juicio y sentidos cuando se confesó, comulgó y recibió la extremaunción.
A haber vivido horas no más después de esos actos solemnes e imponentes,
de nada de ello habría sabido darse cuenta. Fue todo para ella el
resultado de un hábito inveterado. De otra manera, la vista del cuadro
que se ofreció en torno de su lecho de agonía, mientras el padre la
auxiliaba a bien morir, habría sido bastante conmovedor para apresurarle
la muerte. Cecilia y Nemesia de un lado, _seña_ Clara y José Dolores del
otro, un oficial de la sastrería de Uribe que llegó en aquellos momentos
y el sacristán a los pies, todos arrodillados, murmurando devotas
oraciones y alumbrando la triste escena con un farol o una bujía,
formaban grupo interesante, original y digno del pincel de un inspirado
artista.
A la conclusión de la tristísima ceremonia, todos los circunstantes, que
más que menos, experimentaron una especie de alivio interior, porque se
cree en general que trae aparejada la muerte. Aun la enferma pareció
reanimada, en vista de que sacó el brazo derecho de debajo de las
sábanas y empezó a tentar por varias partes del lecho, como si buscase
algo que se le había perdido. Le detuvo la mano Cecilia, y preguntó:
--¿Qué buscas, mamita?
--A ti, mi corazón, respondió la abuela con mucho trabajo.
Esta tierna solicitud, esta salida inesperada hizo saltar las lágrimas
de Cecilia, quien, para que la abuela no se impresionara, volvió el
rostro a otro lado.
--Pues aquí me tiene su merced, dijo, apretando la mano de la enferma.
--No te veía, agregó ella con sentimiento. ¡Está esto tan _escuro_...!
--Apagué las luces por su merced.
--¿Estás sola?, preguntó la anciana después de largo silencio.
--Sí, mamita.
Dijo verdad, porque en oyéndola, prudentemente se retiraron a la sala
las otras dos mujeres; y los hombres aún no habían vuelto de la iglesia,
a donde habían ido para acompañar al viático.
--Querría... decirte una... cosa, dijo _seña_ Josefa muy despacio,
después de otra larga pausa.
--Pues diga, mamita, diga. Ya escucho.
--Acércate. ¿Por qué te alejas, mi vida?
--Yo no me alejo. No. Estoy cerquita de su merced.
--¡Pobre Charito! ¿Qué será de ella? Me voy primero... me voy.
--¡Jesús, mamita! No se aflija ahora su merced pensando en eso. Le hace
daño, mucho daño. Sosiéguese.
--¡Pobrecita! Pero tú... rompe... relaciones... el caballerito... Ese es
tu...
--¿Mi qué, mamita?, preguntó Cecilia sobresaltada y con instancia, pues
la abuela tardaba en terminar la frase. ¿Mi qué, mamita del alma? Hable,
diga; por la Virgen Santísima, no me deje en esta terrible indecisión.
¿Es mi enemigo? ¿Mi tormento? ¿Mi infiel amante? ¿Mi que?
--Es tu... tu... tu... t..., continuó repitiendo _seña_ Josefa, cada vez
a más largos intervalos y más bajo tono, hasta que el ruido de la sílaba
misteriosa se convirtió en lúgubre murmullo y el murmullo en un mero
movimiento de los labios, que no duró mucho tampoco. La enfermedad tuvo
su crisis. Había expirado.
No había visto Cecilia morir a nadie, así que, al convencerse por el
tacto de que la abuela no alentaba precisamente cuando la creía más
viva, el horror más bien que el pesar le arrancó un grito terrible y le
privó del sentido. Acudieron _seña_ Clara y Nemesia, y la encontraron
en la cama abrazada con el cadáver, del cual les costó trabajo
separarla. Justo era su inmenso dolor. Desde aquel momento le faltaron
de una vez su protectora, su compañera, su tierna amiga, su pariente, su
madre adorada; y para mayor desesperación, quedole siempre después el
remordimiento de que en la confusión había olvidado poner en la mano de
la moribunda la vela del alma, preparada con tanta anticipación para ese
mismo caso.
