En la primera época de nuestra escena, en la de los orígenes

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han

convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con

las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* También se han modernizado las transcripciones de los nombres

propios y gentilicios de origen griego.

* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final

del libro.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

BIBLIOTECA CLÁSICA

TOMO XXVII

COMEDIAS

DE

ARISTÓFANES

TRADUCIDAS DIRECTAMENTE DEL GRIEGO

POR

D. FEDERICO BARÁIBAR Y ZUMÁRRAGA

TOMO I.

MADRID

IMPRENTA CENTRAL A CARGO DE VÍCTOR SAIZ

CALLE DE LA COLEGIATA, NÚM. 6

--

1880

CUATRO PALABRAS

ACERCA DEL TEATRO GRIEGO EN ESPAÑA.

Si el autor de la presente traducción, que lo es mi amigo el laborioso

helenista vascongado señor Baráibar, no la hubiese encabezado ya con

una discreta introducción, además de los proemios que delante de cada

comedia ha puesto, quizá vendría bien aquí un estudio sobre el carácter

y mérito del teatro de Aristófanes, en que, remontándonos a los

orígenes de la comedia griega, hiciéramos notar su índole ditirámbica

y lírica, y prescindiendo de esas reminiscencias del teatro moderno

que por tanto tiempo han extraviado a la crítica, aplaudiéramos en

Aristófanes la franca alegría, la serenidad y plácido contentamiento

de la vida, su portentoso genio cómico en que dichosamente se daban

la mano lo fantástico y lo plástico; y el vuelo como de águila con

que, desde las impurezas y escorias de la realidad, se levanta a las

más altas esferas de la poesía lírica; y el sentido moral, patriótico,

tradicionalista y de hombre de orden que, aun en medio de sus licencias

y desenfrenos de dicción, nunca le abandona, y le convierte en azote

de demagogos y sofistas (siquiera diese a veces lejos del flanco). Si

el falso clasicismo de otros tiempos, por vana mojigatería y ridículo

sentimentalismo, estuvo muy lejos de comprender la altísima hermosura

y la importancia histórica de la sátira aristofanesca, hoy que cara a

cara podemos contemplar la antigüedad, sin preocupaciones de colegio,

lícito nos es decir con Platón que _en el alma de Aristófanes anidaron

todas las gracias_, como que desde su teatro ideal y grandioso,

lleno de luz y poesía, variado como el mundo, y rico de contrastes

que hoy diríamos humorísticos, a la pálida, _bourgeoise_ y prosaica

comedia nueva de Menandro y Filemón, de Plauto y Terencio, hay todavía

mayor distancia que de Homero a Apolonio de Rodas, de Píndaro al

Pseudo-Anacreonte, y de Demóstenes a Demetrio Falereo. Nunca lo cómico

se ha presentado con tan galano atavío; nunca ha sido la sátira más

poética que en Aristófanes.

Pero de todo esto se ha escrito mucho, y no es cosa de repetir lo

ya sabido. Prefiero reducir a breve y descarnada sinopsis un estudio

mío, aún inédito, y compendiar en pocas palabras la historia, no muy

gloriosa ni larga, del conocimiento e influencia del teatro griego en

España. Hablar solo de los traductores de Aristófanes no daría materia

ni para media página.

Traductores. _Esquilo_ no ha sido traducido ni estudiado apenas hasta

nuestro siglo, en España. Tengo por primeras versiones la que de

todas las tragedias ha hecho en prosa[1] mi amigo D. Fernando Brieva

Salvatierra, catedrático de la Universidad de Granada; y las que en

verso he trabajado yo del _Prometeo_ y de _Los Siete sobre Tebas_,

proponiéndome hacer lo mismo con las restantes, en unión con el insigne

helenista D. Juan Valera, que ha querido asociar su nombre al mío

oscurísimo, para esta labor difícil.

_Sófocles_ 1) «La Ven- | gança de Agamenón. Tragedia que hi- | zo

Hernán pérez de | Oliva, Maestro, cu- | yo argumento es de | Sophocles

poeta | griego... | Año 1528.»

_Colofón_: «Fue impreso en la muy noble y más leal ciudad de Burgos:

acabo se a xiiij días del mes de mayo. Año del señor de mil y

quinientos y xxviij años.»

En 4.º gót. Sin foliatura, signaturas a--b.

El único ejemplar conocido de esta rarísima edición, perteneció a la

biblioteca de Salvá, y pertenece hoy a la de D. Ricardo Heredia. Ni

Moratín ni Barrera la conocieron.

Hay las siguientes reimpresiones.

--«Las obras del Maestro Fernán Pérez de Oliva... Con otras cosas que

van añadidas. Córdova, Gabriel Ramos, Bejerano, 1586.»

En 4.º 24 hojas preliminares, 283 folios, y una blanca. La impresión

se empezó en Córdoba y se acabó en Salamanca. La dirigió el cronista

Ambrosio de Morales, sobrino del autor.

La tragedia de Sófocles está al folio 75 vuelto.

--«Las obras del Maestro Fernán Pérez de Oliva, natural de Córdova,

Rector que fue de la Universidad de Salamanca, y Catedrático de

Teología en ella... Dalas a luz en esta segunda edición D. A. V. C...

En Madrid, en la imprenta de Benito Cano. Año de M.DCC.LXXXVII.»

2 tomos en 8.º, págs. 174 a 234 del 1.º se lee _La venganza de

Agamenón_.

--«Parnaso Español. Colección de poesías escogidas de los más célebres

poetas castellanos. Por D. Juan Joseph López de Sedano... Tomo VIº...

Madrid. Por D. Antonio de Sancha. Año de M.DCC.LXXII.» Págs. 191 a 250

se halla la tragedia.

Es una traducción libre, o más bien imitación de la _Electra_, de

Sófocles, en prosa elegante y noble, pero algo fría. Basta compararla

con el original para ver cuán recortada e infielmente traducida está.

La parte lírica, sobre todo, ha sufrido espantosas mutilaciones.

