Pueblos, escuchad: conforme a la costumbre patria, bebed en vuestras

copas, al son de las trompetas; el que primero haya apurado su vaso

recibirá en premio un odre de Ctesifonte[214].

DICEÓPOLIS.

Muchachos, mujeres, ¿no habéis oído? ¿Qué hacéis? ¿No habéis oído el

pregón? Coced las viandas, asadlas; retirad pronto las liebres de los

asadores; tejed las coronas; dadme asadorcillos para los tordos[215].

CORO.

Celebro tu suerte, amigo mío, y más que todo esa tu discreción

admirable por la cual gozas de tan delicioso banquete.

DICEÓPOLIS.

¿Pues qué diréis cuando veáis cómo se asan mis tordos?

CORO.

También creo que tienes razón en eso.

DICEÓPOLIS.

Atizad el fuego.

CORO.

¿Veis cómo dispone su comida, a modo de un cocinero hábil y

experimentado?

* * * * *

UN LABRADOR.

¡Infeliz de mí!

DICEÓPOLIS.

Por Hércules, ¿quién es este?

EL LABRADOR.

Un hombre desgraciado.

DICEÓPOLIS.

Pues sigue tu camino.

EL LABRADOR.

Queridísimo amigo, ya que las treguas se han pactado solo para ti,

cédeme un poco de tu paz, aunque no sea más que por cinco años.

DICEÓPOLIS.

¿Qué te aflige?

EL LABRADOR.

Estoy arruinado; he perdido una pareja de bueyes.

DICEÓPOLIS.

¿Cómo?

EL LABRADOR.

Los beocios me los quitaron en la toma de Fila[216].

DICEÓPOLIS.

¡Oh tres veces mísero! ¿Y aún vas vestido de blanco?

EL LABRADOR.

Ellos, ¡oh poderoso Júpiter!, me mantenían en la más deliciosa

abundancia[217].

DICEÓPOLIS.

¿Qué necesitas ahora?

EL LABRADOR.

Me he estropeado los ojos llorando aquellos bueyes. Si algún interés

te merece Derceles de Fila, frótame pronto los ojos con el bálsamo de

la paz.

DICEÓPOLIS.

Pero, desdichado, yo no soy médico público[218].

EL LABRADOR.

Por piedad, hazlo, para ver si puedo recobrar mis bueyes.

DICEÓPOLIS.

Me es imposible; vete con tus lágrimas a los discípulos de Pítalo[219].

EL LABRADOR.

Ponme siquiera una gota de paz en esta cañita.

DICEÓPOLIS.

Ni el átomo más imperceptible. Vete a llorar donde quieras.

EL LABRADOR.

¡Desdichado de mí! ¡Sin bueyes para la labranza!

* * * * *

CORO.

Este hombre ha conseguido con su tratado muchas ventajas, de las

cuales, al parecer, no quiere hacer partícipe a nadie.

DICEÓPOLIS.

Pon esos callos con miel: asa los calamares.

CORO.

¿Oís cómo levanta la voz?

DICEÓPOLIS.

Asad las anguilas.

CORO.

Nos vas a matar de hambre; y a tus vecinos con el humo y las voces.

DICEÓPOLIS.

Asad esa con cuidado; que quede doradita.

* * * * *

UN PARANINFO[220].

¡Diceópolis! ¡Diceópolis!

DICEÓPOLIS.

¿Quién llama?

EL PARANINFO.

Un recién casado te envía esta parte de su convite de boda.

DICEÓPOLIS.

Es muy amable, sea quien quiera.

EL PARANINFO.

Te suplica que en cambio de estas viandas, le eches en este vaso de

alabastro una copita de paz, para que pueda eximirse de la milicia y

quedarse en casa disfrutando de los placeres del amor.

DICEÓPOLIS.

Llévate, llévate tus viandas, y nada me des, pues no le cedería una

gota por mil dracmas. -- ¿Pero quién es esa mujer?

EL PARANINFO.

