nació Celeo; Celeo se casó con Fenáreta[65], mi abuela, de esta
nació Licino, que me engendró inmortal. Únicamente a mi permitieron
los dioses que pactase una tregua con los lacedemonios. Pero yo,
ciudadanos, a pesar de mi inmortalidad, carezco de los víveres
necesarios para el viaje; porque no me los dan los pritáneos[66].
EL PRITÁNEO.
¡Hola, Arqueros!
ANFITEO.
¡Oh Triptólemo! ¡Oh Celeo! ¿Lo consentiréis?
DICEÓPOLIS.
Pritáneos, inferís una injuria a la asamblea mandando expulsar a un
hombre que trata de proporcionaros una tregua y el placer de colgar
nuestros escudos.
EL PRITÁNEO.
Siéntate y calla.
DICEÓPOLIS.
No, por Apolo; no callaré hasta que propongáis que se trate de la paz.
EL HERALDO.
Los embajadores enviados al Rey...
DICEÓPOLIS.
¿A qué rey? Ya estoy harto de embajadores, y pavos reales[67] y
fanfarronerías.
EL HERALDO.
¡Silencio!
DICEÓPOLIS.
¡Ah! ¡Ah! ¡Oh Ecbatana[68], qué traje!
UN EMBAJADOR.
Siendo arconte Eutímenes[69], nos enviasteis al gran Rey con un sueldo
de dos dracmas diarios.
DICEÓPOLIS.
¡Cuántos dracmas, gran Júpiter!
EL EMBAJADOR.
Hemos padecido muchísimo vagando por las orillas del Caistro[70],
viviendo bajo nuestras tiendas blandamente acostados en los carros;
¡muertos de fatiga!
DICEÓPOLIS.
¿Y yo? ¿Lo pasaba muy bien durmiendo sobre paja para guardar las
murallas?
EL EMBAJADOR.
Adonde quiera que llegábamos nos obligaban a beber en copas de oro y
cristal un vino dulce y exquisito.
DICEÓPOLIS.
¿No conoces, ciudad de Cranao[71], que se burlan de ti tus embajadores?
EL EMBAJADOR.
Aquellos bárbaros solo tienen por hombres a los grandes glotones y
borrachos.
DICEÓPOLIS.
Y nosotros a los libertinos e infames.
EL EMBAJADOR.
A los cuatro años llegamos al palacio; pero el rey, a la cabeza del
ejército, había marchado a hacer sus necesidades, y semejante operación
le entretuvo ocho eternos meses en las Montañas de Oro[72].
DICEÓPOLIS.
¿Y cuánto tardó en terminarla definitivamente?
EL EMBAJADOR.
Todo el plenilunio; después regresó a su alcázar y nos recibió
admirablemente, obsequiándonos con bueyes enteros asados en horno.
DICEÓPOLIS.
¿Se han visto nunca bueyes asados en horno?[73] ¡Qué exageración!
EL EMBAJADOR.
También, os lo juro, hizo que nos sirviesen un ave tres veces mayor que
Cleónimo[74]; se llamaba el Engañador.
DICEÓPOLIS.
Por eso nos engañas tú cobrando los dos dracmas.
EL EMBAJADOR.
Y ahora os traemos a Pseudartabas[75], el Ojo del Rey.
DICEÓPOLIS (_a Pseudartabas_).
¡Hércules poderoso! ¿Qué te pasa, buen hombre? ¿Ves una línea de navíos
dispuestos al ataque, o costeas un accidentado promontorio? Tu ojo está
guarnecido de cuero como los agujeros de los remos en las naves[76].
EL EMBAJADOR.
Manifiesta ahora, Pseudartabas, lo que el Rey te encargó que anunciases
a los atenienses.
PSEUDARTABAS.
_Iartaman exarx anapissonai satra_[77].
EL EMBAJADOR.
¿Has entendido lo que ha dicho?
DICEÓPOLIS.
No, por mi vida.
EL EMBAJADOR.
Dice que el Rey os enviará oro.
PSEUDARTABAS.
No se te dará oro, Jonio infame[78].