Añádanse a esto los rasgos ampulosos y declamatorios que de su cosecha

pone el traductor, y se tendrá idea de _La venganza de Agamenón_, digna

de vivir solo por la hermosura de lengua, y por ser la primera muestra

del teatro griego entre nosotros. Dista mucho de ser una _hermosa

copia_, como le parecía a Martínez de la Rosa, pero siempre merecerá

respeto quien modeló la prosa castellana hasta el punto de perfección

que muestran estas líneas de la escena IX:

_Clitemnestra_... «Esto viendo, quisiera yo otra vez esconderla en mi

vientre, porque ningún mal llegara a ella, que no pasara primero por

mí: mas no pudiendo, la abrazaba y besaba sus ojos, y mezclaba mis

lágrimas con las suyas, pensando en su mala ventura, y contemplando su

simpleza virginal, según la qual ella no sabía sino llorar con esta

triste de su madre: y así estando, me la quitaron de mis pechos, con no

menos dolor que si el corazón me arrancaran, y la llevaron donde aquel

su cuello semejante al marfil, adornado con oro, pasasen con cuchillo,»

etc., etc.

2) D. Vicente García de la Huerta puso en verso castellano, a fines

del siglo pasado, la _Electra_ con el título de _Agamenón vengado_;

pero como no sabía griego, se valió de la traducción de Hernán Pérez de

Oliva. Todo su trabajo consistió en convertir la prosa en endecasílabos

asonantados, por lo general fáciles y rotundos. Trozos hay que no

desdicen de los mejores de su _Raquel_.

Puede leerse este _rifacimento_ en el tomo 2.º de las _Obras poéticas

de D. Vicente García de la Huerta_ (Madrid, 1768, por D. Antonio de

Sancha). Es la primera composición de las incluidas en ese volumen.

3) El P. José Arnal, jesuita aragonés, de los expulsos a Italia (nació

en Teruel el 18 de marzo de 1729; murió en el destierro hacia 1790),

publicó anónimos:

«_El Philoctetes de Sophocles_. En verso. Dedicado por las Escuelas de

Zaragoza a su Ayuntamiento. Zaragoza, 1764, por Francisco Moreno.» En

4.º, 36 págs.

Poseo otra edición sin año, aunque parece del mismo tiempo.

«Tragedia. El Philoctetes de Sophocles. En dos actos.»

Al fin dice: «Barcelona: Por Cárlos Gibert y Tutó, impresor y librero.»

En 4.º, 24 páginas.

Versificación sumamente débil. Parte de ella es en endecasílabos

asonantados; parte en endecasílabos pareados (abundan los agudos.) No

hay trozo alguno que merezca citarse. Tampoco es traducción, sino una

especie de arreglo de la obra original (muy raquítico y compendiado)

para que lo representasen los discípulos del P. Arnal en Zaragoza.

Obra, en suma, muy endeble, y solo estimable por su rareza.

4) «Edipo Tirano, Tragedia de Sófocles, traducida del Griego en verso

castellano, con un discurso preliminar sobre la tragedia antigua y

moderna. Por D. Pedro Estala, Presbítero. En Madrid, En la Imprenta de

Sancha. Año de MDCCXCIII.» En 8.º, 50 páginas de discurso preliminar y

86 de texto.

El autor no era poeta, pero sí helenista, y literato de veras, y

regular versificador. No alteró la sencillez griega con vanos afeites.

El _Discurso preliminar_ es documento interesantísimo, y bien puede

decirse que señala adelanto notable en nuestra crítica. Estala rompe

con la escuela _pseudoclásica_, ataca las unidades de lugar y tiempo

y el principio de la _ilusión_ dramática: explica el carácter de la

tragedia griega por su objeto moral y político: pone en el fatalismo

la esencia del teatro antiguo, y en la simpatía el origen de la emoción

trágica: defiende el teatro español: hace notar la diferencia profunda

entre la tragedia griega y la francesa, en medio de sus aparentes

analogías, y lo prueba comparando el _Hipólito_ de Eurípides con la

_Fedra_ raciniana, con bastante más acierto que Guillermo Schlegel,

empeñado en condenar a Racine en nombre de Eurípides; de lo cual

amargamente se ha burlado Enrique Heine. Hay en este discurso de Estala

verdaderas adivinaciones.

5) D. José Musso y Valiente, de la Real Academia Española (murió en

1838), tradujo en verso el _Áyax flagelífero_, según es de ver en su

biografía publicada en la _Revista de Madrid_ por D. Fermín de la

Puente y Apecechea.

6) D. Emeterio Suaña, catedrático de latinidad en el Instituto de San

Isidro de Madrid, tiene traducido en prosa castellana el _Edipo Rey_, y

se ocupa en otras tragedias de Sófocles.

7) D. Fernando Brieva y Salvatierra ha interpretado también en prosa

todo Sófocles. Pronto se publicará en esta Biblioteca clásica.

_Eurípides_. 1) En el _Privilegio_ dado por Carlos V en 18 de febrero

de 1543 a la viuda de Boscán para la impresión de las obras de su

marido, leemos: «Por quanto por parte de vos, doña Ana Girón de

Rebolledo, vidua del difunto Juan Boscán, caballero de Barcelona, nos

ha sido hecha relación que el dicho vuestro marido compuso... _una

tragedia de Eurípides, autor griego_,» etc.

Esta tragedia no llegó a imprimirse, ni aun se sabe su título.

2) «_Hécuba triste_.» Tragedia de Fernán Pérez de Oliva. Puede leerse

en sus _Obras_, fól. 100 vto. de la ed. de 1586 (fól. 235, tomo I de la

de 1787), y en el _Parnaso Español_ (tomo VI, pág. 251 y siguientes).

Es imitación de la _Hécuba_, pero todavía más libre y menos ajustada

que la de la _Electra_. Faltan la escena entre Hécuba y Agamenón, los

vaticinios de Polimnestor, todo el papel de Taltibio y mucha parte

de los coros. El plan está asimismo algo variado, intercalándose el

episodio de Polidoro antes de acabar la historia de Polixena. Los

méritos de lengua y estilo son iguales o mayores en esta tragedia que

en _La venganza de Agamenón_. Una y otra han sido largamente estudiadas

por Montiano y Luyando (_Discursos sobre las tragedias españolas_),

Moratín (_Orígenes del teatro_) y Martínez de la Rosa (_Apéndices a la

Poética_).

A la _Hécuba_ añadió un final de su cosecha Jerónimo de Morales,

sobrino del autor. Y de él dijo su hermano Ambrosio que «_más parecía

recitado en juicio que fin de tragedia._»

3) «La _Medea_ de Eurípides,» traducida, sin duda en prosa, por Pedro

Simón Abril. Barcelona, 1599.

La cita como impresa en ese año D. Luis José Velázquez (_Orígenes de la

Poesía Castellana_, página 147), pero nadie más dice haberla visto.

