hicieron como cuando se lanzaron intrépidamente a
las naves[338] con toda su carga de vasos de campaña, ajos y cebollas;
y apoderándose de los remos, como si fueran hombres, gritaban:
«¡Hippapai![339] ¿Quién remará con más brío? ¿Qué hacemos? ¿No remarás
tú, oh Sánfora?»[340] También bajaron a Corinto: los más jóvenes se
hicieron allí un lecho con sus cascos o iban en busca de cobertores, y
en vez de forraje de la Media, comían los cangrejos que se descuidaban
en salir a la playa, y aun los buscaban en lo profundo del mar. Por eso
Teoro dijo que un cangrejo había hablado así: «Terrible es, oh Neptuno,
no poder, ni en el fondo del abismo, ni en la tierra, ni en el mar,
escapar de los Caballeros».[341]
* * * * *
(_Vuelve_ EL CHORICERO.)
CORO.
¡Oh, el más querido y valiente de los hombres, cuán inquieto nos ha
tenido tu ausencia! Ya que vuelves sano y salvo, cuéntanos cómo te las
has arreglado.
EL CHORICERO.
¿Qué he de deciros, sino que he conseguido la victoria en el Senado?
CORO.
¡Ahora es ocasión de prorrumpir todos en exclamaciones de júbilo! Tú,
que hablas tan bien, pero que superas a las palabras con las obras,
cuéntanoslo todo circunstanciadamente; con gusto emprenderíamos un
largo viaje solo por oírte. Por tanto, hombre excelente, habla sin
miedo; todos nos alegramos de tu triunfo.
EL CHORICERO.
Escuchad, pues la cosa merece la pena. En cuanto salió de aquí, le
seguí pisándole los talones; apenas entró en el Senado, empezó con su
voz estentórea a tronar contra los Caballeros, acumulándoles calumnias
portentosas, acusándoles de conspiradores y amontonando palabras
sobre palabras, que empezaban a ser creídas. El Senado le escuchaba
y tan fácilmente se apacentó de aquellas falsedades, que crecían
prodigiosamente como la mala hierba, que ya lanzaba miradas severas
y fruncía el entrecejo. Pero yo, cuando comprendí que sus palabras
producían efecto y que conseguía engañar a su auditorio, exclamé: «Oh
dioses protectores de la lujuria y del fraude, de las chocarrerías y
desvergüenzas;[342] y tú, Mercado, en donde se educó mi niñez, dadme
audacia, lengua expedita e impudente voz.» Cuando pensaba en esto, un
bardaje se desahogó[343] a mi derecha, y yo me prosterné en actitud de
adoración; después, empujando la barrera con la espalda, grité abriendo
una boca enorme: «Senadores, soy portador de buenas noticias, y quiero
ser el primero en anunciároslas: desde que estalló la guerra, nunca
han estado más baratas las anchoas.» Al punto la serenidad brilló en
todos los semblantes, y en seguida me decretaron una corona por la
fausta nueva. Yo en cambio les enseñé en pocas palabras un secreto
para comprar muchas anchoas por un óbolo: que era el recoger todos
los platos a los fabricantes. Todos aplaudieron y me miraban con la
boca abierta. Advirtiendo esto el Paflagonio, que conoce muy bien el
modo de engatusar al Senado, dijo: «Ciudadanos, propongo, ya que tan
buenas nuevas acaban de anunciarnos, que para celebrarlas inmolemos
cien bueyes a Minerva.» Y el Senado se puso otra vez de su parte: yo,
viéndome entonces humillado y vencido, le cogí la vuelta, proponiendo
que se sacrificasen hasta doscientos, y además mil cabras a Diana, si
al día siguiente se vendían las sardinas a un óbolo el ciento; con esto
el Senado se inclinó de nuevo a mi favor; y el Paflagonio, aturdido,
empezó a decir necedades: los arqueros y pritáneos le sacaron fuera y
se formaron grupos en que se trataba de las anchoas. Él les suplicaba
que esperasen un momento: «Escuchad, exclamaba, lo que va a decir el
enviado de Lacedemonia: viene a tratar de la paz.» Entonces gritaron
todos a una: «¿Ahora de la paz? ¡Estúpido! ¿Después que han sabido lo
baratas que tenemos las anchoas? No necesitamos paz, siga la guerra.» Y
mandaron a los pritáneos que levantasen la sesión. En seguida saltaron
las verjas por todas partes. Yo me escapé y corrí a comprar cuanto
cilantro y puerros había en el mercado, y los distribuí luego gratis
a todos los que lo necesitaban para sazonar las anchoas. Ellos no
hallaban palabras con que elogiarme y me colmaban de caricias, hasta el
punto de que por un solo óbolo de cilantro me he hecho dueño del Senado.