Mientras duró la enfermedad de la Josefa Alarcón, fue entregando el
médico a Cecilia, siempre sin decirla palabra de quien procedían,
diversas cantidades de dinero, las mismas que ella recibía con una mano
y con la otra pasaba a las de José Dolores Pimienta, creado de hecho su
mayordomo y cajero. Corrió él, en efecto por ese breve tiempo (brevísimo
para quien ansiaba se repitieran las ocasiones de acercarse a Cecilia y
de prestarle cada día nuevos servicios), con todos los gastos que
ocasionó la enferma; y muerta, ajustó con el conocido muñidor Barroso
los preparativos para el entierro. Siendo muy estrecha la casita de la
calle del Aguacate para recibir a las visitas que vendrían a dar el
pésame a Cecilia, y para celebrar el velorio, dispuso Pimienta se
trasladara el cadáver a la sala de la casa en que él y su hermana
vivían, en la calle de la Bomba, donde estuvo de cuerpo presente desde
las diez de la noche hasta las tres de la tarde del siguiente día. No se
erigió catafalco: vestida de muerta con el hábito mercedario, color de
pajuela, que ceñía la correa negra usual de la Orden de la Merced, y
metida en su caja forrada de paño negro, se depositó en unas andas
comunes, entre grandes cirios de cera y candelabros plateados.
El maestro Uribe, con sus oficiales y amigos y los numerosos de
Pimienta, velaron toda la noche, y a la hora del entierro condujeron las
andas a hombro, relevándose de cuatro en cuatro hasta el cementerio,
situado en el pequeño arrabal de San Lázaro, al extremo de la calzada de
este nombre.
El único incidente que en cierto modo marró la solemnidad del acto, fue
el que en breves palabras vamos a referir. Distaba la casa mortuoria del
cementerio sobre media legua, y la vía más corta no conducía por las
calles de la población, sino por veredas tortuosas, sombreadas del
lujoso arbolado de las quintas y jardines, que entonces ocupaban el área
toda del hoy extenso barrio titulado del Monserrate.
Allí donde se alza la moderna iglesia que le da nombre, se unió de
repente a la fúnebre comitiva, procurando confundirse con ella, un negro
desconocido y de mala catadura, que parecía cansado de mucho correr.
Tras éste se apareció a poco otro a caballo en traje militar, de
chaqueta de paño, con dos charreteras de oro y sable de caballería. Era
joven y de ademán bizarro. Sin andarse en chiquitas, se precipitó sobre
el fugitivo, y, apuntándole con el arma al pecho, gritó:--Date, Malanga,
o te mato.
--¡Tondá! ¡Tondá! exclamaron los de la comitiva que le conocían de vista
o de trato.
Cogido, pues, Malanga entre la punta del sable y las andas en que iba la
difunta, no tuvo más remedio que entregarse a merced del captor; el
cual, sin desmontarse, le amarró codo con codo, le echó por delante, y
saludando a la militar con el arma al aire, dijo a los del
duelo:--Señores, espero me dispensen el mal rato. Tenía orden de Su
Excelencia el Capitán General, de coger a este pícaro, vivo o muerto, y
la he cumplido. Que siga el entierro. Salud, señores.
La primera parada de la fúnebre procesión se hizo a la reja grande que
mira al azulado mar Atlántico de la casa de la Beneficencia, a fin de
que los niños hospicianos de ambos sexos cantasen un responso por el
alma del difunto, mediante el pago de una moneda de oro, en calidad de
limosna.
La segunda parada se efectuó delante de la reja del cementerio, debajo
del gracioso arco de entrada, para que el capellán hiciese la aspersión
del ataúd con agua bendita, antes de consignarle al sepulcro. Cuando se
ejecutaba este acto final y siempre triste, los acompañantes, en actitud
reverente, permanecieron de pie y descubiertos, formando grupo en torno
de la huesa.
