injusticia, las preocupaciones y el error, el poeta hubo de acudir a
todos los resortes de su ingenio, y doblegarse a la dura necesidad de
dar gusto lo mismo a la parte más sensata de su auditorio, que era
naturalmente la menor, que a la multitud ignorante, grosera y afiliada
por añadidura a un partido contrario al que Aristófanes se creía
obligado a defender. Por eso, sin duda, y teniendo además presente
la derrota de Cratino, expulsado del teatro por no haber sazonado su
comedia con los inmundos chistes que eran de rigor, nuestro poeta
mancha con excesiva frecuencia el espléndido ropaje de su Musa con
impúdicas sales, licenciosos cuadros, frases malsonantes, equívocos
bajos y pueriles, y recursos escénicos de pésimo gusto y mala ley. Al
decir esto, no pretendemos defenderle a fuer de ciegos apologistas;
pero sí creemos oportuno advertir, como circunstancia que atenúa
notablemente la gravedad de esas faltas, que más que del poeta son de
la corrompida sociedad y de la época en que vivió, a la cual, si le
indignase el verse pintada tan al vivo y con tan repugnantes colores,
pudiera decirse con Quevedo:
Arrojar la cara importa,
Que el espejo no hay por qué.
Pues es de notar que entre los méritos que, aparte de los literarios,
hacen sobremanera interesante el teatro de Aristófanes, figura en
primera línea el de ser un verdadero retrato de la república ateniense
en el interesante período de la guerra del Peloponeso, así como el
más completo monumento que de las costumbres griegas nos ha legado la
antigüedad. Y tan exacto es esto, que se cuenta que deseando Dionisio
el Joven conocer a fondo la situación de Atenas, el divino Platón
le envió como el libro más adecuado las comedias de Aristófanes; y
en nuestros días, para citar un solo testimonio entre mil, el docto
Macaulay[29] las prefiere para igual objeto a las admirables historias
de Tucídides y Jenofonte.
Entiéndase, por supuesto, que al utilizar los dramas de Aristófanes
como documentos históricos, hay que proceder con la necesaria
discreción para prescindir de todas aquellas exageraciones, errores y
aun calumnias en que el espíritu de partido, la enemistad personal, el
amor propio lastimado y otras debilidades humanas hicieron incurrir al
poeta, especialmente al ocuparse de Lámaco, Cleón, Eurípides y Sócrates.
Pues aunque Aristófanes, según él mismo dice y manifiesta, creía obrar
siempre a impulsos de un pensamiento generoso, como no era ni un sabio
ni un santo, no pudo librarse en todas sus censuras del ofuscamiento de
las pasiones y el error. Por eso confundió lastimosamente a Sócrates
con aquella muchedumbre de sofistas, corruptores del arte y de la
moral y peligrosos maestros de la juventud, y envolviéndole quizá en
el profundo aborrecimiento que sentía contra Eurípides, de quien el
ilustre filósofo fue amigo, le escarneció en _Las Nubes_, sembrando
las calumnias que veinticuatro años más tarde sirvieron de base a su
condenación. Fue esta una falta de que no habremos de disculparle,
por más que ni seríamos los primeros, ni faltarían razones sólidas
que alegar; pero creemos sumamente injusto el que algunos críticos,
haciendo solidarios los errores del hombre con los del literato,
se ensañen por este motivo contra Aristófanes hasta el punto de
negarle, por decirlo así, el pan y la sal, y tratar de expulsarle
ignominiosamente del Estado de las letras, sin darle siquiera aquella
honorífica corona que Platón concedía a los vates al desterrarlos de su
república ideal.
Al hacer esta indicación, bien se comprenderá que nos referimos
especialmente a Plutarco[30], que en su violenta diatriba contra
Aristófanes en parangón con Menandro, punto de partida de muchas
críticas posteriores, aparte de comparar la poesía aristofánica a una
vieja e hipócrita ramera, tan insoportable a las personas sensatas
como a la más abyecta multitud, llega hasta motejar su estilo,
desconociendo aquel aticismo seductor, encanto de San Juan Crisóstomo,
y en cuyo honor compuso Platón, autoridad nada sospechosa en la
materia, el sabido dístico en que se hace del alma de Aristófanes el
indestructible santuario de las Gracias.
