Yo aborrezco como el que más a los lacedemonios; ojalá el mismo

Neptuno, dios del Ténaro[140], reduzca a escombros su ciudad[141]:

pues también talaron mis viñas. Sin embargo, y esto lo digo porque

sois amigos míos los que escucháis, ¿a qué creerles la causa de

todos nuestros males? Algunos conciudadanos nuestros, no digo toda

la república, notadlo bien, no digo toda la república, sino algunos

hombres perdidos, falsos, sin honra ni pudor, y extraños a la ciudad,

acusaron de contrabando a los megarenses. En cuanto veían un melón, o

un lebratillo, o un cochinillo de leche, o un ajo, o un grano de sal,

decían que eran de Megara, y los arrebataban y vendían inmediatamente.

Todo esto no tenía grande importancia, ni trascendía fuera de la

ciudad; pero algunos mozuelos, que se habían embriagado jugando al

cótabo, fueron a Megara y robaron a la cortesana Simeta[142]; los

megarenses, irritados, se apoderaron en revancha de dos hetairas amigas

de Aspasia[143], y por esto, por tres meretrices, la guerra se encendió

en todos los pueblos griegos. Por esto Pericles el Olímpico[144] tronó

y relampagueó, conturbó toda la Grecia con sus discursos, e hizo

aprobar una ley en la cual, como dice la canción[145], se prohibía a

los megarenses permanecer en el territorio del Ática, en el mercado,

en el mar y en el continente. Pronto estos, al verse acosados por el

hambre, rogaron a los lacedemonios que interpusieran su influencia

para que revocásemos el decreto, motivado por las cortesanas.

Nosotros desatendimos sus repetidas súplicas. Empezaba ya a oírse el

entrechocar de los escudos. «Alguno dirá: no convenía; decid, pues,

¿qué convenía?»[146]. Si contra un lacedemonio se hubiera presentado

la acusación de haber ido embarcado a Serifos[147], y robado allí un

perrillo, ¿hubierais permanecido tranquilos en vuestras moradas? Me

parece que no: en seguida hubierais puesto a flote vuestras trescientas

naves, y nos hubieran ensordecido el rumor de los soldados, las voces

de los electores de trierarcas[148], y los gritos de los que venían

a cobrar su paga: se hubieran dorado las estatuas de Palas[149]; la

multitud hubiera invadido los pórticos donde se distribuye el trigo;

y la ciudad se hubiera llenado de odres, de correas para remos, de

compradores de toneles, de ristras de ajos, de aceitunas, de horcas

de cebollas, de coronas, de sardinas, de tañedoras de flauta, y de

contusiones: el arsenal también se hubiera visto atestado de maderas

para remos, y atronado por el ruido de las clavijas que se ajustan

y por el de los remos sujetos a las clavijas, por los gritos de los

marineros, y por los silbidos de las flautas y pitos, que los animan al

trabajo. «Sé que hubierais hecho esto»; pero, ¿no pensamos en Telefo?

«Nos falta el sentido común.»[150].

SEMICORO.

¡Perdido, infame, mendigo harapiento! ¿Cómo te atreves a decirnos eso,

y a echarnos en rostro que hemos sido delatores?

SEMICORO.

Tiene razón. Por Neptuno, cuanto ha dicho es la pura verdad.

SEMICORO.

¿Y aunque sea verdad, es necesario decirlo? Pero ya le costará caro su

atrevimiento.

SEMICORO.

¡Eh, tú! ¿A dónde vas? Detente. Si tocas a ese hombre, yo me encargaré

de ti.

SEMICORO.

¡Oh Lámaco de fulminante mirada, socórrenos: preséntate, amigo

Lámaco, ciudadano de mi tribu; preséntate y atérralos con tu terrible

penacho![151] Generales y capitanes, acudid todos en mi auxilio. Me

tienen agarrado por medio del cuerpo.

LÁMACO.

¿De dónde salen esos gritos de guerra? ¿A dónde es menester prestar

mi auxilio y armar alborotos? ¿Quién me obliga a sacar de su caja mi

terrible Gorgona?[152]

DICEÓPOLIS.