Es la madrina de la boda. Quiere hablarte a ti solo, de parte de la

novia.

DICEÓPOLIS.

Vamos, ¿qué tienes que decirme?... -- ¡Dioses inmortales! Qué ridícula

es la pretensión de la novia... Me pide que haga de modo que permanezca

en la casa una parte del cuerpo de su esposo[221]. Ea, venga aquí el

tratado; a ella sola le daré parte, en consideración a que siendo

mujer no debe sufrir las molestias de la guerra. Tú (_A la madrina._),

buena mujer, acerca el frasco... ¿Sabes cómo se ha de usar? Dile a la

desposada que cuando se haga la leva de los soldados, unte con esto esa

parte del cuerpo de su marido que desea conservar. Llévate el tratado.

Traed el cacillo para que llene de vino las copas.

CORO.

Ahí se acerca uno con el entrecejo fruncido, como si nos fuera a

anunciar alguna desgracia.

* * * * *

MENSAJERO 1.º

¡Oh trabajos y combates! ¡Oh Lámacos![222]

LÁMACO.

¿Quién mueve tanto estrépito en torno de esta casa hermoseada por

ornamentos de bronce?[223].

MENSAJERO 1.º

Los estrategas ordenan que, reuniendo a toda prisa tus batallones

y penachos, partas hoy mismo, a pesar de la nieve, a custodiar la

frontera. Han sabido que los bandidos beocios pensaban invadir nuestro

territorio, en ocasión de estarse celebrando la fiesta de las copas y

las ollas[224].

LÁMACO.

¡Oh estrategas, cuantos más sois peores! ¿No es terrible el no poder ni

siquiera celebrar esta fiesta?

DICEÓPOLIS.

¡Oh ejército bélico-lamacaico![225].

LÁMACO.

¡Oh desgracia! ¿Ya te burlas de mí?

DICEÓPOLIS.

¿Quieres luchar con este Gerión de cuádruple penacho?[226].

LÁMACO.

¡Ay! ¡Ay! ¡Qué noticia tan triste me ha traído este mensajero!

DICEÓPOLIS.

¡Oh! ¡Oh! ¡Qué agradable es la que me trae este otro!

* * * * *

MENSAJERO 2.º

¡Diceópolis!

DICEÓPOLIS.

¿Qué hay?

MENSAJERO 2.º

Corre al festín y lleva una cesta y una copa, pues te invita el

sacerdote de Baco[227]: pero apresúrate: los convidados te esperan.

Ya está todo preparado, los triclinios, los cojines, los tapetes, las

coronas, los perfumes y los postres: hay allí cortesanas y galletas,

pasteles, tortas de sésamo, rosquillas y hermosas bailarinas, delicias

de Harmodio[228]; pero corre, corre cuanto puedas.

LÁMACO.

¡Infeliz de mí!

DICEÓPOLIS.

¡Infeliz tú, cuando te pavoneas con la gran Gorgona de tu escudo!

Cerrad la puerta y preparad la comida.

LÁMACO.

¡Esclavo, esclavo! Tráeme la maleta.

DICEÓPOLIS.

¡Esclavo, esclavo! Tráeme la cesta.

LÁMACO.

Trae sal mezclada con tomillo, y cebollas.

DICEÓPOLIS.

Y a mí peces; me cansan las cebollas.

LÁMACO.

Tráeme aquel rancio guiso envuelto en su hoja de higuera.

DICEÓPOLIS.

Y a mí aquel recién hecho[229]: ya lo coceré yo.

LÁMACO.

Tráeme las plumas de mi casco.

DICEÓPOLIS.

Tráeme pichones y tordos.

LÁMACO.

¡Qué hermosa y qué blanca es esta pluma de avestruz!

DICEÓPOLIS.

¡Qué hermosa y qué dorada está la carne de este pichón!

LÁMACO.

Amigo, deja de burlarte de mi armadura.

DICEÓPOLIS.

