Respecto a la dificultad de apreciar el mérito literario de _Los

Caballeros_, dice el Sr. Camus: «Dos circunstancias de gran bulto

hacen que no podamos recrearnos con esta pieza tanto como se recrearon

los espectadores atenienses: es la primera el ningún interés que para

nosotros tiene el personaje satirizado por el poeta, y por tanto, no

tienen ya el efecto cómico que hubieron de tener entonces las mordaces

alusiones a sus rasgos personales; y la segunda, que por estar erizado

su estilo de enigmas y anécdotas de aquel tiempo, por grande que sea

nuestra erudición, por grande que sea nuestro conocimiento de las

cosas de aquella época por siempre memorable, nunca llegaremos a

comprenderlas todas lo bastante para poder disfrutar de toda la gracia

que contienen, quedando siempre algo ininteligible y oscuro.»[247]

Mas a pesar de todo, se nota en esta comedia que el vigor del ataque,

la seria indignación que hervía en el alma del poeta, y tal vez el

convencimiento de los peligros a que le dejaba expuesto su filípica

teatral, hacen sin duda que en ella no se encuentren con la ordinaria

abundancia la inagotable inventiva, la vis cómica, las sabrosas sales,

las ingeniosas alegorías, las chispeantes burlas, la ática ironía

características del teatro aristofánico. La realidad se ve demasiado

clara, y la verdad se muestra demasiado al desnudo, sin que el velo de

la ficción, tan necesario en todo poema dramático, suavice la dureza

de sus contornos y dulcifique la acritud de su colorido; «solo al fin,

dice un traductor de Aristófanes,[248] cuando el poeta ha desahogado ya

su bilis contra Cleón su enemigo, vuelve a aparecer la inextinguible

vena de sus chistes en la lucha de adulaciones y zalamerías que el

choricero y el curtidor entablan para granjearse el afecto del Pueblo.»

Es también de admirar en _Los Caballeros_ la pericia de consumado

general con que Aristófanes previene los peligros y consecuencias

de su agresión, ligando a su propia causa la de los acaudalados

propietarios, de entre los cuales formó el coro, no designando nunca

por su nombre a Cleón, por más que se le vea, dice Brumoy[249], detrás

de una alegoría de gasa; y por último, lisonjeando los instintos de la

multitud, abofeteada en la persona de Pueblo, con su regeneración y

embellecimiento final.

El hecho de no haber querido ningún actor encargarse del papel de

paflagonio ni haberse encontrado en Atenas artista alguno que quisiera

hacer su máscara, demuestra elocuentemente la necesidad de estas

precauciones: el mismo Aristófanes con la cara embadurnada tuvo que

representar al peligroso personaje.

_Los Caballeros_ se pusieron en escena en las fiestas _Leneas_, a raíz

de los acontecimientos de Pilos, el 425 antes de Jesucristo, habiendo

obtenido el primer premio.

PERSONAJES.

DEMÓSTENES.

NICIAS.

UN CHORICERO llamado AGORÁCRITO.

CLEÓN.

CORO DE CABALLEROS.

PUEBLO, personificado en un anciano.

La escena pasa delante de la casa del anciano Pueblo.

LOS CABALLEROS.

DEMÓSTENES.

¡Oh qué calamidad! ¡Ojalá confundan los dioses a ese recién venido

Paflagonio[250] y a sus malditos consejos! Desde que, en mal hora, se

introdujo en esta casa[251], no cesa de apalear a los esclavos.

NICIAS.

¡Ojalá perezca desastradamente con sus infames calumnias!

DEMÓSTENES.

¿Cómo lo pasas, desdichado?

NICIAS.

Muy mal, lo mismo que tú.

DEMÓSTENES.

Ven acá: mezclemos nuestros gemidos, imitando los cantos plañideros de

Olimpo.[252]

DEMÓSTENES Y NICIAS.

Mumu, mumu, mumu, mumu, mumu, mumu.

DEMÓSTENES.