DICEÓPOLIS.
¡Desdichado de mí! ¡Eso sí que lo ha dicho claro!
EL EMBAJADOR.
¿Pues qué ha dicho?
DICEÓPOLIS.
Nada: que son unos asnos los atenienses si cuentan con el oro de los
Persas.
EL EMBAJADOR.
No hay tal: habla de darnos el oro por fanegas.
DICEÓPOLIS.
¡Por fanegas! Eres el fanfarrón más grande que se ha visto. Pero
vete, les preguntaré yo solo. (_A Pseudartabas._) Ea, respóndeme con
claridad, si no quieres que te tiña en púrpura de Sardes[79]. ¿Nos
enviará dinero el gran Rey? (_Pseudartabas hace señas negativas._) ¿Por
consiguiente nos engañan los embajadores? (_Pseudartabas hace señas
afirmativas._) Pero estos hombres hacen para contestar las mismas señas
que los griegos: me parece imposible que no lo sean. ¡Justamente! Ya he
conocido a uno de estos eunucos; es Clístenes[80], el hijo de Sibirtio.
¡Qué invención la del infame! ¿Cómo, teniendo barba, quieres pasar por
eunuco, mico desvergonzado? Y ese otro, ¿quién es? ¿Acaso Estratón?
EL HERALDO.
Calla y siéntate. El Senado invita a Ojo del Rey a pasar al
Pritaneo[81].
DICEÓPOLIS.
¡Hay para ahorcarse! ¿Qué hago aquí ya? Las puertas del Pritaneo
siempre están abiertas para tales huéspedes. Mas voy a llevar a cabo un
proyecto grande y asombroso. ¿Dónde está Anfiteo?
ANFITEO.
Heme aquí.
DICEÓPOLIS.
Toma estos ocho dracmas, y páctame con los lacedemonios una tregua para
mí solo, mi mujer y mis hijos. Vosotros, papanatas, continuad enviando
embajadores.
EL HERALDO.
Preséntese Teoro[82], embajador en la corte de Sitalces.
TEORO.
Aquí estoy.
DICEÓPOLIS.
Ya sale otro charlatán a la palestra.
TEORO.
No hubiéramos permanecido tanto tiempo en Tracia...
DICEÓPOLIS.
Es verdad, si no hubieras percibido tan crecido sueldo.
TEORO.
Si toda la Tracia no hubiera estado cubierta de nieve y helados sus
ríos, precisamente cuando Teognis[83] hacía representar aquí sus
tragedias. Mientras tanto, pasé el tiempo en beber con Sitalces[84],
que es aficionadísimo a los atenienses y nos quiere de veras; a
tal punto llega su afecto que ha escrito en la muralla: «Hermosos
atenienses.» Su hijo[85], a quien nombramos ciudadano, deseaba comer
salchichas en las Apaturias[86], y rogaba a su padre que os auxiliase;
este, atendiendo su súplica, ha jurado en un sacrificio, que había
de venir a socorrernos con tan numeroso ejército, que los atenienses
exclamarían al verlo: «¡Qué nube de langostas!»
DICEÓPOLIS.
¡Que muera desastrosamente si creo una sola palabra de cuanto has
dicho, excepto lo de las langostas!
TEORO.
Por de pronto os envía el pueblo más belicoso de la Tracia.
DICEÓPOLIS.
Ya empieza a verse claro.
EL HERALDO.
Presentaos, tracios de Teoro.
DICEÓPOLIS.
¿Qué plaga es esta?
TEORO.
El ejército de los odomantas[87].
DICEÓPOLIS.
¿Qué odomantas? Dime, ¿qué es esto? ¿quién los ha circuncidado?[88].
TEORO.
Si les dais dos dracmas de sueldo, asolarán toda la Beocia.[89].
DICEÓPOLIS.
¡Dos dracmas a esos hombres incompletos! Con razón se quejarían
todos nuestros marinos, bravos defensores de la ciudad... ¡Ah, qué
desgracia!... Los odomantas me han robado los ajos[90]; devolvédmelos
pronto.