¡Oh Lámaco, héroe sin rival en penachos y batallones!

CORO.

¡Oh Lámaco, este hombre hace tiempo que está ultrajando a toda la

ciudad!

LÁMACO.

¿Tú, vil mendigo, te atreves a tanto?

DICEÓPOLIS.

Heroico Lámaco, perdona que un mendigo, al empeñarse en hablar, haya

dicho algunas necedades.

LÁMACO.

¿Qué has dicho contra nosotros? Habla.

DICEÓPOLIS.

No me acuerdo ya; el miedo a tu armadura me marea; por piedad, aparta

de mi vista ese espantajo de tu escudo.

LÁMACO.

Sea.

DICEÓPOLIS.

Déjalo ahora en el suelo.

LÁMACO.

Ya está.

DICEÓPOLIS.

Ahora dame una pluma de tu casco.

LÁMACO.

Toma la pluma.

DICEÓPOLIS.

Ahora sostenme la cabeza para que vomite: tu penacho me da náuseas.

LÁMACO.

¿Qué intentas? ¿quieres provocar el vómito con esa pluma?

DICEÓPOLIS.

¡Ah! ¿es una pluma? Y dime, ¿de qué pájaro? ¿Acaso del Fanfarrón?[153]

LÁMACO.

¡Me las vas a pagar!

DICEÓPOLIS.

De ningún modo, Lámaco; esto no se decide por la fuerza; ya que tanta

fuerza tienes, ¿por qué no me circuncidas? Armas no te faltan.

LÁMACO.

¿Así te insolentas con todo un general, vil mendigo?

DICEÓPOLIS.

¡Yo mendigo!

LÁMACO.

¿Pues quién eres?

DICEÓPOLIS.

¿Quién soy? Un buen ciudadano, exento de ambición; y, desde que hay

guerra, un soldado voluntario; y tú, desde que hay guerra, un soldado

mercenario.

LÁMACO.

Fui elegido por los votos de...

DICEÓPOLIS.

Tres petates[154]. Eso es lo que me ha indignado y movido a pactar

esta tregua, no menos que el ver en las filas a hombres encanecidos,

mientras otros jóvenes como tú, escurriendo el bulto, se iban

con embajadas, unos a Tracia, ganándose tres dracmas, como los

Tisámenes[155], los Fenipos y los Hipárquidas, todos a cual peores;

otros, con Cares[156], a la Caonia[157], como los Geres y Teodoros,

y los Diomeos, tan pagados de sí mismos; otros a Camarina, Gela y

_Catágela_[158].

LÁMACO.

Fueron elegidos por el sufragio popular.

DICEÓPOLIS.

Entonces, ¿por qué todas las recompensas son para vosotros y para estos

ninguna?[159] Di, Marílades, tú que tienes la cabeza encanecida por la

edad, ¿has ido alguna vez en embajada? Dice que no, y sin embargo es

prudente y laborioso. Y vosotros, Dracilo, Eufórides y Prínides[160],

¿conocéis a Ecbatana o la Caonia? Tampoco. Sin embargo, las han

visitado el hijo de Cesira[161] y Lámaco, de quienes, por no poder

pagar su escote, ni sus deudas, decían hace poco sus amigos: «¡Agua

va!» como los que al anochecer vierten por las ventanas el líquido con

que se han lavado los pies.

LÁMACO.

¡Pueblo insolente! ¿Habrá que tolerar tales insultos?

DICEÓPOLIS.

No; si Lámaco no cobrase sueldo.

LÁMACO.

Pues yo haré siempre la guerra a todos los peloponesios; los

hostilizaré cuanto pueda, y los perseguiré con todas mis fuerzas

terrestres y marítimas.

DICEÓPOLIS.

Pues yo anuncio a todos los peloponesios, megarenses y beocios, que

pueden acudir a comprar y vender en mi mercado; solo exceptúo a Lámaco.

(_Queda solo el_ CORO.)

CORO.