¿A qué lamentos inútiles? ¿No convendría más buscar otro medio de

mejorar nuestra suerte, y dejarnos de llantos?

NICIAS.

¿Cuál podrá ser ese medio? Dímelo.

DEMÓSTENES.

Dímelo tú; no quiero disputar contigo.

NICIAS.

No, ¡por Apolo! No he de ser yo el primero; habla sin temor; después

hablaré yo.

DEMÓSTENES.

«¡Ojalá me dijeses lo que debo decir!»[253]

NICIAS.

No me atrevo. ¿Cómo haré para decir eso discretamente, a la manera de

Eurípides?

DEMÓSTENES.

¡Aparta, aparta, no me llenes de verdolagas![254] Más vale que inventes

un canto de libertad.[255]

NICIAS.

Di, pues, de una vez: _pasemos_.[256]

DEMÓSTENES.

Sea; ya digo _pasemos_.

NICIAS.

Añade _a él_ a _pasemos_.

DEMÓSTENES.

_A él_.

NICIAS.

Perfectamente. Ahora, como si te arrascases, di primero despacito:

_Pasemos_, y repítelo después, aprisa, añadiendo _a él_.

DEMÓSTENES.

_Pasemos_, _pasemos a él_, _pasemos a él_.

NICIAS.

¡Eh! ¿No es delicioso?

DEMÓSTENES.

Sin duda; pero temo que este oráculo sea funesto a nuestra piel.

NICIAS.

¿Por qué motivo?

DEMÓSTENES.

Porque arrascándose suele arañarse la piel.[257]

NICIAS.

En el actual estado de las cosas, creo que lo mejor será acercarnos

suplicantes a la estatua de cualquier dios.

DEMÓSTENES.

¿A qué estatua? ¿Acaso crees que hay dioses?

NICIAS.

Yo sí.

DEMÓSTENES.

¿En qué te fundas?

NICIAS.

En que soy aborrecido por ellos. ¿No tengo razón?

DEMÓSTENES.

Me has convencido.

NICIAS.

Pero hablemos de otra cosa.

DEMÓSTENES.

¿Quieres que manifieste todo el asunto a los espectadores?

NICIAS.

No será malo: pero antes roguémosles que con la expresión de

su fisonomía muestren si les son gratos nuestros argumentos y

palabras.[258]

DEMÓSTENES.

Principio ya. Tenemos un amo, selvático, voraz por las habas,[259]

irascible, tardón y algo sordo; se llama Pueblo Pniciense. El mes

último compró un esclavo, zurrador paflagonio, lo más intrigante y

calumniador que puede imaginarse. El tal Paflagonio, conociendo el

carácter del viejo, empezó, como perro zalamero, a hacerle la rosca,

a adularle, a acariciarle y a sujetarle con sus correíllas,[260]

diciéndole: «¡Dueño mío! vete al baño, que ya es bastante trabajo el

sentenciar un pleito; toma un bocadillo, echa un trago, come, cobra

los tres óbolos.[261] ¿Quieres que te sirva la comida?» Y arrebatando

después lo que cada uno de nosotros había dispuesto para sí, se lo

ofrecía generosamente al viejo. Últimamente le había yo preparado en

Pilos[262] un pastel lacedemonio; pues bien, no sé de qué manera

se las arregló ese bribón pero el caso es que me lo escamoteó y se

lo ofreció al amo como cosa suya. Nos aparta cuidadosamente del

anciano Pueblo y no nos permite servirle. Armado de su mosquero de

correas,[263] se coloca junto a su señor cuando cena, y espanta a los

oradores y pronuncia oráculos, y le ha llenado al viejo la cabeza

de profecías. Cuando le ve ya chocho, pone manos a la obra. Acusa

y calumnia a todos los de la casa y nos muelen a golpes. El mismo

Paflagonio corre alrededor de los criados, les pide, les acosa, les

arranca regalos, diciéndoles: «¿Veis cómo por mi causa le sacuden a

Hilas? ¡Si no hacéis lo que quiero, moriréis hoy mismo!» Y nosotros le

damos cuanto pide, pues si no, pateados por el viejo, aflojaríanos ocho

veces más.[264] Tratemos, pues, cuanto antes, amigo mío, del camino que

debemos seguir y a dónde debemos ir a parar.

