--Está de Dios, hijo, que no ha de ser tuya Celia, dijo Nemesia con gran

sentimiento, a su hermano cuando volvió de la sastrería.

--¿En qué te fundas para darme tan mala noticia?, preguntó el hermano

alarmado.

--Me fundo en que _él_ ha vuelto. Los topé a los dos esta mañana como

uña y carne.

--¿A dónde?

--En esta sala. Solitos...

--Luego _él_ no fue al campo para casarse.

--¡Casarse! Tal vez se ha casado y ahora anda atrás de la querida.

--¡Qué! ¿Crees tú que va a sacarla de aquí pronto?

--Cuando menos... Para ponerle casa.

--Cuando menos no, dijo José Dolores irritado a lo sumo.

--No. Si la destina para querida, mientras más pronto se la lleve mejor;

porque primero me dejo escupir a la cara que hacer el papel de tapa. No

es _él_ hombre para pasarme la mota y reírse de mí. Que no se ponga en

mi camino. ¿Dónde está ella?

--Vistiéndose allá dentro. Eso es que lo espera esta noche.

--Es posible. Así será bueno que me arrime a un lado por ahora. Una

tragedia le causaría más pesar a ella que a él.

--Todavía no se ha perdido todo, José Dolores, dijo Nemesia pensativa.

Mientras la vida dura, hay esperanza.

--¿Qué esperanza, hermana? O él o yo. Los dos juntos no cabemos. ¿Me

resignaría yo a servir de tapa tampoco? Creo que no, Nene.

--Bobería, José Dolores: del lobo aunque sea un pelo. ¿Quién puede decir

con verdad que es el primero en el corazón de una mujer? _Naiden._ Ten

por sabido que ella no es firme ni de ley. Dice una cosa ahora y luego

otra. Se dobla como la hoja del caimito: cátala colorada, cátala blanca.

Si tú la hubieras oído cuando él se fue para el monte atrás de la

muchacha blanca..., sabrías quién es ella.--¡No lo _quedré_ más en mi

vida! No volverá a verme la cara. Aunque _me se_ arrodille, aunque me

bese los pies, no le perdonaré la que me ha hecho. De mí no se burla ni

el sol de los hombres. Apuradamente, con él no se acabaron para mi. Hay

muchos, _me se_ sobran. ¿Cuántos, cuántos tan buenos mozos como él no se

darían santos con una piedra en el pecho con tal que yo los quisiera? No

seré de las que se quedan para vestir santos o cuidar sobrinos. Juro que

el primero que me diga jí, le digo já. Y veremos quién pierde más, si él

o yo.

CAPÍTULO V

_El que excusa la vara, quiere mal

a su hijo; y el que lo ama, con

muchas varas lo corrige._

Proverbios, XIV, v. 24

Llegado había inopinadamente el momento de poner en planta el plan

ideado por don Cándido antes de su marcha al campo.

La muerte de _seña_ Josefa había arrojado a Cecilia en brazos de

Leonardo, el cual, sabía su padre, no era tan simple ni tan virtuoso que

desaprovechase la ocasión que se le presentaba de tomarla por manceba,

con achaque de ampararla.

Miraba don Cándido este evento casi como una catástrofe, cuyo único

medio de evitarla, en su concepto, consistía en sustraer a Cecilia de la

vista y comercio de Leonardo, aún cuando para lograrlo fuese necesario

usar de fuerza. Pero le ocurrió que tal vez podría ejecutarse la misma

cosa sin ruido ni responsabilidad como se le diese una apariencia legal.

Movido por esta idea feliz, decidió aconsejarse con el abogado y Alcalde

mayor don Fernando O'Reilly, amigo y condiscípulo de Leonardo, con quien

él tenía bastante amistad.

Mientras caminaba en la dirección de la calle de los Oficios, componía

mentalmente un discurso regular en forma de diálogo para presentar su

caso bajo la mejor y más plausible luz, ante el señor Alcalde Mayor.