Este hombre aduce argumentos convincentes y va a cambiar la opinión

del pueblo, inclinándole a la paz. Pero dispongámonos a recitar los

anapestos[162].

Desde que nuestro poeta dirige los coros cómicos nunca se ha presentado

a hacer su propio panegírico[163]; pero hoy que ante los atenienses,

tan precipitados en sus decisiones, sus enemigos le acusan falsamente

de que se burla de la república e insulta al pueblo, preciso le es

justificarse con sus volubles conciudadanos. El poeta pretende

haberos hecho mucho bien, impidiendo que os dejéis sorprender por las

palabras de los extranjeros y que os hechicen los aduladores y seáis

unos chorlitos. Antes los diputados de las ciudades, cuando os querían

engañar, principiaban por llamaros: «Coronados de violetas»[164], y al

oír la palabra _coronas_, era de ver cómo no cabíais ya en vuestros

asientos[165]. Si otro adulándoos decía: «La espléndida Atenas»[166],

conseguía al punto cuanto deseaba, por haberos untado los labios con el

elogio, como si fueseis anchoas. Desengañándoos, pues, os ha prestado

el poeta eminentes servicios, y ha difundido por las ciudades aliadas

el régimen democrático. Por eso los pagadores de tributos de esas

mismas ciudades acudirán deseosos de conocer al excelente poeta que no

ha temido decir la verdad a los atenienses. La fama de su atrevimiento

ha llegado tan lejos, que el gran Rey, interrogando a la embajada de

los lacedemonios, preguntó primero cuál era la armada más poderosa, y

después cuáles eran los más atacados por nuestro vate, y les aseguró

que sería más feliz y conseguiría señaladísimas victorias la república

que siguiese sus consejos. Por eso los lacedemonios os brindan con

la paz, y reclaman a Egina[167]; no porque den gran importancia a

aquella isla, sino por despojar de sus bienes al poeta; pero vosotros

no le abandonéis jamás; en sus comedias brillará siempre la justicia,

y abogará siempre por vuestra felicidad, no con adulaciones ni vanas

promesas, fraudes, bajezas ni intrigas, sino dándoos buenos consejos y

proponiéndoos lo que sea mejor.

Después de esto, ya puede Cleón urdir y maquinar contra mí cuanto se

le antoje. La honradez y la justicia estarán de mi lado, y nunca la

república verá en mí, como en él, un cobarde e inmundo bardaje.

¡Ven, infatigable musa acarniense, brillante y devoradora como el

fuego! Semejante a la chispa que, sostenida por un suave viento, salta

de los tizones de encina mientras unos asan sobre ellos sabrosos

pececillos, y otros preparan la salmuera fresca de Tasos o amasan la

blanca harina, ¡ven, musa impetuosa, intencionada y agreste, y presta

inspiración a tu conciudadano!

Nosotros, decrépitos ancianos, acusamos a la ciudad. Vemos desamparada

nuestra vejez, sin que se nos alimente en recompensa digna de los

méritos que en las batallas navales contrajimos; en cambio, sufrimos

mil vejámenes; nos enredáis en litigiosas contiendas, y luego permitís

que sirvamos de juguete a oradores jovenzuelos: ya nada somos; mudos

e inservibles, como flautas rajadas, un bastón es nuestro único

apoyo, o nuestro Neptuno, por decirlo así. En pie ante el tribunal,

balbuceando algunas palabras inconexas, solo vemos de la justicia la

bruma que la rodea, mientras el abogado contrario, deseando captarse

las simpatías de la juventud, lanza sobre el demandado un diluvio de

palabras precisas y seguras; y luego de haberlo rendido, le interroga,

le dirige preguntas insidiosas, y le turba, le aflige y despedaza, como

le sucedió al anciano Titón.

El pobre calla; se retira castigado con una pena pecuniaria; llora y

solloza, y dice a sus amigos: «El dinero con que pensaba comprar mi

ataúd, tengo que darlo para pagar esta multa.»

