--¿Cómo no he de llorar y lamentarme, si tras de verme perseguida

injustamente, hecha la piedra de escándalo de las mujeres de esta casa,

que me atosigan con sus preguntas y majaderías, por remate de cuenta

viene Vd., que dice me crió, y me echa en cara las desgracias de Vd. y

de su marido? ¿Cabe mayor infelicidad que la mía?

--Cuando yo le relate mi historia, tejida con la de su merced, se

convencerá de que tengo mucha razón.

--Pero ¿quién es Vd.?

--Mi nombre es María de Regla, humilde criada de su merced y esclava del

niño Leonardo Gamboa.

--¡Ah! exclamó Cecilia poniéndose en pie y abrazando a su interlocutora.

--¡Oiga! dijo ésta con sentimiento. La niña me reconoce y abraza como

esclava del niño Leonardo, no como la madre de leche que soy de su

merced.

--No, la abrazo por ambos motivos, sobre todo porque su venida es nuncio

de salvación para mí.

La negra se cruzó de brazos y se puso a contemplar a Cecilia faz a faz.

De tiempo en tiempo murmuraba en tono bajo: ¡Vea Vd.! ¡La misma frente!

¡La misma nariz! ¡La misma boca! ¡Los mismos ojos! ¡Hasta el hoyito en

la barba! ¡Sí, su pelo, su cuerpo, su aire, su propio ángel! ¡Qué! ¡Su

vivo retrato!

--¿De quién? preguntó Cecilia.

--De mi niña Adela.

--¿Y quién es esa niña?

--Mi otra hija de leche, hermana de padre y madre del niño Leonardo.

--¿Conque tanto me parezco a ella? Ya me lo habían dicho algunos amigos

que la conocen de vista.

--Y dígalo que se parece. Jimaguas no se parecerían más. ¿Si será por

esto porque el niño Leonardo está tan enamorado de su merced? Pero él

peca y su merced peca con quererse como se quieren. Si se quisieran como

amigos o hermanos, pase; como hombre y mujer es un pecado. Los dos están

en pecado mortal.

--¿Por qué me dice Vd. eso? preguntó Cecilia sorprendida. En quererse

mucho un hombre y una mujer, no sé yo que haya pecado.

--Sí, lo hay, niña; a veces hay hasta pecado prieto. Por una parte, él

es blanco; mas, dentro de poco será de sangre azul, porque su padre ya

es Conde de Casa Gamboa. Y tiene un palacio para vivir con la que haya

de ser su esposa legítima. Y su merced... Perdone, niña, que sea tan

_clariosa_. Su merced es pobre, no tiene ni gota de sangre azul y es

hija... de la Casa Cuna. No es posible que lo dejen casarse con su

merced.

--Todo sea que se le ponga en la cabeza. A bien que él es hombre y hace

lo que quiere. Y aunque no, estoy segura que cumplirá la palabra que me

ha dado.

--No podrá cumplirla, niña. Desengáñese, no podrá cumplirla aunque

quiera.

--¿Por qué no?

--Porque no. A su tiempo lo sabrá su merced. Ese casamiento es un sueño,

no se verificará...

--Luego Vd. se opone. No comprendo la razón.

--Yo no me opongo, niña mía. No soy yo quien se opone, es otro, es la

naturaleza, son las leyes divinas y humanas. Sería un sacrilegio...

Pero, ¿qué es lo que digo? Cuando menos ya es tarde. Dígame, niña, ¿qué

tiene en los ojos?

--Nada tengo en los ojos, repuso Cecilia restregándoselos inocentemente.

--Sí, veo algo en ellos que es mala señal. Me parece que tiene amarillo

el globo del ojo. No cabe duda. Esas ojeras, esa palidez, ese rostro

desencajado... ¡Pobrecita! Su merced está enferma.

--¡Yo enferma! No, no, dijo ella muy apurada.

