harás, te repito. Por lo que a mí toca, tus lanzadas no me harían daño
ninguno, rebotarían en la cota de malla de mi elevada posición, de mis
títulos de nobleza y de mi valimiento aquí y en la corte. Por este lado
soy inmune. Pero tú, con tomar el camino que dices, (te hablo como
compañero y amigo), no conseguirías otra cosa que escandalizar un poco y
poner en berlina a tu padre, en cuya queja formal y escrita me apoyé
para el procedimiento... arbitrario que me imputas. Tu padre, tu bueno y
honrado padre, vino a mi tribunal y estableció querella en toda forma
contra esa muchacha, por seductora de un menor, hijo de familia rica y
decente, con sus encantos y trapacerías. En la discusión que tuvimos, se
lamentó, casi con lágrimas en los ojos, de que estabas hecho un perdido,
jugador, mujeriego; que no estudiabas ni podrías recibirte en abril como
él y tu madre esperaban, para que tomaras la administración de los
bienes el año entrante, es decir, después de casarte con la bella y
virtuosa señorita de Alquízar, como estabas comprometido, todo por esa
mozuela casquivana, cuyas relaciones amorosas desdoran sin duda a un
joven que ha de ser Conde antes de mucho.
--¿Conque tal es el epítome de la historia que te ha contado mi padre?
Escucha, o contempla ahora el reverso de la medalla. No hay tal
seducción, engaño ni calabazas en este negocio. La muchacha es lindísima
y me idolatra. ¿Por qué no había de corresponder a su amor? Pero resulta
que desde chiquita viene papá siguiéndole los pasos, manteniéndola,
vistiéndola, calzándola, celándola, rondándola, cuidándola mucho más y
mejor de lo que jamás ha mantenido, vestido, calzado, rondado y cuidado
a ninguna de sus hijas. ¿Para qué? Con qué fines preguntarás tú. Sólo
Dios y él lo saben. No quiero pensar mal todavía; pero el hecho de
secuestrarla precisamente cuando acaba de morir la abuela, única persona
que podía oponer obstáculo serio a la realización de torcidos deseos, me
hace sospechar que no abriga mi padre las mejores intenciones... Me
tranquiliza y complace, sin embargo, que sea cual fuere la lluvia de oro
que él derrame a los pies de la joven, no conseguirá más de lo que ha
conseguido de ella hasta aquí: un odio acérrimo. Pero tú, mi amigo, por
hacerme bien me la arrebatas y la entregas atada de pies y manos en
poder de mi padre. ¿Habré yo de perdonarte esta mala partida? Jamás.
--Eres injusto, muy injusto con tu padre y conmigo. Con él, porque no
accedí a sus ruegos sino cuando me convencí plenamente de que eran
rectas y santas sus intenciones respecto de ti, de la familia y de la
misma Valdés. Conmigo eres injusto, porque viendo que tu padre estaba
resuelto a cortar de cualquier modo, costara lo que costara, tus
relaciones clandestinas con la muchacha, decidí encerrarla en las
Recogidas por un corto tiempo, digamos, hasta tanto que te recibes de
Bachiller y te cases como Dios manda y como conviene a tu clase y al
caudal de tu familia. Que después, si te parece, volverás... a los
primeros amores.
Leonardo se quedó callado y pensativo, y dijo luego con
tibieza:--¡Adiós, Fernando!
Este le detuvo por el brazo y repuso:--No has de irte de esa manera,
cual si hubiésemos reñido. Ven a mi palco: saludarás a mi esposa y oirás
a mi lado el segundo acto de la ópera. Para aliviar ciertos dolores no
hay bálsamo comparable con el de una buena música.
CAPÍTULO VII
_El mayor monstruo, los celos._
CALDERÓN
--¿Qué enredo te traes tú con una muchachuela de los arrabales?, le
preguntó doña Rosa a su marido todavía en la cama.--Di, contesta, añadió
codeándole por las espaldas, porque le pareció que se hacia el sueco o
el dormido.
--Yo no me traigo ni me llevo enredo con nadie, Rosa, contestó don
Cándido entre sueños.
--Tu sí, tú sí. Me lo han dicho, lo sé de buena tinta.
--¿Quién te ha contado ese cuento?
--No es cuento, es verdad. Tú has sacado de su casa a una muchacha hace
pocos días... El autor no es del caso.
--Lo es, Rosa. Hay quien influya en ti poderosamente.
--Luego aclararemos ese punto. Nadie me quita que tú has vuelto a las
andadas...