¿Es justo arruinar de ese modo a un anciano, a un hombre encanecido,

que sobrellevó con sus compañeros tantas fatigas, que vertió por la

república sudores ardientes, varoniles y copiosos, y que en Maratón

peleó como un héroe? Nosotros, que de jóvenes perseguimos en Maratón

a los enemigos, somos ahora perseguidos por hombres malvados, y

condenados al fin. ¿Que responderá a esto Marpsias?[168] ¿Es justo

que un hombre encorvado por la edad, como Tucídides[169], cual si se

hubiera perdido en los desiertos de Escitia, sucumba en sus litigios

con Cefisodemo[170], abogado locuaz? Os aseguro que sentí la más

viva compasión y hasta lloré, viendo maltratado por un arquero a ese

anciano, a Tucídides digo, que, por Ceres, cuando estaba en la plenitud

de sus fuerzas no hubiera tolerado fácilmente que se le atreviese

nadie, ni aun la misma Ceres, pues primero hubiera derribado a diez

Evatlos[171], y luego aterrado con sus gritos a los tres mil arqueros,

y matado con sus flechas a toda la parentela de ese mercenario. Mas,

ya que no queréis dejar descansar a los viejos, decretad, a lo menos,

la división de las causas: que el viejo desdentado litigue contra los

viejos; el bardaje contra los jóvenes, y el charlatán contra el hijo

de Clinias[172]. Es necesario, no lo niego, perseguir a los malvados;

pero en todos los procesos sea el anciano quien condene al anciano, y

el joven al joven.

* * * * *

DICEÓPOLIS.

Estos son los límites de mi mercado. Todos los peloponesios, megarenses

y beocios pueden concurrir a él, con la condición de que me vendan a mí

sus mercancías y no a Lámaco. Nombro agoránomos[173] de mi mercader,

elegidos a suerte, estos tres zurriagos del Lepreo[174]. Que no entre

aquí ningún delator, ni ningún habitante de Fasos[175]. Voy a traer la

columna[176] sobre la cual está escrito el tratado, para colocarla a la

vista de todos.

* * * * *

(_Entra un megarense con dos muchachas._)

EL MEGARENSE[177].

¡Salud, mercado de Atenas, grato a los megarenses! Juro por Júpiter,

protector de la amistad, que deseaba verte como el hijo a su madre.

Hijas desdichadas de un padre infortunado, mirad si encontráis alguna

torta. Escuchadme, por favor, y hagan eco mis palabras en vuestro

famélico vientre. ¿Qué queréis? ¿Ser vendidas o moriros de hambre?

LAS MUCHACHAS.

¡Ser vendidas, ser vendidas!

EL MEGARENSE.

También me parece lo mejor. ¿Mas habrá algún tonto que os compre siendo

una carga manifiesta? Pero se me ocurre un ardid digno de Megara. Os

voy a disfrazar de cerdos, y diré que os traigo al mercado. Poneos

estas pezuñas y procurad parecer de buena casta, pues si volvéis a

casa, ya sabéis, por el tonante Júpiter, que sufriréis los horrores

del hambre. Ea, colocaos estos hocicos de puerco y meteos en este

saco. Procurad gruñir bien y hacer _coi_, gritando como los cerdos que

van a ser sacrificados a Ceres[178]. Yo voy a llamar a Diceópolis:

¡Diceópolis! ¿Quieres comprar cerdos?

DICEÓPOLIS.

¿Qué es ello? ¡Un megarense!

EL MEGARENSE.

Venimos al mercado.

DICEÓPOLIS.

¿Cómo lo pasáis?

EL MEGARENSE.

Sentados siempre junto al fuego y muertos de hambre.

DICEÓPOLIS.

Por Júpiter, eso es muy agradable, teniendo al lado un flautista.[179]

¿Y qué más hacéis los megarenses?

EL MEGARENSE.

¿Y lo preguntas? Cuando yo salí para venir al mercado, nuestras

autoridades dictaban las medidas oportunas para que la ciudad se

arruine lo más pronto y desastrosamente posible.

DICEÓPOLIS.

Entonces no tardaréis en veros libres de apuros.

EL MEGARENSE.

¿Por qué no?

DICEÓPOLIS.