--Su merced ya es mujer del niño Leonardo.

--No entiendo lo que Vd. dice.

--¿Ha sentido su merced náuseas? ¿Así como ganas de provocar?

--Sí, varias veces. Más a menudo desde que estoy en esta casa. Lo

atribuyo a los sustos y pesares de mi injusta prisión.

--Tate. Cierto son los toros. ¿No lo dije? La causa de la enfermedad de

su merced es otra. Yo la sé, la adivino. ¿No sabe la niña que he sido

enfermera por muchos años? ¿Qué soy casada? Ya no hay remedio.

Ninguno... ¡Pobre niña! ¡Inocente! ¡Desgraciada! A su merced le ha hecho

mucho daño esa carita tan linda que Dios le ha dado. Si su merced

hubiera nacido fea, tal vez no le pasara lo que le pasa ahora. Estaría

libre y sería feliz. Mas... lo que remedio no tiene, olvidarlo es lo

mejor. En fin, diré al niño Leonardo el estado de su merced y segurito

que se apresurará a sacar a la niña de esta maldita casa.

Afectaron fuertemente a Leonardo Gamboa las últimas nuevas que de

Cecilia le trajo la esclava. Sin pérdida de tiempo, como lo había

previsto ésta, se abocó con su condiscípulo y amigo el Alcalde Mayor,

que había decretado la orden arbitraria de prisión, ante el cual hizo

valer aquellos títulos, junto con esta circunstancia. Le reveló

igualmente en secreto el estado delicado de la muchacha. Derramó por

todas partes el oro a manos llenas y tuvo la inefable satisfacción de

ver coronados sus esfuerzos con el éxito más completo hacia los

postrimeros días del mes de abril.

Fue al cabo suya Cecilia, a pesar de la tenaz oposición de su padre. De

la prisión la condujo a la casa que habían alquilado en la calle de las

Damas, dándole por cocinera, sirviente de confianza y dueña a la María

de Regla de siempre. No parecía que hubiese hombre más feliz sobre la

haz de la tierra.

Aún cuando todo esto se ejecutó con entera reserva de don Cándido, nada

ocultó Leonardo de doña Rosa. Desde el principio al fin la mantuvo

informada de los pasos que daba, a medida que se daban. Y, sentimos

decirlo, no sabemos en quién produjo más regocijo el desenlace del

drama, si en su hijo o en la madre. Así se alzaba una barrera

insuperable, creía ella sinceramente, entre la muchacha y las

imprudentes pretensiones de su marido.

En medio de estas escenas, desplegó Leonardo tino y fuerza de voluntad

sin ejemplo, poniendo el mayor esmero en llenar las condiciones del

contrato secreto celebrado con su madre. Asistió a las clases de derecho

regularmente, y cuando llegó la hora de graduarse, visitó uno por uno a

los doctores que debían examinarle, principalmente a don Diego de la

Torre, que gozaba de fama de muy rígido con los graduados; le pasó la

mano a Fray Ambrosio Herrera, secretario de la Universidad, a quien

comunicó en secreto que en vez de los tres duros de las propinas de

costumbre, se proponía meter tres onzas de oro en cada cartucho. Así

allanó el camino de la recepción; así logró calarse la muceta de

ordenanza, ascender a la cátedra del aula magna, ponerse en la coronilla

de la cabeza la birreta colorada, pronunciar un ininteligible discurso

en latín, y obtener el título de Bachiller en Leyes «némine

dissentiente»[60] el 12 de abril de 1831.

Satisfechos por este lado sus compromisos, todavía tuvo tiempo para

tomar formal posesión del palacio que le había regalado su padre.

Enseguida, con el ánimo de adormecer la vigilancia de éste, corrió a

darle una «caradita» a Isabel en su paraíso de Alquízar, y ver de

concertar con ella, si era posible, la manera y la época del casamiento.