Sucedió, sin embargo, que en presencia de Su Señoría se le fueron de la

mente las especies, cual pichones espantados del palomar, y sólo acertó

a decir:--que la Valdés le sonsacaba a su hijo Leonardo, le seducía con

sus artimañas, y no le dejaba seguir los estudios de derecho, y quería

saber qué remedio podía poner la justicia a tamaño escándalo.

Oyole el Alcalde con una sonrisa de satisfacción y de marcada

condescendencia, y dijo:

--¡Cuánto me alegro, señor don Cándido, de oírle! ¡Estoy encantado,

sorprendido! ¿Pues no ha de llamarme la atención y complacerme, si desde

que presido en este tribunal de justicia, por disposición soberana, ha

más de un año, es Vd. el primero que se acerca a él en queja semejante?

No es que no ocurran en La Habana casos iguales, no; ocurren a millares;

es que tales son la ignorancia y la relajación de las costumbres, que

sólo se consideran delitos los atentados contra la vida y la propiedad

ajena, aquéllos a que se sigue daño inmediato de la persona o de los

bienes del vecino. Los ataques a la moral, a la honestidad, a las buenas

costumbres, a la religión, éstos no son delitos, son meras faltas,

pecados veniales, deslices que no tienen pena señalada en ningún código

escrito. ¡Qué error, amigo don Cándido! ¡Qué confusión de ideas sobre lo

que es bueno y lo que es malo, lo que es honesto y lo que es deshonesto,

lo que es permisible y lo que es vedado, lo que es loable y lo que es

reprehensible!

«Saco, en su _Memoria sobre la Vagancia_, que acaba de premiar la

Sociedad Patriótica, atribuye al juego, que llama guarida de nuestros

hombres ociosos, la escuela de corrupción para la juventud, el sepulcro

de las fortunas de las familias, el origen funesto de la mayor parte de

los delitos que infestan la sociedad en que vivimos.

«Yo difiero de tan autorizado parecer, y opino que reconocen dos causas

principales los males de que todos nos quejamos, a saber: la ignorancia

y la política de gobierno de Vives. No hay escuelas. ¿Y cuáles son los

resultados? Los robos frecuentes a la luz del día, los asesinatos sin

causa ni provocación, los pleitos interminables, las injusticias

notorias, la prostitución de las mujeres, el desorden social. La

política de gobierno de Vives es también causa de corrupción y extravíos

sin término ni paralelo en el mundo. Se pudren los presos en la cárcel y

no se castiga a los grandes delincuentes. Tampoco se averigua sino rara

vez el origen de los crímenes más atroces, gracias, si alguna se atrapa

a los malhechores. ¿Quién ha matado a Tondá?

--¡Cómo! exclamó don Cándido, interrumpiendo al Alcalde. ¿Han muerto a

Tondá?

--Ayer tarde le abrieron el vientre de una cuchillada.

--¿Tiene V. S.[57] los pormenores del lamentable suceso?

--No, señor. Anoche se me comunicó la noticia en el teatro,

extrajudicialmente. Se dice sólo que el matador fue un negro prófugo a

quien él trató de prender.

--Tengo motivos para sospechar que el asesino ha sido mi cocinero. Días

pasados encargó mi mujer su captura a Tondá...

--No tendría nada de extraño, prosiguió el Alcalde. En caso que le

prendan, caso dudoso en estos tiempos que corren, me tomo la libertad de

darle a Vd. un consejo: entregue el esclavo a la noxa...

--¿A la qué señor don Fernando?

--A la noxa, digo.

--Estamos. ¿Mas quién es esa dama?

