--No sé, respondió don Cándido a espacio; no sé verdaderamente. Lo que

es en la cárcel... lo pensaría mucho. Sería demasiado para la pobre

muchacha. Estaba pensando que en mi potrero de Hoyo Colorado... El

Mayoral es casado, con hijos pequeños, y ese punto dista buen trecho;

pero se ofrecen varias dificultades, grandes, insuperables. No, no, tal

vez convendría más ponerla en el ingenio de un amigo mío que ya conoce a

la chica y está enterado... Aquí cerca: en Jaimanita. El también es

casado... entrado en años. Incapaz... ¿Qué cree V. S.?

--Yo no creo nada, señor don Cándido; Vd. es el que debe pensar y

resolver. A mí me toca dar la orden de arresto tan luego como se me pida

en toda forma.

--¿Qué quiere decir V. S. «con toda forma»?

--Quiero decir, espero que la parte interesada me presente la queja por

escrito.

--¿Pues no ha oído V. S. mi queja en toda forma?

--No basta eso, es preciso reducirla a escrito.

--¿Y tendría que firmarse?

--Por supuesto.

--Que me emplumen si me había pasado por la mente que se exigían tantos

requisitos... ¿No podría hacerse la cosa de otra manera,

extrajudicialmente? Le tengo miedo a las formalidades judiciales.

--En esta clase de delitos no se puede proceder de oficio. Para que Vd.

vea que deseo servirle, voy a indicarle un medio.

--Veamos. V. S. sabe de estas cosas más que yo.

--¿En qué barrio reside la Valdés?

--En el del Ángel.

--¿Conoce Vd. al Comisario?

--Sí, señor. Entiendo que es Cantalapiedra.

--El mismo. Ahora bien. Véale Vd., preséntele la queja y dígale que me

pase un oficio comprensivo del caso. El sabe cómo se redactan esos

documentos.

--Bien, le veré hoy mismo; ¿mas no habría modo de evitar que apareciera

mi nombre?

--No importa, hombre, replicó O'Reilly casi enfadado. La cosa no pasará

de nosotros tres. Al oficio le doy yo carpetazo apenas lo leo; al

Comisario se le tapa la boca y se le estimula a obrar con discreción y

celo poniéndole unas cuantas amarillas en la mano, y Vd., sabido se

tiene que al buen callar llaman Sancho.

--Entiendo. ¿Dónde ponemos a la chica?

--Eso corre de mi cuenta. Será en un lugar donde no corra peligro su

honestidad ni su persona, al mismo tiempo que esté segura y nadie pueda

extraerla sin mi permiso, o el de Vd.

--No será en la cárcel.

--No, de seguro que ahí no.

--Menos en Paula.

--Tampoco en Paula, y por obvias razones. En fin, la pondré en las

Recogidas, en el barrio de San Isidro, bien recomendada a la madre.

--Está bien. Ahí no entran mozuelos, supongo.

--No, que yo sepa. Tal vez uno que otro empleado. Ahora bien, ¿por

cuánto tiempo se la encierra?

--Por seis meses.

--Corriente: por seis meses.

--A ver. Pienso que será mejor un año. Largo tiempo es; pero mi hijo no

se recibirá de Bachiller hasta abril y no se casará hasta noviembre. Sí,

por un año...

--Hecho. En cuanto a mí, concluyó diciendo el Alcalde con solemnidad, lo

de menos es el término del encierro, lo demás es la sinrazón, la

tropelía, la arbitrariedad que se comete con esa muchacha. Entiéndalo

Vd., don Cándido, no hago esto por consideraciones a Vd., con cuya

amistad me honro, hágolo por respeto a las frases finales de su anterior

peroración, «por la paz y la felicidad de la familia», cosas para mí

sagradas.

CAPÍTULO VI

_Querer estorbar el paso

a dos que se quieren bien,

es echarle leña al fuego

y sentarse a verlo arder._

Canción popular

A pretexto de tener que sacar a cierto amigo de un compromiso de honor,

logró Leonardo que su bonísima madre le hiciese un préstamo irredimible

de cincuenta onzas de oro, de su caja particular.