La encontró bastante fría y desanimada. Repugnábale en alto grado la

idea de presenciar, por segunda vez, las escenas horrorosas del ingenio.

Como visita, porque faltaría la ocasión juntamente con el deseo; como

ama, porque si de amante no logró suspender los terribles castigos

impuestos allí a los negros, por una necesidad fatal de la institución,

mal podía prometerse que de casada se aboliesen. Y ora tomase Leonardo

estas razones de su amiga cual meros escrúpulos monjiles, ora se

persuadiese que ellas quizás le relevarían de una promesa en que ya no

se interesaba mucho su corazón, tornó a La Habana sin haber tratado de

allanar el inesperado inconveniente.

Volado había el tiempo con inconcebible rapidez. A fines de agosto tuvo

Cecilia una hermosa niña; suceso que, lejos de alegrar a Leonardo,

parece que sólo le hizo sentir todo el peso de la grave responsabilidad

que se había echado encima en un momento de amoroso arrebato. Aquella no

era su esposa, mucho menos su igual. ¿Podría presentarla sin sonrojo,

magüer que bella como un sol, en ninguna parte? No había él descendido

tanto todavía por la cuesta suave del vicio, que hiciese del sambenito

gala.

Se desvanecía, sin duda, la ilusión con la fácil posesión del objeto

codiciado que consistía tan sólo en la cualidad deleznable antes

mencionada. Al amor hizo en breve lugar la vergüenza. Tras ésta debía

presentarse el arrepentimiento, y se presentó al galope, mucho antes de

lo que era de esperarse, supuestas las condiciones de alma fría y moral

laxa de que había dado pruebas el joven Gamboa.

Los primeros síntomas del cambio no tardó Cecilia en descubrirlos con

dolor; en pos vino el tropel de los celos a complicar la situación de

las cosas. A los tres o cuatro meses de unión ilícita fueron menos

frecuentes y menos prolongadas las visitas de Leonardo a la casa de la

calle de las Damas. ¿De qué valía que él colmase de regalos a la

querida, que se adelantase a todos sus gustos y aun caprichos, si era

cada vez más frío y reservado con ella, si no mostraba orgullo ni

alegría por la hija, si no pudo lograr jamás que trocara siquiera por

una noche la casa de los padres por la suya propia?

Explícase la extraña conducta de Leonardo con Cecilia, por la grande

influencia que sobre él ejercía su enérgica madre. Porque era cosa

cierta que si del mozo habían huido todas las virtudes a la temprana

edad de 22 años, como huyen las tímidas palomas del palomar herido por

el rayo, no era menos cierto que aún calentaba su corazón marmóreo el

dulce amor filial.

Doña Rosa, además, había averiguado por aquellos días la historia

verdadera del nacimiento, bautizo, crianza y paternidad de Cecilia

Valdés, contado ahora por María de Regla con el objeto de obtener el

completo perdón de sus pecados y alguna ayuda en favor de Dionisio, que

seguía en estrecha prisión. Espantada dicha señora del abismo a que

había empujado a su hijo, le dijo con aparente calma:

--Estaba pensando, Leonardito, que es hora de que sueltes el peruétano

de la muchachuela... ¿Qué te parece?

--¡Jesús, mamá! replicó escandalizado el joven. Sería una atrocidad.

--Sí, es preciso, añadió la madre en tono resuelto. Ahora, a casarte con

Isabel.

--¿También ésa? Isabel ya no me quiere. Tú has leído sus últimas cartas.

En ellas no habla de amores, habla únicamente de monjío.

--¡Disparate! No hagas caso. Yo arreglo el negocio en dos palotadas. Han

cambiado las cosas. Conviene que se case temprano el mayorazgo, siquiera

no sea con otro fin que el de asegurar sucesión legítima para el título.

A casarte con Isabel, digo.

Por carta de don Cándido a don Tomás Ilincheta, pidió doña Rosa la mano

de Isabel para su hijo Leonardo, heredero presunto del condado de Casa

Gamboa.

