la vendedora como su parroquiana reciente, desconocida del todo para la
ex enfermera del ingenio de _La Tinaja_. Mientras aquella servía la
carne de puerco, la manteca y los huevos que le pidieron, ésta que se
había quedado algo atrás, cosida al batiente cerrado, registró a su
sabor una buena porción de la sala. Arrimada a la testera de frente para
la calle, se hallaba sentada en un columpio con los pies apoyados en el
travesaño de la silla que tenía delante, una joven que a María de Regla
le pareció blanca. De este color era su vestido; pero negro el del
pañuelo de batista que ceñía su torneado cuello; negro el del copioso
cabello hecho dos trenzas que coronaba la bien modelada cabeza; negro el
de los zapatos de carro de oro que aprisionaban sus piececitos de
elevado empeine y arqueado puente; la hermosa desconocida vestía luto en
el cuerpo y en el corazón, según la honda tristeza que anunciaban, tanto
su semblante como su actitud. Por las prendas de ropa que se veían en el
suelo, en el respaldo de la silla y en su mismo regazo, se echaba de ver
que cosía; de cuya labor no levantó los ojos sino en los momentos en que
su compañera, que se ocupaba del mismo modo, abría la puerta de la calle
y ayudaba a deponer en el quicio el tablero pesado de la vendedora.
Para que se fijara la imagen hechicera de la enlutada en la viva memoria
de María de Regla, no pudo ser más propicia la ocasión; y de tal modo
fue así, que luego repetía a media voz, paso a paso detrás de su
protectora:--¡La niña Adela! ¡la niña Adela!, comparando allá en su
mente la fisonomía de aquélla con la de la más joven de sus amas.
Como oyese la carnicera la cantinela, dijo en tono de represión:
--_¡Ah! Ese niñe no ñama Adel, ñama Sesil._
Más vale callar, pensó María de Regla, y no replicó palabra; pero se
quedó en sus trece, por cuanto siguió creyendo en que había singular
semejanza entre su niña y la enlutada de la casa en la calle de la
Bomba, cuyas señas guardó para la primera oportunidad.
Hasta las dos de la tarde anduvieron las negras vagando por las calles
de la ciudad; y en el medio tiempo logró la carnicera reducir a plata
los efectos que llevaba en el tablero. Por la puerta llamada
popularmente de la Muralla, salieron a la Alameda y se sentaron en un
asiento de piedra, protegido por un árbol frondoso, entre el antiguo
café de Atenas y la estatua de Carlos III.
De una mugrienta bolsita de cañamazo cuya boca se recogía con un
bramante, y que Genoveva llevaba en el seno, sacó y contó hasta doce
pesos en pesetas sevillanas, reales y medios de plata, de los cuales,
deducidos los siete, poco más o menos, costo de las mercancías
negociadas, restó una ganancia neta de cinco duros. No se requería
conocimiento de los números para hacer la cuenta, ni de más convincente
argumento para probar lo remunerativa de aquella industria. Convencida
de ello, se decidió a adoptarla María de Regla.
Hablaba después ella de lo que se decía respecto de su marido, de la
herida que había recibido en riña, por aquel mismo barrio, y de su
desaparición desde la víspera de Nochebuena. Entonces recordó Genoveva
haber oído decir a Malanga, que por esa fecha había amparado a un moreno
que encontró mal herido a la entrada de la calle Ancha. Esta especie la
había corroborado en todas sus partes el carretillero aguador, quien
momentos antes que su malévolo hijo, según se recordará, pasó por allí y
no se detuvo porque juzgó muerto al herido. Preso en la cárcel Malanga,
no era fácil averiguar de pronto quién fuese, ni qué se había hecho el
moreno herido; pero María de Regla se convenció que no podía ser otro
que Dionisio, y se propuso explotar en todos sus alcances datos tan
preciosos.
En este punto de la conversación de las dos mujeres, pasó a caballo por
delante de ellas, y atravesó el centro del Campo de Marte, en dirección
de la calzada de San Luis Gonzaga, el joven negro militar, de que hemos
hablado varias veces.