Con este dinerillo se apresuró el joven a tomar en alquiler una pequeña

casa en la calle de Las Damas, y con la misma premura se ocupó del

ajuar. Nada olvidó; ni se hizo de las cosas que creyó necesarias en un

solo establecimiento central, que no los había entonces en La Habana.

Para ello visitó los baratillos de la Plaza Vieja; las ferreterías de la

calle de Mercaderes; las hojalaterías de la de San Ignacio; las locerías

de la de Riela o Muralla; una mueblería de segunda mano de la de San

Isidro y otros más cercanos a su nueva casa.

Cosa extraña en verdad que este mozo, viva encarnación de la pereza, la

volubilidad y el egoísmo, en un momento dado desplegase la actividad, la

delicadeza, el tino y la inteligencia de la hacendosa y más consumada

ama de llaves. Pero era que le movía una pasión desaforada y que le

inspiraba la imagen hechicera de la joven cuya ruina había decidido en

los recesos más oscuros de su corazón salaz.

Completados estos arreglos y altamente satisfecho de su obra, salió una

tardecita del ventoso marzo, cerró la puerta, se metió la ponderosa

llave de hierro en la faltriquera de la casaca, y a paso ligero,

palpitándole el corazón más de lo usual, fue en busca del ave rara que

decía adornar con su bello plumaje aquella jaula y convertirla en un

paraíso con sus trinos de amor.

Pero en vez del ave rara, tras la cual corría en alas del deseo, se

encontró con una especie de arpía, con Nemesia, parada y fría en medio

de la sala de la casa, en el callejón de la Bomba, cual estatua de

llorona en el cementerio. Reprimió él cuanto le fue dable su disgusto, y

se esforzó en ser más amable y fino con la compañera y amiga de Cecilia.

--¿Qué dice mi mulata santa?, la preguntó haciéndola una rendida

cortesía.

--Esta mulata no dice nada porque no es santa, contestó ella sin

moverse.

--Entonces diré yo, agregó Leonardo risueño.

--El caballero puede decir lo que guste.

--¿Tienes tú hoy el moño tuerto?, preguntó el joven examinándole la cara

de cerca.

--No más que ayer ni que otras veces.

--Nene, ésa es grilla, y si la pisan chilla. Tienes la cara más seria

que un _chico_ de especias.[58]

--Alabo la penetración del caballero.

--Sobre que pasa de castaño oscuro.

--No siempre está la marea para tafetanes. (Quiso decir la Magdalena).

--Habla, canta claro, mulata de mis culpas, añadió alto Leonardo para

que le oyese Cecilia si estaba en el aposento inmediato. No me gustan

los tapujos.

--Ni a mí tampoco, repuso Nemesia.

--En fin, Nene, si tu enfurruñamiento es conmigo, desembucha,

desembucha. Mientras más pronto mejor, porque temo más tu enojo que a

una espada desnuda.

--No se le conoce al caballero, pues hace lo que hace.

--¿Y qué hago yo?

--¿Me lo pregunta a mí? Meta la mano en su pecho.

--La meto hasta el codo y nada me revela, al menos contra ti.

--Contra mí no, contra Dios y la Virgen, que miran al caballero desde el

cielo.

--¿Hablas de veras? Ni que hubiera yo cometido un gran pecado sin

saberlo.

--Así parece cuando acabado de hacer lo que ha hecho, se presenta el

caballero en esta casa tan fresco como si no hubiera _rompido_ un plato.

--¿Pues no voy entrando en cuidado?

--Menos lo da a entender el caballero.

--Uno de los dos ha debido perder el juicio. Acabemos de una vez: llama

a Celia.

--¿Qué la llame, eh?, exclamó Nemesia con sarcástica sonrisa. ¡Qué valor

tiene el caballero!

--¿Se necesita de valor acaso para rogarte que llames a tu queridísima

amiga?

--Para lo que se necesita de valor, de mucho valor, es para preguntar

por Celia la persona que sabe donde está ella.

--¿Y yo lo sé mejor que tú? Vamos, doña Josefa o doña Nemesia, no me

haga eso. Tú te burlas.