CORO.
Has conseguido cuanto te proponías como hombre favorecido por la
fortuna. Aquel bribón ha tropezado con otro que le da quince y raya en
tunantadas, astucia y zalamerías. Procura terminar el combate con igual
felicidad: ya sabes hace tiempo que somos tus benévolos auxiliares.
EL CHORICERO.
Ahí viene el Paflagonio turbando y arremolinando las olas delante de
sí, como si tratara de tragarme. ¡Dioses! ¡qué audacia!
* * * * *
CLEÓN.
¡Que me muera si no te hago añicos, por pocas de mis antiguas mentiras
que me resten!
EL CHORICERO.
Me gusta oír tus amenazas y reírme de tus humos; de miedo que me das,
bailo y grito: ¡quiquiriquí!
CLEÓN.
¡Por Ceres, perezca ahora mismo si no te devoro!
EL CHORICERO.
¿Si no me devoras? ¡Así me muera si no te sorbo de un solo trago y
reviento después de haberte sorbido!
CLEÓN.
Te mataré, lo juro por el asiento de honor que gané con lo de Pilos.
EL CHORICERO.
¡Ya salió el asiento distinguido! ¡Bah! pronto pienso verte relegado de
aquel primer asiento a los últimos bancos del teatro.
CLEÓN.
Juro por cuanto hay que jurar, aplicarte el tormento.
EL CHORICERO.
¡Qué furioso estás! Vamos, ¿qué te daré de comer? ¿Qué es lo que más te
gusta? ¿Una bolsa?
CLEÓN.
Te voy a arrancar las tripas con las uñas.
EL CHORICERO.
Ya te cortaré yo esas uñitas con que atrapas los víveres del Pritaneo.
CLEÓN.
Te arrastraré ante el pueblo para que me haga justicia.
EL CHORICERO.
También yo te arrastraré y te acusaré de mil crímenes.
CLEÓN.
¡Miserable! a ti no te cree, y yo me burlo de él cuando quiero.
EL CHORICERO.
¡Qué seguro estás de dominar al pueblo!
CLEÓN.
Es que sé con qué guisos se le ceba.
EL CHORICERO.
Y le alimentas mal como las nodrizas; pues con el pretexto de
masticar antes la comida te tragas tres veces más de lo que a él le
presentas.[344]
CLEÓN.
¡Por Júpiter, con mi destreza yo puedo ensanchar o estrechar el pueblo
a mi gusto![345]
EL CHORICERO.
¡Vaya un lance! también lo sé yo.
CLEÓN.
Pobre hombre, no pienses que me has de jugar otra pasada como la del
Senado: acudamos al pueblo.
EL CHORICERO.
Nada nos lo impide: adelante, no haya tardanza.
CLEÓN.
¡Oh pueblo! ¡sal aquí!
EL CHORICERO.
¡Sí, por Júpiter; sal aquí, padre mío!
CLEÓN.
¡Pueblecillo mío querido, sal para que veas cuán indignamente me tratan!
* * * * *
PUEBLO.
¿Quiénes son estos alborotadores? ¡fuera pronto de esta puerta! Me
habéis tirado el ramo de olivo.[346] ¿Quién te maltrata, Paflagonio?
CLEÓN.
Este, y esos jóvenes que me apalean por tu causa.
PUEBLO.
¿Por qué?
CLEÓN.
Porque te quiero, oh Pueblo, y estoy enamorado de ti.
PUEBLO.
Y tú, ¿quién eres?
EL CHORICERO.
Yo soy su rival; te amo ya hace tiempo, y con otros muchos buenos y
honrados ciudadanos solo anhelo serte útil. Pero este nos lo impide.
Pues tú te pareces a esos jóvenes rodeados de amantes; no quieres a los
buenos y honrados, y te entregas a los vendedores de lámparas,[347] y a
los zapateros, guarnicioneros y curtidores.
CLEÓN.
Hace bien; porque yo sirvo al pueblo.
EL CHORICERO.