--¡Tondá!, dijo Genoveva indicándoselo a su compañera.
Sin poderlo remediar, a su vista diole un vuelco el corazón a María de
Regla. Es que creyó ver a Dionisio en las garras de aquel joven
intrépido que portaba sable, que la ley protegía, y que el prestigio de
sus muchos actos de valor heroico hacía casi invulnerable. Se puso en
pie por un impulso desconocido, dio algunos pasos en la dirección que
llevaba cuando le perdió de vista tras la nube de polvo que levantaban
las patas de su veloz caballo en la distante calzada, retrocedió al
asiento y se desplomó sin habla junto a su asombrada amiga.
Fue causa este ligero incidente para que las dos mujeres tardaran
todavía algún tiempo antes de ponerse de nuevo en camino. Pero no bien
entraron en la calle Ancha, echaron de ver desusada agitación y extraño
movimiento de pueblo. Hombres, mujeres y muchachos corrían como
desatentados en opuestas direcciones. Los más se refugiaban en sus
casas, cerraban las puertas con estrépito y se asomaban a los postigos
de las ventanas para preguntar al vecino o al transeúnte el motivo de
aquellas carreras, cerramientos de puertas y exclamaciones. Este
contestaba:--Un fuego en Jesús del Monte; el otro:--Un levantamiento de
negros en la tenería de Xifré; aquél:--Un robo en la calle de las
Figuras; quién:--Un _matado_.
El último en hablar fue el único que se acercó a la verdad, confirmando
la noticia algo después de las tres de la tarde, con muchos aspavientos
y palabras inconexas, el carretillero o aguador Polanco. Muy conocido en
el barrio, su aparición en la calle Ancha fue saludada con un escopeteo
graneado y cruzado de preguntas de ventana a ventana. Ocioso era aquel
trabajo, porque él de _motu propio_ venía anunciando la muerte alevosa
de Tondá, delante de la zapatería de la calle de Manrique esquina a la
de la Maloja.
Por Malanga, preso en la cárcel pública, había averiguado Tondá el asilo
de Dionisio Gamboa, y corrió a prenderlo con aquella confianza y
descuido que nacen del valor llevado hasta la temeridad. Llamado a la
puerta del obrador por un hombre tan conocido como Tondá, no pudo
Dionisio equivocar sus intenciones, y desde luego, formó su resolución.
Se levantó del banco en que trabajaba, y se acercó con las manos a la
espalda, en ademán de entregarse.
El movimiento de avance por parte del prófugo determinó otro opuesto por
parte del perseguidor, que le fue fatal. Grande, como se ha dicho, era
el desnivel de la calle, y había además detenida entonces a la puerta de
la zapatería una volante alquilona que obstruía el paso. Para hacer
campo, Tondá, ya desmontado, retrocedió corto trecho; descuido éste de
que se aprovechó en el instante el astuto cocinero, para metérsele
dentro y abrirle el vientre de lado a lado con el mismo trinchete de que
se servía para las reparaciones de la suela de los zapatos. Herido y
todo el heroico Tondá, persiguió al asesino, cayendo exánime a poco
andar en medio de la honda calle.
El hecho es histórico en casi todos sus pormenores.
CAPÍTULO IV
_¿Qué soñar con el que adora,
y qué sufrir cuando tarda,
y qué temer cuando llega,
y qué llorar si se marcha?_
J. VELARDE
En una mañana del benigno enero diole a Cecilia un vuelco el corazón, y
dijo entre sí:--¡Eh! Viene él hoy. Y desde ese momento no pudo pensar en
otra cosa, ni hacer nada de provecho. Veces infinitas se asomó al
postigo de la ventana, creyendo la cuitada que así apresuraría la venida
del objeto de sus ansias; y otras tantas se dejó caer, desfallecida de
alma y cuerpo, en el columpio arrimado a la testera opuesta.