--Natural es que no lo sepa Vd., puesto que no ha estudiado leyes. Se

entiende en derecho entregar el esclavo a la noxa, al acto de la

renuncia del dominio directo que sobre él tiene el amo, en favor del

tribunal de justicia que le juzga por el delito o daño cometido. Pierde

Vd., de este modo un negro que cuando más y mucho vale en buena venta

500 pesos; pero ahorra Vd. los costos y las costas del proceso, los

cuales suelen montar al doble de esa suma, si el amo se hace parte en el

juicio. Sábese que si no se le unta la mano al juez pedáneo, levanta una

sumaria negra contra el reo. Luego hay que hacer lo mismo con el

escribano que da fe, con el oficial de causas que provee a veces a su

antojo, con el fiscal que acusa y no quiere trabajar de balde, con el

juez, con el asesor, etcétera, etcétera.

--¿Pleitos yo, señor don Fernando? No en mis días. Valdría mejor

colgarse de un farol.

--Hace Vd. bien... Pero volviendo a la pretensión... ¿Decía Vd.?

--Decía, señor Alcalde, repuso don Cándido cual si saliera de un sueño,

que una mozuela trae loco a mi hijo Leonardo, le seduce y encanta con

sus mañas y no le deja concluir sus estudios de abogado...

--Vamos por partes, dijo O'Reilly con calma. ¿Cómo se llama la

seductora?

--Cecilia Valdés, contestó tímidamente el querellante.

--Bueno. ¿Qué casta de mujer es ésa?

--No entiendo.

--Quiero decir: ¿es joven o de edad mediana? ¿Casada o soltera? ¿Bonita

o fea? ¿Blanca o de color? Todo esto es fuerza que sepamos antes de

proceder a la graduación del tanto de culpa y a la aplicación de la pena

que en justicia le quepa.

--Diré a V. S., señor Alcalde, con lealtad cuanto sé en el particular,

dijo Gamboa titubeando y con las orejas encendidas de la vergüenza. La

chica es joven, bastante joven, como que apenas contará 18 años de edad.

No ha sido casada; tampoco, a lo que entiendo, puede calificársela de

fea, más bien de bonita, de real moza, diría. Es pobre, sí, pobre,

pobrecita, y de color, aunque pasará por blanca donde quiera que no

conozcan sus antecedentes...

--Muy bien, perfectamente, replicó el Alcalde pensativo. Se conoce que

está Vd. enterado del caso. Así me gusta. Ya podremos juzgar con pleno

conocimiento... Sólo ocurre un vacío, llamémosla duda, a saber: ¿conoce

Vd. los hechos que expone, por sí mismo o por referencia de tercera

persona?

--Unos conozco por mí mismo, otros, digamos, por inferencia.

--Entendámonos. En primer lugar, diga Vd. si sabe con quién vive la

joven.

--Ahora, supongo que con alguna amiga suya.

--Nada de suposiciones, señor don Cándido. ¿Le consta a Vd.? ¿Sí o no?

--No, señor, no me consta, lo infiero.

--Eso me gusta. En esta clase de negocios la franqueza es lo primero. Al

abogado y al juez hay que hablarles como se le habla al confesor, con el

corazón en la mano. Y antes, ¿con quién vivía la pardita?

--Con la abuela.

--¿Viven sus padres? ¿Tiene parientes, allegados, protectores en suma,

alguien que haga por ella? Siendo tan linda, como Vd. dice, bueno es

saber todo eso, averiguarlo en tiempo.

--Poco ha murió la abuela. La madre (añadió balbuciente y más enrojecido

que nunca), la madre... Verdaderamente no sé a estas horas si vive o si

muere. De cualquier modo, de nada le valdría si viviera. En cuanto al

padre... ella no le tiene conocido... Es hija de la Real Casa Cuna.

¿Está V. S.?

--Bien. ¿Conoció Vd. a la abuela de persona?

--Sí, señor, la conocí, aunque nunca tuve trato íntimo con ella. Sería

largo de referir y ajeno de este lugar el detenerme en detalles. Me

consta, sin embargo, que para mujer de color (era parda) llevó vida

ejemplar, que practicaba la virtud, que se confesaba y comulgaba a

menudo, que criaba a la nieta en el santo temor de Dios, que la vigilaba

estrechamente, y, sobre todo, que no la consentía holgorios, devaneos

con mozuelos ni cortejos de ventana.