TEORO.
¡Desdichado! Guárdate de acercarte a unos hombres que han comido
ajos[91].
DICEÓPOLIS.
¿Consentís, oh pritáneos, que en mi propio país me traten los
extranjeros de esta manera? Me opongo a que la Asamblea delibere sobre
el sueldo de los tracios: os aseguro que acaba de manifestarse un
augurio: me ha caído una gota de agua[92].
EL HERALDO.
Retírense los tracios y comparezcan dentro de tres días; pues los
pritáneos disuelven la Asamblea.
DICEÓPOLIS.
¡Pobre de mí! he perdido casi todo el almuerzo. ¡Hola! aquí está
Anfiteo de vuelta de Lacedemonia. Salud, amigo.
ANFITEO.
Déjame, déjame correr y huir de los acarnienses que me persiguen.
DICEÓPOLIS.
¿Qué sucede?
ANFITEO.
Venía apresuradamente con tu tratado de paz: pero lo olieron[93] unos
de esos viejos acarnienses, duros como el roble, intratables, feroces,
veteranos de Maratón, y gritaron unánimes: «Infame, ¿traes la paz, y el
enemigo ha talado nuestras viñas?» y al mismo tiempo recogían piedras
en los mantos: yo eché a correr, y ellos me persiguen vociferando.
DICEÓPOLIS.
Que griten cuanto quieran; ¿traes el tratado de paz?
ANFITEO.
Los traigo de tres clases: a elección. Este es por cinco años. Toma y
gústale.
DICEÓPOLIS.
¡Puf!
ANFITEO.
¿Qué?
DICEÓPOLIS.
No me gusta: huele a brea y a equipo de naves[94].
ANFITEO.
Toma este de diez años, y prueba a ver.
DICEÓPOLIS.
Tampoco; este huele a los embajadores enviados a las ciudades para
quejarse de la morosidad de los aliados.
ANFITEO.
En este se pacta por treinta años una tregua en mar y tierra.
DICEÓPOLIS.
¡Oh placer! este sí que huele a ambrosía y a néctar: este no me manda
aprovisionarme para tres días[95], sino que me dice bien claro: «Ve a
donde quieras.» Por eso lo acepto y ratifico con entusiasmo, deseando
mil felicidades a los acarnienses. Libre de la guerra y de sus males,
iré al campo a celebrar las fiestas de Baco[96].
ANFITEO.
Yo huyo de los acarnienses[97].
* * * * *
CORO.
Por aquí todos, seguidle, perseguidle, preguntad a los transeúntes por
él: la captura de ese hombre interesa a la república. El que sepa a
dónde ha huido ese porta-tratados, dígamelo.
¡Ha escapado, ha desaparecido! ¡Triste peso de los años! ¡En mis buenos
tiempos, cuando cargado de carbón seguía sin dificultad a Failo[98] el
andarín, no se me hubiera escurrido ese negociante de treguas, a pesar
de toda su agilidad!
Las rodillas del viejo Lacrátides[99] se han endurecido: los años
pesan sobre sus piernas; por eso se escapó el bribón. Persigámosle:
que jamás pueda burlarse de nosotros, aunque viejos, gloriándose de
haberse librado de los acarnienses, él, ¡oh Júpiter y dioses soberanos!
él que se ha atrevido a pactar treguas con mis enemigos, contra los
cuales mis campos devastados me obligarán a combatir cada día más
encarnizadamente. ¡Oh! no cesaré de perseguirlos hasta clavarme en su
costado como acerado junco; ni dejaré de hostigarlos para que nunca
vuelvan a talar mis viñas.
Pero busquemos a ese hombre: dirijámonos hacia Balena[100], y
persigámosle de lugar en lugar: jamás me cansaré de apedrearle.
DICEÓPOLIS.
Guardad, guardad el silencio religioso[101].
CORO.
Callad. ¿Habéis oído? Se nos pide que guardemos el silencio religioso.
Es el mismo a quien buscamos. Venid todos aquí. Separaos: parece que va
a ofrecer un sacrificio.