De poco le valió el volverse toda oídos y ojos. Por el contrario, tal
era la ofuscación de sus sentidos, que escuchando no oía, mirando
intensamente no veía. Esto explica por qué se pasaron algunos segundos
antes que ella realizase la presencia del amante, llenando el hueco de
la entornada puerta de la calle, cual en un espejo su imagen adorada.
Entonces, olvidada por completo de sus propósitos de venganza, de los
desdenes anteriores, de los supuestos agravios recibidos con sus
veleidades y su marcha al campo, corrió a su encuentro con los brazos
abiertos, le besó y se dejó besar por él en el delirio de la pasión. No
cabe duda, el hecho de la corta ausencia había obrado el milagro de
convertirlos en íntimos amigos, en cariñosos hermanos, en ternísimos
amantes.
--¿Estás sola? la preguntó él.
--Sola, contestó ella con lánguida expresión.
--¿Me esperabas? agregó tiernamente teniéndola estrechada todavía por la
cintura.
--Con el alma y con la vida, repuso la joven en su amoroso entusiasmo.
--¿Quién te dijo que yo venía hoy?
--¡El corazón!
La besó de nuevo en los ojos y en la boca, y añadió:
--Te hallo pálida y más delgada que a mi partida para el campo.
--¿Le parecen poco las noches y los días que he pasado sin pegar los
ojos velando a mamita? Tampoco han faltado otros sinsabores...
--¿Cuándo se enfermó tu abuela?
--Desde el año pasado mamita no gozaba de salud. Pero su gravedad se
puede decir que principió la víspera de Nochebuena. Cuando yo llegué, a
eso de las dos de la madrugada, la encontré con una calentura que
volaba... No se levantó más.
--¿Dónde habías estado tú hasta esa hora?, preguntó el joven
sorprendido.
--En una parte.
--¿En qué parte?
--¡Oh! En una parte.
--¿Me dirás dónde?, la preguntó Leonardo poniéndose serio.
--Espero que me diga Vd., antes dónde ha estado todo ese tiempo, replicó
ella no menos seria, tratando de herir por los mismos filos.
--Yo he estado donde tú sabes.
--Ya, en el campo, Vd. me lo dijo, ¿pero se fue Vd. por mi voluntad?
--¡Ah! ¡Vengativa! ¿Esas teniendo? Según eso, tú has estado en _una
parte_ por pique conmigo.
--Por pique no. No tengo nada de vengativa. Ni un tantico. Lo que yo no
quiero, lo que no puedo aguantar es que me la den de boba. Fue Vd. a
divertirse con sus amigas en el campo, ¿había de quedarme en casa
encerrada como monja? No faltaría más.
--Fui de mala gana. Hubiera preferido quedarme, pero mamá se propuso
llevarme... ¿No te lo dije así?
--Me lo dijo con la lengua.
--Yo no digo mentira.
--¿No tiene Vd. la boca debajo de la nariz como los demás hombres? Va
que sí. Ninguno dice mentira. ¡Qué! Sería un pecado. ¿Pero cuál de Vds.,
si se ofrece, no engaña a la mujer más buena del mundo?
--¿Qué sabes tú de eso?
--Mucho más de lo que Vd. se figura. Muy lépero ha de ser el que se
burle de mí.
--No hables boberías y dejémonos de cosas que no tienen fundamento. Es
gana que busques motivos de quejas. Tú no puedes ponerte _brava_
conmigo. Dime, ¿en dónde estuviste la víspera de Nochebuena?
--¿De mal a mal?
--De bien a bien, cielo mío. De ti no quiero ni la gloria de por fuerza.
--Eso sí. Pues venía del baile de etiqueta que dio la gente de color en
la casa de Soto, allá afuera.
--¿Cómo fuiste?
--A pie.
--No quiero decir eso. ¿Quién te convidó? ¿Con quién fuiste al baile?
--Me convidó Uribe el sastre, que fue uno de la comisión, y fui al baile
con Clara su mujer, con Nemesia y con José Dolores su hermano...
Leonardo torció el ceño y no supo ni pudo ocultar su disgusto.