En respuesta, la presunta novia, acompañada de su padre, hermana y tía,

vino a su tiempo a La Habana y se desmontó en casa de sus primas, las

señoritas Gámez. Quedó, pues, aplazado el matrimonio para los primeros

días de noviembre, en la pintoresca iglesia del Ángel, por ser la más

decente, si no la más cercana a la feligresía propia. La primera de las

tres velaciones regulares se corrió el último domingo del mes de

octubre, pasadas las ferias de San Rafael.

No faltó quien comunicara a Cecilia la nueva del próximo enlace de su

amante con Isabel Ilincheta. Renunciamos a pintar el tumulto de pasiones

que despertó en el pecho de la orgullosa y vengativa mulata. Baste decir

que la oveja, de hecho, se transformó en leona.

Al oscurecer del 10 de noviembre llamó a la puerta de Cecilia un antiguo

amigo suyo, a quien no veía desde su concubinaje con Leonardo.

--¡José Dolores! exclamó ella echándole los brazos al cuello, anegada en

lágrimas. ¿Qué buen ángel te envía a mí?

--Vengo, repuso él con hosco semblante y tono de voz terrible, porque me

dio el corazón que Celia podía necesitarme.

--¡José Dolores! ¡José Dolores de mi alma! Ese casamiento no debe

efectuarse.

--¿No?

--No.

--Pues cuente mi Celia que no se efectuará.

--Sin más se desprendió él de sus brazos y salió a la calle. Cecilia, a

poco, con el pelo desmadejado y el traje suelto, corrió a la puerta y

gritó de nuevo: ¡José! ¡José Dolores! ¡A _ella_, a _él_ no!

Inútil advertencia. El músico ya había doblado la esquina de la calle de

las Damas.

Ardían numerosos cirios y bujías en el altar mayor de la iglesia del

Santo Ángel Custodio. Algunas personas se veían de pie, apoyadas en el

pretil de la ancha meseta en que terminan las dos escalinatas de piedra.

Por la mira a la calle de Compostela subía un grupo numeroso de señoras

y caballeros cuyos carruajes quedaban abajo. Ponían los novios el pie en

el último escalón, cuando un hombre que venía por la parte contraria,

con el sombrero calado hasta las orejas, cruzó la meseta en sentido

diagonal y tropezó con Leonardo, un el esfuerzo de ganar antes que éste

el costado del sur de la iglesia, por donde al fin desapareció.

Llevose el joven la mano al lado izquierdo, dio un gemido sordo, quiso

apoyarse en el brazo de Isabel, rodó y cayó a sus pies, salpicándole de

sangre el brillante traje de seda blanco.

Rozándole el brazo a la altura de la telilla, le entró la punta del

cuchillo camino derecho al corazón.

CONCLUSIÓN

Lejos de aplacar a doña Rosa el convencimiento de que Cecilia Valdés era

hija adúltera de su marido y medio hermana por ende de su desgraciado

hijo, eso mismo pareció encenderla en ira y en el deseo desapoderado de

venganza. Persiguió, pues, a la muchacha con verdadero encarnizamiento,

y no le fue difícil hacer que la condenaran como cómplice en el

asesinato de Leonardo, a un año de encierro en el hospital de Paula. Por

estos caminos llegaron a reconocerse y abrazarse la hija y la madre,

habiendo ésta recobrado el juicio, como suelen los locos, pocos momentos

antes de que su espíritu abandonase la mísera envoltura humana.

Por lo que hace a Isabel Ilincheta, desengañada de que no encontraría la

dicha ni la quietud del alma en la sociedad dentro de la cual le tocó

nacer, se retiró al convento de las monjas Teresas o carmelitas, y allí

profesó al cabo de un año de noviciado.

Casada Rosa con Diego Metieses, se esforzó en reemplazar a la hermana

mayor en el cariño del padre y de la tía, yendo a morar con ellos en el

edén de Alquízar.