Se necesita, en efecto, todo el apasionamiento y ceguedad del autor de
un tratado sobre la _Malignidad de Heródoto_ para negar al lenguaje
de Aristófanes esa magia indescriptible, ese perfume delicioso que se
percibe todavía a pesar del trascurso de tantos siglos, raro conjunto
de elocución sublime y familiar, de elegancia y rudeza, de giros
graciosísimos mezclados a palabras de incomensurables dimensiones,
siempre exacto, puro, flexible, conciso y espontáneo, y siempre
encajado por decirlo así, en la pauta de una versificación rica,
variada, armoniosa e irreprochable.
Mucho pudiéramos decir todavía sobre el Teatro de Aristófanes y
los encontrados juicios a que ha dado lugar, pero creemos que las
observaciones apuntadas bastan para preparar el ánimo del que emprenda
la lectura de sus comedias con la imparcialidad debida. Solo nos resta,
pues, reclamar mucha indulgencia para nuestra traducción, que por ser
nuestra y la primera que aparece en lengua castellana, necesariamente
debe adolecer de infinitos defectos. Al hacerla hemos seguido el
texto de Aristófanes, corregido por Dindorf y publicado en 1867 por
Fermín Didot en su _Bibliotheca græca_, habiendo tenido también a la
vista, entre otros trabajos, las ediciones de Brunck (Londres, 1823),
Boissonade (París, 1826) y Bergk (Leipzig, 1867). Para las notas, que
necesariamente han de abundar en un autor todo alusiones, parodias
y alegorías, hemos acudido principalmente a los escolios griegos,
procurando apartarnos en ellas de todo cuanto pudiera parecer de mera
erudición. Y finalmente, en la versión hemos procurado ceñirnos todo lo
posible a la letra, adecentando a menudo con el velo de la perífrasis
sus obscenas desnudeces, y poniendo al pie la interpretación latina de
Brunck, excepto en aquellos pasajes, poco frecuentes por fortuna dadas
las costumbres griegas, en que lo nefando del vicio nos ha obligado a
suprimirlos o a dejarlos en el idioma original.
LOS ACARNIENSES.
NOTICIA PRELIMINAR.
Cuando se representaron _Los Acarnienses_, hacía ya seis años que la
guerra llamada del Peloponeso tenía en conflagración toda la Grecia,
y, sembrando por doquiera la discordia, la desolación y la muerte,
anulaba el resultado de los épicos combates de Maratón, Salamina y
las Termópilas, y preparaba sensiblemente la ruina de la nacionalidad
helena. No siendo preciso a nuestro propósito el entrar en minuciosos
detalles sobre el particular, remitimos a los que deseen conocerlos a
las obras de Tucídides, Diodoro Sículo, Plutarco y otros[31], donde
podrán satisfacer su curiosidad cumplidamente, y nos limitaremos a
espigar en el vasto campo de sus escritos las noticias más necesarias
para la ilustración de _Los Acarnienses_.
Algunos jóvenes de Atenas, después de haberse embriagado jugando
al cótabo, se dirigieron a Megara y robaron a la cortesana Simeta.
Los Megarenses, en revancha, arrebataron a Aspasia dos de sus más
íntimas amigas[32]. Entonces Pericles, cediendo a las instigaciones
de la hermosa y discreta _hetaira_, y más que todo, a la necesidad
de sostenerse en el poder por medio de una guerra que le hiciese
indispensable y distrajera a los atenienses, hizo aprobar el célebre
decreto que castigaba con la pena capital a todo ciudadano de Megara
que fuese cogido dentro del territorio del Ática. Los megarenses
solicitaron, pero inútilmente, la derogación de este decreto, y vanas
fueron también las reclamaciones hechas por los lacedemonios. Pericles
se opuso con toda su influencia, y el decreto no se derogó. Tal fue
el pretexto de aquella guerra funesta; pretexto decimos, porque la
verdadera causa que la hizo completamente inevitable fue, como apunta
el perspicaz Tucídides[33], el recelo y justificado temor que a los
lacedemonios inspiraba el siempre creciente poderío de Atenas. No
dejaba de haber, sin embargo, entre ambas repúblicas otros poderosos
motivos de resentimiento; pero Plutarco[34] da por seguro que los
espartanos jamás se hubieran puesto a la cabeza de la liga, si el
decreto contra Megara hubiera sido revocado, estando acorde en este
punto con lo que Aristófanes dice en su comedia.