4) A fines del siglo XVI se representaba con aplauso una _Ifigenia

en Áulide_ traducida o imitada de la de Eurípides. Sabémoslo por el

Pinciano en su _Philosophia Antigua Poética_ (Ep. XIII, página 513):

«_¿A dó vamos_ (dice uno de los interlocutores del diálogo), _que en

el teatro de la Cruz se representa la Iphigenia_...?» Más adelante

advierte que _era la tragedia de Eurípides con episodios nuevos_ (pág.

530), pero _con prólogo_.

También Mateo Luján de Sayavedra (pseudónimo de Juan Martí) en la

parte 2.ª, lib. 3.º, capítulo VIII de su continuación del _Guzmán de

Alfarache_, de Mateo Alemán, habla de la _Ifigenia_, copiando casi las

palabras del Pinciano.

5) Don Esteban Manuel de Villegas tradujo o imitó el _Hipólito_ de

Eurípides. Habla de él en una epístola (que llama _elegía_) a D.

Lorenzo Ramírez de Prado:

Que no se han de igualar fábulas pías

A una que he engendrado sin remiendo,

Cuya preñez me cuesta cien buxías.

Bien sé que si a tus manos la encomiendo,

Has de tomar de Eurípides cariño,

Por quien va nuestro _Hipólito_ creciendo.

Déjale, pues, criar, que agora es niño, etc.

(_Eróticas_, Parte II, elegía 6.ª)

6) Como fragmentos traducidos de Eurípides en el siglo de oro, pueden

citarse dos de la _Andrómaca_:

No truxo esposa a Troya cosa buena...

(En tercetos.)

O no nacer jamás escojo y quiero...

(En cuartetos.)

por Fr. Luis de León, publicados por primera vez en el tomo VI de sus

_Obras_ coleccionadas por el P. Merino (págs. 288 y 289) conforme a

un manuscrito del Colegio de San Ildefonso de Alcalá. Son como de tal

maestro.

También Pedro de Valencia tradujo un largo trozo de las _Bacantes_,

y le inserta en su _Discurso_ (inédito) _sobre las brujas y cosas

tocantes a magia_.

7) Don Genaro Alenda publicó en la _Revista de Instrucción Pública_ (27

de noviembre de 1858) la escena de Taltibio en la _Hécuba_ de Eurípides.

8) «Biblioteca de dramáticos griegos, publicada por la iniciativa y

bajo la protección del Excmo. Sr. D. José Gutiérrez de la Vega... y

traducida en prosa castellana por D. Eduardo de Mier. Tragedias de

Eurípides. Tomo I. Madrid, imprenta de M. Tello... 1865.» 4.º, XXIV +

382 páginas.

Contiene este tomo nueve tragedias; la mitad del teatro de Eurípides:

Hécuba. -- Hypólito. -- Las Fenicias. -- Orestes. -- Alcestes. --

Medea. -- Las Troyanas. -- Hércules Furioso. -- Electra.

Con una introducción, notas y preámbulos del traductor a cada tragedia.

Si tan escasa y pobre es la cosecha en Castilla, fácilmente se

imaginará que es aún menor en Portugal y Cataluña. No existe ninguna

traducción portuguesa de Esquilo, y las de Sófocles y Eurípides se

reducen a las siguientes:

a) «_Tragedia da vingança que foy feita sobre a morte del Rey Agamenón.

Agora novamente tirada de Grego em lingoagem: trovada por Anrrique

Ayres Victoria. Cujo argumento he de Sophocles poeta Grego. Agora

seguda vez impressa e emendada e anhadida pelo mesmo autor._»

A la vuelta de esta portada hay una dedicatoria a doña Violante de

Tavora.

Impreso a dos columnas. Dividido en siete escenas, tras de las cuales

viene una _Exhortacam do autor aos leitores_, en cuatro estancias de

arte mayor. La última dice así:

A presente obra foi acabada

De em nossa linguagem se traduzir

A quinze de março, sem nada mentir,

Na era do parto da virgem sagrada

De mil e quinhentos, sem errar nada,

E treinta e seis falando verdade,

No Porto que he muy nobre cidade,

E por Anrique Ayres foi tresladada.

«Aqui fenece a Tragedia de Orestes tirada de grego em lingoagem

portuguez e trovada. Foy impressa na muy nobre e sempre leal cidade de

Lixboa por German Galharde... Acabouse a os VI días do Novembro de Mil

e quinhentos e cincoenta e cinco anhos.»

Veinte cuadernos de papel, sin foliar, letra gótica.

De este opúsculo de estupenda rareza solo llegó a ver un ejemplar

Inocencio da Silva, y a juzgar por los trozos que en su _Diccionario

bibliographico portuguez_ copia Enrique Ayres, más que el original

griego, tuvo a la vista la traducción del maestro Oliva, y sobre ella

calcó la suya, convirtiendo la prosa en quintillas.

b) El oratoriano Francisco José Freyre, más conocido por su nombre

arcádico de _Cándido Lusitano_, legislador de la poesía portuguesa

en tiempo de Pombal, y hombre de no escasa doctrina, aunque de dotes

poéticas nulas, tradujo el _Edipo_ de Sófocles, la _Medea_, la

_Hécuba_, las _Phenicias_, el _Hércules Furioso_, la _Ifigenia en

Áulide_ y un fragmento de la _Ifigenia en Tauris_, de Eurípides. Todas

yacen inéditas en la Biblioteca de Évora, y fueron trabajadas por los

años de 1760 a 1769.

c) En 11 de abril de 1777 se representó en Lisboa una _Ifigenia en

Áulide_ de Manuel de Figueiredo, infatigable, aunque poco feliz

dramaturgo. Teófilo Braga la da por traducción de Eurípides; pero de

las aficiones de su autor, nada helenista, puede sospecharse que más

bien sea arreglo de la de Racine, como lo es su _Andrómaca_. Por no

tener ahora a la vista los trece volúmenes del teatro de Miguel de

Figueiredo, no puedo resolver de plano esta cuestión.

d) Francisco de Pina Mello publicó:

«_Traducçao do OEdipo de Sophocles_. Lisboa, 1765.» 4.º, 140 páginas.

Citado por Inocencio da Silva.

e) «Hyppolito de Eurípides, vertido do Grego em Portuguez pelo director

de huma das classes da Academia Real das Sciencias, e por elle

offerecido a sua alteza real o Principe Regente nosso Senhor. Lisboa,

na Typografía da mesma Academia. MDCCCIII...» 4.º, 161 páginas, hermosa

edición con el texto griego al frente. En verso suelto: los coros en

metro lírico.