José Dolores Pimienta, Uribe y algunos otros arrojaron un puñado de
tierra sobre el ataúd de la que fue en vida Josefa Alarcón y Alconado,
no menos distinguida por su belleza que por sus desgracias, su ardiente
amor de madre y prácticas religiosas de sus últimos años; y el primero,
que hacía de cabeza del duelo, al darles las gracias a sus amigos y
despedirlos, no pudo evitar que se le humedecieran los ojos, acaso
porque se le vino a la mente en aquel instante el cuadro de su
idolatrada Cecilia, transida del dolor y desmayada en brazos de
Nemesia.
CAPÍTULO III
_¿Qué es la vida? Por perdida
Ya la di,
Cuando el yugo
Del esclavo,
Como un bravo Sacudí._
J. DE ESPRONCEDA
A mediados de enero volvió del campo la familia de Gamboa: los criados
por mar, los amos por tierra. Leonardo llegó algunos días después.
Lo primero que hizo doña Rosa en la ciudad fue darle licencia o papel a
María de Regla para buscar acomodo o amo. El papel (así se le llama por
antonomasia en Cuba) en cuestión, firmado por don Cándido, rezaba poco
más o menos como sigue: «Concedo papel a mi esclava María de Regla, para
que en el término de diez días de la fecha busque acomodo o amo en la
ciudad. Es criolla, racional, inteligente y ágil, sana, robusta, no ha
padecido nunca enfermedad, no tiene tacha conocida, sabe coser de llano,
entiende de lavar y aplanchar, de cuidar niños y enfermos. Se le da
papel porque ella lo ha pedido. No ha conocido más amos que aquél donde
nació y el que ahora la vende. Habana, etc.»
Despachado este asunto, que doña Rosa juzgaba de mucha importancia, se
ocupó del negro fugado. Achacaba toda la culpa del suceso al Mayordomo,
motivo por el cual en la primera oportunidad se le fue a las barbas con
la irónica inquisición de:
--Supongo que Vd. ha hecho muchas diligencias para averiguar el paradero
de Dionisio.
--Sí, mi señora doña Rosa, varias, muchas diligencias, contestó él
embarazado, pues mentía como un turco. Sólo que estos negros... vamos,
son el mismo dianche. Saben agazaparse... ¡Vaya que si saben!
--Veamos qué ha sacado Vd. en limpio.
--Poca cosa, mi señora, casi nada. Se dijo que le habían muerto de una
puñalada, y... pare Vd. de contar. Porque no habiéndose levantado
sumaria del hecho, que yo sepa, ni aprehendido al hechor, ni enterrado
al muerto, he supuesto, suposición bien fundada, me parece, que lo de la
puñalada ha sido mero rumor, una farsa, esparcido quizás por el mismo
Dionisio para desorientar y evitar que le sigan la pista. Digo a Vd., mi
señora doña Rosa, que saben mucho estos negros, mucho...
--Quedo enterada, dijo la señora en su despecho. Luego añadió: Pues es
preciso que aparezca ese negro.
--Preciso, repitió don Melitón.
--Muerto o vivo ha de estar en alguna parte, agregó doña Rosa.
--Eso digo yo, dijo el Mayordomo.
--Nada ha dicho Vd. de provecho, exclamó doña Rosa incomodada. ¿Cómo es
que no se le ha ocurrido poner un avisito en el _Diario_?
--Vaya que sí se me ha ocurrido, señora doña Rosa, replicó el hombre,
contento de poder vindicarse. Se me ha ocurrido más de una vez, muchas.
Sí, señora, se me ha ocurrido.
--Entonces, ¿por qué no lo ha puesto en planta?
--Pues ahí está el ajo de la dificultad, mi señora doña Rosa. Es que no
sé como redactar esos avisos. Jamás las he visto más gordas. Cosa
natural; en mi pueblo no había gacetas.