La mayoría de los atenienses, acostumbrados a vivir hasta entonces en
el campo con esa independencia, abundancia y libertad que hacen la
vida rústica tan agradable, viéronse obligados a buscar un refugio en
la capital con sus mujeres e hijos, enviando sus ganados a la Eubea,
y abandonando sus hogares y tierras cuando apenas habían concluido de
repararse los estragos causados por las recientes guerras médicas.
«Desamparaban llenos de dolor, dice Tucídides[35], las habitaciones
y los templos a los cuales una larga posesión parecía ligarles;
y al renunciar a su modo de vivir, creían dar un adiós eterno a
su pueblo nativo.» La pena que naturalmente les hizo experimentar
la concentración se exacerbaba cada día por lo incómodo de los
alojamientos que en Atenas pudieron proporcionarse. «Muy pocos, dice
el historiador citado[36], hallaron acogida en las casas de sus amigos
y parientes; los más se establecieron en los sitios deshabitados de
la ciudad, en los lugares consagrados a los dioses y a los héroes, en
todas partes, en fin, excepto en la acrópolis, el Eleusinion[37], y
otros recintos sólidamente cerrados. El mismo Pelasgicón[38], a pesar
del oráculo que a su ocupación se oponía, fue también invadido, e
igualmente las torres de las murallas.» Todo esto no era suficiente,
sin embargo, para la inmensa afluencia de refugiados, y la mayor parte
vivían mezquina y desastrosamente faltos de aire y de luz, sujetos
a todo género de privaciones y miserias[39], y expuestos más tarde
al furor de la espantosa peste que repetidas veces desoló a Atenas
durante el decurso de la guerra. La influencia de esta, como no podía
menos, dejose muy pronto sentir, introduciendo perturbaciones en el
orden político y social. La discordia tiranizaba las ciudades; todo
eran disensiones y atroces venganzas; las ambiciones más bajas y viles
tenían espacio abierto donde tender las alas; la codicia era causa y
ocasión de enriquecerse en los frecuentes tumultos; la calumnia estaba
segura de ser oída y aceptada, no menos que la audacia irreflexiva
o criminal de conseguir el favor de la desenfrenada muchedumbre; y
a tal extremo llegaron el desorden y la perversión, que se cambió
arbitrariamente la acepción de las cosas y palabras. «La inconsiderada
temeridad se tuvo por valor a toda prueba; la calma prudente por
hipócrita cobardía; la moderación por pretexto de timidez; y una
inteligencia poco común por una grande inercia. El ciego arrojo fue el
distintivo del valiente; la circunspección, un especioso subterfugio.
Al hombre violento se le consideraba como el más seguro; y al que se le
oponía, como sospechoso. El colmo de la habilidad era tender asechanzas
a sus enemigos, y sobre todo el eludirlas, y en cambio, al que rehuía
tan bajos medios se le acusaba de traidor y pusilánime. Los vínculos de
la sangre eran más débiles que el espíritu de partido, este, en efecto,
ligaba más fuertemente a los hombres, por lo mismo que sus asociaciones
no se pactaban bajo el amparo de la ley sino con miras culpables, y
en vez de estar sancionadas por el santo temor de los dioses, tenían
su sola salvaguardia en la participación del crimen. Se estimaba en
más el vengar una ofensa que el no haberla recibido. Los juramentos de
paz solo tenían una fuerza transitoria que duraba lo que la necesidad
que los había arrancado; en cuanto se ofrecía ocasión no había reparo
en atacar al enemigo indefenso, prefiriéndose la vil traición al
noble y descubierto combate. Manantial de todos estos males fue el
afán de dominar instigado por la codicia y la ambición, envenenado
después por las pasiones, despertadas al grito de la rivalidad. Los
jefes de partido ostentaban en sus banderas, unos la igualdad de
derechos, otros una aristocracia moderada; pero, bajo la máscara del
bien general, solo trataban de suplantarse mutuamente. Daban rienda
suelta a sus deseos y rencores, y sin más ley que el propio arbitrio,
menospreciaban la justicia y el bien común. Llegados al poder,
satisfacían sus odios personales a fuerza de sentencias inicuas y
descaradas violencias. Ninguno respetaba la buena fe: el dios éxito era
el único en cuyos altares se sacrificaba; y el perpetrador de algún
negro delito, como supiera encubrirlo con apariencias de honradez,
podía estar seguro de la pública estimación. En cambio, los ciudadanos
que se mantenían apartados de la política, sucumbían al furor de ambos
partidos, ya por negarse a tomar parte en la lucha, ya por envidia a su
tranquilidad[40].»