La causa criminal formada a Dionisio por el homicidio de Tondá, no vino

a fallarse sino cinco años después de los sucesos aquí relatados. El

tribunal le condenó a diez de cadena y el célebre don Miguel Tacón le

destinó al presidio de La Habana para la composición de calles.

FIN

GLOSARIO

A

_abarca_: calzado rústico de cuero de buey que cubre la planta, los

dedos o la mayor parte del pie y se sujeta con cuerdas o correas.

_Agramante, campo de_: lugar de mucha confusión, donde nadie se

entiende.

_Agua de Lonja_: agualoja, aloja, bebida refrescante preparada con agua,

azúcar o miel, canela, clavo y algún otro ingrediente.

_aguaitar_: acechar.

_alcándara_: percha o varal donde se ponían las aves de cetrería.

_alcarraza_: vasija de barro poroso, que por evaporación del agua que

rezuma, enfría la que queda dentro.

_alcorza_: pasta blanca de azúcar y almidón con la cual se suelen cubrir

varios géneros de dulces y se hacen en confiterías diversas figurillas.

_aljófar_: perla de forma irregular y comúnmente pequeña; cosas

parecidas al aljófar, como las gotas de rocío.

_almo_: nutricio, vivificante.

_amarilla_: moneda de oro y especialmente onza.

_ambigú_: comida, por lo regular nocturna, compuesta de manjares

calientes y fríos con que se cubre a una vez la mesa.

_armella_: anillo de metal con espiga o tornillo para clavarlo en un

cuerpo sólido.

_arrente_: a raíz del casco.

_asendereado_: agobiado de trabajo.

_aspillera_: abertura larga y estrecha en un muro para disparar por

ella.

_azuela_: herramienta de carpintería compuesta de una plancha de hierro

acerada y cortante, con mango corto de madera.

B

_badulaque_: persona necia e informal.

_ballesta_: arma para disparar flechas y saetas.

_banqueta_: acera de calle.

_belfo_: cualquiera de los labios del caballo y otros animales.

_bilorta_: vilorta, pequeñas arandelas de hierro que se usaban en el eje

de los carruajes para impedir que el cubo de la rueda se saliera de su

sitio.

_bocabajo_: castigo de azotes que se aplicaba a los negros esclavos

haciéndolos acostar boca abajo.

_bocín_: pieza redonda de esparto que se pone por defensa alrededor de

los cubos de las ruedas de carros.

_bozal_: negro recién sacado de su país.

_bronco_: dícese de la voz y de los instrumentos que tienen sonido

desagradable y áspero; tupido, áspero.

_broza_: desperdicio de alguna cosa.

C

_cabio_: travesaño superior e inferior que con los largueros forman el

marco de las puertas y ventanas.

_cachucha_: moño o peinado para el cual se necesita algún relleno o

postizo, que se usaba en la época y todavía hoy en varias provincias

españolas.

_caja_: tambor.

_calamón_: clavo de cabeza en forma de botón que se usa para tapizar y

adornar.

_cambalachar_: hacer trueque de objetos de poco valor.

_camueso_: hombre muy necio e ignorante.

_cañón_: caño o conducto grande de aguas.

_carabela_: nombre que daban los esclavos a sus compañeros o camaradas

que habían venido de África en el mismo barco negrero, fueran hombres o

mujeres.

_caradita_: caricia, palmadita en la cara.

_caritate, dar_: causar envidia o celos.

_carranclán_: paño de lana.

_catar_: ver, examinar.

_caudinas, horcas; pasar uno por las_: someterse al más fuerte.

_ciar_: andar hacia atrás, retroceder.

_cicerone_: persona que enseña y explica las curiosidades de una

localidad, edificio, etc.

_ciudadela_: modernamente se le llama _solar_.

_cochiherviti_: atropelladamente, con precipitación.