Esta curiosa traducción es obra del P. Joaquín de Foyos, presbítero del

Oratorio (m. en 1811).

Catalanas no conozco más que una de _El Cíclope_ de Eurípides (drama

satírico), publicada en la primera época del _Gay Saber_ con las

iniciales J. R. R., y otra del _Edipo Rey_ de Sófocles, por D. Enrique

Franco en la segunda época de la misma revista, que también anunció

en un prospecto la _Ifigenia en Táurida_[2]. Las dos citadas están en

prosa.

_Aristófanes_. a) El _Pluto_ traducido en prosa por Pedro Simón Abril.

Tuvo el manuscrito Tamayo de Vargas, y le cita en la _Junta de Libros_,

de donde tomaron la noticia Nicolás Antonio y Pellicer.

b) «El Pluto, comedia de Aristófanes, traducida del Griego en verso

castellano, con un discurso preliminar sobre la comedia antigua y

moderna. Por D. Pedro Estala, presbítero. En Madrid. En la imprenta de

Sánchez. Año de MDCCXCIV».

Cuarenta y seis páginas y 102 de texto. La traducción es en romance

octosílabo, y los versos bastante flojos y rastreros; pero, además de

la fidelidad y buen lenguaje, la recomienda el _Discurso preliminar_,

escrito con ingenio y buen gusto aunque no con la novedad y

atrevimiento de ideas que admiramos en el que precede al _Edipo_. Uno

y otro fueron leídos por Estala en su cátedra de Historia literaria

de San Isidro. Se fija mucho en el carácter democrático de la comedia

antigua y en la censura moral que entrañaba.

c) «Comedias escogidas de Aristófanes traducidas del griego por D.

Federico Baráibar. (_Las Nubes._) Vitoria, imprenta de los Hijos de

Manteli, 1874.» XVI + 77 páginas. Es una tirada aparte de _El Ateneo_

de Vitoria (tomos III y IV) donde por primera vez se imprimieron _Las

Nubes_.

El resto de la elegante, castiza y fiel traducción del Sr. Baráibar,

primera que de Aristófanes vemos completa en España, se publica hoy en

la _Biblioteca Clásica_.

Los portugueses no traen más contingente a esta pobrísima bibliografía

aristofanesca, que la siguiente traducción latina:

--«_Plutus Aristophanis, Comoedia in Latinum Conversa Sermonem. Authore

Michaele Cabedo Senatore Regio, dum Parisiis esset anno_ MDXLVII.»

17 hojas sin foliar. El ejemplar que vi en la Academia de Ciencias de

Lisboa no tenía portada. A la comedia siguen versos latinos y cartas

del autor. El cual fue eminentísimo humanista y jurisconsulto. Nació

en Setúbal en 1525, y murió en Lisboa en 1577. Había estudiado en

Burdeos, Tolosa y Coimbra, siendo discípulo de Juan Gélida y Martín

de Azpilcueta. La traducción del _Pluto_ está en versos fáciles y

bien construidos, aunque Cabedo la estimaba solo como desenfado de

estudiante.

Si a estos trabajos agregamos las traducciones, también latinas, del

escoliasta de Sófocles y del escoliasta de Eurípides, hechas por el

infatigable valenciano Vicente Mariner, que se conservan manuscritos

con sus demás obras en el estante _Ff._ de la sala de manuscritos de la

Biblioteca Nacional[3], tendremos casi completo este índice.

Ni sería mucho más granado el de los críticos y expositores, pues

aunque de la tragedia griega dijeron algo, y bien, el Dr. Alonso

López Pinciano en su _Philosophia Antigua Poética_, y D. José

Antonio González de Salas en su _Nueva idea de la tragedia antigua

e ilustración última al libro singular de Poética de Aristóteles

Stagirita_, fue no tanto a la luz de los modelos mismos como a la

de los comentarios y explicaciones del hijo de Nicomáco. Y perdida

más adelante esta severa y fructuosa enseñanza, que quizá nos

hubiera llevado a una comprensión seria y profunda del espíritu de

la antigüedad, abrimos sin recelo la puerta a los libros franceses;

y fuera de los discursos de Estala, cuya originalidad queda ya

indicada, no hallamos en el siglo XVIII otra cosa digna de memoria

que algunas notas de Moratín sobre _Las Suplicantes_, _Ifigenia en

Áulide_, _Ifigenia en Tauris_, _Reso_ y _Medea_[4], donde la crítica

es tan pobre y estrecha, que sin reparo se tiene por inútil el coro y

por impertinente todo lo que en los antiguos se refiere a los ritos

de la sepultura y al culto de los muertos: se dice que Racine ha

mejorado mucho a Eurípides, y que Metastasio sabía hacer mejor que él

las exposiciones: se encuentra mal que Aquiles no esté enamorado: se

censura a los griegos por no haber observado las unidades, etc., etc.

Mucho más vale el prólogo de Martínez de la Rosa a su _Edipo_, y

aun las observaciones que sobre el mismo asunto trágico hizo en las

notas a su _Poética_. Siquiera tiene el mérito de haber reprobado

los absurdos episodios y ornamentos con que los imitadores modernos

habían desfigurado y calumniado la purísima sencillez de Sófocles. En

cuanto al coro, estaba a la misma altura que Moratín: le tenía por un

accesorio o comparsa, _las más veces inverosímil_, pero que contribuía

a la pompa del espectáculo. ¡El coro, que es precisamente la esencia de

la tragedia!

No me toca juzgar aquí los estudios posteriores, que son todos harto

breves. Baste decir que en sus respectivos compendios y manuales de

literatura griega han dicho algo de estas cosas los señores D. Braulio

Foz[5], D. Raimundo González Andrés[6], D. Jacinto Díaz[7] y D.

Salvador Constanza[8].

Con lo cual, y con los _Ensayos histórico-críticos sobre Esquilo

y Sófocles_, publicados por don Eduardo Mier en la _Revista de

Instrucción Pública_ (1857 y 1858); el discurso inaugural leído en la

Universidad de Zaragoza en 1874 por el doctor D. Andrés Cabañero y

Temprado sobre la _tendencia e influjo del teatro griego en el orden

político social de los antiguos pueblos de la Grecia_, y los _Estudios_

del Dr. Camus acerca de la _Comedia griega y Aristófanes_, insertos

en la _Revista de la Universidad de Madrid_, quedará completa esta

bibliografía, todavía más pobre, raquítica e infecunda que la anterior.