--¿Ves lo que yo decía? Ya te han preparado contra mí. Tu hijo...
--Pues échale ahora el muerto a mi hijo.
--Tu hijo, digo, continuó don Cándido sin turbarse, estaba a punto de
cometer la mayor de las calaveradas que ha cometido hasta el presente.
Me interpuse, porque al fin soy su padre, y evité la comisión... Tú no
quieres que le toquen a _él_, ¿qué otro recurso me quedaba sino tocarle
a _ella_? Hete, en resumen, el monto de mis _andadas_.
--¡No me quedaba que oír! ¿Conque para evitar que el hijo cometiera una
calaverada, va el padre y da un escándalo?
--En este caso no ha habido escándalo ninguno.
--¡Cómo! ¿Se ha hecho la cosa a ocultas? Tanto peor. Véase qué interés
tienes tú en ello.
--No otro, a fe mía, que el de impedir la comisión de una verdadera
infamia por una persona que nos toca tan de cerca como es nuestro hijo.
--¿Qué infamia? Tú usas unas palabrotas...
--Tiempo ha que Leonardo viene persiguiendo a una chica de color...
--¿Y tú cómo lo sabes?
--Lo sé por la misma razón que tú lo ignoras.
--Nada me dices con eso. Es natural que Leonardito, joven y bien
parecido, persiga a las chicas, como dices tú. Lo que no parece natural
es que tú, ya viejo y feo, estés tan enterado de las persecuciones
mujeriles del muchacho. ¿Te da envidia? ¿Quisieras que se metiera a
fraile? ¿Por qué le celas?
--Porque soy responsable de su conducta ante Dios y el mundo.
--¡Qué virtuoso! ¿No hacías tú lo mismo y aun peor cuando eras de su
edad?
--Quizás hice lo mismo que él cuando mozo, peor no; al menos no me
remuerde la conciencia de haber corrompido a ninguna joven honesta o de
su casa.
--Haces bien: santificate. Pero me parece excusado el trabajo que te
tomas... Siempre creeré que, respecto a mujeres, Leonardito a tu lado es
niño de teta.
--Dejémonos de recriminaciones, Rosa, y vamos al grano, a lo que nos
toca más de cerca, como padres del mozo... La cosa es muy seria, es
grave... Supe... Importa un bledo el cómo, el dónde, el cuándo. Supe que
hacía grandes compras de muebles y de cachivaches caseros. Ha debido
gastar un dineral. ¿De dónde lo ha habido? ¿Ha contraído deudas? ¿Le ha
ganado al juego? O... ¿es que tú, tan bonaza como siempre, le has
facilitado los medios?
Don Cándido había dado en el hito. ¿Negaría doña Rosa el préstamo, por
haberlo hecho a ocultas del marido? Equivaldría a desacreditar al hijo a
los ojos del padre, siempre dispuesto a mirar sus faltas por el lado más
negro. Por eso, aunque convencida y mortificada por el engaño que con
ella se había practicado, prefirió declarar la verdad y cargar con la
culpa de la disipación del hijo predilecto.
--¿Ves ahora, Rosa, dijo don Cándido sin acrimonia, las malas resultas
del cariño ciego de ciertas madres para con sus hijos? ¿No reconoces que
en algunos casos más vale pecar con ellos por duro que por blando?
Leonardo te pide dinero y tú se lo prestas, porque no puedes decirle que
no, y porque te figuras que si se lo niegas se muere del pesar... Y él
coge el dinero, compra muebles, alquila casa... ¿Para qué diablos?
Claro, clarito, para llevar a ella la querida. No se necesita gran
penetración... De suerte que, si no me anticipo, ¡adiós, estudios!
¡Adiós, bachillerato! ¡Adiós, casamiento en noviembre!, como tú y yo
habíamos acordado, de acuerdo con él.
--Bueno está todo cuanto dices, mas estoy esperando que digas dónde
tienes oculta a la muchacha.
--En las Recogidas. Paréceme, agregó a la carrera viendo que la esposa
callaba y se agitaba en el lecho; paréceme que éste ha sido el partido
mejor y menos riesgoso que pudiera haberse escogido para salvar al mozo
del precipicio y a la moza de su ruina...
--Sí, dijo doña Rosa; ¿te figuras que porque has metido a la muchacha en
las Recogidas, ya todo quedó arreglado y concluido? Sábete que no has
conseguido nada. El niño ha tomado la cosa muy a pecho. Está ciego de
amor.