Tan aflictiva situación veíase además sobremanera agravada, de un lado
por la escasez y carestía que se dejaba sentir como era natural después
de la devastación del territorio del Ática y el consiguiente abandono
de las tareas agrícolas, y de otro por una segunda invasión de la
peste que debilitó extraordinariamente a Atenas, arrebatándole cuatro
mil cuatrocientos hoplitas, trescientos caballeros, e incalculable
número de los demás habitantes[41]. Además, las esperanzas fundadas en
alianzas con reyes extranjeros habían menguado mucho, y aun no pocas
se habían desvanecido por completo, visto el ningún resultado práctico
de las negociaciones entabladas con Sitalces, rey de Tracia, casado
con una hermana de Ninfodoro de Abdera, y con los monarcas de Persia
y Macedonia. Y para colmo de males, la sabia y moderada influencia de
Pericles, víctima de la peste a los dos años y medio de la guerra,
se veía sustituida por la del demagogo Cleón, hombre de baja estofa,
orador violento y audaz, ídolo entonces del populacho ateniense, cuyos
bélicos instintos halagaba incesantemente, excitándole además contra
todos aquellos ciudadanos que podían oponerse legítimamente a su poder.
En tal estado de cosas, las gentes honradas y pudientes, hartas de
ser juguete de ambiciosos e intrigantes, compadecidas de la miseria
pública, previendo el desastroso efecto de la guerra, cualquiera que
fuese el vencedor, desconfiando del envío de auxilios extranjeros,
anhelando la tranquilidad y el sosiego, se pronunciaron abiertamente
por la paz. Aristófanes, haciéndose eco de tales sentimientos, compuso
entonces _Los Acarnienses_, comedia cuyo objeto es demostrar las
ventajas de la paz, y la conveniencia de reconciliarse con Lacedemonia.
El título de esta pieza, Ἀχαρνῆς, viene de _Acarna_ (Ἀχάρνα), demo del
Ática, cuyos moradores, toscos y robustos, ejercían en su mayor parte
el oficio de carboneros. No sin razón escogió Aristófanes el coro
entre los ancianos de aquella comarca, pues además de estar dotados
del belicoso humor que le convenía para el contraste, el territorio de
Acarna fue de los primeros invadidos, hasta el punto que Arquidamo,
rey de Lacedemonia, contaba con la exasperación de sus habitantes para
obligar a los atenienses a una decisiva batalla en los principios de la
guerra del Peloponeso. «Creía, en efecto, al tomar posiciones junto
a Acarna, que suministrando sus moradores al Estado hasta tres mil
hoplitas, no dejarían asolar impunemente su territorio y arrastrarían
a todos al combate, o que una vez tolerada la devastación no pondrían
igual empeño en defender las haciendas ajenas después de la ruina de
las propias[42].» El plan de Arquidamo era acertadísimo. Solo el tacto
exquisito de Pericles pudo contener a los acarnienses y evitar el que
en una sola partida se decidiese la suerte de Atenas.
Los acarnienses, pues, habían sido los más castigados por la guerra:
seis años hacía que habían abandonado sus fértiles campos cubiertos de
viñedos y los frondosos bosques donde ejercían la industria carbonera.
No fue sin motivo, por consiguiente, el elegirlos para formar el coro
en una comedia cuyo fin era aconsejar la paz, y el sacar de entre ellos
el protagonista.
Diceópolis, identificado, como indica su nombre (δíκαιος, _justo_,
πóλις, _ciudad_), con la idea de lo que debe ser una república bien
administrada, acude al lugar de la Asamblea decidido a promover una
discusión sobre la conveniencia de la paz. A pesar de lo grave de la
situación de Atenas, encuentra el Pnix desierto, y distingue a los
ciudadanos y a los pritáneos muy distraídos en la ágora con pláticas
insustanciales. El buen viejo recuerda con amargura su vida pasada
y su situación presente, y se confirma más y más en sus proyectos
pacíficos. Ábrese al fin la sesión, y Anfiteo, que usa el primero
la palabra, en cuanto propone la paz con Lacedemonia es arrojado de
la Asamblea. Preséntanse después los embajadores de Atenas al rey de
Persia, acompañados de Pseudartabas, el _Ojo del Rey_, y luego Teoro,
enviado a la corte de Sitalces, rey de Tracia. Diceópolis descubre sus
farsas y mentiras, y exasperado por el robo de su frugal desayuno y
la ineficacia de sus esfuerzos, hace levantar la sesión y encarga a
Anfiteo que pacte para él y su familia una tregua particular con los
lacedemonios.