Amigo, deja, si puedes, de mirar mis tordos.

LÁMACO.

Dame la caja de mi triple cimera.

DICEÓPOLIS.

Dame ese embutido de carne de liebre.

LÁMACO.

¡Cómo han devorado las polillas mis penachos!

DICEÓPOLIS.

¡Cómo voy a devorar embutidos de liebre antes del banquete!

LÁMACO.

Amigo, ¿no puedes dejar de hablarme?

DICEÓPOLIS.

No te hablo; disputo hace tiempo con mi esclavo. -- ¿Quieres apostar

(Lámaco decidirá la cuestión) si son más sabrosos los tordos que las

langostas?

LÁMACO.

Estás muy insolente.

DICEÓPOLIS.

Dice que son más sabrosas las langostas.

LÁMACO.

Esclavo, esclavo, saca la lanza y tráemela.

DICEÓPOLIS.

Esclavo, esclavo, saca aquella morcilla del fuego y tráemela.

LÁMACO.

Ea, sujeta bien la lanza mientras yo tiro de la vaina.

DICEÓPOLIS.

Ten tú también firme y no lo sueltes[230].

LÁMACO.

Saca las abrazaderas de mi escudo.

DICEÓPOLIS.

Saca del horno los panes, abrazaderas de mi estómago.

LÁMACO.

Tráeme el disco del escudo que tiene una Gorgona.

DICEÓPOLIS.

Tráeme el disco de aquel pastel que tiene un queso.

LÁMACO.

¿No es este un burlón sin gracia?

DICEÓPOLIS.

¿No es este un pastel delicioso?

LÁMACO.

Echa aceite en el escudo. Veo en él la imagen de un viejo que será

acusado de cobardía[231].

DICEÓPOLIS.

Echa miel al pastel. Veo en él la imagen de un viejo que hace rabiar al

penachudo Lámaco.

LÁMACO.

Esclavo, tráeme la coraza de batalla.

DICEÓPOLIS.

Esclavo, tráeme mi coraza, es decir, mi copa.

LÁMACO.

Con esto defenderé mi pecho contra los enemigos.

DICEÓPOLIS.

Con esto defenderé mi pecho contra los bebedores[232].

LÁMACO.

Sujeta esas correas a mi escudo.

DICEÓPOLIS.

Sujeta los platos a la cesta.

LÁMACO.

Cogeré esta maleta y la llevaré yo mismo.

DICEÓPOLIS.

Yo cogeré este vestido y me marcharé.

LÁMACO.

Toma el escudo y anda. -- ¡Oh Júpiter! ¡Está nevando! Tengo que hacer

una campaña de invierno.

DICEÓPOLIS.

Recoge las viandas. Tengo que cenar.

(_Salen ambos._)

CORO.

Id alegremente a la guerra. ¡Qué caminos tan diversos seguís! Aquel

beberá, coronado de flores; tú harás centinela medio helado; aquel

dormirá con una hermosísima joven... Lo digo de veras: ¡ojalá Júpiter

confunda al hijo de Psacas, a Antímaco, poetastro infeliz, que, siendo

corega[233] en las fiestas Leneas, me mandó a mi casa sin cenar! ¡Ojalá

le vea yo algún día deseoso de comer un calamar, y cuando esté ya

frito, chirriando en la sartén, servido en la mesa, y aderezado con

sal, en el momento de llevarlo a la boca, un perro se lo arrebate y

escape con él!

Además de ese mal, le deseo otra aventura nocturna. ¡Ojalá al

volver febril a su casa, después de la equitación, se tropiece con

Orestes[234] borracho, y este enfurecido le rompa la cabeza; y que

pensando tirarle una piedra, coja en la oscuridad un excremento

reciente, y al lanzarlo con ímpetu como si fuera un guijarro, yerre el

golpe y le pegue a Cratino![235].

* * * * *

UN CRIADO DE LÁMACO.

¡Esclavos de Lámaco, pronto, pronto, calentad agua en un pucherillo!