--¡Quiá! exclamó don Cándido en tono despreciativo. ¡Amor, amor! Ni
gota. Lo que siente ese mozo es hervor de la sangre, calentura de
cabeza. Nada tiene que ver en ello el corazón. Se le pasará. Pierde
cuidado.
--¿Se le pasará, eh? Tal vez. Pero el niño no come, no duerme, sufre,
padece, se aflige, llora. Temo que le cueste una enfermedad el
sentimiento. Ya, como tú no lo ves, no lo oyes, no lo entiendes, hablas
del modo que hablas.
--Pon tú algo de tu parte. A ti, que tienes más influencia en él que yo,
a ti te corresponde consolarle y hacerle entrar por vereda. ¿Va que no
le has dicho que por el próximo correo de España espero el título de
Conde de Casa Gamboa, con que se ha servido agraciarme nuestro augusto
soberano? ¿A que no? Puede que la noticia le alegrase.
--¡Alegrarle! ¡Qué poco conoces a tu hijo! Le di la noticia. ¿Y sabes lo
que me contestó? Que la nobleza comprada con la sangre de los negros que
tú y los demás españoles robaban en África para condenarlos a eterna
esclavitud, no era nobleza, sino infamia, y que miraba el título como el
mayor baldón...
--¡Ah! ¡El bribón, el insurgente, el desorejado! estalló don Cándido en
un paroxismo de indignación. ¡Vaya si le hierve la sangre criolla en las
venas! Todavía sería capaz el muy trompeta de principiar por su padre la
degollina como se armara en esta Isla el desbarajuste de la Tierra
Firme. Y quieren libertad ¡porque les pesa el yugo! ¡porque no pueden
soportar la tiranía! Que trabajen los muy holgazanes y no tendrán
tiempo ni ocasión de quejarse del mejor de los gobiernos. Yo les daría
palo entre oreja y oreja como a los mulos...
--Basta de sandeces y de vituperios, le atajó doña Rosa incomodada.
Tiras de los criollos como si mis hijos y yo fuéramos de tu tierra.
Odias a los habaneros, ¿por qué te duele que te paguen en la misma
moneda? Leonardito en parte tiene razón. Le privas de todos sus gustos y
placeres... No sé cómo no se desespera. Cuenta con que él hará cuanto
esté en su mano para sacar a la muchacha del encierro...
--Como tú no le des el dinero, dijo don Cándido sobresaltado, para
sobornos, dudo mucho que se salga con el intento. No le des dinero, no
se lo des a tontas y a locas. Mas ya que tu cariño consiste en
atragantarle a regalos, hagámosle uno de tal calidad que le llene de
orgullo y le haga avergonzarse de la sima de bajeza a que se proponía
descender.
--¿Cuál es el regalo que esperas obre el milagro...?
--La casa de Soler que Abreu se sacó en rifa está de venta. Comprémosla,
alhajémosla para Leonardo cuando se case con Isabel. La venden en 60,000
duros.
--Casi el valor de un ingenio.
--La casa vale ese dinero. Es un palacio; como no hay otro en La Habana.
No debes pararte en pelillos: se trata de la salvación de tu hijo más
querido. De mi cuenta corren la compra y la habilitación de la jaula, de
la tuya corre la domesticación del pájaro que ha de ocuparla.
Arreglado el plan y distribuidos los papeles, don Cándido desempeñó el
suyo sin tardanza ni dificultad. Doña Rosa, al contrario, en
consecuencia de su carácter peculiar, desde los primeros pasos puso
obstáculo invencible a la realización del proyecto.
Entraban por mucho en la composición de carácter de doña Rosa la altivez
y la suspicacia para que dejase de ser a menudo injusta e imprudente en
sus relaciones domésticas... Nadie mejor que Leonardo conocía ese flaco
de su madre. No bien le declaró ella las condiciones del proyecto de
domesticación, fundadas todas en su renuncia a la posesión de Cecilia,
resolvió predisponerla contra el marido atizando los celos de la esposa
a lo sumo. Bastóle para ello el que la refiriese, sin nombrarla, cuanto
había oído de boca de Cecilia, referente a los tratos clandestinos y
sospechosos de don Cándido con la joven y la anciana del barrio del
Ángel desde mucho tiempo atrás; a los dineros que en ellas venía
gastando con la largueza o la prodigalidad del viejo enamorado; al
extraño interés que siempre había tomado en el sostenimiento y bienestar
de las dos mujeres; a la vigilancia con que había celado a la muchacha y
cuidado de la salud de la anciana; en una palabra, a los eficaces y
constantes servicios que en estos negocios de dudosa moralidad le había
prestado Montes de Oca.