--Quien tiene la sangre como agua para chocolate no puede burlarse.

--Pues si no está aquí Celia, ¿dónde se halla? preguntó Leonardo

verdaderamente alarmado.

--Le digo al caballero, repuso Nemesia enfadada, que yo no nací ayer, ni

me mamo el dedo.

--Por Dios bendito, Nene, te juro que no sé de Celia desde hace cuatro

días. ¿Se han peleado Vds.? ¿La ha mortificado tu hermano? ¡Ah! Dime,

dime, por lo que más quieras en este mundo, ¿qué ha pasado entre Vds.?

¿Qué sabes tú?

Empezó Nemesia entonces a creer en la sinceridad de las palabras

angustiosas del joven, y dijo llorando:

--No me hallaba presente, y me alegro ahora, porque no sé qué hubiera

hecho yo para impedir que se llevaran a Celia.

--¡Qué se la llevaran! repitió Leonardo aterrado y colérico. ¿Quién ha

podido llevársela contra su voluntad?

--_Me se_ figura que ella del susto perdió las fuerzas.

--¡Susto! ¿Por qué? ¿De quién?

--Del Comisario.

--¿Qué tenía que ver el Comisario con Celia?

--Vino a prenderla.

--¿A prenderla sin haber cometido delito? No puede ser... ¡Ah! Aquí ha

habido un engaño, una intriga, un complot infame para arrebatarme a mi

Celia. Cuéntame lo sucedido, todo.

--No me hallaba presente, repitió, pero una mujer de la casa, que vio

cómo pasó la cosa, me contó que ayer por la tarde entró de repente

Cantalapiedra, preguntó por Celia, y en cuanto ella salió, le dijo que

estaba presa, la cogió por un brazo, y sin más se la llevó para no se

sabe donde.

--Lo extraño es que Celia se dejara prender sin defenderse, sin

averiguar el motivo de la prisión. ¡Ni que hubiera estado ella de

acuerdo y avisada! Cosa que me resisto a creer. ¡Ay del miserable

esbirro que le puso la mano encima! ¿No sabes a donde la llevaron?

--Nada hemos podido averiguar yo y José Dolores. El Comisario se llevó a

Celia en una volante.

--¡Qué intriga! Tan infame como audaz. Pero averiguaré la verdad, y sea

el que fuere el autor del ultraje, me la pagará con las setenas.

Sin más, partió Leonardo a la carrera en busca del comisario

Cantalapiedra, quien, según hemos dicho, vivía en el recuesto de la loma

del Ángel, por el lado que mira a la Muralla. No se hallaba en casa, y

la querida informó al joven que era posible estuviese en el palacio de

Gobierno recibiendo órdenes.

Yendo, pues, Leonardo en esa dirección, ocurriole que, si Cecilia había

sido presa por mandamiento del juez, no podían haberla conducido a otro

lugar que a la cárcel (situada entonces en el ángulo sudoeste del

palacio de la Capitanía General) y se detuvo delante de la reja.

Detrás de ella, mejor, en la jaula formada por las dos rejas de hierro,

había de pie un hombre mal vestido y de peor catadura. A fin de obtener

una respuesta categórica, se encaró con él Leonardo y le preguntó con

aire y tono de autoridad:

--¿Sabe Vd. si han traído ayer presa a esta Real Cárcel a una muchacha

blanca, bonita, vestida de luto...?

--No sé, contestó el hombre. Soy el segundo llavero y ayer no estaba de

guardia. Vea el señor en el libro del Alcaide.

--La alcaidía está cerrada.

--Eso es que el Alcaide ha ido a manducar. Tendrá el señor que esperar

hasta mañana. Porque yo sólo aguardo por el campanazo de la Fuerza para

entregar la cárcel al oficial del retén y guiñarme.

--¿Quién es aquel negro que sostiene una viva conversación con otros

presos en medio del patio?

--¿Cuál dice el señor? ¿El de la chupa blanca?

--Sí, ese mismo.

--A ése lo denominan Jaruco.

--¿Nombre supuesto, no?