A su vuelta de Esparta, Anfiteo es sorprendido y perseguido por un
grupo de ancianos acarnienses, y sin tiempo más que para entregar
a Diceópolis su tratado, huye precipitadamente. El furioso tropel
encuentra a Diceópolis cuando se disponía a solemnizar con un
sacrificio su regreso al campo. La bilis acarniense, _inflamable como
una encina seca_, se desata contra él y tratan de matarle a pedradas;
pero el astuto viejo les contiene amenazando hundir su puñal en el
seno de un inocente saco de carbón. Los acarnienses, enternecidos por
la desgracia que amenaza a un compañero querido, admiten parlamento.
Diceópolis, comprendiendo lo apurado del trance, acude a Eurípides
en busca de un traje a propósito para producir el patético. El poeta
trágico accede benévolo a las súplicas del viejo socarrón, y le da
a elegir los andrajos de Eneo, Fénix, Filoctetes y Belerofonte.
Diceópolis escoge por último los de Telefo, que en el guardarropa de
Eurípides se hallaban entre los de Ino y Tiestes. Con su disfraz de
mendigo heroico, arenga al coro Diceópolis y logra convencer a varios
de sus compatriotas de que no todas las injusticias han sido cometidas
por los lacedemonios. El resto del coro, indignado, llama en su auxilio
a Lámaco, general ateniense, que es también blanco de las burlas de
Diceópolis. Este acaba por abrir su mercado a megarenses y beocios, con
los cuales estaba entonces prohibida toda relación mercantil. Llega
un megarense y da a conocer la espantosa miseria a que su país estaba
reducido. Obligado por el hambre, se propone vender sus dos hijas
disfrazándolas al efecto de puercos, lo cual da lugar a una multitud
de equívocos maliciosos. Un sicofanta o delator sobreviene durante la
corta ausencia del protagonista, que al fin le obliga a callarse. Acude
luego un beocio, inundando el mercado de todo género de comestibles,
legumbres, caza, aves, anguilas y otros deliciosos manjares de que
hacía tiempo estaba privada Atenas. La venta es interrumpida por
Nicarco, otro delator, que acaba por ser empaquetado como una vasija
en castigo de su insolencia. Diceópolis, hechas sus provisiones, se
prepara a celebrar alegremente la fiesta de las Copas. Un sirviente
de Lámaco, que se presenta a comprar para su dueño algunos tordos y
anguilas, es rechazado entre graciosas burlas; pero la petición de una
recién casada es benévolamente acogida. El coro pondera las ventajas de
la paz y la felicidad de Diceópolis, y un afligido labrador contribuye
a ponerlas de relieve con la relación de sus miserias. En esto, una
repentina invasión obliga a Lámaco a partir, no obstante lo crudo del
temporal. Con tal motivo hay una graciosísima escena abundante en
contrastes cómicos entre los preparativos guerreros de Lámaco y los
aprestos culinarios de Diceópolis. Parten por fin ambos y vuelven a
poco, el primero herido y magullado, arrojando lastimeros gritos, y el
segundo sostenido por dos lindas muchachas, bien comido y bien bebido.
Por último, las lamentaciones del asendereado general son ahogadas por
las aclamaciones del coro en honra de Diceópolis, dichoso vencedor en
la fiesta de las Copas.
Esta comedia es una de las más notables de Aristófanes y la tercera que
compuso, según la más acreditada opinión que la coloca después de _Los
Detalenses_ y _Los Babilonios_[43]. En toda ella se observa una alegría
siempre creciente, y verdadera plétora de aquellas sales áticas que
tan sabrosa hacen la poesía aristofánica. Las escenas entre Eurípides
y Diceópolis y este y Lámaco son de mano maestra en su género, como
el lector podrá juzgar por sí mismo, a pesar de lo mucho que con la
traducción se desfigura. La pintura viva y animada de las ventajas de
la paz debió sin duda hacerla apetecible a los más belicosos. Pero el
carácter inconstante y voluble, que Aristófanes echa en cara a los
atenienses, hizo sin duda ineficaces sus saludables consejos. ¡Tanta
influencia ejercía entonces hasta sobre ciudadanos víctimas de los
horrores de la guerra la audaz y arrebatada oratoria de los demagogos!