--La cosa es lo más fácil del mundo. ¿No recuerda Vd. las señas de
Dionisio? ¿Su figura? ¿Su empaque? Negro criollo, prieto rechocho,
marcado de viruelas, cara redonda, grandes entradas, boca grande, nariz
chata, buenos dientes, ojos saltones, cuello corto, aire aristocrático,
oficio cocinero, sabe leer, debe darse por libre, falta de la casa de
sus amos desde _tal_ fecha; se dará una buena gratificación al que lo
capture y entregue en _tal_ parte, haciendo responsable a daños y
perjuicios, etc., etc. Todo como se lee cada día en el _Diario_, bajo el
epígrafe o como se llame, de... _Esclavos prófugos._
--Ya, ya, me parece bien dicho todo eso, señora doña Rosa. Suena
lindamente de palabra, mas cójase la pluma y póngase en el papel...
Declaro sin vergüenza, mi señora, que no me da el naipe en achaque de
escritos para gacetas. Claro, yo no nací para gacetillero, y el que no
nació para casado, dice el refrán, que no engañe a la mujer.
--En muy poca agua se ahoga Vd., don Melitón. ¿Se atrevería Vd. a
repetir lo que acabo de decirle?
--Creo que sí. Talento me falta, memoria no, me sobra.
--Está bien. Pues para que no se olvide, ahora mismo se va Vd. a la
imprenta del Diario. Se halla en esta calle, pasados los portales del
Rosario, una casa de zaguán, con dos ventanas de espejo, donde antes se
jugaba a la lotería de cartones... Ahí. Entra Vd. y busca a don Toribio
Arazoza, el redactor. No puede Vd. equivocarse: es hombre de facha
ordinaria, gordiflón, barbudo... Casi nunca se afeita, siempre se ríe
con los labios, no con el semblante... Vd. me entiende. Pues a ése le
relata Vd. cuanto le he dicho de Dionisio, que él sabe cómo se redactan
los avisos sobre esclavos prófugos.
Apenas salió don Melitón, doña Rosa levantó los ojos y las manos juntas
al cielo, y exclamó:--¡Ah! ¡Qué Mayordomo tan bruto tiene mi marido! Por
milagro anda en dos pies.
A la vuelta de éste de la imprenta, le despachó el ama en una volante de
alquiler, camino del Cerro, para inquirir si ya había sido conducido
Dionisio al depósito de negros cimarrones que tenía establecido el
Consulado de Agricultura y Comercio de La Habana e isla de Cuba,
contiguo al elegante sitio de recreo de los señores condes de
Fernandina. No se hallaba allí el prófugo, por la sencilla razón de que
sólo se remitían a ese depósito general aquellos negros de las fincas
rurales que, alzados a los montes, se cogían vivos con perros, y que,
por su ignorancia o malicia, no podía averiguarse de pronto el nombre de
sus legítimos dueños.
Pesquisas tan infructuosas empezaban a sembrar el desaliento en el ánimo
de doña Rosa, cuando se presentó en su casa un negro en traje militar
para pedirla con la mayor cortesía una audiencia de pocos minutos. Le
midió ella de alto a bajo con una mirada inquisitiva, y dijo:
--¿Tondá?
--Muy humilde criado de la señora, contestó él haciendo un arco de su
esbelto cuerpo.
--¿Qué se ofrece? preguntó seria doña Rosa.
--¿No es de la señora un aviso sobre un moreno huido?...
--Sí.
--¿Cómo se llama el moreno? y perdone la señora...
--Dionisio.
--¿Dionisio Jaruco?
--No, Gamboa, pues es mi esclavo. Bien que, como criollo de Jaruco, no
es extraño que pretenda pasar por ese apellido.
--El mismo que yo sospechaba. En el baile de corte que dio la gente de
color allá afuera la antevíspera de Nochebuena, conocí a un moreno que
se decía Dionisio Jaruco. Sus señas corresponden fielmente con las que
le dan en el _Diario_, y creo no me será difícil cogerlo, si la señora
me concede el permiso para buscarlo.