La influencia _directa_ del teatro griego bien puede decirse que ha

sido casi nula en España; y la razón es clara: hemos poseído un teatro

propio y castizo, nacido y desarrollado aquí, con alguna influencia de

la Italia del Renacimiento, en sus primeros pasos, pero libre luego de

trabas y andadores. Este teatro, a primera vista romántico y anárquico,

tiene en la grandeza de sus felices momentos, en el carácter nacional,

y aun en el espíritu religioso, en la presencia de elementos líricos

y (¿será una profanación decirlo?) en ciertos personajes cómicos,

que cumplen, aunque de muy distinto modo, uno de los fines del coro

antiguo, y templan como él la emoción trágica, cierta remota analogía

con el de los helenos.

En la primera época de nuestra escena, en la de los orígenes, donde

no faltaron tentativas de todo color y toda laya, dio una muestra de

tragedia clásica el portugués Antonio Ferreira en su _Castro_, si es

que esta obra es original y no traducción de la _Nise lastimosa_ de

Fr. Jerónimo Bermúdez. Quienquiera que fuese su autor primero, acertó

con rasgos patéticos dignos de Eurípides, aunque suele afearlos con

otros declamatorios de la escuela de Séneca, de quien tomó asimismo la

manía de moralizar, y los diálogos rápidos y contrastados. Los coros

están muy desligados de la acción, pero abundan en bellezas líricas del

género horaciano.

La _Tragedia de la muerte de Áyax Telamón sobre las armas de Aquiles_,

que compuso Juan de la Cueva, nada tiene que ver con el _Áyax

flagelífero_, sino que está fundada en la famosa _Contienda_ que se lee

en los _Metamorfóseos_ de Ovidio.

El único poeta español que se acercó instintivamente a la ruda

manera de Esquilo fue (aunque parezca extraño) Miguel de Cervantes

en su _Numancia_, con aquel proceder por grandes masas, aquella

imperiosa fatalidad que mueve la lengua de los muertos e inspira

agüeros, vaticinios y presagios; los elementos épicos (narraciones,

descripciones, etc.) que se desbordan del estrecho cuadro de la escena

lo mismo que en _Los Siete sobre Tebas_; el asunto, que no es una

calamidad individual, sino el suicidio de todo un pueblo, y finalmente,

el espíritu nacional que lo penetra e informa todo, y por medio de

profecías y visiones anuda y encadena la España moderna con la de los

primeros tiempos históricos.

Entró luego Lope de Vega, y se alzó con el cetro de la monarquía

cómica, sin que en tan prodigioso número de comedias propias, felices,

discretas y bien razonadas, con que inundó el teatro, deba nada a los

griegos, aunque sí algo a Plauto, a Terencio y a los italianos; y por

más que entre tantos asuntos, algunos tomara de la antigüedad. Y lo que

digo de él debe entenderse de toda su escuela, incluso de Calderón, a

quien como hierofante o poeta sacerdotal, y por lo alto, profundo y

simbólico de las concepciones, y el aire místico y solemne, y por haber

tratado a su modo lo que debió ser asunto de la primera parte de la

Trilogía de Prometeo, han llamado algunos el _Esquilo_ castellano.

Y mejor podía llamarse a Quevedo el _Aristófanes_, faltándole solo para

merecer tal título la claridad y la limpieza, la ática transparencia

de estilo que enamora en las obras del cómico ateniense, pues en lo

demás ambos ingenios eran gemelos, y no faltan en los _Sueños_ ni lo

cómico ideal y fantástico, ni los contrastes humorísticos, ni la sal

mordicante, ni la intención política.

Los pocos y frígidísimos imitadores de la tragedia antigua en el siglo

XVII, fuéronlo de Séneca y no de los griegos: así, González de Salas

en _Las Troyanas_, y López de Zárate en el _Hércules Furente y Eteo_.

Rojas convirtió los _Encantos de Medea_ en una absurda comedia de

magia, que se sostuvo largo tiempo en las tablas.

De Calderón consta que escribió una _Ifigenia_, no sabemos si _en

Áulide_ o _en Tauris_, porque pertenece al número de sus comedias

perdidas. Pero algo hubo de aprovecharla Cañizares para las dos suyas

del mismo argumento, tan populares en el siglo pasado. De la primera

no ocurre hablar, por ser imitación de la de Racine, con más los

indispensables _graciosos_ y otras adiciones infelices de la cosecha

del refundidor, que la hizo, «para mostrar las comedias conforme al

francés estilo.» Mas para la _Ifigenia en Tauris_ no tuvo modelo

francés, y como era hombre de pocas letras y no conocía directamente

a Eurípides, sospéchase que entró a saco por la obra calderoniana.

Como quiera, hizo una comedia de intriga, llena de anacronismos,

cuchilladas y extravagancias, en la cual apenas se descubren confusas

reminiscencias de la tragedia griega, fuera del diálogo entre Ifigenia,

Pílades y Orestes, que está copiado de Eurípides con bastante

fidelidad, si bien de segunda mano, y es (según Moratín) «lo único

tolerable en esta desatinada composición.» Mala y todo como es, fue

refundida en cinco actos, con título de tragedia, por D. Cándido María

Trigueros[9].

En el siglo pasado no hubo más _Fedras_, _Medeas_, _Antígonas_ y

_Andrómacas_ que las que se tradujeron del francés. El abate Marchena,

en los pocos trozos que conocemos de su _Polixena_, tiene imitaciones

de Eurípides, mezcladas con otras de Lucrecio.

Queda, pues, como única muestra del teatro griego entre nosotros, el

_Edipo_ de Martínez de la Rosa, ingenio elegante y tímido, que en esta

ocasión se levantó algo sobre su nivel ordinario. Desde luego deja

atrás a los demás _Edipos_ modernos, aunque este no es grande elogio.

Tuvo el buen gusto de no alterar con inoportunos episodios la imponente

unidad del asunto griego. El estilo es pulcro y terso, y la expresión

de los afectos sencilla; pero no faltan rasgos de sentimentalismo a

la moderna, y repugna sobremanera oír hablar a Edipo de su _sensible

pecho_. Los coros, escritos como están en metros cortos y reducidos

a un accesorio, parecen cantarcillos de zarzuela y desdicen de la

gravedad trágica. La versificación y el lenguaje no tienen tacha. Y

cuanto el buen juicio y el amor al arte pueden hacer, otro tanto logró

Martínez de la Rosa en esta composición, privilegiada entre las suyas.

Y logró más: hacer tolerable a un público como el nuestro la forma de

Sófocles, no muy adulterada, e interesarle y conmoverle hasta el punto

de que aún resuena en nuestros oídos _el eco de las tumbas de Tebas_.