Esta comedia se representó el año 425 antes de Jesucristo, como lo
indican varios pasajes de la misma[44]. Calístrato estuvo encargado
del papel de Diceópolis, y la representación tuvo lugar en las fiestas
Leneas, que se celebraban en el mes Gamelión (enero-febrero) y ofrecían
la particularidad de no admitirse extranjeros a sus espectáculos.
PERSONAJES.
DICEÓPOLIS.
UN HERALDO.
ANFITEO.
UN PRITÁNEO.
EMBAJADORES DE ATENAS, de regreso de Persia.
PSEUDARTABAS.
TEORO.
CORO DE ACARNIENSES.
UNA MUJER, esposa de Diceópolis.
UNA JOVEN, hija de Diceópolis.
UN CRIADO de Eurípides.
EURÍPIDES.
LÁMACO.
UN MEGARENSE.
MUCHACHAS, hijas del Megarense.
UN DELATOR.
UN BEOCIO.
NICARCO.
UN CRIADO DE LÁMACO.
UN LABRADOR.
UN PARANINFO.
MENSAJEROS.[45]
LOS ACARNIENSES.
DICEÓPOLIS[46].
¡Cuántos pesares me han roído el corazón! ¡Qué pocas, poquísimas veces,
cuatro a lo más, he sentido placer! Pero mis penas son innumerables
como las arenas del mar; veamos, si no, qué cosas me han causado
verdadero júbilo. Nunca recuerdo haber gozado tanto como cuando
Cleón[47] vomitó aquellos cinco talentos. ¡Qué alegría! Desde entonces
amo a los caballeros, autores de esta acción, digna de Grecia[48]. En
cambio, experimenté un dolor verdaderamente trágico, cuando después de
esperar con tanta boca abierta la aparición de Esquilo[49], oí gritar
al Heraldo: «Teognis[50], introduce tu coro.» ¡Golpe mortal para mi
corazón! Otra vez gocé mucho cuando a seguida de Mosco[51], ejecutó
Doxiteo[52] un aire beocio; pero este año pensó morir víctima del
más cruel martirio, viendo a Queris[53] disponerse a cantar al modo
ortio[54].
Mas nunca, desde que me es permitido lavarme en los públicos
baños[55], me ha picado tanto el polvo en los ojos como hoy, día
de la asamblea ordinaria[56], en este Pnix[57], todavía desierto.
Allí se están charlando mis conciudadanos en la plaza, corriendo
arriba y abajo para evitar la cuerda teñida de rojo[58]. Ni aun los
pritáneos[59] vienen; eso sí, en cuanto lleguen, aunque tarde, los
veremos empujarse sin consideración, disputarse los primeros bancos
de madera[60] y tomarlos como por asalto. De los medios de conseguir
la paz, no hay temor de que se ocupen ¡Ah, ciudadanos, ciudadanos! Yo
soy el primero que acudo a la asamblea y tomo en ella asiento; y al
verme solo, suspiro, bostezo, me desperezo y desahogo a mi gusto[61];
no sabiendo qué hacer, me entretengo en escribir con el bastón en la
arena, en arrancarme pelillos, en hacer cálculos; y, mirando al campo,
amante de la paz y aborrecedor de la ciudad, echo de menos mi aldea,
que nunca me decía: «compra carbón, compra vinagre, compra aceite»;
esta palabra «compra» le era desconocida; ella misma lo producía todo,
sin este eterno «compra»[62] que me sierra las entrañas. Así es que
vengo completamente decidido a gritar, a interrumpir, a insultar a los
oradores si hablan de otra cosa que de la paz. Pero ya llegan, aunque
al mediodía, los pritáneos. ¿No lo decía yo? Como me figuraba, todos se
precipitan sobre los primeros bancos.
UN HERALDO.
Más adelante, más adelante, para que estéis dentro del recinto
purificado[63].
ANFITEO[64].
¿Ha hablado ya alguno?
EL HERALDO.
¿Quién pide la palabra?
ANFITEO.
Yo.
EL HERALDO.
¿Quién eres?
ANFITEO.
Anfiteo.
EL PRITÁNEO.
¿No eres hombre?
ANFITEO.