¿Qué más ocurre en Megara? ¿Qué precio tiene el trigo?

EL MEGARENSE.

Tiene tanta estimación y precio como los dioses.

DICEÓPOLIS.

¿Traes sal?

EL MEGARENSE.

¿Cómo, si os habéis apoderado de nuestras salinas?

DICEÓPOLIS.

¿Y ajos?[180]

EL MEGARENSE.

¿Qué ajos? Si siempre que invadís nuestras tierras arrancáis todas las

plantas como si fueseis ratones de campo.

DICEÓPOLIS.

¿Pues qué traes?

EL MEGARENSE.

Puercas para los sacrificios.

DICEÓPOLIS.

¡Que me place! A verlas.

EL MEGARENSE.

¡Mira qué hermosas! Tómalas a peso si quieres. ¿Qué gorda y qué hermosa

está esta?

DICEÓPOLIS.

¿Pero qué es esto?

EL MEGARENSE.

Una cerda, por vida mía.

DICEÓPOLIS.

¿Qué dices? ¿De dónde es?

EL MEGARENSE.

De Megara. ¿No es puerca o qué?

DICEÓPOLIS.

A mí no me lo parece.

EL MEGARENSE.

¡Que no! ¡Tu incredulidad es asombrosa! ¡Decir que no es una puerca!

Apostemos, si quieres, un celemín de sal mezclada con tomillo a que

entre los griegos pasa esta por puerca.

DICEÓPOLIS.

Sí que es puerca[181]; pero de hombre.

EL MEGARENSE.

Sí, por Diocles,[182] y mía, ¿qué crees tú que son? ¿Quieres oírlas

gruñir?

DICEÓPOLIS.

Bueno; no hay inconveniente.

EL MEGARENSE.

Gruñe pronto, puerquecilla. ¿A qué te callas, desdichada? Te volveré a

casa, por Mercurio.

UNA MUCHACHA.

¡Coi! ¡Coi!

EL MEGARENSE.

¿Es o no puerca?

DICEÓPOLIS.

Ahora lo parece; pero bien alimentada será otra cosa[183].

EL MEGARENSE.

Dentro de cinco años, te lo aseguro, será como su madre.

DICEÓPOLIS.

Pero no sirve para el sacrificio.

EL MEGARENSE.

¿Por qué razón?

DICEÓPOLIS.

Porque no tiene cola[184].

EL MEGARENSE.

Aún es muy joven; cuando crezca tendrá una cola grande, gorda y

colorada. Si quieres alimentarla, será una puerca magnífica.

DICEÓPOLIS.

¡Qué parecida es a esta otra![185].

EL MEGARENSE.

Las dos son hijas del mismo padre y de la misma madre. Cuando se

engorde y se cubra de pelos será la mejor víctima que pueda ofrecerse a

Venus.

DICEÓPOLIS.

A Venus no se le sacrifican puercas.

EL MEGARENSE.

¿Que no se sacrifican puercas a Venus? Precisamente es la única deidad

a quien le agradan. La carne de estos animales es riquísima, sobre todo

cuando se la clava en el asador.

DICEÓPOLIS.

¿Comen ya solas, sin necesitar de su madre?

EL MEGARENSE.

Ni de su padre, por Neptuno.

DICEÓPOLIS.

¿Qué comida les gusta más?

EL MEGARENSE.

La que les des. Pregúntaselo a ellas

DICEÓPOLIS.

¡Gorrín! ¡Gorrín!

LAS MUCHACHAS.

¡Coi! ¡Coi!

DICEÓPOLIS.

¿Comerás nabos?[186].

LAS MUCHACHAS.

¡Coi! ¡Coi! ¡Coi!

DICEÓPOLIS.

¿Comerás higos?

LAS MUCHACHAS.

¡Coi! ¡Coi!

DICEÓPOLIS.

¡Con qué furia han pedido los higos! Traedles algunos a estas

puerquecillas. ¿Los comerán? ¡Sopla! ¡Con qué afán los devoran,

Hércules venerando! Parece que son de _Tragacia_[187]. Pero es

imposible que se hayan comido todos los higos.