--Luego la muchacha de que se trata es bien criada, de vida honesta y no

ha dado aún qué decir.

--Así es la verdad; sólo que, como de raza híbrida, no hay que fiar

mucho en su virtud. Es mulatilla y ya se sabe que hija de gata, ratones

mata, y que por do salta la cabra, salta la que la mama.

--Bien dicho. Confesemos que nuestros refranes encierran gran fondo de

sabiduría. Confesemos también que nuestras mulatas, generalmente

hablando, son frágiles por naturaleza y por el deseo, ingénito en las

criaturas humanas, de ascender o mejorar de condición. Y he aquí la

clave para descifrar el por qué de su afición a los blancos y de su

esquivez para con los hombres de su propia raza. A bien que hablo con

persona que debe entenderme. Nadie como Vd. que, por su larga residencia

en el país, ya se ha _aplatanado_, habrá tenido mejores oportunidades de

observar la idiosincrasia de nuestra clase de color libre. Pero una

regla general, una fuerte presunción, una teoría, por plausible y

brillante que parezca, sobre la índole o aficiones de éstas o de esotras

gentes, no constituye hecho, no denuncia delito, siquiera cuasi-delito,

que es lo que penan las leyes y juzgan y castigan los tribunales de

justicia.

«Resumamos. Comparece Vd. ante mí, el Alcalde Mayor, en queja contra la

Valdés a quien acusa Vd. del cuasi delito de seducción y distracción

inferido a su primogénito de Vd., que se halla aun bajo la patria

potestad. Por ende, pide Vd. se lance un mandamiento de prisión contra

la seductora, y que, sin oírla, se la castigue, privándola de su

libertad. De acuerdo. Hasta aquí no hay irregularidad aparente, la

querella está fundada en derecho y Vd. le tiene excelente para no

consentir en que una pelandusca extravíe y pervierta a su hijo, mucho

más cuando sigue una carrera tan honrosa y noble como es la de la toga.

Aplaudo la vigilancia y severidad de principios que Vd. mantiene.

--Me confunde V. S., exclamó don Cándido, contento por la vuelta que, al

parecer, tomaba su pretensión. No merezco esos elogios. ¡Ca! No los

merezco ni por cien leguas.

--Pero (continuó con seriedad el Alcalde) como juez recto y de

conciencia, demando las pruebas del delito; espero que el actor haga

buena la acusación, interrogo para conocer los antecedentes y

consecuencias del reo, y lejos de provocar una sumaria condenatoria,

obtengo la más brillante declaración absolutoria. Permítame Vd., señor

don Cándido, que le diga con la franqueza que me caracteriza que Vd.

mismo, llevado sin duda del amor innato a la verdad y a la justicia,

abona la conducta de la acusada, hace cumplido elogio de su carácter, y

la vindica de toda imputación o mala fama; atándome las manos, por

supuesto, para proceder en justicia.

Abrumado don Cándido por la salida inesperada del juez, durante un buen

espacio de tiempo no atinó a decir palabra, sólo a estrujarse los dedos

e inclinar la cabeza. Luego dijo en voz tímida y confusa:

--Por mi madre, señor Alcalde, que nunca pude pensar fuese tan seria la

cosa. ¡Vaya que si lo es! ¡Pues no estaba yo engañado! De medio a medio.

Y suponía que no había más sino llegar y besar. O ¿no es que V. S. toma

el asunto por donde más quema, cual si dijéramos, a punta de lanza? No

estoy seguro, lo pienso nada más, señor don Fernando.