Tales ventajas se logran del trato con los grandes modelos, aunque la

inspiración propia no sea muy enérgica ni robusta.

M. MENÉNDEZ PELAYO.

Santander, 4 de enero 1880.

INTRODUCCIÓN.

¡Coros de nubes, y graznar de ranas

Chistes inmundos, mágico lirismo.

Comedia aristofánica, que adunas

Fango y grandeza, y buscas en las heces

De lo real lo ideal! La suelta danza

De tus alados hijos me circunde,

Que nunca el ritmo ni la gracia olvidan

Aun en sus locos, descompuestos saltos.

(MENÉNDEZ PELAYO. _Carta a mis amigos de Santander con motivo de

haberme regalado la_ BIBLIOTHECA GRAECA _de Fermín Didot._)

«La gloria escénica de Aristófanes, dice un discreto traductor[10],

su influencia sobre el pueblo ateniense, las numerosas coronas

conquistadas en las fiestas de Baco, he aquí toda su biografía.» Tal

carencia de noticias tratándose de tan ilustre poeta, débese, sin duda,

a su misma celebridad, que dispensó a los escritores contemporáneos de

consignar lo que de todos era sabido, no menos que a la pérdida de las

comedias de sus rivales[11], de las cuales, a vueltas de la exageración

natural en el ataque, pudieran haberse recogido muy interesantes datos.

La escasez de estos llega al extremo de no saberse a punto fijo la

fecha ni el lugar del nacimiento de Aristófanes. Conjetúrase que

debió ser hacia la Olimpiada 82 (452 años antes de Cristo),[12] y en

Cidatene, demo del Ática, perteneciente a la tribu de Pandión. Así lo

afirman la mayoría de sus biógrafos, por más que algunos le creyeran

natural de Egina, de Camira, de Lindo en Rodas y aun de Naucratita en

Egipto[13]. Igualmente desconocidos son los detalles de su vida de

familia, sabiéndose en junto que su padre se llamaba Filipo, y que tres

de sus hijos, Araros, Filetero y Nicóstrato, se dedicaron también al

cultivo de la Musa cómica. El florecimiento de Aristófanes coincidió

con la guerra del Peloponeso (431-404 antes de la era cristiana),

en cuyo azaroso período se representaron diez de las once comedias

que de él se conservan. Afiliose al partido aristocrático, y atacó

constantemente a los demagogos, en cuyas manos estaba en su tiempo la

dirección de la república. Con este motivo se atrajo las iras de varios

de ellos, pero muy especialmente de Cleón, que fue su más constante y

encarnizado enemigo.

Tampoco se sabe si ejerció cargos públicos, por más que es de suponer

que, dada su gran significación, no dejarían de enconmendársele

algunos. Se tiene solo noticia de que en 430 pasó en calidad de

cleruco con otros conciudadanos a la isla de Egina, recobrada por los

atenienses, con objeto de hacerse cargo de los extensos dominios que en

ella poseía[14].

O por timidez, o porque la ley o la costumbre exigiesen una edad

determinada para presentar comedias, Aristófanes, como él mismo lo

indica[15], puso en escena las tres primeras que compuso bajo los

nombres de sus dos actores Fidónides y Calístrato, aunque el público

no dejara de comprender a quién pertenecían. Fueron estas _Los

Detalenses_ y _Los Babilonios_[16], de las cuales solo se conservan

fragmentos, y _Los Acarnienses_, que poseemos completa. En la primera

atacaba Aristófanes la defectuosa educación que se daba a los jóvenes

de su tiempo, presentando ante el coro, compuesto de una sociedad de

gastrónomos, un debate entre un joven modesto y virtuoso (σώφρων) y

otro corrompido (καταπύγων), análogo al que el _Justo_ y el _Injusto_

sostienen en _Las Nubes_, cuyo objeto es, aunque ampliado y mejorado,

el mismo de _Los Detalenses_.

En la segunda, o sea _Los Babilonios_, representada en 426 por

Calístrato, el poeta echa por otro camino, y principia ya la audaz

empresa en que no cejó un punto de hacer del pueblo mismo, de la

constitución ateniense y de las resoluciones de los tribunales y la

ágora, el objeto de sus comedias. En esta atacó ruda y valientemente,

ante el inmenso público que concurría al teatro en las brillantes

fiestas Dionisíacas, a muchos magistrados, y especialmente al

arrogante Cleón. El demagogo sintió en el alma la ofensa y trató de

vengarla citando ante el Senado a Calístrato, que era, por decirlo

así, el editor responsable, y acumuló sobre él tales insultos,

calumnias y amenazas que le pusieron a dos dedos de su ruina[17].

Contra Aristófanes valiose para inutilizarle de medios indirectos,

presentando la grave acusación de usurpación de los derechos de

ciudadano, γραφὴ ξενíας, de que el poeta consiguió ser absuelto. La

animosidad que entre ambos existía adquirió con esto las proporciones

de un odio mortal, que estalló con una violencia sin ejemplo en

la célebre comedia _Los Caballeros_, cuarta de las compuestas por

Aristófanes y primera de las presentadas con su nombre. Siguieron

a esta otras, hasta cuarenta y cuatro, de las cuales solo se han

conservado once, que son, además de _Los Acarnienses_ (Ἀχαρνῆς) y _Los

Caballeros_ (Ἱππῆς) ya citados, _Las Nubes_ (Νέφελαι), _Las Avispas_

(Σφῆκες), _La Paz_ (Εἰρήνη), _Las Aves_ (Ὄρνιθες), la Lisístrata

(Λυσιστράτη), _Las Fiestas de Ceres_ (Θεσμοφοριάζουσαι), _Las Ranas_

(Βάτραχοι), _Las Junteras_ (Ἐκκλησιάζουσαι) y el _Pluto_ (Πλοῦτος)[18].

Ignóranse, por último, la época y las circunstancias de la muerte de

Aristófanes, conjeturándose únicamente que debió ocurrir siendo de edad

bastante avanzada, pues su _Pluto_ reformado se representó en el año

390, cuando el poeta debía estar ya en los 62 de su edad, y aún compuso

después el _Cócalo_ y el _Eolosicón_, bien que estos se pusieron en

escena por su hijo Araros.

Hechas estas indicaciones biográficas, pasemos ya a ocuparnos del

teatro de Aristófanes, diciendo antes, para juzgarle con el debido

acierto, algo sobre el origen y carácter de la antigua comedia

ateniense, de que fue principal cultivador y es genuino y único

representante[19].