NICIAS.

Lo mejor será lo que antes hemos dicho: huir.

DEMÓSTENES.

Pero si nada puede hacerse sin que lo vea ese maldito Paflagonio:

él mismo lo inspecciona todo. Tiene un pie en Pilos y el otro en la

asamblea. Esta inmensa separación de sus piernas hace que sus nalgas

caigan sobre Caonia, mientras sus dos manos están pidiendo en Etolia y

su imaginación robando en Clopidia.[265]

NICIAS.

Lo mejor será morir. Mas procura que muramos como valientes.

DEMÓSTENES.

¿Cómo nos arreglaremos para morir como valientes?

NICIAS.

Lo mejor será beber sangre de toro. ¿Hay muerte más apetecible que la

de Temístocles?[266]

DEMÓSTENES.

Sangre no, por mi vida; mejor será vino del Buen Genio. Quizá se nos

ocurra alguna idea excelente.

NICIAS.

¡Ah! ¡Vino! Luego se trata de beber. ¿Pero qué idea buena puede

ocurrírsele a un hombre ebrio?

DEMÓSTENES.

Pues ya lo creo; bebes tanta agua que solo aciertas a decir necedades.

¿Te atreves a acusar al vino de que turba la razón? ¿Acaso hay nada de

más eficaces resultados? Escucha: los hombres cuando beben son ricos,

afortunados en sus negocios, ganan los pleitos y son felices y útiles

a sus amigos. Ea, tráeme pronto una copa de vino para que riegue mi

espíritu y diga alguna gracia.

NICIAS.

¡Ay de mí! ¿Qué vamos a sacar de que tú bebas?

DEMÓSTENES.

Mil ventajas; pero trae la copa: voy a recostarme aquí. Si llega a

alegrarme el vino, ya verás cómo inundo estos contornos de conceptitos,

sentencitas y argumentillos.

(_Entra un momento en la casa y vuelve con el vino._)

NICIAS.

¡Qué suerte! nadie me ha sorprendido.

DEMÓSTENES.

¡Di! ¿Qué hace el Paflagonio?

NICIAS.

Harto de vino y panes denunciados, el muy bribón ronca tendido sobre

sus cueros.

DEMÓSTENES.

Entonces escánciame vino con mano pródiga, como si fuera para una

libación.

NICIAS.

Toma y haz una libación en honor del Buen Genio;[267] bebe, bebe el

vino del Genio de Pramnio.[268]

DEMÓSTENES.

¡Oh Buen Genio! esta idea no es mía, sino tuya.

NICIAS.

¡Cómo! ¡Habla pronto! ¿Qué se te ha ocurrido?

DEMÓSTENES.

Entra en la casa mientras duerme, y escamotéale sus oráculos al

Paflagonio.

NICIAS.

Lo haré. Mas temo que esa idea te la haya inspirado un Mal Genio.

DEMÓSTENES.

Anda. En tanto llenaré yo mismo la copa. Tal vez este riego haga

germinar en mi cerebro alguna buena idea.

(_Entra en la casa Nicias y vuelve en seguida._)

NICIAS.

¡Con qué furia ronca y se desahoga el Paflagonio! Así es que le

he sustraído sin dificultad aquel sagrado oráculo que guardaba

cuidadosamente.

DEMÓSTENES.

¡Tu destreza no tiene rival! Dámelo para que lo lea. En tanto échame

vino a toda prisa. -- Veamos lo que dice. ¡Oh, qué precioso hallazgo!

Dame, dame pronto la copa.

NICIAS.

Toma. ¿Qué dice el oráculo?

DEMÓSTENES.

Lléname otra.

NICIAS.

¡Cómo! ¿El oráculo dice: «Lléname otra»?