--Aun cuando sea siempre cosa seria (dijo el Alcalde con su acostumbrada

ecuanimidad), el lanzar mandamiento de prisión contra un individuo

cualquiera que sólo se sospecha haber cometido un delito, no es eso lo

que me detiene en el caso presente; me detiene el hecho de que Vd. mismo

con su franca declaración me ha quitado el asidero de que se podría

echar mano para proceder con las apariencias de legalidad. Deme Vd. el

asidero y le sirvo de la mejor gana, no obstante que sé le voy a causar

disgusto al amigo Leonardo, contribuyendo al plagio de su amiga.

--¡Maldito asidero! dijo don Cándido para sí. ¿Pues no se aparece a la

hora nona? Luego añadió alto: Tratárase de tablas sin nudos ni alabeos,

señor don Fernando, o de ladrillos sin caliches, o de tejas sin marras,

y me tendría V. S. más listo que un gerifalte. ¿Qué se me alcanza a mí

de asideros judiciales? Ni jota. ¿Por qué V. S. que sabe tanto, no le da

un corte al negocio y me saca del atolladero?

--Porque no sería eso legal, ni quedarían cubiertas las apariencias, a

lo menos en el fuero interno del juez. La sugestión debe venir de Vd.

Estaba entretanto pensando, señor don Cándido, suponga Vd. que doy orden

de arresto, que Vd. prende a la muchacha, que la mete en la cárcel o

logra Vd. esconderla por algún tiempo. ¿Ha meditado Vd. en las

consecuencias?

--¡Consecuencias! repitió el hacendado sorprendido. A fe que no he

pensado en ello. Ni me ocurre que me traiga consecuencias el paso... a

menos que haya un tonto que salga a su defensa.

--Precisamente, porque creo que le sobrarán los defensores, digo lo que

digo.

--Pues, ¿no he dicho a V. S. que es pobre, oscura, desconocida,

huérfana, sola en el mundo...?

--También me ha dicho Vd. de ella dos cosas que valen más que el dinero,

el nacimiento, el parentesco y las buenas relaciones: me contraigo a su

juventud y a su belleza. Recuerde Vd. las palabras de Cervantes; vienen

aquí de molde: «que también la hermosura tiene fuerza de despertar la

caridad dormida». Con tales adminículos no estará ella nunca sola en el

mundo.

--Contra esa sentencia de don Quijote, hay esta otra que no sé de quién

es: «Santo que no es visto, no es adorado». Dígolo, porque si logro

atraparla, cuenta V. S. con que la pondré donde no la vean ni los

pájaros.

--Repito a Vd. que la cosa no es tan fácil como parece a primera vista.

Ni ¿dónde la pondría Vd. que nadie la oyese, la viese, la compadeciese y

la amparase? Leonardo, si está de veras enamorado de ella, será el

primero en declararse su campeón, la buscará, la encontrará y la

salvará, mal que les pese a sus captores. ¿No sería, por tanto, más

derecho, más cuerdo y puesto en razón, que se deje quieta a la muchacha

en su casa y no provoque un conflicto? Quizás él la corteje por

pasatiempo, por capricho o porque no ha tropezado con otra que le guste

más. ¿Qué sabemos?

--Lo que yo me sé de memoria, señor don Fernando, es que mi hijo es muy

terco, tan terco como un vizcaíno, y que aunque no sea más que por

terquedad, todavía comete una locura y trae una desgracia a la familia.

--¡Desgracia! repitió el Alcalde admirado. No lo concibo. Dice Vd. que

la chica es bien criada, de estado honesto, linda, que puede pasar por

blanca, ¿qué mayor desgracia podría sobrevenirle a Vd., a la familia, a

Leonardo, en una palabra, si olvidado de sí mismo, cegado por la pasión,

en un momento de extravío toma por esposa a la Valdés?

--¿Por esposa dice V. S.? exclamó don Cándido con ademán fiero y tono

resuelto. Antes que tal haga, por Dios vivo que le desnuco de un

trancazo. No, no, yo se lo aseguro a V. S., él no se casará con la

Valdés.