La comedia y la tragedia sabido es que nacieron en las fiestas de Baco,

cuyo culto, vario sobre manera, contenía una multitud de elementos

dramáticos[20]. Pero así como la segunda, inspirada en las fiestas

Leneas, tuvo un carácter triste y serio, conforme a los sufrimientos

aparentes del dios en aquella solemnidad conmemorados, la primera,

nacida en las Dionisíacas campestres, fiestas de vendimia en que el

placer de ver terminadas las faenas agrícolas y llenos trojes y lagares

se manifestaba con todo género de locuras, lleva hasta en sus menores

detalles impreso el sello de la más descompuesta alegría. Parte muy

principal de estas fiestas era el _comos_ (κῶμος), festín animado y

bullicioso sazonado con picarescos chistes y canciones de sobremesa, al

fin de las cuales los convidados, perdiendo su gravedad, se entregaban

medio beodos a danzas irregulares y desenvueltas y entonaban a coro

un entusiasta himno a Baco en que al dios del vino se asociaban Falo

y Fales, representantes de la fuerza generatriz de la naturaleza. A

esta canción báquica se la llamaba la _Comedia_, es decir, el canto

del banquete, según la fuerza etimológica de la palabra[21], y solía

repetirse en una procesión que a continuación del festín se organizaba.

Los comensales, disfrazados con abigarrados vestidos, grotescas

máscaras, enormes coronas de hojas y flores, y tiznados de heces de

vino y otras sustancias colorantes, recorrían encaramados en carros de

labranza el demo o villa en que la fiesta tenía lugar.

Una vez celebrado el dios causa de su alegría, esta especie de ebria

mascarada buscaba como blanco de sus burlas al primero que se ofrecía

ante su vista, y lanzaba contra él desde la carreta, embrión del

futuro tablado escénico, un verdadero diluvio de irrespetuosos chistes,

sacando a pública vergüenza todos los defectos, y saltando las barreras

del pudor entre las carcajadas y aplausos de la multitud que los

rodeaba e iba engrosando a cada instante. En _Las Ranas_ de Aristófanes

encontramos vestigios de la costumbre que estamos indicando, pues en

ella el coro de Iniciados, después de haber dirigido sublimes himnos

a Dionisio-Iaco, los interrumpe sin transición alguna, para exclamar:

«¿Queréis que nos burlemos juntos de Arquedemo?» Circunstancia que con

otras sirve de base al insigne Müller para considerar las improvisadas

burlas de los falóforos como parte esencial del canto báquico.

El cómo y cuándo este rudimento de comedia se perfeccionó y tomó

carta de naturaleza en Atenas, convirtiéndose las farsas de la aldea

en espectáculo artístico digno de ser saboreado por los ciudadanos

más cultos, es cosa que no está bien averiguada. Dejemos a un lado la

historia de su oscura gestación, desconocida para los mismos griegos,

y hagamos notar tan solo que este género dramático, aun después de su

perfeccionamiento, conservó en el fondo todos los caracteres de su

origen, siendo, por tanto, la antigua comedia ateniense una composición

enteramente distinta de las que con igual título cultivaron Menandro y

Filemón, imitaron Plauto y Terencio y se representan en nuestro moderno

teatro. Así, al aquilatar su mérito evitaremos el grave error en que

escritores de nota han incurrido, porque como dice Schlegel[22], «para

juzgar acertadamente al antiguo teatro cómico, es necesario prescindir

por completo de la idea de lo que en la actualidad se llama comedia y

los griegos designaron también con el mismo nombre. La comedia antigua

y la nueva no se distinguen solo por diferencias accidentales, sino

que son absoluta y esencialmente diversas. Jamás podrá considerarse la

antigua como el principio grosero de un arte perfeccionado después;

al contrario, constituye el género original y verdaderamente poético,

mientras la nueva únicamente presenta una modificación más cercana a la

prosa y a la realidad.»

Nacida la comedia en las regocijadas fiestas Dionisíacas, conservó

siempre como carácter distintivo y esencial la alegría franca y

desenvuelta que en el canto del _comos_ y los subsiguientes himnos

falofóricos e itifálicos dominaban. Buscando los poetas la fuente de

lo cómico, y huyendo en sus composiciones de cuanto pudiera ser grave

y serio, presentaron los errores, inconsecuencias y debilidades de

los hombres como resultado natural del imperio de sus apetitos y de

casuales accidentes sin desastrosas consecuencias. Comprendiendo que

la alegría rehuye todo fin determinado, y que así como cuando llega

a apoderarse de un individuo se manifiesta por saltos desordenados,

gritos, carcajadas sin motivo, atrevidas burlas, hasta llegar a una

especie de delirio, prescindieron por completo en sus piezas de todo

plan y presentaron la Musa cómica a modo de bacante ebria que ya se

eleva a regiones ideales, revelando en medio de su beodez la pura

esencia de su naturaleza divina, ya desciende al fango de la realidad

más repugnante; que enlaza en medio de un caos sin objeto aparente

sublimes himnos y obscenas groserías, sabios consejos y virulentas

sátiras; y que aspirando a la virtud y a la justicia, propone su ideal

a los espectadores entre el bullicio del licencioso _córdax_ y las

torpes imágenes del falo. Recordando las improvisaciones carnavalescas

y las ocurrencias imprevistas de los falóforos, presentaron sus obras

en el tablado escénico como una inmensa chanza, como una especie de

bromazo universal, si se nos permite la frase, en que no escapan

impunes ni filósofos, ni generales, ni estadistas, ni poetas, ni

oradores; en que se revelan los misterios más recónditos de la vida

de familia; en que se cruza el rostro con el látigo de procaz ironía

al pueblo que presencia, paga y juzga el espectáculo y a los mismos

dioses, en cuyo honor se celebra.

De esta suerte la comedia, embriagada, por decirlo así, con su propia

alegría y levantada en alas de la imaginación, pasó pronto de la

censura del ciudadano particular a mostrar bajo su aspecto cómico, dice

un escritor ya citado[23], «toda la constitución social, el pueblo,

el gobierno, la raza de los hombres y la de los dioses, dándoles la

fantasía con los brillantes toques de su pincel los colores más vivos y

originales.»