DEMÓSTENES.

¡Oh Bacis![269]

NICIAS.

¿Pero qué es ello?

DEMÓSTENES.

Dame pronto la copa.

NICIAS.

Sin duda Bacis menudeaba los tragos.

DEMÓSTENES.

¡Maldito Paflagonio! ¡Por eso guardabas hace tanto tiempo este oráculo

que se refiere a ti!

NICIAS.

¿Cómo?

DEMÓSTENES.

Aquí se dice cómo ha de perecer.

NICIAS.

Pero ¿cómo?

DEMÓSTENES.

¿Cómo? El oráculo dice terminantemente que primero habrá un

vendedor[270] de estopas que gobernará la república.

NICIAS.

Ya hemos tenido el vendedor. ¿Y después?

DEMÓSTENES.

Será el segundo un tratante en ganado.[271]

NICIAS.

Ya van dos comerciantes. Y a ese ¿qué le sucederá?

DEMÓSTENES.

Mandará hasta que aparezca otro hombre más perverso que él. Caerá

entonces, reemplazándole un Paflagonio, comerciante en pieles, ladrón,

alborotador y de voz ensordecedora como la del torrente Ciclóboro.[272]

NICIAS.

¿El tratante en ganado debía, pues, ser derribado por el comerciante en

pieles?

DEMÓSTENES.

Sí, por cierto.

NICIAS.

¡Infeliz de mí! ¿Dónde podremos encontrar otro comerciante?

DEMÓSTENES.

Aún hay otro de astucia extraordinaria.

NICIAS.

¿Quién? Por favor, ¿quién es?

DEMÓSTENES.

¿Lo diré?

NICIAS.

Sí, por Júpiter.

DEMÓSTENES.

Un choricero será quien le derribe.

NICIAS.

¡Un choricero![273] ¡Nobilísimo oficio, por Neptuno! ¿Pero dónde

hallaremos a ese hombre?

DEMÓSTENES.

Busquémosle.

NICIAS.

Ahora entra uno en el mercado; los dioses nos le envían.

* * * * *

(_Entra el_ CHORICERO _con una tabla llena de embutidos._)

DEMÓSTENES.

¡Ven, ven, choricero dichoso! ¡Adelante, hombre querido, a quien está

reservada nuestra salvación y la de la república!

EL CHORICERO.

¿Qué es esto? ¿Por qué me llamáis?

DEMÓSTENES.

Ven acá, y escucha tu feliz y afortunado destino.

NICIAS.

Ea, cógele el tablero y entérale del oráculo del dios, y de su

contenido. Yo voy a ver lo que hace el Paflagonio.

DEMÓSTENES.

Vamos, deja primero en el suelo tus mercancías, y adora después a la

tierra y a los dioses.

EL CHORICERO.

Heme aquí. ¿Qué es ello?

DEMÓSTENES.

¡Mortal bienaventurado! ¡Mortal opulento, que hoy no eres nada, y

mañana lo serás todo! ¡Oh jefe de la afortunada Atenas!

EL CHORICERO.

¿Por qué, buen hombre, te burlas de mí y no me dejas lavar estas tripas

ni vender estos chorizos?

DEMÓSTENES.

¿Qué tripas? ¡Insensato! mira allí. ¿Ves esas filas de ciudadanos?[274]

EL CHORICERO.

Las veo.

DEMÓSTENES.

Pues bien, tú serás su jefe, y el jefe del mercado, y de los puertos y

de la Asamblea; pisotearás al Senado; destituirás a los generales, les

cargarás de cadenas, los reducirás a prisión y establecerás tu mancebía

en el Pritaneo.

EL CHORICERO.

¿Yo?

DEMÓSTENES.

Sí, tú; y aún no lo ves todo. Súbete sobre ese tablero y mira todas las

islas del rededor.[275]

EL CHORICERO.

Las veo.

DEMÓSTENES.

Bueno; ¿y los mercados y las naves de carga?

EL CHORICERO.

También.

DEMÓSTENES.