EL MEGARENSE.

Todos, menos uno que he cogido yo.

DICEÓPOLIS.

Son hermosos animales, a fe mía. ¿Por cuánto me los vendes?

EL MEGARENSE.

Este, por una ristra de ajos, y el otro, si te gusta, por un

quénice[188] de sal.

DICEÓPOLIS.

Trato hecho. Espérame aquí.

EL MEGARENSE.

¡Bueno va! ¡Mercurio protector del comercio, concédeme que pueda vender

lo mismo a mi mujer y a mi madre![189].

UN DELATOR.

¡Buen hombre! ¿De dónde eres?

EL MEGARENSE.

Soy un megarense, vendedor de cerdos.

EL DELATOR.

Pues yo denuncio como enemigos a tus lechoncillos y a ti.

EL MEGARENSE.

¡Otra vez! Este renueva la fuente de todos nuestros males.

EL DELATOR.

Ya te arrepentirás de tu venida. Deja pronto ese saco.

EL MEGARENSE.

¡Diceópolis! ¡Diceópolis! Me denuncia un no sé quién.

DICEÓPOLIS.

¿Quién te denuncia? Agoránomos, ¿por qué no arrojáis del mercado a los

delatores? -- ¿Cómo quieres alumbrarnos sin linterna?[190].

EL DELATOR.

¿No puedo denunciar a los enemigos?

DICEÓPOLIS.

A costa de tu pellejo, si no te largas a otro sitio con tus delaciones.

EL MEGARENSE.

¡Qué peste para Atenas!

DICEÓPOLIS.

Ánimo, megarense; aquí tienes el precio de tus lechoncillos; toma los

ajos y la sal. Y pásalo bien.

EL MEGARENSE.

Ya no es costumbre entre nosotros.

DICEÓPOLIS.

Cierto, he dicho una tontería. ¡Caiga la culpa sobre mí!

EL MEGARENSE.

Id, lechoncillos míos, y, lejos de vuestro padre, ved si hay quien os

dé de comer tortas con sal.

(_Vanse los dos._)

* * * * *

CORO.

Este hombre[191] es muy feliz. ¿No has oído cuán provechosa le ha sido

su determinación? Se gana la vida sentado tranquilamente en la plaza;

y si se presenta Ctesias o algún otro delator, les obligará a tomar

asiento doloridos. Nadie te engañará en la compra de comestibles;

Prepis[192] no te manchará con su inmundo contacto; Cleónimo no te

dará empellones; cruzarás por entre la multitud vestido de fiesta sin

temor de que te salga al encuentro el pleitista Hipérbolo, ni de que,

al pasear por el mercado, se te acerque Cratino[193], pelado a la

manera de los libertinos, o aquel perversísimo Artemón[194], en cuyas

axilas se esconden chivos apestados[195]. Tampoco se burlarán de ti en

la plaza ni el perdido Pausón[196] ni Lisístrato[197], oprobio de los

colargienses; ese que impregnado de todos los vicios, como el paño en

la púrpura que le tiñe, padece hambre y frío más de treinta días al

mes.

UN BEOCIO.

¡Por Hércules! ¡Cómo me duele el hombro! -- Isménico, descarga con

cuidado el poleo[198]; y vosotros, flautistas tebanos, soplad con

vuestras flautas de hueso por el agujero mayor de esta piel de

perro[199].

DICEÓPOLIS.

¡Callad, malditos! ¿Si habrán echado raíces en mi puerta semejantes

moscones? ¿De dónde vendrán esos discordantes flautistas, dignos

discípulos de Queris?[200].

EL BEOCIO.

Por Iolao[201], ¡con qué placer les vería irse al infierno! Desde Tebas

vienen soplando detrás de mí, y me han arrancado todas las flores del

poleo. Extranjero, ¿quieres comprarme pollos o langostas?

DICEÓPOLIS.

Salud, amigo beocio, gran comedor de panecillos. ¿Qué traes?

EL BEOCIO.