Todas y cada una de estas noticias, junto con otras ya mencionadas,
habían llegado a oídos de doña Rosa en diferentes épocas y por diversos
conductos. La relación tardía y amañada del hijo sólo sirvió de
complemento y confirmación de lo mismo que ella se sabía de memoria o
que meramente sospechaba.
Ocioso parece añadir que en este caso, como en todos los de su índole,
surtió la cizaña su maligno efecto. Pues que irritada la madre contra el
padre por la supuesta persistente violación de la fe conyugal, en
venganza o represalia tramó en secreto con el hijo la mina que debía
hacer saltar los parapetos levantados por don Cándido en defensa del
honor de Cecilia Valdés. A su ejecución comprometió doña Rosa su dinero
y su influjo.
Para ayudarla en la ardua empresa, tres condiciones únicamente exigió
ella: una, que el hijo continuara los estudios hasta graduarse de
Bachiller en leyes; otra, que se casara con Isabel Ilincheta a fin de
año; y la tercera, que aceptara, sin murmurar, el regalo del palacio
que, con ese preciso objeto, le hacía su padre. Todo lo prometió de
plano Leonardo.
El primer paso dado fue el de solicitar los servicios de María de Regla,
aquella enfermera del ingenio de _La Tinaja_, cuya astucia y talento la
madre y el hijo reconocían de consuno, a pesar de la ojeriza con que la
miraban. Prestose ella de la mejor gana, tanto porque estaba en su
índole el papel de conspiradora, cuanto que se prometía pagar con bienes
los muchos males recibidos de manos de los dos. De luego a luego
comenzaron los trabajos de zapa.
Produjo una verdadera revolución la entrada de Cecilia en la casa de las
Recogidas. Su juventud, su belleza, sus lamentos, sus lágrimas, los
motivos mismos de su prisión, supuestos hechizos empleados para seducir
a un joven blanco de familia millonaria de La Habana, todo concurrió
para inspirar curiosidad, simpatía o admiración en las mujeres de varios
colores y condiciones que cumplían términos más o menos largos de
condena.
Por vulgares que ellas fuesen, por apagado que estuviese en su pecho el
sentimiento de la dignidad personal, imposible les fuera sustraerse al
influjo de unas circunstancias cuya magia ejercerá su imperio en este
mundo sublunar mientras refleje la luz del sol. Al parecer, de poco
podían valerle a Cecilia sus simpatías y arranques de admiración; con
todo eso, fuerza bastante tuvieron para crear en torno suyo aquella
atmósfera de respeto y de consideración que tanto contribuyó al alivio
de sus penas mientras estuvo en las Recogidas, y que al cabo le abrió
las puertas.
El guardador de estas ovejas descarriladas era un solterón verde, suerte
de monigote con quien los años ni las penitencias habían domado las
humanas pasiones. Hasta la fecha presente, sólo habían ingresado en el
establecimiento a su cargo mujeres de baja extracción, viejas, feas y
gastadas por los vicios. En condiciones bien diferentes vino Cecilia a
aumentar su número. Tal vez había pecado; pero de seguro que no por
vicio ni mala inclinación. Esto abonaban sus pocos años, su porte
decente y modesto, su donoso aspecto y el nácar de sus tersas mejillas.
El dolor, la vergüenza de verse encerrada y confundida entre unas
mujeres conocidamente de mala conducta, era sin duda lo que la hacía
prorrumpir en lágrimas y quejas continuas. Tantos y tales extremos de
genuino pesar eran incompatibles con el delito.
Así razonó el portero de la Casa de las Recogidas, y sin más reparo se
declaró el campeón y el amigo de Cecilia. Su placer era ir a deshoras
hasta la ventana del cuarto que la habían asignado, para sorprenderla, a
ocultas, en sus demostraciones de sentimiento, enamorarse más de ella y
encenderse en ira contra sus perseguidores. A veces la encontraba en la
silla con la cabeza y los brazos descansando en la mesa, mientras dejaba
a la abundosa mata de sus cabellos sueltos el cuidado de cubrir aquellas
partes de su espalda que no acertaba a vedar de miradas profanas el
traje flojo. Otras veces levantaba ella de repente los ojos y las manos
juntas al cielo y exclamaba en la mayor angustia:
--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué culpas he merecido yo este tremendo
castigo?
En todos estos casos se retiraba el guardián a su portería hecho un
basilisco.