--¿Cuál es, entonces, la desgracia que Vd. tanto teme?

--Para hablarle en plata, señor don Fernando, no recelo, ni me pasa por

la cabeza, que mi hijo lleve su fatuidad hasta el punto de tomar por

esposa a la Valdés; lo que temo, lo que miro como una gran desgracia

para la familia es que se la eche de querida. Estas mulatas son el

diablo.

--¿Conque no es otra la desgracia a que Vd. alude? preguntó el Alcalde

sonriendo. Mírese el asunto bajo el punto de vista que se quiera, o yo

soy muy obtuso que no alcanzo a descubrir el lado malo, o no es, ni ha

sido nunca, causa original de desgracia para una familia, sea cual fuere

su posición social, el que uno de los hijos solteros se eche de querida

a una moza de la clase inferior a la suya. Si no fuese así, señor don

Cándido, ¿qué familia sería feliz en la tierra? Todas tendrían que

lamentar igual o peor desgracia. En todo país de esclavos no es uno ni

elevado el tipo de la moralidad; las costumbres tienden, al contrario, a

la laxitud, y reinan, además, ideas raras, tergiversadas, monstruosas,

por decirlo así, respecto al honor y a la virtud de las mujeres.

Especialmente no se cree, ni se espera tampoco, que las de la raza

mezclada sean capaces de guardar recato, de ser honestas o esposas

legítimas de nadie. En concepto del vulgo, nacen predestinadas para

concubinas de los hombres de raza superior. Tal, en efecto, parece que

es su destino. Gracias, pues, debe Vd. dar a Dios de que no se le haya

metido en la cabeza a su hijo de Vd., que parece ser testarudo y

voluntarioso, el enredarse con una _negrita_. Esa sí que sería una

desgracia para la familia. Ahora bien, señor don Cándido, ¿por qué no

prohíbe Vd. a Leonardo que visite a la Valdés? Esto lo hallo más fácil y

puesto en razón, sobre todo, no tan ocasionado a escándalo. El culpable

es él que la solicita y persigue, no ella que se está quieta en su casa.

Y aquí entre nos, amigo don Cándido, tiene todos los visos de una

injusticia que Vd. pretenda el castigo de la víctima y la absolución del

victimario.

--El error nace de que V. S. supone inocente a la Valdés.

--¿Qué pruebas hay para suponer lo contrario?

--Varias. Entre otras, la de habérsela avisado que desistiera de esos

amores.

--¿Por medio de quién se la avisó?

--Por medio de la abuela.

--¿En nombre de quién?

--En... mi nombre.

--¿Y ella no hizo caso?

--¡Qué había de hacer la muy pizpireta! Peor la ha hecho desde entonces.

--La ha hecho divinamente.

--¡Cómo! ¿La apoya V. S. en su maldad?

--No tal, no la apoyo, le hago la justicia de creer que ama bien y

mucho, y opino que en los negocios del corazón no mandan las abuelas, ni

los padres de los amantes. Nada: es preciso darle un corte a este

asunto. Prohíbale Vd. a Leonardo que visite a la Valdés. ¿No es Vd. su

padre? ¿No tiene Vd. autoridad sobre él? ¿Sí? Prohibición absoluta; no

más visitas a la Valdés, y asunto concluido.

Quedose estupefacto don Cándido.

--¡Eh! Aquí te quiero ver, escopeta, pensó él. Vea Vd.; las mismísimas

preguntas que yo esperaba;--«¿No es Vd. su padre? ¿No tiene Vd.

autoridad sobre su hijo?» Y es que tenía preparada una respuesta. Se ha

marchado. Sí, échale un galgo. Cabeza de chorlito, chorlito, chorlito...

--Señor don Fernando, añadió resueltamente, cortando de pronto el

monólogo. Carezco de palabras para explicarme con la debida claridad,

pero trataré de darme a entender. La prohibición que V. S. aconseja

no... puede hacerse...