--Pues, su nombre legítimo no es Jaruco, es pegado; pero _asina_ se le

puso en el libro y _asina_ se denominará mientras esté en esta Real

Cárcel. _Dende_ antier entró en _gayola_. ¿Lo conoce el señor?

--Me parece que sí. Llámele Vd. a la reja, si no hay inconveniente.

--No hay embarazo, porque aunque está incomunicado, ya no tenemos

bartolinas para tantos presos. ¡Eh de Jaruco! gritó el llavero desde su

puesto.

Y repetida la palabra por otros presos en el mismo tono de voz, se

acercó Jaruco; reconociéndose sin dificultad el amo y el esclavo.

Entrole a éste tan fuerte temblor convulsivo, que tuvo que agarrarse con

entrambas manos a la reja.

--Sumerced me eche la bendición, balbuceó anegado en lágrimas.

--¿Por qué lloras?, le preguntó Leonardo colérico.

--Lloro, niño Leonardito, recordando el mal rato que le habré dado a la

familia con mi ausencia.

--¿Con tu ausencia, perro? Con tu fuga.

--Niño, yo no me huí. Mi salida de casa la víspera de Nochebuena tuvo

por objeto asistir a un baile de la gente de color allá afuera. A la

vuelta para la ciudad tuve una tragedia con un mulato. Fui herido en el

pecho, me recogió un conocido en la calle y me llevó al cuarto en que

vivía. Mientras me curaba se pasó el tiempo. Después me sucedió esta

desgracia.

--¿Qué desgracia?

--La de esta prisión injusta. Todos los hombres estamos expuestos a un

golpe de mala suerte.

--De mala suerte, no, de mala cabeza. Está visto, Dionisio, que ustedes

los negros no quieren por bien sino por mal. Si mamá te hubiera

despachado para el ingenio cuando hiciste aquella perrada de marras, no

te verías ahora en la cárcel. ¿De qué delito te acusan?

--Todavía ignoro la causa de mi prisión, niño Leonardito.

--¿La ignoras, eh? ¿No será por la muerte de Tondá?

--Puede ser que me levanten ese falso testimonio, niño; porque quien

está de mala se cae de sus pies y se mata. Hágase el cargo, niño, que yo

estaba muy tranquilo, cosiendo zapatos en una zapatería de la calle de

Manrique, cuando se presentó a la puerta el capitán Tondá. Desde que lo

vi llegar conocí que venía a buscarme, y traté de escabullirme. Se apeó

del caballo y me fui para él como si quisiera entregarme. A la puerta de

la tienda había una volante parada y me escurrí por entre ella y la

pared de la casa. Tondá me cayó atrás gritando:--¡Date, date! ¡Ataja!

Tropezó con una piedra, cayó sobre el sable que llevaba desnudo y se

hirió en la barriga. ¿Tuve la culpa de su muerte?

--¿Quién te prendió?

--El Capitán pedáneo de la Salud. Me cogió cuando yo salía para mi

trabajo.

--Supongo que te dijo por qué te prendía.

--Ni palabra. Sólo me dijo que tenía orden de cogerme, vivo o muerto.

--En buena te has metido, Dionisio. Será mucho y darás gracias a Dios si

de ésta escapas con el pellejo.

--Sea lo que Dios y la Virgen quieran. Fío en mi inocencia. ¿Pero no

cree el niño que el amo y Señorita harán algo por mí?

--¿Hacer? Nada. No lo esperes. ¡Por cierto que te has portado

decentemente con tus amos! Por ellos, por la familia toda, por ti mismo,

Dionisio, será mejor que te tuerzan el pescuezo en el campo de la Punta.

Con eso no volverás a insultar a las niñas blancas.

--¿Yo, niño yo he insultado a alguna niña blanca o de color? No, niño

Leonardito, no tengo conciencia de haber insultado a ninguna.

--¿Y aquélla que fue la causa de tu riña con el mulato a la salida del

baile?

--Yo no la insulté, niño. Por los huesos de mi madre que yo no le dije

una mala palabra. Le pedí un minué, me dijo que estaba cansada y luego

salió a bailar con José Dolores Pimienta. Me quejé a ella del desaire,

tomó él su defensa, nos trabamos de palabras y nos batimos en la calle.