--El que se pica ajos come, dijo Cecilia sonriendo. ¿Qué diré yo cuando
recuerde que Vd. fue al campo para seguir a una guajira?
--Veo que no pierdes la ocasión de zaherirme, dijo Leonardo disimulando
su desazón. Y me parece que serías capaz de querer a cualquier hombre
con tal de darme _caritate_.
--No tanto, ni tan calvo que se le vean los sesos. Hay muchos hombres a
quien no podría querer por más picada que estuviese con el preferido de
mi corazón.
--Malo es que tú seas de naturaleza celosa y vengativa.
--Sea Vd. leal y constante y nada tendrá que temer de la mujer más
vengativa y celosa nacida.
--Con las celosas no valen la lealtad ni la constancia del amante más
fino. Mucho menos valen si tú das entrada a hombres con quien no debes
ligarte.
--¿A quién he dado yo entrada? Vamos, explíquese.
--¿Quieres oírlo de mi boca? ¿Quién te acompañó al baile estando yo
ausente? ¿Con quién bailaste? ¿En casa de quién vives ahora?
--¿Y eso es lo que Vd. llama darle entrada a los hombres?
--Por ese camino al menos se va derecho al corazón de las mujeres.
--No al mío que está forrado y claveteado en cobre. Pero si de alguno no
debe Vd. abrigar recelo es del hermano de Nene. Entre nosotros no ha
cabido nunca, creo yo, más que una sincera y desinteresada amistad.
Nosotros nos conocemos y tratamos desde chiquitos. Hemos jugado juntos a
la gallina ciega y a la lunita, hemos crecido el uno al lado del otro
sin pensar en amores, al menos por mi parte. Sé que siente por mí un
cariño entrañable; sé que se desvive por mí; sé que su mayor delicia es
serme útil; sé que tiene orgullo en adivinar mis pensamientos; sé que si
le pido un favor se aflige y se culpa a sí mismo porque no se adelantó a
mi deseo; sé que no consentirá me ofendan ni las moscas; sé que es capaz
de cometer cualquier locura por agradarme; sé que me cree el _non plus
ultra_ de las mujeres; sé que tiene celos de Vd. que se lo comen vivo;
pero aún no me ha hecho una declaración de amor. Sabe, el pobre, porque
no tiene un pelo de tonto, que yo no he de quererlo, ni casarme con él
en la vida. Muchas veces lo he sorprendido mirándome cual se mira a las
santas; yo he hecho como si no lo notase o entendiese y él no se ha
atrevido a declararse. De aquí no ha pasado desde que nos conocemos. En
su trato es una dama, muy galán y respetuoso con las mujeres, bien
criado con los hombres; sólo le falta la cara blanca para ser un
caballero en cualquier parte. Le hablo con esta claridad de José Dolores
porque se me figura que a Vd. no le cae en gracia, qué no lo ve con
buenos ojos.
--Te engañas, dijo Leonardo alarmado por el hermoso retrato que acababa
de trazar Cecilia de José Dolores Pimienta. No tengo prevención ninguna
contra _tu amigo_. No lo miro con buenos ni con malos ojos, por la
sencilla razón de que no me cuido si vive o si muere. A mí no puede
hacerme sombra semejante sastrecito. Siento, sí, que en estas
circunstancias hayas creído necesario explicarme la clase de relaciones
que han existido y existen entre Vds. dos. No me interesa eso en lo más
mínimo.
--A Vd. le corresponde hablar así, a mí no. Sería la más descastada de
las mujeres si olvidara por un momento los muchos favores que le debo a
José Dolores. El fue mis pies y mis manos, mi todo, durante la
enfermedad de mamita; él hizo los mandados; él llamó varias veces al
médico; él trajo las medicinas de la botica; él hizo caldos de gallina
para la enferma; él veló conmigo a su cabecera; él fue por los óleos a
San Juan de Dios; él corrió con el entierro; él lloró tanto como yo la
muerte...