Cuanto de bueno hay en Beocia: orégano, poleo, esterillas, mechas para

lámparas, ánades, grajos, francolines, pollas de agua, reyezuelos,

mergos...

DICEÓPOLIS.

De modo que entras en el mercado a manera de huracán que abate las aves

contra el suelo.

EL BEOCIO.

También traigo gansos, liebres, zorras, topos, erizos, gatos, píctidas,

nutrias, anguilas del Copais...[202]

DICEÓPOLIS.

¡Oh qué deliciosísimo bocado acabas de nombrar! Sí traes anguilas,

déjame que las salude.

EL BEOCIO.

Sal, tú, la mayor de las cincuenta vírgenes Copaidas, a regocijar con

tu presencia a este extranjero[203].

DICEÓPOLIS.

¡Querida mía, por tanto tiempo deseada, al fin has venido a satisfacer

los deseos de los coros cómicos, y los del mismo Moricos![204]. --

Esclavos, traedme el fuego y el aventador. Mirad, muchachos, esta

hermosa anguila, que al fin viene a visitarnos después de seis años de

espera[205]. Saludadla, hijos míos. Llevadla adentro. -- Ni aun la

muerte podrá separarme de ti[206], como te cuezan con acelgas.

EL BEOCIO.

¿Y cuánto me vas a pagar por ella?

DICEÓPOLIS.

Esta me la darás por derechos de entrada. ¿Quieres vender alguna otra

cosa?

EL BEOCIO.

Sí, por cierto; todo.

DICEÓPOLIS.

Vamos a ver, ¿cuánto pides? ¿O prefieres cambiar por otras tus

mercancías?

EL BEOCIO.

Bien, me llevaré de Atenas lo que no hay en Beocia.

DICEÓPOLIS.

Entonces querrás anchoas del Falero[207] y cacharros.

EL BEOCIO.

¡Anchoas! ¡Cacharros! De sobra los tenemos. Solo quiero llevarme cosas

que no hay allí, y aquí se encuentran en abundancia.

DICEÓPOLIS.

Ahora caigo en la cuenta: llévate un delator perfectamente empaquetado

como si fuese una vasija.

EL BEOCIO.

¡Por los Dioscuros![208] Ese sí que sería un negocio redondo: cargar

con un mico lleno de malicias.

DICEÓPOLIS.

Muy oportunamente llega Nicarco a delatar alguno.

EL BEOCIO.

¡Qué pequeño es!

DICEÓPOLIS.

Pero todo veneno.

* * * * *

NICARCO.

¿De quién son estas mercancías?

EL BEOCIO.

Mías; traídas de Beocia: por Júpiter lo juro.

NICARCO.

Pues yo las denuncio por enemigas.

EL BEOCIO.

¿Qué furia te mueve a declarar la guerra a las aves?

NICARCO.

También a ti te denunciaré.

EL BEOCIO.

¿Qué daño te he hecho yo?

NICARCO.

Te lo diré en obsequio de los presentes: tú traes mechas del país

enemigo.

EL BEOCIO.

¿Eres por tanto un denunciador de mechas?

NICARCO.

Una sola puede incendiar la flota.

EL BEOCIO.

¡Una mecha incendiar la flota! ¿Cómo? ¡Soberano Júpiter!

NICARCO.

Cualquier beocio enciende una mecha, la ata a un insecto alado, y,

aprovechando un momento en que el Bóreas sople con más violencia,

la lanza sobre la flota por medio de un tubo; si el fuego prende en

cualquier navío, es seguro que se abrasará en seguida toda la flota.

DICEÓPOLIS.

¡Canalla sin vergüenza! ¿De modo que para reducir a cenizas la

escuadra, bastan una mecha y un insecto? (_Le pega_).

NICARCO.

¡Sed testigos! ¡Favor!

DICEÓPOLIS.

Tápale la boca: dame bálago y mimbres para envolverle y podérmelo

llevar como una vasija sin que se rompa.

CORO.

Buen hombre, ata bien tan delicada mercancía, no se te quiebre en el

camino.

DICEÓPOLIS.