--Si te dejan hablar no te ahorcan. A otra cosa. ¿Sabes si han traído

aquí presa a la misma joven de tu tragedia con Pimienta?

--Estoy seguro que no está aquí. Apenas pone un preso el pie en el

patio, se publica y circula su nombre a gritos.

--Dios te proteja, Dionisio.

--Niño, por caridad, una palabra más. Recuerdo que debo entregar a su

merced una prenda que le pertenece.

--¿Qué prenda? Acaba pronto, prontito.

--Tenía yo en la faltriquera, con la esperanza de entregárselo algún

día, el reloj que Señorita le regaló a su merced el año pasado; pero me

lo quitaron al entrar en esta cárcel. Debe de estar en manos del

Alcaide.

Contó Dionisio, en las menos palabras, el cómo y cuándo vino a su poder

el reloj, y dijo conmovido al retirarse su joven amo:

--¿Podría decirme el niño cómo está María de Regla?

--Mamá la trajo del ingenio. Se halla ahora en la ciudad ganando jornal.

¿No la has visto?

--No, señor. Esta es la primera noticia que tengo de su venida. ¿Por qué

Dios no quiso que tropezara con ella? No me vería hoy en esta cárcel. Me

hubiera servido de madrina para con Señorita y estaría cocinando en

casa.

Ya de noche volvió Leonardo a casa del Comisario y le sorprendió en el

acto de sentarse a la mesa a cenar con su querida.

--¡Hola! ¡Tanto bueno por aquí! exclamó Cantalapiedra muy risueño, yendo

al encuentro de Leonardo, con la mano abierta y tendida.

--Me alegro de encontrarle, dijo éste serio y frío, haciendo como que no

había reparado en la demostración amistosa del Comisario.

--Le aguardaba, añadió Cantalapiedra disimulando la mala impresión del

desaire hecho. Fermina acababa de decirme que Vd. había honrado con su

presencia este humilde albergue.

--¿Puedo hablar dos palabras con Vd.?

--Y doscientas también, señor don Leonardito. Sabe Vd. que soy su más

obediente servidor. Sentí no hallarme en la comisaría cuando Vd. estuvo

al oscurecer. Había tenido que ir de carrera a la Secretaría Política.

De suerte que no sé como no nos encontramos en el camino, si viene de

allá. ¡Bonora! gritó; una silla para este caballero.

--Excuse los cumplimientos, dijo Leonardo con altivez. No es cosa de

sentarse. Hablemos de pie con tal que sea a solas.

--¿Por qué no aquí mismo delante de Fermina? Yo no tengo secretos para

ella. Somos uña y carne.

--¿Con qué autoridad prendió Vd. a Cecilia Valdés? preguntó el joven

imperiosamente.

--No con la que me ha investido S. M. el Rey don Fernando VII, Q. D. G.,

sino con la del señor Alcalde Mayor que firmó la orden de arresto, a

queja de un padre de familia.

--¿Qué Alcalde y qué padre de familia se servirá Vd. decirme?

--Ese es demasiado pan por medio, señor Gamboa, contestó el Comisario

riendo. Paréceme como que está Vd. algo ofuscado... Siéntese y cálmese.

--La muchacha no ha cometido delito ninguno, así que es improcedente e

ilegal su prisión, si es que todo no ha sido más que una farsa, o cosa

peor, sabe Dios con qué fines.

--Nada de eso va contra mí, que he sido un mero instrumento en este

asunto.

--Diga Vd. si no el nombre del querellante.

--Vd. lo sabe mejor que yo, y si no lo sabe lo sabrá en breve.

--¿Estará Vd. autorizado para revelar el del Alcalde?

--No hay inconveniencia: el señor don Fernando de O'Reilly, grande de

España de primera clase, Alcalde Mayor del distrito de San Francisco...

--¿A dónde llevó Vd. a la muchacha? Ella no está en la cárcel pública.

--No me es lícito revelarlo ahora. La conduje a donde se me ordenó.