¿En qué? ¿dime?
CLEÓN.
Fui a Pilos, suplanté a los generales cuando a ella se dirigían, y me
traje a los prisioneros lacedemonios.
EL CHORICERO.
También yo, estando paseando, robé de una tienda la olla con la comida
que otro había puesto a cocer.
CLEÓN.
Pueblo mío, convoca cuanto antes una asamblea para que sepas quién de
los dos te quiere más, y decidas quién merece tu amor.
EL CHORICERO.
Bueno, bueno, decide entre los dos, con tal que no sea en el Pnix.[348]
PUEBLO.
No puedo sentarme en otro sitio; pero antes es necesario reunir en él
los ciudadanos.
EL CHORICERO.
¡Infeliz de mí! ¡Soy perdido! Porque este viejo, que en su casa es el
más discreto de los hombres, en cuanto se sienta en esos bancos de
piedra se está con la boca abierta, como el que al colgar higos se le
quedan los cabos en la mano.[349]
* * * * *
CORO.[350]
Ahora es necesario que despliegues todas las velas y desamarres todos
los cables; ármate de valor y de astucia y de capciosos discursos para
vencerle. El enemigo es flexible y hábil en presentar toda clase de
obstáculos. Procura, pues, arrojarte sobre él con todas tus fuerzas;
mucho cuidado; antes de que él te ataque levanta los pesos que has de
arrojarle y adelanta tu nave.[351]
CLEÓN.
¡Oh poderosa Minerva, protectora de la ciudad! si después de
Lisicles,[352] Cinna y Salabaca[353] soy yo el que más amo al pueblo
ateniense, concédeme que, como hasta ahora, sea, por no hacer nada,
alimentado a costa del Estado. Mas si te aborrezco y no combato por ti,
aunque me vea aislado, que muera y me sierren vivo, y corten en correas
mi pellejo.
EL CHORICERO.
¡Y yo, Pueblo mío, si no es cierto que te amo y estimo, permita Júpiter
que sea cocido y hecho menudísimas tajadas! Si no crees mis palabras,
consiento en ser rallado sobre este tablero, mezclado con queso para
hacer un almodrote y arrastrado con un gancho al Cerámico.[354]
CLEÓN.
¡Oh Pueblo! ¿Cómo puede haber un ciudadano que te ame más que yo? Desde
que soy tu consejero, he enriquecido tu tesoro atormentando a estos,
apurando a aquellos y pidiendo a otros, sin atender a ningún particular
con tal de serte grato.
EL CHORICERO.
Todo eso, oh Pueblo, nada tiene de extraordinario; yo haré lo mismo,
pues robaré panes a otros para servírtelos. No creas que ese te ama
y procura tu bien en consideración a tu persona, sino por calentarse
a tu fuego. De otra suerte, ¿cómo no ve que tú, que en defensa de
esta tierra desenvainaste en Maratón la espada contra los persas y
alcanzaste de ellos aquella insigne victoria tantas y tantas veces
ponderada, te sientas siempre sobre esas duras piedras? Nunca se le ha
ocurrido como a mí ofrecerte un cojín, como este que te traigo cosido
con mis propias manos. Ea, levántate y siéntate sobre él cómodamente;
así no estarán mortificados esos miembros que trabajaron tanto en
Salamina.[355]
PUEBLO.
¿Quién eres, amigo mío? ¿Eres acaso de la raza de Harmodio? Tu obsequio
es en verdad muy popular y delicado.
CLEÓN.
Eso es muy poco para que ya te muestres benévolo con él.
EL CHORICERO.
A fe que tú le has engañado con mucho menos cebo.
CLEÓN.
Apuesto la cabeza a que no habido nunca uno que combata más que yo por
ti, ¡oh Pueblo! ni que más te ame.
EL CHORICERO.
¿Cómo puedes amarle cuando le ves hace ocho años vivir en cuevas y
miserables chozas, y lejos de compadecerte de él lo dejas que se
muera ahumado,[356] y cuando Arqueptólemo vino a proponernos la paz,
la rechazaste y arrojaste de la ciudad a puntapiés a los embajadores
encargados de pactar las treguas?[357]
CLEÓN.
Es para que gobierne a todos los griegos. Porque en los oráculos se
dice que si tiene paciencia llegará a cobrar en la Arcadia cinco óbolos
por administrar justicia. Así es que yo le alimentaré y cuidaré, y
suceda lo que suceda siempre le pagaré los tres óbolos.[358]
EL CHORICERO.