¿Puede haber fortuna mayor? Dirige ahora el ojo derecho a Caria y el

otro a Calcedonia.[276]

EL CHORICERO.

¿De modo que mi gran fortuna va a ser quedarme bizco?

DEMÓSTENES.

No; tú _venderás_[277] todo eso. Porque llegarás a ser, como el oráculo

lo dice, un gran personaje.

EL CHORICERO.

¿Pero cómo yo, que soy un choricero, llegaré a ser un personaje?

DEMÓSTENES.

Por eso mismo llegarás a ser un grande hombre; porque eres un canalla

audaz, salido de la hez del pueblo.

EL CHORICERO.

Me creo indigno de ser grande.

DEMÓSTENES.

¡Pobre de mí! ¿De qué te crees indigno? Parece que aún abrigas algún

buen sentimiento. ¿Acaso perteneces a una clase honrada?

EL CHORICERO.

No, por los dioses; pertenezco a la canalla.

DEMÓSTENES.

¡Oh mortal afortunado! ¡De qué felices dotes de gobierno te ha colmado

la naturaleza!

EL CHORICERO.

Pero, buen amigo, si no he recibido la menor instrucción; si solo sé

leer, y eso mal.

DEMÓSTENES.

Precisamente lo único que te perjudica es saber leer, aunque sea mal.

Porque el gobierno popular no pertenece a los hombres instruidos y de

intachable conducta, sino a los ignorantes y perdidos. No desprecies lo

que los dioses te prometen en sus predicciones.

EL CHORICERO.

Veamos; ¿qué dice ese oráculo?

DEMÓSTENES.

Se expresa muy bien, por los dioses, y con una alegoría elegante y

no muy oscura. «Pero cuando el águila pelambrera, de ganchudas uñas,

por la cabeza sujete al estúpido dragón bebedor de sangre, entonces

la salmuera con ajos de los paflagonios perecerá, y el Numen a los

tripacalleros concederá insigne gloria; a no ser que prefieran

continuar vendiendo embutidos.»[278]

EL CHORICERO.

¿Qué tiene eso que ver conmigo? Explícamelo.

DEMÓSTENES.

El águila pelambrera es nuestro Paflagonio.

EL CHORICERO.

¿Qué significa eso «de ganchudas uñas?»

DEMÓSTENES.

Eso quiere decir que con sus manos todo lo arrebata y se lo lleva.

EL CHORICERO.

¿Y lo del dragón?

DEMÓSTENES.

Eso está clarísimo. El dragón es largo y el chorizo también. Y el

chorizo y el dragón se llenan de sangre. Así es que el dragón, dice el

oráculo, podrá vencer al águila pelambrera si no se deja engañar por

palabras.

EL CHORICERO.

Me lisonjean, por vida mía, sus vaticinios; mas no acierto a comprender

cómo puedo ser apto para los negocios políticos.

DEMÓSTENES.

Muy fácilmente. Haz lo mismo que ahora: embrolla y revuelve los

negocios como acostumbras a hacer con los intestinos, y conquista el

cariño del pueblo engolosinándole con proposiciones culinarias. Tus

cualidades son las únicas para ser un demagogo a pedir de boca: voz

terrible; natural perverso; impudencia de plazuela; en fin, cuanto se

necesita para gobernar la república. Los oráculos y el mismo Apolo

Pitio te designan para ello. Ea, ponte una corona, haz una libación a

la _Necedad_,[279] y ataca a tu rival denodadamente.

EL CHORICERO.

¿Y quién me ayudará? Los ricos le temen; la pobre plebe tiembla en su

presencia.

DEMÓSTENES.

Pero hay mil honrados Caballeros[280] que le detestan y que te

defenderán; en tu auxilio vendrán todos los ciudadanos buenos y probos,

todos los espectadores sensatos y yo con ellos, y hasta los mismos

dioses. No temas; ni siquiera verás su rostro, pues ningún artista se

ha atrevido a esculpir su máscara. Sin embargo, ya se le conocerá; los

espectadores no son lerdos.