--Luego Vd. la oculta con fines deshonestos.

--De mi negativa a satisfacer la curiosidad de Vd. no se desprende

semejante injuriosa deducción. Lógica, lógica, señor estudiante de

Filosofía.

--Importa poco que quiera Vd. echarle del reservado y del misterioso

conmigo. He de averiguar la verdad, y puede que todavía les pese al

autor y al instrumento de esta intriga grosera e indecente.

Dicho lo cual, partió enojadísimo camino de su casa. La familia tenía

visita en la sala. Sin entrar en ella dispuso le alistaran el carruaje,

mudó de traje, y cuando por señas le preguntó su madre a la reja del

zaguán el motivo de aquella precipitación:

--Voy a la ópera, contestó brevemente.

Cantábase la ópera del maestro Rossini _Ricardo y Zoraida_, a beneficio

de la Santa Marta, en el lindo teatro Principal.[59] Era entonces

empresario de la compañía don Eugenio Arriaza, y director de la orquesta

don Manuel Cocco, hermano de don José, que ya vimos en el ingenio de _La

Tinaja_. El patio o corral y los palcos se hallaban medianamente

ocupados por un público nada aficionado entonces a las funciones

líricas. Leonardo entró algo después de alzado el telón. Por supuesto,

no oyó la obertura del _Tancredo_, que precedió a la ópera aquella

noche.

Buscaba a un hombre cuyo puesto en el teatro sabía de antemano, pues

como Alcalde Mayor debía presidir la función desde el palco central, en

el segundo piso. Sentado estaba al par de su madrileña esposa, embebido

en la música y el canto, mientras le guardaba las espaldas, de pie junto

a la puerta, el paje mulato, de rigurosa librea cubierta de castillos y

leones bordados de oro. Todo esto lo observó a través del ojo de buey de

la puerta del palco, cerrada contra el pasillo. Pudo haber llamado,

seguro de obtener entrada y un amable recibimiento; pero prefirió

esperar en el balcón de la sala de refresco que daba sobre la alameda de

Paula.

Según calculó Leonardo, a poco de concluido el primer acto, sintió pasos

mesurados a través del salón, luego una mano que se posaba en sus

hombros y de seguidas una voz que en tono dramático declamaba:--¿Qué

dice el amigo del valiente Otelo?

--¡Ah! ¿Eres tú, Fernando? Lo más distante que tenía de mi mente.

--¿Qué haces aquí tan solitario y _pensieroso_?

--Acabo de entrar.

--No te vi en las lunetas. ¿Por qué no viniste desde luego a mi palco?

--Supuse que no había lugar para mí.

--Para ti siempre lo hay a mi lado.

--Gracias.

--¿Estás en los momentos de la inspiración? ¿La pitonisa en el trípode?

lo celebro. Sentiría interrumpirte.

--¡Yo inspirado! Puede ser: del demonio.

--No tendría nada de extraño que te inspirase la escena urbano-marina

que se desplega ante este balcón. ¿Va que componías allá en la mente un

artículo descriptivo? De seguro. En efecto, ¿quién que abriga un alma de

poeta no se inspira a la vista de esa hilera de casas desiguales de

nuestra derecha, en que sobresalen los altos balcones de la solariega

del Conde de Peñalver? ¿O a la de esta alameda sin árboles que termina

en el café de Paula, ahora a oscuras y desierto? ¿O a la del hospital

del mismo nombre en el fondo, que parece una pirámide egipcia, desde

cuya ennegrecida cima, según dijo Bonaparte, nos contemplan los siglos?

¿O del lado opuesto, la de la oscurísima masa del navío _Soberano_,

clavado, por decirlo así, en las serenas aguas de la bahía? ¿No ves cómo

se destaca del cielo, donde chispean las estrellas? ¿Quién no diría que

éstas, en vez de luz derraman lágrimas por la próxima desaparición del

último resto de nuestras glorias navales?

--Fernando, esa escena tan poética para ti, no tiene para mi

significación ninguna. Quizás porque me la sé de memoria, o porque estoy

de un humor negro.