No te afanas porque este mande en Arcadia, sino por robar más, y
obtener muchos regalos de las ciudades tributarias: quieres que entre
el remolino de la guerra el Pueblo no vea tus tunantadas, y que la
necesidad, la miseria y el aliciente del estipendio le obligue a
considerarte como su única esperanza. Pero si alguna vez, volviendo al
campo, logra vivir en paz, y reponer sus fuerzas con el trigo nuevo y
las sabrosas olivas, conocerá los bienes de que le priva tu estipendio;
entonces, irritado y feroz, te acusará ante los tribunales. Tú lo
sabes, y por eso le engañas con esperanzas quiméricas.
CLEÓN.
¿No es intolerable que tú digas eso de mí y me calumnies ante los
atenienses y el Pueblo, cuando, por la venerable Ceres lo juro, he
prestado a la república más servicios que Temístocles?
EL CHORICERO.
«¡Ciudad de Argos! ¿Escuchas lo que dice?[359]» ¿Tú igual a
Temístocles? Nuestra ciudad estaba ya henchida de riquezas, y él añadió
tantas que se desbordaron como el agua de un vaso lleno hasta la boca;
a los manjares de su espléndida mesa, él añadió el Pireo[360], y, sin
quitarnos los antiguos peces, nos procuró otros nuevos. ¡Tú igual a
Temístocles, cuando no has hecho más que estrechar la ciudad, dividirla
con murallas e inventar oráculos! Él, sin embargo, fue desterrado, y tú
te regalas el cuerpo a nuestra costa[361].
CLEÓN.
¿No es insufrible, oh Pueblo, tener que oír estos dicterios solo porque
te amo?
PUEBLO.
Cállate, basta de injurias. Harto tiempo me has engañado.
EL CHORICERO.
¡Es un malvado, Pueblecillo mío! Ha cometido mil iniquidades mientras
te ha tenido sorbido el seso. Se ha hecho pagar a peso de oro la
impunidad de los concusionarios, y metiendo el brazo hasta el codo en
el tesoro de la república, ha robado cuanto ha podido.
CLEÓN.
¡No te has de alegrar! Yo probaré que has robado tres mil dracmas.
EL CHORICERO.
¿Por qué te revuelves? ¿Por qué te alborotas siendo el hombre peor que
existe para el pueblo ateniense? También yo probaré, o si no que me
muera, que recibiste de Mitilene[362] más de cuarenta minas.
CORO.
Te felicito por tu elocuencia, oh mortal que apareces como el
bienhechor de todos los hombres[363]. Si así continúas, serás el
más grande de los griegos, y único dueño de la república: armado
del simbólico tridente, mandarás a los aliados, y reunirás inmensas
riquezas trastornando y confundiéndolo todo. Pero no sueltes a
ese hombre, ya que se ha dejado coger; fácil te será vencerle con
semejantes pulmones.
CLEÓN.
Aún no, buena gente, aún no han llegado las cosas a ese extremo; me
queda todavía por decir una hazaña tan ilustre que puedo tapar con ella
la boca a todos mis adversarios, mientras se conserve un resto de los
escudos cogidos en Pilos[364].
EL CHORICERO.
Párate en los escudos; ya me has dado un asidero[365]. Pues por
precaución no debías, ya que tanto amas al pueblo, permitir que fueran
suspendidos en el templo con sus abrazaderas. Pero lo que hay aquí,
Pueblo mío, es una maquinación para que no puedas castigarle, si alguna
vez lo intentas. ¿Ves esa turba de jóvenes curtidores que le escolta,
acompañada por esa otra de vendedores de miel y de quesos? Pues todos
conspiran al mismo fin. Por tanto, si te encolerizas y le amenazas con
el ostracismo[366], se apoderarán una noche de esos escudos y correrán
a apropiarse de nuestros graneros.
PUEBLO.
¡Infeliz de mí! ¿Conque aún tienen las abrazaderas? ¡Infame, cuánto
tiempo me has tenido engañado!
CLEÓN.
Querido mío: no seas tan crédulo; no pienses que has de encontrar un
amigo mejor que yo: yo solo he sofocado todas las conspiraciones; en
cuanto existe la menor conspiración, yo te la denuncio a gritos.
EL CHORICERO.