En uno de esos momentos de indignación filantrópica, se le apareció como
llovida María de Regla, con achaque de venderle frutas del tiempo y
conservas, negocio en que se ocupaba entonces. El hombre no quería
comprar ni enredarse en una conversación que podía distraerle de sus
agridulces pensamientos. Pero no por eso desistió de su propósito la
vendedora. Esperaba, al contrario, repulsa más terminante. Díjole en el
tono meloso que solía:
--¿Le duele al señor la cabeza o las muelas? (No le dio el tratamiento
de su merced).
--Nada me duele, gruñó él.
--Me alegro, porque ésos son los dolores de los dolores. Vea el señor si
las recogidas quieren frutas o dulces en almíbar.
--No estamos para frutas ni dulces ahora. Tampoco hay plata en casa.
--Yo fío.
--Anda con Dios y déjame en paz.
--Otras veces me han comprado aquí frutas y dulces.
--No en mi tiempo. Sería cuando estaba el papanatas que suele
reemplazarme.
--Quizás.
--Yo no permito tráfico con las presas. El reglamento prohíbe todo
tejemaneje por la portería.
--Pues me han dicho que el señor era más bueno que el pan con las pobres
recogidas.
--Te han engañado. Yo soy malo, malísimo.
--El señor no es malo. ¡Qué va! Le conozco en la cara que no lo es.
--Basta. No quiero palique.
--Está bien. El que manda, manda. Me iré; pero antes ¿no tendría la
bondad de oírme el recado que acaba de darme un caballerito para el
señor?
--¿Qué recado? Despacha, replicó con rudeza el hombre después de mirar
fijamente a la vendedora.
--¿Tiene aquí el señor presa a una niña blanca?
--No tengo preso a nadie. No soy carcelero; soy un mero guardián de las
recogidas, por delegación del ilustrísimo señor Obispo Espada y Landa.
--Perdóneme el señor. Quise decir que si no había aquí recogida una niña
blanca.
--Blanca al parecer. Sí. ¿Y qué?
--Pues el caballerito que le digo se interesa mucho por esa niña.
--¿Qué me importa a mí su interés? No vamos a comer con eso.
--Nunca debe decirse «de esta agua no beberé». Porque el caballerito que
digo es riquísimo y está muy enamorado de la niña. Y el señor sabe de lo
que es capaz un caballerito rico cuando está loco de amor y le impiden
ver y hablar a su adorado tormento.
--Estamos, dijo el portero algo más aplacable. ¿Qué pretende el tal
caballerito?
--Poca cosa. Quiere que el señor dé a la niña de su parte estas naranjas
(escogiendo seis entre las más hermosas del tablero), y que le diga que
él está metiendo empeño y gastando mucho dinero para sacarla cuanto
antes de esta prisión.
--¡Hombre!, dijo el guardián titubeando; yo no he hecho jamás el papel
de corre-ve-y dile.
--Vamos, señor, que no le pesará. Sépalo: el caballerito es muy rico,
muy agradecido y está muy enamorado.
El portero asustado, tembloroso, indeciso, se estuvo largo rato parado,
mirando, ya a la negra, ya a las naranjas. Al cabo preguntó con voz
ronca por el temor o la vergüenza:
--¿Cómo se llama el caballerito?
--La niña sabe, replicó María de Regla, marchándose bruscamente.
Quedose el portero pensativo, como clavado a la reja de la portería. A
poco le pasó el cerrojo a la puerta, le echó llave, y con tres naranjas
en cada mano entrose en el amplio patio de la Casa de las Recogidas.
Hubo de todo lo que puede llenar de ilusiones a un hombre enamorado, y
de esperanza a una mujer afligida, en la breve entrevista que tuvo el
portero con Cecilia. Hubo aquello de:--Vd. es mi salvador. ¿Qué ángel le
trajo a esta pobre mujer perseguida? Soy inocente. Mi único delito es
amar mucho a un joven que se muere por mí. Aquí me ha puesto el padre
del caballerito de quien Vd. me habla. Toda su rabia contra mí es porque
no lo quiero a él y quiero a su hijo. Tenga Vd. piedad de una mujer
injustamente perseguida.
Salió de allí el portero otro hombre.--¿A quién se le ocurre traer aquí
una muchacha como ésta?--se preguntaba a sí mismo. Al demonio, solamente
al espíritu maligno para tentar y sacar de sus casillas a la gente
pacífica. Aquí quisiera ver a los varones fuertes, a los mismos santos.