Eso a mi cargo queda; aunque deja oír un crujido como si se hubiera

rajado en el horno. ¡Crujido odioso a los inmortales!

CORO.

¿Qué hará con él?

DICEÓPOLIS.

Me servirá para todo: de recipiente de los males; de mortero para majar

pleitos; de linterna para espiar a los recaudadores, y de barreño donde

se enturbien todas las cosas.

CORO.

¿Pero quién se atreverá a usar un vaso cuyos crujidos resuenan

incesantemente en la casa?

DICEÓPOLIS.

Es sólido, amigo mío, y no se quebrará fácilmente si se le cuelga de

los pies, cabeza abajo.

CORO.

Ya está bien embalado.

EL BEOCIO.

Voy a segar mi cosecha.

CORO.

Excelente forastero, carga con ese paquete, llévate a ese delator,

bueno para cualquier cosa, y arrójalo donde te agrade.

DICEÓPOLIS.

Trabajo me ha costado el empaquetar a ese perdido. Ea, amigo, toma tu

vasija y llévatela.

EL BEOCIO.

Isménico, cárgatela sobre tus duros hombros.

DICEÓPOLIS.

Procura llevarla con cuidado. Aunque no llevas nada de bueno, sin

embargo, es fácil que salgas ganancioso con tu carga: serás feliz por

gracia de los delatores.

(_Vase el Beocio._)

UN CRIADO DE LÁMACO.

¡Diceópolis!

DICEÓPOLIS.

¿Quién va? ¿Qué me quieres?

EL CRIADO.

Lámaco te suplica que le des, mediante este dracma, algunos tordos,

para celebrar la fiesta de las _Copas_[209]; y que por otros tres le

vendas una anguila del Copais.

DICEÓPOLIS.

¿Quién es ese Lámaco que desea la anguila?

EL CRIADO.

Aquel terrible sufridor de trabajos, que lleva una Gorgona en el

escudo, y sobre cuyo casco se agita un penacho triple.

DICEÓPOLIS.

No le venderé nada, por Júpiter, aunque me dé su escudo: en vez de

comer pescado, entreténgase en agitar su penachos. Si se alborota,

llamaré a los agoránomos. Ahora, recogiendo mis compras, entraré en mi

casa «sobre las alas de los mirlos y los tordos.»[210]

* * * * *

CORO.

¿No veis, ciudadanos, no veis la extremada prudencia y discreción de

ese hombre, que, después de haber pactado sus treguas, puede comprar

cuantas cosas suelen traer los mercaderes, útiles unas a la casa, y

gratísimas otras al paladar?

Todos los bienes penetran por sí mismos en su morada.

Nunca admitiré en mi casa al belicoso Marte; jamás cantará en mi

mesa el himno de Harmodio[211], porque es un ser cuya embriaguez es

temible. Arrojándose sobre nuestros bienes, descargó sobre nosotros

todos los males, la ruina, la destrucción y la muerte; en vano le

decíamos amablemente: «Bebe, acompáñanos en la mesa, acepta esta copa

de amistad», porque entonces atizaba con más violencia el incendio de

nuestros rodrigones, y derramaba el vino de nuestras cepas.

Abundante mesa es la de Diceópolis; envanecido con su suerte, arroja en

los umbrales de su casa esas plumas, indicio de su regalada vida.

¡Oh Paz, compañera de la hermosa Venus y de sus amigas las Gracias!

¿Cómo he podido desconocer tanto tiempo tu sin par belleza?

¡Ojalá me despose contigo un Amor coronado de rosas como el que está

allí pintado![212] ¿Me crees acaso demasiado viejo? Pues si me enlazo

a ti podré, aunque anciano, hacer tres cosas en obsequio tuyo: abrir

en primer lugar un largo surco para la vid[213]; poner después junto a

él tiernos retoños de higuera, y plantar luego el vigoroso sarmiento;

cercando, por fin, todo mi campo de olivos, con cuyo aceite podamos

mutuamente ungirnos en las Neomenias.

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UN HERALDO.

Comedias, tomo 1 de 3 · 第 4 / 16 段