En este punto los sollozos y las lágrimas le cortaron la palabra a
Cecilia. Después continuó como ofendida por el tono y las frases
despreciativas que había empleado Leonardo respecto de José Dolores:
--Hay favores que no se pueden pagar bastantemente; la mujer que los
olvida no merece el pan que come. José Dolores siempre me ha distinguido
y respetado, y lo que es en el baile sacó la cara por mí, exponiéndose a
la muerte.
--¿Con qué motivo sacó la cara por ti?
--Con motivo de haberme ofendido un negro.
--¿Por qué te ofendió?
--Porque me negué a bailar con él.
--¿Le desairaste?
--No. Yo no le conocía. Era un intruso, ¿por qué había de bailar con él?
Además, tenía comprometido el minué con Brindis. Tampoco quería yo
bailar pieza con los negros. Las dos o tres que bailé con ellos fue por
compromiso.
--El mal estuvo en tu concurrencia a un baile de gente de color...
--Lo sé, lo confieso, me pesará toda la vida haber ido. Eso me parece
que le apresuró la muerte a mamita.
Volvió a llorar Cecilia; y Leonardo, para alejar de su mente aquella
idea, o para averiguar lo que había ocurrido dentro y fuera del baile,
la preguntó:
--¿Qué casta de negro era el que te ofendió?
--No sé. En mi vida le había visto. Tampoco me conocía él a mí sino por
mera inferencia. Creo que me invitó a bailar para tener la ocasión de
insultarme y vengar así un agravio que supuso alguien le había hecho por
mi causa.
--¿Quién le hizo el agravio?
--No lo dijo. Sólo dijo a gritos que yo tenía la culpa de que se viera
separado de su mujer.
--Debía estar loco o borracho.
--Borracho no, más bien loco. Daba miedo. También me dijo que me vio
cuando yo gateaba; que sabía quien era mi madre y que conocía a mi padre
como a sus manos.
--Mal pudo conocer a tus padres, observó Leonardo con aire sentencioso,
siendo así que eres hija de la Cuna. ¡Disparate!
--¡Ah! Escuche, agregó Cecilia recordando: dijo que su mujer fue quien
me crió, que yo era mulata y que mi madre vivía y estaba loca.
--¿No se averiguó cómo se llamaba ese diablo de negro?
--Sí, se supo al fin. Lo reconoció un oficial de la sastrería de Uribe.
Lo llamó por el nombre de Dionisio Gamboa, aunque él sostuvo que no se
llamaba así, sino Dionisio Jaruco.
--¡Ah! ¡Perro! exclamó Leonardo apretando los puños al mismo tiempo que
los dientes. ¡Qué buen novenario merece! Lo llevará, como hay un Dios en
el cielo, en cuanto se le capture. A bien que ya Tondá le sigue la
pista. No hay tal Dionisio Jaruco ni calabaza. Su nombre sí es Dionisio,
pero su apellido debe ser Gamboa, porque pertenece a mamá. El muy
indigno, mal agradecido, infame, al robo de la ropa antigua de papá ha
añadido la fuga y dejado a mamá sin cocinero. A ningún negro se le han
consentido en casa más desvergüenzas que a él. Y véase el resultado. La
pagará. Que se esconda bajo siete estados de tierra, de ahí le sacarán.
Se le castigará cual merece, lo juro. Me parece que si le desuellan vivo
no paga las que debe. Después, ¡atreverse a insultarte...!
Arrebatado por la cólera, tardó algún tiempo en comprender Leonardo que
había asustado a Cecilia con tan inoportunas amenazas, además de ponerse
en ridículo a sus ojos, pues ésta advirtió sin esfuerzo que el furor de
su amante contra el negro no procedía tanto del agravio a ella inferido,
cuanto de haber dejado la familia sin cocinero. Volviendo sobre sus
pasos, aunque tarde, añadió el joven:
--Pero, a todas éstas, ¿qué has tenido tú que ver con la separación de
Dionisio de su mujer? Nada, absolutamente nada. Dudo que fueses nacida
cuando mamá zampó a María de Regla, la mujer de Dionisio, por
escandalosa y desobediente, en el ingenio de _La Tinaja_. Y si no habías
nacido, ¿cómo pudo criarte? Ella sí crió a mi hermana Adela. Vamos, es
un disparate, una equivocación suya, pretexto para desfogarse contigo
que no podías devolverle el insulto.