DICEÓPOLIS.
Silencio, silencio. -- Adelántate un poco, joven canéfora[102]. --
Jantias, ten el falo[103] derecho.
LA MUJER.
Deja la cesta, hija mía, para que principiemos el sacrificio.
LA HIJA.
Madre, dame la cuchara, y verteré la salsa sobre esta torta.
DICEÓPOLIS.
Todo está bien preparado. -- ¡Baco poderoso, ya que lleno de gratitud
te dedico con mi familia esta fiesta y solemne sacrificio, concédeme
que, libre de las faenas militares, celebre con alegría las Dionisíacas
campestres, y que me sean para bien estos treinta años de tregua!
LA MUJER.
Vamos, hija mía, procura llevar con gracia el canastillo; ve seria y
con el avinagrado gesto del que mastica ajedrea. Feliz quien se case
contigo y fecunde tu seno al salir el sol[104]. Anda y cuida de que
entre la multitud no te roben las alhajas de oro[105].
DICEÓPOLIS.
Jantias, lleva el falo derecho detrás de la canéfora: yo te seguiré
cantando el himno fálico. -- Tú, esposa mía, puedes mirarnos desde el
terrado de casa[106]. -- Adelante.
¡Oh Falo[107], amigo y compañero de Baco, nocturno rondador, adúltero
y pederasta, al cabo de seis años[108] te saludo al fin, volviendo
regocijado a mi aldea, libre de miserias, combates y Lámacos[109],
después de haber pactado una tregua para mí solo y mi familia! ¡Cuánto
más delicioso es, amable Fales, encontrarse una linda leñadora
como Trata, la esclava de Estrimodoro, robando troncos en el monte
Feleo[110], y estrechar su talle gentil, y gozar allí mismo de sus
encantos! ¡Oh Fales, amable Fales, si hoy bebieres con nosotros,
trastornado aún por el vino de la víspera, devorarás mañana el plato
de la paz, y yo colgaré mi escudo al humo!
CORO.
Ese es, ese mismo. Tirad, tirad. Apedreemos todos a ese infame. ¿Por
qué no tiráis? ¿Por qué no tiráis?
DICEÓPOLIS.
¡Por Hércules! ¿Qué es esto? Me vais a romper la olla[111].
CORO.
Tu cabeza, traidor, es lo que vamos a romper a pedradas.
DICEÓPOLIS.
¿Qué motivo hay, venerables Acarnienses?
CORO.
¿Y lo preguntas, bribón desvergonzado, traidor a tu patria? ¿Y aún te
atreves a mirarme a la cara después de haber pactado treguas con los
enemigos?
DICEÓPOLIS.
Ignoráis por qué he hecho ese tratado. Escuchad.
CORO.
¡Escucharte! Matémosle a pedradas.
DICEÓPOLIS.
Nunca antes de oírme. Calmaos, mis buenos amigos.
CORO.
Ni yo me calmaré, ni tú hablarás otra palabra. Porque te aborrezco más
que a Cleón, a quien pienso desollar para hacer con su piel sandalias
a los caballeros[112]. Amigo de los lacedemonios, no pienses que yo
escuche tus largos discursos. Vas a llevar tu merecido.
DICEÓPOLIS.
Mis buenos convecinos, dejad en paz a los lacedemonios. Oíd las razones
que he tenido para pactar esta tregua.
CORO.
¿Qué razones puede haber para pactar con esos hombres sin fe, sin
religión, sin juramento?
DICEÓPOLIS.
Es que creo también que los lacedemonios, a quienes tanto aborrecemos,
no son la causa de todos nuestros males.
CORO.
¿Que no son la causa de todos nuestros males, grandísimo bribón? ¿Y
te atreves a decirlo delante de nosotros? ¿Y aun pretenderás que te
perdone?
DICEÓPOLIS.
No de todos, no de todos. Yo mismo podría demostraros que ellos han
sido víctimas de más de una injusticia.
CORO.
Solo faltaba que te atrevieses a defender delante de nosotros a
nuestros enemigos: tus palabras me irritan y exasperan.