--Regalaría dos onzas de oro al que lo capturase, tres, cuatro,
cualquier dinero. Ha cometido una gran falta y deseo castigarlo cual
merece. Temo que se resista. El la echa de guapetón.
--No tenga la señora pena por eso. Se lo voy a traer amarrado codo con
codo.
--Mi regalía es segura.
--No me lleva el dinero, me lleva solamente aquello de que quien la debe
que la pague. Cumplo con las órdenes de mi jefe, el Excelentísimo señor
don Francisco Dionisio Vives, que, con la aprobación de S. M. el Rey,
que Dios guarde muchos años, me ha comisionado para prender a los
delincuentes de color.
Salía temprano María de Regla de la casa en la calle de San Ignacio;
llamaba a la puerta de la de mejor apariencia, mandaba el papel a la
señora, y sentada en el umbral, mientras descansaba venía la respuesta,
reducida invariablemente a que el ama tenía bastantes criados y no
necesitaba ninguna de alquiler. Teníase por denigrativo entre la gente
de color el servir a otra persona que el amo, género de idiosincrasia de
que no tuvo María de Regla ni sospecha sino al cabo de muchos chascos y
desengaños parecidos al que acaba de mencionarse. En realidad no
abrigaba ella intención ni esperanza de obtener alquilador o amo: ambas
cosas la repugnaban altamente, estimando uno u otro extremo como la
mayor desgracia que podría sobrevenirla. Si hubiera sido mujer capaz de
mostrar en el rostro a primera vista las emociones del espíritu, el más
miope habría podido observar cómo se enrojecía de la vergüenza cada vez
que sacaba el papel del seno para darlo al criado que venía a abrirla la
puerta.
Su intención, su esperanza, el deseo más vehemente de su alma al
solicitar la vuelta a La Habana, fue buscar a Dionisio para unirse a él
si estaba vivo, o quitarse la vida si había muerto. Por eso, lejos de
sentirlo, experimentaba una especie de regocijo secreto siempre que la
devolvían el papel acompañado de un no, seco y decisivo. Pero el plazo
que la habían concedido era, sobre corto, fijo; ya habían cursado varios
días en vanas diligencias; si se cumplía y no presentaba alquilador ni
amo, ¿qué haría su señora, mujer de carácter tan firme y severo con sus
esclavos? En estos críticos momentos su hija Dolores la reveló la
substancia de la conversación que doña Rosa acababa de tener con Tondá,
cuyo nombre y hechos andaban en boca de todos; y aguijada por el temor
de perder de una vez a su adorado Dionisio, resolvió dedicar los pocos
días que del plazo fatal la restaban, a la consecuencia del que ya era
el único objeto de su existencia.
Tomando lengua, se dirigió una mañana temprano al mercado de la Plaza
Vieja, uno de los dos que entonces existían dentro de los muros de la
ciudad. Era aquel un hervidero de animales y cosas diversas, de gentes
de todas condiciones y colores, en que prevalecía el negro; recinto
harto estrecho, desaseado, húmedo y sombrío, circunscrito por cuatro
hileras de casas, quizás las más alterosas de la población; todas, o la
mayor parte, de dos cuerpos, el bajo con anchos portales de alto puntal,
que sostenían balcones corridos de madera.