--¿No sería impertinencia el preguntar?...

--Me expongo a que me desobedezca el muchacho.

--¿Es posible?

--Cierto. Sabe V. S., sin duda, cómo son las madres criollas con sus

hijos, principalmente con el primogénito, como sucede en mi caso. El

varón es la idolatría de Rosa. De tanto mimarle le tiene perdido, hecho

un badulaque, un camueso, irrespetuoso con los mayores y desobediente

conmigo. Su madre, sin embargo, se ha tragado que es un ángel, una

paloma sin hiel; no cree nada malo de él, y no consiente que nadie,

incluso yo, le toque a un pelo de la ropa. Por mí ya estaría en un barco

de guerra aguantando chicote. Apuradamente, no le da el naipe para los

estudios; y quiere la madre hacerle abogado, doctor de la Universidad,

oidor de la Audiencia de Puerto Príncipe. ¡Qué sé yo cuánto más! En vano

la digo que, con nuestro caudal y el título de Casa Gamboa que espero de

un día a otro de Madrid, nuestro hijo no tiene necesidad de quebrarse la

cabeza con los libros. Aunque no sepa ni el cristus, ha de hacer papel

en el mundo. Pero ella está empeñada en hacerle hombre de letras menudas

y se saldrá con ello, o... revienta. Yo le digo, primero que tu hijo

llegue a abogado a doctor y oidor, tiene que hacerse Bachiller. Los

exámenes son en abril, y el mozo, por seguir tras la mozuela, no abre un

libro de derecho, no asiste a las clases. Luego, quisiéramos casarle, su

madre y yo, este mismo año, con una señorita muy virtuosa y agraciada,

hija de un paisano y antiguo amigo mío. Quizás sienta la cabeza y se

dedica a la administración de nuestros cuantiosos bienes. Ya vamos para

viejos mi mujer y yo, mañana o esotro día morimos los dos, que somos

hijos de la muerte. ¿Quién entonces tomará el timón? El, que es hombre,

no ninguna de sus hermanas, débiles mujeres y solteras aún. ¿Comprende

ahora V. S. cuál no será nuestra desgracia si nuestro primogénito, el

hijo que ha de llevar el nombre de la familia, el título de nobleza, la

administración de los bienes, etc., no estudia, no se recibe de

Bachiller, no se casa con la señorita con quien está comprometido, e

infatuado con la Valdés se la echa de querida? Sin el auxilio de V. S.,

en estas circunstancias aflictivas, ¿qué serán de la paz y de la

felicidad de mi familia?

--Pues hablara para mañana, señor don Cándido, exclamó el Alcalde. ¿Por

qué no hizo uso Vd. de esos argumentos desde el principio? El último,

sobre todo, no tiene réplica, lleva el convencimiento al ánimo más

reacio y frío. Me doy por vencido, y desde este punto me tiene Vd. a sus

órdenes. ¿Qué quiere Vd. que haga con la Valdés?

Extraña y honda impresión produjeron en el rico hacendado las últimas

palabras del Alcalde. Parado y cariacontecido se quedó por largo rato,

incapaz de bullir ni de hablar. ¿Qué le pasaba? Había realizado el

objeto de su solicitud. ¿Qué más podía apetecer? ¿Se había arrepentido

de la pretensión? ¿Empezaba a sentir el peso de la responsabilidad que

se iba a echar encima? ¿Dudaba del buen éxito de la medida? ¿Sentía

causarle gran pesar al hijo? ¿Hacerle grave injusticia a la moza? ¿Temía

ahora al escándalo? No es fácil explicarlo. El mismo, si le hubiesen

preguntado, no habría podido dar cuenta de sus sentimientos.

Como notase el Alcalde su perplejidad, repitió la anterior pregunta con

mayor énfasis.

Cecilia Valdés o la Loma del Ángel · 第 39 / 44 段