DICEÓPOLIS.
Si lo que digo no es justo, y si el pueblo no lo reconoce por tal, me
comprometo a hablar con la cabeza sobre un tajo.
CORO.
Ea, compañeros, ¿por qué no le apedreamos? ¿Por qué no le cardamos como
a la lana que va a teñirse de púrpura?
DICEÓPOLIS.
¿Qué negro tizón enciende de nuevo vuestra ira? ¿No me escucharéis,
acarnienses? ¿No me escucharéis?
CORO.
No te escucharemos.
DICEÓPOLIS.
¿Y me trataréis tan indignamente?
CORO.
¡Que me muera si te escucho!
DICEÓPOLIS.
De ningún modo, acarnienses.
CORO.
Sabe que vas a morir ahora.
DICEÓPOLIS.
También yo os daré que sentir; también yo mataré a vuestros más
queridos amigos; porque tengo rehenes vuestros y los degollaré sin
piedad.
CORO.
Decidme, conciudadanos, ¿qué amenaza contra los acarnienses envuelven
sus palabras? ¿Tendrá acaso encerrado a alguno de nuestros hijos?
¿Cómo está tan atrevido?
DICEÓPOLIS.
Tirad, tirad si queréis; yo destrozaré a este: así sabré pronto el
cariño que tenéis a los carbones[113].
CORO.
¡Perdidos somos! Ese cesto es conciudadano mío. No realices, ¡ah! no
realices tu intento.
DICEÓPOLIS.
Lo mataré, gritad cuanto queráis; yo no os escucharé.
CORO.
¿Será posible qué mates a ese pobre carbonero, nuestro amigo e igual?
DICEÓPOLIS.
¿Atendíais vosotros hace un instante a lo que os decía?
CORO.
Di, pues, lo que quieras de esos lacedemonios que te son tan queridos.
Jamás abandonaré a ese pobre cestillo.
DICEÓPOLIS.
Dejad primero las piedras.
CORO.
Ya están en el suelo; deja tú también la espada.
DICEÓPOLIS.
Cuidado con esconder piedras en los mantos.
CORO.
Las hemos tirado todas. Mira cómo sacudimos los mantos; pero no pongas
pretexto, deja la espada; ya ves cómo sacudo mi manto al pasar de un
lado a otro.
DICEÓPOLIS.
Debíais de gritar todos a porfía. Si continuáis un poco más, hubierais
visto perecer los carbones del Parneto[114] por la imprudencia de sus
conciudadanos. A fe que este cesto ha tenido un miedo terrible; pues
me ha manchado de negro, como el calamar al verse perseguido. Ya veis
cuán dañoso es ese vuestro carácter intratable, que os arrastra en
seguida a dar golpes y gritos, y no os deja escuchar las equitativas
proposiciones que sobre los lacedemonios pensaba haceros con la cabeza
sobre un tajo: y cuenta que estimo la vida como el que más.
CORO.
¿Por qué no traes, hombre audaz, tu decantado tajo, y dices sobre él
esas cosas de tanta importancia? Tengo vivos deseos de saber lo que
piensas. Pero ya que tú mismo te has comprometido, venga el tajo, y
habla en seguida.
DICEÓPOLIS.
Está bien, mirad. Este es el tajo, el orador este, es decir, yo, así,
pequeñito. No me cubriré con un escudo; pero diré de los lacedemonios
lo que me parezca conveniente. Y no es que no tenga por que temer:
conozco perfectamente el flaco de los labradores, y sé que, con tal que
un charlatán colme de elogios justos o injustos a ellos y a su ciudad,
ya no caben en sí de gozo, ni ven que les está vendiendo. También
conozco el carácter de los viejos: solo piensan en fulminar sentencias
condenatorias. Y sé por experiencia propia lo que me hizo sufrir
Cleón[115] por mi comedia del año pasado, haciéndome comparecer ante
el Senado, calumniándome, acumulándome supuestos crímenes, tratando de
confundirme con sus ultrajes y declamaciones, y poniéndome a pique de
morir, manchado por sus infames calumnias. Pero antes de principiar mi
discurso, permitidme que me vista los andrajos de un hombre miserable.