--Para eso, dijo Cecilia con satisfacción, que le costó caro el meterse
conmigo. A la salida del baile esperó a José Dolores en la esquina de la
calle Ancha. Pelearon con cuchillo y el negro cayó a los primeros
golpes...
--¿Muerto? exclamó Leonardo, que no esperaba semejante desenlace.
--Me parece que no. El quedó en el suelo quejándose mucho. ¿Le duele a
Vd. que se le hubiese castigado tan pronto la falta?
--No, no, se apresuró Gamboa a corregir la falta de galantería que
acababa de cometer manifestando sentimiento por la herida de su esclavo.
No me duele perder un negro. Tenemos muchos. Siento sí que tú hayas
estado por medio. Fue un escándalo. ¡Tú complicada en un homicidio! Mas
hablando de otra cosa, ¿qué médico asistió a tu abuela en su enfermedad?
--Montes de Oca.
--¿Cómo vino él a curarla?
--Yo fui por él.
--¿Le conocías?
--De vista.
--¿Le conocía tu abuela?
--Ella sí. Mamita fue a verlo a su casa y él venía a verla todos los
meses.
--¿Para curarla?
--No. Mamita no había estado casi nunca enferma de médico.
--¿Qué dares o tomares se traían ellos?
--Mamita recibía una mesada por conducto de Montes de Oca.
--¡Una mesada! Ahora recuerdo que hace mucho tiempo Montes de Oca le
tomó a papá en alquiler esa misma María de Regla, mujer del cocinero,
para criar a una niña, hija ilegítima de un amigo suyo. Y he aquí
descifrado el por qué de la equivocación de Dionisio. Seguro, se figuró
que tú eres la tal niña. Por supuesto, tú no fuiste, pero ¿quién saca al
muy bestia del error? Ni habías nacido entonces. Mira tú, después de eso
María de Regla crió a Adela por cerca de dos años. Lo que te sé decir es
que esa crianza le ha costado muchos disgustos a mamá. Montes de Oca se
comprometió a pagarle dos onzas de oro a papá por el precio del alquiler
de María de Regla. Sospecho que nunca cumplió, porque él es mal pagador.
Hallo, pues, extraño, incomprensible, que Montes de Oca le pasara una
mesada a Vds. ¿No sabes tú su origen?
--No entiendo, contestó Cecilia dudosa.
--Quiero decir, repuso Leonardo, que si tú sabes el motivo, la razón, o
como se llame, del por qué le pasaban la mesada a tu abuela.
--No lo sé; mejor dicho, no me he puesto jamás a averiguarlo.
--Tú lo sabes y no quieres decírmelo. Lo leo en tus ojos.
--Mal lector es Vd. entonces.
--Niego a pie puntillas que Montes de Oca pasaba la mesada por cuenta
propia.
--También lo niego yo.
--¡Ah! ¿Ves? Tú sabías y me lo negabas.
--Vd. no me preguntó eso. Vd. me preguntó que si yo sabía el origen o el
motivo de la mesada, y todavía estoy en ayunas. Lo único que sé es que
Montes de Oca la pasaba por cuenta de un amigo...
--Que tú conoces. ¿No? la interrumpió Leonardo.
--De vista, contestó Cecilia a medias.
Su nombre.
--¡Ay! Ese se queda para el curioso lector.
--Dilo, dilo, la instó el joven cogiéndole la mano. No deseo saberlo por
mera curiosidad, sino por algo que te diré después.
--Vd. lo conoce como a sus manos.
--¿Quién, pues?
--Su padre de Vd.
--¡Mi padre! exclamó Leonardo asombrado de la revelación. ¡Será posible
que mi padre lleve la pertinacia....! (Se contuvo y agregó luego:)
¿Estás segura?