¿Resistirían? Se ablandarían, se derretirían, se entregarían de patas en
las garras de Satanás. ¿Habrá quien tenga valor para verla llorar, para
oírla quejarse y suplicar y no tomar su parte? Hará de mí lo que se le
antoje. Es claro. Y quedaré mal con el señor Obispo, mi protector, caeré
de su gracia, perderé el puesto que ocupo en esta casa. Mas, ¿qué
remedio? Ella es muy linda, llora, y yo no soy de palo. ¡Maldita
frutera!
Dos o tres días después volvió ésta, y el portero de las Recogidas no la
recibió mal. Traía nueva pretensión: la de hablar a solas con la presa
en la prisión. Estaban prohibidas las visitas dentro de la casa; sólo
podía hablarse con las recogidas en presencia del guardián, a la reja de
la portería. Pero María de Regla arguyó el punto con habilidad diciendo,
entre otras cosas, que no era de esperarse, el portero ayudara a matar
de tristeza a una niña inocente, y se hiciera cómplice de la mayor de
las injusticias que se habían cometido hasta entonces en La Habana. Que
el caballerito, amante de la niña, ya tenía muy adelantadas las
diligencias para sacarla del encierro, y, por supuesto, excluiría de su
gratitud a todos los que habían oprimido a su adorado tormento.
Enseguida añadió, cual si de pronto recordara:
--El caballerito me dio para el señor esta media docena de onzas de oro,
por si la niña necesitaba algo de comer, o de vestir, o cualquier
antojo...
Este último argumento acabó por dar al traste con el resto de virtud o
empacho del portero. Concedió la entrada. En pocas palabras
describiremos ahora la escena que se siguió a la entrevista de la
mensajera con la presa.
María de Regla encontró a Cecilia en la misma posición en que dijimos la
había sorprendido el guardián días antes; sólo que esta vez no la cubría
el cabello aquella parte de la espalda que daba a la entrada de la
celda. Algo echó de ver ahí la antigua enfermera, que le llamó
grandemente la atención.
--¡Jesús! dijo. ¿Qué veo? ¿Será posible que esta niña sea la misma que
yo sospechaba? ¡Qué cosas pasan en este mundo!
A aquella voz y aquellas incoherentes exclamaciones, levantó Cecilia la
cabeza y preguntó en tono desmayado y doliente:
--¿Qué quiere usted?
--Quiero que me diga su merced su nombre de pila.
--Cecilia Valdés.
--¡Jesús! volvió a exclamar la negra. ¡La propia que yo me imaginaba!
Parece un sueño. ¿Sabe su merced quién le pintó esa media luna?
--¿Qué media luna?
--La que su merced lleva en este hombro (tocando con el índice el
izquierdo de la muchacha).
--Esta no es pintura, es un lunar, mejor dicho, una marca que me ha
quedado ahí de resultas de un golpe recibido en mi niñez.
--No, si su merced es de verdad verdad la Cecilia Valdés que yo
conozco, ése no es lunar, ni marca de golpe: es la media luna que la
abuela de su merced le pintó con aguja y añil antes de echarla en la
Real Casa Cuna.
--¡Oh! Mamita nunca me habló de semejante cosa.
--Yo lo sé porque ésa fue la señal que me dieron para reconocerla entre
las demás niñas de la Real Cuna.
--¿Quién es Vd. que sabe tanto de mí?
--¿Es posible que su merced no me conozca todavía? Debía acordarse de
mí.
--No, por cierto.
--Pues yo le di de mamar a su merced, primeramente en la Real Casa Cuna,
y después, por cerca de un año, en casa de la abuela de su merced,
cuando ella vivía en el callejón de San Juan de Dios. Su merced ya hacía
_peninos_ y hablaba _champurriado_, no le digo más, en los días en que
me la quitaron de los brazos. ¡Ay! No sabe su merced las lágrimas y
pesares que me ha costado su crianza; no sólo a mí, también a mi marido.
Sí, su merced ha sido la causa primera y principal de nuestras
desgracias.
--¿Qué les ha pasado a Vds.?
--A mí me desterraron de La Habana habrá doce años, y mi marido está
preso en la cárcel. Le achacan la muerte del Capitán Tondá.
--¡Conque eso es así como Vd. dice! ¡Conque yo soy la mujer más infeliz
que pisa la tierra! ¡Ay de mí, que sin haberle hecho mal a nadie todos
me caen encima!
--No llore, ni se lamente, niña. Aunque causante de nuestras desgracias,
su merced es inocente, no tiene culpa ninguna.