Al pie de uno de los pilares de aquéllos se apoyó María de Regla y se
estuvo largo rato contemplando en melancólico silencio el abigarrado y
revuelto cuadro del mercado. Todo allí era nuevo para ella. En el
centro se alzaba una fuente de piedra, compuesta de un tazón y cuatro
delfines que vertían con intermitencias chorros de agua turbia y gruesa
que, sin embargo, recogían afanosos los aguadores negros en barriles
para venderla por la ciudad a razón de medio real de plata uno. De ese
centro partían radios o senderos, nada rectos por cierto, en varias
direcciones, marcados por los puestos de los placeros, al ras del piso,
en la apariencia sin orden ni clasificación ninguna, pues al lado de uno
donde se vendían verduras u hortalizas, había otro de aves vivas, o de
frutas, o de caza, o de raíces comestibles, o de pájaros de jaula, o de
legumbres, o de pescados de río y de mar, todavía en la cesta o nasa del
bote pescador; o de carnes frescas servidas en tablas ordinarias
montadas por sus cabezas en barriles o en tijeras movibles; y todo
respirando humedad; sembrado de hojas, cascaras de frutas y de maíz
verde, plumas y barro; sin un cobertizo ni un toldo, ni una cara
decente; campesinos y negros, mal vestidos unos, casi desnudos otros;
vaharadas de varios olores por todas partes; un guirigay chillón y
desapacible, y encima el cielo azul, visto como a través de una
claraboya, en que aparecía uno que otro volador celaje, imitando, ya
transparente cendal, ora las alas de ángeles invisibles.
Entraban en la plaza y salían de ella negros y negras; éstas con el
propósito de hacer la provisión diaria de casa de sus amos, aquéllos con
el de procurarse al precio de por mayor las carnes, verduras o frutas
que revendían al por menor dentro de la ciudad o en sus barrios
extramuros: tráfico éste, de paso sea dicho, bastante lucrativo en no
pocos casos.
Había algo en el traje nuevo de prusiana que vestía María de Regla; en
el modo de llevar el pañuelo de seda con que se velaba a medias los
mórbidos hombros y el de Bayajá con que se cubría las pasas; en el color
negro lustroso de la cara y brazos desnudos y torneados, anunciando
salud y robustez; en su aspecto general de forastera; en la tristeza o
timidez que su semblante y actitud revelaban, había algo, decimos, en
todo esto, que no podía menos de llamar la atención, aún de las personas
indiferentes y muy ocupadas de sus propios quehaceres.
Pero todas, quier curiosas, quier compasivas o naturalmente
observadoras, ya entrando en la plaza, ya saliendo de ella, le echaban
una mirada de través a la ex enfermera, y seguían de largo. Su actitud
aparentemente contemplativa (de ningún modo su traje) hacía sospechar a
primera vista que la aquejaba una dolencia extraña, o que, siendo
demasiado novicia o corta de genio, no acababa de tender la mano y pedir
una limosna por el amor de Dios al transeúnte. Cualquiera de estos
motivos era bastante para enfriar la compasión y apagar la curiosidad en
la clase de gente que acudía al mercado. Solamente una negra gruesa, con
tendencia a la obesidad, y de fisonomía franca y alegre, que salía con
un tablero lleno de carne a la cabeza, tuvo suficiente resolución para
detenerse delante de la cuitada forastera, preguntándole de un modo
brusco, mas benévola expresión:
--¡Ah! _¡Critiana!_ ¿Qué hace ahí _pará_? ¿Qué ha _perdió_?
--Mi marido, contestó de plano María de Regla.
Lo inopinado de la pregunta no la dio tiempo a ocultar aquello que más
fijo tenía en el pensamiento.
--¡Su _marío_! replicó asombrada la carnicera. _Pué échatelo a buscá._
Remedó con esto el dicho de los muchachos en el juego de la gallina
ciega.
--En eso ando (repuso la ex enfermera con un suspiro lastimero) hace
mucho tiempo.
--¿Cómo _cuanta_?
--¡Uf! Como doce años.
--_¡Ojó! La vía de un critiana. ¿Cómo ñama su marío?_
--Dionisio.
--_¡Dionisia! ¡Dionisia! No mi ricorda. ¿Aónde viva?_
--Yo no sé. Por eso lo busco.
--_¿Uté no e de la suidá?_
--No, no soy de la ciudad. He vivido en el campo más de doce años.
--_¡Anjá! ¿Uté deja su marío atrá?_
--Yo no lo dejé, mis amos me separaron de él.