_coleto_: interior de una persona.

_columpio_: balance, mecedora, sillón.

_contralor_: oficio honorífico de la casa real equivalente a lo que en

Castilla llamaban veedor. Intervenía las cuentas, los gastos y ejercía

otras funciones importantes.

_correr la tuna_: correrla, divertirse, gozar la vida vagando de aquí

para allá en fiestas, rumbas y jolgorios.

_cortar un traje_: murmurar de otro, censurar veladamente.

_crujía_: tránsito largo en los edificios en cuyos lados hay piezas,

para las cuales sirve de paso.

_cuarta_: látigo.

_currutaco_: muy afectado en el uso riguroso de las modas.

CH

_chicote_: látigo.

_china pelona_: piedra muy dura que abunda en los ríos y arroyos que

servía como balas de todos los calibres y para empedrar las calles.

_chupa_: casaca de lienzo muy usada a principios del siglo XIX en Cuba.

D

_dianche_: diantre, diablo.

_dragón_: soldado que hace el servicio alternativamente a pie o a

caballo.

E

_escabel_: tarima pequeña para que descansen los pies del que se sienta.

_escarzo_: especie vegetal muy común en España, que crece al pie de los

robles y encinas, de donde se saca yesca.

_escuadría_: las dos dimensiones de la sección transversal de una pieza

de madera labrada a escuadra.

_esguazar_: vadear.

_espiritada_: endemoniada, poseída por el demonio.

_esquifaciones_: ropas y objetos con que se proveía a los esclavos para

cubrir sus necesidades.

_estrado_: conjunto de muebles en la pieza en que las señoras recibían

las visitas y por extensión, la pieza.

G

_gañote_: gaznate.

_garzota_: plumaje o penacho que se usa para adorno de los sombreros o

turbantes y en los jaeces de los caballos.

_gayola_: cárcel.

_gazuza_: hambre.

_gaza_: lazo que se hace en un cabo.

_gerifalte, como un_: muy bien, de una manera superior.

_gigote_: guisado de carne picada rehogada en manteca.

_glacis_: explanada, declive que se continúa desde el camino cubierto

hacia la montaña.

_guadaño_: bote pequeño usado en los puertos.

_guardabrisa_: cilindro de cristal más o menos abombado al centro, con

que se cubría la vela para proteger del viento la llama.

_guiñarse_: irse, huir, marcharse.

H

_hembrilla_: piececita pequeña en que otra se introduce o asegura.

_hormilla_: pieza circular y pequeña de madera u otra materia.

J

_jarrero_: mueble no sólo para colocar los jarros, sino también los

vasos y otras vasijas para tomar agua, como la tinaja donde se

depositaba el líquido.

L

_ladino, negro_: aquel esclavo que hablaba ya el español, por hacer

tiempo que se encontraba en América.

_lechuguina, o_: persona joven que se compone mucho y sigue

rigurosamente la moda.

_lesna_: instrumento punzante que usan los zapateros y otros artesanos

para agujerear, coser y pespuntar. Se compone de un hierrecillo con

punta muy sutil y un mango de madera.

_lebrillo_: vasija de boca ancha.

_ludibrio_: escarnio, desprecio, burla.

_lunita_: juego infantil en que las niñas gritaban dando saltos:

_lunita, lunera_, / cascabelera, / cinco toritos / y una ternera.

M

_magüer_: aunque, a pesar de.

_manducar_: comer.

_manteniente_: en el momento, al instante.

_mastelero de gavia_: palo que va sobre el palo mayor de las

embarcaciones de vela.

_monacillo_: niño que sirve en los monasterios e iglesias para ayudar a

misa y otros ministerios del altar.

_monis_: dinero.

_muceta_: capa corta que cubre el pecho y la espalda; suele ser insignia

de prelados, doctores, licenciados y ciertos eclesiásticos.