Preparad trapos, ungüento, lana virgen y vendas, para atarle el

tobillo. Al saltar una zanja se ha herido con una estaca, se ha

dislocado un pie y se ha roto la cabeza contra una peña; la Gorgona

saltó del escudo, y al ver el héroe su formidable penacho caído entre

las piedras, entonó estos versos terribles:

Por la postrera vez, astro brillante,

Te ven mis ojos; desfallezco y muero.[236]

Dicho esto, cae en una zanja, levántase, se arroja sobre los fugitivos,

persigue a los bandoleros, los hostiliza con su lanza. Pero helo aquí;

abrid pronto la puerta.

LÁMACO.

¡Ay, ay, ay! ¡Qué agudos dolores! ¡Qué frío! ¡Yo muero, triste de mí,

herido por una lanza enemiga! Pero aun será mas terrible mi desgracia

si Diceópolis viéndome en este estado, se burla de mi infortunio.

DICEÓPOLIS (_Con dos cortesanas del brazo_).

¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡Vuestro turgente seno tiene la dureza del membrillo!

Dadme un beso, tesoro mío, un beso dulce y voluptuoso. Pues yo he sido

el que he bebido la primera copa.

LÁMACO.

¡Oh suerte funesta! ¡Oh dolorosísimas heridas!

DICEÓPOLIS.

¡Ah! ¡Ah! Salud, caballero Lámaco.

LÁMACO.

¡Infeliz de mí!

DICEÓPOLIS.

¡Qué desdichado soy!

LÁMACO.

¿Por qué me besas?

DICEÓPOLIS.

¿Por qué me muerdes?

LÁMACO.

¡Infortunado! ¡Qué duro escote he pagado en el combate!

DICEÓPOLIS.

Pues qué, ¿se paga escote en la fiesta de las copas?[237]

LÁMACO.

¡Oh Peán! ¡Peán![238]

DICEÓPOLIS.

Hoy no se celebran las fiestas de Peán.

LÁMACO.

Levantadme, levantadme esta pierna. ¡Ay, amigos míos, sostenedme!

DICEÓPOLIS.

Vosotras, amigas mías, sostenedme también[239].

LÁMACO.

La herida de la cabeza me da vértigos y me turba la vista.

DICEÓPOLIS.

Yo quiero acostarme; no puedo más: necesito descanso[240].

LÁMACO.

Llevadme a casa de Pítalo, cuyas manos son émulas de las de Peán[241].

DICEÓPOLIS.

Llevadme ante los jueces. ¿Dónde está el rey? Dadme el odre señalado

como premio.

LÁMACO.

Una lanza terrible se ha clavado en mis huesos.

DICEÓPOLIS.

Mirad esta copa vacía. ¡Victoria! ¡Victoria!

CORO.

¡Victoria! Anciano, pues así lo deseas, clamemos ¡victoria!

DICEÓPOLIS.

He llenado mi copa de vino y la he apurado sin respirar.

CORO.

¡Victoria! recoge tu odre, ilustre vencedor.

DICEÓPOLIS.

Seguidme cantando: ¡Victoria! ¡Victoria!

CORO.

Te seguiremos cantando ¡victoria! ¡victoria! a ti y a tu odre.

FIN DE LOS ACARNIENSES.

LOS CABALLEROS.

NOTICIA PRELIMINAR.

Al establecer Solón el principio de la soberanía nacional, dando

al pueblo reunido en asamblea amplias facultades legisladoras y

administrativas, no dejó de comprender el grave peligro que la nave

del Estado correría si de su dirección se encargaba una multitud

ligera, frívola, olvidadiza, fácilmente impresionable, apasionada en

sus decisiones, ignorante y perpetuamente inexperta como la ateniense.