* * * * *

(_Sale Cleón._)

EL CHORICERO.

¡Desdichado de mi! Ya sale el Paflagonio.

CLEÓN.

No quedará impune, lo juro por los doce grandes dioses, la conspiración

que estáis tramando contra el pueblo hace tanto tiempo. ¿Qué hace aquí

esta copa de Calcis?[281] No cabe duda de que tratabais de sublevar a

los calcidenses. Pereceréis, moriréis sin remedio, pareja de malvados.

DEMÓSTENES.

¡Eh, tú! ¿Por qué huyes? Quédate, ilustre choricero. No abandones la

empresa. Acudid, Caballeros: llegó la hora. Simón, Panecio, colocaos

en el ala derecha. Ya se acercan. Persiste tú también y dale cara de

nuevo. El polvo que levantan te anuncia que ya llegan; resístele,

acométele, hazle que huya.

* * * * *

CORO DE CABALLEROS.

Hiere, hiere a ese canalla enemigo de los Caballeros, recaudador sin

conciencia, abismo de perversidad, mina de latrocinios, y canalla y

cien veces canalla; y siempre canalla, nunca me cansaré de decírselo,

pues lo es más cada día. Pero sacúdele, síguele, zarandéale, expulsa a

ese bribón; maldícele como nosotros y persíguele gritando. Cuidado no

se te escabulla; mira que sabe los caminos por donde Éucrates se escapó

al salvado.[282]

CLEÓN.

Ancianos heliastas,[283] cofrades del trióbolo, a quienes yo alimento

con mis justas o injustas denuncias, socorredme: estos hombres se han

conjurado para sacudirme.

CORO.

Y nos sobra razón, porque tú te apoderas de los bienes de todos y los

consumes antes de que sean distribuidos; y después tanteas y oprimes a

los que han de dar las cuentas, como se tantea un higo para ver si está

verde o maduro; y cuando ves alguno de carácter débil y pacífico, le

haces venir del Quersoneso,[284] le agarras por la cintura, le echas

los brazos al cuello, le armas la zancadilla, y después de arrojarlo al

suelo te lo tragas de un solo bocado.[285] Tú siempre estás acechando a

los ciudadanos sencillos y mansos como ovejas, honrados y enemigos de

pleitos.

CLEÓN.

¿Todos os subleváis contra mí? Y sin embargo, ciudadanos, por vuestra

causa soy apaleado, pues iba a proponer en el Senado que se construyese

en la ciudad un monumento conmemorativo de vuestro valor.

CORO.

¡Qué hablador y qué astuto! Mira como se arrastra a nuestro alrededor y

trata de engañarnos como si fuéramos unos viejos chochos. Mas si vence

por estos medios, con ellos será castigado; si se inclina hacia aquí,

le plantaré un puntapié.

CLEÓN (_apaleado_).

¡Oh pueblo! ¡Oh ciudadanos! ¡Qué fieras me patean el vientre!

CORO.

¿También tú gritas, destructor de la república?

EL CHORICERO.

Yo me comprometo a ahuyentarle al punto con mis gritos.

CORO.

Si tus gritos son mayores, te proclamaremos vencedor; si le sobrepujas

en desvergüenza, nuestra será la victoria.

CLEÓN.

Yo delato a ese hombre, y sostengo que ha llevado la salsa de sus

mercancías a las naves peloponesias.[286]

EL CHORICERO.

Y yo, voto a bríos, acuso a este de haber ido al Pritaneo con el

estómago vacío, y haber vuelto de él con el vientre lleno.[287]

DEMÓSTENES.

Y además, saca de allí cosas prohibidas, carne, pan y pescado, lo cual

nunca consiguió ni el mismo Pericles.

CLEÓN.

Los dos vais a morir.

EL CHORICERO.

Gritaré tres veces más que tú.

CLEÓN.

Te aturdiré con mis voces.

EL CHORICERO.

Te ensordeceré con mis gritos.