CORO.
¿Qué engaños estás fraguando? ¿A qué tales dilaciones? Por mí, si
quieres, ya puedes pedir a Hierónimo[116] el casco tenebroso y erizado
de Plutón, y emplear después todas las astucias de Sísifo[117]; pero
el negocio no admite demora.
DICEÓPOLIS.
Ya es tiempo de adoptar una resolución enérgica; no tengo más remedio
que dirigirme a Eurípides. (_Llamando a la puerta de Eurípides._)
¡Esclavo, esclavo!
EL CRIADO DE EURÍPIDES[118].
¿Quién?
DICEÓPOLIS.
¿Está en casa Eurípides?
EL CRIADO.
Está y no está, ¿lo entiendes?
DICEÓPOLIS.
¿Cómo puede estar y no estar al mismo tiempo?
EL CRIADO.
Muy fácilmente, anciano. Su espíritu, que anda por fuera recogiendo
versitos, no está en casa; pero él está en casa, colgado del techo, y
componiendo una tragedia[119].
DICEÓPOLIS.
¡Oh bienaventurado Eurípides! ¡Qué felicidad tener un criado que
responda con tanta discreción![120] -- Llámale.
EL CRIADO.
Es imposible.
DICEÓPOLIS.
Sin embargo... yo no puedo marcharme. Llamaré a su puerta. ¡Eurípides,
mi querido Eurípides! Escúchame, si alguna vez has escuchado a alguien.
Te llamo yo, Diceópolis el de Cólides[121].
EURÍPIDES.
No tengo tiempo.
DICEÓPOLIS.
Haz que te traigan aquí.
EURÍPIDES.
Es imposible.
DICEÓPOLIS.
Sin embargo...
EURÍPIDES.
Sea, haré que me lleven[122]; pero no tengo tiempo de bajar.
DICEÓPOLIS.
¡Eurípides!
EURÍPIDES.
¿Por qué gritas?
DICEÓPOLIS.
¡Ah, compones tus tragedias suspendido en el aire, pudiéndolas hacer
en tierra! Ya no me asombra que sean cojos tus personajes[123]. ¿Qué
miserables andrajos guardas ahí? Ya no me extraña que tus héroes sean
mendigos[124]. De rodillas te lo pido, Eurípides: dame los harapos
de algún drama antiguo. Tengo que pronunciar ante el coro un largo
discurso; y, si lo declamo mal, me va en ello la vida.
EURÍPIDES.
¿Qué vestidos te daré? ¿Los que llevaba Eneo[125], anciano infeliz, al
presentarse a la lucha?
DICEÓPOLIS.
Los de Eneo, no; otros más derrotados.
EURÍPIDES.
¿Los de el ciego Fénix?[126]
DICEÓPOLIS.
Los de Fénix, no: otros más miserables todavía.
EURÍPIDES.
¿Qué andrajos serán los que pide este hombre? ¿Quieres los del mendigo
Filoctetes?[127]
DICEÓPOLIS.
No, no: los de otro héroe muchísimo más miserable.
EURÍPIDES.
¿Quieres aquel manto sucio que sacó el cojo Belerofonte?[128]
DICEÓPOLIS.
No quiero el de Belerofonte, sino el de aquel que era cojo, mendigo,
charlatán e infatigable hablador.
EURÍPIDES.
Ya sé quién dices; Telefo de Misia[129].
DICEÓPOLIS.
El mismo; por favor, préstame su vestido.
EURÍPIDES.
Esclavo, dale los harapos de Telefo; están encima de los de Tiestes y
entre los de Ino[130].
EL CRIADO.
Tómalos.
DICEÓPOLIS.
¡Oh Júpiter, que todo lo ves con perspicaz mirada, permíteme cubrirme
hoy con el vestido de la miseria![131] -- Eurípides, ya que me has
concedido este favor, no me niegues los accesorios correspondientes
a estos jirones; dame el gorrillo misio para la cabeza. «Pues hoy me
conviene, para fingirme mendigo, ser quien soy y no parecerlo[132].» Es
preciso que los espectadores sepan quién soy, y que yo hurle al coro
estúpido con mi palabrería.