--_Uté e cravo, ¿no?_
--Sí, esclava soy por desgracia. Me han tenido desterrada en la Vuelta
Bajo por todo el tiempo que le he dicho, y hace pocos días que me
trajeron a la ciudad para buscar amo o una persona que me alquile. Aquí
en el seno tengo el papel. De tanto guardarlo ya está sucio. He andado
de ceca en meca y no he encontrado quien me compre, ni me tome en
alquiler. Estoy cansada, aburrida, y ahora busco a mi marido que
desapareció de casa en los días de Pascuas.
--Venga _colmíga_, dijo la carnicera; y mientras subían por la calle del
Teniente Rey o Santa Teresa, preguntó:--_¿Cómo ñama uté?_
--Yo soy María de Regla Santa Cruz, para servir a usted.
--_¡Ah! ¿Uté e sija de Dolore Santacrú?_
--No. Dolores y yo fuimos esclavas de los señores condes de Jaruco. A la
muerte del señor Conde, viejo, nos vendieron en pública subasta para
pagar las costas de la testamentaría y las deudas. Yo estaba recién
casada con Dionisio, y por fortuna nos compró juntos don Cándido Gamboa,
comerciante de esclavos de África. Desde entonces no sé de Dolores. ¿La
conoce Vd.?
--_La conoca bien, bien. Dolore vende carne, vende fruta, vende tóo, y
Dolore se liberta. Depué, Dolore me saca del barracó. Aquí tiene la
jierre entoavía._ (Sobre el homóplato derecho se le veían las iniciales
G. B. marcadas con un hierro candente) _Dolore compra un casite y yo
vende carne, vende duse y vende tóo pa elle. Yo trabaja, trabaja y mi
liberta tambié. Lo branco mete pleito con Dolore, Dolore mete pleito con
lo branco y le ecribán, y le ajobá, y le procuraó y se jué se come le
dinero, la casite, tóo que Dolore tien. Dolore se pone loco y ahora elle
etá serrá a San Dionisia._
--¡Pobrecita! No sabía su triste suerte. ¡Loca! ¿Qué llama Vd. San
Dionisio?
--_La casa de lo loca que ha jecho la gobernaó._
--Me parece que si las cosas siguen como van, un día de éstos voy a
hacerle compañía a Dolores en la nueva casa de San Dionisio.
--_Si uté quiée trabajá, yo le da trabaja pa jace dinera._
--Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de ganar dinero y ver
si puedo libertarme con mi marido y mis hijos. ¿Dónde vive Vd.?
--_Vive ne la calle Ancho._
--¿Dónde es eso?
--_Allá fuer. Yo tien marío. Mosotro no son casá por le iglese. Elle e
carretiller, que vende agua, y yo vende carne, mantec, güeve, frute, tóo
que pué._
--¿Cómo se llama Vd.?
--_Me ñama Ginoveve Santa Crú. Mi marío e Tribusio Polanca. Elle tien
uno sijo ñamao Malanga que ha sacao mala cabesa. ¡Ha matao ma branco!...
Tondá lo coge como ratón con quesa le dominga depué de Niño perdío,
cuando diba nel entierre de ña Chepa Alarcó._
--¿Chepilla Alarcón? repitió preguntando María de Regla.
--_Sí, sí, agrego Genoveva. Le meme. Asín se ñamaba. Ha perdío un güen
caserite._
--¿Tenía una nieta?
--_Sí, tube un. ¡Ma linde! ¡Ah! ¡qué bunite! No la ha vito ma bunite en
la vía._
En este punto, trayendo la calle del Aguacate, las dos negras cruzaron
la de O'Reilly, e indicó de paso Genoveva, con el dedo, a María de Regla
la casita, entonces cerrada, donde había fallecido la anciana de que
hablaban. En la inmediata calle de la Bomba, la guía torció a la
izquierda y llamó a la tercer puerta de la derecha con el acostumbrado
pregón de: _¡Caserite! ¿No mi toma na hoy?_