--Para mí, chico, siempre tiene encantos la naturaleza. En presencia de

ella olvido todas mis penas. Y a propósito ¿has leído en _El Diario_ «Un

rasgo de mi visita al Etna»? Arazoza estuvo el otro día en casa en

solicitud de algo original... Se empeñó y le di esos borrones.

--Casi nunca veo _El Diario_.

--Pues búscalo y léelo. El artículo es corto. Se publicó hace tres o

cuatro días. Lo escribí en Palermo. No quise ponerle mi nombre, porque

dice mal de un Alcalde Mayor... Tú me entiendes. Salió con mis iniciales

solamente y ¿has de creer que ya han venido a darme la enhorabuena más

de veinte amigos? Sí. Pedro José Morillas me dio un abrazo y me puso el

artículo por las nubes. Deseo oír tu opinión.

--Tarde será que pueda dártela, Fernando. Mi cabeza se abrasa y estoy

más para pegarme un tiro, o pegárselo a alguien, que para lecturas.

--¡Hombre! Me sorprende. Te desconozco. ¿Eres tú el mismo estudiante de

la clase de Filosofía en el Colegio de San Carlos, u otro en tu figura?

¿Qué ha sido de aquel buen humor y de aquella alegría pegadiza con que

te ganabas el afecto de todos tus condiscípulos? Déjate de necedades y

niñeces. ¿Estás enamorado? Podías dar en semejante gansada al cabo de

tus veinte y más abriles y de tu experiencia...

--No es la pasión del amor la que me devora el pecho al presente. Es la

cólera, es el dolor, es la desesperación que produce el primer desengaño

de lo que son el mundo, los hombres y la amistad.

--Vamos. ¿A qué negarlo? Tú estás enamorado y mal correspondido. Los

síntomas lodos son de amor. ¿Cuál es el origen real de tus cuitas?

Confíamelas. Sabes que soy tu amigo.

--¡Mi amigo! exclamó el joven con sonrisa irónica. Creía que lo eras,

pero me he desengañado que eres mi peor enemigo.

--¿Qué fecha tiene su desengaño?

--La misma del flaco servicio que me has hecho. No sé cómo su memoria no

te roe las entrañas.

--¿Va que has perdido el juicio? ¡Vamos, hombre! Ya caigo. Todo tu

coraje nace... ¡Ja, ja!

--No te rías, dijo serio Leonardo. No es éste paso de risa.

--¿Pues de qué es? recalcó el Alcalde. He aquí la primera vez, desde que

nos conocemos, que te veo grave y... bobo.

--No llames gravedad ni bobería a lo que toca en furor.

--Déjate de niñadas a estas horas. Tu enojo principal parece que es

conmigo, y si no estuvieras encalabrinado, verías que, lejos de odio, me

debes gratitud.

--No faltaba otra cosa, sino que tras de haberme herido por donde más me

duele, esperes mi agradecimiento. ¡Qué frescura la tuya! ¿Sabías tú que

Cecilia Valdés era mi muchacha?

--Lo supe el mismo día en que, según dices, te hice el flaco servicio...

--Pero antes de eso, ¿tenías tú noticias de su existencia? ¿Conocías su

carácter y antecedentes?

--¡Qué había de conocer! Ni jota.

--Luego, ¿cómo sin conocimiento de los hechos, sin formación de sumaria,

diste el mandamiento de prisión?

--Porque hubo quien lo pidiera sin tales requisitos.

--¿Y a semejante proceder llamas amistad hacia mí?

--Ahí verás.

--¿Qué delito achacan a la muchacha para el atropello?

--Ningún otro, a lo que entiendo, que el de quererte demasiado.

--Así, tú a sabiendas has cometido una injusticia; digámoslo por lo

claro, una arbitrariedad.

--Me confieso culpable de ese pecado.

--¿Pecado dices? Es más que eso. En nuestras leyes se conoce como un

cuasi delito, que todavía puede que te salga a la cara. Si se han

figurado que la triste huérfana no tiene quien la defienda, se engañan

de medio a medio. Aquí estoy yo, que pondré el asunto en tela de juicio.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 40 / 44 段