Entre los infinitos escollos que el sabio legislador debió prever,

presentábasele indudablemente como uno de los más formidables el

de los nombramientos para las altas magistraturas encargadas de

importantísimas funciones. Pues si privaba a la asamblea del derecho

electoral, exponíase a hacer ilusorios todos los otros, dejándola a

merced de sus enemigos declarados; y si no limitaba de algún modo el

ejercicio de esta prerrogativa, ¿cómo impedir que, captándose el aura

popular mediante halagos y promesas, escalasen los más altos puestos

hombres sin ilustración ni patriotismo, ávidos, rapaces y predispuestos

al soborno y la venalidad? Sabido es que Solón resolvió el conflicto

dejando a la asamblea general la facultad de nombrar los magistrados

y de exigirles cuenta de su administración, mas prescribiendo que la

designación para altos cargos únicamente pudiera recaer sobre los

ricos. Al efecto, adoptando como base la riqueza y prescindiendo de

la aristocracia de la sangre, dividió a los atenienses en cuatro

clases, a saber: _Pentacosiomedimnos_, que tenían una renta anual de

500 medimnas; _Caballeros_, cuya cosecha era de 300 a 500; _Zeugitas_,

que recogían de 200 a 300; y Tetas (Θῆτες), todos los demás. Estos

últimos, con arreglo a la constitución de Solón, no tenían más derechos

políticos que el de emitir su voto en la Asamblea y formar parte de los

tribunales de justicia, mientras las tres clases primeras constituían,

por decirlo así, el cuerpo de electores-elegibles.

Pero las guerras médicas antes, y la del Peloponeso después, dieron al

traste con tan sabias precauciones, siendo causa del desastroso estado

en que la administración de Atenas se encontraba cuando Aristófanes

escribió _Los Caballeros_. Arístides fue quien dio el primer paso en

tan funesto camino, haciendo aprobar después de la batalla de Platea un

decreto por el cual los ciudadanos de la última clase podían aspirar,

en concurrencia con los de las otras, a las altas magistraturas:

agravose más tarde el mal cuando el gobierno consignó un salario para

los asistentes a las públicas deliberaciones y empezaron a hacerse

distribuciones de trigo: la clase pobre rehuyó entonces el trabajo; el

aliciente del trióbolo la arrastró en masa al Pnix; la holgazanería

fomentó su humor inquieto y novelero; la miseria la hizo esclava

del que prometía más; y rechazando el blando freno de la ley y la

prudencia con que los buenos ciudadanos intentaban sujetarla, los alejó

furiosa del gobierno, y se echó ciegamente en brazos de los ambiciosos

demagogos. Figuraba como el principal de estos Cleón, heredero

de la influencia de Pericles y acérrimo partidario de la guerra:

Tucídides nos le pinta audaz, arrebatado y violento[242], idolatrado

por el pueblo ateniense, cuyo apoyo se procuraba mediante larguezas

esquilmadoras del tesoro y lisonjeros discursos en que trataba de

inspirarle un soberano desprecio a las fuerzas de Lacedemonia[243].

Cuéntase que, deseando dar uno de esos golpes de efecto que seducen

a la muchedumbre, reunió un día a todos sus amigos y les manifestó

que, hallándose a punto de administrar la república, veíase obligado

a renunciar a todo género de afecciones para ajustar sus actos solo

al más puro criterio de justicia. Les hechos desmintieron bien

pronto estas palabras; pero la multitud, obstinada y ciega, continuó

favoreciéndole hasta el punto de tolerar sus burlas e insolencias, y

aun de aplaudirlas, como las de un niño mimado[244]. Sin embargo, como

el pueblo ateniense era voluble y tornadizo si los hubo, empezaba ya a

eclipsarse y palidecer la estrella de Cleón cuando un acontecimiento

singular, reciente al ponerse en escena _Los Caballeros_, vino a

prestarle nuevos y más vivos resplandores. Refiriéndose constantemente

la comedia de Aristófanes a este suceso, preciso es que sobre el mismo

digamos algo.

Corría el año séptimo de la guerra del Peloponeso (425 antes de J. C.).