--Segurísima.
--¿Desde cuándo le conoces tú?
--¡Uf! Desde que yo era chiquitica.
--¿Cómo le conocías?
--De verlo en las calles. A cada rato tropezaba con él. Cuando menos lo
esperaba lo tenía encima. Se ponía _bravo_ y me decía muchas cosas: que
estaba hecha una mataperros, perdida, mal criada, y que iba a hacer que
me prendieran los soldados.
--¿Sabías tú su nombre entonces?
--No, ni lo supe hasta mucho después, cuando me había hecho una mujer.
Conmigo no ha tenido él amistad, con mamita sí. De Corpus a San Juan,
solía hablarle por la ventana, siempre de mí.
--¿Qué la decía?
--Nada bueno, por cierto. Le decía, por ejemplo, que me celara de Vd.;
que no me dejara ir a bailes con Vd., que Vd. era muy enamorado; que
tarde que temprano me dejaría Vd. por otra; en fin, que Vd. estaba para
casarse con una muchacha muy rica y sólo aguardaba a recibirse de
Bachiller en Leyes.
--Me sorprende oír eso de mi padre. No lo creería si otra persona me lo
dijera. ¿Qué objeto le lleva verdaderamente en el asunto? Su conducta
contigo aleja la idea del amor. No está enamorado de ti, no. Tampoco ha
sido él hombre de enamorarse por andar alegre. Ahora me desengaño...
--Es que mamita también estaba opuesta a nuestras relaciones. A la hora
de su muerte me mandó que no lo quisiera a Vd.
--Tú no piensas en obedecerla, ¿no es así?, dijo el joven
apasionadamente.
--Ya es demasiado tarde, contestó Cecilia poniéndose colorada. (Después
añadió en voz baja:) Dios quiera que no me pese haber desobedecido a
mamita.
--Nunca te pesará, repuso Gamboa con calor, te lo juro por lo más
sagrado, el haberme querido bien. Veo, entre tanto, que nada de lo que
me has dicho explica el enredo de la mesada. ¿Por qué, a santo de qué se
la pasaba mi padre a tu abuela? Ve aquí lo que me encalabrina y
desespera. Es posible que no continúe pasándotela a ti...
--Tal pienso yo, dijo Cecilia bastante afectada.
--No es eso lo peor, agregó el joven reflexionando, sino que el médico
te cobrará la cura de la enferma. Del árbol caído todos hacen leña.
--Por esa parte estoy tranquila. En toda la enfermedad de mamita, en vez
de pedirme estuvo el médico dándome dinero para los gastos.
--¿Cómo cuánto te dio?
--Como quince onzas de oro. Yo no llevé la cuenta... José Dolores.
--Dale con José Dolores. No quisiera volver a oír su nombre en tu boca.
--¿Qué tienes?
Interrumpiose a lo mejor el prolongado diálogo de los amantes por la
llegada de Nemesia, con grande disgusto de los tres. De Cecilia, porque
así quedaba sumergida en el mar de confusiones respecto de su suerte
futura, do la había arrojado la muerte repentina de su abuela. Con
disgusto de Leonardo, porque después de lo averiguado acerca de la
posición de Cecilia en aquella casa, comprendió que debía sacarla de
ella cuanto antes, so pena de perderla para siempre, y no había tenido
tiempo de arreglar con su acuerdo el nuevo plan de vida.
Por su parte Nemesia también experimentó un vivo disgusto; porque sin
más argumento ni prueba que la presencia allí del temible rival de su
hermano, cuando le creía más distante y olvidado de Cecilia, quedó
convencida que ni los celos en ella, ni la ausencia en él, habían obrado
el milagro de trocar en odio, siquiera en indiferencia, el profundo
afecto que se profesaban los dos. ¡Pobre José Dolores! exclamó Nemesia
entre sí. De ésta la perdiste. ¡Tontos de nosotros que nos habíamos
halagado con la esperanza de que se quedaría en el monte!