CLEÓN.

Te acusaré cuando seas general.

EL CHORICERO.

Te deslomaré como a un perro.

CLEÓN.

Ya te cortaré los vuelos.

EL CHORICERO.

Ya te atajaré el camino.

CLEÓN.

Mírame de frente.

EL CHORICERO.

También yo me he criado en la plaza.

CLEÓN.

Si resuellas, te hago trizas.

EL CHORICERO.

Si hablas, te cubro de estiércol.

CLEÓN.

Yo confieso que soy un ladrón: tú lo niegas.

EL CHORICERO.

Por Mercurio, dios del mercado, lo negaré con juramento aunque me cojan

infraganti.

CLEÓN.

Quieres adornarte con méritos ajenos. Te acusaré ante los

pritáneos[288] de que tienes vientres de víctimas que no han pagado su

diezmo a los dioses.

CORO.

¡Infame, bribón, bocaza; tu audacia llena toda la tierra, toda la

asamblea, las oficinas de recaudación, los procesos, los tribunales!

¡Removedor de fango, tú has enturbiado la limpieza de la república, y

ensordecido a Atenas con tus estentóreos clamores: tú desde lo alto

del poder acechas las rentas públicas, como desde un peñasco acecha el

pescador los atunes!

CLEÓN.

Ya sé yo donde se ha adobado[289] esta conspiración.

EL CHORICERO.

Si tú no supieses adobar pieles, yo no sabría hacer embutidos; tú que

vendías a los labradores la piel de un buey enfermo, curtida de suerte

que parecía más gruesa, y apenas la habían llevado un día se estiraba

dos palmos.

DEMÓSTENES.

¡A mí me jugó la misma mala pasada! ¡Cuánto se burlaron mis compañeros

y vecinos! Antes de llegar a Pérgasas[290] ya nadaba en mis zapatos.

CORO.

¿No has hecho desde el principio ostentación de desvergüenza,

arma única de los oradores? Tú, que eres el jefe de esa impudente

gavilla, sonsacas a los extranjeros opulentos; por eso el hijo de

Hipodamo[291] llora cuando te mira; pero ha aparecido, ¡cuánto me

alegro!, otro hombre más bribón que tú, que te arrojará del puesto,

y, a lo que parece, te vencerá en audacia, intrigas y maquinaciones.

(_Al Choricero._) Tú, que te has criado aquí,[292] de donde salen los

hombres que valen algo, demuéstranos cuán inútil es una educación

honrada.

EL CHORICERO.

Escuchad, pues, quién es este ciudadano.

CLEÓN.

¿No me dejarás hablar?

EL CHORICERO.

No por cierto; también yo soy un canalla.

CORO.

Si eso no le convence, dile que también fueron canallas tu padre y tu

madre.

CLEÓN.

¿No me dejarás hablar?

EL CHORICERO.

No.

CLEÓN.

Sí.

EL CHORICERO.

No, por Neptuno. Discutamos antes para ver a quién le corresponde

hablar el primero.

CLEÓN.

¡Oh, voy a estallar!

EL CHORICERO.

No te dejaré.

CORO.

Déjale, por los dioses te lo pido; déjale que estalle.

CLEÓN.

¿En qué confías para creerte digno de contradecirme?

EL CHORICERO.

En que sé hablar y hacer chorizos.

CLEÓN.

¡Hablar! Será bueno, si se te presenta algún asunto, ver cómo lo haces

picadillo y lo embutes sin dificultad. ¿A que sé lo que te ha pasado?

Lo mismo que a otros muchos. Sin duda has ganado un pleito contra

algún infeliz extranjero domiciliado[293] a fuerza de soñar con tu

defensa toda la noche, de hablar a solas en las calles, de beber agua,

y ensayarte cien veces con gran molestia de tus amigos; y sin más te

crees ya un elocuente orador. ¡Qué estupidez!

EL CHORICERO.

¿Y tú qué licor has bebido para hacer callar con tu charlatanería a

toda la ciudad?