EURÍPIDES.
Te lo daré: a tu sutil ingenio nada puede negarse.
DICEÓPOLIS.
«La bendición de los inmortales descienda sobre ti y tu Telefo[133].»
¡Magnífico! Me siento henchido de bellas frases. Pero necesito también
un bastón de mendigo.
EURÍPIDES.
Toma, y «retírate de estos pórticos de piedra.»
DICEÓPOLIS.
¿Ves, alma mía, cómo me despide, cuando aún me faltan tantas cosas
para completar mi atavío? No hay que desistir; pidamos, supliquemos,
porfiemos. Eurípides, dame un farolillo de mimbre ya medio quemado[134].
EURÍPIDES.
Pero, desdichado, ¿para qué lo quieres?
DICEÓPOLIS.
Para nada; pero quiero tenerlo.
EURÍPIDES.
Eres excesivamente fastidioso. Vete.
DICEÓPOLIS.
¡Ah! los dioses te bendigan como ya bendijeron a tu madre.
EURÍPIDES.
¡Ea, vete!
DICEÓPOLIS.
Aún no; dame también un jarrillo desportillado.
EURÍPIDES.
Toma y márchate; ya estás de más aquí.
DICEÓPOLIS.
No sabes, por Júpiter, todo el mal que me causas. Ea, dulcísimo
Eurípides, otra cosa tan solo; dame un puchero cuyo fondo esté cerrado
por una esponja[135].
EURÍPIDES.
Hombre, te me llevas una tragedia entera. Toma y lárgate.
DICEÓPOLIS.
Me marcho; ¿mas qué hago? Aún me falta una cosa, de cuya adquisición
pende mi vida. Oye, dulcísimo Eurípides; si me das lo que te voy a
pedir, me marcho para no volver: por favor, unas hojitas de verdura
para la cesta.
EURÍPIDES.
¡Me asesinas! Ahí las tienes. Mis tragedias quedan reducidas a nada.
DICEÓPOLIS.
Basta; me retiro: soy demasiado molesto «sin mirar que me hago
odioso a los reyes.» ¡Infeliz de mí, soy perdido; he olvidado lo
principal! Dulcísimo, queridísimo Eurípides, permita Júpiter que muera
desastrosamente, si te pido otra cosa fuera de esta sola, de esta sola;
dame un poco de aquel perifollo que vende tu madre[136].
EURÍPIDES.
Ese hombre me insulta. Cierra la puerta.
DICEÓPOLIS.
No tengo más remedio que presentarme sin el perifollo. (_A sí mismo._)
¿Sabes la lucha que vas a emprender atreviéndote a hablar en favor de
los lacedemonios? Adelante, corazón mío: he aquí la línea enemiga.
¿Te detienes? ¿No estás empapado en el espíritu de Eurípides? ¡Valor!
Adelante, corazón angustiado; presenta sin miedo tu cabeza, y di cuanto
te agrade. Atrévete, anda, acércate. Mi denuedo me regocija.
CORO.
¿Qué hará? ¿Qué dirá? Solo un hombre impudente y de férreo corazón se
atrevería a exponer su cabeza contra toda la ciudad, y a ponerse en
contradicción con ella. Ya se presenta ese hombre intrépido. Ea, habla,
pues tal es tu deseo.
DICEÓPOLIS.
No os ofendáis[137], espectadores, de que siendo un mendigo, me atreva
a hablar de política en una comedia; pues también la comedia conoce
lo que es justo. Yo os diré palabras amargas, pero verdaderas. No me
acusará hoy Cleón de que hablo mal de la ciudad en presencia de los
extranjeros; estamos solos; las fiestas se celebran en el Leneo[138];
no hay extranjeros, ni han venido de las ciudades los pagadores de
tributos, ni los aliados; estamos solos y limpios de toda paja: porque
yo llamo paja de la ciudad a los metecos[139].