Atenta únicamente la comedia antigua a rendir culto al dios de la

alegría, y apegada siempre a sus tradiciones, no trató en sus censuras

de evitar las personalidades[24]; todo lo contrario, designaba al

vicioso por su nombre, le presentaba con su propia fisonomía, y si

acudía al teatro, lo señalaba con el dedo. De otro modo hubieran

parecido insípidas sus sales a los espectadores, ávidos de hallar en

ella pasto a su natural malignidad, pues es de advertir que el público

que acudía a las representaciones escénicas no era, como en los teatros

modernos, en escaso número y formado de las clases más ilustradas, sino

el pueblo en masa, que buscaba en aquel espectáculo una distracción

análoga a su gusto. Por consiguiente, los poetas quizá hubieran sido

silbados implacablemente si, prescindiendo de personalidades, única

parte de la comedia inteligible para la mayoría de su auditorio, se

hubiesen concretado a presentar obras de pura imaginación como las

modernas.

De aquí el carácter predominantemente político que, conformándose a la

afición a intervenir en el gobierno y a la constitución democrática

de Atenas, llegó a revestir la comedia antigua, convirtiendo la

escena en una segunda tribuna y juzgando con una audacia solo posible

dado el buen sentido de los atenienses, las decisiones que el pueblo

adoptaba en la ágora y proponiendo además reformas y medidas que le

han dado cierta semejanza con la prensa periódica moderna. Así es que,

no contenta todavía con las alusiones más o menos directas que en el

decurso del diálogo van como bordando el velo alegórico que constituye

generalmente la trama de las mismas, había un punto en que toda ficción

se suspendía, en que se cortaba la acción, y el poeta se presentaba

frente a frente a los espectadores, para decirles paladinamente en la

_Parábasis_ cuanto creía oportuno sobre los más graves negocios del

Estado o sus asuntos particulares. En ella el corifeo, quitándose la

máscara, no es ya un simple actor que se dirige a los concurrentes a un

espectáculo, sino el orador que arenga a una asamblea. De este modo,

como afirma Platón con una ironía que manifiesta el extremo a que la

influencia de los cómicos alcanzaba, la república ateniense llegó a ser

una _Teatrocracia_ verdadera[25].

En esta forma determinada llegó la comedia a Aristófanes, quien no

introdujo en ella más modificaciones que las que un ingenio superior

da inevitablemente a cuanto toca con sus manos. ¿Habrá, pues, derecho

a exigirle en sus obras méritos y perfecciones impropios de las

mismas, dada la diferencia esencial que hemos señalado entre la antigua

comedia y la moderna? ¿No podría el poeta favorito de las Gracias,

rechazar como impertinente el interrogatorio a que el Abate Andrés

le sujeta al hacerle comparecer ante la autoridad de su crítica?[26]

¿No tendría derecho cuando el erudito Aristarco le exige un plan bien

ideado y regular, una acción ligada, bien seguida y acabada, pinturas

justas y fieles, caracteres bien expresados y distintos, y afectos

bien manejados, a contestarle: todo eso que echas de menos en mis

dramas es grave y serio, y en su composición yo no he tenido más objeto

aparente que la alegría; y la alegría solo existe cuando se rechaza

todo plan y toda traba; cuando se desarrollan de un modo inesperado

todas las facultades de nuestra alma; cuando el pensamiento abandona

sus trilladas sendas y vuela por la región de lo imprevisto; cuando se

reúne lo extraordinario, lo inverosímil, lo maravilloso y lo imposible

con las localidades más conocidas y los usos más familiares; cuando se

inventa una fábula atrevida y fantástica, con tal que sea propia para

sacar a luz caracteres extravagantes y situaciones ridículas; cuando

con la rapidez del rayo se arranca su máscara al vicio y se disimula la

indignación bajo una estrepitosa carcajada; cuando, en una palabra, se

toman como a juego las cosas más graves y se presentan bajo el disfraz

de divertida chanza?[27]

Para convencerse de que Aristófanes fue, en efecto, digno intérprete

de Talía, y de que poseyó, como nadie, ese talento especial y precioso

de regocijar los ánimos, al que se ha dado el expresivo nombre de

_vis cómica_, no hay más que leer sin preocupaciones sistemáticas

ni espíritu de escuela cualquiera de sus obras, y no se podrá menos

de confesar que la serie de escenas que las constituyen revelan tal

ingenio, tal profusión de sales y de gracias, que si el aparato

escénico, los trajes, las danzas y la música eran dignas de las

concepciones del poeta, debieron producir en los espectadores, dice

Müller, una verdadera embriaguez cómica.

No se crea, sin embargo, que la comedia es en manos de Aristófanes un

simple juego de la fantasía, propio solo para divertir a los niños y

a la plebe más rústica y soez. Todo lo contrario. Parecida a aquellas

grotescas imágenes de sátiros que contenían en su interior la estatua

de una divinidad, oculta siempre bajo el revuelto vaivén de sus

locuras, liviandades y chocarrerías, el oro de un profundo pensamiento

moral y la constante aspiración a un ideal más perfecto, _buscado entre

las heces de la realidad_.

Perfectamente persuadido Aristófanes de la altísima misión de los

poetas, lleno de ardiente patriotismo, y amante de la justicia y

la virtud, ataca, como Cervantes, con aquellas _terribles gracias_,

φοβεράς χάριτας[28], de que poseía inagotable caudal, todos los vicios

y abusos que minaban en su tiempo la existencia de la república

ateniense o contribuían a extraviar el buen sentido en el orden

religioso, literario y moral.

Así es que de las once comedias que de él se han conservado, unas son

predominantemente políticas, como _Los Acarnienses_, _Los Caballeros_,

la _Lisístrata_ y _La Paz_, y se refieren a la guerra del Peloponeso,

aconsejan su terminación y atacan rudamente a los ambiciosos demagogos

que conseguían captarse el aura popular; otras, como _Las Avispas_,

_Las Junteras_ y el _Pluto_, van dirigidas con especialidad contra

abusos introducidos en la interna administración de la república por

la viciosa organización de los tribunales y las discusiones de la

ágora, y tratan de atajar el mal que la predicación de ciertas utopías

filosóficas podían llegar a producir; otras, como _Las Fiestas de

Ceres_ y _Las Ranas_, son verdaderas sátiras literarias en las cuales

el poeta trata de contener la decadencia del arte trágico, iniciada

en Eurípides y Agatón; otras, en fin, como _Las Nubes_ y _Las Aves_,

atacan la viciosa educación que a la juventud daban los sofistas, o

presentan, en el cuadro más animado y pintoresco que ha podido crear la

humana fantasía, una especie de resumen de cuantos vicios, abusos y

ridiculeces son objeto de especial censura en las demás.

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