_mujeriega, a la_: cabalgando como ordinariamente lo hacen las mujeres,

sentadas en la silla y no a horcajadas como los hombres.

_mulecón_: dícese del negro que ya pasa de la infancia, sin llegar a la

pubertad.

_muleque_: nombre que se daba a los esclavos entre siete y doce años de

edad.

_muñidor_: persona que gestiona activamente para concertar tratos;

criado de cofradía que sirve para avisar a los hermanos las fiestas,

entierros y otros ejercicios a que deben concurrir.

N

_no embargante_: no obstante, sin embargo.

_novenario_: castigo que se aplicaba a los esclavos negros que consistía

en nueve azotes diarios por espacio de nueve días.

O

_obrador_: taller.

_opiata_: medicina en la que entra como uno de sus ingredientes el opio.

P

_papalina_: cofia de mujer, generalmente de tela ligera y con adornos.

_penates_: dioses domésticos de los etruscos y los romanos.

Pertenencias, habitación, vivienda.

_peruétano_: porción saliente y puntiaguda de una cosa.

_petar_: agradar, complacer.

_picolete_: grapa dentro de la cerradura para sostener el pestillo.

_picotear_: chacharear, darle mucho al pico, hablar de cosas

insubstanciales.

_ponina_: diversiones en que se distribuían los gastos entre los

concurrentes.

_potala o potada_: tipo de embarcaciones pesadas, de poco andar.

_poterna_: puerta más pequeña que las principales en el sistema de

fortificaciones.

_pretina_: parte de los pantalones que ajusta a la cintura.

_pringue_: grasa.

Q

_quinar_: vencer al contrario con argumentos y razones definitivas.

_quipo_: ramales de cuerdas con nudos en las cuales llevaban sus cuentas

los aborígenes.

R

_rastrillo_: compuerta formada por una reja o verja fuerte y espesa que

se echa en las puertas de las plazas de armas para defender la entrada y

que, por estar afianzada en unas cuerdas fuertes o cadenas, se levantan

cuando se quiere dejar libre el paso.

_realce, bordar de_: hacer un bordado que sobresale de la superficie de

la tela.

_refacción_: toda cantidad que en dinero o efectos se ofrece como

auxilio o ayuda anticipada para un negocio o para reparaciones, mejoras,

etc.

_regatón_: casquillo que se pone en el extremo inferior de las lanzas,

bastones, etc.

_rengue liso, escapar de_: irse de modo oculto o disimuladamente.

_retrechería_: artificio disimulado y mañoso para eludir la confesión de

la verdad.

_rinconera_: mesita, armario o estante pequeños, comúnmente de figura

triangular, que se colocaban en un rincón o ángulo de una sala o

habitación.

_romper el baile_: dar comienzo al baile.

S

_sambumbia_: bebida cubana hecha con miel de caña, agua y ají.

_Sanfrancia o San Francia_: pelea, trifulca, pendencia, reyerta.

_setena_: pena o castigo que consistía en pagar el séptuplo de una

cantidad determinada.

_sollado_: pisos y cubiertas inferiores de las embarcaciones.

_sopanda_: cada una de las correas anchas y gruesas empleadas para

suspender la caja de los coches antiguos.

_sotrozo_: pasador de hierro que atravesaba un eje del carruaje para

contener o impedir que se saliera la rueda que giraba del mismo.

_sudadero_: manta pequeña que se pone a las cabalgaduras debajo de la

silla o aparejo.

_suspiro_: dulce hecho de harina, azúcar y huevo.

T

_tahalí_: tira de cuero u otra materia, que se cruza desde el hombro

derecho por el lado izquierdo hasta la cintura donde se juntan los dos

cabos y se pone la espada.

_taracea_: tela hecha con retazos pequeños de colores diferentes,

llamada también _ensaladilla_.

_tendal_: espacio solado donde se pone el café para que se seque al sol.

_tiple_: guitarrita de voces muy agudas.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 42 / 44 段