Demóstenes, general ateniense, en una expedición a la Laconia, ocupó a

Pilos, pequeña ciudad marítima, situada en la antigua Mesenia, a 400

estadios de Esparta, y la hizo amurallar en la expectativa de un ataque

de los lacedemonios. Dieron estos al principio muy poca importancia

a la dicha ocupación, considerando cosa fácil el recobrar una plaza

fortificada a la ligera, defendida solo por un puñado de hombres y mal

aprovisionada por añadidura. En esta confianza marcharon contra Pilos;

pero no creyendo inútiles ciertas precauciones, situaron sus hoplitas

en la isla Esfacteria, que extendiéndose delante de aquel puerto solo

permite llegar a él por dos estrechos pasos, cuya angostura dificulta

sobremanera toda maniobra naval. Pensaban, pues, sin combate marítimo

y sin grave riesgo, apoderarse de una plaza casi desguarnecida.

Sin embargo, de tal modo se arreglaron las cosas que, contra lo

que esperaban, fueron vencidos los lacedemonios en un combate, y

viéronse obligados a abandonar en Esfacteria 420 soldados de las más

distinguidas familias espartanas. Con objeto de librarlos, enviaron

a los atenienses una embajada; pero Cleón, cuyo ascendiente sobre el

pueblo no tenía entonces límites, imposibilitó todas las negociaciones

con exigencias irritantes, y la guerra continuó alrededor de Pilos con

más encarnizamiento que nunca.

Prolongábase el bloqueo indefinidamente; los atenienses carecían de

víveres y sufrían toda clase de privaciones, mientras los lacedemonios

conseguían, aunque a duras penas, introducir vituallas en la isla. El

pueblo de Atenas irritose con estas dilaciones y empezó a murmurar

de Cleón a quien cabía grave responsabilidad en el asunto. El audaz

demagogo culpó de lo que ocurría a la ineptitud y morosidad de los

generales Nicias y Demóstenes, dejándose decir públicamente que si se

le confiaba el mando del ejército, se apoderaría de Esfacteria en menos

de veinte días. Cogiole la palabra Nicias y le puso en grave aprieto

dimitiendo su cargo: el pueblo, viendo defenderse a Cleón con evasivas,

le obligó a partir por uno de esos movimientos familiares a la multitud

ateniense.

Demóstenes en tanto había puesto fuego a un montecillo de la isla,

desde el cual su gente era muy hostilizada. Quemado el monte era fácil

apoderarse de Esfacteria sin necesidad de refuerzos. Llegó a poco

Cleón, y acompañado de Demóstenes obligó a rendirse a la guarnición

lacedemonia, y volvió triunfante a Atenas con los trescientos

prisioneros hechos en la isla, atribuyéndose toda la gloria de aquella

hazaña. No es decible cuánto aumentó su crédito con esto; las turbas

llegaron a adorar en él, con lo cual el insolente demagogo dio rienda

suelta a su audacia y vejó más que nunca a todos sus enemigos[245].

A raíz de estos sucesos compuso Aristófanes su comedia intitulada _Los

Caballeros_ (Ἱππῆς) que es una violentísima sátira contra Cleón y sus

secuaces. El poeta le azota sin piedad; saca a público espectáculo sus

violencias y sus crímenes; acumula sobre su cabeza cuantas acusaciones

pueden hacer a un hombre odioso y despreciable, y se ensaña con una

virulencia de que no hay otro ejemplo en los anales literarios. Como

si no le bastase haber apurado todo el diccionario de los ultrajes y

dicterios, llega hasta inventar palabras nuevas para denigrarlo: Cleón

en _Los Caballeros_ es insolente, adulador, sicofanta, concusionario,

venal, impudente, cobarde, calumniador, canalla, bribón, infame,

recaudador sin conciencia, mina de latrocinios y abismo de perversidad:

las prendas corporales marchan en armonía con las del espíritu; su

continente es tosco y soez, su voz atronadora y desentonada, su faz

ceñuda, sus ojos aviesos y feroces, y todo su cuerpo, en fin, sucio

y pestilente. Para apreciar en su justo valor la verdad de todo este

negrísimo retrato, téngase en cuenta que en Aristófanes hablaban a un

tiempo el odio de partido y los resentimientos personales. Tucídides,

no obstante estar afiliado también a la aristocracia, trata a Cleón

con mucho menos encono; pero ya vimos en _Los Acarnienses_ que luego

de representados _Los Babilonios_, Cleón había acusado a Aristófanes

en la persona de Calístrato de haber entregado el pueblo al ludibrio

de los extranjeros y luego había tratado de disputarle su condición de

ciudadano.

El poeta después de estos ataques creyose autorizado a todo,

y desafiando, como nos dice el mismo, el _huracán_ y las

_tempestades_:[246], lanzó contra el hombre más poderoso de su

tiempo los dardos de su burla inextinguible. Pero en medio de las

personalidades que afean _Los Caballeros_, no puede menos de aplaudirse

el ardiente patriotismo de Aristófanes, que con valor rayano en

temerario le anima a decir a sus conciudadanos las más amargas

verdades: en esta comedia ataca vigorosamente, en efecto, todos los

vicios que iban minando la constitución de Atenas y acelerando el día

de su perdición, cuales eran: la debilidad del Senado, la impudencia de

los oradores, la frivolidad y presunción del pueblo, las concusiones

de los funcionarios públicos, las calumnias de los sicofantas, el

desorden de la administración, la manía de los procesos, la creciente

inmoralidad de las costumbres y la funesta oposición a la paz.

El pueblo ateniense está en _Los Caballeros_ personificado en Δῆμος,

viejo chocho y gruñón, de áspero e irascible carácter. Dos de sus

esclavos, Nicias y Demóstenes, los generales de que acabamos de

hablar, se quejan amargamente de que uno de sus camaradas, como perro

zalamero, a fuerza de adulaciones y servilismo ha logrado sorber el

sexo al buen anciano, y gobernar a su antojo toda la casa. Este tal es

Cleón, al cual nunca llaman por su propio nombre, sino con los apodos

de paflagonio o curtidor. Buscando un modo de librarse de tan odiosa

tiranía, consiguen apoderarse de un oráculo, en el cual se predice

que debe ser suplantado por un choricero. Apenas han concluido de

enterarse de la preciosa profecía, aparece uno de aquel oficio en la

plaza pública: Nicias y Demóstenes se apresuran a anunciarle su futura

gloria, y logran vencer sus escrúpulos y resistencia. «¿Pero cómo yo,

simple choricero, les dice, puedo llegar a ser un gran personaje? --

Por eso mismo, porque eres un canalla, audaz y salido de la hez del

pueblo. -- Si no he recibido la menor instrucción; si solo sé leer, y

eso mal...» alega batiéndose ya en retirada. A lo lo cual replican:

«Precisamente lo único que te perjudica es saber leer, aunque mal,

porque has de tener presente que el gobierno popular no pertenece a

los hombres ilustrados y de intachable conducta, sino a los ignorantes

y perdidos.» Con tan sangrienta ironía ataca Aristófanes a la

democracia.

Cleón aparece entonces vomitando calumnias, y a su vista el choricero

huye despavorido: el coro, formado de _Caballeros_, acude a

socorrerle, y lanza una granizada de denuestos sobre el paflagonio; el

choricero se anima poco a poco; entáblase entre ambos contendientes

un certamen sobre cuál es más bribón, desvergonzado y canalla, y

el choricero vence. Cleón acude al Senado y al Pueblo, y su rival

consigue nuevos triunfos, hasta que al fin se presenta con el anciano

Demo, completamente remozado y embellecido, y con firmes propósitos

de enmendarse. Para probar su arrepentimiento el Pueblo arroja al

paflagonio de su presencia, y celebra las _dulzuras de la paz_.

Comedias, tomo 1 de 3 · 第 5 / 16 段