CLEÓN.

¿Y habrá quien se atreva a oponérseme? A mí, que después de comer una

caliente tajada de atún, y de beber una copa de buen vino, soy capaz de

hacer un corte de mangas a todos los generales de Pilos.

EL CHORICERO.

Yo, que después de tragarme todos los tripacallos de un buey y el

vientre de un cerdo, y de beberme encima la salsa, soy capaz de

estrangular a todos los oradores y de volver turulato al mismo Nicias.

CORO.

Me parece bien cuanto has dicho; solo me desagrada el que pienses

beberte toda la salsa.

CLEÓN.

¿A que no te atreves con los milesios,[294] solo por comer percas de

mar?

EL CHORICERO.

¿A que si me como un lomo de buey recobro las minas?[295]

CLEÓN.

¿A que si me arrojo sobre el Senado lo trastorno todo?

EL CHORICERO.

¿A que hago una morcilla con tu intestino recto?

CLEÓN.

¿A que te aplico un puntapié, y sales de cabeza?

EL CORO.

¡Eh! por Neptuno, para que ese salga tienes que echarme a mí antes.

CLEÓN.

¡En qué cepo de madera[296] te voy a meter!

EL CHORICERO.

Te acusaré de cobardía.

CLEÓN.

Cubriré sillas con tu piel.

EL CHORICERO.

Te desollaré para hacer un zurrón de bandidos.

CLEÓN.

Te clavaré en el suelo.

EL CHORICERO.

Te haré picadillo.

CLEÓN.

Te arrancaré los párpados.

EL CHORICERO.

Te reventaré el buche.

DEMÓSTENES.

¡Por Júpiter! Metámosle un palo en la cabeza como hacen los cocineros,

arranquémosle la lengua, y mirando a placer por el agujero del ano,

veamos si tiene lamparones.[297]

CORO.

Hay, pues, otras cosas más ardientes que el fuego, y en la ciudad

palabras más desvergonzadas que la desvergüenza misma. No hay que

despreciar este asunto. Empújale, derríbale, nada hagas a medias: en

cuanto consigas que flaquee en el primer encuentro, verás que es un

cobarde. Nosotros le conocemos bien.

EL CHORICERO.

Siempre lo ha sido, y sin embargo, ha pasado por valiente, sin más que

por haberse dado maña a recoger la cosecha ajena. Ahora deja que se

sequen en las prisiones aquellas espigas y pretende venderlas.[298]

CLEÓN.

No os temo mientras exista el Senado, y el Pueblo continúe siendo

estúpido.

CORO.

¡Qué desvergonzado es en todo! ¡Ni siquiera se le muda el color! Si no

te aborrezco, permita Júpiter que sirva a Cratino de colchón[299] y que

tenga que aprender a cantar toda una tragedia de Morsimo.[300]

¡Y tú, que como la abeja que vaga de flor en flor andas pidiendo

regalos a todos en todas partes, ojalá los devuelvas con la misma

facilidad que los adquieres! Entonces podremos cantar: «Brinda, brinda

a la buena fortuna.»[301] Entonces hasta el hijo de Julio,[302] ese

viejo acaparador de trigo, cantará alegremente al dios Peán y a Baco.

CLEÓN.

¡Os juro por Neptuno que no me excederéis en desvergüenza! De otra

suerte, permita el cielo que no asista a los sacrificios de Júpiter,

protector del mercado.[303]

EL CHORICERO.

Y yo juro por los infinitos puñetazos que por mil tunantadas diversas

me han sacudido desde la niñez, y por mis cien cuchilladas, que espero

vencerte en esta contienda, o si no, me será inútil esta corpulencia

adquirida a fuerza de comer migajones destinados a limpiarse la grasa

de los dedos.[304]

CLEÓN.

¡Migajones, como un perro! ¿Y tú, miserable, que te has alimentado como

un perro, quieres reñir con un cinocéfalo?[305]

EL CHORICERO.

Comedias, tomo 1 de 3 · 第 6 / 16 段